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domingo, 29 de octubre de 2017

El laberinto catalán

Llevo semanas sin poder escribir entrada alguna de mi blog. La causa ha estado en Cataluña. Lo que ha ido aconteciendo allí ha sido increíble. Ahora se ha llegado al final del primer acto de la tragedia, esa declaración unilateral de independencia por el gobierno regional catalán, que es una infamia y por lo tanto una vergüenza. Seguida inmediatamente por una reacción del Estado, la proclamación del Artículo 155 de la Constitución que implica el establecimiento de un estado de excepción en Cataluña Todo esto es ya el comienzo del segundo acto de la tragedia, iniciándose un período de gran incertidumbre que puede acabar mal, o lo que sería todavía peor, no acabar. El único consuelo, la sola esperanza, es que todo lo que va a pasar sirva para construir un futuro razonable, algo que funcione al menos durante los próximos cincuenta años.

Me siento incapaz de darle una estructura ordenada a estas líneas. Lo que me pide el cuerpo es que deje hablar al corazón, aunque intentaré que la cabeza lo acompañe. Voy a disecar los elementos que componen el laberinto catalán con la curiosidad y la pasión con que lo haría uno de aquellos anatomistas que pintó Rembrandt.

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Primero está el casticismo. España es castiza como lo es Cataluña. Somos gente de patria chica, de adhesiones inquebrantables a los símbolos que definen nuestra aldea.  Los castizos más extremosos llegan a ver amenazante y hasta odioso todo lo que está más allá de los cerros que trazan las fronteras de su terruño. Tienen su montón de símbolos intocables: su equipo de fútbol, su virgen patrona, sus platos típicos, sus tradiciones 
Silbidos y pitos al Rey y al Himno Nacional en la final 2012 de la Copa del Rey en el Camp Nou del Barcelona
locales. En mi Andalucía, los malagueños odian a los sevillanos y los granadinos a los malagueños, sin que se haya podido averiguar el porqué, mientras que los sevillanos persisten en atrincherarse en sus grandezas pasadas y sus reliquias. Fuera de ella, los nacionalistas vascos se creen los reyes del mambo, despreciando al resto de los españoles con sus montañas como murallas, sus bosques como refugios, su presunto Rh negativo como imagen de marca, y sus enrevesados apellidos y una lengua de pastores que en realidad no puede hablar casi nadie como barrera étnica contra los maketos y otra gente inferior. Y los nacionalistas catalanes se sienten, desde siempre, la vanguardia de España, lo más industrioso, laborioso e inteligente que España ha parido; pero atención, en contraposición a los nacionalistas vascos, los catalanes no ven como inferiores a los que los rodean, sino que se sienten superiores a ellos: el matiz es muy importante.

Naturalmente, andaluces, vascos y catalanes tenemos virtudes a las que no me refiero aquí y que quizá hasta superan a nuestros defectos. No hablo del resto de los españoles para no alargar indefinidamente este memorándum aunque, en mi opinión, ese resto de los españoles es mucho menos castizo que los tres vértices del triángulo carpetovetónico que he intentado definir.

 Para que un país así sea gobernable es imprescindible una acción política que saque a la gente de su terruño, haciéndole ver que la rodea un mundo mucho más grande, diverso y prometedor de lo que ella supone, el cual está mucho más cerca y es mucho más accesible de lo que ella imagina. Esta acción política integradora tiene que empezar por la educación de los niños y los jóvenes. Pues bien: en la España del siglo XXI las cosas suceden exactamente al revés. Porque está dividida en diecisiete Comunidades Autónomas cada una de las cuales tiene poder absoluto sobre la educación primaria y secundaria. Como consecuencia de ello, muchos niños y jóvenes han perdido su sentimiento de españoles; éste es muy particularmente el caso en Cataluña y el País Vasco, donde la educación de los jóvenes se ha manejado durante años con objetivos nacionalistas, es decir, desintegradores de esa gran nación común que se llama España.

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Ese sentimiento que tienen los nacionalistas catalanes de superioridad frente al resto de los españoles los lleva a una soberbia suicida y además no está sustentado ni por la antropología ni por la historia. Esta falta de fundamento real lo hace todavía más alocado y perverso.

Cataluña, como tierra de paso que siempre ha sido, es una mezcla de gente de orígenes muy diversos. Y como una de las dos puertas de entrada en la península Ibérica desde Europa, la otra es la vasca, ha sido adelantada en la modernización e industrialización llegadas del Norte. Un movimiento éste impulsado desde la misma España, con el apoyo permanente de los gobiernos de Madrid, y que ha traído hasta Cataluña muchos emigrantes procedentes de otras regiones españolas más pobres. Consecuencia de todo ello es el hecho de que hoy los treinta apellidos más comunes en Cataluña son castellanos, y que más del 60% de la actual población de Cataluña ha emigrado hasta ella desde el resto de España a lo largo del siglo XX; se trata de los despectivamente llamados charnegos, que se concentran principalmente en Barcelona y sus alrededores. De manera que, simplificando inevitablemente las cosas, nos encontramos con dos orígenes bien distintos para los nacionalistas y separatistas catalanes: una burguesía catalana muy ligada a los negocios, puesto que en Barcelona dejó de hacerse política durante los cuarenta años de franquismo; y gente trabajadora de origen charnego, antes proletarios y hoy clase media, que quieren reafirmar con su compromiso político una identidad catalana de la que se sienten inseguros.

En cuanto a lo histórico, recurro a lo que escribió en sus memorias (El mundo visto a los ochenta años) y en 1934 don Santiago Ramón y Cajal, nuestro insigne premio Nobel de medicina. Cataluña no destacó especialmente en el conjunto de España hasta la segunda mitad del siglo XIX. Entonces la burguesía catalana inició una industrialización que la llevó al dominio económico de lo que quedaba del imperio español, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La pérdida en 1898 de la guerra con USA y de estos territorios creó una crisis económica en Cataluña, que los gobiernos de Madrid compensaron con un proteccionismo para las manufacturas catalanas en el conjunto del mercado español. Inevitablemente, Cataluña se convirtió así en un polo importante de poderío económico e industrial, a costa sin duda del desarrollo de otras regiones. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, Cataluña estuvo plenamente integrada en España, como región dominante en lo industrial y económico y participante muy activa en lo político y lo militar (recordemos como ejemplo al general Prim). En 1934, y simultáneamente con el levantamiento comunista revolucionario de los mineros de Asturias, Cataluña con su presidente Companys intentó, si no independizarse de España, sí crear un estado casi independiente; yo creo que lo hizo movido por una burguesía catalana que veía con terror el acercamiento de una dictadura del proletariado en el más puro estilo estalinista, ése que llevó en 1936 al Frente Popular y a continuación a una terrible guerra civil. A Companys le costó la cárcel y después la vida.  Ya en la segunda mitad de este siglo, Franco favoreció sin duda los intereses económicos catalanes, pero la política, dado el régimen dictatorial, estaba inevitablemente concentrada en Madrid. Eso es lo que ha ido llevando a una desconexión creciente entre Barcelona y Madrid, que lo es entre Cataluña y el resto de España. De todo lo escrito yo concluyo que no puede hablarse de un agravio a los catalanes por los poderes políticos centrales de España; al contrario, lo que ha habido es un proteccionismo. Aunque una de las consecuencias de la dictadura ha sido que la burguesía catalana se encerrara en sus negocios y en su casticismo, con las terribles consecuencias que eso está teniendo en estos días.

Finalmente, una consideración económica: tanto Cataluña como Vascongadas son regiones frontera entre España y Francia. Por eso, lo mismo que existe un país vascoespañol existe otro vascofrancés, y lo mismo que un país catalanoespañol existe otro catalanofrancés. Pues bien: toda la excelencia económica de los lados españoles se vuelve mediocridad en los franceses, que no destacan en nada dentro de la brillantísima Francia. He aquí un argumento de peso, que en definitiva es antropológico, a favor de la idea de que el desarrollo sobresaliente de Cataluña y el País Vasco son consecuencia de su pertenencia a una España que los ha protegido, apoyado y engrandecido.

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Querría terminar afirmando que una mayoría de los catalanes, es decir, de los ciudadanos españoles que viven en Cataluña, no son nacionalistas, mucho menos separatistas. Pero estos últimos se mueven, mientras que los primeros no lo hacen, al menos no lo han hecho hasta ahora. Durante los últimos cuarenta años de democracia constitucionalista en España, los gobiernos centrales no han hecho nada para enfrentar el problema del separatismo con herramientas políticas. Se trata del PP (centroderecha) y el PSOE (izquierda moderada), que se han ido alternando en el poder desde los 1980s hasta hoy. Sí han sido capaces de unirse para acabar policialmente con el terrorismo de ETA. Pero en lo estrictamente político han sido incapaces de cooperar en temas de estado, como lo es el del nacionalismo. La consecuencia es que poco a poco, a base de concesiones a las regiones más fuertes (Cataluña, País Vasco y Madrid) y de “café para todos” que compense de algún modo el agravio comparativo de las más débiles, se ha ido consolidando un estado autonómico carísimo, irracional y en última instancia ingobernable. En el que pulula y sobre el que vive una clase política demasiado numerosa y muy poco capacitada. Aquí es donde está, me parece a mí, el corazón del problema.

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España necesita un Estado y unos partidos políticos mayoritarios que recuperen muchas de las competencias que se han ido cediendo a las autonomías. La enfermedad con la que nos enfrentamos no es Cataluña, que se queda en síntoma de una patología mucho más profunda, la del estado central. El reino de España es demasiado pequeño y pobre para permitirse diecisiete ineficaces y enfrentados virreinos autonómicos. Esto es lo que hay que reformar. No lo hará la clase política en cuanto a tal, que se ha convertido en clase en el sentido marxista, con intereses propios que defender. Tampoco podrá hacerlo una autocracia, porque España es ya un país socialmente avanzado, integrado en la Comunidad Europea. Solamente podrá hacerlo media docena de verdaderos hombres (y mujeres) de estado que, liderando unos pocos partidos fuertes y abiertos,  sean valientes, tengan buena salud, compartan una visión del futuro sencilla y sensata y vayan, llevándonos a todos los demás, a por ella.

martes, 29 de septiembre de 2015

El miedo es la sombra chinesca del fascismo

Los tiempos han cambiado mucho y muy rápidamente desde el siglo XX hasta este primer tercio del siglo XXI en que estamos. Las grandes construcciones fascistas y comunistas desaparecieron de la faz de Europa, pero el comunismo y el fascismo persisten como ideologías. Empleando términos marxistas, si el comunismo es la rebelión de un proletariado que no tiene nada que perder porque carece de todo, el fascismo es la rebelión de una pequeñoburguesía que ve amenazados y teme perder los pocos bienes que detenta, a los que se aferra con una fuerza que puede llegar a ser desesperada.

Hoy en España el proletariado ha sido sustituido por unos marginados a los que se les hace casi imposible integrarse en el sistema socieconómico. Estos marginados no son, como antaño, lumpenproletarios tan carentes de todo que han perdido hasta la esperanza, sino jóvenes indignados que no consiguen encontrar un primer trabajo y gente madura que no  recupera el suyo después de haberlo perdido. Poniendo sus esperanzas, que sí  las tienen, en una izquierda reivindicativa al estilo de Podemos y otros movimientos de orientación comunista.

En cuanto a la pequeña burguesía, ha ido absorbiendo al conjunto de los proletarios activos y a una proporción creciente de las clases medias. Las fuerzas responsables de estos cambios han sido el consumismo que ha traído una sociedad del bienestar que a su vez ha requerido un papel creciente del estado en la economía el cual ha obligado a un aumento de la presión fiscal sobre las clases medias que ha empequeñecido su condición de tales. De manera que proletarios y burgueses se han ido fundiendo en una pequeñoburguesía que se siente agobiada y cabreada. Porque si bien de momento, habiéndole  ido bien a España durante una larga época de crecimiento económico y desarrollo social, está todavía representada por los partidos de centro, esa pequeñoburguesía sufre cada día más con los recortes y las amenazas persistentes de crisis y es por ello terreno abonado para que broten en ella todo tipo de fascismos.

El miedo pequeño burgués lo es a perder lo poco que se tiene, no solo en términos de riqueza y bienestar, sino de seguridad, autoestima y futuro para uno mismo y los hijos y nietos que vengan. Para describirlo y analizarlo voy a recurrir a un modelo, en el que presentaré a este miedo como una sombra chinesca de formas terroríficas que al asustar hace deseable la figura de un salvador, ya sea éste un caudillo o un movimiento político o las dos cosas a la vez.

En la figura adjunta aparecen tres grabados tomados del Museo del Cinema de Turín. En el de más arriba, un operador proyecta una sombra de la particular disposición de sus manos sobre una pared, que toma la apariencia de la figura mefistofélica de un macho cabrío. En los otros dos pasa algo parecido, pero además hay unos niños, ingenuos espectadores de la farsa chinesca, que se asustan o conmueven con unas figuras siniestras que solo están en su imaginación.

En este miedo fascista se produce una inversión de las relaciones causales que gobiernan el mundo real.  En efecto, mientras que en realidad la sombra terrorífica no es sino la proyección iluminada por un foco de un cuerpo opaco y su contorno (una determinada disposición de unas manos humanas) sobre una pared blanca, en el mundo distorsionado del fascismo la causalidad se invierte. Ahora la amedrantadora sombra chinesca se le aparece a sus espectadores (los niños que la observan) como una amenaza real, de la que solo podrá salvarlos el movimiento fascista y/o el caudillo salvador que la han originado (el operador al que las manos pertenecen).

Esta inversión tiene difícil vuelta atrás.  Quiero decir que es muy difícil liberar a los asustados de su alucinación, que los hace ver al causante de su terror como su salvador. Mientras que este falso salvador esté cerca y activo  la salvación es todavía posible. Hay lugar para la esperanza.

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Esta imagen de la sombra chinesca es el modelo explicativo que me sugieren los acontecimientos que están teniendo lugar después de las elecciones catalanas del 27 de septiembre, en Cataluña y fuera de Cataluña, en España y fuera de España.

Huelo una cierta forma de fascismo, siquiera incipiente, en el modo con que algunos políticos catalanes han inducido un miedo disfrazado de indignación y desapego en casi una mitad del pueblo catalán. Estos catalanes se asustan del futuro amenazante que ven si siguen formando parte de España, al fin y al cabo la cólera, en muchas especies animales, incluida la humana, no es sino un disfraz del miedo. Este susto es azuzado por los políticos nacionalistas que acusan a España de todos los males imaginables y predican una falsa salvación en la independencia. Todo ello potenciado hasta el paroxismo por agravios y desapegos desde Madrid hacia Cataluña que sin duda existen, pero que afectan también al resto de España.

Huelo también el fascismo en la necesidad asustada que muestran muchos políticos y medios de comunicación españoles no catalanes, también muchos ciudadanos de a pie, de encontrar un responsable  centralista del  problema catalán que no tenga nada que ver con ellos. Acusan al presidente Rajoy y a su supuesta debilidad de todo lo que está pasando, ya sean ellos de izquierdas o derechas. Cuando eso que está pasando tiene raíces profundas, que llegan hasta Aznar pasando por las generosidades fiscales con los madrileños de Esperanza Aguirre por la derecha, y hasta Felipe Gonzalez pasando por las generosidades estatutarias de Zapatero con los catalanes por la izquierda. Y hasta más allá, hasta la mismísima Transición y el trato especial que se dio en ella a los conciertos vasco y navarro. Este anhelo de simplificación tiene, sin duda, aromas fascistoides.

Pero los truenos todavía lejanos del fascismo no son privativos de los españoles. En Italia está la Liga Norte, en Francia el Frente Nacional de los Le Pen, en la Europa germánica un claro complejo de superioridad respecto a los europeos del Sur. Todos deberíamos estar atentos a que la Historia puede repetirse.

Centrándome en el aquí y ahora de España opino, seguramente contra el parecer asustado e irritado de muchos, que lo que está pidiendo el presidente Rajoy es lo único razonable que se puede pedir en estos momentos: serenidad, apertura al diálogo y cumplimiento riguroso de las leyes vigentes, empezando por la Constitución que nos hemos dado.


Llamo a una calma inteligente, aderezada con un valor que no puede ser sino la superación de ese miedo que sopla hacia el fascismo, arrastrándonos.


Esta figura terrorífica puede tener toda la altura de una
habitación y no resultar sino de la proyección sobre una
pared de un insignificante trozo de papel recortado.




P.S. Este texto se publicó inicialmente el 29 de septiembre. Pero hoy, 4 de octubre, ha sido modificado en profundidad para intentar aclarar, quizá sin éxito, las ideas difíciles de explicar que contiene.


viernes, 11 de septiembre de 2015

Cataluña, España

En estos momentos se está celebrando la manifestación masiva en las calles de Barcelona que conmemora la Díada. Decenas, quizá centenares de miles de personas ocupan la Meridiana clamando por la independencia.  No más ni menos gente que la que ocupó la Castellana de Madrid clamando contra el terrorismo de ETA o el aborto, o la que han movilizado también en Madrid algunas huelgas generales. Esta conmemoración coincide con el comienzo de la campaña electoral para las elecciones autonómicas en Cataluña.

A nivel del conjunto de España y particularmente en Madrid y Barcelona, las trepidaciones políticas y mediáticas respecto al contencioso catalán no dejan de aumentar. La mayoría de los comentarios que leemos y oímos son interesados. Los partidos políticos que deberían dirigir la marcha de España, PP y PSOE, aparentan no saber lo que quieren para los españoles. La demagogia y la falsedad de los dirigentes de la autonomía catalana han conseguido dividir a los ciudadanos de Cataluña en dos mitades irreconciliables, tras una labor desintegradora de años que los políticos españoles han venido consintiendo.

Hoy por hoy, ni los políticos ni los medios de comunicación muestran el menor interés por el largo plazo de España y los españoles. Viven al día, resolviendo la crisis económica o protestando contra ella, luchando unos contra otros a brazo partido para ver quién se lleva el gato del poder al agua. El problema demográfico, que exige políticas de apoyo a la familia  y de promoción de una inmigración con fácil encaje cultural en España, como sería la latinoamericana, ni se menciona. La competitividad a largo plazo necesita de un vigoroso sistema de investigación científica y tecnológica que sin embargo agoniza bajo los recortes presupuestarios. España como nación no será posible si los españoles no comparten una cultura común, que requiere la enseñanza de una historia de España que sea verdadera y se transmita a través de un sistema educativo común, lo que tampoco existe hoy en España, con la transmisión de la cultura confiada a unas autonomías que cuando quieren tergiversan impunemente esta historia. Etc, etc, etc.

La preocupación dominante de nuestros políticos es mantenerse en el poder cuando lo tienen o conseguirlo en las próximas elecciones. Podría decirse que esto es lógico, ya que sin poder no existe la posibilidad de actuar. Pero cuando el ánimo se queda en esto, cuando apropiarse del poder y sus prebendas muestra ser la única preocupación de unos políticos que han sido incapaces de ponerse de acuerdo en los grandes temas de estado, como la demografía, la educación, la ciencia, la cultura, la organización del estado a través de una Constitución intocable en lo esencial, cuando todo esto sucede entonces es porque España tiene un serio problema político que va mucho más lejos y cala mucho más hondo que el contencioso catalán.

Este problema central es el de la propia organización de nuestro estado autonómico. Los españoles no pueden soportar el peso de cuatro castas políticas con su cohorte de funcionarios acompañantes, desarrollándose cada una por su cuenta: la Unión Europea desde Bruselas, el gobierno central con sede en Madrid, los gobiernos autonómicos y las corporaciones locales (Diputaciones provinciales más  Ayuntamientos). Las cuatro son necesarias, pero deben repartirse sus funciones de forma más coordinada y económica. De modo que se cumpla un objetivo esencial: la igualdad de TODOS los españoles, cualquiera que sea su lugar de nacimiento o residencia,  ante la ley, el gobierno, la justicia y los derechos y obligaciones esenciales. Y otro complementario del anterior: que el gasto público sea soportable por el sistema económico y social que genera la riqueza capaz de financiarlo, que son las empresas y los trabajadores del sector privado.

Todo lo cual se incumple hoy y es causa de la mayoría de nuestras inestabilidades y decadencias. Me limitaré a un ejemplo, el de la multiplicidad injusta de los sistemas fiscales. Navarra y el País Vasco disfrutan de los llamados Conciertos, por los que son los respectivos gobiernos autonómicos quienes recaudan y administran la totalidad de los impuestos, de los que detraen una cantidad, negociada con el gobierno central, con la que contribuyen a los gastos generales del estado. Esta situación es muy ventajosa para las dos autonomías, que son de las más ricas de España. A las restantes comunidades autonómicas el estado les tiene cedidos algunos impuestos, que ellas administran a su voluntad. El  Impuesto de Sucesiones es uno de ellos.  La comunidad autónoma de Madrid no lo aplica, mientras que si lo hacen otras comunidades, como Andalucía y Cataluña, que lo tienen al tipo más alto posible. Todo esto genera desigualdades irritantes e insostenibles.

En estas desigualdades está la base del descontento que ha llevado a casi la mitad de los catalanes a reclamar la independencia de España. El descontento existente allí ha sido liderado y fomentado por los partidos nacionalistas, que inicialmente aspiraban a que se les concediera un privilegiado Concierto fiscal como el que disfrutan vascos y navarros, pero que al no conseguirlo han extremado sus reclamaciones hasta llevarlas a la independencia como meta, en una situación próxima a la sedición.

Todo esto tiene que terminar, y la única manera justa de hacerlo es aplicando a todo lo largo y ancho del estado español un mismo régimen fiscal, suprimiendo para ello los conciertos vasco y navarro, haciendo además que la determinación de todos los tipos impositivos sea la misma para todos los españoles, definida por el poder legislativo central y administrada por el poder ejecutivo del estado.

Lo malo es que muchos indicios parecen indicar que los dos grandes partidos estatales, el conservador PP y el socialdemócrata PSOE, van a terminar cediendo a las pretensiones catalanas  y concediéndoles también, como a vascos y navarros, un régimen fiscal exclusivo y privilegiado. Si esto termina produciéndose, el territorio español se dividirá en una mitad rica al Norte y otra mitad pobre al Sur, con Madrid en el centro sobreviviendo a costa de unos y otros, en un estado fragmentado y manifiestamente injusto. El cual, como las pretensiones de los nacionalistas (vascos y catalanes en este caso) nunca tienen límite, puede terminar rompiéndose.

Esta es la situación. De momento solo cabe denunciarla, esperando que el PSOE, hoy en la oposición, termine aclarándose con ese federalismo que proponen y no saben explicar, aunque probablemente se trata de ceder ante las pretensiones de autonomía fiscal de Cataluña. Y que el PP no traicione lo que proclama como su posición, igualdad fiscal para todos (excepto vascos y navarros, claro) y que además sea capaz de aplicar de verdad esa igualdad fiscal, renunciando a seguir dándole a Madrid las ventajas fiscales que ha venido concediéndole, no cediendo ante las pretensiones catalanas y acabando con las excepciones tan injustas de vascos y navarros; en definitiva, con bastante más seriedad y consistencia que la aplicada hasta ahora.


Aunque es bien cierto que, tras casi cuarenta años de democracia constitucional, con dos partidos dominantes, PP y PSOE, a lo largo de los cuales han tenido lugar en España grandes progresos económicos y sociales, estos dos partidos han envejecido y perdido mucha de su fuerza e inspiración. Y que otros partidos jóvenes, Podemos por el flanco izquierdo y Ciudadanos por el derecho, entre otros, están asentándose y pueden terminar aportando esa nueva forma de ver los problemas, mirando hacia el futuro y desde un patriotismo de estos tiempos, que España necesita. Ojalá las expectativas puestas en ellos se cumplan. En todo caso, los tiempos que vienen seguirán siendo borrascosos en España, como probablemente en todo el Sur de Europa. Los jóvenes partidos que terminen gobernándonos van a necesitar de ese patriotismo nuevo que, como el clásico, es una mezcla de generosidad y valentía, pero además unida a una visión del futuro radicalmente diferente a la que hoy por hoy manejan nuestros gobernantes (si es que manejan alguna).

sábado, 27 de septiembre de 2014

CORRUPCIÓN

Jordi Pujol el 26 de Septiembre de 2014, declarando en el Parlamento catalán 

acerca de sus irregularidades fiscales (foto de "El Pais")


Jordi Pujol. Ecce homo. Hace unos días confesó su corrupción galopante y ayer se presentó en el Parlamento Catalán para dar explicaciones. Los gestos de estas seis fotos publicadas por "El País" hablan de su intervención allí más que mil palabras. Helo ahí convencido de su inocencia, más aún, de la justicia de su causa. ¿Arrepentimiento? Quiá.  Sus gestos son patriarcales, llenos de autoridad y de seguridad en sí mismo, de santa indignación y majestad. Unas imágenes que solo pueden calificarse de patéticas. Él se siente el representante de Cataluña, el gran padre y promotor de la causa independentista. Estoy seguro de que ha sido capaz de engañarse a sí mismo lo suficiente para llegar a autoconvencerse de  que si evadía impuestos y robaba comisiones abusivas, si se comportaba como un gran padrino, lavando y almacenando junto a sus hijos, en los rincones piratas del mundo,  una fortuna de miles de millones de euros, lo hacía por Cataluña. Todo por Cataluña, diablos, todo, sí. Al fin y al cabo, ¿acaso Cataluña no era sino él mismo, sus hijos, su gente, su estirpe? Cuando uno llega a convertir aquello a lo que cree servir en una parte de sí mismo deja de ser un servidor y se transforma en un amo. Le ha pasado a tantos y tantos a lo largo de la historia del mundo…

¿Cómo me atrevo yo a hablar así cuando este hombre no ha sido todavía juzgado? Me baso para hacerlo en su propia confesión pública, él mismo se ha acusado, sin que nadie sepa bien por qué lo ha hecho. Además, si espero para calificarlo a la acción de la justicia, ja, si espero como ha hecho durante tantos años tanta gente que a la vista de los abusos que Pujol representaba miró para otro lado, si lo hago, me convierto inmediatamente en cómplice de esa causa del disimulo y el olvido, que creyéndose la causa de la prudencia es en definitiva la de la cobardía. Y no es que yo me crea valiente, ni muchísimo menos, sino que esta vez no quiero llegar tarde.

¿Es España un país corrupto? Hay ya demasiados casos gigantescos de corrupción para que no sea relevante esta pregunta. El de Pujol es solo el último. Está la corrupción de los políticos y sindicalistas de Andalucía, el caso Gurtel en Madrid y Valencia, la corrupción a través de la violencia en el País Vasco, tantos otros casos de menor alcance. Esta corrupción conocida afecta solo a la clase política, sea cual sea su ideología, desde socialistas hasta conservadores o nacionalistas. Pero ¿acaso no son tan corruptos como estos políticos los empresarios que dieron el dinero para corromperlos, o la gente de a pie que aceptó prebendas y prácticas financiadas con un dinero sucio?

Sin embargo, yo no creo que España sea un país más corrupto que la USA de los años de la Ley Seca, cuando Al Capone reinaba en Chicago, ni que la Italia de la Camorra y la Mafia, ni que la Alemania de los primeros años de Hitler, cuando los inválidos y los deficientes mentales desaparecían de las pequeñas ciudades sin que nadie dijera nada, ni que la Rusia de las purgas estalinistas o la de la autocracia de la Nomenklatura. Lo que a mí me parece que le pasa a España es que la democracia no está todavía suficientemente consolidada y ello por una causa principalísima: porque la Justicia no es suficientemente poderosa ni independiente.

La Justicia española depende en exceso de lo que los políticos quieren que sea. Y es manifiesto que quieren que sea débil. Ya lo confesó así Alfonso Guerra, uno de los prohombres socialistas de los comienzos de nuestra democracia, cuando dijo, si no con las palabras (eso afirma él)  sí con los hechos de la reforma de la ley del Poder Judicial, que “Montesquieu ha muerto”. Es una justicia de jueces-funcionario carentes de medios, que se limitan a administrar como buenamente pueden el cumplimiento de unas leyes enmarañadas y complicadas como las lianas de una selva tropical, unas leyes que junto con sus reglamentos llegan a hacerse incumplibles. Es la Justicia de esa España en la que las ventanas de las casas están enrejadas para que no entren los ladrones, y las calles cruzadas por badenes de cemento que destrozan los coches de todos  para que los de algunos jovenzuelos gamberros no corran demasiado, en la que terroristas que han asesinado a muchos se pasean tranquilamente por las calles después de haber cumplido unas condenas cortas.

Esa España con una Justicia débil cultiva para sobrevivir su individualismo congénito. Aquél del que extrae desvergüenza suficiente para enchufar a su hijo o al novio de su hija o a algún pariente próximo sin escrúpulos, saltándose los méritos de otros candidatos mejores. Donde las corporaciones de médicos, abogados, arquitectos, ingenieros, se protegen de los intereses de los de fuera con un espíritu gremial, defendiendo ciegamente hasta al más incompetente de sus miembros. En la que el ideal de muchos jóvenes es sacar unas oposiciones de funcionario público para tener un sueldo seguro, aunque pequeño, durante toda su vida. La inmensa mayoría de los españoles pirateamos libros, canciones y películas de Internet, hacemos lo posible por no pagar el IVA, nos colamos si podemos. En definitiva, cultivamos un espíritu de supervivientes.

Esa España es la que hemos heredado lo mismo que la heredaron nuestros padres, una España vencida, asustada,  escéptica, profundamente individualista.

Pero a la vez es una España en la que la gente es capaz de apretarse el cinturón con sobriedad espartana y sabe trabajar duramente, en la que la solidaridad familiar es ejemplar y se extiende fácilmente a una solidaridad universal. Una España que está llena de aventureros y de gente esforzada, valiente y auténtica. En la que abundan los poetas y los hacedores de canciones. Una España hermosa y profunda.


Por eso, señores y señoras políticos, que no sois más que una parte de nosotros mismos, de la gente de a pie, poneros las pilas y reconstruir una Justicia suficientemente fuerte para que España y los españoles sean una parte del Mundo en la que quien marque y controle las reglas del juego sea una sólida autoridad moral. Esa de los imperativos categóricos kantianos, una Justicia sobria, rigurosa y poderosa, pero por encima de todo suficientemente justa, en la que no haya más que el sitio justo para el arrepentimiento y el perdón. 

Os aseguro que si lo hacéis así os encontrareis con un pueblo espléndido, capaz de hacer frente, como ya lo ha demostrado muchas veces, a los mayores desafíos.

jueves, 18 de septiembre de 2014

¿ESCOCIA INDEPENDIENTE?


Hoy, ahora, en la tarde española del 18 de septiembre de 2014, a pocas horas de que se conozcan los resultados del referéndum sobre la independencia de Escocia, estoy sintiendo el escalofrío de la Historia.

Porque la Historia es como un montón gigantesco de piedras irregulares apiladas en un cono enorme  de pendientes muy inclinadas. Basta con que la mano del destino extraiga una de esas piedras, grande o pequeña,  situada como otras muchas en una posición clave, para que se produzca un desequilibrio y el montón empiece a desmoronarse, en una catástrofe que se realimenta a sí misma hasta que todo queda derrumbado tras el estruendo y entre el polvo.

Ya nada volverá a ser igual hasta que, transcurridos muchos años, el trabajo y la ilusión de muchas almas inocentes apile las piedras de nuevo y el ciclo pueda reiniciarse.

Nos dicen los periodistas, quizá animados por esa ilusión suya de que termine pasando algo gordo, verdaderamente noticiable, que es muy posible que el resultado final del referéndum sea un SÍ a la Escocia independiente.

¡Diablos!, esto será el fin del Reino Unido y el probable comienzo del desmoronamiento final de Europa, o por mejor decirlo, de la ilusión paneuropea. Quizá también la ocasión de que Escocia se reencuentre a sí misma como un nuevo país apacible y lejano, de talante escandinavo, liberado por fin de las arrogancias inglesas. En cualquier caso, las consecuencia de este desmoronamiento, si es que tiene lugar, superarán ampliamente a los protagonistas del conflicto inicial, alcanzarán a toda Europa y como consecuencia al Mundo entero.

Me pregunto si esta simple posibilidad es justa, quiero decir, razonable, aceptable. Pero comprendo enseguida que da igual si es justa o no. La verdad de la Historia surca otros mares.  La Historia es irracional y por eso imprevisible y sorprendente, muchas veces catastrófica y otras muchas esperanzadora. Quizá por eso la Historia no es sino un aspecto más de la Naturaleza. Como la explosión de una supernova, la destrucción traída por un terremoto, el sinfín de mutaciones producidas en los DNA por las radiaciones ionizantes, el rumbo irregular de un meteorito que terminará impactando en un planeta, el encuentro de dos que terminan amándose… todo eso y el sinfín de acontecimientos que también sucederán como consecuencia del azar.

¿Me llevan estas consideraciones hacia el fatalismo? No. Yo creo que el quehacer de los humanos está en reconstruir el montón de piedras, que eso, nada más que eso, puede llegar a hacernos felices. Y al creerlo me acuerdo del mito de Sísifo y de cómo el gran Albert Camus nos lo explicó.

viernes, 12 de septiembre de 2014

¿Secesión catalana o crisis del estado autonómico?

Ayer se celebró en Barcelona una Díada multitudinaria que los nacionalistas catalanes están considerado un triunfo para su causa. Pero no es la primera manifestación celebrada en España en los últimos años que congrega a cientos de miles de personas. Recordemos, sin ir más lejos y entre otras, las que tuvieron lugar en Madrid en protesta por la ley del aborto (18 octubre 2009) y en contra del terrorismo de ETA (14julio1995, 5junio2005, 4 febrero 2007). Como expresa el chiste del Roto que acompaña a este texto, manifestaciones así lo son de la frustración popular., sin que tengan un significado político claro. Algo sin duda preocupante para el conjunto de los españoles está pasando en Cataluña. Estas líneas son el resultado de mi reflexión sobre el asunto.



1).- Los políticos nacionalistas catalanes tienen una responsabilidad importante en eso que está pasando. Desde hace algún  tiempo han venido siendo alevosamente desleales a la Constitución que contribuyeron a aprobar y que prometieron cumplir y defender. Primero no han respetado durante años sentencias de los tribunales sobre el uso de la lengua española en Cataluña. Pero después han pregonado abiertamente que la independencia es la única solución a todos los problemas que Cataluña pueda tener y han emprendido una huida hacia delante por un camino que ni ellos mismos saben dónde puede llevar al pueblo al que representan. Así han ido creando en Cataluña un ambiente tenso, cargado de rencores, en esa atmósfera de poderío de las masas que resuena no a populismo, sino a aquel fascismo que ya creíamos olvidado. Lamento  tener que expresarme así, pero es que así lo siento.

2).- En cuanto al pueblo de Cataluña, manifiesta ese miedo colérico que también está presente en otros pueblos de España y de Europa y que es hijo de la desconfianza en un futuro que se ve oscuro o no se ve. Crisis del estado de bienestar, envejecimiento demográfico, inferioridad tecnológica y económica frente al Extremo Oriente, amenaza terrorista..., todos estos fantasmas y otros más, justifican fenómenos emergentes como las reivindicaciones nacionalistas en Escocia y Cataluña, el antieuropeísmo en Inglaterra, un derechismo fascistoide en Francia, el populismo neoleninista de una parte de la izquierda en España, la insolidaridad con el resto de Europa en Alemania y todo lo que todavía puede venir desde otros acimutes. Gente como el premio Nobel de Economía Robert Shiller ve paralelismos entre la situación que se vive hoy en Europa y la del año 1937. Entonces, una Europa que padecía todavía las consecuencias de la depresión de 1929 empezó a desesperarse de una situación económica y social a la que no veía salida y se radicalizó. La única solución para esta crisis fue una II Guerra Mundial que activó la economía, sí, pero al coste de 60 millones de muertos. Hoy, según Shiller, los pueblos europeos se desesperan por la falta de crecimiento económico, que es paro, miedo al futuro y, en definitiva, sentimiento de decadencia. Buscan unas salidas que sus políticos no acaban de darles, con lo que el peligro de radicalización aumenta.

3).- Pero hay algo más, que nos afecta específicamente al conjunto de los españoles. Se trata de la crisis de nuestro estado autonómico, aquél que nos dimos en nuestra transición desde el franquismo a la democracia y que, con la ayuda de Europa nos ha permitido avanzar muchísimo y convertirnos en un país desarrollado en lo económico y avanzado en lo social. Ese estado de las Autonomías, el que le ha dado forma a nuestra democracia, está enfermo a causa de contradicciones con las que nació y que se han ido exacerbando y agravando con el tiempo, hasta hacerse intolerables.
 
Tratar en profundidad de estas contradicciones llevaría mucho más tiempo del que es prudente ocupar con esta entrada. Me limitaré a señalar las que me parecen más importantes.

A).- Una de las más hirientes es la desigualdad fiscal entre españoles que viven en comunidades autónomas diferentes. El caso más conocido es el de los conciertos fiscales especiales para el País Vasco y Navarra. Suponen un agravio comparativo insoportable y son, aunque no guste reconocerlo, una de las causas principales del descontento catalán.
Pero el desmadre fiscal va mucho más allá. Las Autonomías tienen poderes de decisión excesivos que cuartean la arquitectura del Estado. Y no es solo un asunto de catalanes y vascos. La autonomía madrileña, gobernada por el Partido Popular, suprimió los impuestos de Sucesiones y Patrimonio, mientras que autonomías como la andaluza y la catalana los mantienen a niveles muy altos, creándose así una situación en la que los españoles no son iguales, ni muchísimo menos, ante la ley.

B).- Sistemas educativos diferentes y hasta disonantes entre distintas comunidades autónomas, que llevan a que los niños sean educados en visiones de la historia y la cultura radicalmente distintas, si no contradictorias. Así es imposible construir un país para el futuro.

C).- Desequilibrios en la estructura del aparato del Estado. El caso más escandaloso es el del Poder Judicial, que carece de la fuerza y la independencia que serían necesarias para el buen funcionamiento de una democracia avanzada. Y da la impresión de que la clase política, en la que descansa el poder último del Estado, no ha querido ni quiere ni querrá resolver definitivamente este problema. Es un escándalo que la Hacienda pública tenga unos sistemas informáticos sofisticadísimos mientras que los Juzgados se incendian por la acumulación gigantesca de papeles en trámite. Como lo es que un juez instructor se enfrente en solitario con casos cuya instrucción eficaz en tiempo y forma requeriría un ejército de jueces.

 Y así muchas situaciones más. Para resolver la mayoría de estos problemas no hace falta reformar la Constitución, basta con que los políticos decidan valientemente hacerlo.

Termino ya. Me gustaría concluir  afirmando que:

1).- El mundo vive una situación incierta y peligrosa que es a la vez un cambio de época. De los problemas con los que tendremos que enfrentarnos los españoles no nos salvará la huida hacia delante, sino la unión. Más España y más Europa.

2).- El pueblo español es en su mayoría moderado y honesto. Demanda un futuro estable para sus hijos y nietos además de una vejez tranquila. No es mucho. En el curso de la crisis que estamos viviendo, este pueblo ha demostrado su solidaridad y su capacidad de apretarse el cinturón. Es un buen pueblo que merece ser bien gobernado.


3).- Todavía hay tiempo para que los políticos centristas, que representan a la inmensa mayoría de los españoles, se concierten en lo esencial, que es la resolución de los malos funcionamientos del estado autonómico y el diseño de una estrategia de futuro para España. Pero una estrategia que se cumpla, lo que a su vez significa irla modificando y gobernando de forma concertada. Todavía hay tiempo para que esta concertación, esta alianza, pueda salvarnos. Pero no queda mucho.


domingo, 15 de diciembre de 2013

La secesión catalana, ¿síntoma de una enfermedad española?

La necesidad de leer la realidad que subyace a  las apariencias.

¿Y si en vez de ser los políticos nacionalistas los que se han puesto delante de los ciudadanos catalanes para conducirlos hacia la independencia, son los ciudadanos catalanes los que se han puesto a huir hacia ninguna parte obligando así a sus políticos a correr por delante de ellos para no ser atropellados?

Pero ¿se puede huir hacia ninguna parte? Toda huida lo hace. Se huye de algo, no hacia algo.

Y ¿de qué pueden estar huyendo los ciudadanos catalanes? De lo que, cada uno a su manera regional, están huyendo otros muchos ciudadanos españoles. De España, desesperanzados  respecto a ella, llenos de dudas acerca de su futuro.

Desde esta perspectiva, el problema que en estos días se pone de manifiesto ruidosamente en Cataluña sería compartido por todos los españoles. Como en la Primera República, como en la Segunda.

Lo único peculiar de Cataluña es que, merced a sus específicos componentes culturales, cree estar dirigiéndose hacia una alternativa exógena, hacia una patria chica en la que poderse refugiar.

Pero en verdad, lo repito, está huyendo de España, tiene miedo de España, desesperanza respecto a España, ve con pesimismo, si es que siquiera lo ve, un futuro español para sus nietos.  Por eso corre despavorida.

La única solución a la crisis catalana, a la amenaza de secesión, tanto para los catalanes como para el resto de los españoles, pasa por Madrid y se extiende a toda España. Los españoles con poder o influencia tienen que ponerse las pilas. Empezando por los políticos. Los tiempos exigen no el consenso, sino la concertación nacional. Y no para prohibir o dejar de prohibir, sino para construir una esperanza de futuro.

Para ponerse de acuerdo en una estrategia educativa, energética, científica, tecnológica, laboral, sanitaria, que lleve hacia un futuro que como mínimo no empeore el presente. Comprometiéndose todos juntos con ella. De esto se trata, no de cambiar o dejar de cambiar la Constitución. Ni de teorizar, elucubrar, maniobrar o conspirar.  Ni, muchísimo menos, de mirarse el ombligo propio. Se trata de ver el mundo futuro, proyectarse en él y trazarse un camino hacia él compartido por todos.

Hay que declararle la guerra al desaliento español. Para hacer creíble a los jóvenes que los viejos cuentan con ellos, más aún, que los necesitan. Para convencer a los ciudadanos de que sus dirigentes, no solo pero sobre todo los políticos, están dispuestos a luchar por un futuro común y son, ante todo, patriotas. Sí, patriotas. Nada hace más falta.

Parodiando lo que el ministro Margallo dijo en su día respecto a Gibraltar,

PARA LOS POLÍTICOS  Y PARA TODOS LOS DEMÁS PODERES ESPAÑOLES,


¡SE HA ACABADO LA HORA DEL RECREO!



domingo, 28 de octubre de 2012

¡¡¡ESTIC FINS ALS COLLONS DE TOTS NOSALTRES!!!


La frase la pronunció así, en su lengua materna y el 9 de junio de 1873 , el catalán D. Estanislao Figueras, presidente de la I República Española. Reunido con su Consejo de Ministros, el buen hombre no podía soportar más la ingobernabilidad de una España que, incluyendo a su Cataluña natal, se había vuelto loca. Lo que dijo, o mejor gritó, en catalán, se traduce así  al castellano:

<<Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡ESTOY HASTA LOS COJONES DE TODOS NOSOTROS!>>

Y dicho esto dejó una carta de dimisión en su despacho, se fue a dar un paseo al parque, cogió el tren y no paró hasta llegar a Paris.

D. Estanislao Figueras, presidente de la 
I República Española

Un mes después el cantonalismo triunfaba en España, que de esta forma se deshacía en pedazos.  El 30 de junio el Ayuntamiento de Sevilla se transformaba en República Social, el 9 de julio la pequeña ciudad alicantina de Alcoy se declaraba independiente, a continuación muchos municipios a lo ancho de todo el país se proclamaron como cantones, de los que el más famoso  fue el de Cartagena.

La borrachera no duró mucho tiempo. En enero de 1874 el general Pavía entró con sus tropas en el Congreso, ominoso precedente de lo que también hizo el teniente coronel Tejero en 1981. Y en diciembre de 1874 el general Martínez Campos se levantó en armas e impuso la restauración de la monarquía borbónica. De este modo, el primer intento republicano en España se dio por terminado.



En noviembre del 2012 España se encuentra en una situación que presenta analogías preocupantes con la que tuvieron que soportar don Estanislao Figueras y los españoles de su tiempo. Como entonces, hay una profunda crisis económica que al empobrecernos hace cada vez más difíciles las soluciones políticas. Y empiezan a brotar los independentismos, destacando estos días el propuesto por Arturo Mas respecto a Cataluña, pero empezando a asomar las orejas, gracias a la presencia en el parlamento vasco de los que apoyaron el terrorismo de ETA durante treinta años, el de las Vascongadas.

¿Por qué todo esto? ¿Cuál es la naturaleza de la maldición que parece afectar a España, amenazándola periódicamente, poniéndola en cuestión cada treinta o cuarenta años, dándole así la mala fama en el mundo entero de ser una nación inmersa en un proceso irreversible de decadencia?

Don José Ortega y Gasset desarrolló en su “España Invertebrada”, allá por los años 1920, el siguiente modelo de los ciclos de vida de las naciones:

1).- Las naciones no se forman como consecuencia de las conquistas que un núcleo fundador va agregando por la fuerza, mediante el sometimiento de los conquistados, sino por la integración de intereses y metas de una serie de tribus, feudos o pueblos, que convergen y van así amalgamándose en lo que termina siendo esa nación.

2).- Las corrientes integradoras, formadoras de naciones, no son permanentes. Antes o después, las fuerzas de la historia cambian de signo y las metas comunes que justificaron la existencia de una nación dejan de ser válidas. Sucede entonces que a lo que fue un movimiento de integración le sigue otro de disgregación, que puede llevar a la segregación de alguna de sus partes o hasta la disgregación total  de la entera nación afectada.

Pasa pues en la historia lo mismo que en la naturaleza, donde la mayoría de las fuerzas puestas en juego tienen cinéticas ondulatorias. Los reinos nacen y mueren, las naciones se integran y disgregan, los imperios emergen y se hunden. La historia está tejida como una sucesión de mareas que hacen y deshacen, construyen y destruyen, de manera que por debajo de guerras y revoluciones, son estas fuerzas básicas, estas mareas, las que explican y fundamentan el devenir histórico.

España es una de las naciones y uno de los reinos más antiguos de Europa, a la vez que construyó uno de los imperios más longevos del Mundo. Tan vieja es España que ha sufrido a lo largo de su historia varias de estas mareas integradoras/disgregadoras. Haciendo un repaso que tiene que ser rápido y por ello superficial:

.- La primera marea creciente de integración se la dio a España Roma, que fue capaz de crear una Hispania todavía romana, sí, pero ya española. La cual fue mucho más que una simple colonia, pues parió dos emperadores, Trajano y Adriano, y muchos romanos ilustres, como Columela y Séneca. Cabe añadir que en aquellos tiempos, lejanos pero no tanto, toda la Europa del Norte, esa misma que hoy mira a los europeos mediterráneos por encima del hombro, era tierra de bárbaros semisalvajes.

.- La primera marea vaciante de disgregación nos llegó con la monarquía visigoda. Estos visigodos, bárbaros recientes al fin y al cabo, aunque fueron capaces de crear un reino de España que poco tenía ya que ver con Roma, perdieron la fe en esta su España visigoda a la que abandonaron en manos de los árabes del califato Omeya de Damasco.

.- La segunda marea creciente de integración nació de estos mismos árabes y duró cuatro siglos del VIII al XI, en los que los hispanoárabes fueron capaces de crear su propio califato en Al Andalus, abarcando la mayoría de la España actual y con capital en Córdoba. Fue una época de esplendor cultural y económico, en la que el saber griego fue transmitido por Al Andalus al Occidente cristiano.

.- La segunda marea vaciante de disgregación empezó con la ruptura del califato en reinos de taifas y culminó con las  invasiones de bárbaros procedentes del Sahara o del Atlas, los almorávides y almohades, fundamentalistas en lo religioso y sin más cualidades que las guerreras.

.- La tercera creciente de integración se inició en un pequeño reino cristiano del Norte, Asturias, que nunca se incorporó al califato cordobés y que aprovechando las debilidades de los Taifas y la falta de capacidad integradora de Almorávides y Almohades, inició la Reconquista cristiana de España, culminada en el S.XVI con la unión de todos los reinos cristianos de España en uno solo, el de los Reyes Católicos.

.- La tercera vaciante de desagregación empieza como una continuación de la pleamar de integración que une a España bajo los Reyes Católicos. Ahora dos nuevos procesos de integración, en los que España intenta formar parte de una unidad superior, transcurren simultáneamente. Por una parte, la aspiración del César Carlos a formar un imperio multinacional europeo, que tras un par de siglos de guerras terribles entre católicos y protestantes, fracasa. Por otra, la construcción del imperio hispanoamericano, un largo y difícil proceso en el que España gasta buena parte de sus energías vitales. Para comprender hasta qué punto la España europea pone todos sus recursos humanos en la conversión de las Indias en la España de Ultramar basta considerar el caso bien estudiado de la familia de Santa Teresa de Jesús. Fueron once hermanos, tres hembras y ocho varones. Las tres hembras vivieron y murieron en España. De los ocho varones, uno fue militar en España y murió en las guerras de Africa. Los otros siete emigraron a América, de los cuales solo dos volvieron a España, los otros cinco murieron allí.

El caso es que la España que llega a finales del S. XVIII está agotada y apenas ha participado en la revolución intelectual que en otros paises europeos ha dado paso a la Ilustración. En estas circunstancias, la invasión de España por Napoleón lleva la tercera vaciante de desagregación a su punto más bajo. España queda deshecha, el pueblo por un lado y la clase ilustrada por otro, tachada de profrancesa. La España del Ultramar continental se independiza, perdiéndose para siempre el imperio.

A partir de aquí, las mareas integradoras y desagregadoras ya no tienen la magnitud de las anteriores, España será, en lo sucesivo, un pais mediano más, sin grandes oportunidades por delante. Pero estas mareas siguen existiendo y sucediéndose unas a otras.  Una bajamar desagregadora clara es la de la I República con su cantonalismo, esa que hizo desesperarse al presidente Figueras según describía yo al comienzo de esta entrada. Otra bajamar desagregadora, quizá la más dolorosa para los españoles, coincide con la Guerra Civil, tras la cual solo puede mantener a España integrada una dictadura militar, la de Franco.
Una pleamar integradora tiene lugar a comienzos de los 1980, con la muerte de Franco y la vuelta de España a la democracia bajo una monarquía constitucional. Toda España está unida, quizá con la excepción de las Vascongadas que viven sometidas al terrorismo de ETA, y vibra llena de esperanza en el futuro, porque además se sube al carro de otra marea creciente integradora, la de la consolidación de la Unión Europea, de la que entra a formar parte.

Pero las cosas son como son, la cinética ondulatoria de la historia no perdona. A la espléndida pleamar que se ha venido prolongando durante diez años la ha seguido una marea vaciante de inusitada intensidad, que nos ha llevado a donde hoy estamos. Han concurrido las siguientes circunstancias:

.- Una clase política española inexperta y mal preparada, falta de una tradición democrática suficientemente larga, que ha sido incapaz de construir, proponer e implementar estrategias a largo plazo para España y, todavía peor, de unirse en gobiernos de concentración para enfrentar las crisis más graves.

.- Una clase política europea que, en sus componentes más decisivos como puede ser Alemania, ha dejado de creer en el proyecto europeo tal y como lo configuraron sus fundadores y no desempeña el liderazgo común que sería imprescindible.

.- Una crisis financiera global nacida en USA que ha puesto de manifiesto las debilidades del Euro como moneda común de un conjunto de países con circunstancias macroeconómicas muy diferentes, lo que está resultando en dificultades económicas sin precedentes, inciadas en los países más débiles de la eurozona pero que terminarán afectando al conjunto.

Artur Mas, Presidente de la
Comunidad Autónoma de
Cataluña
En estas difíciles circunstancias, otro presidente catalán, no de España como lo fue Figueras, sino de la Comunidad Autonómica de Cataluña, Arturo Mas, ha repetido aquel grito pero significativamente modificado, pues ha venido a decir ESTOY HASTA LOS COJONES DE TODOS VOSOTROS, y ha cogido el tren para la tierra de "nadie sabe dónde", pero que él pretende que sea Europa,  queriendo llevarse con él a toda esa parte de España que hoy y desde hace muchos siglos es Cataluña.

Lo que Mas pretende es conducirnos a todos los españoles, catalanes o no, a otra bajamar disgregadora. Puede que lo consiga o puede que no, en cualquier caso espero que lo que termine sucediendo sea respetando las leyes y el espíritu democrático.

Lo que está claro para mí es que el significado real de la propuesta de Mas no es liberar a Cataluña de la opresión española, sino disgregar España, arrancándole una parte muy importante de ella misma. Y que de esta disgregación, si finalmente acontece, saldrán una España y una Cataluña mucho más débiles y menos capaces de navegar con seguridad por los mares procelosos que las rodean.

Por eso lo que yo espero es que la propuesta disgregadora de Mas no sea sino el punto de arranque de una nueva corriente de marea integradora, de la que salgan una España con Cataluña mucho más centrada en sí misma y confiada en sus propias fuerzas. 

Claro que esto depende de la voluntad de todos los españoles, catalanes o no.