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viernes, 30 de junio de 2017

La caca del Trauco es / un moho mucilaginoso es / la caca del Trauco es / un moho mucilaginoso...

Eureka! Un artículo publicado en Le Monde me ha permitido confirmar una vieja sospecha, que la caca del Trauco es un moho mucilaginoso, concretamente el famoso Physarum polycephalum. La evidencia que aporto es el parecido extraordinario entre las fotos que yo he tomado de la caca del Trauco en Duhatao y otras muchas fotos de Physarum polycephalum que pueden descargarse de Internet.


A la izquierda y abajo, fotografías tomadas por mí  de dos incidencias distintas de aparición de la caca del Trauco junto a mi cabaña en Duhatao (Chiloé). A la derecha arriba, una fotografía de Physarum polycephalum de la colección Getty.


Este moho es una criatura extraordinaria, que ha sido capaz de despertar la imaginación y el interés de muchas mentes orientadas hacia laCiencia. Vive en bosques húmedos, como
Ciclo de vida de Physarum polycephalum (tomado de Miguel Ulloa .

los de Chiloé, y cuando las condiciones ambientales son favorables es capaz de aumentar de tamaño a velocidades extraordinarias, del orden de centímetros por hora.

Lo que vemos macroscópicamente en las masas amarillas de las fotos suele ser una sola célula, pero dotada de miles y hasta millones de núcleos. Es capaz de desplazarse de un sitio a otro con un movimiento ameboide, y también de muchas otras cosas extraordinarias que pueden consultarse en la literatura. A su manera, está dotado de una inteligencia que no es neuronal, sino sincitial, es decir, el resultado de las decisiones elementales tomadas por cada uno de sus numerosísimos núcleos y los dominios de citoplasma que rodean a cada uno. Estos elementos de un todo indivisible exploran su entorno y deciden, particularmente en los bordes de la gran masa plurinuclear, si crecer o no hacerlo en ésta o en aquélla o en aquélla otra dirección. 

En experimentos adecuados los científicos han conseguido que una megacélula de Physarum dibuje con aterradora precisión el mapa del metro de Londres o el de carreteras de España, o cualquier otra geometría hecha de un conjunto de nodos y conexiones entre ellos.

Dicho pues queda. Pero me falta considerar lo más interesante de todo: siendo cierto que la caca del Trauco es una megacélula de Physarum polycephalum, también lo es que esta megacélula es la caca del Trauco, o sea, una huella excretada por ese espíritu de los bosques chilotes que es el Trauco, para dejarnos a los humanos señales de su existencia. Esta permanente relación bidireccional es la que he intentado expresar en el título de esta entrada.

¿Cómo explicarlo? Los humanos tenemos un cerebro cuya naturaleza podemos ver como biunívoca. Piensa pero siente, decide pero duda, razona pero intuye, simplifica pero complica, ve pero es ciego, etc. Una de las expresiones más conspicuas de este cerebro nuestro es el lenguaje, que consiste en la creación de palabras, su conversión en conceptos y su integración en frases con la ayuda de gramáticas. Lo biunívoco del cerebro también se aplica a sus lenguajes. En general, podemos afirmar que los cerebros humanos desarrollan dos grandes tipos de lenguajes: el lógico frente al mítico. Uno y otro son imprescindibles para que los humanos lleven adelante su vida en el mundo. El lenguaje lógico es instrumental, trata de la relación entre causas y efectos. El mítico es interrogativo, trata de la relación entre la luz y la sombra, la claridad y el misterio. El lenguaje lógico es racional, el mítico sentimental.

A lo largo de su trabajosa evolución, los humanos han ido desarrollando ambos lenguajes en direcciones que son opuestas. Incidentalmente, vivimos ahora una época de predominio del lenguaje lógico.  Aun así, el lenguaje mítico también ha alcanzado un gran desarrollo, basta para comprenderlo imaginar lo que está pasando por los cerebros de las multitudes en un gran concierto al aire libre, ante miles de fans, de un ídolo del rock.

Una de las grandezas culturales de Chiloé nace de su proximidad a la Naturaleza. Hay muchas huellas en Chiloé de la importancia que durante miles de años ha tenido para los humanos el lenguaje mítico, ese que permite convivir con una Naturaleza no dominada, formando una parte más de ella, con una integración total. El shamanismo antiguo fue capaz de manejar  con maestría los dos lenguajes, el lógico desarrollando toda una botánica médica, el mítico levantando una cosmovisión impregnada de espiritualidad. En aquel shamanismo, y en sus herederos espirituales que todavía viven en el mundo amerindio y campesino, la Naturaleza tiene una condición básica que es espiritual. Así el bosque no es solo una congregación de árboles. Mucho más que eso, el bosque es el espíritu del bosque, que se manifiesta en todas las formas vivas que contiene y en todos los fenómenos que tienen lugar en sus inmensidades sombrías. De esta espiritualización del mundo nació una mitología riquísima, algunos de cuyos personajes sobreviven todavía. Uno es el Trauco, que no es ese enano feo y libidinoso con el que muchos lo caricaturizan, sino el espíritu del bosque, al menos uno de los espíritus que pueblan el bosque. Como cualquier otra realidad espiritual, el Trauco se comunica con los humanos, esos pobladores del Sur de Chile que durante miles de años  de vida en el bordemar, han estado siempre mirando de reojo al bosque que se extendía a sus espaldas, temiéndolo  pero también respetándolo. ¡Hay tantas historias maravillosas de esta relación entre el Trauco y los humanos! Una de ellas es la de la caca del Trauco, que más que una feca es una señal sagrada que el Trauco deja en los límites de su territorio para advertir de su presencia y sugerir quién es el dueño de aquellas soledades.

Por todo esto, la caca del Trauco no es simplemente el sincitio ameboide del moho mucilaginoso Physarum polycephalum. Es eso, claro que sí, pero también es algo más. Es la señal que nos recuerda la existencia de una realidad espiritual, el Trauco, espíritu del bosque. Además de sus ácidos nucleicos, proteínas, fosfolípidos, y todo el aparataje de una biomasa celular, ese montoncito de materia de color amarillo vivo y apariencia muy húmeda y frágil, es una señal que nos llega desde lo profundo del bosque, y que inspira en nosotros respeto ante misterios que nunca podremos comprender si nos limitamos a usar un lenguaje instrumental. Al menos eso es, todavía hoy, para muchos campesinos chilotes que cuando la encuentran en lo alto de un viejo tronco caído, en la mañana húmeda, cuajada de rocío, la queman ceremonialmente y permiten que, al menos durante unos minutos, el misterio de lo trascendente, de lo que no es visible, ni siquiera lógico, los penetre.

También es ese misterio para mí. Cuando empecé a ver cacas del Trauco en Duhatao sospeché enseguida que podía tratarse de un Mixomiceto. Pero también sentí que en aquellos fenómenos había un mensaje trascendente que me llegaba del bosque cercano, y que yo compartía con mis vecinos campesinos de la zona. Me llené de curiosidad a la vez que de respeto. De alguna manera nada lógica, me sentí saludado y reconocido por una realidad espiritual que, como tal, estaba fuera del espaciotiempo.

domingo, 7 de mayo de 2017

El PET-TAC y la nueva REVOLUCIÓN ROBÓTICA

En una situación como la mía, con una recidiva tumoral detectada por un TAC y confirmada por un examen anatomopatológico de pequeñas biopsias tomadas mediante una broncoscopia de la zona afectada, lo inmediato es someterte a un PET-TAC que explore todo el cuerpo  para la presencia de posibles metástasis.

A mí me lo hicieron hace unos días y es del PET-TAC, ese robot increíblemente sofisticado, de lo que quiero escribir hoy.

TAC es una abreviatura para Tomografía Axial Computerizada. Y PET es la abreviatura en inglés para Tomografía por Excitación de Positrones. El primer sustantivo, Tomografía, significa casi lo mismo en ambos casos. El paciente, tendido en la camilla móvil que se ve
en la foto proyectada hacia la izquierda, es introducido poco a poco en el túnel circular de la derecha. En sendas circunferencias de este círculo se disponen emisores y sensores que van generando cortes circulares con imágenes de su cuerpo.  En el caso del TAC, emisor y sensor, opuestos en los extremos de un diámetro del círculo en el que se centra el paciente, lo son de rayos X. De manera que al desplazarse su cuerpo a lo largo del túnel, lo que se va obteniendo es una radiografía tridimensional con un gran detalle. En el caso del PET, la circunferencia correspondiente contiene solo sensores, diametralmente opuestos, a los que llegan fotones, es decir luz, de muy alta energía.

Lo curioso del PET es la fuente que genera esta luz. Antes de iniciar el análisis, al paciente se le inyecta una solución radiactiva y se le tiene una hora en reposo en una habitación anexa, para que la sustancia radiactiva alcance a través del sistema circulatorio todo su cuerpo. Esta sustancia es la 18 Fluoroglucosa (en adelante 18FG), un compuesto de Glucosa con Fluor18, que es un isótopo radiactivo del Fluor. La 18FG entra en las células del cuerpo igual que la glucosa, la cual es a su vez una fuente de energía indispensable para la vida de la célula. Pero una vez dentro, la célula es incapaz de metabolizar la 18FG, por lo que ésta se acumula. Un tumor en crecimiento está hambriento de vasos sanguíneos que le lleven alimento y oxígeno, pero estos vasos van formándose poco a poco por un mecanismo que se llama angiogénesis. Por eso el tumor, con una falta crónica de oxigeno, tiene, en contraposición a los tejidos sanos del cuerpo un metabolismo anaerobio, utilizando la glucosa por una vía fermentativa que no requiere oxígeno pero que tiene por eso menor rendimiento energético. Lo que significa que el tumor, para crecer, tiene que consumir mucha más glucosa que una célula sana del cuerpo, por eso los mecanismos de transporte de glucosa y 18FG al interior celular están potenciados. Pero como la 18FG no puede metabolizarse por las células tumorales, la consecuencia es que éstas  acumulan mucha más 18FG que las células sanas.

Y ahora viene la maravilla de las maravillas. Resulta que el 18Fluor es un isótopo radiactivo de vida muy corta, que se descompone a gran velocidad, tanta que su vida útil es de unos cuantos días, de modo que tiene que transportarse en avión desde el ciclotrón que lo produce hasta el punto de consumo. En el curso de la descomposición radiactiva del 18Fluor, se produce un torrente de positrones. Estos son antielectrones, es decir, partículas subatómicas idénticas a los electrones solo que con carga positiva, parte por lo tanto de esa antimateria que nació junto con la materia en el momento del bigbang y que la acompaña a todas partes, en minoría y sumida en el misterio. Lo que sucede en los tejidos tumorales del paciente es que un positrón, nacido de una molécula en descomposición radiactiva de la 18FG, choca con un electrón de las células tumorales del paciente. Y de este choque resultan dos fotones de alta energía que se propagan en direcciones opuestas y son detectados por los sensores de fotones gamma diametralmente situados del PET. Así se generan señales luminosas que perfilan claramente el volumen y la forma de un tumor metastásico, detectándolo con gran precisión.


Toda esta maravillosa explicación está siendo ya demasiado larga para la longitud que debe tener la entrada de un blog. Pero con todo lo maravillosos que son los fundamentos científicos del proceso de un PET, lo que lo hace tecnológicamente posible es el software que analiza la inmensidad de datos adquiridos y los integra en una imagen fiable de la realidad tumoral. El PET-TAC funciona como un sofisticadísimo robot. Realiza una tarea complejísima, pero la única intervención humana que necesita es la del enfermero que inyecta en el paciente la solución radiactiva y el médico que interpreta la imagen integrada del cuerpo del paciente, buscando y evaluando los focos de actividad tumoral.

He traído toda esta historia aquí porque me ha hecho reflexionar mucho sobre los tiempos que estamos viviendo. El PET-TAC es un buen ejemplo de la nueva revolución industrial en mitad de la cual ya nos encontramos, que es una REVOLUCIÓN ROBÓTICA, apoyada en general en los muchos avances de la tecnociencia y en particular en los desarrollos espectaculares del hardware y el software.

Si analizamos la realidad que nos rodea, sobre todo en las zonas más urbanas y tecnológicamente avanzadas de nuestro planeta, encontramos muchos ejemplos más. Desde la aeronave intercontinental que nos lleva de un extremo a otro del mundo en pocas horas, hasta los generadores eólicos o fotovoltaicos de electricidad, pasando por nuestros teléfonos celulares y nuestros ordenadores de sobremesa. Y es mucho más lo que nos va a llegar pronto. En California he visto hace poco más de un año los automóviles Tesla, que no necesitan la atención del conductor, circulando ya como fantasmas tan robotizados como seguros por las gigantescas autopistas.

¿Qué significa todo esto? Ante todo un cambio de época, nada menos, la entrada en un mundo en el que el trabajo humano es mucho menos necesario y tiene que ser mucho más especializado y a la vez sofisticado. La consecuencia inmediata es que en muchos países avanzados mucha gente se está quedando sin trabajo. A la vez, como muchos países atrasados están sometidos a las presiones terribles de la guerra y la miseria, la presión inmigratoria sobre los países avanzados que favorece un alto nivel de paro y una degradación continuada de los salarios, no hace sino crecer, en un círculo vicioso que genera los muchos movimientos populistas que, desde Trump hasta Maduro pasando por Le Pen y el español Podemos, cada uno con sus matices más de izquierda o de derecha, estamos viviendo.

El futuro es impredecible. Yo solo veo con claridad dos cosas, en mi opinión las únicas capaces de hacer posible la entrada en una nueva época luminosa y liberadora, no solo para los humanos sino para la Tierra entera. 

La primera es una globalización radical de la conciencia moral del mundo, sobre la base de la noviolencia. 

La segunda, una revolución radical en la educación, que deberá ser permanente y totalmente distinta a lo que ahora mismo entendemos.

 ¿Será todo eso factible?

 ¿Por qué no, si ya es pensable?


Además, lo que estamos viviendo no es nuevo. En mitad del S. XIX se desarrollaba en Inglaterra con enorme dinamismo la primera revolución industrial. El gran Charles Dickens fue testigo en sus novelas de las miserias que acompañaron a aquella época luminosa. Mucha de la población rural había emigrado a las grandes ciudades inglesas en busca de nuevas perspectivas. Lo que encontró fue, en buena medida, explotación, trabajo descarnado de los niños, hambre, miseria, desamparo. Hizo falta más de un siglo, dos guerras mundiales con decenas de millones de muertos y un par de totalitarismos terribles, el de Hitler y el de Stalin, para que las nuevas esperanzas tecnológicas se convirtieran en avance social. Marx creyó ingenuamente que la revolución era un asunto científico y tecnológico, inspirado quizá por los gigantescos éxitos científicos de Newton y Darwin. Se equivocaba. El avance social es, en lo más hondo de sí mismo, un problema moral.

1872.- Gustavo Doré.- Wentworth Street, Londres.- Museo Británico


sábado, 17 de diciembre de 2016

El peso de la TECNOSFERA

Y bien, en aparente (pero solo aparente) contradicción con lo que escribí ayer, hoy leo en la sección de Ciencia de Le Monde una noticia “bombástica”, como se la podría calificar en inglés. 

Un equipo internacional liderado por el Departamento de Geología de la Universidad de Leicester ha calculado el peso de laTecnosfera. Entendiendo por Tecnosfera el conjunto de materiales físicos que han sido producto de la actividad humana desde que Homo sapiens se puso de pie sobre este planeta Tierra.

ESTE PESO ASCIENDE (¡agárrense bien!) A 30.000.000.000.000 DE TONELADAS.

Lo he escrito bien: treinta mil miles de millones de toneladas, equivalentes a 50 kg por metro cuadrado de superficie planetaria, incluyendo océanos, desiertos, polos…todo.

Para meditar. Alguien me decía no hace mucho tiempo que una manera adecuada de modelizar la presencia de los humanos sobre la Tierra sería asimilarnos a un virus para el que no se conoce ninguna medida neutralizadora, y que por ello crece y crece y crece.


Ante esta noticia, los chistes de Singer que ya he publicado aquí un par de veces se revelan proféticos.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Pierre Teilhard de Chardin S.I.- Un hombre´puente

Releyendo el Teilhard de Chardin de mis tiempos jóvenes, cae en mis manos un libro que se publicó con el título de “Himno del Universo” (Taurus, Madrid 1964) pero que es una recopilación de textos más cortos, entre los que destaca, ocupando un papel quizá central, “La potencia espiritual de la materia”, un texto místico, la descripción de una visión que el autor ha tenido explicada, a pesar de su naturaleza inefable,  tal y como  él  la ve al volver a este mundo.

Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) fue un sacerdote jesuita pero sobre todo un científico. Entusiasta paleontólogo que se pasó la vida por lugares remotos buscando entre las piedras pistas de los primeros Homo erectus, que participó con Henri Breuil en el descubrimiento del Hombre de Pekin, y que siendo un científico no dejó de ser nunca sacerdote y hombre de fe, a pesar de que el Santo Oficio vaticano lo consideró heterodoxo durante bastantes años, aunque luego el penúltimo papa, Benedicto XVI, lo ha rehabilitado. Sus obras, en efecto, desbordaban la ortodoxia católica pero también la ortodoxia científica, de manera que autoridades importantes de este otro mundo de la ciencia, donde no hay pontífices máximos pero sí muchos cardenales, lo han desautorizado sin comprender que esos textos que los escandalizaban no eran científicos, sino religiosos. Hombre pues Teilhard de Chardin entre dos mundos, con un pie del alma en cada uno de ellos, con el valor que hay que tener hoy día para atreverse a esto. Recomiendo un breve esbozo biográfico de Teilhard publicado por la Wikipedia francesa.

Teilhard, camillero en Verdun (primero a la derecha)
Curiosamente, el texto que quiero comentar, “La potencia espiritual de la materia”, lo escribió en plena I Guerra Mundial, cuando trabajaba como camillero en el frente de Verdun, antes de doctorarse en la Sorbona aunque ya con una sólida experiencia de campo como paleontólogo. Obtuvo allí, por su valentía, la Medalla Militar y la Legión de Honor. Una descripción de sus méritos militares puede verse en la web de la Diócesis de capellanes militares católicos de Francia.

Lo que Teilhard escribe en ese soberbio texto suyo, “La potencia espiritual de la materia” tiene una interpretación sencilla. En su iluminación mística él ve al hombre como un continuador de la materia, un lo-que-ha- llegado-a-ser esta materia en su largo camino desde el big-bang hasta él y lo-que-llegará-a-ser desde él hacia lo que llama Punto Omega, la culminación de los tiempos. Se considera por tanto heredero de esta materia, hijo de ella, y a la vez continuador de ese camino que lleva hacia la salvación no solo de los hombres, sino del universo entero.

Excavando y datando fósiles en China



A mí me gusta este mensaje no solo por su calidad espiritual, admirable sean cuales sean las creencias o escepticismos de cada uno, también por sus connotaciones prácticas, próximas al ecologismo de hoy en día, aunque más profundas. Lo que se destila de lo que Teilhard escribe es que el hombre no puede considerarse ni el rey de la creación, ni el explotador con todos los derechos de lo que como tal explotador llama “los recursos naturales”, ni mucho menos el ecocida destructor de especies y ecosistemas innumerables sin darse cuenta siquiera de lo que hace, y que por el camino que lleva puede terminar destruyéndose, como mínimo degradándose, a sí mismo.







Lo dice el P. Teilhard en el texto que comento con sus propias palabras de sacerdote y de hijo de esa materia  universal:

<<Yo te bendigo, Materia, y te saludo no como te describen, reducida o desfigurada, los pontífices de la ciencia y los predicadores de la virtud, un amasijo, dicen, de fuerzas brutales y de bajos apetitos, sino como te me apareces hoy, en tu totalidad y tu verdad>>.


Un texto que vale la pena leer despacio, escrito por un místico que, como muchos de ellos, fue además un hombre de acción.

viernes, 3 de octubre de 2014

Del Nickjournal (4).- Dos héroes de nuestro tiempo: Wegener y Prusiner

Nelson (1758-1805)
(Publicado por Olo en el Nickjournal el 9 de Junio del 2007. Traido ahora aquí porque tiene alguna relación con la entrada anterior).


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En tiempos en que las sociedades humanas se sentían más inermes que hoy ante la naturaleza y el azar, los héroes eran personajes destacados, a los que se veneraba como a semidioses. Defino a un héroe como un individuo atrapado en una encrucijada de fuerzas que lo superan y que, a pesar de que estas fuerzas se le oponen y pueden destruirlo, no cede en sus propósitos. Todas las grandes naciones imperiales, y España e Inglaterra son ejemplos típicos, han sido, de necesidad, productoras de héroes, porque su gente ha ido de conquista muy lejos y por caminos muy arriesgados. Pero hoy el concepto de héroe se nos ha quedado perdido en el desván. ¿Quién sería capaz de escribir en cinco minutos una lista de los quince héroes españoles que considera más destacados? Y no es que nos falle la memoria de esas personas, es el propio concepto el que se nos encasquilla en los repliegues del cerebro, sin encontrar salida. En mi caso, el último héroe militar que recuerdo, con todos sus avíos mitológicos, ni siquiera es español, sino inglés: el almirante Horacio Nelson, que en aquella mañana de Octubre de 1805, frente a Trafalgar y a una flota francoespañola muy superior en número de barcos y armamento a la suya inglesa, se obstinó en vestirse con todos sus entorchados de almirante, contra la opinión de su estado mayor, que sabía como él que los fusileros de los barcos enemigos acechaban en las gavias el momento del
Agonia de Nelson a bordo del Victory,
en plena batalla de Trafalgar.
abordaje para disparar selectivamente contra los oficiales que identificaban, tanto más encarnizadamente cuanto mayor graduación ostentaban. Y así le partieron la espalda de un balazo a poco de empezar el combate, y murió antes de que terminara, sin ver su victoria. Pero él tenía la convicción de que aquel combate había que ganarlo, como casi todos, desde el ejemplo de los mandos, y quería ser coherente con el mensaje que las banderas señaleras de su navío estaban ya lanzándole a toda la flota: “Inglaterra espera que cada uno cumpla con su deber”.

Hoy los jóvenes pueden seguir viendo, como lo hicimos nosotros, la estatua de Nelson en todo lo alto del Trafalgar Square londinense, pero estoy seguro de que a la mayoría no les dirá nada. Sin embargo, creo que todavía hay sitio en nuestras sociedades para los héroes y que estos, por lo tanto, siguen existiendo. Aparentemente no son como los antiguos, pero les caracteriza la misma abnegación obstinada, o abnegada obstinación, por resistirse a fuerzas que se oponen a sus convicciones. ¿A sus qué? Sí, a sus convicciones, es decir, a aquello en lo que creen aunque no se haya demostrado todavía que sea cierto, y por cuya defensa, conscientes de que un individuo no es, en definitiva, gran cosa, están dispuestos a llegar hasta donde haga falta.

Los héroes modernos no suelen estar en los campos de batalla o en las regiones inexploradas, sino en la ciencia, la política, el activismo, incluso el comercio. Traigo aquí el recuerdo de dos héroes científicos, uno de los cuales todavía vive: Alfred Wegener y Steve Prussiner.

Alfred Wegener (1880-1930)
Wegener, un berlinés nacido en 1880, fue el descubridor de la deriva de los continentes, pieza fundamental de la tectónica de placas y por lo tanto de toda la geología moderna. Tuvo la desgracia de no ser geólogo de formación, sino astrónomo, y de profesar como meteorólogo y valeroso explorador de Groenlandia. Muchos otros científicos habrían visto antes que él un mapamundi, y apreciado las notables correspondencias entre las costas de Sudamérica y África. Pero él vio allí la deriva continental, y creyó en ella, obstinándose durante la mayor parte de su vida en probarla científicamente, a partir de la publicación en 1915 de su libro “El origen de los continentes y los océanos”. Fue él quien dio aquí el nombre de Pangea al continente primigenio.Hizo hallazgos muy valiosos, como la demostración de que el registro fósil del litoral sudamericano era muy similar al del africano, fuerte evidencia a favor de que las dos costas habían estado alguna vez fundidas. Pero los geólogos le exigían propuestas falsificables de un mecanismo para la deriva continental, y él no conseguía dar con ellas. En aquellos años los geólogos
Teoría de la deriva de los continentes
de Wegener
eran un cuerpo cerrado, dentro del que destacaban los relacionados con la industria petrolera, gente enérgica y rotunda. A Wegener le organizaron todo un congreso en América para ponerlo a prueba, y luego lo denostaron, se mofaron de él y no le permitieron integrarse en su selecto círculo. Hubo, por supuesto, algunas excepciones, como Du Toit, precisamente un geólogo sudafricano que al trabajar en el hemisferio sur podía comprender mejor sus argumentos. Pero Wegener se convirtió para la mayoría de la comunidad científica a la que debía de haber pertenecido, la de los geólogos, en un extraño, una especie de soñador sospechoso, un tipo sin suerte que consiguió por fin, con muchas dificultades, solo dos años antes de su muerte, una plaza de profesor en una universidad secundaria, la de Graz en Austria. Siguió practicando la meteorología, aunque sin dejar nunca su trabajo sobre la deriva continental. Murió heroicamente a los 50 años, en el curso de una operación de salvamento de un grupo de colegas meteorólogos que había quedado aislado en Groenlandia.

Dorsales oceánicos. El del Atlántico separa la placa tectónica
Sudamericana de la Africana.
Tuvieron que transcurrir cincuenta años desde su muerte para que otros geólogos, mapeando pacientemente el fondo de los océanos, pusieran claramente de manifiesto la presencia de los dorsales magmáticos oceánicos y fundaran por fin, con absoluta consistencia científica, la tectónica de placas. Solo entonces, y en esto la ciencia demostró una vez más que a pesar de ser corporativista, obcecada y hostil, también termina siendo siempre justa, la Geología le reconoció a Wegener sus méritos de precursor genial.

El otro héroe científico que todavía vive es Steve Prusiner, nacido en Iowa en 1942, descubridor de los priones como agente etiológico de enfermedades cerebrales degenerativas, de las que son ejemplo la de las vacas locas o el síndrome de Creutzfeldt-Jakob, bien famosas a través de la prensa de hace algunos años. Era un bioquímico joven al que la casualidad lo llevó a encontrarse estudiando en San Francisco otras
Stanley Prusiner (1942-  )
enfermedades similares, como el Scrapie de las ovejas. Por más que purificaba extractos infecciosos procedentes de animales enfermos, no lograba encontrar en ellos ni rastro de DNA, solo proteína. Pero el paradigma vigente entonces exigía que cualquier agente infeccioso tenía que ser como mínimo un virus, dotado de un corazón de ácidos nucleicos. Un científico brillante y ambicioso hubiera abandonado pronto una línea de investigación tan poco prometedora y resbaladiza, al borde mismo de lo herético. Pero Prusiner era obstinado. Se limitó a hacerse la pregunta: ¿y si el agente infeccioso es, pura y simplemente, una proteína, digan lo que digan los dogmas? Esta fue su visión, y en su búsqueda siguió. Propuso en 1982 la hipótesis de los priones, proteínas que, según la forma en que se organicen dentro de las células cerebrales, causan o no efectos degenerativos en ellas; algo así como los hinchas en un estadio, que pueden estar disfrutando del partido, sentados ordenadamente en las gradas, o acumulados en una masa malherida en la estrechez de una escalera de salida, llevados por una estampida de pánico. Aunque esta propuesta fue publicada en una de las revistas más prestigiosas, los Proceedings of the National Academy of Sciences, le costó muchos enemigos, que lo denostaron públicamente. Perdió la financiación más importante y prestigiosa de que disponía, la del Howard Hughes Medical Institute, y le faltó poquísimo para no ser promovido a profesor con tenure, es decir, ser expulsado de su universidad. Pero Prusiner persistió, y terminó probando científicamente su teoría, con todo rigor, hasta sus últimas consecuencias. En 1997 le concedieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en solitario, lo que no se había hecho nunca en los diez años anteriores y muy raras veces en la historia del Nobel desde la II Guerra Mundial. La Academia Sueca quiso mostrar así el reconocimiento a su valor tan especial, es decir, a su madera de héroe.

También hay que decir aquí que la ciencia oficial nunca le cerró totalmente sus puertas a Prusiner. No le faltaron valedores científicos de su apuesta, pocos pero comprometidos, ni se le negó un sitio en las páginas de revistas prestigiosas, porque los trabajos que enviaba a ellas eran rigurosos. Pero tuvo que soportar la presión de los escolásticos, los partidarios del orden establecido, esos que toda institución que quiera persistir en el tiempo necesita para que no la destrocen en poco tiempo los locos y los oportunistas, pero que también pueden aplastar a los innovadores y los héroes.

Así es la condición humana, incluso la de los científicos, que tienen vísceras como cualquier hijo de vecino. Y porque es así, y así va a seguir siendo, siempre necesitaremos
a los héroes que, estoy absolutamente seguro de ello, nunca nos faltarán. Y si no al tiempo.
(Escrito por Olo)
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Placas tectónicas y choques de civilizaciones


El conflicto que se vive estos días en Hong Kong, la antigua colonia británica que hoy forma parte de la República Popular de China, es un buen ejemplo de los conflictos entre civilizaciones. Allí están chocando un modo de entender la vida propio de la civilización occidental, el de los jóvenes honkongueses que quieren democracia y libertad, con un modo autocrático de entender lo político y lo social, el del gobierno chino, heredero por una parte de las viejas dinastías imperiales y por otra del comunismo más rancio.

El choque es violento, estruendoso, llamativo. Pero no es más que un pequeño terremoto. Las divergencias entre las dos civilizaciones que ahora están chocando allí son mucho más profundas y solo podrán resolverse en períodos de tiempo mucho más largos que las semanas, como mucho meses, en que los estudiantes rebeldes quieren satisfacer sus reivindicaciones.

Algo parecido sucedió hace ya cuatro años con la llamada Primavera Árabe, que incendió el Magreb y el Oriente Medio, empezando en Túnez y teniendo como resultado más notable la caída del régimen egipcio. Mucha gente con una visión superficial de los hechos piensa que la Primavera Árabe ha fracasado. Pero si resultó efímera es porque no fue más que un terremoto. Por debajo de ella está el conflicto permanente y subterráneo entre dos civilizaciones, la occidental y la islámica, un conflicto que dará lugar a nuevos terremotos y que tardará muchos años en resolverse del todo. Este conflicto es sutil. En el caso de la Primavera Árabe, quienes representaban a la civilización occidental no eran sino los jóvenes tunecinos y egipcios que luchaban por una sociedad más libre y laica, más democrática y menos corrupta.

Estos choques de civilizaciones presentan muchas analogías con los que tienen lugar en otros entornos del universo. La inmensa mayoría de los fenómenos reales están hechos de movimiento, incluso lo que es absolutamente estático solo puede concebirse como tal en relación a lo que se mueve.

Son muchos los móviles que ocupan simultáneamente el espacio total, tanto el material como el inmaterial. Inevitablemente estos móviles interfieren, a veces uno empuja a otro, en otras ocasiones  hay dos  o más que chocan, o se acercan o alejan. Un determinado móvil puede explotar fragmentándose en mil pedazos que se alejan unos de otros, o mil móviles pueden implosionar llevados por una atracción irresistible, fundiéndose en un solo móvil integrado.

Esta situación afecta a todos los órdenes de la naturaleza, desde el atómico al cosmológico, pasando por los órdenes planetarios y dentro de la Tierra por los órdenes de las distintas esferas que la componen, y dentro de la Biosfera terrestre por protistos, vegetales y animales. También afecta a órdenes que son inmateriales, como los campos de fuerza físicos o las actividades cerebrales. Y a los órdenes que podrían considerarse estrictamente espirituales, como el de las ideologías, las culturas, las civilizaciones, las vivencias y los valores individuales, lo filosófico, lo ético, lo religioso, lo místico. Como clamaba Heráclito, panta rei, todo fluye, y este fluir no es sino movimiento turbulento, lleno de choques y huidas, de encuentros y desencuentros.

Un ejemplo muy claro de esta situación está en la Geología. Desde Wegener la historia geológica de la Tierra puede interpretarse y describirse mediante el concepto de las Placas Tectónicas. Cuando la Tierra era todavía muy joven, la Corteza terrestre fue el resultado del enfriamiento de unos materiales que se solidificaron en un solo continente ancestral, el Gondwana, que flotaba sobre el Manto, mucho más caliente y por ello más fluido y viscoso. Al irse enfriando, este Gondwana fue cuarteándose en varias Placas que, flotando como lo hacían sobre el Manto, empezaron a derivar sobre él como barcos sin gobierno, separándose unas de otras y dando así nacimiento a los Continentes. Los cuales, con el paso de millones de años de navegar sin descanso, habiendo aumentado la distancia entre ellos, tomaron rumbos más y más  caóticos, de modo que algunos se alejaban y otros se acercaban entre sí. Así, la Placa Norteamericana  se aleja de la Europea, la Sudamericana de la Africana, mientras que esa misma Placa Sudamericana y la Placa de Nazca, situada en el océano Pacífico, llevan mucho tiempo chocando y empujándose la una a la otra. En este gigantesco choque geológico,  Nazca se escurre por debajo de Sudamérica, empujándola hacia arriba y plegando su borde marítimo. Así es cómo se ha generado y se sigue generando la inmensa cordillera de los Andes.

En esta enorme e incansable colisión se producen lo que, vistos a escala planetaria, podrían considerarse pequeños incidentes locales. Un trozo nazqueño de corteza lleva tiempo apretándose contra otro sudamericano. Tanto se han apretado que se tensan y flexionan más y más hasta que en un momento imprevisible se produce una rotura y ¡plaf!, lo que sigue es un terremoto catastrófico. O se abre una grieta que deja paso al magma de las capas inferiores del Manto y lo que nace es un nuevo volcán, o una cadena de volcanes próximos.

Donde quiero llegar con esta alegoría geológica es a que lo que a nosotros los humanos nos parecen inmensas catástrofes, como un gran terremoto o una gran erupción volcánica no son, a escala geológica, sino acontecimientos muy secundarios.

Y quiero llegar a eso porque algo parecido sucede con las civilizaciones. El enfrentamiento de la civilización occidental de corte cristiano con la civilización islámica  lleva ya en marcha catorce siglos, casi desde que el Islam nació. Durante este tiempo en España floreció durante siete siglos una avanzada cultura islámica, en Al Andalus; los turcos conquistaron y luego perdieron una parte importante de Europa Oriental; ahora los islámicos invaden pacíficamente Europa a través de la inmigración; y el terrorismo de origen islámico es una amenaza permanente. Pero todo esto, además de la Primavera Árabe y otros fenómenos recientes, no son, cuando vistos desde una escala histórica, sino incidentes locales. Lo permanente es el enfrentamiento, que es atracción, entre la placa europea y la islámica, un enfrentamiento que posiblemente durará mucho tiempo.

Algo parecido empieza a verse entre Occidente y China. Las dos civilizaciones, puestas en contacto, aprietan la una contra la otra, generando conflictos que a nosotros humanos nos parecen muy importantes pero que a escala histórica no son sino incidentes locales. Así la alta competitividad manufacturera china, basada en salarios bajísimos y férrea disciplina social, que está resultando en una profunda y dolorosa crisis económica en Europa. O incidentes que irán a más como la revuelta actual en Hong Kong, derivada de que las democracias de corte occidental son una forma de organización que hace la vida mucho más agradable a los ciudadanos que una autocracia como la china. Etcétera.


Si nos acostumbramos a evaluar los conflictos del mundo con esta escala histórica, nos será mucho más fácil entenderlos y, a partir de aquí, afrontarlos.

jueves, 3 de abril de 2014

El siglo XXI, un cambio de época (0).- Alcance y contenido de la serie.


El grabado de Blake que será emblema de esta
serie alegoriza con ironía la dependencia que
Europa ha tenido en su desarrollo imperial y 
colonial de los pueblos originarios de Africa
y América.
Antecedentes.

Hace ya siete años, decía este Blog de Olo en su declaración de principios: "Va ser un blog temático pero cambiante. Durante unos días, que pueden ser meses, me propondré un tema monográfico sobre el que intentaré profundizar. Cuando lo considere (temporalmente) agotado, cambiaré a otro tema. Y así sucesivamente, hasta que me canse o me aburra del todo. Queda dicho, por supuesto, que todos los comentarios de los locos o perdidos que asomen por aquí serán bienvenidos". Así se recoge todavía en el último párrafo de la columna derecha del blog, el cual, mal que bien, se ha mantenido fiel a este propósito.

Entre los temas más destacados  que el blog ha venido tratando figuran el de España y Europa en crisis, el del misticismo religioso y el de ese Chiloé profundo que he encontrado en el Sur de Chile y al que tanto he llegado a amar.

También he manifestado en el blog una preocupación constante por lo que nos espera a los terrícolas, tratada específicamente en dos series, “Imperio de las Máquinas” y “Paseando con mis nietos por el siglo XXI”. Copio a continuación las entradas que han formado el cuerpo de cada una de ellas:


Imperio de las máquinas.
1.- Razones para esta serie.
2.- El problema.
3.- Historia natural de las Máquinas.
4.- Esencia de la técnica según Heidegger.
5.- La ideología de la Técnica.
6.- Las megamáquinas de Lewis Mumford.
7.- La megamáquina del Dinero.
Paseando con mis nietos por el siglo XXI.
1.- La puesta en escena.
2.- Un mapa del estado del mundo.
3.- Nuestra visión del mundo ha cambiado radicalmente y para mejor.
4.- Superpoblación. ¿Cuántos humanos pueden vivir dignamente en el mundo?
5.- Un viaje por el Sahara y el Sahel.
6.- Algunas soluciones para los problemas del África subsahariana.
7.- Cambio climático y deterioro ambiental.

Además ha habido tres entradas más recientes que han representado intentos no culminados por abirdar las crisis que acompañarán a lo largo del siglo XXI a un cambio de época, “El mundo que viene, ¡que se nos echa encima! “ (16oct2012); “El mundo nuevo del siglo XXI”  (29 sep2013); y “Una serie anunciada pero fallida” (7feb2014). El motivo de que estos intentos hayan fallado está en la complejidad del tema, pero no he dejado de reflexionar sobre el asunto y, finalmente me he lanzado ahora en el que será mi último y definitivo intento.


Épocas, paradigmas y crisis.

Que estamos ante un cambio de época es indudable. Se puso claramente de manifiesto hace ya años, cuando los jóvenes y los niños empezaron a tener una visión de la vida y el mundo radicalmente diferente a la que tuvieron con la misma edad sus padres y abuelos. De ese cambio de época quiere tratar esta serie.

El tema es muy complejo, de modo que para un escritor como yo, es decir, un hombre de la calle, uno más, solo tiene sentido tratarlo si consigue hacerlo de un modo sencillo. Quedándose en lo esencial, empleando palabras y conceptos, emitiendo juicios, proponiendo ideas, que sus lectores puedan entender claramente.

Para conseguir estos objetivos utilizaré un entramado conceptual fácil de entender, basado en tres palabras clave: época, paradigma y crisis.
Entiendo por época un periodo de tiempo largo, entre medio siglo y siglo y medio, a lo largo del cual transcurre el devenir de grandes colectivos humanos, guiado por un conjunto de paradigmas.
Un paradigma es un modelo a seguir, una creencia, un patrón de comportamiento más o menos explícito por el que los grupos humanos de una determinada época se rigen.
Las épocas se van sucediendo en el tiempo histórico, separadas unas de otras por crisis cuyas consecuencias son irreversibles. Estas crisis de época se resuelven cuando paradigmas nuevos desplazan a los viejos, entrándose así en una época nueva.


Se entenderán mejor estos conceptos aplicándolos a  la historia reciente de  la humanidad. Así, a lo largo de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, la historia del mundo occidental  podría considerarse como organizada en tres grandes épocas:

1).- Época de la Razón (el Siglo de las Luces).

Desde la mitad del s XVII hasta los comienzos del s XIX.

William Blake (1797)
Europe a prophecy,  Plate 01
Fitzwilliam Museum.
El paradigma imperante es el de la Razón Humana como capaz de llegar a alcanzar por sí sola la Verdad y de conducir a la humanidad por el camino de un Progreso irreversible e inacabable, en un planeta Tierra cuyos Recursos son inagotables.

Esta Razón Humana que se constituye en el centro del paradigma no es ya la Razón Teológica, pero tampoco es solamente la Razón Filosófica. Junto a ella están, en el mismo centro del paradigma, la Razón Científica, la Tecnológica y la Política, cada una de las cuales opera independientemente de las demás.

En cuanto a la Razón Teológica, acabadas las guerras de religión que han asolado Europa y consolidada así la Reforma Protestante, el siglo XVII se inicia con una notable pérdida de influencia del Catolicismo Romano. Los filósofos abandonan la escolástica. Espinoza y Descartes atestiguan la irrupción de ese nuevo paradigma, el de la Razón Humana, resumido magistralmente por Descartes en su famosa sentencia, cogito ergo sum, pienso luego existo. Una Razón no necesitada de la Revelación de un Dios, en el que sin embargo todavía se cree y al que todavía se respeta, pero al que se ha situado muy lejos del entorno del hombre.

La Razón Filosófica desplaza a la Razón Teológica. El filósofo inglés Locke (1632-1704) introduce el empirismo,  según el cual el objeto de la filosofía ya no será la esencia de las cosas, sino el cómo llegar a conocerlas, en definitiva, el cómo funcionan.  Pero no todo es empirismo en la filosofía de esta época. El alemán Leibniz (1646-1716) es a la vez un gran metafísico y un genial matemático, inventor, independientemente de Newton, del cálculo infinitesimal. Y el colmo de la Razón Filosófica se alcanza con el insigne Kant (1724-1804), que es capaz de construir un gran sistema filosófico, tan amplio como el de Aristóteles, capaz de dar respuesta a todas las preguntas filosóficas que la Razón Humana puede hacerse.

William Blake (1795).- Newton.- Tate Gallery
Pero es la Razón Científica la que constituye el fundamento más sólido de esta época. Newton (1642-1727) es su gran luminaria, señalando a todos con su inmensa obra matemática y física, incluso al gran Kant, el camino a seguir. Kant admira a Newton y su “Crítica de la Razón Pura” está inspirada por el deseo de encontrar una explicación a cómo puede un humano como Newton construir una interpretación teóricopráctica del mundo tan inmensamente acertada.

Junto a la Razón Científica, nacida de ella, empieza ya a destacar la Razón Tecnológica, que desplazará al artesanado tradicional y dará todos sus frutos, con el desarrollo de la Revolución Industrial, en la época siguiente.

En cuanto a la Razón Política, alcanza en esta época su brillantez máxima. Es ella la que destrona el Antiguo Régimen, expulsando de Francia la monarquía de derecho divino y dando origen a una Revolución Francesa que trayendo consigo el reconocimiento de los derechos humanos (los derechos del hombre en cuanto a hombre) está en la base de las democracias actuales. Al lado de ella está, compartiendo los mismos ideales, la revolución norteamericana. Las figuras intelectuales que ponen en marcha estos grandes procesos son casi todas francesas y constituyen una generación: Rousseau (1712-1778), Voltaire (1694-1778), Diderot (1713-1784), Dalembert (1717-1783), el americano Franklin (1706-1790). Algunos de ellos, además de políticos, son científicos destacados, como Dalembert  y Franklin, o grandes literatos como Voltaire. Luego viene la generación de los que llevan a la práctica estos procesos revolucionarios y los estabilizan políticamente. Hombres como Condorcet (1743-1794), Robespierre (1758-1794), Lafayette (1757-1834), Washington (1732-1799), Jefferson (1743-1826). Todos, en Francia y en Norteamérica, impregnados del mismo paradigma, el de la Razón Humana imperante y la firme fe en el Progreso.

Ingres (1806).- Napoleón en su
trono imperial.
El siglo XVIII es el de la consolidación y manifestación de este nuevo paradigma de la Razón Humana. A comienzos del siglo XIX el paradigma entra en crisis, una crisis de éxito. Por una parte, las revoluciones norteamericana (1776) y francesa (1789) tienen que consolidarse, para lo cual tienen que defenderse militarmente y, creyentes como son en sus ideas, quieren además expansionarse. Así, la Revolución Americana, que consigue finalmente su independencia de Inglaterra en 1781, entra pronto (1812) en una guerra naval con ésta, además de expansionarse hacia el Sur (1819, conquista de Florida) a costa del Imperio Español agonizante y hacia el Oeste en sus guerras contra las naciones amerindias. Y la Revolución Francesa (1789, toma de la Bastilla) genera en 1799 un gran líder militar, Napoleón (1769-1821), que se siente llamado a convertir Europa en su imperio a la vez que expande el paradigma de la Razón y el Progreso. 

Simultáneamente empieza a desarrollarse una Revolución Industrial que da entrada a su vez al modo de producción capitalista. Watts (1736-1819) desarrolla en Inglaterra (1769) una máquina de vapor perfeccionada que permite el nacimiento de las grandes factorías. Y Fulton (1765-1815) desarrolla en USA (1806) el primer barco movido a vapor, abriendo así el paso a una revolución en la navegación.


Durante toda esta Época de la Razón hay un gran optimismo de los filósofos, que viéndose liberados de los teólogos creen llegado el momento en que sistemas filosóficos completos sustituyan a la vieja Teología como fundamento del poder y la civilización. Kant (1724-1804) es la muestra insigne de esta aspiración, que al final de esta época remata en Hegel (1770-1831), el último gran filósofo que se atreve a desarrollar un sistema filosófico completo.

Ya entrando en el siglo XIX y como consecuencia de la victoria de lord Nelson (1758-1805) en Trafalgar, donde muere como un héroe, se consolida un imperio, el Británico, cuyo poderío naval le lleva a un desarrollo extraordinario del comercio, y emerge otro, el Napoleónico, que expande las nuevas ideas en el conjunto de una Europa a la que también intenta conquistar por las armas, asolándola pero terminando derrotado al final de una vida corta.  Tiene lugar la independencia de las naciones sudamericanas y con ella la disolución del imperio español.

Todos estos procesos van transcurriendo simultáneamente, entrechocando, tropezando inevitablemente unos con otros en turbulencias y remolinos que evocan al gran río de Heráclito, poniendo de manifiesto así sus contradicciones. Los avances extraordinarios de la ciencia y la técnica, el desarrollo del capitalismo industrial, la extensión de los modos políticos democráticos, la concepción del individuo humano como alguien dotado de derechos inalienables, todo esto lleva a crisis que no son sino las parteras de una época nueva.


2).- Época de la Acción (los Imperios y las Revoluciones).

Carlos Marx con 43 años
(1861)
El paradigma de esta nueva Época de la Acción lo expresa muy bien la proposición 11 de Carlos Marx (1818-1883) en su “Tesis sobre Feuerbach” (1845):

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero lo que hay que hacer es transformarlo”.

Ocupa esta Época de la Acción  la mayor parte del siglo XIX, asomándose al siglo XX. A lo largo de toda ella, dándose ya por asumido el papel central de la Razón Humana, hay una obsesión por poner esta Razón en marcha, por llevarla a la práctica. Y esta obsesión se pone de manifiesto en dos frentes irreconciliables, el de los Imperios y el de las Revoluciones.

Detrás de este escenario, la Ciencia europea sigue dando pasos gigantescos en todas sus ramas. Ejemplos señeros son Gauss (1777-1855) y Maxwell(1831-1879) en Física; Liebig (1803-1873) y Mendeleyev (1834-1907) en Química; Darwin (1809-11882), Virchow (1821-1902), Mendel  (1822-1884) y Pasteur (1822-1895) en Biología, entre muchos otros. Pero a la vez esta potente Ciencia es cada día más el fundamento de una Técnica nueva, que ya no tiene nada que ver con el artesanado tradicional y que es fuente continua de nuevos procesos y productos. De manera que entre ambas derrotan definitivamente a la Filosofía como fundamento racional del mundo. Congruente con su búsqueda de la Acción, el paradigma imperante destrona a la Razón Filosófica sustituyéndola por la Razón Científica. Después de Hegel los filósofos no aspirarán ya a desarrollar sistemas globales sino que intentarán profundizar en el individuo humano y sus angustias  e interrogantes. Ejemplos destacados de estas nuevas tendencias filosóficas son Schopenhauer (1788-1860) y Nietzche (1844-1900), que además escriben muy bien, tanto que con ellos la Razón Filosófica adquiere un valor literario, es decir, artístico, que mantendrá en lo sucesivo. Ninguno de los dos  se mueve ya como tales filósofos en el mundo académico, iniciando así una línea de escritores filósofos (Sartre, Camus) que usan la novela como forma de expresión filosófica , línea que se prolongará hasta nuestra época.

La Razón Técnica y la Razón Económica sustentan el desarrollo de los Imperios. El Imperio Británico se refuerza como tal gracias al desarrollo que en él tienen  la navegación, la industria y el comercio, además del poderío militar, imprescindible en todo imperio.  Hambriento de materias primas para sus manufacturas, se apodera de media África, convierte en colonia el subcontinente indio y domina el comercio con China y Sudamérica. Este movimiento colonialista es replicado por Francia y Bélgica, que se quedan con la otra mitad de Africa. También por USA en el Pacífico y el Caribe. Curiosamente, un país asiático, Japón, destinado también a ser colonizado por USA, rechaza con éxito el colonialismo occidental porque saliendo decididamente del sistema feudal en que vivía  envía a sus samurai, una casta de aristócratas guerreros, a hacer tesis doctorales en Alemania e Inglaterra. De este modo, en menos de 50 años Japón aplica  los paradigmas occidentales de la Razón Científicotécnica y la Acción y se convierte en un imperio tecnológicamente avanzado, que en 1905 vence estrepitosamente al Imperio Ruso en una guerra por la posesión de Manchuria y Corea. El Imperio Alemán nace con Bismarck en 1871 y rápidamente se desarrolla industrialmente como una primera potencia mundial. Junto con el Imperio  Austrohúngaro constituyen los dos imperios centroeuropeos, sin salida al océano y por ello con pocas posibilidades de expansión colonialista, lo que les obliga a buscar la obligada expansión a través de la guerra con sus vecinos. Y Rusia, con su ocupación de Polonia y la conquista de toda Siberia, se constituye en un gran imperio euroasiático. Acción pues, acción a toda costa, de modo que el entero planeta queda sometido al poder de unos cuantos imperios que pronto colisionarán entre sí dando lugar al nacimiento de una nueva Época sombría, la de la sinrazón, la de las guerras mundiales y terribles.

Los desarrollos científicos, técnicos y comerciales que llevan a cabo los Imperios tienen otras consecuencias. Ya en los comienzos del Imperio Británico, la necesidad de mano de obra de la Revolución Industrial se satisface atrayendo a la población campesina.  Se intensifica así un proceso de urbanización que crea grandes ciudades como Londres, donde los campesinos que eran siervos se convierten en ciudadanos que son proletarios. Este proletariado industrial, aun sintiéndose explotado,  vive en muchas mejores condiciones que los campesinos. El problema se reproduce en todos los Imperios occidentales, fuertemente industrializados. Pero el paradigma de la Época, la Razón aplicada a la Acción, no es conforme con las condiciones de explotación en que estos proletarios urbanos viven. El novelista Carlos Dickens (1812-1870) es el gran testigo de cargo que denuncia los abusos que el capitalismo industrial comete contra las masas proletarias inglesas, explotadas y oprimidas en ciudades como Londres. Esta situación demanda respuestas que la Razón Filosófica, demasiado especulativa y alejada de la Acción, es incapaz de dar. Por eso algunos pensadores que se enfrentan con el problema intentan apoyarse en la Razón Cientificotécnica. Destaca entre todos Carlos Marx (1818-1883). Buscan crear  una ciencia y una técnica de lo social que sean una guía eficaz para las Acciones correctoras de las injusticias.  Surgen así propuestas para grandes utopías que reclaman una nueva organización económica y política  del mundo, basada en principios supuestamente científicos, que proclaman la necesidad de una revolución y son de hecho imposibles por utópicas. A través de una serie de crisis económicas, sociales y políticas, van desarrollándose unos movimientos revolucionarios que se creen con la capacidad de salvar al Mundo y se agrupan en distintas ramas del gran árbol de la Internacional. La I (1864) deviene en el Anarquismo, la II (1889) es el Socialismo, la III (1919) el Comunismo, la IV(1938) el Trotskismo, estas dos últimas ya en el siglo XX y pertenecientes a  la siguiente Época.

Esta Época  de la Acción fundada en la Razón termina con una doble crisis política. Por una parte, los Imperios chocan entre ellos, el Mundo se queda pequeño para sus ambiciones, y la famosa frase de Von Clausevitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios” es plenamente aplicable a la situación, desatándose una terrible I Guerra Mundial entre los Imperios Centrales (Alemán, Austrohúngaro, Otomano) y los Periféricos (Británico, Francés, Ruso, Norteamericano). Por otra parte, la ideología anarquista intenta destruir el poder establecido mediante el terrorismo de estado, mientras que la ideología comunista prepara en la clandestinidad la gran rebelión del proletariado, que debería tener lugar en Alemania, el Imperio más industrializado y poderoso.


3).- Época de la Voluntad (las Guerras Mundiales).

He dudado entre Voluntad y Sinrazón para darle nombre a esta nueva época terrible, que ocupa casi la totalidad del siglo XX. Finalmente he elegido el más prudente de Voluntad, pero referido al significado que Schopenhauer le da al concepto de Voluntad, que es el de pulsión profunda, instinto de vida que los humanos compartimos con toda la naturaleza, incluidas las piedras y el polvo cósmico, deseo  de existir que surge de las profundidades del Ser. Esta Voluntad schopenhaueriana es el opuesto heracliteo a la Razón, la otra cara de la moneda de la Historia.  La Época de la Razón ha quedado muy lejos, la de la Acción basada en la Razón también ha concluido. Se inicia una Época en la que el paradigma imperante es la Voluntad de sobrevivir, de vencer, de triunfar,  una Voluntad que en definitiva es de  resistencia y a la vez de ataque. Así lo expresan algunas frases de personajes significativos de esta Época, que copio a continuación:

"La vida es cruel. Nacer, existir, desaparecer, siempre la cuestión de la muerte. Que sea la enfermedad, a consecuencia de un accidente o en la guerra no cambia nada. En cuanto a los que sufren por la guerra, pueden encontrar un consuelo pensando que si se consiente su sacrificio es para asegurar el porvenir del pueblo del que forman parte." 
(Hitler, agosto 1941)

“A lo único que hemos de tenerle miedo es al miedo” 
(F.D. Roosevelt, el presidente que gobernó el imperio USA a lo largo de la II Guerra Mundial)

“El mundo es un sitio peligroso para vivir. No por los malos, sino por los que se encogen de hombros ante la maldad” 
(Einstein)

“Cometí un gran error en mi vida… cuando firmé la carta al Presidente Roosevelt recomendándole que se fabricaran bombas atómicas; pero había una justificación, el riesgo de que los alemanes se nos adelantaran” 
(Einstein)

William Blake (1826).- The body of Abel found by Adam
and Eva.- Tate Gallery
Si en lo militar y lo político la anterior Época de la Acción (el siglo XIX) vino definida por la famosa frase de Von Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, esta Época de la Voluntad (el siglo XX) puede definirse por una dramática inversión de estos términos, de modo que a lo largo de ella “la política se reduce una continuación de la guerra por otros medios”. La guerra es lo importante, lo decisivo es vencer o morir. La política no es sino un período de entreguerras. Por eso las Revoluciones y los Imperios que fueron madurando en la Época de la Acción se enfrentan en esta nueva Época de la Voluntad en guerras terribles, de las que dos de ellas son mundiales y  en las que mueren hasta un total de casi cien millones de personas.

Estas guerras mundiales traen consigo en cuanto a que lo necesitan, lo inducen y lo sostienen, un extraordinario desarrollo de la Ciencia y la Tecnología, que se constituyen a partir de ese momento en un algo indivisible a lo que puede llamarse Tecnociencia. Aunque a nivel de muchos científicos individuales todavía se quiere permanecer al servicio de la búsqueda de la verdad de la Naturaleza, la Tecnociencia a la que sirven está mucho más interesada en derivar aplicaciones tecnológicas de sus descubrimientos básicos que en la pura búsqueda de la verdad.  Aun así se hacen descubrimientos de gigantesca trascendencia en todas las ramas de la Ciencia. Pero en la mayor parte de los casos lo que finalmente buscan los hombres en estos descubrimientos es más Poder que Sabiduría.

Si Marx supuso en la Época de la Acción un intento de reconvertir la Razón Filosófica en Razón Política mediante una pretendida Razón Científica, en esta época de la Voluntad Sigmund Freud (1856-1939) intenta convertir aquella parte de la Razón Filosófica que se ocupa de lo humano en Razón Científica. Desarrolla el Psicoanálisis con la pretensión de convertir la Psicología en una ciencia experimental. No lo consigue, pero su actividad, que no llegando a ser la de un científico sí es la de un gran pensador, marca profundamente a esta Época de la Voluntad.  Con un abordaje reduccionista que como tal es científico, Freud compartimentaliza la esencia del hombre en tres naturalezas, el Id o Subconsciente, el Ego o Consciente y el Superego o Cultural, liberando así al Yo consciente, es decir, a la pura Razón Humana, de lo instintivo y lo civilizado.

Los desarrollos científicos y técnicos que tienen lugar a lo largo de esta época son tan numerosos que se necesitarían muchas páginas para describirlos. Me limitaré a señalar los más importantes. Einstein (1879-1955) y Planck (1858-1947) abren a la ciencia física dos mundos nuevos, el del Cosmos y el del Átomo, donde los avances básicos se desarrollan hasta un punto tal que el conocimiento científico deja de ser intuible por la Razón Humana, desplazada ahora por la pura Razón Matemática. Esto es, desde la perspectiva humanista, una pérdida muy notable, que se reproduce en otros campos de la Ciencia, como la Biología, aquí por el hecho de que la acumulación de conocimientos básicos es tan grande que un cerebro humano carece de la capacidad para asimilarlos en su totalidad, con lo que los científicos corren el riesgo de convertirse en especialistas carentes de una visión de conjunto.

Pero en esta Época de la Voluntad es más la Tecnociencia que la Ciencia pura quien da pasos de gigante. Quizá con la excepción de Einstein, ya no hay supercientíficos como Newton que dinamiten de un golpe los paradigmas existentes, sino una multitud de científicos muy brillantes que van erosionando esos paradigmas como las olas del mar van destruyendo los acantilados costeros. Lo que sucede sobre todo es que la Tecnociencia avanza a pasos formidables. Asi sucede con la computación, abierta por mentes brillantes como las de Turing (1912-1954) y Von Neumann (1903-1957); las comunicaciones electrónicas, con el descubrimiento del transistor (1947) y las microtecnologías de los chips (1959); el transporte aéreo, desarrollado sobre todo gracias a la necesidad de la aviación como el arma más efectiva en la II Guerra Mundial. La llamada segunda revolución industrial, basada en el petróleo como fuente de energía (en la primera lo fue el carbón) tiene lugar en esta Época de la Voluntad. Así como la electrificación masiva del mundo entero, cuya dependencia de la electricidad  llega a ser tan absoluta como inadvertida por la gente corriente. En cuanto a la Medicina, la Nutrición y la Higiene, los avances son también enormes, gracias, una vez más, a las demandas de las guerras. Destaca entre todos ellos el descubrimiento en 1928 de la Penicilina por Fleming (1881-1955). Y en lo estrictamente militar, son las armas nucleares (bombas de fisión y fusión) y las tecnologías del espacio quienes definen esta Época, terrible por cierto en este aspecto, pues la humanidad adquiere la capacidad de destruirse por entero a sí misma; lo que acontece es absolutamente heracliteo: el hecho de poder autodestruirse obliga a los humanos a extremar su prudencia, lo que excluye la posibilidad de que sigan desarrollándose grandes guerras entre Imperios.

Desde una perspectiva política, el resultado más importante de las  guerras mundiales de esta Época de la Voluntad es la desaparición de la mayoría de los imperios y el fracaso de las grandes revoluciones.

En la I Guerra Mundial caen el Imperio Austrohúngaro y el Turco, en la II los Imperios Alemán y Japonés. Tras la II Guerra Mundial y con  el proceso de descolonización impulsado por USA y la URSS, se extinguen el Británico y el Francés. Sobreviven solamente el Imperio USA cimentado sobre el capitalismo y un Imperio Soviético en el que ha triunfado la utopía comunista. Pero como acabo de indicar líneas arriba, estos Imperios no pueden resolver sus problemas a cañonazos, las armas atómicas y los misiles intercontinentales de que disponen son demasiado letales. Se desarrolla entonces lo que llaman una Guerra Fría, basada en lo que también llaman Equilibrio del Terror. Aunque sigue habiendo guerras locales e indirectas entre los dos Imperios, como pudo ser la terrible guerra de Vietnam (1959-1975), lo que tiene lugar fundamentalmente es una preparación costosísima para una guerra que nunca podrá tener lugar. Este pulso, que lo es sobre todo económico, termina perdiéndolo el Imperio Soviético, que arrastrado también por sus contradicciones internas se desmorona definitivamente con la caída del Muro de Berlín (1990).

En lo que se refiere a las utopías revolucionarias, fracasa la anarquista por su extrema violencia y su práctica de los asesinatos de Estado, y se extingue la comunista por implosión. En esta Época de la Voluntad se manifiestan también dos terribles locuras genocidas, las del Nazismo y el Estalinismo, que alcanzan unos niveles de crueldad institucional desconocidos hasta entonces.

Las consecuencias culturales de las dos Guerras Mundiales son devastadoras para Europa, las del Equilibrio del Terror y la Guerra de Vietnam lo son para USA. Hay una enorme decepción que persiste hasta nuestros días, la sensación de que la Razón Humana con la que nuestros antepasados se liberaron de los oscurantismos precedentes nos ha llevado, después de las dos Guerras Mundiales, el Holocausto, las bombas atómicas, Vietnam y el terrorismo/contraterrorismo fundamentalistas, a la barbarie más profunda. Se entra así en lo que algunos han definido como una nueva Época a la que han llamado Postmodernismo, como continuación del Modernismo del Siglo de las Luces, pero que en realidad no es sino la crisis cultural que acompaña a un cambio de Época.  La Razón Filosófica, que como la Razón Teológica están siempre dispuestas a la espera de poder salvar al Mundo, desarrolla una filosofía Existencialista, en la que el centro de atención está puesto en el ser humano, su trágica historia, su incierto destino, la necesidad de dotarlo de herramientas que le permitan enfrentarse con la angustia que forma el armazón de su vida. Heidegger  (1889-1976)con el Dasein (estar-en-el-mundo), Ortega y Gasset (1883-1955) con la Razón Vital, Sartre (1905-1980) con el Ser y la Nada y Camus (1913-1960) con el mito de Sísifo son representantes destacados de esta corriente filosófica. En el mundo cultural se instala un postmodernismo entendido como la decepción respecto a una civilización en la que imperaría la Razón. Los pintores exploran las abstracciones huyendo de una realidad escalofriante, los poetas cantan al ritmo del rock unas letras que sus oyentes apenas entienden, moviéndose también hacia el simbolismo más abstracto. El capitalismo, de industrial que fue en sus principios  y comercial que devino después, se convierte ahora en un capitalismo financiero más abstracto que nunca, globalizado, es decir, libre del poder regulador de los estados, que recorre el mundo como un caballo tan loco como codicioso sembrando crisis cada día más destructivas.




Nosotros estamos viviendo en un cambio de época.

La tesis de la que arranca esta serie es que en el mundo de nuestros días, éste de los primeros veinte años del siglo XXI, estamos en una transición entre dos épocas, la de la Voluntad y otra a la que todavía, por no haber terminado de nacer, no podemos ponerle un nombre.

Mencionaba yo al comienzo de esta entrada la señal más significativa que define nuestro cambio de época, que es la distancia cultural insalvable entre las generaciones que nacieron en la segunda mitad del siglo XX y las que lo han hecho en este siglo XXI.

Pero hay otras señales tanto o más patentes, de las que citaré algunas:
  •    La mayoría de los humanos vive hoy en megaciudades iluminadas artificialmente, separados de la naturaleza e ignorantes del firmamento. Lo que pase fuera de estas megaciudades ni lo entienden ni les importa.
  •    Estos megaciudadanos han perdido sus raíces. La megalópolis es demasiado grande y abierta para despertar el apego que se le tiene a una patria chica, los lazos familiares son difíciles de mantener, la indiferencia respecto a cualquier realidad trascendente, como la religiosa, es general. Pocos jóvenes aspiran a matrimonios estables, muchos menos a engendrar familias numerosas.
  •     La autosostenibilidad que los abuelos de muchos todavía tenían ha desaparecido completamente. La megalópolis deshumaniza. Muchos megaciudadanos sólo saben vivir en una megaciudad, donde la división del trabajo se ha llevado al extremo y donde por eso impera la despiadada abstracción del dinero.


¿Por qué todo esto, para qué?

¿Cuáles son las causas de que hayamos llegado donde estamos, hacia dónde nos llevan las corrientes que nos empujan?

Es importante para nosotros comprender lo que está pasando y prepararnos para lo que pueda pasar. Entender así cómo podemos gobernar el rumbo de cada una de nuestras vidas. Porque en esta capacidad de autogobierno reside la verdadera libertad.

¿Pero de qué vidas estamos hablando? No solo de la tuya y la mía, sino sobre todo las de los humanos que van a poblar el mundo de aquí a que empiece el siglo XXII. Es decir, quizá todavía de algunos de nosotros, pero sobre todo de nuestros hijos y todavía más de nuestros nietos.

Puesto que vivimos en sociedades muy compartimentalizadas  y complejas, el problema del cambio de época también es complejo y por ello difícil de analizar. Para que tenga sentido práctico este análisis es necesario un enorme esfuerzo de síntesis, una voluntad de renunciar al exceso de rigor para conseguir la suficiente claridad, ésa que sea capaz de iluminar la acción. Es crítico expresarse en un lenguaje diáfano, con voluntad de llegar al fondo de los problemas, renunciando a detenerse en las complejidades, vueltas y revueltas de sus superficies. Yendo pues a lo esencial. De modo que el lector normal pueda interiorizar y hacer suyo lo verdaderamente importante que, ya lo he dicho, para ser comprensible por el humano medio tiene que ser expresado con sencillez.

Estas van a ser las metas de mi esfuerzo, que no quiere ser arrogante, sino humildemente comprometido.


Cinco crisis que definen nuestro cambio de época.

En esta serie consideraré cinco crisis que definen este cambio de época, sin negar que puedan postularse muchas más.

Una crisis demográfica, compleja y multiforme, en la que sobresale un problema urgente de superpoblación.

Una crisis geológica, que nos lleva de cabeza hacia lo que ya se ha nombrado como Antropoceno, la nueva época geológica que desplazará al Holoceno, en la que el destino de la entera biosfera dependerá enteramente de la acción humana.

Una crisis económica, caracterizada por la globalización de la producción y el comercio de bienes y servicios, que libra a las transacciones de la mayoría de sus controles tradicionales, debilitando enormemente el papel regulador y redistributivo de los estados.

Una crisis cultural, que está resultando en una instrumentalización de la sociedad global y una codificación inhumana de los individuos que la integran como ciudadanos.

 Una crisis política, basada en la ausencia de alternativas a un neoliberalismo rampante, expresión política de un tardocapitalismo tan arrogante como peligroso.

De ellas voy a ir tratando en las próximas entradas.

Esta cinco crisis no son independientes, sino cinco manifestaciones como crisis de un mismo proceso: la consolidación de la tecnociencia como impulsora dominante del progreso económico, social y cultural. La cual consolidación tiene múltiples aspectos, desde buenos hasta perversos, por lo que exige ser examinada con atención y que los ciudadanos puedan formarse ideas claras  acerca de si el camino que estamos siguiendo es o no el mejor para todos.


Por todo eso a la Época que viene siendo anunciada por estas crisis que ya estamos viviendo se la podría llamar... pero no, solo estamos en sus comienzos y sería tan presuntuoso como arriesgado darle un nombre. Me limitaré a mencionarla como la Épocaqueviene, así, todo junto, para dar a entender que lo que le he puesto no ha sido más que un nombre de guerra, un alias.