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viernes, 30 de junio de 2017

La caca del Trauco es / un moho mucilaginoso es / la caca del Trauco es / un moho mucilaginoso...

Eureka! Un artículo publicado en Le Monde me ha permitido confirmar una vieja sospecha, que la caca del Trauco es un moho mucilaginoso, concretamente el famoso Physarum polycephalum. La evidencia que aporto es el parecido extraordinario entre las fotos que yo he tomado de la caca del Trauco en Duhatao y otras muchas fotos de Physarum polycephalum que pueden descargarse de Internet.


A la izquierda y abajo, fotografías tomadas por mí  de dos incidencias distintas de aparición de la caca del Trauco junto a mi cabaña en Duhatao (Chiloé). A la derecha arriba, una fotografía de Physarum polycephalum de la colección Getty.


Este moho es una criatura extraordinaria, que ha sido capaz de despertar la imaginación y el interés de muchas mentes orientadas hacia laCiencia. Vive en bosques húmedos, como
Ciclo de vida de Physarum polycephalum (tomado de Miguel Ulloa .

los de Chiloé, y cuando las condiciones ambientales son favorables es capaz de aumentar de tamaño a velocidades extraordinarias, del orden de centímetros por hora.

Lo que vemos macroscópicamente en las masas amarillas de las fotos suele ser una sola célula, pero dotada de miles y hasta millones de núcleos. Es capaz de desplazarse de un sitio a otro con un movimiento ameboide, y también de muchas otras cosas extraordinarias que pueden consultarse en la literatura. A su manera, está dotado de una inteligencia que no es neuronal, sino sincitial, es decir, el resultado de las decisiones elementales tomadas por cada uno de sus numerosísimos núcleos y los dominios de citoplasma que rodean a cada uno. Estos elementos de un todo indivisible exploran su entorno y deciden, particularmente en los bordes de la gran masa plurinuclear, si crecer o no hacerlo en ésta o en aquélla o en aquélla otra dirección. 

En experimentos adecuados los científicos han conseguido que una megacélula de Physarum dibuje con aterradora precisión el mapa del metro de Londres o el de carreteras de España, o cualquier otra geometría hecha de un conjunto de nodos y conexiones entre ellos.

Dicho pues queda. Pero me falta considerar lo más interesante de todo: siendo cierto que la caca del Trauco es una megacélula de Physarum polycephalum, también lo es que esta megacélula es la caca del Trauco, o sea, una huella excretada por ese espíritu de los bosques chilotes que es el Trauco, para dejarnos a los humanos señales de su existencia. Esta permanente relación bidireccional es la que he intentado expresar en el título de esta entrada.

¿Cómo explicarlo? Los humanos tenemos un cerebro cuya naturaleza podemos ver como biunívoca. Piensa pero siente, decide pero duda, razona pero intuye, simplifica pero complica, ve pero es ciego, etc. Una de las expresiones más conspicuas de este cerebro nuestro es el lenguaje, que consiste en la creación de palabras, su conversión en conceptos y su integración en frases con la ayuda de gramáticas. Lo biunívoco del cerebro también se aplica a sus lenguajes. En general, podemos afirmar que los cerebros humanos desarrollan dos grandes tipos de lenguajes: el lógico frente al mítico. Uno y otro son imprescindibles para que los humanos lleven adelante su vida en el mundo. El lenguaje lógico es instrumental, trata de la relación entre causas y efectos. El mítico es interrogativo, trata de la relación entre la luz y la sombra, la claridad y el misterio. El lenguaje lógico es racional, el mítico sentimental.

A lo largo de su trabajosa evolución, los humanos han ido desarrollando ambos lenguajes en direcciones que son opuestas. Incidentalmente, vivimos ahora una época de predominio del lenguaje lógico.  Aun así, el lenguaje mítico también ha alcanzado un gran desarrollo, basta para comprenderlo imaginar lo que está pasando por los cerebros de las multitudes en un gran concierto al aire libre, ante miles de fans, de un ídolo del rock.

Una de las grandezas culturales de Chiloé nace de su proximidad a la Naturaleza. Hay muchas huellas en Chiloé de la importancia que durante miles de años ha tenido para los humanos el lenguaje mítico, ese que permite convivir con una Naturaleza no dominada, formando una parte más de ella, con una integración total. El shamanismo antiguo fue capaz de manejar  con maestría los dos lenguajes, el lógico desarrollando toda una botánica médica, el mítico levantando una cosmovisión impregnada de espiritualidad. En aquel shamanismo, y en sus herederos espirituales que todavía viven en el mundo amerindio y campesino, la Naturaleza tiene una condición básica que es espiritual. Así el bosque no es solo una congregación de árboles. Mucho más que eso, el bosque es el espíritu del bosque, que se manifiesta en todas las formas vivas que contiene y en todos los fenómenos que tienen lugar en sus inmensidades sombrías. De esta espiritualización del mundo nació una mitología riquísima, algunos de cuyos personajes sobreviven todavía. Uno es el Trauco, que no es ese enano feo y libidinoso con el que muchos lo caricaturizan, sino el espíritu del bosque, al menos uno de los espíritus que pueblan el bosque. Como cualquier otra realidad espiritual, el Trauco se comunica con los humanos, esos pobladores del Sur de Chile que durante miles de años  de vida en el bordemar, han estado siempre mirando de reojo al bosque que se extendía a sus espaldas, temiéndolo  pero también respetándolo. ¡Hay tantas historias maravillosas de esta relación entre el Trauco y los humanos! Una de ellas es la de la caca del Trauco, que más que una feca es una señal sagrada que el Trauco deja en los límites de su territorio para advertir de su presencia y sugerir quién es el dueño de aquellas soledades.

Por todo esto, la caca del Trauco no es simplemente el sincitio ameboide del moho mucilaginoso Physarum polycephalum. Es eso, claro que sí, pero también es algo más. Es la señal que nos recuerda la existencia de una realidad espiritual, el Trauco, espíritu del bosque. Además de sus ácidos nucleicos, proteínas, fosfolípidos, y todo el aparataje de una biomasa celular, ese montoncito de materia de color amarillo vivo y apariencia muy húmeda y frágil, es una señal que nos llega desde lo profundo del bosque, y que inspira en nosotros respeto ante misterios que nunca podremos comprender si nos limitamos a usar un lenguaje instrumental. Al menos eso es, todavía hoy, para muchos campesinos chilotes que cuando la encuentran en lo alto de un viejo tronco caído, en la mañana húmeda, cuajada de rocío, la queman ceremonialmente y permiten que, al menos durante unos minutos, el misterio de lo trascendente, de lo que no es visible, ni siquiera lógico, los penetre.

También es ese misterio para mí. Cuando empecé a ver cacas del Trauco en Duhatao sospeché enseguida que podía tratarse de un Mixomiceto. Pero también sentí que en aquellos fenómenos había un mensaje trascendente que me llegaba del bosque cercano, y que yo compartía con mis vecinos campesinos de la zona. Me llené de curiosidad a la vez que de respeto. De alguna manera nada lógica, me sentí saludado y reconocido por una realidad espiritual que, como tal, estaba fuera del espaciotiempo.

domingo, 3 de mayo de 2015

30.000 años de miradas cómplices

La palabra CÓMPLICE está referida a  la relación entre dos seres humanos, y denota la disposición de ambos a compartir planes, secretos,  emociones, manteniéndolos en su mutua intimidad. Puede hacerse extensiva a la relación entre dos seres animados, como un humano y su perro, siendo éste el caso que trataremos extensamente aquí.

Procede del verbo latino complecti, que significa entrelazar, plegar, y que a su vez resulta de la fusión de dos palabras latinas, el prefijo  com, que denota la condición de juntar o juntarse,  y el verbo plectere, que significa tejer. Cómplices son aquéllos que se juntan, se entrelazan, en algo y para algo.

Forma parte esta palabra de una gran familia con las mismas raíces. Así COMPLEJO, como opuesto a simple, denota un ente constituido por partes que no están simplemente yuxtapuestas, sino integradas en un todo, entrelazadas. COMPLICADO es un ente cuya complejidad se nos ha hecho difícil de desentrañar o desenredar. Etcétera.

El concepto de cómplice es netamente heracliteo, en cuanto a que tiene dos caras opuestas. En su cara mala,  cómplices son los que se juntan para llevar a cabo algo deshonesto. Pero en su cara buena cómplices son los que están ligados por lazos firmes y exclusivos que se derivan del amor o la amistad que se tienen. La complicidad es fundamento, condición sine qua non, de ese amor y esa amistad.  Un fenómeno necesario para su existencia es el intercambio de miradas, difícilmente puede haber complicidad sin miradas cómplices. En éstas, los ojos del uno se enfrentan directamente con los del otro, sin ninguna reserva o vacilación. Los respectivos ejes ópticos están perfectamente coalineados, y a través de estas trayectorias inmateriales se transmiten e intercambian torrentes de empatía que no son compartidos, ni siquiera observados, por nadie más que los dos cómplices que se miran.

Mary Cassat (1906).- Joven madre dando de mamar a su bebé.

El arquetipo de las miradas cómplices entre humanos es el que liga a una madre con su pequeño hijo lactante. Ellos dos, solos como están frente al resto del mundo, intercambian continuamente miradas de amor que lo son de complicidad. Los científicos han probado (Ross y Young, Frontiers in Endocrinology, 30, 534, 2009) que  estas miradas cómplices inducen en el mirado, sea madre o bebé, la producción de la hormona oxitocina. La cual, a su vez, excita a la madre o al bebé haciéndolos mantener sus miradas cómplices llenas de amor, además de potenciar la producción de leche por la madre y el apetito de beberla por el bebé. Se genera así un mecanismo de retroalimentación positiva, un círculo virtuoso que a través de la complicidad entre los dos cerebros, mediada por los ojos, asegura que los dos cuerpos desarrollen de un modo óptimo sus funciones, alimentar y ser alimentado, para que así el bebé pueda sobrevivir y crecer.


La oxitocina se produce en el hipotálamo, parte de ella migra al cerebro donde causa multitud de efectos todavía mal tipificados, muchos de ellos relacionados con vivencias de amor y amistad, y otra parte va al torrente sanguíneo desde el que alcanza a muchos órganos a los que estimula. Esto sucede no solo en los humanos, sino en una mayoría, si no en todos, los mamíferos

Lo que tenemos aquí es una compleja y sutil interacción entre el cerebro y el resto del cuerpo. O lo que es lo mismo, entre el alma y la carne según el decir religioso, entre la cabeza y el corazón según las antropologías antiguas, entre el pathos griego, que es pasión, y el logos también griego, que es  pensamiento.

Pues bien, algo parecido a lo que sucede entre la madre y su bebé es lo que ha venido sucediendo durante los últimos 30.000 años entre los perros y sus amos humanos. 

Enterramiento de Shamanksii Mys,
 en Siberia. Un hombre con su perro.
El perro es el animal que primero se sometió a un proceso de domesticación. Según los arqueólogos esto pudo tener lugar hace unos 30.000 años, en pleno Paleolítico, cuando los humanos eran todavía cazadores/recolectores, convivían con los Neanderthales y el esplendor neolítico de la agricultura quedaba muy lejos en el futuro. Los perros, Canis lupus familiaris, son una subespecie del lobo gris,  Canis lupus, con el que muestran interfertilidad. Probablemente la domesticación de los perros fue más inducida por estos que buscada por el hombre. Manadas de lobos paleolíticos acecharían por las noches el fuego de los campamentos humanos donde se asaba la carne procedente de la caza. Los restos desechados por los humanos, huesos con hilachas de carne y tuétano, vísceras y otros despojos, serían arrojados a las afueras de los campamentos, donde los lobos se los comerían. Se desarrollaría así un comensalismo estable de familias de Canis lupus respecto a familias de Homo sapiens. Cachorrillos de lobo sin madre serían adoptados por los humanos, quizá como juguetes de sus niños. Empezaría así a desarrollarse una relación estable entre ambas especies. A cruzarse miradas de complicidad, que pronto derivarían en afecto y lealtad. El caso es que en los enterramientos paleolíticos en que se han encontrado esqueletos de animales estos son casi siempre perros, los cuales aparecen enterrados junto a hombres que pudieran ser sus amos pero también en solitario, lo que sugiere que los perros podrían haber sido considerados por los humanos paleolíticos tan próximos a ellos que fueran merecedores , como los mismos  hombres, de la aspiración a una vida eterna en aquella cosmovisión shamanista que los humanos del Paleolítico tenían.

Hace unas semanas, en su número del 17 de abril, la revista americana Science publicó un trabajo del equipo japonés del profesor Kikusui que confirma la existencia de una relación a la vez afectiva y hormonal entre los humanos y sus perros, que no se da con los lobos. Se estudiaron parejas de humanos con sus perros o lobos, en este último caso ejemplares de lobos que habían sido criados en cautividad. Y se demostró que entre hombre y perro existe la misma relación sinérgica que liga la mirada cómplice/afectiva con la producción de oxitocina que se da entre la madre humana y su hijo lactante. También se probó que esta relación no existe entre hombres y lobos, que ni intercambian miradas cómplices ni producen oxitocina como consecuencia.

Yo llevo toda mi vida experimentando esta relación de complicidad en la mirada de mis perros, pero en particular se me mantienen vivos los recuerdos de mis últimos veinte años con tres perros, Remo, Paco y ahora Curro.

                  REMO                                                     PACO                                           CURRO

Remo fue mi perro durante muchos años, ya he escrito en este blog una entrada sobre él (Amistad, 9 febrero 2011). Cuando en invierno yo trabajaba en mi estudio, se pasaba las horas dormitando, echado a mis pies. Pero si se me ocurría mirarlo abría los ojos en ese mismo instante y me miraba él a mí. Estas miradas lo eran de complicidad y de afecto. 

Luego Paco fue el perro de una de mis hijas, cuando ella voló del nido familiar él se quedó en casa, convirtiéndose en nuestro perro. Finalmente siguió viviendo en solitario conmigo hasta que hace dos meses murió. En ese intervalo de soledad compartida terminamos convirtiéndonos en dos amigos, y lo hicimos a través de nuestras miradas cómplices, en el silencio. Su muerte me resultó tan insoportable, tan inaceptable, que el mismo día que lo enterré busqué en una página de Internet un perro de su misma raza que se pareciera lo más posible a él.

Así encontré a Curro, en un refugio para animales. La vida de Curro había sido accidentada y algo triste. Vivió desde cachorro hasta que tuvo año y medio con un dueño que era viejo y finalmente murió. Sus herederos, que ni siquiera vivían en el mismo pueblo, deshicieron la casa y abandonaron a Curro en la calle. Así estuvo casi un año, viviendo de la caridad de los vecinos, hasta que lo recogieron en un refugio del que yo lo rescaté. Ahora empiezo a desarrollar mi amistad con Curro, y los avances vienen marcados por el grado de complicidad y empatía de nuestras miradas. Curro progresa, pero todavía no ha llegado al nivel que sé que alcanzará. No es que todavía no me mire, pero cuando lo hace suele ser en petición de algo, y no por el puro deseo de compartir una complicidad, una amistad.
                                PACO                                                                      CURRO






La relación cómplice/afectiva con un perro te ayuda a luchar contra la soledad. Mi madre, gran aficionada a los perros, me lo decía así: "si tienes un perro en tu casa siempre tendrás, repares en ello o no, una mirada amistosa que te apoyará en tu  transcurrir por el mundo sin pedirte nada a cambio".

La domesticación de los animales, iniciada con el perro, fue un paso decisivo en el desarrollo cultural de la humanidad. El perro prestaba servicios importantes al hombre primitivo, uno de ellos el de sus ladridos, que están llenos de matices y eran así capaces de anunciar el tipo de peligro o amenaza que los perros habían detectado. Los lobos, por cierto, no ladran, solo lo hacen cuando son cachorros. El perro ayudó al hombre a ser cazador, luego a pastorear sus rebaños de vacas o cabras, finalmente a vigilar y guardar los primeros poblados neolíticos. Sin el perro, todas estas etapas decisivas habrían sido más difíciles de realizar. Desde entonces, además de cumplir con todas estas funciones, el perro fue compañero inseparable del hombre, amigo fiel, de esos que jamás te fallarán.

(Datos tomados de Wikipedia)
Hoy sigue siendo así. Junto a los 7.000 millones de humanos que pueblan la Tierra hay 400 millones de perros, que desempeñan funciones muy variadas, como la caza, el pastoreo, la vigilancia, la acción policial, la ayuda a inválidos, la compañía a personas solitarias, la amistad a niños, etc. En el cuadro que sigue he recopilado los datos de las distintas poblaciones de animales que pueblan hoy el mundo. En él puede verse cómo los animales salvajes han sido arrinconados a un papel que casi es simbólico. Esta es una huella más del paso del hombre sobre la Tierra, de su dominación absoluta sobre los demás animales, quizá con la única excepción de los insectos. Si algún día se resuelven los problemas de superpoblación y se controla el cambio climático, la población humana sobre la Tierra se habrá reducido a la mitad, y las poblaciones de animales domésticos incluso más. Esto, de acontecer por una vía pacífica, no podrá alcanzarse hasta mediados del siglo XXII. Para entonces el papel de los perros habrá cambiado completamente. Ya no habrá caza ni necesidad de perros en la ganadería, pero los papeles del perro como amigo y compañero del hombre pueden haberse enriquecido  mucho, de modo que los perros les sean a los humanos de ese futuro tan indispensables como nos han venido siendo hasta ahora o más.

Pero también puede suceder que el camino de la Tierra y sus habitantes hacia el siglo XXII sea mucho más apocalíptico, lleno de guerras y conflictos interminables. Pienso en esta posibilidad cuando veo el trato que reciben perros, gatos y otros animales mascota en nuestra sociedad de hiperconsumo. Mucha gente considera a los perros mascota como un simple objeto de regalo y  termina abandonándolos en una carretera cuando ya les resulta simplemente incómodo tenerlos en casa. Como lo harían con cualquier otro de los numerosísimos objetos desechables con que rodean sus vidas. Hace ya tiempo que la humanidad empezó a entrar en la civilización de lo desechable. Nuestro gran lema es "usar y tirar", como mínimo "usar y renovar". Cuando pienso en esto me duele por mis queridos perros, pero me asusta por lo que pueda llegar a pasarle a los humanos. Una civilización que no respeta a un animal amigo del hombre tampoco respetará al hombre mismo.

Cuando hace unos días hablaba con una amiga, también aficionada a los animales, de esta semejanza de humanos con perros en cuanto a la existencia de un mismo círculo virtuoso neuroendocrino que liga a la oxitocina en órganos del cuerpo con el afecto en la mente, ella me decía que de alguna forma este descubrimiento la hacía sentirse triste, porque revelaba cómo, en definitiva, los humanos como los perros no somos sino máquinas movidas por las hormonas. Yo le respondí que lo veía exactamente al revés. Cuando los perros empezaron a observar al hombre desde las orillas de los campamentos, no fue una súbita corriente de oxitocina la que los llevó a buscar la amistad de los humanos. Tampoco creo que fuera una mutación darwiniana en alguno de los genes que regulan el comportamiento. Sino una intuición en la mente del perro, y desde ella la voluntad de buscar la amistad del hombre, poco a poco, con obstinación, o lo que es lo mismo, con fe.

Y me parece que la mayor amenaza que tenemos los humanos por delante es que lleguemos a considerarnos a nosotros mismos como simples máquinas pensantes, con diferencias solo cuantitativas, nada cualitativas, respecto a un computador. Y cómo es de importante para nuestra supervivencia que desarrollemos un nuevo humanismo que ya no sea antropocéntrico, sino que incluya a todos los animales y plantas y protistas que pueblan la Tierra,  a esta misma con sus rocas y sus aguas,  hasta al Universo entero con todo lo que contiene, hasta a los misterios que puedan estar más allá. Un humanismo quizá contemplativo, basado en el respeto y la amistad universal, algo así como un Jainismo puesto al día.

En esta ambición nos ayudará nuestra fidelidad a los perros, nuestra confianza en ellos, el camino que nos muestran con su amistad incondicional, con su afecto. Saldremos de nosotros mismos, de nuestro antropocentrismo tantas veces ecocida y así quizá aprendamos a apreciar y respetar todo lo que es natural no siendo humano. Ese día quizá lleguemos a darnos cuenta de lo que verdaderamente vale un hombre.


sábado, 23 de marzo de 2013

La hipótesis parapsicológica


No entiendo por qué muchos que presumen de tener una mente racional se niegan a aceptar la posibilidad de existencia de modos de energía que nos son totalmente desconocidos.

Van Gogh (1889) La noche estrellada
Así vió Van Gogh con su genio una noche estrellada

Es de noche y contemplo el cielo estrellado. Allí arriba luce bellísima Sirius, la estrella más brillante del cielo. Esa luz suya que yo estoy viendo salió de Sirius hace casi nueve años. Nació de explosiones termonucleares en las que los átomos de hidrógeno (1 protón) se fusionaron en un complicado proceso para formar átomos de helio (2 protones y 2 neutrones), generándose a la vez una enorme cantidad de energía, parte de la cual lo es en forma de la luz blanca que me está llegando de la estrella. Algo parecido sucede en el fogón de una cocina de leña chilota. Parte de la madera, es decir, de la materia implicada en el proceso, una parte ínfima en este caso, se convierte en energía térmica, otra forma de onda electromagnética capaz de viajar por el espacio, aunque cubriendo distancias mucho más cortas que la luz. Lo esencial de estos dos procesos es que la materia se convierte en energía, la cual viaja por el espaciotiempo y a su vez, puede reconvertirse en materia. Esto último es lo que sucede en el ciclo solar, donde la energía luminosa procedente del Sol engendra y nutre en nuestro planeta Tierra a toda la biosfera.

 Demos ahora un triple salto mortal hasta el ámbito de lo psicológico, que tiene como asiento la materia cerebral pero que también contiene formas de energía, a las que llamaré mentales, cuya naturaleza no ha sido estudiada todavía.

Todos tenemos la experiencia de procesos mentales que manifiestan intensidades variables. Se trata de los que llamamos emociones o sentimientos los cuales, como el amor, la rabia, la angustía o la alegría, pueden ser más o menos intensos. Están ahí dentro, los experimentamos en nuestra propia carne, empezando por el cerebro y terminando por muchos otros elementos sensibles de nuestro cuerpo. Pero lo desconocemos prácticamente todo acerca de su naturaleza. ¿De qué están hechos, cómo se transmiten? Se trata de dos problemas bien distintos y yo me voy a centrar en el segundo.

¿Pueden transmitirse los estados de ánimo de persona a persona? Sin duda. Esto se aprecia claramente entre personas a las que une una gran intimidad, como una madre con su bebé o una pareja de enamorados. Desconocemos las claves de esta transmisión, pero seguramente lo que se transmite no son señales indiscriminadas, captables por cualquier cerebro cercano al cerebro emisor, sino que solo pueden ser reconocidas por un cerebro específicamente entrenado para ello, empleando una imagen radiofónica, un cerebro sintonizado. Los enamorados captan cuándo el otro está triste, la madre intuye cuándo su hijo tiene un problema, hay gente con enormes capacidades innatas para captar las emociones de cualquier otro, etc.

La hipótesis más simple sobre el mecanismo de captación e interpretación de estas señales mentales supone que las señales se emiten mediante el lenguaje corporal y el que las capta e interpreta tiene una especial capacidad para percibir a través de los sentidos el significado emocional de ese lenguaje corporal, articulado en los movimientos de distintos órganos del cuerpo: ojos, boca, ceño, brazos, piernas; en la producción de sudoración; en la textura o temperatura de la piel; etc.

Pero también podría haber algo más. En la línea de lo que sugiere Bergson, las emociones podrían generar campos de una misteriosa por desconocida energía mental, extensibles a una cierta cantidad de espacio y capaces de atravesar dentro de él cualquier materia, alcanzando así un cerebro receptor capaz de detectar estos campos, que así inducirían en él una respuesta emocional.

J.B. Rhine (1898-1980)
Esta es la hipótesis que ha sometido a prueba esa disciplina tan denostada por los científicos que es la Parapsicología. Hasta ahora no ha tenido éxito, es decir, no ha sido capaz de diseñar experimentos cuya reproductibilidad esté fuera de toda duda. Pero parapsicólogos cuya probidad científica y rigor experimental son indiscutibles, como J.B. Rhine, han descrito algunos casos de mediums cuyos resultados adivinatorios estaban muy por encima de lo que podría esperarse por puro azar, y ello de una forma consistente a lo largo del tiempo.

Al no haber sido capaz de proponer experimentos universalmente reproductibles, la Parapsicología ha fracasado como ciencia, y todo lo paranormal es visto por los escépticos de buena voluntad como rodeado de un halo de superstición.

Pero bien podría suceder que esa misteriosa y denostada energía mental, que se expresa mediante campos, tuviera un umbral tan bajo para nuestros sistemas actuales de detección que el ruido de fondo hiciera casi imposible la realización de experimentos reproductibles.
Ocurriría entonces que solo se pondría claramente de manifiesto en dos circunstancias bien distintas:
a).- En individuos con la capacidad innata de detectar campos muy débiles de esta energía mental, que serían los que habitualmente se han designado como mediums o adivinos, gente con “poderes” de cuya existencia hay pruebas abundantes.
b).-En circunstancias donde emociones extraordinarias, muy intensas, hacen que los emisores de esta energía mental, habitualmente personas corrientes, desarrollen un campo de fuerzas muy intenso, detectable por personas normales aunque caracterizadas como específicamente sensibles a los campos de energía mental del emisor. Aquí entrarían algunos de los muchos casos de telepatía que se han descrito.

Un campo magnético. El imán se esconde debajo de un papel
blanco, sobre el que se disponen limaduras de hierro que
se ordenan según lo manda el campo de fuerzas.

Cabe también la posibilidad de que esta misteriosa energía mental, todavía presente y biológicamente necesaria en muchas especies animales, haya sufrido una evolución regresiva en Homo sapiens como consecuencia del desarrollo del lenguaje y otros sistemas de comunicación, que la han ido haciendo más y más innecesaria y como consecuencia de ello más y más débil y difícil de detectar.

En cualquier caso, para mí el problema sigue abierto, porque además una mente científica que se precie de tal debe estar siempre abierta al misterio. 

Ya lo dejó dicho Isaac Newton: “I do not know what I may appear to the world, but to myself I seem to have been only like a boy playing on the sea-shore, and diverting myself in now and then finding a smoother pebble or a prettier shell than ordinary, whilst the great ocean of truth lay all undiscovered before me”. (“No sé que puedo parecerle al mundo, pero yo me siento como un niño que ha estado jugando en la playa y disfrutando al descubrir antes o después un guijarro más pulido o una concha más bonita de lo habitual, mientras que el gran océano de la verdad permanece inexplorado ante mí”). 

Las cartas de Zener, usadas en experimentos parapsicológicos
de adivinación a distancia.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El Nguillatun y la antena de telefonía.



En las cercanías de Temuco, junto a la carretera de Chol-chol, se alza una colina, la más alta de la vecindad, desde la que se  divisa un amplio panorama. Actualmente está ocupada por una propiedad privada, pero desde hace mucho tiempo vino siendo un lugar ceremonial mapuche, donde la comunidad se reunía para rezarle o agradecerle al Ngenechen, el espíritu supremo, equivalente al Manitú de los amerindios norteamericanos, al que tantas veces oímos mencionar de pequeños en las películas de “pieles rojas” made in Hollywood.

La creencia mapuche es que el Ngenechen contiene, de alguna forma inexpresable, cuatro realidades espirituales: el hombre viejo, la mujer vieja, el hombre joven y la mujer joven. A mí se me ocurre pensar que esta suerte de teogonía familiar simboliza algunas cosas muy importantes: el transcurrir del tiempo de vida, desde la juventud a la vejez; el soplo creador, que necesita de los dos sexos para engendrar nuevas criaturas; y el amor, que encuentra su más alta expresión humana en el que se tienen un hombre y una mujer.

Podríamos llamar a este lugar ceremonial un Nguillatun. Definían su naturaleza las cuatro estatuas de madera que aparecen en la foto de esta entrada, toscamente talladas en cuatro troncos, y representando de izquierda a derecha la mujer vieja, la joven, el hombre viejo y el joven.

Quizá yo tenga un sentido acusado de lo sagrado, pero aquellas estatuas, en el día frío, gris y ventoso en que pasé junto a ellas, me inspiraron un gran respeto. Su soledad me impresionó.
Casi al lado de esta tétrada representante del Ngenechen habían instalado recientemente una enorme antena de una importante compañía de telefonía móvil. Superaba con mucho en altura a las estatuas del Nguillatun. Distorsionaba totalmente el paisaje sagrado, impedía, entre otras cosas, que en las ceremonias celebradas allí pudieran verse sin obstáculos los cuatro horizontes, elementos importantes de la cosmovisión mapuche.

No tengo pruebas gráficas de lo que digo. No saqué fotos de la gran antena de comunicaciones. No lo hice porque ni siquiera lo pensé, hasta ese punto estaba mi atención capturada por las estatuas.

Luego me explicaron que allí se habían celebrado Nguillatun hasta que se instaló la antena, pero que la presencia de ésta lo impedía definitivamente. Esto me pareció un símbolo de la confrontación que sigue teniendo lugar entre nuestro mundo tecnológico y una cultura campesina como la mapuche. No es que no la respetemos, sino que ni siquiera la vemos, porque nos falta la sensibilidad necesaria para percibir todo lo sagrado que nos rodea. Y conste que me refiero a lo sagrado como una dimensión simplemente humana, no necesariamente religiosa. Todo eso que es sagrado porque nos suscita una emoción inexpresable, desde la que percibimos la presencia misteriosa de algo digno del máximo respeto.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Amerindios indispensables

Bandera del Consejo de Todas las Tierras de los Mapuches

Otra vez estoy a punto de dejar Chiloé por una temporada. En este viaje he tenido la oportunidad de contactar más de cerca con el mundo mapuche, no en Chiloé sino en Temuco. Lo que quiero decir aquí es que esta experiencia me ha ayudado a comprender muchas cosas, que por ahora tienen que quedarse para mí.

Puedo declarar, lo he visto bien claro, que Chile, Chiloé y más en general toda la América Latina tienen un inmenso tesoro en las culturas de los que se han llamado Pueblos Originarios, es decir, los Amerindios, los primeros pobladores humanos del continente americano. Estas diversas culturas, todas con un tronco común, persisten en Latinoamérica con fuerza, como un árbol cruelmente talado pero con renuevos vigorosos. ¿Por qué son un tesoro? Por lo que encierran de diversidad cultural, de puntos de vista radicalmente diferentes a los de Occidente respecto al cómo y por qué estar en el mundo.

Concretando más: la cultura mapuche, bastante bien definida; lo que queda en Chiloé del alma williche; y posiblemente muchos otros  renovales de culturas amerindias, representan una aproximación holista al cómo afrontar ese “estar en el mundo” que es el vivir. En contraposición a la aproximación  reduccionista que ha imperado en Occidente desde los griegos (inventores del átomo, ese “ya indivisible” que es la culminación del reduccionismo), los cristianos (inventores del individuo, ese átomo social portador del libre albedrío y que puede salvarse o condenarse él solo) y los romanos (fundadores del Occidente imperialista, ese “divide y vencerás de Julio César, precursor en lo político de Maquiavelo y en lo filosófico de Descartes y de toda nuestra Ciencia).

Ese holismo, vivido hoy todavía por muchos amerindios, representa una fuente de inspiración para encontrar caminos nuevos que ofrezcan soluciones a un Occidente que se está muriendo de viejo y de poderoso. En la perspectiva amerindia, individuo y comunidad son una misma cosa, cuerpo, psique y espíritu forman parte del mismo todo, el humano y la naturaleza son inseparables. ¡Diablos!, pero si por ahí precisamente es probable que discurran los caminos que estamos buscando…

Conocerlos, respetarlos, escucharlos, comprenderlos, todo eso como mínimo, es lo que tenemos que empezar a hacer con nuestros queridos Amerindios indispensables.

jueves, 21 de julio de 2011

Machis de Chiloé (y 6).- Cuestiones de género

El universo chamánico está lleno de realidades espirituales. Animales, plantas, ríos, montañas, todos los componentes de nuestro entorno físico, del plano central del universo en el que vivimos, tienen su espíritu. El plano inferior de este universo, el inframundo, también está lleno de realidades espirituales, las más de entre ellas con tendencia a la malevolencia. Como lo está el plano superior, el del supramundo, donde además de los dioses hay muchas realidades espirituales  benevolentes. Los espíritus de los muertos vagan a su vez por todos estos entornos.

En un universo así, un individuo humano puede tener múltiples almas, es decir, albergar múltiples realidades espirituales. Además del alma por antonomasia, esa que es el asiento de la conciencia, se han propuesto en distintas culturas chamánicas  categorías de alma adicionales, algunas de ellas con gran contenido poético, como el alma-sombra, que se revela por la fuerza de la luz del Sol, o el alma-reflejo, a la que, como Narciso, vemos cuando nos asomamos a una laguna escondida; las dos nos muestran algo de nuestra condición de personas, que sin su ayuda seríamos incapaces de ver.

La concepción de que el alma o las almas acompañan al cuerpo pero no tienen una ligazón indestructible con él, resulta en la creencia en la inmortalidad, una vida espiritual después de la muerte. También está en la base de la transformación que el candidato a chamán tiene que experimentar para llegar a convertirse en chamán. Tiene que morir, incluso en su cuerpo de alguna manera incomprensible, para renacer como chamán, y en este renacimiento su espíritu o su conjunto de almas han experimentado una profunda transformación y ya no son lo que habían sido antes.

Dentro de esta cosmovisión chamánica, en la que lo espiritual, que no lo material, es el asiento último de la realidad, el género al que un individuo humano pertenece también tiene su interpretación. El chamanismo diferencia el género del sexo. El sexo es una condición material, que viene determinada por la presencia en el individuo de órganos sexuales que tienen que ser masculinos o femeninos, salvo en los rarísimos casos de hermafroditismo. El género es una condición espiritual; hay cuatro géneros fundamentales: masculino, nomasculino, femenino y nofemenino. El género nomasculino se correspondería, en nuestro lenguaje actual, con la homosexualidad masculina, el nofemenino con la femenina, aunque ambas condiciones van, en el chamanismo, mucho más allá de lo que es una simple inclinación sexual.

Pareja de berdaches Navajos, una etnia amerindia
 del SW de USA
Llego por fin al núcleo de lo que quiere ser la entrada que hoy escribo. ¿Qué relación hay entre el género a que se pertenece y la posibilidad de llegar a ser un chamán? Cualquier género puede devenir en  chamán. En el chamanismo siberiano abunda los chamanes tanto masculinos como femeninos, también en el chamanismo mapuche de los/las machis, al menos en el de los tiempos antiguos. Pero hay una característica singular, presente en la mayoría de las culturas chamánicas, desde luego en la mapuche, que consiste en la predilección del género nomasculino para ser chamanizado. No voy a entrar en ofrecer explicaciones razonables para este fenómeno, que desbordarían mis escasos conocimientos. Pero en lo que conocemos del chamanismo mapuche más reciente, los chamanes más abundantes son nomasculinos o femeninos. En las culturas chamánicas de Norteamérica , el sesgo hacia los chamanes nomasculinos es todavía más pronunciado. Y en la inmensa mayoría de las culturas chamánicas siberianas están presentes los chamanes nomasculinos. Tan universal es el fenómeno que los antropólogos han dado a los chamanes nomasculinos el nombre de variante de género (gender variant), también el de Berdache, derivado del español Bardaje, que significa sodomita paciente, y que fue el apelativo que inicialmente les dieron los conquistadores españoles.

Me remito al interesante trabajo de la antropóloga chilena Ana Mariella Bacigalupo para un conocimiento más completo de este tema.

En los tiempos antiguos, los/las machis salvaguardaban totalmente a las comunidades mapuches a las que servían. Para ello desempeñaban múltiples roles, de los que dos más importantes eran defenderlas de sus enemigos y sanarlas. De ellos se derivaban dos especialidades, el chamán guerrero y el chamán sanador. El primero acompañaba a los hombres en expediciones militares, un papel que desempeñaban bien los machis nomasculinos. El chaman sanador solía pertenecer al género femenino, era una machi. Cuando en el S. XVII los españoles desistieron de doblegar a los mapuches, todavía abundaban los machis nomasculinos, de cuya presencia también es testigo, en el S. XIX, Tomás Guevara, que describe la situación de los mapuches cuando acaban de ser doblegados militarmente por el ejército chileno. Después y hasta el día de hoy, solo hay referencias de machis femeninas, quizá porque la actividad guerrera ha cesado, o porque una cierta intolerancia contra el berdache va apareciendo en una sociedad mapuche que no puede evitar cristianizarse, siquiera parcialmente. Son las machis quienes desempeñan actualmente  un rol, no solo de sanadoras, sino también de conservadoras y protectoras de la cultura mapuche. Larga vida y mucho éxito tengan en estas tareas.

Termino aquí la serie de entradas que he llamado “Machis de Chiloé”, centrada fundamentalmente en los orígenes y las características básicas del chamanismo mapuche, una de las muestras mejor conservadas del chamanismo planetario, ese importante movimiento espiritual que está en el origen de lo religioso. No he hablado nada de las machis de Chiloé, porque no las conozco, pero sí creo haber hecho la introducción que necesito para, el día que esté frente a alguna de ellas,  comprenderla mejor y respetarla.

jueves, 14 de julio de 2011

Machis de Chiloé (5).- Las machis como sanadoras

A partir de esta entrada en mi serie sobre las machis, empezaré a escribir más específicamente sobre ellas. Ya advertí al principio que jamás he conocido ni visto a una machi de cerca. Sin embargo, es mucho lo que puede leerse sobre las machis y yo, desde la distancia que separa a España de Chiloé, me comprometí a hacer este trabajo previo de digestión de la literatura. También se puede discutir y elucubrar  sobre los aspectos universales de lo que las machis hacen y representan.

Empezaré hoy con el tema de la sanación. Una machi es, por encima de todo, sanadora. La gente acude a las machis, principalmente, para ser curada de sus dolencias. Que lo son a su vez casi siempre del cuerpo, pero que también pueden serlo del alma, o la psique. Que incluso a veces las que aparentan ser solo somáticas son también psicológicas.

Sanación es, según el diccionario, la acción de sanar, y sanar es restituir a alguien la salud que había perdido. Para conseguir esto una machi utiliza las siguientes herramientas:

1).- Sus capacidades premonitorias (telepáticas), que le permiten hacer un diagnóstico del mal que afecta al paciente. Muchas veces le basta un examen organoléptico de la orina, pero esto puede ser, en parte, simple apariencia. Algo parecido al caso de una mujer que conocí en España, de oficio similar al de las machis, que aquí se nombra como curandera o adivina, de la cual ya he escrito en entradas anteriores. Cuando iniciaba una sesión con un paciente, le echaba las cartas; me confesó que ella no creía en las potencias adivinatorias del Tarot, y que simplemente lo utilizaba como un puente que le permitía iniciar un diálogo con el paciente en el curso del cual, con las capacidades psicoanalíticas y telepáticas que ella tenía, podía ir averiguando muchas cosas necesarias para poder ayudarlo.

2).- Sus conocimientos de medicina natural, en particular de curación mediante los principios activos con poder terapeútico que contienen las plantas.

3).- Sus capacidades de sugestión, de influencia directa sobre la psique del paciente. Una machi, como cualquier otro chamán, suele tener una fuerte personalidad. Para llegar a ser machi tiene que aceptar, como consecuencia de una enfermedad o de sueños terribles, que los espíritus la llaman a esa condición, y ponerse en camino hacia ella, lo que implica una transformación interior (un morir y un renacer) que puede ser muy dolorosa. Luego tiene que encontrar a una machi sabia y prestigiosa que le enseñe todos los conocimientos ocultos de su oficio, que invertir un dinero que muchas veces no tiene en esta educación y en su propia consagración como machi, que correr el riesgo de que la comunidad a la que quiere servir no confíe en ella, etc. Todo esto implica mucha fuerza de voluntad y mucha fe en sí misma y en esos espíritus que la han elegido. Lo que se traduce en una alta capacidad de sugestión y de convicción, que cuando aplicada a sus pacientes puede tener, por sí misma, efectos sanadores.

Emplearé el resto del espacio de esta entrada en aportar argumentos que ayuden a comprender lo que quiero decir respecto a las capacidades psicológicas que pueden tener las machis para sanar a los enfermos.

La medicina científica, una de las mayores construcciones intelectuales de la civilización occidental, cura enfermedades. La medicina chamánica, como otras medicinas tradicionales, sana enfermos. La diferencia de enfoque entre ambas es enorme, aunque hay médicos científicos que cuidan el aspecto sanador de su profesión, lo mismo que hay médicos chamánicos capaces de descubrir, mediante la experimentacón, nuevos principios terapeúticos de las plantas. Gregorio Marañón dejó acuñada una frase que define a los médicos científicos con talante de sanadores : “No hay enfermedades, sino enfermos”.
De manera que la lucha contra la enfermedad y la sanación del enfermo, no solo no están reñidas, sino que muchas veces deben ir juntas. Viajando yo en los 1980’s por Mali, me enteré de que el gobierno chino había enviado muchos médicos a este país africano, que trabajaban en “la brousse”, es decir, en la sabana sahariana o saheliana, con una gran carencia de medios técnicos y hospitalarios. Estos médicos tenían un alto prestigio entre la población porque, según me decían, practicaban tanto la medicina china natural (acupuntura, hierbas, etc) como la medicina científica, lo que les daba una gran potencia de sanación.

La conexión entre mente y cuerpo es sin duda muy íntima, aunque no se haya avanzado apenas en su conocimiento científico. Tengo un amigo que es médico anatomopatólogo en un hospital español. La medicina que él practica es 100% científica, ya que en su especialidad, que consiste en examinar cortes histológicos y cadáveres, no existe relación directa con el enfermo, es decir, no cabe la sanación. La mentalidad de mi amigo es absolutamente científica, tampoco cree en nada trascendente. Sin embargo, él me ha manifestado su sorpresa por un hecho que se da a veces en las autopsias que tiene que realizar a los cadáveres de pacientes que han muerto en el hospital. Algunos que ingresaron afectados por tumores muy avanzados o por una enfermedad cardiovascular irreversible  o cualquier otro proceso patológico incurable, y que han muerto, cuando examinados en una autopsia no muestran ninguna causa anatómica que justifique esta muerte: el corazón no está infartado, hígado, pulmones y otros órganos vitales mantienen su funcionalidad, etc. Posiblemente han muerto por un paro cardíaco para el que es imposible encontrar una causa fisiológica. Todo acontece como si estos pacientes hubieran decidido morirse, quizá inducidos a ello desde unas mentes que habían  perdido la esperanza, y con ella la voluntad de vivir. La recíproca podría ser cierta: la voluntad de vivir es capaz de ayudar al cuerpo en su lucha puramente somática contra la enfermedad.

Un organismo es un todo. La medicina científica ha abordado este todo con una aproximación reduccionista, la misma que se ha aplicado en toda la ciencia experimental, desde Descartes. Este abordaje ha tenido un tremendo éxito, pero el todo orgánico del individuo humano sigue estando ahí, todavía incomprendido aunque vivo y sano gracias al buen funcionamiento de sus homeostasis y sus sofisticados mecanismos de defensa. El cerebro, o la mente, participan naturalmente de estas autorregulaciones. Un cuerpo sano coexiste con una mente optimista, un cuerpo enfermo con una mente angustiada, estableciéndose así una conversación permanente, en las dos direcciones, entre el soma y la psique.

Muchos tumores se producen por mutación en un gen determinado. Las frecuencias de mutación en sitios específicos del DNA de un gen tienen una frecuencia espontánea del orden de 10-8, lo que significa que en una población de 108 células, una suele ser mutante, por tanto, en el ejemplo que estoy poniendo, cancerosa. Pero en el cuerpo humano hay 1014 células. De acuerdo con las cifras anteriores, hasta 106 células de un  cuerpo humano podrían estar mutadas a cancerosas en un momento determinado. Aun aceptando que esta estimación pueda ser exagerada, la conclusión inescapable es que a lo largo de la vida de cualquier individuo humano, miles de células se convierten una a una, en distintos momentos y órganos del cuerpo, en cancerosas. Si no terminan derivando en tumores es porque los mecanismos internos de defensa del organismo, el sistema inmunitario y otros, neutralizan a las células cancerosas antes de que los microtumores incipientes alcancen un tamaño que convierta su crecimiento en irreversible. Pero la eficacia de estos mecanismos de defensa puede depender del tono vital del organismo, un concepto vago que hace referencia a la eficacia de sus mecanismos internos de homeostasis y autorregulación. Tono vital que sin lugar a dudas está sometido a influencias tanto somáticas como psicológicas: un resfriado “baja tus defensas”, como se suele decir, pero también lo hace una depresión o un estado de angustia.


La medicina científica lleva años investigando las conexiones entre el sistema inmunitario y el cerebro, habiendo cristalizado estos esfuerzos en una disciplina a la que se ha dado el nombre de Psiconeuroinmunología

Es al nivel psicológico donde una machi, con su fuerza mental, suficiente para influir sobre la voluntad de su paciente, estimulándolo, sugestionándolo y quizá hasta subyugándolo, puede ejercer una acción sanadora. No cura la enfermedad, pero contribuye a la sanación del enfermo, convenciéndolo de que es él, con la ayuda de los espíritus hasta los que la machi ha viajado, quien puede sanarse.


Una célula cancerosa (la masa de forma irregular y muy espiculada  señalada con la flecha celeste) ha sido identificada por dos macrófagos (células blancas más pequeñas, señaladas por las flechas amarillas). Los macrófagos, que forman parte del sistema inmunitario, inyectan toxinas en la célula cancerosa y la matan.
Las células todavía más pequeñas con forma lenticular son glóbulos rojos. Tomada de ref 

sábado, 9 de julio de 2011

Machis de Chiloé (4).- Chamanismo

Arqueología y genética han probado que el poblamiento de América se hizo desde el NE de Asia, probablemente en dos etapas: en los máximos de la última glaciación, hace entre 25.000 y 30.000 años, un grupo de humanos del Paleolítico siberiano quedó atrapado por los hielos en Beringia, donde sobrevivió durante varios miles de años, sin poder volver a Asia o penetrar en América; hace unos 20.000 años, cuando la glaciación empezó a declinar pero el deshielo no había sido todavía suficiente para que el mar invadiera el estrecho de Bering, estos beringios emigraron rápidamente hacia el Sur, a lo largo de las costas americanas, llegando hasta la latitud de Chiloé en menos de 5.000 años.

Este parentesco genético e histórico entre asiáticos y americanos, ¿ha dejado algún rastro cultural en América, capaz de persistir hasta nuestros días? Sí. Este rastro es el chamanismo, una forma muy antigua de religión que a pesar de todas las vueltas y revueltas que ha dado la historia en los 15.000 años transcurridos, se sigue practicando por amerindios y siberianos en pleno siglo XXI.


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Chaman siberiano dibujado en el S. XVII por el explorador holandés Witsen

Durante casi 2.000.000 de años, desde que, separándose de los grandes simios, emergió el género Homo, hasta que hace 200.000 años éste cristalizó en la especie Homo sapiens, tuvo lugar un largo proceso de evolución biológica: bipedalismo, cambios en la estructura de la mano, con oposición del dedo pulgar a los otros cuatro, desarrollo del neocortex cerebral, cambios anatómicos en la laringe que hacen posible la emisión de sonidos complejos, etc. Culminadas  todas estas innovaciones anatómicas, se dispara en el Homo sapiens un rapidísimo proceso de evolución cultural, en el que estamos todavía inmersos: el cerebro humano es capaz de idear símbolos abstractos correlacionados con objetos reales, la laringe humana permite que algunos de estos símbolos se expresen en sonidos complejos, de este modo nace el lenguaje, haciendo posible la acumulación y transmisión de conocimientos que se concretan en culturas. A partir de este momento, se establece una separación neta entre los humanos y el resto de los animales, más aún, el conjunto de la naturaleza. Los humanos, simbolizados por la Biblia en Adán y Eva, se convierten en reyes de la Creación y terminan siendo expulsados del Paraíso, es decir, perdiendo la inocencia que hasta entonces los había mantenido unidos al resto de los animales.
Enterraniento de un Homo neanderthalensis
  en la cueva de Kebara, Israel.
Homo sapiens aplica desde muy pronto su capacidad de idear símbolos y conceptos abstractos a la investigación de un problema que lo obsesiona, el de la muerte. El humano sufre con la muerte de sus seres queridos, particularmente cuando estos son niños, que por ley biológica no deberían morir. La muerte se le hace intolerable y este hecho, unido a la pérdida de la inocencia ya citada, es lo que define la condición humana. Para mantener viva la memoria de los que han muerto, el humano los entierra haciendo uso de un ceremonial funerario. Este enterrar a los muertos es posiblemente el primer rito que los humanos inventan, mucho antes que la magia. La prueba está en que, proporcionalmente,  hay más vestigios de enterramientos en los yacimientos prehistóricos del Paleolítico que en los del Neolítico, siendo este último un período más avanzado en el proceso de humanización. También algunos hallazgos arqueológicos sugieren que no solo Homo sapiens, sino también Homo neanderthalensis, enterraba ya a sus muertos. Y por cierto, muchos de estos primeros  enterramientos lo son de niños o jóvenes, casi nunca de viejos.
Como la muerte le es intolerable y para mantener viva su esperanza, el humano se convence de que tiene que haber algo más allá de la muerte. A esto le ayuda también la realidad de su mundo onírico, la existencia, en ese reino de la fantasía que son los sueños, de figuraciones, premoniciones , revelaciones y sentimientos, muchas veces más intensos que los que se tienen cuando bien despierto. De aquí al descubrimiento de las realidades espirituales hay un solo paso. La construcción de un mundo de espíritus es, junto con la del lenguaje, las dos columnas sobre las que se basa el extraordinario progreso cultural del humano primitivo.

Enterramiento de un Homo sapiens en el yacimiento paleo-
lítico de Lepenskivir. Lo acompañan algunos grandes huesos
 de bisonte, quizá formando parte de un ceremonial funerario.
Los humanos descubren la religión. La primera construcción religiosa es el animismo, que impera todavía hoy en las sociedades más primitivas. El mundo y un más allá del mundo están llenos de espíritus. Todo lo que el humano percibe con sus sentidos tiene un espíritu: los animales que caza, los ríos en los que pesca, los arroyos de los que bebe, las rocas, los montes que a veces revientan airados en volcanes, los océanos, el cielo estrellado, yo, tú, él y ella, todo, absolutamente todo, tiene su contrapartida espiritual. También los muertos. Los espíritus de los muertos salen de sus enterramientos cuando se hace de noche, lo que aterroriza a los vivos, que no osan salir de sus chozas y poblados, protegidos por empalizadas y barreras de espinos. Estos sentimientos animistas, tal y como siguen vivos en el África de hoy, los ha descrito magistralmente el gran periodista polaco Kapuscinski en su libro “Ébano”: ese blanco de los ojos africanos que empieza a llenarse de nubes de terror cuando la noche los coge en despoblado.

Habría mucho que escribir sobre todo esto, pero tengo que limitarme a lo que me parece imprescindible.

El siguiente paso esencial en el desarrollo religioso de la humanidad es el chamanismo. Un paso gigantesco,  una tremenda aventura espiritual. Poniendo a toda máquina su capacidad de abstracción, los chamanistas desarrollan una cosmovisión que les permite trazar un mapamundi de los espíritus, apoyada en una idea de Dios, aunque la presencia de éste sigue siendo todavía secundaria, lejana.  La figura del chamán, que puede ser varón, mujer  o varón trocado en mujer, es esencial en el chamanismo. El chamán es simplemente el intermediario necesario entre los humanos y los espíritus. No es un sacerdote, sino un compañero de viaje, un embajador, un mediador. El mundo de finales del Pleistoceno, ése en el que impera el Paleolítico y donde los precursores de los amerindios están ya prisioneros de los hielos en Beringia, es un mundo chamanista.

Rewe ceremonial usado por las machis mapuches para aislar-
se del plano del mundo real, elevándose al eje del mundo. A
su derecha, un retoño de canelo, el árbol sagrado.
Mircea Eliade es el gran historiador de las religiones que nos revela la importancia central del chamanismo en la evolución religiosa de los humanos. La cosmovisión chamánica divide el universo en tres capas o planos, engarzados por un eje central, el Axis mundi. El plano superior es el de los dioses y los espíritus benevolentes, el intermedio el de nuestro mundo, el inferior el de los espíritus malevolentes, aunque esto es una simplificación que tiene sus matices, pues benevolencia y malevolencia son en la mayoría de los espíritus relativas, y como en los humanos, pueden coexistir. El chamán es un elegido por espíritus poderosos para llegar a serlo, pero su aceptación tiene que ser voluntaria, y pasa por una transformación profunda y dolorosa, que termina en un renacimiento, ya como chamán. La comunicación del chamán con los espíritus tiene lugar en lo que Eliade llama un “estado alterado de conciencia”, una suerte de éxtasis, facilitado por los elementos ceremoniales de la intervención chamánica. Entre estos pueden estar sustancias alucinógenas de origen vegetal, también estímulos musicales, producidos típicamente con el tambor ceremonial, y un relativo aislamiento físico (el chamán cubre sus ojos o se sube a una especie de escalera empinada que simboliza al árbol cósmico o eje del mundo). Una vez situado en este trance, el chamán viaja por los diferentes planos cósmicos al encuentro de los espíritus, particularmente de los relacionados con la encomienda que le han dado los humanos que, confiando en sus poderes, buscan una curación o una iluminación particular (adivinación). Valga esta síntesis apretadísima de lo que el chamanismo significa, pues en un blog no se debe llegar más allá, aunque en próximas entradas desarrollaré más algunos de estos temas.

Todo lo escrito hasta ahora en esta entrada ha sido una introducción necesaria a la afirmación fundamental que la entrada contiene: hay una proximidad asombrosa entre la fenomenología del chamanismo siberiano y la del chamanismo mapuche, es decir, entre cómo se comportan los chamanes siberianos y cómo lo hacen las machis mapuches o williches, también entre las cosmovisiones y cuerpos doctrinales correspondientes. Esta proximidad habla  a gritos no solo de un origen común, también de un parentesco estrecho.
Izquierda: mujer chamán siberiana. Centro: hombre chamán siberiano. Derecha: mujeres machi mapuches.

Los datos arqueológicos sugieren que en los finales del Pleistoceno, que se corresponden culturalmente con el Paleolítico, el Chamanismo se extendía como religión predominante por todos los territorios ocupados por Homo sapiens. Pero la evolución cultural de éste continuaba a un ritmo trepidante. Acabada la era glacial, el Paleolítico dio paso al Neolítico, que trajo en los valles de los grandes ríos de latitudes medias (Tigris, Eufrates, Indo) la revolución agrícola y el nacimiento de la vida urbana. En el mundo neolítico el chamanismo va siendo desplazado por formas religiosas más estructuradas; aparece la figura del sacerdote, intermediario de los dioses, que desplaza al chamán, intermediario de espíritus mucho más próximos.
Pero amplias regiones situadas en la periferia de los grandes centros neolíticos, como pudieron ser Europa Occidental y desde luego toda el Asia continental, la de las inmensas estepas, taigas y tundras, así como la América de los paleoindios, se mantienen en una cultura cazadora/recolectora cuyo soporte religioso sigue siendo el chamanismo. Los beringios que pueblan América a lo largo de la costa pacífica son chamanistas, y este chamanismo llega con toda su fuerza hasta el extremo Sur, el de los pueblos mapuches y williches, donde ha perdurado hasta hoy, así como en Siberia, con todas sus esencias originales.
Ello a pesar de muchas dificultades. En particular, de la neutralización ideológica aplicada en Siberia y China por el budismo y el comunismo, y en América por el cristianismo.

Este chamanismo mapuche/williche nos trae aquí, en el Sur de Chile y hasta nuestros días, unos valores religiosos que en buena parte del mundo se han perdido. Podemos oler su perfume y captar sus contenidos de Verdad, particularmente potentes en lo que se refiere a la relación fraternal de los humanos con el resto de la naturaleza. Pero de esto, que es tan importante, seguiremos tratando en próximas entradas.

Machi mapuche y chamán siberiano de nuestros días.