domingo, 28 de agosto de 2016

¿Nos estamos despeñando en los abismos del Antropoceno?



En el curso de un viaje reciente por el SW de USA, he tenido, en un momento dado, una extraña clarividencia. He aquí que está anocheciendo y me encuentro en un camping periurbano de la ciudad de Santafé, capital del estado de Nuevo México. El día ha sido muy caluroso. Nos hospedamos en una cabaña de madera de un camping inmenso y solitario, rodeados desde lejos por caravanas del tamaño de camiones de gran tonelaje, seguramente dotadas de todas las comodidades. Ha empezado a correr una de esas ligeras brisas de la tarde que, en circunstancias así, tanto bienestar aportan. Yo estoy sentado ante una mesita de jardín, al pie de la cabaña, mientras que mi familia va instalándose. El ambiente es apacible, abro el libro que estoy leyendo a lo largo de este viaje, “An image of Africa”, del gran escritor nigeriano Chinua Achebé. Empiezo a sumergirme en su ensayo “The trouble with Nigeria”, en el que va haciendo una disección de los problemas insuperables de su amada patria.

 Y en ese mismo instante me llega la iluminación.

Quizá es el conjunto de circunstancias que acabo de describir, las cuales me han permitido aislarme de la inmensa banalidad de lo inmediato, situándome en una esfera contemplativa, allí donde cualquier ventana misteriosa puede abrirse para tí en cualquier momento. El caso es que mis oídos empiezan a llenarse, poco a poco, de un bramido sordo que parece estar saliendo de las profundidades de la Tierra, aunque en realidad me llega a través de la atmósfera. Está hecho de innumerables explosiones producidas por los motores de miles de vehículos que circulan por las carreteras cercanas hacia dentro y hacia fuera de Santafé, en este tiempo vespertino que todavía es hora punta del tráfico. El contraste entre este bramido y el silencio apacible que por otra parte me rodea es inmenso. Quizá por ese contraste sucede que, misteriosamente, ambos van fundiéndose en una misma cosa, adoptando la forma de una contradicción insalvable. Y en el seno de esta disonancia salta dentro de mi cerebro una chispa, que es la de la iluminación y que se materializa en una sentencia muy breve:

Imposible que los humanos seamos capaces de controlar el cambio climático, imposible que podamos detener  la acumulación de CO2 en la atmósfera. La inercia que nos lleva hacia el desastre es inmensa, imparable, nadie es responsable de ella, y es por eso que nadie será capaz de detenerla”.

A pesar de lo ominoso de su contenido, una iluminación como la descrita te estimula, llenándote con una suerte de optimismo brillante difícil de describir, el que te produce haber descubierto algo que te  convence como una verdad. 

Enseguida te pones a reflexionar acerca de cómo se aplica este descubrimiento a ti mismo, a tu forma de estar en el mundo, a lo que haces y cómo lo haces. Tú eres plenamente consciente de la existencia de un cambio climático de origen antrópico, conoces los efectos indeseables que puede tener, más aún, que está teniendo ya. También sabes que todavía estamos a tiempo de detener este cambio climático, bastaría con que redujéramos a cero la acumulación de CO2 en la atmósfera. El único camino para ello sería reducir el consumo mundial de combustibles fósiles, carbón, petróleo y gas, lo que implicaría, inevitablemente, reducir el consumo de las energías derivadas de estas fuentes, que son la electricidad, la combustión en motores de explosión y los consumos domésticos de gas. Esto traería consigo cambios drásticos en los modos habituales de vida en las sociedades avanzadas y en aquellas otras que han entrado en un claro proceso de desarrollo tecnológico, es decir, en casi todo el mundo.

Ahora te interrogas sobre tu vida cotidiana. Estás en mitad del SW norteamericano, has llegado desde España hasta aquí en una aeronave que ha sobrevolado Groenlandia, consumiendo grandes cantidades de combustible y generando así un CO2 que ha ido vertiendo directamente a la estratosfera, precisamente donde más daño hace. Cuando vuelvas a tu casa usarás tu automóvil para un sinfín de desplazamientos, y como la ciudad en que vives está aplastada por un verano tórrido, tendrás casi permanentemente encendido el aire acondicionado de tu casa. Tampoco renunciarás a ninguno de tus numerosos electrodomésticos, todos ellos hambrientos consumidores de energía. ¿Estarías tú dispuesto a cambiar radicalmente de estilo de vida, reduciendo drásticamente tus consumos? Sabes que no, que serías incapaz de hacerlo, a no ser que te decidieras a encerrarte para siempre en el corazón de tu Chiloé tan querido, llevando allí una vida de campesino cuya única fuente de energía fuera la leña de tus bosques, que es renovable. 

Aun suponiendo que tú fueras capaz de tomar esa decisión tan drástica, ¿cuántos de tus convecinos en España podrían hacerlo? ¿Cuántos ciudadanos de Europa o el Mundo? Estás convencido de que prácticamente nadie.

Tu sensación de que lo que te ilumina es verdadero se refuerza algunos días después, cuando estás visitando el espléndido Museo Getty de Los Ángeles, situado en lo más alto de un cerro que domina todo el paisaje. Ves desde allí los formidables rascacielos de Los Angeles downtown hacia el Este, los bellísimos azules del mar Pacífico hacia el Oeste. Y cuando diriges tu mirada hacia el Norte contemplas algo así como una hendidura lejana que se abre entre dos cerros boscosos. Por su centro corre una anchísima autovía, cinco o seis carriles en cada dirección. La fotografías. Paralela a ella corre otra autovía secundaria de la que ves cuatro carriles que van hacia el Norte. Y esta impresionante estructura está llena de autos, incluso a esta hora temprana de una tarde de domingo en que te encuentras frente a ella.



¿Quién podrá detener este modo de vida, con todo el consumo, el derroche, la acumulación atmosférica de CO2, el cambio climático, que trae inevitablemente consigo? 

Nadie. 

Ningún político ilustrado, ningún dictador benevolente, ni siquiera todos los científicos o todas las iglesias o toda la gente de buena voluntad aliados en un esfuerzo común, ni siquiera ellos podrán conseguirlo a tiempo.

Porque lo que se nos echa encima es la última consecuencia de nuestra cultura tecnológica y consumista. Y cambiar una cultura es como arrancar una muela, solo se hace después de mucho tiempo de un dolor continuado que culmina en el dolor intenso y corto del sillón del dentista. Después de mucho tiempo de deterioro político, económico y social, que van pasando inadvertidos hasta que todo culmina en un final que, dramático o no,  marca ante todo la llegada de algo nuevo.

Algunos científicos han definido el cambio climático que ya está aquí como la llegada de un nuevo período geológico, al que han llamado Antropoceno, porque el agente causal de este cambio es la acción humana.

Como cualquier otro período geológico, el Antropoceno producirá convulsiones profundas en la faz de la Tierra, en la atmósfera y la biosfera. Estas convulsiones resultarán en sufrimiento para los humanos, en particular para los más pobres y desvalidos. También para multitud de otras especies vegetales y animales, muchas de las cuales desaparecerán. Abrirán a la vez, en lo más hondo de nuestros cerebros, interrogantes que nos harán buscar vías de salvación. Algunas de las decisiones que tomemos nos llevarán a los desastres de la guerra y la injusticia. Otras traerán compasión, solidaridad y todo un montón de valores que nos parecerán nuevos. Lo que ya ha empezado a acontecer será, en definitiva, no solo la irrupción de un nuevo período geológico, sino también de una nueva época cultural y social.

Yo no viviré su climax, pero estoy seguro de que sí lo harán mis nietos.

Concluyo bajo la convicción de que el cambio climático que viene no podrá detenerse, sino como mucho mitigarse. Es una conclusión muy dura, por lo que tiene de desesperanzada, pero nos sitúa en un marco de realismo que es condición necesaria para salvarnos.

No se trata de que los políticos y los poderosos no quieran detener el cambio climático, sino que no pueden hacerlo. La nave espacial que es nuestro planeta Tierra navega desde hace ya tiempo sin nadie a los mandos. La sala de control, allí donde deberían estar los mecanismos que permitieran dirigir su rumbo, esa sala de control, si es que existe, está cerrada para la entrada de los humanos, esos seres que somos todos nosotros y que se caracterizan por tener un cerebro, un corazón y una carne palpitantes.

Recomiendo la lectura de un libro muy lúcido que plantea esa necesaria actitud realista, “2052: A Global Forecast for the Next Forty Years”, publicado en 2012 y fácil de conseguir bajo formato Kindle a un precio razonable. Su autor, Jorgën Randers, fue uno de los coautores, con los Meadows y en 1972, del famoso “The Limits to Growth” y no ha dejado de estudiar, durante los más de cuarenta años transcurridos, estos temas.

Mientras más ominoso es un asunto más necesario es tratarlo con serenidad. Esto requiere una inocente ironía y un compasivo sentido del humor. Por eso quiero terminar esta entrada con algunos chistes del gran Andy Singer, que presento en forma de collage.


Recomendaría entrar en el buscador de Google con las palabras claves  “Andy Singer cartoons” y abrir la pestaña de “Imágenes”. Para encontrar así una multitud de chistes verdaderamente proféticos de ese dibujante genial que Andy Singer es. 































































































































miércoles, 3 de agosto de 2016

Un coyote en el jardín


Estoy en casa de una hija mía, en el área metropolitana de San Diego, California. Se trata de un paisaje totalmente urbanizado, pero al estilo de las grandes ciudades norteamericanas, solamente el downtown es una aglomeración de altísimos edificios con cemento omnipresente, el resto está compuesto por barrios interminables (suburbs) de casitas rodeadas cada una de su pequeño jardín.

Aquí, como en muchas otras ciudades, esa enorme área metropolitana tiene una topografía de colinas entre las que corretean arroyos y regatos que no son urbanizables, la mayoría de los cuales permanece en estado silvestre. Sucede así que el campo, entendiendo por tal ese territorio todavía no completamente ocupado por los humanos, puede llegar a penetrar muy hondo en la ciudad.

Y lo hace. En las fotos que acompañan a esta entrada doy fe de que lo hace. Se han tomado desde el otero que ocupa el centro de nuestro jardín y en ellas puede verse, en el bajo ocupado por un regato que separa nuestra casa de otra vecina, nada menos que un típico coyote, con ese aspecto malcomido que los coyotes tienen, sus grandes orejas azorradas y un aire general frustrado, tal y como lo representó en sus dibujos el gran animador Chuck Jones.


Pero ¿cómo puede estar a gusto un coyote en las cercanías de nuestro jardín? Debo decir que incluso puede que se trate de una familia de coyotes, aunque hasta ahora solo hemos visto ejemplares aislados. El caso es que esta situación es habitual en muchas ciudades norteamericanas. Años atrás, muy lejos de aquí, en Virginia y en un enclave urbano parecido a éste de San Diego, llegaban hasta el patio trasero de nuestra casa los ciervos y hacían sus madrigueras allí mismo las marmotas, siendo fácil ver sobrevolándonos a los pavos salvajes. Y muchos años antes, en Ithaca N.Y., los mapaches llegaban por la noche hasta nuestros cubos de basura, que destapaban y registraban.

Hay una causa general que hace posible estos hechos, y es la de la interpenetración de lo rural con lo urbano en las ciudades norteamericanas. Pero la causa específica, ésa que permite que estos fenómenos sucedan con tanta frecuencia es, en mi opinión, la ausencia de perros sueltos en estas ciudades. Y no es que los norteamericanos detesten a los animales mascota, todo lo contrario. Se trata simplemente que, salvo en ambientes muy rurales, como las grandes reservas indias que allí existen, yo acabo de verlo en la Navajo Nation que ocupa un espacio de 25.000 km2, no se tolera la existencia de perros sueltos, mucho menos la de perros abandonados.

Algo parecido he visto en Holanda, donde la interpenetración de lo rural con lo urbano es también grande y donde es fácil acercarse a infinidad de aves y ver corretear a los ciervos. El abandono de perros está severamente castigado como lo que en verdad es, un delito.

Cuando caí en la cuenta de estos hechos me acordé enseguida de mis queridos pudúes de Chiloé, y de la medida en la que perros cimarrones o simplemente no controlados por sus amos los están poniendo en peligro de extinción, al igual que a los zorritos de Darwin, todavía más amenazados. Algo parecido sucede con otros animalitos salvajes en España, donde el abandono de perros por unos amos que desconocen la piedad y los tratan como a muñequitos de peluche que pueden tirarse, es una práctica generalizada y no perseguida ni mucho menos castigada por las autoridades.

Creo que el verdadero Chiloé rural, el de las viejas tradiciones williches, ha sido siempre respetuoso con la naturaleza. Que el descontrol y el abandono de los perros son, tanto en Chiloé como en España, fenómenos de origen y naturaleza urbanos. De unos colectivos para los que el campo es simplemente la no ciudad, en consecuencia forman parte de eso desconocido a lo que no hay por qué respetar.

Y me parece que ya va siendo hora de que en nuestras viejas culturas de raíces ibéricas, esas en las que la gente vivía apretujada en aldeas al pie de grandes castillos, se empiece a perseguir como delincuentes a los que abandonan a sus animales mascotas y hacen sufrir innecesariamente a cualquier otro animal.

Recuerdo ahora la ética de Peter Singer: tenemos el deber de la compasión con todo ser vivo capaz de experimentar un sufrimiento parecido al nuestro. Ese es el caso de la mayoría de los animales.  ¡Me parece tan lógico, tan evidente, tan necesario para nuestro autorrespeto, que nuestras sociedades castiguen a los que no lo hacen...! 


lunes, 25 de julio de 2016

Querida e indecisa España (y 3).- El fracaso de los lideres

Vivimos momentos en España en que nuestros líderes políticos no acaban de ponerse de acuerdo en cómo administrar un poder que les ha sido delegado por el conjunto de los españoles. Pero lo peor no es que no acaben, sino que da la impresión de que ni siquiera han empezado. Y no hay que darle muchas vueltas: esto constituye un fracaso de los políticos que hace ya tiempo empezó a decepcionar a los ciudadanos.

¿Por qué esta incapacidad de llegar a un acuerdo de gobierno? Como en casi todo en la vida, hay unas explicaciones operativas, que se quedan en la superficie del fenómeno, y otras sustanciales, que van al fondo. Yo voy a intentar moverme en el terreno de lo sustancial, elaborando mi propia versión de los hechos, resumida para empezar en una sentencia:

España no ha sido capaz de darse un sistema eficaz de liderazgo político porque es una sociedad demasiado individualista.

¿Quiere esto decir que España entera es responsable de lo que está pasando? Me temo que sí.

¿Acaso pretendo librar a los políticos de su responsabilidad en todo este asunto, defendiendo que España, en vez de ser un país mal gobernado, es un país de individualistas? Sí y no. Lo que yo quiero decir es algo más complejo: España es un país mal gobernado a causa de que ha venido siendo individualista, y a la vez individualista a causa de que ha venido siendo mal gobernado.

Aparecen así las dos caras de la moneda heraclitea, el individualismo y el desgobierno, una y otra apoyándose mutuamente. Y esta moneda va siendo lanzada al aire, una y otra vez, tanto por la clase política como por el conjunto de los españoles.

En cuanto a los políticos, como españoles que son también son necesariamente individualistas. Y en tanto que individualistas han sido incapaces de construir un buen sistema de liderazgo. Pero el liderazgo es esencial para dirigir algo tan complejo y sometido a tantos azares como un país. El líder, o los lideres, tienen que ser capaces de llegar al fondo de los hechos y proponer caminos hacia el futuro que convenzan a los que están obligados a seguirlos. Nuestros partidos políticos no son escuelas de líderes. Unos se comportan como  partidos chimenea y dedocraticos, donde asciendes a medida que lo va consintiendo el de arriba y al final te da el puesto tu jefe. Otros pecan de lo contrario, son destructores de líderes, han ido cortando sistemáticamente las cabezas de los que descollaban como tales. Unos y otros siguen estando ideologizados en demasía, derechas e izquierdas, esas siguen siendo las etiquetas que pretenden decirlo todo, cuando hoy, en un mundo complejo donde potencias como China emergen con un pack de comunismo de estado y capitalismo de negocios, no dicen casi nada.

Pero unos políticos que no se sienten líderes no pueden tener la ambición de dirigir a un país hacia el futuro, sino simplemente la pretensión de sobrevivir. Ese es uno de los problemas.

En cuanto a los españoles, como individualistas que somos nos cuesta trabajo identificar nuestros intereses comunes. Vemos el juego político como de suma cero, lo que te lleves tú me lo quitas a mi, y recíprocamente. Quizá sea esta una formulación exagerada, en cualquier caso nos cuesta trabajo ver que hay problemas y oportunidades en el largo plazo que son del interés de todos, como la educación, la capacidad científica y técnica, una demografía adecuada para el futuro, un sistema judicial justo, democrático y eficaz, cosas así. Y un juego político de suma cero solo puede ser de bandos, no de patriotas, apelativo este que cayó hace ya tiempo en un terrorífico desuso. Por eso muchas veces votamos, o peor todavía dejamos de votar, más con el vientre o el estómago que con el corazón o la cabeza. Así somos en lo malo, lo siento, eso es lo que creo. Y aquí está  el otro gran problema político con el que nos enfrentamos.

En cualquier caso: España dio un gigantesco paso adelante en 1976, demostrándose a sí misma que era capaz de construir un sistema democrático avanzado en beneficio de todos los españoles. Lo hizo porque, aunque durante el largo invierno del franquismo nunca había llegado a creer en sí misma, valía mucho más de lo que ella misma autoestimaba. Lo que la movió entonces fue una mezcla de miedo y esperanza, esto lo he dicho ya en otra entrada reciente de este mismo blog ("Pobre España", 24 abril 2016).

Pues bien, ahora nos encontramos en circunstancias parecidas a las de entonces. Y estoy convencido de que para dar otra vez la talla, nosotros los españoles, individualistas irremisibles, necesitamos recurrir a la misma vieja fórmula capaz de movilizarnos en positivo: una combinación  de miedo y esperanza.

Miedo a perder lo que ya hemos ganado, pero sobre todo a un futuro muy difícil para nosotros y nuestros hijos si no luchamos juntos por conquistarlo

Esperanza en que ese futuro existe y en que tenemos la capacidad de alcanzarlo si trabajamos juntos.

Esta receta, por supuesto, deben aplicársela en primera instancia nuestros políticos. Pero todos, es decir, todos.

viernes, 15 de julio de 2016

Querida e indecisa España (2).- Individualismo

En esta segunda entrada me corresponde escribir sobre los españoles. Empezaré con lo que podría ser una conclusión: a causa de un conjunto imparable de circunstancias,
1).- Históricas: un pasado tormentoso y muy complejo, con grandes invasiones y caídas: Roma, los Godos, el Islam, los Austrias, los Borbones, Napoleón, la desintegración imperial, la guerra civil.
2).- Geográficas: tremendos gradientes de latitud y de altura, de climas, barreras montañosas, aislamiento del continente, lejanía del imperio que fue.
3).- Culturales: gran diversidad cultural, riqueza de comidas, quesos, vinos, lenguas y tradiciones.

A causa de todo esto, España es un país de individuos.
Quiero decir donde la persona de carne y hueso, el yo, tú y él mucho más que el nosotros, vosotros y ellos, son la primera y la última referencias.
Cuando los anglosajones se han referido al Spanish pride no lo han hecho al orgullo de raza o de pueblo, sino a ese sentimiento que aflora en un individuo español a la menor oportunidad y que es una autoafirmación del yo, de lo mío y los míos, de mi honor, mi dignidad, mi mérito, mi equipo de fútbol, mi santa patrona, mi edad, frente a los de otros.

Claro que todo esto va cambiando, reduciéndose poco a poco de verdades como puños a tópicos que inevitablemente envejecen. La juventud de hoy es mucho menos individualista de lo que hemos sido los mayores, a tono con la homogeneización globalizante que se vive en todo el mundo, gracias a la explosión de las comunicaciones. Pero persiste, y lo hará durante mucho tiempo, un fondo cultural y vital que es genuinamente español y que afecta por tanto a todos los españoles, desde el Pirineo hasta el Estrecho, un fondo digo que es individualista.

Algunos rasgos del día a día ponen de manifiesto este individualismo entronizado en el corazón de la mayoría de nosotros.
Uno muy revelador está en la fiesta de los toros. ¿Por qué España, junto con algunas naciones hermanas de Latinoamérica, es el único país del mundo donde existe algo tan peculiar y denostado por otros como la fiesta de los toros?
Primeros momentos entre el toro y su torero.
El matador de toros es el paradigma del individuo. Una plaza de toros está llena de gente, colores, ruidos, brillos y confusión. Pero en el seno de toda esta turbamulta hay dos seres que están absoluta y despiadadamente solos: el toro y el torero. El primero porque es un desgraciado animal al que han obligado a la soledad frente a una muerte cruel. El segundo porque ha elegido estar solo, yendo así en busca de la gloria y la consumación de su llamada. Uno de los espectáculos más interesantes en una corrida es el de observar al matador que está a punto de comenzar la lidia de uno de sus toros. Todavía están en la plaza el toro y el torero anteriores, el ruido y la expectación ante lo que está a punto de terminar son máximos. Pero el torero que va a entrar pronto en lidia sabe ya lo que le espera e intenta prepararse para ello. Tiene que ser capaz de aislarse de toda aquella confusión para
José Tomás, uno de los mejores toreros del momento,
pensativo y expectante, con el rostro marcado por una
cicatriz.
poder estar a solas con  el toro, su toro, ese toro que puede herirlo gravemente, hasta matarlo, y al que tiene que prestar una extraordinaria, concentrada atención. Solo a través de este aislamiento llegará  a ser capaz de enfrentarlo. Y lo que uno puede observar maravillado es ese ejercicio de concentración: cómo el torero, que bebe un poco de agua en un vasito de plata, mira hacia dentro de sí mismo, cómo sus ojos se vacían de luz, se mineralizan, porque él está vuelto hacia dentro, viajando por sus honduras espirituales para sacar de allí el valor, la serenidad y la confianza en sí mismo que va a necesitar enseguida. Todo esto es individualismo químicamente puro. Mucho más que el del virtuoso del violín en el seno de una gran orquesta o el deportista estrella o el conferenciante o el líder político o el boxeador. El torero pone en juego su vida entera en unos instantes de gloria o muerte. Y lo hace porque le da la gana hacerlo, aunando todas sus fuerzas, físicas y espirituales, en el empeño.

(Tomado de lafiestaprohibida.blogspot.com)


En el entorno más limitado y menos existencial del arte, también el poeta y el españolísimo cantaor de cante jondo, son ejemplos de belleza creada desde la más profunda soledad individual.  España es un país no muy culto pero con una gran apreciación popular por la poesía y la canción. Ahí están García Lorca o Machado o Miguel Hernández, mucho más conocidos y apreciados por los españoles que Cervantes, Galdós o Baroja, para confirmarlo.

También son ejemplos de individualismo en acción el pícaro, el listillo, el que consigue orillar la ley para salvar sus intereses, los suyos, sin hacerle demasiado daño a los demás, a costa del Estado o en general de una Autoridad de la que los españoles siempre hemos temido y soportado el abuso. Ese individualista que defiende lo concreto de su vida, la suya, frente a lo abstracto de las normas de unas Instituciones a las que siempre ha visto como depredadoras, vive en el corazón de muchísimos españoles, marcando un importante rasgo de nuestra personalidad. Una frase muy conocida y utilizada resumiría todo lo que intento decir: “¿Se lo pongo con IVA o sin IVA?”

Este individualismo, tan peculiar de nosotros los españoles, nos marca. Entroniza al individuo en el centro del paisaje humano. Desde el individuo arrancan la mayoría de fuerzas e iniciativas imperantes.

Juan Martín el Empecinado, héroe guerri-
llero español en la lucha contra Napoleón,
pintado por Goya (1814).
En lo bueno, nuestro individualismo nos impone sus condicionantes, esos que nos hacen ser más artistas que científicos, más místicos que filósofos, más guerrilleros que soldados, más aventureros, navegantes o exploradores que comerciantes, constructores o fabricantes. Hace también que la familia sea entre nosotros la institución más poderosa, lo que no sucede en países más septentrionales. Así, mientras que en Inglaterra y otros muchos países europeos es casi una ley que los hijos abandonen el hogar paterno a los 18 años, en España pueden permanecer en él hasta los 30. Todo esto tiene de positivo que crea una estructura social de base muy sólida, capaz de soportar los peores desastres y de muchas clases de generosidad. De la cual emana un humanismo a flor de piel, compasivo, misericordioso, cordial.

Uno de los testigos más lúcidos de lo que quiero decir fue el gran Arthur Koestler. En 1936 era todavía un comunista convencido; la guerra civil lo sorprendió en España como agente secreto del Komintern de Stalin, camuflado como periodista británico. En 1937 las autoridades franquistas lo detuvieron en Málaga y tras una serie de vicisitudes lo trasladaron a la cárcel de Sevilla con una condena a muerte, que sería finalmente conmutada tras algunos meses de prisión. En su libro Testamento Español, Koestler describe con insuperable maestría literaria los acontecimientos que vivió en aquellos días tan ominosos para él. En todo momento sorprende al lector la naturaleza de las relaciones que los presos, muchos de ellos habiendo sufrido torturas previas y muchos también finalmente fusilados, mantienen con los carceleros y guardias civiles que los custodian. En ellas domina siempre la conexión personal entre individuos que son, por encima y por debajo de todo lo que está sucediendo, seres humanos que se tratan con respeto y compasión.  

Pero el individualismo, como todo, debe confirmar la regla de Heráclito, quiero decir que tiene su cara y su cruz, sus aspectos positivos y negativos, inevitablemente coexistentes.
En lo negativo, el individualismo engendra nepotismo, endogamia y antiliberalismo. El individualista es el colmo de lo antropocéntrico, se siente en el centro del mundo, de su mundo, lo único que verdaderamente le importa. Es en buena medida por este individualismo por lo que España no ha sobresalido en muchas áreas en las que otros países europeos han brillado. Podrían escribirse y ya se han escrito innumerables páginas sobre ello. Me limitaré a mencionar  lo que ha sucedido en España con instituciones como la Universidad o actividades como la investigación científica. Unas y otras requieren de los individuos que las integran una visión cooperativa de sus actividades y una apertura curiosa a los demás. Esto no ha sucedido en España, y pongo como prueba la proporción de profesores o investigadores extranjeros presentes en nuestras instituciones de enseñanza superior o investigación, sin duda de las más bajas entre los países avanzados. Y no es que los españoles estén genéticamente incapacitados para ser buenos profesores universitarios o investigadores científicos, naturalmente que no, como prueban numerosos casos de éxito. Se trata de un problema cultural, de un individualismo enraizado en nuestros hábitos colectivos, que se manifiesta en todas aquellas actividades que exigen una comunidad de esfuerzos y el respeto a unas reglas del juego absolutamente limpias. Lo que no es óbice para que España haya engendrado instituciones tan poderosas y multinacionales como la Compañía de Jesús o el Opus Dei. Pero en ambos casos se trata de entornos con una férrea disciplina interna, donde la bravura del individuo es domada y dirigida a integrarse en un esfuerzo colectivo. Por eso los españoles han brillado siempre como gente de armas o de iglesia, integrados en ejércitos donde, dominados por la fuerza los aspectos más negativos de su individualismo, han podido manifestarse los más positivos.


Pero estos contrapesos disciplinarios a nuestro individualismo han tenido también sus consecuencias nefastas. Los españoles hemos tenido que soportar desde siempre un estado burocratizado y muchas veces despótico. Que ha exhibido un poder y una seguridad para sus servidores, en contraposición con el resto de los españoles, de los que se desprende el hecho terrible de que la ilusión de muchos jóvenes españoles siga todavía siendo la de ganar una oposición a funcionario público para vivir tranquilo el resto de sus vidas, sin grandes ilusiones, exigencias o inseguridades, que todas ellas suelen ir juntas.  Muchos signos ponen de manifiesto la realidad cultural de este despotismo antiliberal omnipresente. Así la importancia social del funcionario, el papel aterrorizante del inspector, que llega al colmo cuando lo es de Hacienda. Ya en el siglo XIX el gran Mariano de Larra describía con su “vuelva usted mañana” el poder omnímodo y arbitrario del funcionario incompetente, capaz de bloquear cualquier iniciativa y con el que quizá esté acabando ahora la revolución informática, pero ¡tan lentamente!... También el desdén que muchos españoles sienten por la iniciativa privada, esa visión del empresario como alguien que no tiene otras ambiciones que su enriquecimiento, del beneficio empresarial como algo intrínsecamente ilícito.

La consecuencia de todo esto ha sido la contraria de lo que esperaban los que detentaban el poder: en vez de un estado fuerte, un estado permanentemente débil, incapaz de organizar un imperio atravesado por enormes lejanías geográficas, teniendo que recurrir a algo tan miserable como la delación secreta en una institución tan importante para el estado como fue el Santo Oficio de la Inquisición, asolado por el  riesgo permanente de invasiones, de las que la última con carácter histórico, la de Napoleón, fue profundamente destructora.

Todavía hoy padecemos los españoles las consecuencias de este despotismo disarmónico. Todavía Madrid sigue siendo tan centrista que difícilmente puede contener con éxito la marea separatista de algunas regiones. Así, mientras que desde Madrid se clama por el respeto que los nacionalistas deben a ese mandato constitucional que nos hace a todos los españoles iguales ante la ley, los madrileños no pagan un Impuesto de Sucesiones que arruina a muchas familias andaluzas o catalanas, y vascos y navarros gozan por su parte de unas condiciones fiscales privilegiadas con respecto al resto de los españoles. Junto a todo esto, Madrid ha venido cediendo a las autonomías poderes que nunca debió perder el estado.

El espíritu leguleyo que siempre existió en una España de gobiernos débiles que querían arreglar muchos de los problemas difíciles a base de nuevas leyes y reglamentos, sigue existiendo. Las iniciativas empresariales o sociales nuevas, siguen tropezando con numerosos desvíos y barreras burocráticos, a los que se añade el que cada una de las autonomías repita en su entorno muchos de los desvaríos centralistas. Uno tiene la impresión de que sigue habiendo en España un exceso de leyes y, como consecuencia, de “juristas” que las interpreten. También de que muchas de nuestras leyes y ordenanzas difícilmente pueden cumplirse, lo que convierte a muchos ciudadanos en infractores a la fuerza.

Si todo esto es así, si para lo bueno y para lo malo el individualismo sigue siendo un rasgo cultural que nos marca, ¿estará llegando el momento en que las cosas cambien? 

martes, 12 de julio de 2016

Misericordia

Las pesadillas son tenebrosas y están pobladas de monstruos, pero las peores son aquéllas en las que el monstruo resultas ser tú mismo.

Eso me ha pasado a mí hace algunas noches. Una pesadilla me hacía rememorar en sueños una escena de mi vida que ya había olvidado. Pero lo maléfico estaba en que mi subconsciente me presentaba esta historia de una forma diferente a como yo la había vivido y recordado. Usando su poderosa inteligencia intuitiva, mi subconsciente mostraba los hechos demostrando el egoísmo con que yo me había comportado. Un egoísmo feroz por despiadado, sin excusa ni remedio, intolerable, deprimente, humillante.

De aquí que yo me despertara con un sentimiento de culpabilidad que estoy seguro va a acompañarme por mucho tiempo.

El reconocerme como culpable no me asusta, de hecho poco puede haber más humano, recordemos cómo Eva y Adán dejan de ser criaturas paradisíacas y se vuelven personas cuando se reconocen como culpables. Pero lo malo está en darme cuenta de que el daño que causé con mi egoísmo es ya irreparable. Y concluir que si es irreparable, también debe ser imperdonable. Y si es imperdonable, ¿cómo puedo liberarme yo de mi culpa?

Ante una situación así, la única salida que cabe es confiar en la Misericordia. Si eres creyente como yo, se trataría en última instancia de la Misericordia de Dios, que actuaría así como el administrador general del perdón de todas nuestras faltas. Dios nos perdonaría en nombre y representación de aquéllos a los que hemos hecho daño. Y ese perdón vendría necesariamente acompañado por una gracia que nos concedería, la del arrepentimiento, pero un arrepentimiento de verdad, profundo, descarnado, permanente.


Y si no eres creyente, tendría que tratarse de la Misericordia de los demás, empezando por los humanos, pero también de la entera Naturaleza, hasta de todo el Universo. De la capacidad que tiene todo eso que no es yo y que por eso está fuera de mí de olvidar lo malo que yo he hecho. 

En definitiva, esta Misericordia del mundo me dejaría a mí solo para administrar mi culpa. Invitándome, a su manera, a un arrepentimiento que tendría que ser positivo, optimista y generoso. Pagando mis viejas culpas impagables a todas las muchas víctimas de otros que se cruzan cada día en mi camino. 

Intentando ser, con todos y para todo, mejor persona.

domingo, 3 de julio de 2016

Querida e indecisa España (1).- Los condicionantes históricos.

Emprendo una andadura sin rumbo por un territorio viejo y familiar, que pese a que me es archiconocido no deja de depararme sorpresas. Voy con un ánimo explorador, en busca de descubrimientos. Por eso intento despojarme de todas mis ideas preconcebidas, mis mitos y creencias. Aguzo mis sentidos, los del cuerpo y los de la mente, mis vistas, mis oídos, mis tactos. Me siento receptivo, abierto a todo lo que me salga al encuentro, en disposición de comprender.

De la ciudad en la que he nacido y vivido nunca esperé demasiado, a pesar de lo mucho que ella me dio y ha seguido dándome. Pero España y Europa siguen escandalizándome, decepcionándome, quizá por lo mucho que las admiro y por mi profunda fe en ellas.
Empezando por la vieja España, ¿quién la entiende hoy? Pero sobre todo, ¿cuántos quedan que todavía confíen en que tenga un futuro viable y vivible?

España nos irrita, nos decepciona.

Se forjó como nación a lo largo de siete siglos de Reconquista, luchando contra un Islam que la ha dejado llena de rastros y cicatrices. En esto se parece a otras periferias europeas, no a Italia, que nunca se sintió acosada por los moros, pero sí a los Balcanes y a Grecia, donde esa lucha se ha mantenido viva hasta tiempos mucho más recientes. También a la Rusia antigua, que luchó durante siglos contra los tártaros y otros musulmanes asiáticos.

De aquel larguísimo período de guerras, España ha recibido caracteres que pesan mucho en su identidad. Uno es el hábito de dar preferencia a la fuerza sobre la razón, a la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón. Otro rasgo esencial heredado de la España medieval es el de la religiosidad cristiana; España fue durante siglos una Cruzada permanente, el baluarte más firme de la Cristiandad. Y su cristianismo tiene un matiz particular, el de la especial devoción a la Virgen María, quizá como un rasgo que la diferenciaba claramente del enemigo monoteísta africano. Resultado de todo ello es un paisaje permanente de viejas iglesias y castillos, aquellas todavía vivas, con sus santos patrones y sus tradiciones milagreras, estos solitarios y enhiestos, marcando desde su silencio engreído y dominante las diferencias insalvables entre los de aquí, los del terruño y la aldea, los nuestros de siempre, y los de fuera. Como consecuencia de todo ello un casticismo, un espíritu de familia, un compadreo, que siguen estando saludablemente presentes, tanto para lo bueno como para lo malo.

Esta multitud de gente de guerra y altar sacada de la Edad Media por los Reyes Católicos y convertida por ellos en la primera, es decir, la más vieja, nación europea, descubrió gracias al tesón de un genovés todo un continente y se vio obligada por el destino a convertirlo en un imperio. Lo hizo a su manera, precipitadamente, entregándose hasta la extenuación a una tarea que claramente la superaba. España se vació en sus Indias apoyándose en dos pilares, los militares y los clérigos, como una continuación natural de su propia Reconquista. Los militares exploraron y conquistaron rápidamente aquellos territorios inmensos. Los clérigos se preocuparon por las almas de los conquistados, y lo que pasó fue algo inesperado y sorprendente, cuya causa no estuvo en España, sino en la misma América. Porque fueron los pueblos originarios americanos los que aceptaron a los españoles, sometiéndose al nuevo orden. Por eso el imperio español en América fue el resultado de un encontronazo violento pero también de un abrazo consentido. Y a pesar de los muchos desafueros cometidos, a pesar de tanta esclavitud y tanto sufrimiento, en contraposición también con todos los imperialismos y colonialismos europeos que vinieron después, la América hispana fue obra de los hombres de armas y de iglesia españoles pero también de los aborígenes americanos y de los africanos traídos como esclavos. Y tuvo como base la convicción de que unos y otros, todos, tenían un alma de la misma naturaleza y con el mismo derecho a la salvación. Lo que ha llevado a una realidad que no se ha dado ni en la América angloeuropea ni en el Africa o el Asia colonizadas: esa realidad profunda y sorprendente de que la America hispana es mestiza hasta lo más hondo de sí misma. Mestiza, sí, nada más y nada menos que eso. En dicha condición está su fuerza y su futuro.

Por otra parte, este imperio americano sacó demasiado de una España que no llegó nunca a dar la talla, ocupada como además estuvo en otras terribles aventuras imperiales tanto en Europa como en el Mediterráneo. La deficiente administración del imperio obligó, inevitablemente, al mantenimiento de un aparato burocrático tanto más asfixiante cuanto más incompetente, una de cuyas ramas, sin duda la más tenebrosa, fue la Inquisición.  Y aunque el Renacimiento español fue sin duda brillante, era demasiado pronto para que cuajara una revolución científica y tecnológica que llegó mucho más tarde de la mano de los ingleses, cuando el imperio español estaba ya en su cuesta abajo.

En estos siglos de decadencia que fueron pasando, del XVII al XIX, el imperio español fue consumiéndose en sí mismo, cada día un poco más empecinado en su aislamiento. Pudriéndose en su burocracia, su casticismo, su escolasticismo acientífico. Pero dando de sí, a la vez, muchos héroes, muchos santos y muchos artistas grandes. El simple mentarlos a todos ocuparía unas cuantas páginas.


De Europa le llegó finalmente su definitivo golpe de muerte. Se lo dio el brazo militar de Napoleón, pero toda la Europa que entonces contaba participó en el reparto de sus despojos.

Tan periférica y agotada quedó la vieja España que ni siquiera participó en la I Guerra Mundial, que fue de hecho una guerra europea. Sí lo hizo en la II, aunque de una manera muy peculiar. España fue el primer campo de batalla de esta II gran guerra, y tuvo además la desgracia de que se le superpuso una guerra civil. Las heridas de las guerras civiles son profundas, se mantienen abiertas durante tres o cuatro generaciones. Los jóvenes españoles que tienen ahora veinte años serán la primera generación que se verá realmente libre de aquellos desastres.

La España de hoy es una realidad social y política a la vez europea y latinoamericana. Lo digo con la convicción que me da el haber conocido ambos mundos. Esta España va en busca de una profunda renovación, para lo que necesita tanto a Europa como a  Latinoamérica. 

Tiene tanto detrás, tanto sufrido y parido por ella, tanto peleado, engendrado, querido y amado, que a pesar de todos sus innumerables problemas puede considerarse afortunada.

viernes, 24 de junio de 2016

BREXIT: un cambio de página.


Hoy, como casi todos los días, me levanto muy temprano, entre cinco y media y seis de la madrugada. Busco enseguida la noticia del Brexit y me sorprende como un mazazo el triunfo del NO a la Unión Europea. Siento enseguida una contradictoria mezcla de miedo, tristeza y esperanza. También la punzante sensación de que vivo un momento histórico, uno de esos que solo se presenta cada medio siglo y cuyo enmarañado paquete de consecuencias es imprevisible. Intentaré explicarme.

Si tuviera que aplicarme una etiqueta, me considero mucho más anglófilo que germanófilo o francófilo. Siempre admiré a Inglaterra, el corazón de la gran Britannia, madre a su vez del último gran imperio que el mundo ha conocido, paridora de un incontable número de héroes y sabios, aunque de pocos santos, lo que pone de manifiesto su equilibrado pragmatismo. Pero también sé que desde que se creó la Unión Europea, en aquellos tiempos ya lejanos del Mercado Común de los 1950’s, Inglaterra estuvo a la contra. Organizó entonces como contrapartida una Zona de Libre Cambio, en la que intentó agrupar bajo su liderazgo el mayor número posible de países europeos. Aquello finalmente fracasó e Inglaterra, con su sentido práctico, tuvo que aceptar la derrota y pedir su ingreso en la Unión Europea. 

Durante todos estos años que ha estado dentro, Inglaterra ha sido más una resistencia que un impulso para el progreso de esa Unión. Siempre desconfió de la Unión Europea porque siempre desconfió de Europa. Nunca fue definitivamente europea. Por debajo de su condición imperial durante los últimos siglos, lo que la definía como nación en un contexto geográfico noratlántico era su arraigado concepto de la insularity: Inglaterra se vio siempre como una isla, separada de una Europa entregada desde siempre a arrebatos sangrientos no por un estrecho canal, el de La Mancha, sino por un inmenso océano, el Atlántico. Así ha seguido siendo en buena parte. El inglés medio se siente mucho más cerca de un neozelandés que de un francés. Claro que lo mismo le pasa al español medio, también descendiente de un antiguo imperio: yo me siento muchísimo más cerca de un chileno que de un francés. En ambos casos es sobre todo la lengua, fundamento de la cultura, lo que nos une. Es posible que para la gente muy joven las cosas funcionen de otra forma, que ellos se sientan mucho más europeístas; pero esa es otra historia.

Luego está la cuestión del populismo, ese nuevo fantasma que recorre hoy Europa y que se pone de manifiesto en muchos de los países de la Unión con un fuerte componente antieuropeísta. También en Inglaterra, que quizá sea hoy, con su Brexit triunfante en un referéndum torpemente convocado, la primera víctima europea de ese populismo.

Por lo demás, Europa entera, Inglaterra incluida, está hoy temblando ante las amenazas  que para todos parecen derivarse del Brexit. Yo tiendo a pensar que no es para tanto, por lo menos en lo que se refiere a amenazas de naturaleza económica o financiera, pues la globalización en estas áreas es hoy casi total. Así, dudo que la City londinense desaparezca como segundo centro financiero mundial después de Wall Street. O que se resienta el comercio de la Europa continental con Gran Bretaña. O que deje España el millón de jubilados ingleses que ya vive aquí, o que se venga abajo el turismo inglés.

Pero lo de ese primer triunfo del populismo en Europa sí me parece preocupante, pues Europa entera es hoy un barril de pólvora populista. Estoy convencido de que el populismo es una forma de fascismo, la forma que el fascismo está adoptando en la Europa de este primer tercio del siglo XXI. Y lo es por dos razones principales: primero porque es hijo del miedo, en cuanto a que los europeos de hoy, viejos y jóvenes, temen con fundamento que su futuro económico y social pueda empeorar en vez de mejorar; segundo porque se basa en una gran mentira, la de que todo se arreglará retirándose a una patria chica con paredes supuestamente seguras o repartiendo entre todos una riqueza que, sencillamente, no existe.

Para vencer al populismo que nos amenaza a todos hay un solo camino de dirección única: aumentar la unión y la integración europeas, en todos los frentes, por todos los medios, con determinación y rapidez.

Es principalmente desde este punto de vista que el triunfo del Brexit es una malísima noticia. Aunque quién sabe: a lo mejor hace falta un bofetón de este calibre para que todos nos despertemos y empecemos a reaccionar. Empezando por Alemania y Francia, los dos países que, hoy más que nunca, tienen que cogerse de la mano y liderar este proceso.


El déficit más importante con el que los europeos tendremos que enfrentarnos es precisamente el de líderes. No solo políticos, también sociales y culturales. Gente capaz de ver claro el único futuro posible y de transmitir esta visión a los demás. 

Este es el problema más urgente que debemos resolver. Y no tiene, por suerte o por desgracia, una solución tecnológica.