domingo, 12 de marzo de 2017

Luminosa oscuridad interior

1888.- Van Gogh.- El dormitorio de Arlés
Tú te pareces en muchos aspectos a tu dormitorio, esa habitación oscura  que es tu último refugio, tu madriguera. En ella, en lo que tiene de cotidiano, descansas de tu angustia de vivir. Así puedes pasar  los días y los meses y los años y hasta la vida entera, dormido como Blancanieves lo estuvo, es decir, esperando.

Un día, sin que sepas de dónde has sacado las fuerzas,  intentas salirte de tu vida para verte desde fuera. Es como si te despertaras en mitad de la noche.

Abres los ojos y te tropiezas con una oscuridad impenetrable, sin que llegues a tener miedo. Sientes la urgencia de saltar de la cama, pero todavía faltan muchas horas para que amanezca. Puedes elegir entre encender o no la lamparita de tu mesilla de noche. Decides no encenderla, te levantas y recorres tu dormitorio como un ciego que almacena en su memoria todas las distancias de aquel espacio tan familiar. Te gusta moverte así entre tus tinieblas, apostando contra ti mismo si cuando extiendas la mano tentarás la pared o la cómoda o la estantería que estabas esperando. Sueles acertar, pero no siempre, porque no eres infalible. Cuando te equivocas y no topas con lo que esperabas, te asustas y echas de menos la lamparita que no encendiste.

O, por el contrario, antes de levantarte extiendes la mano en plena oscuridad y la enciendes. La luz se hace de golpe y te deslumbra, solo entonces te sientas en la cama y percibes enseguida el desagradable frio del suelo bajo las plantas de tus pies. Ahora no hay ninguna incógnita frente a tus ojos, quizá por eso no sabes qué hacer. Caminas vacilante hasta el cuarto de baño y bebes un poco de agua fresca, acercando tu boca directamente al grifo del lavabo. Te das cuenta de lo seca que la tenías y, finalmente saciado, te sientes nadie, no eres nada.

Vuelves junto a tu cama, apagas la lamparita todavía de pie, enseguida te dejas caer sobre el colchón, imprimiéndole a la vez un ligero giro a tu cuerpo. No fallas el golpe, aunque no siempre ha sido así. ¿Te acuerdas aquella noche en la que al hacer eso caíste al suelo como un saco lleno de tierra y te dislocaste un hombro?

Tú estás ahora despierto en el pavoroso silencio de la madrugada y sientes súbitamente la presencia de un peligro indefinible. El miedo empieza a acercarse pero tienes el ánimo suficiente para gritarle y alejarlo.

Te arropas con las sábanas hasta el mismísimo cuello  y, prodigios de la imaginación, te sientes mucho más protegido. Has perdido definitivamente el sueño. No puedes evitar un bando de pensamientos que cruzan silenciosos la oscuridad sobre ti como misteriosas aves nocturnas.

Con una lucidez tan aguda que casi te pincha, empiezas a experimentarte solitario frente al misterio que tú mismo eres, frente a tu futuro, frente a tu pasado. Para distraerte intentas recordar los asuntos que van a ocuparte cuando llegue el día. Pero no lo consigues. Algo empieza a acercarse a ti desde lo más hondo de tu cerebro, sin hacer caso de las sugerencias, que quisieran ser órdenes, con las que intentas distraerlo.


Es a partir de este momento cuando a veces, muy raramente, tanto que puede pasar toda una vida sin que acontezca, llegas a enfrentar revelaciones interesantes, que incluso podrían llegar a ser decisivas.

sábado, 11 de marzo de 2017

Esperanzas renacidas

¿Cuántas vidas del alma vive uno a lo largo de la vida del cuerpo? Y por ello, ¿cuántas muertes del alma? ¿Pero puede morir un alma sin que lo haga su cuerpo? Y si puede morir, ¿puede renacer, tiene necesariamente que hacerlo?

¿Qué puede entenderse como la muerte del alma sin que lo haga su cuerpo? Yo voy a exponer mi opinión, y haciéndolo espero convertirla en mi creencia.

Un cuerpo vive en tanto late su corazón. Un alma muere cuando algo que le es esencial para seguir viviendo se le agota, pierde o rompe irreversiblemente. Esta muerte del alma puede ser lenta o súbita, dolorosa o estupefaciente, alegre o triste. Pero muerte es en cuanto a que la esperanza, que es el corazón de un alma, ha dejado de latir dentro de ella.

¿La esperanza? Sí, ese concepto universal que adopta infinidad de formas vivas a lo largo, lo ancho y lo hondo de lo humano en el tiempo. En mi caso, primero fue la esperanza del niño, que se cobijaba en las faldas de mi madre y  me permitía descubrir esa asombrosa belleza del mundo que luego apenas he sido capaz de percibir. Cuando murió, renació de ella la esperanza del joven, tempestuosa, trepidante, ansiosa de comprender y transformar el mundo. Luego entré en un campo de batalla en el que distintas formas de una misma esperanza fueron naciendo, muriendo y renaciendo. Todas ellas, por cierto, directamente relacionadas con el amor, pues no se trataba de proyectos de carrera o negocios, ni de ambiciones terrenales, sino de lo que aspiraba a ver satisfecha, esa necesidad radical que todo ser humano tiene en tanto su cuerpo vive en este mundo: amar y ser amado. Finalmente, ahora se cobija dentro de mi cuerpo la esperanza del viejo, la última que ha renacido y que sospecho será ya la que acompañe a mi cuerpo en los últimos pasos trabajosos de su carrera hasta la meta.

Toda esa atropellada sucesión de esperanzas tan radicalmente diferentes me confirma que las esperanzas del alma mueren pero son capaces de renacer, o de resucitar, según se quiera verlo.

¿En qué consiste, por cierto, mi esperanza de viejo? ¿Y en qué se diferencia de mis muchas otras muertas y renacidas esperanzas? Sigue siendo, sin duda, una esperanza puesta en mí mismo, en mi capacidad de realizar proyectos y alcanzar metas, unas ganas que me inundan como esa sangre espiritual bombeada a través de todo mi ser por ese corazón espiritual que es mi esperanza. Pero además esa esperanza mía de viejo es, cada día que pasa un poco más, esperanza en los demás. En mis hijos y nietos, mis amigos, mis personas queridas, pero también en los que quieran considerarse mis enemigos, y en aquellos otros de los que discrepo. Todavía más allá, en los muchísimos de los que solo sé que pueblan el mundo ahora o lo van a poblar en el futuro.

Se trata por tanto de una esperanza de viejo que como tal, es en buena medida transitiva. Basada, quizá, en una intuición que cada día que pasa se va consolidando más y más dentro de mí: “lo mismo de noble y bueno que yo siento, anhelo y espero, lo siente, anhela y espera la inmensa mayoría de los demás”.

Y porque el devenir del mundo y los humanos que lo pueblan nunca ha sido, ni tendrá por qué ser, un juego de suma cero, esa esperanza transitiva de un viejo, no solamente está viva, sino que hasta está justificada.

1559:- Brueghel el Viejo:- La virtud de la Esperanza.- Biblioteca Real, Bruselas.

El grabado en papel de Brueghel el Viejo que represento arriba forma parte de una colección de las Virtudes, que incluye a las tres teologales, Fe, Esperanza y Caridad, y las cuatro cardinales, Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Es curioso que estas cardinales están extraídas directamente de La República de Platón, mostrando así hasta qué punto el cristianismo está también enraizado en el viejo e ilustre saber griego.

En el grabado que comento, la Esperanza está representada por una dama firmemente asentada sobre un ancla en el seno de un mar tempestuoso, con una pala y una hoz en las manos y lo que parece ser una colmena sobre la cabeza. El ancla fue símbolo en la Antigüedad de la esperanza de salvación, pues lo era de los barcos, que no tenían otro medio para salvarse de un temporal que los arrojara sobre la costa. La pala, la hoz y la colmena, son también símbolos antiguos de la esperanza del labrador en que llegará una buena cosecha de mies y miel. Y la esperanza está humanizada en una dama porque los tiempos de Brueghel son ya los del humanismo renacentista. El ancla mantiene firme a un barco evitando así que las olas lo arrastren y lo hagan zozobrar, y en el barco hay otro símbolo antiguo de la esperanza, los brazos alzados hacia el cielo, en petición de salvación. Por lo demás casi todo es catástrofe o zozobra alrededor. Muchos barcos se están hundiendo y los senos de las grandes olas dejan entrever peces enormes que podrían devorar a los naúfragos. En el centro del grabado, sobre el muelle, una casa se incendia y unos hombres luchan por sofocar el fuego. Y a la izquierda, un portón se abre dejando ver a unos hombres que están presos y quizá hasta torturados. Sobre ellos una ventana enrejada sugiere que todo el edificio es una prisión. Pero también hay señales de esperanza. En el centro del muelle un hombre pesca y dos mujeres, una de ellas quizá preñada, lo acompañan.  Al fondo, ya fuera de las murallas de la ciudad, otros hombres labran un campo, símbolo antiguo de esperanza. Lo mismo que el pájaro que en el mismísimo muro de la prisión está libre, posado sobre una reja; pues otro símbolo antiguo de la esperanza era un pájaro escapando de su jaula.

Bajo el grabado hay un largo texto latino que yo, con la ayuda de Google, he traducido así:

<<Agradabilísima es la convicción de la esperanza, especialmente necesaria ante las dificultades casi intolerables de la vida>>.

sábado, 4 de marzo de 2017

Un escenario sombrío

Pasan los días y el presidente Trump continúa sorprendiendo al mundo entero con sus salidas de tono y sus escandalosas formas de actuar. Cuando todo esto comenzó, yo pensaba que Trump, un hombre de negocios sin preparación ni experiencia política, acostumbrado a redondear tratos, que no tratados, había adoptado para iniciar su mandato la táctica agresiva de muchos otros hombres de negocios: empezar avasallando, exhibiendo posturas extremas para situarse en una posición de fuerza desde la que poder acercarse cómodamente hacia lo que realmente quiere conseguir. Ahora empiezo a creer que no es así, que el personaje Trump se exhibe en toda su cruda realidad, lo que me preocupa.

En un sistema político, económico y social tan poderoso, tan legítimamente imperial, como el de USA, es difícil aceptar que una persona con tan absoluta falta de preparación para el cargo como Trump pueda llegar a la presidencia. Son muchos los filtros que tiene que pasar. Por eso la pregunta que casi quema al hacerla es inevitable: ¿cómo es posible que haya sido así, cómo que esté pasando lo que está pasando?

En política y mucho más si se trata de sistemas imperiales, se mueven fuerzas ocultas. Fuerzas que hacen política sin dar la cara, muchas veces porque no tienen rostro. Manteniéndose en lo oculto, son por naturaleza oscuras y pueden llegar a ser siniestras, hasta tenebrosas. Por referirme a USA, citaré el asesinato del presidente Kennedy, o de su hermano Robert o de Martin Luther King, todos ellos sin aclarar en cuanto a su posible (casi me atrevería a decir que probable) fondo conspiratorio. Podrían citarse casos parecidos en otros imperios, como el romano, el español, el inglés o el soviético, pero no me voy a distraer en ello. Que sean fuerzas ocultas no significa que estén personalizadas en individuos malévolos. Pueden ser la expresión de grupos complejos, o de estados de opinión (de alarmas sociales como dirían algunos de nuestros periodistas y jueces), o de circunstancias económicas o militares muy graves. Pero son fuerzas bien concretas, con un punto de aplicación y una dirección claramente marcados, que actúan de acuerdo con su lógica aplastante, sin ninguna clase de consideración moral.

Cuando yo veo lo que está sucediendo y el cómo lo hace, se me aparece de inmediato un escenario de la política y la estrategia que fuerzas ocultas intentan aplicar con Trump como instrumento, lo que se me hace muy inquietante. Conste que solamente planteo un escenario posible, espero que ni siquiera probable, nacido en mi fuero interno de algo tan aparentemente etéreo como un presentimiento. Pero creo que, por su trascendencia potencial  merece la pena el esfuerzo de describirlo.

El mundo entero está en una encrucijada. Las finanzas se han globalizado y recorren el mundo sin control. El cambio climático, que tendrá consecuencias económicas y sociales, parece estar ya instalado y en marcha. Surgen potencias como China con aspiraciones imperiales y fuerzas como el Islamismo radical que aspiran a la destrucción de lo que hemos venido llamando Occidente. Resurge una Rusia que se siente agraviada por haber perdido el imperio soviético, sobre todo en su vertiente europea y también frente al Islam. Poderosísimas revoluciones tecnológicas están ya en marcha, la informática deriva hacia una robótica que cambiará la economía y obligará a una redefinición del trabajo humano. Durante todo el S. XXI, la presión demográfica de los países más pobres sobre los más ricos será muy intensa, con muchos aspectos traumáticos.

Ante esta situación, la Unión Europea, aun estando todavía a primer nivel mundial tanto en lo político como en lo económico, no acaba de adoptar estrategias claras. La USA de Obama, pese a la buena voluntad de éste, tampoco lo hizo.  Pueden estar consolidándose en USA fuerzas ocultas, que situándose detrás de Trump, aspiren a una redefinición de estrategias y alianzas, sin contar con esa Unión Europea que ha sido su aliado durante los últimos cincuenta años. Al amparo de estas fuerzas rebrota en USA su tentación aislacionista, que siempre estuvo presente en el sector más tradicional de sus votantes. Dichas fuerzas ocultas pueden plantearse volver a adquirir, a nivel mundial, una superioridad política, económica y militar, que estaban perdiendo (Vietnam, Iran, China, ahora el Estado Islámico). Para ello pueden considerar conveniente cambiar un aliado débil y envejecido como la Unión Europea por otro que emerge con fuerza de sus miserias como la Rusia de Putín, que ya no es comunista pero sigue siendo autocrática.

El escenario descrito tiene una lógica interna que es tan consistente como inquietante. Por ese camino el mundo corre el riesgo de volver a estar en manos de bloques hegemónicos enfrentados, que resuelvan sus contradicciones con la única herramienta posible cuando un nudo se hace gordiano, la guerra.

La pregunta que habría que hacerse es si hay otro camino posible.

Parte de la respuesta pasa por un fortalecimiento político, social, cultural y militar de la Unión Europea. ¿Es eso factible? En todo caso, el desafío para Europa es tan enorme como urgente. Y temo que la toma de conciencia por sus dirigentes no sea todavía suficiente, menos aún por sus ciudadanos.

Otra parte de la respuesta podría estar en una carrera de América Latina hacia la unión política y económica, reforzando sus conexiones con Europa. ¿Esto, es factible? Lo dudo.

Tiempos difíciles e inciertos los que quedan de este siglo XXI que no ha hecho más que empezar. Pero por ello también apasionantes y dignos de que se pongan en ellos muchas esperanzas.


¿Lo haremos?

viernes, 27 de enero de 2017

Venus en el crepúsculo

Mucho he tenido que agrandar la imagen, tomada con la cámara de un celular, para que pueda verse. Es de Venus en el crepúsculo, que se presenta como un punto brillante en el centro, ampliado en un inserto situado en el margen inferior derecho.

Acabo de tomar esta foto en el curso de mi diario paseo vespertino con mi perro Curro, aproximadamente a las 7 PM hora española, con el Sol ya puesto y Venus bastante baja sobre el horizonte occidental. Aun así, destacando como un punto brillantísimo en el cielo de la tarde. Hacia mediados de febrero alcanzará su máximo brillo en este 2017, unas 170 veces más brillante que una estrella de primera magnitud.

¿Por qué todo esto? Finalmente, por lo mucho que echo de menos a mi querido Chiloé. Pero me explicaré.

Vivo en una zona ajardinada de Sevilla, hermosa pero hija de la acción humana. El mar me queda a unos 100 kms. En estas circunstancias, mi encuentro con esa naturaleza que tan maravillosamente me envuelve y me integra cuando estoy en mi rincón de Duhatao, aquí en Sevilla tengo que hacerlo a través del cielo.

Venus brillaba esta tarde, desafiando a una luz solar todavía presente, sola en el cielo, con una belleza infinita.

Para mí era como una ventana que se abría a todos mis recuerdos de Chiloé, permitiéndome asomarme a ellos. Al viento, a las rocas, al fragor de las olas y a los colores siempre cambiantes del mar, a la oscuridad de la noche, al miedo y las sombras, a la alegría del amanecer, a mis queridos Tiuques que todavía estarán preguntándose por mi ausencia. 

Al silencio, al misterio, a la libertad.

Desde esta nostalgia, vaya un abrazo solidario para todos los chilenos que se están enfrentando ahora con terribles incendios forestales. Fuerza. Sé que lo superarán.


miércoles, 25 de enero de 2017

Aterrizaje

El larguísimo viaje que me ha traído desde la paz de Chiloé hasta la inquietud de España todavía no ha terminado. Es mucho más que un acontecer en el espaciotiempo. Es un triple salto mortal entre dos realidades espirituales no ya distintas, sino hasta opuestas. ¿Por qué triple? Primero, es mi yo más profundo el que cambia de escenario vital; allí el silencio, aquí el ruido; allí la naturaleza implacable, aquí el artificio imprevisible. Segundo,  es mi entorno inmediato el que cambia de piel; allí lo rural, aquí lo urbano; allí el viento omnipresente, aquí el zumbido constante de un montón de motores eléctricos y el bramido lejano de miles de automóviles. Tercero, es el tono social, el latir de ese corazón colectivo humano, que en Chiloé es campesino, vecinal y solidario y aquí es urbano, político y competitivo. Resulta difícil adaptarse, quizá sea una osadía pretender estar en, o pertenecer a, dos mundos tan distintos a la vez.

Vuelvo a estar frente a una televisión que allí en Chiloé no tengo. Se me pone de manifiesto el hambre que tenía de noticias. Escucho los telediarios de los canales españoles, también algunas tertulias. Y en estos días de la toma de posesión de Trump, sintonizo la CNN de USA, Al Jazeera, la BBC, para tomarle el pulso a los personajes del día.

Trump me sorprende por su bajo nivel cultural, su inconsistencia como orador. ¿Qué hace un chico como él en un sitio como la presidencia de USA, que es casi la del mundo? Esta mediocridad de Trump, más que inquietarme me tranquiliza, porque me parece difícil  que pueda llegar a ser uno de esos líderes visionarios que producen daños irreversibles. Eso sí, armará mucho ruido y creará mucha confusión, intentará con ello, como hombre de negocios que en verdad es, un reparto nuevo de las cartas del póker, a ver si consigue mejor juego. Lo que no sé es si el mundo tiene todavía tiempo para que se cambien de sitio los muebles de la casa común. ¡Hay tantas urgencias y tantas amenazas! El cambio climático, la globalización, la marea islamista, el ascenso imparable de una China capitalcomunista, con todo lo de contradictorio que hay en esta condición… va quedando cada vez menos espacio libre en este mundo nuestro para el fallo, la dilación, la inconsistencia, la duda.

La situación de Europa me inquieta mucho más. En el rostro de la señora May se refleja la profunda crisis abierta en el Reino Unido y eso es malísimo para Europa, amenazada por el populismo y por sus enemigos exteriores (Rusia y el islamismo) mucho más que USA. Y la de España me inquieta muchísimo, sobre todo cuando pienso en mis nietos. Lo que veo en España es una cerrazón en nuestra clase política, que intenta coger el rábano por las hojas, cerrados además los ojos a la realidad.

En cualquier caso, lo que está claro es que el mundo está entrando en una época de cambios profundos. Se veía venir. Era imposible que pudiera funcionar por mucho tiempo el desgobierno de la gran maquinaria económica, despojada en todo el mundo occidental de cualquier control político. El mundo tiene que cambiar, está cambiando, seguirá haciéndolo, quizá a un ritmo más acelerado a medida que vaya venciendo sus inercias. Lo importante es evitar la guerra o cualquier otra catástrofe irreversible. ¿Lo conseguiremos? Yo confío en el sano dinamismo americano, la sensatez confuciana china, la inteligente madurez europea, la capacidad de improvisación española.


¿Qué otra cosa se puede hacer sino confiar en lo mejor que tenemos?

viernes, 13 de enero de 2017

La partida

Estación espacial internacional
Próximo ya a partir, me va llegando ese momento en que me llena una extraña soledad. Experimento algo parecido a esos entrenamientos sin gravedad que les hacen a los astronautas. El avión en que los meten es mediano y todos sus mamparos interiores están acolchados. Acelerado al máximo, se eleva muy alto, hasta meterse bien dentro de la estratosfera. De súbito se lanza en un picado muy pronunciado. La tremenda, creciente aceleración, hace que todos sientan el vértigo de una gigantesca montaña rusa, sus vísceras, aplastadas por la enorme pesantez, querrían escapárseles por la boca. Y cuando ya casi no pueden aguantar más, el avión hace un brusco giro y arrumba hacia lo alto, como si quisiera fugarse para siempre de las miserias de este planeta. En el interior de la aeronave acaba de producirse una falta local de gravedad. Todos flotan, podrían hasta volar dentro de aquella reducida cabina, se han liberado por fin de la pesantez que los ha acompañado desde que fueron concebidos. La sensación tiene que ser tremenda, imborrable. La misma que esos astronautas experimentarán más tarde cuando habiten durante meses en una estación espacial, orbitando sin tregua alrededor de la Tierra.

Pues algo así es lo que siento yo en estos días próximos a mi partida, pero en el territorio de las emociones, los afectos, las afinidades. Pronto voy a dejar de ser una mezcla entre chilote adoptivo y eremita para volver a ser lo que durante la mayor parte de mi vida he sido. Pero no, no será  volver a ser, sino empezar de nuevo a serlo. En esos pocos días que voy a pasar entre mis dos mundos quizá llegue a tener la sensación de que no pertenezco, de verdad, a ninguno. Flotaré en mi espacio interior, atraído simultáneamente por fuerzas que tiran de mí en direcciones distintas.

Pero sería tonto ponerme trágico. Creo que lo que estoy sintiendo es esa necesidad, que comparto con millones de personas, de que alguna vez este disperso y heterogéneo mundo nuestro llegara a convertirse, de verdad, en un solo mundo, y que de este modo uno dejara de sentir el dolor de partir pero a la vez perdiera también para siempre la necesidad de hacerlo. Un mundo feliz, justo, casi beatífico.

Cuando lo pienso más a fondo, en verdad, en verdad, un mundo así ¿es posible? Y si lo fuera, ¿no podría llegar a ser lo más parecido que uno puede imaginarse al infierno? Por eso, finalmente, acepto como naturales  el dolor de las partidas y la incertidumbre de las llegadas.

Y me brota esa maravillosa poesía de León Felipe que nunca he olvidado:

<<Ahora de pueblo en pueblo,
Errando por el mundo.
Luego de mundo en mundo,
Errando por el cielo,
Lo mismo que esa estrella fugitiva.
¿Después?
¡Después ya lo dirá esa estrella misma!
Esa estrella romera que es la mía.
Esa estrella que corre por el cielo sin albergue,

Como yo por la vida.>>

miércoles, 11 de enero de 2017

El Tiempo es un tigre de papel

El tiempo tiene extensión y densidad. A veces pasa muy despacio, otras insoportablemente deprisa. A veces está tan lleno de acontecimientos que no permite acordarse de lo helada que es la soledad. A veces tan vacío que huele a muerte, a abandono.


Tú peleas con todas tus armas para convencerte de que este tiempo que acabas de describir no es el tuyo, sino el que está ahí fuera, esperando a los que pasen con la intención de asustarlos. Tu tiempo, el tuyo, más que un tiempo es una búsqueda. Aunque no estás seguro de que es lo que buscas, sí sabes que lo reconocerás cuando lo encuentres. Por eso no paras, te has prohibido cualquier intento de descansar. 

Así es tu vida, al menos así es como tú quieres que sea. 

Esta misma tarde, desde Punta Tilduco, Duhatao, Chiloé