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domingo, 29 de octubre de 2017

La oración del Padrenuestro

Escribí en este blog sobre la oración en general hace algún tiempo (Noviembre 2014). Entonces mencioné el Padrenuestro, la oración cristiana por antonomasia, la que nos enseñó y recomendó Jesús en los Evangelios (Mt 6, 9-13; también Lc 11, 1-4). Yo, que siempre he rezado, también he tenido casi desde siempre el Padrenuestro como mi oración dominante, al igual que los hermanos Cartujos y otros muchos cristianos (católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos, nestorianos, coptos) a lo largo del ancho mundo y su tiempo. Es una oración fascinante, profunda y misteriosa, que cuanto más la rezas y con más ahínco lo haces a lo largo de tu vida más descubres en ella nuevos aspectos que te sorprenden e iluminan. De eso es de lo que quiero escribir hoy.

Empezaré por mostrar el Padre nuestro tal y como lo rezo yo:




Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo.



Y no nos dejes caer en la tentación,

 Mas líbranos del mal.

Y ahora diré cómo lo voy interpretando cuando lo rezo despacio, que no es siempre, cuando lo hago con atención, descansando en sus palabras, intentando sumergirme en su significado.

Padre nuestro que estás en los cielos
El Dios único es el Creador de todo lo que existe, por eso es nuestro Padre. Él no existe, sino que es, y lo es en los cielos, que quiere decir fuera del espaciotiempo.

Santificado sea tu nombre
Este Dios nuestro es el del Antiguo Testamento, el mismo Dios de los judíos, el Dios único. Tan grande, tan inmenso, que lo único que podemos hacer con respecto a Él es darle un nombre y santificar ese nombre en nuestra vida.

Venga a nosotros tu reino
Quien viene es Cristo, el Mesías, Dios en nosotros. Y viene para traernos su reino, que es la vida eterna.

Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo
La voluntad de Dios es el Espíritu Santo, el que fecundó a María, iluminó a los cristianos en Pentecostés y nos trae diariamente, a cada uno, la Gracia. Esa voluntad es un propósito, y lo tiene Dios tanto para el espaciotiempo que nos alberga, la Tierra, como para lo que está fuera del espaciotiempo, el Cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy
Este pan representa todo lo que necesitamos para seguir viviendo. Material (vestido, alimento, albergue, etc) y también inmaterial (ánimo, voluntad, propósito, alimento espiritual en definitiva, representado para los cristianos por la Comunión). Pero pedimos el nuestro, no el mío, es decir, queremos compartir todo lo que necesitamos con los demás. Y no queremos atesorarlo, por eso lo pedimos simplemente para hoy.  Por último creemos que aún siendo nuestro, es un don de Dios.

Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores
Dios es misericordioso, su capacidad de perdonar nuestras deudas es inagotable. Pero el contrato que hacemos con Él es que no demandaremos su misericordia en tanto no seamos capaces de perdonar a nuestros deudores. En definitiva, de lo que aquí se trata es del amor fraterno.

Y no nos dejes caer en la tentación
Esa tentación tan humana que nos aleja de la voluntad de Dios y por eso representa una caída.

 Mas líbranos del mal.
Y el mal con su misterio. Que Simone Weil interpreta como que, siendo la Creación un retirarse de Dios, un acto de su generosidad, el Mal es posible en ese Universo que no es Dios y consecuencia inescapable de la libertad que ese Universo tiene.


1880.- Fridolin Leiber.- Pater Noster
Leiber pintaba láminas piadosas que publicaba la editorial Edward Gustav May, en Frankfurt.
Esta representa la oración del Padrenuestro. Las escenas laterales representan, primero de izquierda a derecha y después de arriba abajo, los ocho versículos que contiene la oración, tal y como están escritos en mi texto, aunque aquí lo hacen en alemán..

lunes, 4 de septiembre de 2017

El transcurrir del espaciotiempo

Mi ritmo de publicación en este blog ha disminuido. Mis lectores más fieles se preguntarán qué ha sido de mí y algunos pueden hasta llegar a preocuparse. Por eso quiero darles noticias mías. Me encuentro bien, aunque sometido a una continuidad de tratamientos quimioterápicos que inducen en mí una inevitable laxitud. El objetivo de la quimio es detener el crecimiento de las células tumorales, matándolas si es posible. Lo inevitable es que, falta de especificidad, también afecta la quimio a muchos tejidos sanos que necesitan crecer para renovarse: las células que tapizan tus mucosas, esa piel interior de tu cuerpo; las que forman tu cabello, tus glóbulos rojos y tu sistema inmunitario; las muchas que tienen que multiplicarse en ese todo tan complejo que es un cuerpo humano.

Trataré de contar mis novedades.

Empezaré por mis altibajos, que son ahora mucho menos psicológicos y más fisiológicos. Palpito al ritmo de los ciclos de quimioterapia, con sesiones cada dos o tres semanas, que me van llegando como grandes y solitarias olas de tempestad. Mi ánimo se mantiene estable pero expectante, atento a los acontecimientos, en una alerta permanente pero tranquila.

Luego está esa sensación de final de carrera. Ese reconocerte como próximo a tu meta física, a la que esperas encontrar tras cada una de las curvas o esquinas de tu camino, pero que de momento no se deja ver. Presientes la cercanía de la muerte con una naturalidad que ya no te sorprende. No te sientes viejo, menos todavía moribundo, porque no lo estás. Te asombras un poco al reparar en que la muerte es en muchos casos, ojalá en el tuyo, la culminación de la vida, y de esto te vas dando cuenta cada día, casi cada hora. Pero te asombras todavía más al evocar cómo en tu juventud, hasta en tu madurez, eras totalmente ajeno a este tipo de consideraciones.

Entonces descubres que lo que verdaderamente eres tú es un viajero en el espaciotiempo, como lo son desde tus semejantes hasta los millones de millones de cuerpos celestes que pueblan el firmamento. Aquellos mismos astros que viste en su profundidad, muchas veces entre nubes, en las noches oscuras y prodigiosas de Chiloé, y que ahora, en tu ciudad española de luz artificial, difusa y perenne, se te ocultan y solo puedes imaginarlos.

Ese espaciotiempo que, como Kant descubrió, es consustancial a nuestra existencia, te llama ahora poderosamente la atención. Tu muerte no va a ser sino tu expulsión definitiva del espaciotiempo. Te dolerá en los afectos que dejes muchísimo más que haya podido dolerte la extracción de la más maldita muela. Pero además te haces la misma pregunta que se ha hecho la mayoría de los humanos que ha estado antes que tú en tus circunstancias: si es que hay algo más allá de ese espaciotiempo al que naciste.

Tú quieres creer que sí, porque eres un hombre de fe. Pero eso no significa que seas capaz de hacerte una idea de la naturaleza de ese más allá. Incluso crees que te sería imposible siquiera barruntarlo desde dentro del espaciotiempo en que ahora estás.

Tu fe te dice que hay una vida eterna que no es espaciotemporal. También que esta vida eterna, aunque le haya sido prometida por Jesús a todos nosotros, hay que ganársela personalmente. Dudas de que esto pueda improvisarse a última hora, aunque tampoco crees que tenga que irse haciendo, paso a paso, a lo largo de toda una vida. Y es que la expresión ganarla o perderla, ahora lo ves, carece de sentido en este caso. Por eso concluyes que, siendo el significado de la muerte el de una salida violenta del espaciotiempo, te será imposible predecir con qué  vas a encontrarte en el más allá, si es que acaso te encuentras con algo.

Todo esto te lleva a rezar. Descubres la profundidad de la oración, su poder. Rezas durante una parte de tu paseo cotidiano con Curro, y al hacerlo no puedes evitar distraerte con lo que te rodea o con tus pensamientos, pero sabes que pese a todo este ruido tu oración no pierde su valor. Quizás como el om mani padme om que sigue el ritmo de los molinetes tibetanos de oración, al menos así te lo imaginas. Intentas rezar con tranquilidad, sin dobles intenciones, te esfuerzas en ello. Y entre tus oraciones se intercala con frecuencia una petición constante, pero nunca angustiada, de misericordia. Esa misericordia que, ya en el Antiguo Testamento, era vista como una manifestación en el espaciotiempo de Dios mismo.

Además, como telón de fondo de todo lo escrito hasta ahora, vives intensamente tu vida cotidiana, tus tareas pendientes, tus estudios, tus lecturas, tus relaciones con la gente a la que quieres, tu ir y venir, tu comer y dormir, tu soñar, tu imaginar, las tardes, las noches, los amaneceres, los días, el calor y la lluvia, el cielo y el suelo. Tus deudas pendientes, tu pasado, lo que fue, lo que pudo ser, lo que no pudo. Tus esperanzas, tus ambiciones, tus éxitos. Y dedicas el tiempo que te sobra, cuando tienes ganas, a reorganizar tu biblioteca a la vez que manoseas y relees fugazmente los libros que te dejaron marcadas sus huellas.


Bello, apasionante, que es ese vivir en el espaciotiempo. Bendito sea.

Quizá haya sido ésta, desde muy joven, mi pintura favorita:
El Senecio de Klee.

sábado, 19 de agosto de 2017

Barcelona y el odio

La imagen corresponde al incendio de este verano en el Coto Doñana, cerca de Sevilla.
Pero quiere representar a la Destrucción, en su sentido más universal.


Finalmente, lo que tenía que pasar pasó. El terrible atentado de Barcelona estaba al caer, eso lo sabían todos los que querían saberlo. Y según lo que nos cuentan, si no hubiera volado por los aires la casa donde los terroristas preparaban sus explosivos, habría sido todavía más sangriento.

Los capturados hasta ahora por la Policía, todos o casi todos ya muertos, han sido los ejecutores materiales del atentado, un puñado de jóvenes de origen marroquí sin preparación militar ni ficha policial previa. Las características conocidas del asunto hacen inevitable la conclusión de que formaban parte de un grupo terrorista organizado. Posiblemente dependían organicamente del ISIS, es decir, tenían unos enlaces y unos inspiradores que muy probablemente no aparecerán nunca.

Las víctimas, quince mortales, otras tantas en estado muy grave y hasta un centenar más de heridos, pertenecían a casi treinta naciones distintas y representaban fielmente al tropel de turistas que llenaba estos días Barcelona, es decir, al ancho mundo. Todos, indudablemente, inocentes hasta la mismísima médula de sus huesos. Pero de eso precisamente se trataba, de cometer un crimen inútil, injustificable. Algo que pusiera claramente de manifiesto el alcance diabólico, refinado, ciego y bestial, del odio químicamente puro.

Porque ha sido el odio quien se ha asomado a Barcelona. El odio es el rey de los demonios. Cuántas veces lo hemos visto saltar como una chispa en un rincón cualquiera para ponerse a recorrer el mundo aleatoriamente, como un remolino al rojo vivo, creciendo y creciendo y destruyéndolo todo a su paso. Luego nosotros los humanos podemos analizar el asunto con nuestras herramientas, racionalizarlo, encontrar mil motivos más o menos ocultos que expliquen, sin justificarlo, lo que ha sucedido. Pero esto no es sino un ejercicio de autocompasión que nos permite mantener a salvo nuestras esperanzas.

El odio no tiene explicación. Como fuerza ciega que es lo único que tiene, aquí y ahora, es un comienzo y un final. Aparece inesperadamente, destruye y vuelve a esconderse. Hasta que reaparece de nuevo.

Merece la pena detener el pensamiento en este asunto. Sin sobrecogerse, sin salir a la búsqueda de una explicación. Simplemente oliendo, palpando, viendo y escuchando al odio.

domingo, 9 de julio de 2017

DELIRIO

He entrado ya en mi segunda batalla contra el cáncer. Pronto las cosas se me han complicado: a la semana de un primer ciclo quimioterápico con carboplatino+etopósido, he tenido que ingresar en el hospital con fiebre muy alta causada por una neutropenia severa. Después de tres días allí sometido a un tratamiento antibiótico intenso, he vuelto a recuperar mi normalidad fisiológica y estoy de nuevo en casa, listo para iniciar un segundo ciclo y más convencido que nunca de lo maravillosa que es la vida, ese don que, por congénito, no solemos apreciar mientras se tiene.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar aquí, sino del delirio que me ha sobrevenido durante el tratamiento hospitalario. Se trata de una complicación derivada de la complicación que me llevó al hospital y ya se sabe, las complicaciones suelen encadenarse unas con otras en una nefasta cadena causal, Murphy lo predijo. La American Cancer Society describe el delirio como posible en pacientes tratados con quimioterapia, y probable en los que de entre ellos tienen más de sesenta años, una condición ésta que yo cumplo con brillantez. A mí la experiencia del delirio me ha parecido fascinante, quizá como lo es cualquier viaje que las circunstancias te obliguen a hacer a las profundidades de tu cerebro. Es esta fascinación la que quiero compartir con mis lectores.


Empezaré con unas necesarias generalidades. La actividad cerebral, como cualquiera otra, puede sufrir trastornos. Los más leves pueden nombrarse como simples trastornos psicológicos, y cuando traspasan la línea de la enfermedad como psicopáticos. Dicho esto, los trastornos relacionados con nuestra percepción de la realidad podemos clasificarlos en función de su duración en el tiempo: si muy cortos, los llamamos alucinaciones, que no son solo visuales; si  cortos, de hasta pocos días, delirios; si, traspasando ya la barrera de la enfermedad, llegan a durar semanas, brotes psicóticos; y si son más largos o hasta crónicos verdaderas psicosis como la esquizofrenia, la depresión, etc. Debo aclarar que toda esta descripción es personal y elaborada con un afán divulgativo.

Una diferencia fundamental entre la alucinación y el delirio es que mientras la primera crea una realidad nueva, o mejor, una realidad irreal, el delirio percibe una realidad verdadera pero, conservando sus parámetros básicos, la reconstruye, reinterpretándola. 







El famoso cuadro de Mundt, El Grito, es un buen ejemplo de un trastorno delirante: el puente, el río, la playa plomiza y la mar lejanas, el cielo incendiado del crepúsculo y el humano que se tapa los oídos, todos estarían allí, pero el genial Mundt  delira para poder expresar a través de esa escena real una angustia que subyace a todo lo aparente y nos conmueve profundamente. 











Mientras que el no menos famoso cuadro de Grosz, Las danzas del hombre gris, podría ser un buen ejemplo de alucinación. Nada en él es real, al menos no lo es ese muñeco grotesco  que quiere representar a un humano y de hecho representa una visión alucinada de lo humano, cosificado por las influencias de la desgracia, la injusticia y la guerra. En los oídos le han atornillado dos chapas para que no oiga, el cerebro se lo han vaciado y rellenado de bolas que podrían ser de acero para que no piense, la boca se la han cosido para que no hable, la piel se le han convertido en vestido que cubre un cuerpo totalmente vaciado, etc. Sin embargo el hombre-muñeco danza frenéticamente al ritmo de las órdenes infernales que le llegan desde el taller y la oficina que constituyen todo su horizonte. 





Ahora paso a describir mi experiencia de delirio.

Mi habitación de hospital tiene una estructura sencilla: algo así como un cuadrado en cuya pared digamos Norte se apoya una cama clínica y a su lado, en la esquina NW, un sillón de reposo. En el centro del lado E se abre una gran ventana. En el lado S, apoyada en la esquina SE, una pequeña cama para el acompañante. Rematando todo en la esquina SW por un pequeño pasillo al que se abre un cuarto de baño y al fondo la puerta de salida.

Ingreso en ella desde Urgencias, ya de noche, y a lo largo de las muchas horas de oscuridad e insomnio, salpicadas de preocupación y  stress, esta habitación se convierte en algo así como mi entero universo.

El día siguiente transcurre con tratamientos antibióticos y coadyuvantes por vía intravenosa. En todo momento desde que ingresé me ha acompañado, afortunadamente, alguna de mis dos hijas, M y P. Esta primera noche la paso con M. La próxima será P quien vele junto a mí.

Llegada esa segunda noche y cuando me toca echarme a dormir es cuando mi percepción de la realidad empieza a alterarse. No consigo coger el sueño. Me doy cuenta, y esto es ya alucinatorio pero todavía no delirante, de que mi habitación se ha convertido en una gran sala ocupada en su centro por un extraño templo. Entro en él. Está lleno de grandes tinas, ordenadas en filas y columnas, que contienen lo que podrían ser bellotas o nueces y en las que entrenadan algunos que me son totalmente desconocidos. Yo lo hago también. Nadando en seco entre las bellotas le rezo, quizá simplemente le increpo, a un Dios al que percibo frente a mí y al que pido compulsivamente mi curación a la vez que floto y nado entre las bellotas. La escena es profundamente pagana, en cuanto a que mi relación con ese extraño Dios solo tiene como motivo mi eventual curación.

De pronto no solo las tinas llenas de bellotas sino el templo que las contenía y hasta mi entera habitación desaparecen. Yo me encuentro solo en mitad de la noche y en el seno de un campo inmenso como el mar,  con algunos árboles que destacan sobre un fondo muy lejano. Sé que hay otros que también se mueven por allí, aunque no los veo, pero los oigo sin entenderlos. También sé que todos recibimos órdenes de que vayamos bailando una danza grotesca, cuyo final será nuestra entrada en los Estados Unidos de América. Así paso un buen rato, cada vez más convencido de que aquello es una inmensa tomadura de pelo, y por ello crecientemente indignado.

Súbitamente, este campo cubierto por un extraño cielo nocturno, porque no tiene ni nubes ni estrellas ni Luna, también desaparece. Yo me encuentro de nuevo en mi habitación de hospital y es ahora cuando mis alucinaciones empiezan a tornarse en delirios. Porque esta habitación, manteniendo su topología, ha cambiado los ratios entre sus dimensiones y su entera apariencia. Ya no es una habitación de hospital sino algo que va adoptando distintas formas con una característica común que yo percibo con certeza: aquéllo es el punto de espera de un encuentro. Pero ¿de qué se trata? Mi sentimiento es que ese alguien que va a llegar tiene una naturaleza que oscila de manera delirante entre lo liberador y lo opresor, pero cuya llegada yo ansío porque acabará con mis incertidumbres.

Recuerdo todavía nítidamente, y por eso me apresuro en transcribirlo, una de esas apariencias cambiantes de mi habitación, quizá la más frecuente. Mi cama sigue estando en su sitio pero ya no es una cama, sino algo así como el hoyo remotamente cónico producido en la tierra madre por alguno de aquellos proyectiles de artillería de la I Guerra Mundial, que machacaron los campos de Verdun más que hubieran podido hacerlo todos los arados galos, romanos o francos que los surcaron durante veinte siglos.

La cama de mi acompañante, esta noche mi hija P, lo mismo está y entonces no es sino la sombra oscura de un centinela agazapado, que desaparece en la negrura de aquella esquina SE. El techo no existe, al menos si lo hace se pierde en las alturas, el sillón de descanso es un conjunto desordenado de alambradas y el pasillo un trozo de chapa que cuelga como una triángulo acuchillado de un vértice en lo alto y se mueve caoticamente cuando el viento lo empuja.

Mi delirio es alimentado por una obsesión: ese que tiene que llegar puede hacerlo en cualquier momento y yo debo salir a esperarlo. Porque para bien o para mal me sacará de allí y eso es lo que más ardientemente deseo.

Aquí empieza mi lucha delirante con P, mi hija/centinela. Cada vez que yo me levanto para huir de mi hoyo, su sombra se mueve en la oscuridad y avanza hacia mí, deteniéndome. "No papá", dice, "acuéstate, es madrugada y el médico no vendrá hasta mañana". En este forcejeo nos mantenemos durante un tiempo indefinido que a mí me parece interminable. Intento convencerla de que debemos esperar fuera, pero ella se niega a permitírmelo. "¿Cómo es posible?" pienso, y hasta llego a dudar que se trate de mi hija P, y hasta llego a ver, en medio de aquella delirante oscuridad, rasgos en su rostro que no me resultan familiares. Incluso empiezo a temer que todo aquello no sea sino una conspiración contra mí.

Así pasan las horas. A veces consigo vencer su voluntad diciéndole que tengo que ir al baño. Me lo permite y cuando paso ante la puerta del cuarto de baño no consigo rebasarla, la realidad me succiona desde allí dentro, porque el cuarto está lleno de luz y tiene un aspecto totalmente normal: todo en su sitio, todo real, limpio y ordenado. Pero en cuanto vuelvo a lo que debía ser mi habitación me encuentro de nuevo el campo devastado de Verdun.

Hasta que amanece. A medida que la luz del alba va entrando a través de la ventana me va expulsando de mi delirio. La chapa rasgada a la que movía el viento desaparece, la puerta vuelve a ser puerta. Mi hija P está allí, junto a mí, con el cansancio de una noche en blanco marcado en su bello rostro. Yo voy dándome cuenta de mis horas de delirio y confusamente intento pedirle perdón. No sé si lo hice, no puedo recordarlo.

En cualquier caso hubiera querido abrazarla. Nada más que eso. 

(P.S. En agradecimiento a mis dos guardianas permanentes, M y P. Y a J, que estaba allí sin estarlo)






















domingo, 18 de junio de 2017

El día del Juicio.

Ayer fue un día terriblemente caluroso, llegando a media tarde a los 44ºC. Retrasé todo lo posible mi paseo vespertino con Curro. Cuando por fin salimos, ya anocheciendo, el bofetón de calor se abatió sobre nosotros implacable, como la masa de aire ardiente que era.

Quizá por todo eso me surgió, inesperadamente, una extraña pregunta: ¿qué sería de mí en un juicio final al estilo bíblico, puesto yo ante el juez severo del Antiguo Testamento o el juez misericordioso del Nuevo? Sabía que era una pregunta sin respuesta, pero me llevó a hacer un repaso crítico de mi vida. No voy a entrar en pormenores, pero sí quiero describir los paisajes que me he ido encontrando.

Lo primero que he visto es que yo, como cualquier otro humano, casi siempre me he limitado a reaccionar frente a fuerzas, presiones o corrientes exteriores a mí y además incontrolables por mi voluntad. Serán por tanto esas reacciones mías las sometibles a juicio, aunque no todas, sino solo aquéllas en las que yo tenía libertad para elegir entre varias alternativas. Lo enjuiciable está, por lo tanto, no en mis reacciones, sino en las decisiones en que libremente las he basado.

Lo siguiente que he visto es que a veces lo que me ha movido a la acción no ha sido un acontecimiento exterior, sino pulsiones interiores, nacidas de mis convicciones o mis deseos. Pero aquí también mi voluntad libre ha tenido que elegir entre varias alternativas, y cuando la elección ha sido éticamente reprobable mi conciencia lo ha detectado.

Inmediatamente mi cerebro ha unificado los dos campos anteriores. Ya se haya tratado de reacciones o de proacciones, el problema ético estaba en mi lucha interior entre pulsiones o convicciones o deseos contradictorios que nacían de mí, de modo que uno terminaba venciendo y era el responsable de mi decisión final.

He dejado a un lado mis reflexiones para cenar y luego me he echado a dormir.

En mitad de la madrugada me he despertado y he tenido, súbitamente como suele ser el caso, lo que solo puede describirse como una iluminación. No serán mis buenas o malas acciones los componentes principales del juicio al que puedo ser sometido, sino mis omisiones.

Es decir, mis renuncias, mis cobardías, mis abandonos, mis silencios, mis indiferencias, mis frialdades, mis traiciones. En definitiva, mis faltas de amor y de coraje.

De estas sí que he sido y seré, verdaderamente, el único responsable.


Y respecto a todas ellas, que ya no tienen remedio, lo único que puedo hacer es buscar dentro de mí un verdadero arrepentimiento y pedir misericordia, o lo que es lo mismo, perdón.

Parábola de los Talentos (Mateo, 25).- Grabado en madera fechado en 1712, cuyo origen desconozco.
Cuando el dueño vuelve a la casa y pide cuentas a sus criados de los dineros que les dejó, dos le están mostrando cómo los han multiplicado haciendo uso de ellos. Un tercero fue cobarde y enterró, para no perderlo, todo lo que había recibido

domingo, 4 de junio de 2017

LA VOZ

He ejercitado a lo largo de mi vida mucho más mis ojos que mis oídos. He leído mucho y conversado poco, de una canción me ha gustado más la melodía que la letra, he amado el silencio. Aun así he hablado durante innumerables horas como profesor en la Universidad, pero era yo el único que lo hacía en el aula y además apenas me escuchaba, enfocados como estaban mi cerebro y mis sentidos sobre las ideas y argumentos que intentaba expresar.

Sin embargo conservo sonoramente vivo el recuerdo de las voces de las mujeres que amé, los amigos que quise, los niños que fueron mis hijos, unas hablando, otras  gritando o susurrando.

Todas esas voces añoradas, más aún, cualquier voz humana, son puertas por las que se derrama sobre ti el alma de la persona a la que escuchas, su inteligencia, su sensibilidad. Cada voz tiene una música, la suya. Siempre es así, sea cual sea el idioma y la cultura de quien la expresa. Incluso, tantas veces, en lo melódico de una voz hay un lenguaje secreto que solo entiendes tú porque va dirigido específicamente a ti.

Pero en realidad yo, que he hablado mucho hace pocos días gracias a que alguien me indujo a hacerlo, soy, ya lo he apuntado antes, un hombre taciturno, silencioso y solitario, más mirón que parlanchín, más observador que conversador, hasta más místico que retórico.

Quizá sea precisamente por esta forma de ser mía por lo que he podido darme cuenta cabal de la belleza y la fuerza, en definitiva la verdad, que se encierran en los tonos y las músicas de los que tienen la suerte de entablar una conversación amistosa y sincera.


¡Claro que sí! ahora lo entiendo. Eso es lo que, en mi juventud, hacían los novios cuando empezaban a quererse y los amigos cuando se daban compañía: asomarse juntos a paisajes mentales que eran nuevos y por eso únicos. Eso es lo que también pueden hacer los viejos.

jueves, 25 de mayo de 2017

Mis libros subversivos


Una pasión por la lectura ejercitada durante toda mi vida me ha llevado a acumular una biblioteca de casi tres mil libros, esparcidos por mi casa en un inevitable desorden que me ha hecho olvidarme de muchos de ellos. Ahora los estoy reordenando por materias. A la vez los toco, quito la finísima capa de polvo que cubre a los más olvidados, los abro, releo algunas páginas, los recoloco finalmente en un sitio que les sea familiar, entre amigos, donde puedan vivir su vejez y olvidarse cariñosamente de mí.

Disfruto mucho con esta tarea, que en buena parte es un recordar las distintas etapas de mi vida. Diablos, ¡qué larga, qué ancha, qué honda es una vida humana! Mis libros me traen el recuerdo vivísimo de lo que fui, es decir, lo que soñé y anhelé, lo que descubrí, aquello en lo que creí o por lo que luché. Cuando pienso en toda la profundidad de mi vida, toda su altura, me doy cuenta de que lo mismo es el caso de la inmensa mayoría de los humanos, tengan libros o no, sepan leer o no, sean ricos o pobres, hombres o mujeres, viejos o niños. ¡Qué honda es una vida humana, esa combinación indestructible de un cerebro que piensa con un corazón que siente con unos sentidos que cantan la extraordinaria riqueza de la realidad! ¡Qué afortunados somos todos los humanos por el simple hecho de vivir, cuán agradecidos debemos estar a todos los que nos lo han hecho posible!...

Pero no estoy intentando escribir un ditirambo de tanta maravilla. Esta tarde me he tropezado con un rincón olvidado de mi biblioteca donde se acumulaban muchos de mis viejos libros “políticos”. Yo nací cuando empezó la II Guerra Mundial, y viví toda mi juventud y una parte de mi madurez en la España de Franco. La dictadura de Franco que yo conocí no era excesivamente represora, de hecho se la llamaba con cierta ironía “dictablanda”. Quiero decir que la represión no se percibía abiertamente en la vida diaria. Solo sucedía que la libertad estaba ausente, nada menos que esto, no podías salirte  de una senda muy monótona, desde la que nunca se veía ningún horizonte. Muchos jóvenes, particularmente los universitarios, éramos, por lo que acabo de decir y por nuestra juventud, profundamente antifranquistas, muchos éramos marxistas al menos in pectore. He encontrado hoy libros del joven Marx, aquél soñador que todavía era un humanista. Pero también de Lenin y Mao Tse Tung (así lo escribíamos entonces), de Trostsky y de algunos educadores que nos enseñaban marxismo (Gramsci, la chilena Martha Harnecker y sus “Conceptos elementales del materialismo histórico”, tantos otros). Enseguida me ha venido la intensa evocación de aquellos tiempos, cómo vibrábamos con aquellas ideas, cuán marxistas, hasta comunistas, nos sentíamos entonces.

Y no he podido evitar una cierta melancolía. ¡Qué lejos estamos ahora de aquellas vivencias! El comunismo soviético implosionó, el chino se ha convertido en un férreo capitalismo de estado. Ya no hay revolucionarios que crean en la posibilidad de una transformación violenta del mundo, porque no podemos considerar como tales a los terroristas de la Yihad. Hace pocas semanas terminé de leer “Vida y Destino”, de Vassily Grosman, que me reveló, con la precisión y la emotividad que solo puede tener un novelista ruso, lo terrible del Stalinismo, que no pretendió liberar a los oprimidos, sino construir un estado soviético sin alma. Aunque ya hace muchos años que fue Solzhenitzyn, otro novelista ruso, quien me abrió los ojos sobre la realidad de Stalin y el Gulag.

¡Cuánta decepción, cuántos ídolos rotos!

Siento una sensación extraña, la de que el mundo entero vive todavía sumergido en la desilusión que le produjo aquel inmenso desengaño. Un mundo que se ha ido haciendo nihilista, hasta cínico, que sin embargo empieza a entrar, a la fuerza, en una nueva época que está cambiando todos sus planteamientos de base.

A este mundo le falta capacidad de soñar, osadía para creer que la salvación, la eliminación del sufrimiento y la injusticia, son todavía posibles. No tiene libros donde leer acerca de todo esto, ni tiempo para reflexionar sobre ello. Claro que nosotros, los de mi generación, que teníamos las dos cosas, ¿qué hemos hecho, qué hemos construido?

Una pregunta inquietante, hasta terrible.

Quizá la salvación esté en lo pequeño, lo entrañable, lo casi invisible, lo inocente, lo íntimo. No en los grandes proyectos ni en las grandes ideas, sino en el compromiso enamorado con lo cotidiano, lo próximo. Un compromiso duradero, tanto como la vida. Asumido con aquel ánimo de Sísifo del que nos escribió Camus: nunca dejar de volver a empezar.

martes, 2 de mayo de 2017

La recidiva

Yo la temía y por eso me negaba a esperarla, pero finalmente ha llegado. Estas cosas pasan como una más de las innumerables sorpresas que jalonan el camino de una vida humana. Hace ya dos años justos que me reseccionaron medio pulmón y me sometieron a quimioterapia. Cada tres meses me controlaban para asegurar que la enfermedad no reaparecía. Alcanzar los tres años sin recidiva era casi la victoria total porque, las estadísticas así lo mandan, indicaban una probabilidad muy alta de curación total. Yo no lo he conseguido, e iniciaré en los próximos días un nuevo ciclo de quimioterapia, pensado más para contener que erradicar a mi enemigo. El objetivo final de la oncología clínica, en unos tiempos como los actuales en que todavía la ciencia no ha vencido definitivamente al cáncer, no es curar, sino prolongar en todo lo posible una vida digna para el paciente. Lo que es bastante razonable porque, al fin y al cabo, con cáncer o sin él, vivir a partir de una cierta edad es irse acostumbrando a la idea de una muerte finalmente ineludible.

Pero cuando te dan el notición de que lo tuyo es una recidiva en un cáncer que creías ya casi superado, no puedes evitar el conmoverte. Por una parte, sientes una cierta autocompasión que, lo aceptes o no, te consuela. Por otra, no puedes evitar esa atención casi obsesiva que pones ahora en las señales que pueda darte tu cuerpo de la enfermedad que lo atraviesa. Aunque enseguida haces planes, eso tú no puedes evitarlo. Decides que tienes que introducir cambios importantes en tu vida, sobre todo en las direcciones que vas a intentar que tome. Entre otras cosas piensas en este blog que llevas ya varios años escribiendo. Dentro de la atmósfera tímidamente pesimista que te envuelve en esos momentos, te planteas la decisión de cerrarlo. “¿Para qué seguir escribiéndolo?”, te dices.

Pero luego el tiempo, esa droga milagrosa, te hace verlo todo de otra manera. Y en lo que se refiere a este blog, decides continuar con él como si no hubiera pasado nada.

Porque además, en realidad, nada ha pasado. O lo que ha pasado es de mi piel para dentro y no me impide nada de lo que encuadra mi vida cotidiana. Mi situación indudablemente amenazada es interesante, por novedosa. Lo es para mí, pero también puede serlo para algunos de los que me lean. Así que seguiré escribiéndola.


Sirva todo esto como advertencia a mis lectores de que, en ese “yo y mis circunstancias” orteguiano que me constituye, ha habido o está habiendo un cambio importante. 

Quizá llegue a notarse.

domingo, 16 de abril de 2017

LO ESPIRITUAL

Vivimos… ¿dónde?

En el espaciotiempo. ¿Dónde si no?

Pero el espaciotiempo no es infinitamente viejo. El consenso de los cosmólogos es que empezó hace algunos miles de millones de años, cuando el big-bang. Si bien se trata de una cantidad de tiempo grandísima para nosotros, sigue siendo finita.

¿Hay algo más?

Tiene que haberlo. El espaciotiempo, al que también llamamos Universo, no pudo surgir de la nada. Pero ese algo más es inconcebible para nosotros, porque no es espaciotemporal.

Aunque no podamos imaginarlo sí podemos darle un nombre, esa es precisamente la fuerza invencible de los humanos, la de la palabra. Además, ese nombre que le demos no será sino un hueco que le haremos en nuestra mente a ese misterio que no podemos concebir.

Muchos lo han nombrado ESPÍRITU. Yo estoy con ellos. Aunque, si somos todo lo humildes que debemos, no es el sustantivo lo que mejor se le adecua. Mejor nombrarlo LO ESPIRITUAL.

Sería frívolo por mi parte entrar ahora en disquisiciones metafísicas, para las que no estoy preparado. Me basta con poder nombrar eso que me es imposible concebir, pero que sé que es el fundamento de todo lo que existe.

Y ahora viene lo que, para un pobre hombre como yo, sería la gran pregunta: lo espiritual, ¿empapa, acompaña, sombrea, refresca, estructura, a lo espaciotemporal que hay en nosotros?

Yo creo que sí, que tiene que ser así, que de ninguna manera podría ser de ninguna otra forma.

Y esta creencia me turba a la vez que me da mucho consuelo.

domingo, 12 de marzo de 2017

Luminosa oscuridad interior

1888.- Van Gogh.- El dormitorio de Arlés
Tú te pareces en muchos aspectos a tu dormitorio, esa habitación oscura  que es tu último refugio, tu madriguera. En ella, en lo que tiene de cotidiano, descansas de tu angustia de vivir. Así puedes pasar  los días y los meses y los años y hasta la vida entera, dormido como Blancanieves lo estuvo, es decir, esperando.

Un día, sin que sepas de dónde has sacado las fuerzas,  intentas salirte de tu vida para verte desde fuera. Es como si te despertaras en mitad de la noche.

Abres los ojos y te tropiezas con una oscuridad impenetrable, sin que llegues a tener miedo. Sientes la urgencia de saltar de la cama, pero todavía faltan muchas horas para que amanezca. Puedes elegir entre encender o no la lamparita de tu mesilla de noche. Decides no encenderla, te levantas y recorres tu dormitorio como un ciego que almacena en su memoria todas las distancias de aquel espacio tan familiar. Te gusta moverte así entre tus tinieblas, apostando contra ti mismo si cuando extiendas la mano tentarás la pared o la cómoda o la estantería que estabas esperando. Sueles acertar, pero no siempre, porque no eres infalible. Cuando te equivocas y no topas con lo que esperabas, te asustas y echas de menos la lamparita que no encendiste.

O, por el contrario, antes de levantarte extiendes la mano en plena oscuridad y la enciendes. La luz se hace de golpe y te deslumbra, solo entonces te sientas en la cama y percibes enseguida el desagradable frio del suelo bajo las plantas de tus pies. Ahora no hay ninguna incógnita frente a tus ojos, quizá por eso no sabes qué hacer. Caminas vacilante hasta el cuarto de baño y bebes un poco de agua fresca, acercando tu boca directamente al grifo del lavabo. Te das cuenta de lo seca que la tenías y, finalmente saciado, te sientes nadie, no eres nada.

Vuelves junto a tu cama, apagas la lamparita todavía de pie, enseguida te dejas caer sobre el colchón, imprimiéndole a la vez un ligero giro a tu cuerpo. No fallas el golpe, aunque no siempre ha sido así. ¿Te acuerdas aquella noche en la que al hacer eso caíste al suelo como un saco lleno de tierra y te dislocaste un hombro?

Tú estás ahora despierto en el pavoroso silencio de la madrugada y sientes súbitamente la presencia de un peligro indefinible. El miedo empieza a acercarse pero tienes el ánimo suficiente para gritarle y alejarlo.

Te arropas con las sábanas hasta el mismísimo cuello  y, prodigios de la imaginación, te sientes mucho más protegido. Has perdido definitivamente el sueño. No puedes evitar un bando de pensamientos que cruzan silenciosos la oscuridad sobre ti como misteriosas aves nocturnas.

Con una lucidez tan aguda que casi te pincha, empiezas a experimentarte solitario frente al misterio que tú mismo eres, frente a tu futuro, frente a tu pasado. Para distraerte intentas recordar los asuntos que van a ocuparte cuando llegue el día. Pero no lo consigues. Algo empieza a acercarse a ti desde lo más hondo de tu cerebro, sin hacer caso de las sugerencias, que quisieran ser órdenes, con las que intentas distraerlo.


Es a partir de este momento cuando a veces, muy raramente, tanto que puede pasar toda una vida sin que acontezca, llegas a enfrentar revelaciones interesantes, que incluso podrían llegar a ser decisivas.

viernes, 13 de enero de 2017

La partida

Estación espacial internacional
Próximo ya a partir, me va llegando ese momento en que me llena una extraña soledad. Experimento algo parecido a esos entrenamientos sin gravedad que les hacen a los astronautas. El avión en que los meten es mediano y todos sus mamparos interiores están acolchados. Acelerado al máximo, se eleva muy alto, hasta meterse bien dentro de la estratosfera. De súbito se lanza en un picado muy pronunciado. La tremenda, creciente aceleración, hace que todos sientan el vértigo de una gigantesca montaña rusa, sus vísceras, aplastadas por la enorme pesantez, querrían escapárseles por la boca. Y cuando ya casi no pueden aguantar más, el avión hace un brusco giro y arrumba hacia lo alto, como si quisiera fugarse para siempre de las miserias de este planeta. En el interior de la aeronave acaba de producirse una falta local de gravedad. Todos flotan, podrían hasta volar dentro de aquella reducida cabina, se han liberado por fin de la pesantez que los ha acompañado desde que fueron concebidos. La sensación tiene que ser tremenda, imborrable. La misma que esos astronautas experimentarán más tarde cuando habiten durante meses en una estación espacial, orbitando sin tregua alrededor de la Tierra.

Pues algo así es lo que siento yo en estos días próximos a mi partida, pero en el territorio de las emociones, los afectos, las afinidades. Pronto voy a dejar de ser una mezcla entre chilote adoptivo y eremita para volver a ser lo que durante la mayor parte de mi vida he sido. Pero no, no será  volver a ser, sino empezar de nuevo a serlo. En esos pocos días que voy a pasar entre mis dos mundos quizá llegue a tener la sensación de que no pertenezco, de verdad, a ninguno. Flotaré en mi espacio interior, atraído simultáneamente por fuerzas que tiran de mí en direcciones distintas.

Pero sería tonto ponerme trágico. Creo que lo que estoy sintiendo es esa necesidad, que comparto con millones de personas, de que alguna vez este disperso y heterogéneo mundo nuestro llegara a convertirse, de verdad, en un solo mundo, y que de este modo uno dejara de sentir el dolor de partir pero a la vez perdiera también para siempre la necesidad de hacerlo. Un mundo feliz, justo, casi beatífico.

Cuando lo pienso más a fondo, en verdad, en verdad, un mundo así ¿es posible? Y si lo fuera, ¿no podría llegar a ser lo más parecido que uno puede imaginarse al infierno? Por eso, finalmente, acepto como naturales  el dolor de las partidas y la incertidumbre de las llegadas.

Y me brota esa maravillosa poesía de León Felipe que nunca he olvidado:

<<Ahora de pueblo en pueblo,
Errando por el mundo.
Luego de mundo en mundo,
Errando por el cielo,
Lo mismo que esa estrella fugitiva.
¿Después?
¡Después ya lo dirá esa estrella misma!
Esa estrella romera que es la mía.
Esa estrella que corre por el cielo sin albergue,

Como yo por la vida.>>

martes, 10 de enero de 2017

Mis viejos libros

Una de las cosas que hacen interesante la vida es que pocas de tus expectativas terminan siendo como tú esperabas o anhelabas o temías. El futuro, eso que existiendo no lo hace todavía, está lleno de sorpresas.

Ayer envié de vuelta a España 113 kg de libros, casi tantos como los que traje de allí hace siete años. Aquí ha quedado toda la colección que he ido comprando de textos relacionados con Chiloé o Chile, así como casi todos los que traje relacionados con la Naturaleza. Entre los que se han ido de vuelta están muchos de los que he venido leyendo desde que era joven y que han significado algo importante para mí.

Los traje para que me acompañaran en una aventura que me ilusionaba muchísimo. Apenas los he releído aquí, me ha faltado un tiempo que he dedicado a conocer la Cultura de Chiloé, impregnarme de su Naturaleza y escribir. Más de medio millón de palabras son las que he escrito durante mis estancias aquí, que son muchas, muchísimas palabras. En la pila enorme de chatarra literaria que forman tiene que haber, forzosamente, algunos tesoros escondidos.

Así de desmantelada ha quedado mi querida biblioteca.
Yo he sido también, durante toda mi vida, un buscador de tesoros, y algunos he encontrado entre ese montón de viejos libros que ahora retornan a su antiguo hogar. Cuando los leía los subrayaba sin respeto alguno, con esa furia que tienen los jóvenes, como si fueran tierra que yo estuviera arando para sacarle fruto. Ahora la cola que un día los encuadernó está tan seca por el paso del tiempo que si no los trato con cariño se despedazan entre mis manos. Viejos y venerables como son, importantísimos como han venido siendo para mí, no quiero de ninguna manera separarme de ellos.

¿Puede haber algo más digno de respeto que ese libro que llega a ser capaz de hacerte descubrir en ti mismo, en tu experiencia de la vida acompañada por tu reflexión, alguna de las grandes verdades que vuelan a baja altura sobre el mundo? No lo creo.

Ese libro que llega a ser tu amigo entrañable, tu compañero de viaje, tu bastón y hasta tu alimento.


Libros así existen y seguirán existiendo siempre. A pesar de toda la parafernalia electrónica e informática, tan útil por otra parte, tan universal, tan potente. Libros que son como la fortaleza tras cuyas murallas tú mantienes abrigada la parte más preciosa de tu intimidad.

domingo, 8 de enero de 2017

Lo que aprendo de los Tiuques

Fascinado y feliz estoy con mis amigos los Tiuques, que vienen todas las mañanas y tardes hasta mi terraza en busca de su pan de cada día.

Me están enseñando muchas cosas. Pero hoy querría hablar de su maestría en el vuelo, la elegancia y precisión de sus evoluciones, su dominio sencillo del aire y los vientos. No dispongo de fotos ni de videos suficientemente buenos para que estén a la altura de lo que quiero decir de mis Tiuques, pero esto es más una oportunidad que una carencia, porque me obligará a expresar con  más precisión literaria la belleza que hay en sus vuelos.

Podéis imaginaros que la baranda de mi terraza, donde les pongo los trocitos de pan para que los cojan, es como la pista de un portaviones en mitad del mar, porque encima del mar, sometidos al spray de gotículas de agua marina que nos trae el fuerte viento del Oeste, al bramido de las grandes olas cuando rompen sobre las rocas y a la cerrazón del horizonte desde el que los chubascos enfurecidos se preparan para atacarnos, estamos nosotros. Estos últimos días ha hecho muy mal tiempo, pero mis Tiuques nunca han fallado, han venido a la hora en que siempre solían venir, lloviera o venteara. Y han aterrizado con asombrosa maestría sobre la baranda, cara al viento, con las grandes alas desesperadamente desplegadas y la vista fija en el trocito de pan que tienen que llevarse, las patas avanzadas, las garras listas, todo poseído de una asombrosa, formidable precisión.

Son varios mis visitantes habituales y cada uno tiene su comportamiento exclusivo, que es una manifestación de su carácter. Uno es jovencito y glotón, me acecha sin que yo consiga verlo y cuando salgo a la terraza con el trozo de pan aparece de entre la nada y se precipita sobre él para hacerle presa, permaneciendo luego a menos de dos metros de mí, comiéndose allí mismo, sin timidez ni miedo, su trofeo, o se lo lleva a la copa próxima de un árbol seco, siempre el mismo, como si fuera su comedor de verano, y allí se lo va comiendo tranquilamente. Otro es más tímido, algo más grande, más consecuente. Yo estoy convencido de que es una mamá Tiuque. Aterriza en la baranda siempre lejos del pan y luego camina sobre ella, en un largo recorrido de pasos ceremoniosos que me hacen reír, hasta que llega sin prisas a su objetivo. Y cuando coge el pan nunca se lo come, sino que despega de nuevo, con el pan en el pico, y siguiendo una trayectoria hacia el Sur, siempre aproximadamente la misma, se me pierde de vista entre el matorral costero y la arboleda que me rodea. Estoy convencido de que está criando a unos polluelos y que lleva el pan hasta su nido.

Cuando en estos días pasados el mal tiempo había llegado a sus máximos, era imposible que mis Tiuques cogieran el pan que yo intentaba ponerles en la baranda de mi terraza. No porque ellos no pudieran, sino porque el trocito de pan volaba inmediatamente en remolinos caóticos y se perdía. Entonces decidí tirarles el pan desde la terraza al campo inmediato. Ellos llegaban con la misma elegancia de siempre y aterrizaban junto al pan con la misma precisión de siempre. El jovencito se lo iba comiendo allí mismo, pero la mamá levantaba el vuelo desde allí, con el pan en el pico, y emprendía la vuelta hacia su nido.

Lo que me sorprendió es que cuando la tempestad de viento estaba en sus máximos, en vez de intentar volar agazapada entre los árboles, se elevaba hasta lo más alto del cielo. Parecía que el viento fuera a arrastrarla como a una pluma perdida. Pero no. Para mi sorpresa ella, cuando estaba allí arriba frente al viento huracanado, se ponía a ceñirlo, a navegarlo como lo haría el más fino de los barcos veleros, y así retornaba elegantemente, con toda calma y poderío, a su nido.

Admiro sus habilidades, sí, y agradezco su compañía, por muy interesada que sea, pocas no lo son. Pero además todo esto que he vivido me ha hecho pensar un poco sobre nosotros los humanos y nuestras capacidades técnicas. Hemos dominado el vuelo, sí, atravesamos la estratosfera de un extremo a otro del mundo como una rutina más, hemos llegado a la Luna y algún día lo haremos a Marte. Pero jamás volaremos con la maestría, la elegancia y la belleza con que lo hacen los pájaros, no solo los Tiuques, sino casi todos los pájaros. Yo soy capaz de hacerlo en sueños: doy dos patadones y empiezo a flotar en el aire, aleteo perezosamente con los brazos y me desplazo por encima de paisajes preciosos, pero eso es todo, un sueño, sí, eso es terriblemente todo. En nuestros vuelos reales, como en la mayoría de nuestros afanes diarios, lo que nos importa es la finalidad. La gente hace maravillosos vuelos transoceánicos con las ventanillas del avión cerradas, sin sentir la menor curiosidad por lo que está pasando fuera. Vivimos la mayor parte de nuestras vidas para alcanzar metas. Somos, en buena medida, esclavos de nosotros mismos. ¡Qué tremendamente aburrido!

¿Qué nos deparará técnicamente el futuro? Apenas se habla de una de las cosas que llegará, que está llegando ya: la Inteligencia Artificial. Se infiltra sin que nos demos cuenta en nuestra vida cotidiana en forma de Robótica, pero algún día las computadoras sabrán hacer las rutinas de las que está hecha la mayor parte de nuestras vidas mucho mejor que nosotros, y ese día… nosotros los humanos podemos llegar a sobrar, como lo hace ya buena parte de una Naturaleza a la que, con todo nuestro orgullo humano, hemos traicionado. Está pasando ya. Los blue collars de las antaño zonas industriales USA han votado a Trump porque creen que la globalización les ha quitado su trabajo. Esto es verdad solo en parte: mucho de su trabajo, un buen ejemplo es la industria del automóvil, se lo ha quitado la robotización de las líneas de producción.

Sin embargo, finalmente, quizá porque soy viejo y no tengo ya, como los jóvenes, toda la vida por delante, yo en el fondo me siento optimista. En el fondo quiere decir en el mismísimo fondo de la conciencia y de la vida, allí donde quizá pueda encontrarse a la Verdad. Y me siento optimista porque la Inteligencia Artificial, esa que es la madre de todas las amenazas, por mucho que domine mejor que nosotros todas las habilidades técnicas, jamás podrá enamorarse, ni emocionarse con la belleza de un arcoíris, ni recordar con nostalgia los felices tiempos pasados, ni experimentar intuiciones, presentimientos, angustia, alegría o miedo.


Ni mucho menos podrá volar como lo hacen cada día, sin darle ninguna importancia, mis queridísimos Tiuques. Con esa profunda, sencilla, inmensa belleza.


Tiuque (Milvago chimango)
Lámina 72 de "Las aves de Chile", Daniel Martínez y Gonzalo Gonzalez