lunes, 26 de septiembre de 2016

Fronteras interiores de la sociedad de consumo: la Nación Navajo.


Muchos terrícolas que se sienten afortunados viven ya en el seno de una sociedad de consumo. Lo hace toda Europa, casi toda América y una parte creciente de Asia. Para las grandes áreas que todavía se quedan fuera, como sucede con buena parte del Oriente Medio  y casi toda Africa, la sociedad de consumo es el paradigma a alcanzar. La polaridad entre los que ya están y los que todavía no han llegado genera alta tensión en las fronteras exteriores de las sociedades de consumo, ante cuyas alambradas y muros de defensa, a lo largo de todo el Mediterráneo y del borde meridional de USA, se acumulan millones de personas que llegan hasta allí huyendo de la violencia y la desesperanza.


Pero ¿hay también fronteras interiores, barreras que dentro del territorio ocupado por las sociedades de consumo separan a los que no quieren pertenecer a ellas? Por supuesto que sí. No me refiero a los cinturones de miseria y abandono que rodean a muchas megalópolis y que no son sino la cara oculta de éstas, ni a los pequeños grupos humanos que por imperativos geográficos siguen sumidos en una cultura preindustrial y por ello anticonsumista, como pueden ser los Inuits del Ártico americano, o los Amerindios cazadores/recolectores de las selvas amazónicas. Sino a grupos humanos que pudiendo integrarse persisten en su deseo de mantenerse fieles a tradiciones ancestrales incompatibles con la sociedad de consumo, y que tienen tamaño suficiente para que pueda trazarse alrededor de ellos una frontera geográfica.


Yo acabo de encontrarme con uno de ellos: la Nación de los Navajos, enclavada en el SW de USA. 

Los Navajos fueron, junto con los Cheyenes, uno de los grupos amerindios más numerosos de Norteamérica. Una variante guerrera de los Navajos fueron los Apaches, pero los primeros, más numerosos, se adaptaron a una vida de pastores seminómadas de ovejas traidas por los españoles, en las vastas estepas de Arizona y Nuevo México. Cuando los yanquis expulsaron a los mexicanos de aquellas tierras, los Navajos mostraron cierta resistencia al nuevo colonizador. Pero finalmente aceptaron recluirse en una reserva india que con el tiempo no ha hecho más que crecer en tamaño hasta constituir lo que hoy se llama oficialmente la Navajo Nation, un territorio semiautónomo gobernado por los propios Navajos y dotado de unos poderes legislativo, ejecutivo y judicial propios.


La Navajo Nation (Navajo Country en el mapa) ocupa un territorio de 62.000 km2  (aproximadamente 2/3 de Portugal o Cuba) repartido entre los estados norteamericanos de Arizona (AZ en el mapa), Nuevo Mexico (NM) y algo de Utah (UT), con una población de solamente 166.000 habitantes, ya que se trata en buena parte de estepas semidesérticas.

En su territorio se encuentran algunas grandes bellezas de la naturaleza, entre las que destaca el inigualable Monument Valley, inmortalizado por Hollywood y John Ford.




Foto del Valle de los Monumentos tomada desde el Centro de Visitantes y Museo. Las inmensas y bellísimas Mesas tienen un significado religioso para el pueblo Navajo, como en general lo tienen todas las maravillas de la Naturaleza para los pueblos de tradición shamánica. Madre Tierra y Padre Cielo, con toda su majestad, justo frente a nuestros ojos.


En el Centro de Visitantes del Monument Valley hay una piedra tallada en la que se recogen los datos más significativos de la Navajo Nation y que reproduzco a continuación.




Primero se presentan las estadísticas demográficas y de nivel de vida de la Nación de los Navajos. Lo que se pone de manifiesto inmediatamente es que se trata de gente joven y muy pobre, que mantiene todavía una cultura propia aunque amenazada por la integración en USA y que tiene unos hábitos de vida fundamentalmente ganaderos. 
Después de estos datos hay un párrafo que merece la pena traducir:


<<Estas estadísticas muestran que muchas familias Navajo viven en la pobreza. Aunque nuestras vidas se enriquecen por el hecho de habitar una tierra muy hermosa en la que vivieron nuestros antepasados, y donde continuamos con nuestras tradiciones ganaderas y agrícolas, con la práctica de la artesanía y con nuestras ceremonias.  Hoy trabajamos duramente para mantener bien  vivas nuestra lengua y nuestras tradiciones en medio del mundo moderno.>>



Así es. En nuestra fugaz visita, apenas pudimos acercarnos al pueblo Navajo, algunos de cuyos asentamientos veíamos de lejos desde la carretera, perdidos en la árida y grandiosa estepa. El aspecto de estos asentamientos mostraba claramente que esta gente se encontraba absolutamente fuera de nuestra sociedad de consumo. Siempre se trataba de grupos de muy pocas casas, no más de tres o cuatro, frecuentemente solo una, rodeadas de un increíble maremagnum de chatarras variopintas, entre las que destacaban automóviles y camionetas que en otras circunstancias estarían ya desguazados. Tomé algunas fotos desde lejos y a la velocidad de un auto en la carretera, que no reflejaron bien la situación. Por eso he recurrido a una foto tomada de Google Earth que presenta uno de estos típicos asentamientos Navajo y que muestro a continuación.




Este asentamiento tiene una sola casa. Llama la atención la cantidad de objetos  que se desparraman a su alrededor, que mayoritariamente son automóviles, entre sedanes y camionetas. La mayoría de estos autos suelen estar en una situación de desguace, como si fueran los que la familia que vive allí ha venido usando sucesivamente durante muchos años. También puede distinguirse una autocaravana; la presencia de éstas era relativamente frecuente en los asentamientos navajos, poniendo de manifiesto un modo de vida de pastores seminómadas.

Pero lo que muestra la presencia de vehículos medio arruinados es que en una cultura como la de los Navajos no se tira nada. Las máquinas  que ya son inservibles se conservan, por si en algún momento fuera necesario usar para los fines más insospechados alguna de entre sus multitudes de piezas sueltas. Este comportamiento es absolutamente contrario a los mandatos de nuestras sociedades de consumo, establecidas sobre la base de una obsolescencia rápida de los bienes y servicios utilizados, la creación continua de nuevas necesidades y la aparición de nuevas soluciones para satisfacerlas. Todo esto coordinado, movido y fundamentado por el dinero como unidad fundamental de los intensísimos intercambios.


El comportamiento de los Navajos es habitual en culturas ligadas a la naturaleza y alejadas de lo urbano. Yo lo he observado en la gente de la mar de mi tierra andaluza, unos pescadores de altura que jamás tirarán nada de las herramientas y materiales de trabajo que han dejado de serles útiles porque, quién sabe, cualquier día en medio de la mar, alejados de toda asistencia técnica, un trozo de aquel alambre o un cojinete del motor de aquella otra bomba ya arruinada o el tubo de cobre en U de un grupo frigorífico ya desechado, pueden servirles para arreglar una avería de una máquina sin repuestos o enmendar cualquier otro entuerto. También lo he observado entre los campesinos de Chiloé, unos colectivos humanos casi totalmente autosuficientes, a los que precisamente esta autosuficiencia, al alejarlos de los mercados y mantenerlos así con poca plata, los aparta culturalmente de los hábitos de las sociedades de consumo.

No tuve ocasión de hablar tranquilamente con ningún Navajo. Solamente intercambiamos algunas palabras fugaces con un joven guia turístico en nuestra visita al Antelope Canyon. 


El Antelope Canyon se abre bajo una estrecha y

larga hendidura en el terreno y se recorre
como un largo túnel. El viento y la lluvia han 
 erosionado extrañamente las areniscas que
lo constituyen, y los juegos de luces son 
bellísimos.

Nos dijo que estábamos en la Navajo Nation, un territorio autónomo dentro de USA, 25.000 millas cuadradas en las que viven unas 100.000 personas. Que su abuela hablaba la lengua Navajo, su madre la entendía y él todavía es capaz de reconocer algunas palabras, pero se está perdiendo. Y que en todo el territorio está absolutamente prohibido beber alcohol, conservando así lo que en USA fue hace muchos años la Ley Seca.

Nos transportó a través del desierto hasta el cañón en una camioneta 4x4 algo maltratada por el uso y los años. De vez en cuando el camino estaba cubierto por arena blanda que le obligaba a meter la tracción. Observé que para sacarla de nuevo tenía que parar el vehículo y meter por unos instantes la marcha atrás, entonces la tracción saltaba. Me acordé de las viejas camionetas campesinas tan frecuentes en mi querido Chiloé, algunas de las cuales son de tercera o cuarta mano y que raramente se averían. Aunque cuando lo hacen siempre hay tiempo para esperar a que alguien pase y nos ayude a salir de la pana, lo que sin duda hará.


Me acordé mucho en este contacto con la Nación Navajo de Aldous Huxley y su extraordinaria novela Brave New World (traducida al español como “Un mundo feliz”). Aunque Huxley era inglés y su utopía novelada se desarrolla en Londres, dicen que se inspiró para escribirla en la sociedad industrial americana fraguada por Henry Ford y su Modelo T. El libro se publicó en 1932, y Huxley había visitado antes USA, donde quedó muy impresionado con el desarrollo de lo que era sin duda la primera sociedad de consumo. En la novela, que describe una sociedad utópica en la que los ciudadanos, totalmente controlados pero aparentemente felices porque están divididos en castas desde el nacimiento, reciben una educación hipnótica adecuada a su condición y consumen soma, una droga distribuida por el estado que los coloca en el séptimo cielo, ocupan también un papel destacado los llamados salvajes, gente que vive una vida primitiva, agrupados en clanes muy lejos de la sociedad utópica.  Estoy seguro de que Huxley se inspiró en estos Navajos de USA para dibujar a sus “salvajes”.

Y creo que la novela de Huxley es, hasta un cierto límite, premonitoria de lo que ha venido pasando después y merece ser leída de nuevo ahora. Eso es lo que yo voy a hacer.


Aldous Huxley con la portada de la primera edición de su Brave New World




miércoles, 21 de septiembre de 2016

Goya, pintor de almas

La pintura es mucho más que un arte visual. Los cuadros que los pintores crean tienen que hacerse y verse a través de los ojos, sí, pero el sentido de la vista lo es siempre de doble dirección. Cuando hacia dentro, los ojos son lentes muy perfectas que recogen las formas y los colores del espacio exterior y los conducen hasta el cerebro, que los integra en imágenes. Cuando hacia fuera, las memorias que llenan los pliegues del cerebro ayudan con sus datos a lo más noble del córtex cerebral para que cree  todo un mundo virtual que, integrado con las imágenes que le llegaron de afuera,  vuelva ahora desde el cerebro hasta los ojos y,  a través de ellos pero en la dirección opuesta, ilumine e interprete el espacio real que nos rodea. De manera que nunca vemos simplemente lo que está ahí fuera. Vemos lo que queremos y podemos ver. Seleccionamos los elementos del mundo real que, integrados con nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad cerebrales, resultan en nuestra particular visión del mundo.

El arte de la pintura alcanza una culminación cuando el pintor lleva hasta el límite este fenomenal juego de espejos. En el momento en que se decide a pintar algo, lo inspira un conjunto de formas y colores que llegan hasta su cerebro desde el mundo real. Pero allí están esperándolos su sensibilidad y su inteligencia de artista. De modo que lo que su mano traza con sus pinceles en el lienzo es mucho más de lo que sus ojos habían recibido.

Depende del particular genio de cada pintor lo que finalmente crea y nos ofrece. Hay pintores que lo son de almas, quiero decir que van más allá de lo real que han pintado, siendo capaces de plasmar en su obra lo inmaterial, más todavía, lo espiritual que estaba escondido dentro de aquellas formas y colores. Al hacerlo así animan, en el sentido más literal y profundo de este verbo, ese trozo de lo real que termina enmarcado en su lienzo. Para mí son grandes pintores de almas Rembrandt, Brueghel el Viejo, El Bosco, El Greco, Klee, Picasso, Bacon. Y muy particularmente, quizá en cabeza de todos, Goya.

En mi viaje reciente por el SW de USA visité en Los Ángeles el Museo Getty. Salvando las dimensiones gigantescas que lo americano tiene con respecto a lo europeo, este Museo Getty muestra muchas analogías con el Thyssen Bornemiza de Madrid. Siéndole imposible acumular la cantidad de tesoros que albergan las grandes pinacotecas imperiales de la vieja Europa (Madrid, Paris, Viena), intenta tener al menos una representación selecta y equilibrada de lo mejor de cada época, de manera que pueda ofrecer esa visión de conjunto que en los grandes museos se hace muy difícil. 

Yo, en el Getty, nada más llegar a la zona adecuada, empecé a buscar algo de Goya. Y no lo encontraba hasta que dí por fin con un pequeño cuadro, casi una insignificancia, que no conocía y represento a continuación:


El título de este cuadro es "Suerte de varas", en referencia a esa segunda fase de la lidia de un toro bravo, en la que, tras los capotazos y las banderillas de la primera fase, el desdichado toro es picado, lo que significa que el picador, montado a caballo y con sus piernas protegidas por armaduras, le clava al toro una lanza (una pica) en la espalda, entre los omoplatos, para que herido en sus músculos escapulares, pierda fuerza en su tercio delantero. Sin esta faena el matador no podría enfrentarse con el toro, que en posesión de toda su enorme potencia, constituiría un peligro mortal para el primero. En los tiempos de Goya esta suerte de varas era un espectáculo terriblemente cruel, porque a lo largo de ella varios caballos, que no iban protegidos, terminaban desventrados por el toro y morían allí mismo, en la plaza. Hoy día los caballos llevan un peto todo alrededor que impide que el toro les haga daño. Pero todavía cuando yo era pequeño persistía su desprotección, soy testigo de ello. La situación era fatal para los caballos y también muy peligrosa para los picadores, pues si el toro los derribaba, lo que acontecía con cierta frecuencia, podía herirlos gravemente y hasta matarlos. En mis tiempos de niño el espectáculo era, si cabe, todavía más patético que en el cuadro, porque al caballo del picador se le tapaba con un pañuelo el ojo del flanco desde el que el picador retaba al toro, para que no viendo lo que le esperaba no intentara huir.

Observemos el cuadro de Goya. Hay un caballo muerto y otro moribundo en la plaza, los dos víctimas del toro que está ante nosotros. El picador y su caballo han sufrido ya al menos una acometida de este toro, porque el caballo tiene el vientre abierto y las tripas colgando, mientras que el sombrero con el que preceptivamente se cubre el picador ha rodado por la arena. Los rostros y los gestos de todos los que están participando en esta tragedia, toro incluido, ponen de manifiesto que un nuevo ataque desesperado de éste es inminente. Los trazos de la pintura son confusos, los rostros no están dibujados con precisión, hay una mezcla de expectación y desconcierto en los ojos de la cuadrilla de banderilleros que rodea a los dos picadores. Pero el centro del drama está en la mirada y la figura del picador que espera, preparado, la acometida del toro. Manifiesta el hombre una resolución que lo tiene todo de desesperada, quiero decir que está más allá de cualquier clase de esperanza, que ha perdido cualquier rastro de miedo porque ha perdido la conciencia de todo aquello que no sea la cinemática, un tiempo y un espacio sangrientos, de lo que inmediatamente va a acontecer. Esta es la forma más típica que suele adoptar el valor.

Y bien: ser capaz de representar todo esto en una pintura es sencillamente genial. Goya es expresionista, de hecho fue el precursor de ese expresionismo que llegó de la mano de Alemania un siglo después. ¿Pero qué significa esto del expresionismo? Pues que la pintura representa mucho más de lo que sería capaz de representar la mejor fotografía. El pintor expresionista no es un simple testigo de lo que está viendo, interpreta todo lo anímico, lo espiritual, lo metafísico que sustenta a esa escena que está pintando. Es un medium que nos revela lo que hay detrás o dentro de lo que estamos viendo. Nada menos que todo eso. Y esta es la razón por la que muchas de las pinturas y los grabados del gran Goya nos sobrecogen.

Pero Goya es inacabable. Represento a continuación una de sus obras más conocidas, "La Familia de Carlos IV", rey de España del que Goya llegó a ser primer pintor de cámara, y por eso tuvo que pintar este cuadro. En el centro figuran el rey Carlos IV, hijo de Carlos III, este último uno de los mejores reyes que ha tenido España. A su lado, separados ambos por un pequeño infante, su esposa, la reina María Luisa de Parma. Y alrededor de ellos el resto de la familia real, mientras que en la penumbra se ve al pintor que trabaja, como era costumbre en la época, sobre la imagen del conjunto de la familia real en un enorme espejo que ocupa el sitio en que estamos nosotros. 




 
Me llamó siempre la atención en este cuadro la enorme vulgaridad de los rostros del rey y la reina. Al rey le falta esa majestad que es una combinación de serenidad y resolución.  A la reina dulzura, sensibilidad y subordinación al rey, apareciendo ella sin duda como la protagonista central del cuadro. Yo no acababa de comprender cómo los reyes le habían permitido a Goya pintar un cuadro así. Al fin lo he entendido, después de haber leído que tanto el rey como la reina como toda la familia real habían quedado muy satisfechos de este cuadro. Porque lo que hizo Goya fue PINTARLOS EXACTAMENTE COMO ERAN, pero no en sus figuras corporales, sino en sus almas. Y si eran así, difícilmente podrían ellos reparar en su pequeñez moral. María Luisa de Parma fue una mujer dominante y desleal,  públicamente infiel al rey su esposo con un guardia de corps, Manuel Godoy, al que convirtió en primer ministro. Y Carlos IV un hombrecillo bonachón y bienintencionado que desde su debilidad de carácter traicionó hasta al príncipe heredero, Fernando VII, cediéndole la corona de España a un hermano de Napoleón, al que los españoles llamaron despectivamente Pepe Botella.

Goya pintó las almas de todos ellos. Como lo hizo en los dos retratos que presento a continuación, el de Juan Martín el Empecinado, guerrillero en la Guerra de la Independencia contra Napoleón, y el de Fernando VII.


El Empecinado enfoca su profunda mirada sobre el mismísimo plano en que se encuentran nuestros ojos, mostrándose como un hombre valiente y arrojado, resuelto y generoso, con ideas pocas y claras. En Fernando VII hay disarmonía, posturas forzadas y una inquietante deslealtad en la mirada, consecuencia probable de su debilidad de carácter. Fue el peor rey que ha tenido España, protagonista de la destrucción del imperio español por las ambiciones opuestas y a la vez combinadas de Napoleón y los ingleses, dos imperios que emergían por entonces.

Goya, como Rembrandt y otros pintores de almas, cultivó también el autorretrato. De los muchos que se hizo presento aquí dos.



El de la izquierda es de un Goya joven (1.775, 29 años), recien vuelto a Madrid después de haber pasado varios años aprendiendo a pintar en Italia. Es un pintor neoclásico, acendradamente realista. Y un joven independiente, sensual, desaliñado, ambicioso, vitalista. El de la derecha, del Goya maduro (1.815, 69 años) con la mayor parte de su obra ya culminada y en momentos muy difíciles para España y para él mismo. Su manera de pintar, sus trazos, han cambiado totalmente. Ahora es un expresionista sin saberlo. En lo fundamental de su personalidad sigue siendo el mismo que fue de joven, pero el fondo de su mirada es, aunque igual de firme, más escéptico, y la  ligera inclinación que le da a su figura quizá muestre ese relativismo que van dando los años y la vida.



domingo, 28 de agosto de 2016

¿Nos estamos despeñando en los abismos del Antropoceno?



En el curso de un viaje reciente por el SW de USA, he tenido, en un momento dado, una extraña clarividencia. He aquí que está anocheciendo y me encuentro en un camping periurbano de la ciudad de Santafé, capital del estado de Nuevo México. El día ha sido muy caluroso. Nos hospedamos en una cabaña de madera de un camping inmenso y solitario, rodeados desde lejos por caravanas del tamaño de camiones de gran tonelaje, seguramente dotadas de todas las comodidades. Ha empezado a correr una de esas ligeras brisas de la tarde que, en circunstancias así, tanto bienestar aportan. Yo estoy sentado ante una mesita de jardín, al pie de la cabaña, mientras que mi familia va instalándose. El ambiente es apacible, abro el libro que estoy leyendo a lo largo de este viaje, “An image of Africa”, del gran escritor nigeriano Chinua Achebé. Empiezo a sumergirme en su ensayo “The trouble with Nigeria”, en el que va haciendo una disección de los problemas insuperables de su amada patria.

 Y en ese mismo instante me llega la iluminación.

Quizá es el conjunto de circunstancias que acabo de describir, las cuales me han permitido aislarme de la inmensa banalidad de lo inmediato, situándome en una esfera contemplativa, allí donde cualquier ventana misteriosa puede abrirse para tí en cualquier momento. El caso es que mis oídos empiezan a llenarse, poco a poco, de un bramido sordo que parece estar saliendo de las profundidades de la Tierra, aunque en realidad me llega a través de la atmósfera. Está hecho de innumerables explosiones producidas por los motores de miles de vehículos que circulan por las carreteras cercanas hacia dentro y hacia fuera de Santafé, en este tiempo vespertino que todavía es hora punta del tráfico. El contraste entre este bramido y el silencio apacible que por otra parte me rodea es inmenso. Quizá por ese contraste sucede que, misteriosamente, ambos van fundiéndose en una misma cosa, adoptando la forma de una contradicción insalvable. Y en el seno de esta disonancia salta dentro de mi cerebro una chispa, que es la de la iluminación y que se materializa en una sentencia muy breve:

Imposible que los humanos seamos capaces de controlar el cambio climático, imposible que podamos detener  la acumulación de CO2 en la atmósfera. La inercia que nos lleva hacia el desastre es inmensa, imparable, nadie es responsable de ella, y es por eso que nadie será capaz de detenerla”.

A pesar de lo ominoso de su contenido, una iluminación como la descrita te estimula, llenándote con una suerte de optimismo brillante difícil de describir, el que te produce haber descubierto algo que te  convence como una verdad. 

Enseguida te pones a reflexionar acerca de cómo se aplica este descubrimiento a ti mismo, a tu forma de estar en el mundo, a lo que haces y cómo lo haces. Tú eres plenamente consciente de la existencia de un cambio climático de origen antrópico, conoces los efectos indeseables que puede tener, más aún, que está teniendo ya. También sabes que todavía estamos a tiempo de detener este cambio climático, bastaría con que redujéramos a cero la acumulación de CO2 en la atmósfera. El único camino para ello sería reducir el consumo mundial de combustibles fósiles, carbón, petróleo y gas, lo que implicaría, inevitablemente, reducir el consumo de las energías derivadas de estas fuentes, que son la electricidad, la combustión en motores de explosión y los consumos domésticos de gas. Esto traería consigo cambios drásticos en los modos habituales de vida en las sociedades avanzadas y en aquellas otras que han entrado en un claro proceso de desarrollo tecnológico, es decir, en casi todo el mundo.

Ahora te interrogas sobre tu vida cotidiana. Estás en mitad del SW norteamericano, has llegado desde España hasta aquí en una aeronave que ha sobrevolado Groenlandia, consumiendo grandes cantidades de combustible y generando así un CO2 que ha ido vertiendo directamente a la estratosfera, precisamente donde más daño hace. Cuando vuelvas a tu casa usarás tu automóvil para un sinfín de desplazamientos, y como la ciudad en que vives está aplastada por un verano tórrido, tendrás casi permanentemente encendido el aire acondicionado de tu casa. Tampoco renunciarás a ninguno de tus numerosos electrodomésticos, todos ellos hambrientos consumidores de energía. ¿Estarías tú dispuesto a cambiar radicalmente de estilo de vida, reduciendo drásticamente tus consumos? Sabes que no, que serías incapaz de hacerlo, a no ser que te decidieras a encerrarte para siempre en el corazón de tu Chiloé tan querido, llevando allí una vida de campesino cuya única fuente de energía fuera la leña de tus bosques, que es renovable. 

Aun suponiendo que tú fueras capaz de tomar esa decisión tan drástica, ¿cuántos de tus convecinos en España podrían hacerlo? ¿Cuántos ciudadanos de Europa o el Mundo? Estás convencido de que prácticamente nadie.

Tu sensación de que lo que te ilumina es verdadero se refuerza algunos días después, cuando estás visitando el espléndido Museo Getty de Los Ángeles, situado en lo más alto de un cerro que domina todo el paisaje. Ves desde allí los formidables rascacielos de Los Angeles downtown hacia el Este, los bellísimos azules del mar Pacífico hacia el Oeste. Y cuando diriges tu mirada hacia el Norte contemplas algo así como una hendidura lejana que se abre entre dos cerros boscosos. Por su centro corre una anchísima autovía, cinco o seis carriles en cada dirección. La fotografías. Paralela a ella corre otra autovía secundaria de la que ves cuatro carriles que van hacia el Norte. Y esta impresionante estructura está llena de autos, incluso a esta hora temprana de una tarde de domingo en que te encuentras frente a ella.



¿Quién podrá detener este modo de vida, con todo el consumo, el derroche, la acumulación atmosférica de CO2, el cambio climático, que trae inevitablemente consigo? 

Nadie. 

Ningún político ilustrado, ningún dictador benevolente, ni siquiera todos los científicos o todas las iglesias o toda la gente de buena voluntad aliados en un esfuerzo común, ni siquiera ellos podrán conseguirlo a tiempo.

Porque lo que se nos echa encima es la última consecuencia de nuestra cultura tecnológica y consumista. Y cambiar una cultura es como arrancar una muela, solo se hace después de mucho tiempo de un dolor continuado que culmina en el dolor intenso y corto del sillón del dentista. Después de mucho tiempo de deterioro político, económico y social, que van pasando inadvertidos hasta que todo culmina en un final que, dramático o no,  marca ante todo la llegada de algo nuevo.

Algunos científicos han definido el cambio climático que ya está aquí como la llegada de un nuevo período geológico, al que han llamado Antropoceno, porque el agente causal de este cambio es la acción humana.

Como cualquier otro período geológico, el Antropoceno producirá convulsiones profundas en la faz de la Tierra, en la atmósfera y la biosfera. Estas convulsiones resultarán en sufrimiento para los humanos, en particular para los más pobres y desvalidos. También para multitud de otras especies vegetales y animales, muchas de las cuales desaparecerán. Abrirán a la vez, en lo más hondo de nuestros cerebros, interrogantes que nos harán buscar vías de salvación. Algunas de las decisiones que tomemos nos llevarán a los desastres de la guerra y la injusticia. Otras traerán compasión, solidaridad y todo un montón de valores que nos parecerán nuevos. Lo que ya ha empezado a acontecer será, en definitiva, no solo la irrupción de un nuevo período geológico, sino también de una nueva época cultural y social.

Yo no viviré su climax, pero estoy seguro de que sí lo harán mis nietos.

Concluyo bajo la convicción de que el cambio climático que viene no podrá detenerse, sino como mucho mitigarse. Es una conclusión muy dura, por lo que tiene de desesperanzada, pero nos sitúa en un marco de realismo que es condición necesaria para salvarnos.

No se trata de que los políticos y los poderosos no quieran detener el cambio climático, sino que no pueden hacerlo. La nave espacial que es nuestro planeta Tierra navega desde hace ya tiempo sin nadie a los mandos. La sala de control, allí donde deberían estar los mecanismos que permitieran dirigir su rumbo, esa sala de control, si es que existe, está cerrada para la entrada de los humanos, esos seres que somos todos nosotros y que se caracterizan por tener un cerebro, un corazón y una carne palpitantes.

Recomiendo la lectura de un libro muy lúcido que plantea esa necesaria actitud realista, “2052: A Global Forecast for the Next Forty Years”, publicado en 2012 y fácil de conseguir bajo formato Kindle a un precio razonable. Su autor, Jorgën Randers, fue uno de los coautores, con los Meadows y en 1972, del famoso “The Limits to Growth” y no ha dejado de estudiar, durante los más de cuarenta años transcurridos, estos temas.

Mientras más ominoso es un asunto más necesario es tratarlo con serenidad. Esto requiere una inocente ironía y un compasivo sentido del humor. Por eso quiero terminar esta entrada con algunos chistes del gran Andy Singer, que presento en forma de collage.


Recomendaría entrar en el buscador de Google con las palabras claves  “Andy Singer cartoons” y abrir la pestaña de “Imágenes”. Para encontrar así una multitud de chistes verdaderamente proféticos de ese dibujante genial que Andy Singer es. 



miércoles, 3 de agosto de 2016

Un coyote en el jardín


Estoy en casa de una hija mía, en el área metropolitana de San Diego, California. Se trata de un paisaje totalmente urbanizado, pero al estilo de las grandes ciudades norteamericanas, solamente el downtown es una aglomeración de altísimos edificios con cemento omnipresente, el resto está compuesto por barrios interminables (suburbs) de casitas rodeadas cada una de su pequeño jardín.

Aquí, como en muchas otras ciudades, esa enorme área metropolitana tiene una topografía de colinas entre las que corretean arroyos y regatos que no son urbanizables, la mayoría de los cuales permanece en estado silvestre. Sucede así que el campo, entendiendo por tal ese territorio todavía no completamente ocupado por los humanos, puede llegar a penetrar muy hondo en la ciudad.

Y lo hace. En las fotos que acompañan a esta entrada doy fe de que lo hace. Se han tomado desde el otero que ocupa el centro de nuestro jardín y en ellas puede verse, en el bajo ocupado por un regato que separa nuestra casa de otra vecina, nada menos que un típico coyote, con ese aspecto malcomido que los coyotes tienen, sus grandes orejas azorradas y un aire general frustrado, tal y como lo representó en sus dibujos el gran animador Chuck Jones.


Pero ¿cómo puede estar a gusto un coyote en las cercanías de nuestro jardín? Debo decir que incluso puede que se trate de una familia de coyotes, aunque hasta ahora solo hemos visto ejemplares aislados. El caso es que esta situación es habitual en muchas ciudades norteamericanas. Años atrás, muy lejos de aquí, en Virginia y en un enclave urbano parecido a éste de San Diego, llegaban hasta el patio trasero de nuestra casa los ciervos y hacían sus madrigueras allí mismo las marmotas, siendo fácil ver sobrevolándonos a los pavos salvajes. Y muchos años antes, en Ithaca N.Y., los mapaches llegaban por la noche hasta nuestros cubos de basura, que destapaban y registraban.

Hay una causa general que hace posible estos hechos, y es la de la interpenetración de lo rural con lo urbano en las ciudades norteamericanas. Pero la causa específica, ésa que permite que estos fenómenos sucedan con tanta frecuencia es, en mi opinión, la ausencia de perros sueltos en estas ciudades. Y no es que los norteamericanos detesten a los animales mascota, todo lo contrario. Se trata simplemente que, salvo en ambientes muy rurales, como las grandes reservas indias que allí existen, yo acabo de verlo en la Navajo Nation que ocupa un espacio de 25.000 km2, no se tolera la existencia de perros sueltos, mucho menos la de perros abandonados.

Algo parecido he visto en Holanda, donde la interpenetración de lo rural con lo urbano es también grande y donde es fácil acercarse a infinidad de aves y ver corretear a los ciervos. El abandono de perros está severamente castigado como lo que en verdad es, un delito.

Cuando caí en la cuenta de estos hechos me acordé enseguida de mis queridos pudúes de Chiloé, y de la medida en la que perros cimarrones o simplemente no controlados por sus amos los están poniendo en peligro de extinción, al igual que a los zorritos de Darwin, todavía más amenazados. Algo parecido sucede con otros animalitos salvajes en España, donde el abandono de perros por unos amos que desconocen la piedad y los tratan como a muñequitos de peluche que pueden tirarse, es una práctica generalizada y no perseguida ni mucho menos castigada por las autoridades.

Creo que el verdadero Chiloé rural, el de las viejas tradiciones williches, ha sido siempre respetuoso con la naturaleza. Que el descontrol y el abandono de los perros son, tanto en Chiloé como en España, fenómenos de origen y naturaleza urbanos. De unos colectivos para los que el campo es simplemente la no ciudad, en consecuencia forman parte de eso desconocido a lo que no hay por qué respetar.

Y me parece que ya va siendo hora de que en nuestras viejas culturas de raíces ibéricas, esas en las que la gente vivía apretujada en aldeas al pie de grandes castillos, se empiece a perseguir como delincuentes a los que abandonan a sus animales mascotas y hacen sufrir innecesariamente a cualquier otro animal.

Recuerdo ahora la ética de Peter Singer: tenemos el deber de la compasión con todo ser vivo capaz de experimentar un sufrimiento parecido al nuestro. Ese es el caso de la mayoría de los animales.  ¡Me parece tan lógico, tan evidente, tan necesario para nuestro autorrespeto, que nuestras sociedades castiguen a los que no lo hacen...! 


lunes, 25 de julio de 2016

Querida e indecisa España (y 3).- El fracaso de los lideres

Vivimos momentos en España en que nuestros líderes políticos no acaban de ponerse de acuerdo en cómo administrar un poder que les ha sido delegado por el conjunto de los españoles. Pero lo peor no es que no acaben, sino que da la impresión de que ni siquiera han empezado. Y no hay que darle muchas vueltas: esto constituye un fracaso de los políticos que hace ya tiempo empezó a decepcionar a los ciudadanos.

¿Por qué esta incapacidad de llegar a un acuerdo de gobierno? Como en casi todo en la vida, hay unas explicaciones operativas, que se quedan en la superficie del fenómeno, y otras sustanciales, que van al fondo. Yo voy a intentar moverme en el terreno de lo sustancial, elaborando mi propia versión de los hechos, resumida para empezar en una sentencia:

España no ha sido capaz de darse un sistema eficaz de liderazgo político porque es una sociedad demasiado individualista.

¿Quiere esto decir que España entera es responsable de lo que está pasando? Me temo que sí.

¿Acaso pretendo librar a los políticos de su responsabilidad en todo este asunto, defendiendo que España, en vez de ser un país mal gobernado, es un país de individualistas? Sí y no. Lo que yo quiero decir es algo más complejo: España es un país mal gobernado a causa de que ha venido siendo individualista, y a la vez individualista a causa de que ha venido siendo mal gobernado.

Aparecen así las dos caras de la moneda heraclitea, el individualismo y el desgobierno, una y otra apoyándose mutuamente. Y esta moneda va siendo lanzada al aire, una y otra vez, tanto por la clase política como por el conjunto de los españoles.

En cuanto a los políticos, como españoles que son también son necesariamente individualistas. Y en tanto que individualistas han sido incapaces de construir un buen sistema de liderazgo. Pero el liderazgo es esencial para dirigir algo tan complejo y sometido a tantos azares como un país. El líder, o los lideres, tienen que ser capaces de llegar al fondo de los hechos y proponer caminos hacia el futuro que convenzan a los que están obligados a seguirlos. Nuestros partidos políticos no son escuelas de líderes. Unos se comportan como  partidos chimenea y dedocraticos, donde asciendes a medida que lo va consintiendo el de arriba y al final te da el puesto tu jefe. Otros pecan de lo contrario, son destructores de líderes, han ido cortando sistemáticamente las cabezas de los que descollaban como tales. Unos y otros siguen estando ideologizados en demasía, derechas e izquierdas, esas siguen siendo las etiquetas que pretenden decirlo todo, cuando hoy, en un mundo complejo donde potencias como China emergen con un pack de comunismo de estado y capitalismo de negocios, no dicen casi nada.

Pero unos políticos que no se sienten líderes no pueden tener la ambición de dirigir a un país hacia el futuro, sino simplemente la pretensión de sobrevivir. Ese es uno de los problemas.

En cuanto a los españoles, como individualistas que somos nos cuesta trabajo identificar nuestros intereses comunes. Vemos el juego político como de suma cero, lo que te lleves tú me lo quitas a mi, y recíprocamente. Quizá sea esta una formulación exagerada, en cualquier caso nos cuesta trabajo ver que hay problemas y oportunidades en el largo plazo que son del interés de todos, como la educación, la capacidad científica y técnica, una demografía adecuada para el futuro, un sistema judicial justo, democrático y eficaz, cosas así. Y un juego político de suma cero solo puede ser de bandos, no de patriotas, apelativo este que cayó hace ya tiempo en un terrorífico desuso. Por eso muchas veces votamos, o peor todavía dejamos de votar, más con el vientre o el estómago que con el corazón o la cabeza. Así somos en lo malo, lo siento, eso es lo que creo. Y aquí está  el otro gran problema político con el que nos enfrentamos.

En cualquier caso: España dio un gigantesco paso adelante en 1976, demostrándose a sí misma que era capaz de construir un sistema democrático avanzado en beneficio de todos los españoles. Lo hizo porque, aunque durante el largo invierno del franquismo nunca había llegado a creer en sí misma, valía mucho más de lo que ella misma autoestimaba. Lo que la movió entonces fue una mezcla de miedo y esperanza, esto lo he dicho ya en otra entrada reciente de este mismo blog ("Pobre España", 24 abril 2016).

Pues bien, ahora nos encontramos en circunstancias parecidas a las de entonces. Y estoy convencido de que para dar otra vez la talla, nosotros los españoles, individualistas irremisibles, necesitamos recurrir a la misma vieja fórmula capaz de movilizarnos en positivo: una combinación  de miedo y esperanza.

Miedo a perder lo que ya hemos ganado, pero sobre todo a un futuro muy difícil para nosotros y nuestros hijos si no luchamos juntos por conquistarlo

Esperanza en que ese futuro existe y en que tenemos la capacidad de alcanzarlo si trabajamos juntos.

Esta receta, por supuesto, deben aplicársela en primera instancia nuestros políticos. Pero todos, es decir, todos.

viernes, 15 de julio de 2016

Querida e indecisa España (2).- Individualismo

En esta segunda entrada me corresponde escribir sobre los españoles. Empezaré con lo que podría ser una conclusión: a causa de un conjunto imparable de circunstancias,
1).- Históricas: un pasado tormentoso y muy complejo, con grandes invasiones y caídas: Roma, los Godos, el Islam, los Austrias, los Borbones, Napoleón, la desintegración imperial, la guerra civil.
2).- Geográficas: tremendos gradientes de latitud y de altura, de climas, barreras montañosas, aislamiento del continente, lejanía del imperio que fue.
3).- Culturales: gran diversidad cultural, riqueza de comidas, quesos, vinos, lenguas y tradiciones.

A causa de todo esto, España es un país de individuos.
Quiero decir donde la persona de carne y hueso, el yo, tú y él mucho más que el nosotros, vosotros y ellos, son la primera y la última referencias.
Cuando los anglosajones se han referido al Spanish pride no lo han hecho al orgullo de raza o de pueblo, sino a ese sentimiento que aflora en un individuo español a la menor oportunidad y que es una autoafirmación del yo, de lo mío y los míos, de mi honor, mi dignidad, mi mérito, mi equipo de fútbol, mi santa patrona, mi edad, frente a los de otros.

Claro que todo esto va cambiando, reduciéndose poco a poco de verdades como puños a tópicos que inevitablemente envejecen. La juventud de hoy es mucho menos individualista de lo que hemos sido los mayores, a tono con la homogeneización globalizante que se vive en todo el mundo, gracias a la explosión de las comunicaciones. Pero persiste, y lo hará durante mucho tiempo, un fondo cultural y vital que es genuinamente español y que afecta por tanto a todos los españoles, desde el Pirineo hasta el Estrecho, un fondo digo que es individualista.

Algunos rasgos del día a día ponen de manifiesto este individualismo entronizado en el corazón de la mayoría de nosotros.
Uno muy revelador está en la fiesta de los toros. ¿Por qué España, junto con algunas naciones hermanas de Latinoamérica, es el único país del mundo donde existe algo tan peculiar y denostado por otros como la fiesta de los toros?
Primeros momentos entre el toro y su torero.
El matador de toros es el paradigma del individuo. Una plaza de toros está llena de gente, colores, ruidos, brillos y confusión. Pero en el seno de toda esta turbamulta hay dos seres que están absoluta y despiadadamente solos: el toro y el torero. El primero porque es un desgraciado animal al que han obligado a la soledad frente a una muerte cruel. El segundo porque ha elegido estar solo, yendo así en busca de la gloria y la consumación de su llamada. Uno de los espectáculos más interesantes en una corrida es el de observar al matador que está a punto de comenzar la lidia de uno de sus toros. Todavía están en la plaza el toro y el torero anteriores, el ruido y la expectación ante lo que está a punto de terminar son máximos. Pero el torero que va a entrar pronto en lidia sabe ya lo que le espera e intenta prepararse para ello. Tiene que ser capaz de aislarse de toda aquella confusión para
José Tomás, uno de los mejores toreros del momento,
pensativo y expectante, con el rostro marcado por una
cicatriz.
poder estar a solas con  el toro, su toro, ese toro que puede herirlo gravemente, hasta matarlo, y al que tiene que prestar una extraordinaria, concentrada atención. Solo a través de este aislamiento llegará  a ser capaz de enfrentarlo. Y lo que uno puede observar maravillado es ese ejercicio de concentración: cómo el torero, que bebe un poco de agua en un vasito de plata, mira hacia dentro de sí mismo, cómo sus ojos se vacían de luz, se mineralizan, porque él está vuelto hacia dentro, viajando por sus honduras espirituales para sacar de allí el valor, la serenidad y la confianza en sí mismo que va a necesitar enseguida. Todo esto es individualismo químicamente puro. Mucho más que el del virtuoso del violín en el seno de una gran orquesta o el deportista estrella o el conferenciante o el líder político o el boxeador. El torero pone en juego su vida entera en unos instantes de gloria o muerte. Y lo hace porque le da la gana hacerlo, aunando todas sus fuerzas, físicas y espirituales, en el empeño.

(Tomado de lafiestaprohibida.blogspot.com)


En el entorno más limitado y menos existencial del arte, también el poeta y el españolísimo cantaor de cante jondo, son ejemplos de belleza creada desde la más profunda soledad individual.  España es un país no muy culto pero con una gran apreciación popular por la poesía y la canción. Ahí están García Lorca o Machado o Miguel Hernández, mucho más conocidos y apreciados por los españoles que Cervantes, Galdós o Baroja, para confirmarlo.

También son ejemplos de individualismo en acción el pícaro, el listillo, el que consigue orillar la ley para salvar sus intereses, los suyos, sin hacerle demasiado daño a los demás, a costa del Estado o en general de una Autoridad de la que los españoles siempre hemos temido y soportado el abuso. Ese individualista que defiende lo concreto de su vida, la suya, frente a lo abstracto de las normas de unas Instituciones a las que siempre ha visto como depredadoras, vive en el corazón de muchísimos españoles, marcando un importante rasgo de nuestra personalidad. Una frase muy conocida y utilizada resumiría todo lo que intento decir: “¿Se lo pongo con IVA o sin IVA?”

Este individualismo, tan peculiar de nosotros los españoles, nos marca. Entroniza al individuo en el centro del paisaje humano. Desde el individuo arrancan la mayoría de fuerzas e iniciativas imperantes.

Juan Martín el Empecinado, héroe guerri-
llero español en la lucha contra Napoleón,
pintado por Goya (1814).
En lo bueno, nuestro individualismo nos impone sus condicionantes, esos que nos hacen ser más artistas que científicos, más místicos que filósofos, más guerrilleros que soldados, más aventureros, navegantes o exploradores que comerciantes, constructores o fabricantes. Hace también que la familia sea entre nosotros la institución más poderosa, lo que no sucede en países más septentrionales. Así, mientras que en Inglaterra y otros muchos países europeos es casi una ley que los hijos abandonen el hogar paterno a los 18 años, en España pueden permanecer en él hasta los 30. Todo esto tiene de positivo que crea una estructura social de base muy sólida, capaz de soportar los peores desastres y de muchas clases de generosidad. De la cual emana un humanismo a flor de piel, compasivo, misericordioso, cordial.

Uno de los testigos más lúcidos de lo que quiero decir fue el gran Arthur Koestler. En 1936 era todavía un comunista convencido; la guerra civil lo sorprendió en España como agente secreto del Komintern de Stalin, camuflado como periodista británico. En 1937 las autoridades franquistas lo detuvieron en Málaga y tras una serie de vicisitudes lo trasladaron a la cárcel de Sevilla con una condena a muerte, que sería finalmente conmutada tras algunos meses de prisión. En su libro Testamento Español, Koestler describe con insuperable maestría literaria los acontecimientos que vivió en aquellos días tan ominosos para él. En todo momento sorprende al lector la naturaleza de las relaciones que los presos, muchos de ellos habiendo sufrido torturas previas y muchos también finalmente fusilados, mantienen con los carceleros y guardias civiles que los custodian. En ellas domina siempre la conexión personal entre individuos que son, por encima y por debajo de todo lo que está sucediendo, seres humanos que se tratan con respeto y compasión.  

Pero el individualismo, como todo, debe confirmar la regla de Heráclito, quiero decir que tiene su cara y su cruz, sus aspectos positivos y negativos, inevitablemente coexistentes.
En lo negativo, el individualismo engendra nepotismo, endogamia y antiliberalismo. El individualista es el colmo de lo antropocéntrico, se siente en el centro del mundo, de su mundo, lo único que verdaderamente le importa. Es en buena medida por este individualismo por lo que España no ha sobresalido en muchas áreas en las que otros países europeos han brillado. Podrían escribirse y ya se han escrito innumerables páginas sobre ello. Me limitaré a mencionar  lo que ha sucedido en España con instituciones como la Universidad o actividades como la investigación científica. Unas y otras requieren de los individuos que las integran una visión cooperativa de sus actividades y una apertura curiosa a los demás. Esto no ha sucedido en España, y pongo como prueba la proporción de profesores o investigadores extranjeros presentes en nuestras instituciones de enseñanza superior o investigación, sin duda de las más bajas entre los países avanzados. Y no es que los españoles estén genéticamente incapacitados para ser buenos profesores universitarios o investigadores científicos, naturalmente que no, como prueban numerosos casos de éxito. Se trata de un problema cultural, de un individualismo enraizado en nuestros hábitos colectivos, que se manifiesta en todas aquellas actividades que exigen una comunidad de esfuerzos y el respeto a unas reglas del juego absolutamente limpias. Lo que no es óbice para que España haya engendrado instituciones tan poderosas y multinacionales como la Compañía de Jesús o el Opus Dei. Pero en ambos casos se trata de entornos con una férrea disciplina interna, donde la bravura del individuo es domada y dirigida a integrarse en un esfuerzo colectivo. Por eso los españoles han brillado siempre como gente de armas o de iglesia, integrados en ejércitos donde, dominados por la fuerza los aspectos más negativos de su individualismo, han podido manifestarse los más positivos.


Pero estos contrapesos disciplinarios a nuestro individualismo han tenido también sus consecuencias nefastas. Los españoles hemos tenido que soportar desde siempre un estado burocratizado y muchas veces despótico. Que ha exhibido un poder y una seguridad para sus servidores, en contraposición con el resto de los españoles, de los que se desprende el hecho terrible de que la ilusión de muchos jóvenes españoles siga todavía siendo la de ganar una oposición a funcionario público para vivir tranquilo el resto de sus vidas, sin grandes ilusiones, exigencias o inseguridades, que todas ellas suelen ir juntas.  Muchos signos ponen de manifiesto la realidad cultural de este despotismo antiliberal omnipresente. Así la importancia social del funcionario, el papel aterrorizante del inspector, que llega al colmo cuando lo es de Hacienda. Ya en el siglo XIX el gran Mariano de Larra describía con su “vuelva usted mañana” el poder omnímodo y arbitrario del funcionario incompetente, capaz de bloquear cualquier iniciativa y con el que quizá esté acabando ahora la revolución informática, pero ¡tan lentamente!... También el desdén que muchos españoles sienten por la iniciativa privada, esa visión del empresario como alguien que no tiene otras ambiciones que su enriquecimiento, del beneficio empresarial como algo intrínsecamente ilícito.

La consecuencia de todo esto ha sido la contraria de lo que esperaban los que detentaban el poder: en vez de un estado fuerte, un estado permanentemente débil, incapaz de organizar un imperio atravesado por enormes lejanías geográficas, teniendo que recurrir a algo tan miserable como la delación secreta en una institución tan importante para el estado como fue el Santo Oficio de la Inquisición, asolado por el  riesgo permanente de invasiones, de las que la última con carácter histórico, la de Napoleón, fue profundamente destructora.

Todavía hoy padecemos los españoles las consecuencias de este despotismo disarmónico. Todavía Madrid sigue siendo tan centrista que difícilmente puede contener con éxito la marea separatista de algunas regiones. Así, mientras que desde Madrid se clama por el respeto que los nacionalistas deben a ese mandato constitucional que nos hace a todos los españoles iguales ante la ley, los madrileños no pagan un Impuesto de Sucesiones que arruina a muchas familias andaluzas o catalanas, y vascos y navarros gozan por su parte de unas condiciones fiscales privilegiadas con respecto al resto de los españoles. Junto a todo esto, Madrid ha venido cediendo a las autonomías poderes que nunca debió perder el estado.

El espíritu leguleyo que siempre existió en una España de gobiernos débiles que querían arreglar muchos de los problemas difíciles a base de nuevas leyes y reglamentos, sigue existiendo. Las iniciativas empresariales o sociales nuevas, siguen tropezando con numerosos desvíos y barreras burocráticos, a los que se añade el que cada una de las autonomías repita en su entorno muchos de los desvaríos centralistas. Uno tiene la impresión de que sigue habiendo en España un exceso de leyes y, como consecuencia, de “juristas” que las interpreten. También de que muchas de nuestras leyes y ordenanzas difícilmente pueden cumplirse, lo que convierte a muchos ciudadanos en infractores a la fuerza.

Si todo esto es así, si para lo bueno y para lo malo el individualismo sigue siendo un rasgo cultural que nos marca, ¿estará llegando el momento en que las cosas cambien?