martes, 8 de septiembre de 2015

Conquistadores y místicos


A primera vista parece una combinación extraña. El conquistador predica y practica la violencia física, el místico vive en el mundo del espíritu. Tan alejados el uno del otro y sin embargo quizá, en el fondo, tan cerca… El caso es que yo estoy recién llegado de una corta pero intensa excursión por tierras extremeñas y castellanas, que lo fueron, allá en el siglo XVI, de conquistadores y místicos, unos y otros alcanzando en lo suyo alturas como pocas ha habido en la entera historia de Europa, si no del mundo.

Castillo de Trujillo

Mi viaje se ha centrado en dos ciudades, la extremeña Trujillo y Ávila la castellana. Ambas son tesoros en los que lo antiguo se ha conservado a la perfección. Al pisarlas te sientes como salido de una máquina del tiempo que te hubiera transportado a ese siglo en el que los españoles, terminada la reconquista de sus tierras después de siete siglos de dominación musulmana, se lanzaron a la conquista de todo un continente nuevo, América.

Calle de Trujillo
Estatua de Pizarro en la plaza mayor
de Trujillo
La ciudad de Trujillo es una evocación rabiosamente viva de los conquistadores. Aquí nacieron algunos tan eminentes como Pizarro, el conquistador del Perú. Y Orellana, quien más que conquistador fue explorador y aventurero, posiblemente el primer hombre que se recorrió de una tacada toda la cuenca del río Amazonas. Extremeños fueron también Hernán Cortés, Pedro de Valdivia y Vasco Núñez de Balboa, destacados entre otros militares asimismo nacidos en estas tierras, que llevaron el peso de la conquista del continente americano y la destrucción de imperios tan poderosos como el de los Incas en Perú y el de los Aztecas en México. Lo sorprendente es que estos conquistadores no fueron muchos, quizá algunos centenares de soldados, que se enfrentaron con miles de enemigos y fueron capaces de vencerlos. ¿Cómo consiguieron sus victorias? Llevados por un arrojo sin límites, apoyados en la inmensa ventaja tecnológica que les daba el caballo y  unas armas de pólvora, arcabuces y cañones, absolutamente desconocidas por los amerindios, y con una audacia que les hizo atacar inmediatamente el mismísimo corazón de los imperios que sometieron, Pizarro al emperador inca Atahualpa y Cortés al mexica Moctezuma.


Ávila en sus murallas

Y la ciudad de Ávila es sede, con Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, de la mejor mística española. A finales del siglo XV nacía con los Reyes Católicos España como nación e inmediatamente, en la primera mitad del siglo XVI, se convertía con Carlos I en un imperio que se extendía por Europa y el Mediterráneo y dominaba en exclusiva América y todo el Pacífico. Mientras que los militares extremeños continuaban combatiendo, ahora en Flandes, Italia o América, algunos monjes castellanos buscaban la manera de reencontrarse en una vía de purificación espiritual. Las órdenes religiosas a las que pertenecían cargaban con el peso del mucho tiempo transcurrido y se habían desviado de sus carismas iniciales. Necesitaban una reforma, que en el caso de los frailes y monjas carmelitas llevó hasta a una refundación. Esta meta fue la que impulsó a figuras como los fundadores de los carmelitas descalzos, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Cuando
Portada del convento de San José, en Ávila,
la primera fundación de Teresa de Jesús
emprendieron el camino duro de la reforma, cargado de escaramuzas, emboscadas y traiciones, ellos se encontraron con el misticismo, es decir, con una forma de vida cuya fuerza arranca de los misterios espirituales que se esconden en el fondo de todo individuo humano y que ayuda a recorrer el duro camino de una vida de lucha. Juan de la Cruz expresó su mística en algunas, muy pocas, poesías sencillas, profundas y muy bellas. Teresa de Jesús escribió y escribió y escribió, siendo su obra Las Moradas una culminación de su testimonio místico. Pero lo curioso es que el uno y la otra fueron, además de unos místicos inmensos, gente de acción, de movimiento y lucha continua, firmes en la defensa de sus ideas. Y no son sino ejemplos de los muchos místicos que poblaron por entonces el universo religioso español. Otro muy destacado, contemporáneo de los dos anteriores, fue fray Pedro de Alcántara, un monje franciscano que estableció su pequeño y recóndito monasterio en Arenas de San Pedro, a mitad de camino entre Trujillo y Ávila.


Murallas de Ávila
En fin. Todo esto, que es historia, revive en ciudades tan cuidadas, escondidas y misteriosas como Trujillo y Ávila. Enseguida surge la reflexión sobre lo que todo aquello pudo significar y lo que además persiste todavía en nuestro mundo contemporáneo. El imperio español, quizá porque fue el más antiguo de los imperios fundados por europeos, tuvo como originalidad ser una mezcla de conquista y misión, de militares y frailes, de vencedores de cuerpos y cuidadores de almas. Para los amerindios supuso un choque brutal, la casi destrucción de sus culturas ancestrales. Pero lo que surgió de aquella terrible colisión fue algo nuevo, completamente original, la realidad de la América Hispana, la Latinoamérica de hoy. El que fue imperio español se quebró finalmente a principios del siglo XIX, con un golpe asestado a su mismo corazón, España, por un nuevo aspirante a emperador, Napoleón. Cayó definitivamente a finales del siglo XIX, con la pérdida de Cuba y Filipinas. Desde entonces la España europea se debate en el fondo de un pozo de decadencia del que no acaba de salir. Pero esta es otra historia.

Una reflexión final, salida del testimonio que nos dieron los conquistadores: Si alguna vez llegan a nuestro planeta Tierra extraterrestres venidos de alguna galaxia lejana, tengamos la seguridad de que no lo harán en son de paz. Llevados por un destino que tiene la fuerza de una ley física, como la de la gravitación o el segundo principio de la termodinámica, harán todo lo posible por conquistarnos. Sometiéndonos y enderezándonos hacia su cultura, por extraña que pueda parecernos. Así es, inevitablemente, la vida. Solo la fuerza de lo que es invisible, de eso en lo que muchos no creen y hasta desprecian con sarcasmo, lo espiritual, que está en todos, conquistadores o conquistados, podrá irnos salvando, nunca definitivamente, de una desgracia.

Trozo de la muralla del castillo de Trujillo

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