lunes, 10 de octubre de 2011

Lewis Mumford


Llevo tiempo trabajando en la entrada nº 5 de mi serie “El Imperio de las Máquinas”, que debería tratar sobre la ideología del maquinismo. He sufrido un parón porque he tenido un luminoso percance: el encuentro, casi encontronazo, con Lewis Mumford.

Mumford nació en Nueva York en 1895, y murió en 1990. Hombre de larga vida, calificado por algunos como el último humanista del siglo XX, tuvo la suerte de contraer una tuberculosis que le impidió completar una formación académica, salvándolo así del reduccionismo. Aunque fue un gran erudito y eminente urbanista, se calificó a sí mismo como simplemente “un escritor”.

Muestra Mumford en sus escritos esa visión tricotómica de la Cultura que echo de menos en tantos autores eminentes. Según la cual, el ser humano se diferencia de los animales en que, además de Naturaleza, es Cultura. Donde la columna vertebral de la condición humana es el Lenguaje, no la Técnica. Y donde la Cultura es una casa (la vivienda del Hombre, también la casa del Ser heideggeriana), edificada sobre tres pilares que nunca deben desequilibrarse: Humanismo, Historia y Técnica.

Como urbanista que fue, a Mumford le ocupó y preocupó muchísimo el fenómeno humano de la Ciudad. También estuvo muy preocupado por la inquietante deriva tecnológica de la humanidad contemporánea.Leyéndolo como estoy haciendo ahora, llego a la conclusión de que “de mayor me gustaría ser como Mumford”. Por eso ahora no puedo seguir escribiendo acerca de las Máquinas sin antes entenderlo bien. En esas estoy.

Hay algo en Mumford que me conforta especialmente, de manera además muy personal, porque algo vibra en mí al leerlo:  su convicción de que el animal que hay en el hombre llegó a ser humano gracias fundamentalmente a la Palabra. Que la gran invención humana es el Lenguaje. De aquí arranca en Mumford una convicción profundamente optimista: la Palabra nos salvará, más aún, solo la Palabra será capaz de salvarnos.

Anticipa Mumford, como también lo hacía Heidegger, un tiempo de poetas, un nuevo Pentecostés, del que no faltan precursores recientes, como Gandhi o Martin Luther King. Y esto es hermoso.