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domingo, 21 de mayo de 2017

La crisis de la Izquierda

En la España de estos días la economía marcha bastante bien, pero la política es un pandemónium. Aunque no es solo España, Europa entera parece haberse vuelto políticamente loca. Movimientos de extrema derecha brotan con fuerza en Holanda, Austria, Francia, Reino Unido, mientras que la Socialdemocracia, representante tradicional de lo que desde los tiempos de la Revolución Francesa ha venido llamándose Izquierda, está prácticamente liquidada en Francia, se debate en una crisis profunda en Reino Unido y Holanda y pierde elecciones en Alemania. La Socialdemocracia española también lucha por su supervivencia, hoy está llevando a cabo unas votaciones decisivas para su futuro. Y si bien en España no existe la extrema derecha, sí ha aparecido y cobra fuerza un movimiento de izquierda comunista que intenta por todos los medios liquidar los restos de aquél socialismo de Felipe González que fue un pilar fundamental en el desarrollo del régimen democrático desde 1.976.

¿Qué está pasando, por qué y para qué?

De la crisis que enfrentó al Capitalismo con el Comunismo, dando origen a las dos guerras mundiales del Siglo XX, nació la Socialdemocracia europea occidental, inspiradora de las sociedades del bienestar que han hecho de los países de la Unión Europea una meta de confort, libertad y estabilidad envidiada por el resto del Mundo.

Pero las cosas están cambiando, con esa sorprendente rapidez de las grandes escalas, cuyos devenires suelen pasar inadvertidos. Los capitales financieros se han globalizado, liberándose así del control que venían ejerciendo sobre ellos los distintos Estados y vagan ahora libremente por el mundo, invirtiéndose en muchos casos allí donde los salarios son más bajos (China y resto de Asia). El transporte marítimo se ha globalizado también, abaratando muchísimo sus costes gracias a los grandes barcos portacontenedores, lo que ha permitido trasladar muchas fábricas al Extremo Oriente, creando paro en Occidente. Por último, en los países más avanzados la robotización de muchas actividades es un hecho que va a más, disminuyendo la oferta de un trabajo que requiere además niveles crecientes de formación.

Debido a la conjunción de todos estos factores, la que llegó a ser en Europa Occidental, gracias a la combinación de prosperidad y democracia, una generalizada clase media, se ha ido empobreciendo y sobre todo ha visto ensombrecerse más y más sus perspectivas de futuro, es decir, la seguridad de una vejez tranquila  y las esperanzas de prosperidad para sus hijos. De aquí surge la crisis de una Socialdemocracia política a la que le va siendo más y más difícil estar a la altura de las expectativas puestas en ella por los ciudadanos.

¿Hacia dónde nos lleva todo esto?

Para empezar, la idea de Izquierda atraviesa una crisis muy profunda. Nació con la Revolución Francesa y se fue consolidando a lo largo del siglo XIX. Hija del Siglo de las Luces, de una Ilustración que no veía límites al Progreso, la Izquierda como movimiento representó sobre todo la voluntad de alcanzar la Igualdad de todos a través de la lucha política que emprendió en Europa la Socialdemocracia, como contrapuesta a la lucha revolucionaria del Comunismo. Izquierda significaba cambio, progreso, erradicación de las injusticias, igualdad de oportunidades, todo eso.


En oposición dialéctica a la Izquierda socialdemócrata estaba una Derecha también democrática que practicaba el Liberalismo. Esta pareja de contrarios bien avenidos funcionó con gran eficacia en la administración política del Capitalismo de consumo que había inventado Henry Ford. Terminada la II Guerra Mundial, los países de Europa Occidental se desarrollaron como sociedades de la abundancia con un alto nivel de bienestar. Se había alcanzado algo muy brillante y esperanzador, envidiado por todo el mundo, y se pensaba que aquel progreso en democracia no tenía por qué tener fin. Nació el Mercado Común, que se convirtió pronto en la Unión Europea, a la que se incorporó primero una España que surgía de las sombras del franquismo y luego toda la Europa Oriental, liberada del poder soviético cuando éste implosionó.

Pero la Globalización, las  Revoluciones tecnológicas y el Cambio Climático están modificando, si no pulverizando, todos los supuestos políticos que se creían firmemente establecidos.

La Izquierda se consideró siempre, puesto que buscaba la justicia, moralmente superior a la Derecha. Pero a medida que el Mundo se globaliza la Izquierda europea se regionaliza, perdiendo el internacionalismo utópico que la caracterizó. Ya que se ve obligada a defender el bienestar de poblaciones que, pese a las inseguridades que se abaten sobre ellas, siguen siendo muy ricas frente a las necesidades de unas mayorías planetarias mucho más pobres. Peor todavía: impotente ante los grandes cambios económicos y sociales, incapaz la Izquierda de ofrecer soluciones para los jóvenes en paro y los mayores que pierden sus trabajos o ven en peligro sus pensiones, no solo pierde su internacionalismo, sino que se atrinchera en la defensa de los que ya tienen una posición estable: trabajadores sindicados con empleo fijo, funcionarios, etc, dejando a grandes masas de ciudadanos en manos de los populismos.

La Izquierda consiguió arrancar pacíficamente progreso social de las manos del Capitalismo imperante porque estaba teniendo lugar una creación continua de riqueza, que atesoraban las sociedades mundialmente hegemónicas de Norteamérica y Europa Occidental. Pero las cosas están cambiando. Europa sigue siendo muy rica pero ya no es hegemónica, China emerge como un contrapoder imparable. Por otra parte, el progreso económico basado en altos insumos de energía, tal y como ha venido siendo concebido desde hace un par de siglos gracias al carbón y al petróleo, está llegando a su fin. Un progreso más espartano, menos derrochador y contaminante, parece ser la única respuesta a un cambio climático que ya empieza a enseñar sus garras. Todo esto exige cambios muy profundos en las mentalidades de los ciudadanos, que necesitan un largo tiempo de maduración. Ante un progreso económico que se ralentiza,  la Izquierda europea ya no puede aspirar a la igualdad social hacia arriba, tiene que contentarse, en su búsqueda de la justicia social, con una igualación hacia abajo. Este cambio de tendencia tiene consecuencias sociales y políticas que pueden ser devastadoras. La igualación niveladora allana, arrasa todo lo singular que emerge. Aumenta la presión fiscal hacia los que teniendo algo no pueden defenderlo, con lo que va eliminando las clases medias. No premia a los mejores, los más esforzados y preparados. Lo que finalmente lleva a la igualdad del pensionista, del retirado, del subsidiado. Acorralada por estas circunstancias la Izquierda europea, inevitablemente, envejece.

No sé si con todo lo que llevo escrito habré sido capaz de mostrar la profunda crisis existencial que padece la Izquierda europea. Y que se manifiesta con una claridad deslumbrante en la Izquierda española.

¿Qué puede hacerse? En cualquier caso, está llegando el tiempo de los replanteamientos radicales, de los cambios de paradigmas. Hacen falta ideas nuevas, no basta, de ninguna manera, con la acción, hace falta una profunda reflexión.

Como una simple pincelada, terminaré mencionando dos temas que me parecen dignos de atención para una Izquierda que quiera seguir enfrentándose con la desigualdad.


(1).- Los inmigrantes.

A veces pienso que la fuerza transformadora de las sociedades europeas occidentales no está ya en la Izquierda de siempre, sino en la Inmigración. Pero esta transformación introduce grandes tensiones sociales y culturales. Se inicia, con las masas de inmigrantes que llegan hasta nuestras playas y empiezan una nueva vida en nuestras ciudades, una nueva proletarización, una nueva lucha de clases.

Nuestras sociedades occidentales tienen que enfrentar este problema. Tienen que integrar culturalmente a los inmigrantes y convertirlos a la vez en puentes con sus sociedades de origen. No les queda otro remedio, la alternativa es el inevitable envejecimiento demográfico y con él la muerte cultural y social.

Y nuestra Izquierda tiene que hacerse, si quiere sobrevivir, verdaderamente internacionalista y dotarse de una visión global, moral y esperanzada de los problemas con los que se quiere enfrentar.

En el caso particular de España, nuestra sociedad y con ella nuestra Izquierda tendrían, además, que abrirse plenamente al mundo latinoamericano, al que sin duda, además de al europeo, también pertenecen.

(2).- Las mujeres.

La Izquierda tradicional ha asumido como suyo un feminismo convencional, entendido como lucha por la igualación de mujeres y hombres respecto a derechos sociales (libertad de decisión, oportunidades y derechos laborales, etc).

Pero queda un amplio campo de derechos y posibilidades que son específicamente femeninos y que no están adecuadamente protegidos y desarrollados. Me refiero a todo lo que se deriva de la condición femenina como radicalmente diferente de la masculina. Por ejemplo, todo lo relacionado con las posibilidades que una mujer tiene ( y un hombre no, o mucho más difícilmente) de ser madre y de constituirse en el centro de la vida afectiva de una familia. Muchas mujeres han pasado de ser una esclavas del hogar a serlo de un trabajo tan remunerado como alienante. Pero ¿cuántas mujeres jóvenes renuncian en nuestras sociedades avanzadas a su fertilidad por la dificultad económica de criar a unos hijos? Y a la vez, estas sociedades, incapaces de cubrir su tasa de reposición demográfica, envejecen irremisiblemente.

En función de todo ello, la Izquierda europea, y todavía con más urgencia la española, pues en España la crisis demográfica es más aguda que en los países europeos del Norte, tendría que añadir, a su feminismo militante, un feminismo nuevo que promocionara y protegiera a la mujer como amante, paridora y centro educativo y formativo de la familia, reivindicaciones todas éstas que hoy están en manos de fuerzas mucho más conservadoras.

domingo, 7 de mayo de 2017

El PET-TAC y la nueva REVOLUCIÓN ROBÓTICA

En una situación como la mía, con una recidiva tumoral detectada por un TAC y confirmada por un examen anatomopatológico de pequeñas biopsias tomadas mediante una broncoscopia de la zona afectada, lo inmediato es someterte a un PET-TAC que explore todo el cuerpo  para la presencia de posibles metástasis.

A mí me lo hicieron hace unos días y es del PET-TAC, ese robot increíblemente sofisticado, de lo que quiero escribir hoy.

TAC es una abreviatura para Tomografía Axial Computerizada. Y PET es la abreviatura en inglés para Tomografía por Excitación de Positrones. El primer sustantivo, Tomografía, significa casi lo mismo en ambos casos. El paciente, tendido en la camilla móvil que se ve
en la foto proyectada hacia la izquierda, es introducido poco a poco en el túnel circular de la derecha. En sendas circunferencias de este círculo se disponen emisores y sensores que van generando cortes circulares con imágenes de su cuerpo.  En el caso del TAC, emisor y sensor, opuestos en los extremos de un diámetro del círculo en el que se centra el paciente, lo son de rayos X. De manera que al desplazarse su cuerpo a lo largo del túnel, lo que se va obteniendo es una radiografía tridimensional con un gran detalle. En el caso del PET, la circunferencia correspondiente contiene solo sensores, diametralmente opuestos, a los que llegan fotones, es decir luz, de muy alta energía.

Lo curioso del PET es la fuente que genera esta luz. Antes de iniciar el análisis, al paciente se le inyecta una solución radiactiva y se le tiene una hora en reposo en una habitación anexa, para que la sustancia radiactiva alcance a través del sistema circulatorio todo su cuerpo. Esta sustancia es la 18 Fluoroglucosa (en adelante 18FG), un compuesto de Glucosa con Fluor18, que es un isótopo radiactivo del Fluor. La 18FG entra en las células del cuerpo igual que la glucosa, la cual es a su vez una fuente de energía indispensable para la vida de la célula. Pero una vez dentro, la célula es incapaz de metabolizar la 18FG, por lo que ésta se acumula. Un tumor en crecimiento está hambriento de vasos sanguíneos que le lleven alimento y oxígeno, pero estos vasos van formándose poco a poco por un mecanismo que se llama angiogénesis. Por eso el tumor, con una falta crónica de oxigeno, tiene, en contraposición a los tejidos sanos del cuerpo un metabolismo anaerobio, utilizando la glucosa por una vía fermentativa que no requiere oxígeno pero que tiene por eso menor rendimiento energético. Lo que significa que el tumor, para crecer, tiene que consumir mucha más glucosa que una célula sana del cuerpo, por eso los mecanismos de transporte de glucosa y 18FG al interior celular están potenciados. Pero como la 18FG no puede metabolizarse por las células tumorales, la consecuencia es que éstas  acumulan mucha más 18FG que las células sanas.

Y ahora viene la maravilla de las maravillas. Resulta que el 18Fluor es un isótopo radiactivo de vida muy corta, que se descompone a gran velocidad, tanta que su vida útil es de unos cuantos días, de modo que tiene que transportarse en avión desde el ciclotrón que lo produce hasta el punto de consumo. En el curso de la descomposición radiactiva del 18Fluor, se produce un torrente de positrones. Estos son antielectrones, es decir, partículas subatómicas idénticas a los electrones solo que con carga positiva, parte por lo tanto de esa antimateria que nació junto con la materia en el momento del bigbang y que la acompaña a todas partes, en minoría y sumida en el misterio. Lo que sucede en los tejidos tumorales del paciente es que un positrón, nacido de una molécula en descomposición radiactiva de la 18FG, choca con un electrón de las células tumorales del paciente. Y de este choque resultan dos fotones de alta energía que se propagan en direcciones opuestas y son detectados por los sensores de fotones gamma diametralmente situados del PET. Así se generan señales luminosas que perfilan claramente el volumen y la forma de un tumor metastásico, detectándolo con gran precisión.


Toda esta maravillosa explicación está siendo ya demasiado larga para la longitud que debe tener la entrada de un blog. Pero con todo lo maravillosos que son los fundamentos científicos del proceso de un PET, lo que lo hace tecnológicamente posible es el software que analiza la inmensidad de datos adquiridos y los integra en una imagen fiable de la realidad tumoral. El PET-TAC funciona como un sofisticadísimo robot. Realiza una tarea complejísima, pero la única intervención humana que necesita es la del enfermero que inyecta en el paciente la solución radiactiva y el médico que interpreta la imagen integrada del cuerpo del paciente, buscando y evaluando los focos de actividad tumoral.

He traído toda esta historia aquí porque me ha hecho reflexionar mucho sobre los tiempos que estamos viviendo. El PET-TAC es un buen ejemplo de la nueva revolución industrial en mitad de la cual ya nos encontramos, que es una REVOLUCIÓN ROBÓTICA, apoyada en general en los muchos avances de la tecnociencia y en particular en los desarrollos espectaculares del hardware y el software.

Si analizamos la realidad que nos rodea, sobre todo en las zonas más urbanas y tecnológicamente avanzadas de nuestro planeta, encontramos muchos ejemplos más. Desde la aeronave intercontinental que nos lleva de un extremo a otro del mundo en pocas horas, hasta los generadores eólicos o fotovoltaicos de electricidad, pasando por nuestros teléfonos celulares y nuestros ordenadores de sobremesa. Y es mucho más lo que nos va a llegar pronto. En California he visto hace poco más de un año los automóviles Tesla, que no necesitan la atención del conductor, circulando ya como fantasmas tan robotizados como seguros por las gigantescas autopistas.

¿Qué significa todo esto? Ante todo un cambio de época, nada menos, la entrada en un mundo en el que el trabajo humano es mucho menos necesario y tiene que ser mucho más especializado y a la vez sofisticado. La consecuencia inmediata es que en muchos países avanzados mucha gente se está quedando sin trabajo. A la vez, como muchos países atrasados están sometidos a las presiones terribles de la guerra y la miseria, la presión inmigratoria sobre los países avanzados que favorece un alto nivel de paro y una degradación continuada de los salarios, no hace sino crecer, en un círculo vicioso que genera los muchos movimientos populistas que, desde Trump hasta Maduro pasando por Le Pen y el español Podemos, cada uno con sus matices más de izquierda o de derecha, estamos viviendo.

El futuro es impredecible. Yo solo veo con claridad dos cosas, en mi opinión las únicas capaces de hacer posible la entrada en una nueva época luminosa y liberadora, no solo para los humanos sino para la Tierra entera. 

La primera es una globalización radical de la conciencia moral del mundo, sobre la base de la noviolencia. 

La segunda, una revolución radical en la educación, que deberá ser permanente y totalmente distinta a lo que ahora mismo entendemos.

 ¿Será todo eso factible?

 ¿Por qué no, si ya es pensable?


Además, lo que estamos viviendo no es nuevo. En mitad del S. XIX se desarrollaba en Inglaterra con enorme dinamismo la primera revolución industrial. El gran Charles Dickens fue testigo en sus novelas de las miserias que acompañaron a aquella época luminosa. Mucha de la población rural había emigrado a las grandes ciudades inglesas en busca de nuevas perspectivas. Lo que encontró fue, en buena medida, explotación, trabajo descarnado de los niños, hambre, miseria, desamparo. Hizo falta más de un siglo, dos guerras mundiales con decenas de millones de muertos y un par de totalitarismos terribles, el de Hitler y el de Stalin, para que las nuevas esperanzas tecnológicas se convirtieran en avance social. Marx creyó ingenuamente que la revolución era un asunto científico y tecnológico, inspirado quizá por los gigantescos éxitos científicos de Newton y Darwin. Se equivocaba. El avance social es, en lo más hondo de sí mismo, un problema moral.

1872.- Gustavo Doré.- Wentworth Street, Londres.- Museo Británico


sábado, 4 de marzo de 2017

Un escenario sombrío

Pasan los días y el presidente Trump continúa sorprendiendo al mundo entero con sus salidas de tono y sus escandalosas formas de actuar. Cuando todo esto comenzó, yo pensaba que Trump, un hombre de negocios sin preparación ni experiencia política, acostumbrado a redondear tratos, que no tratados, había adoptado para iniciar su mandato la táctica agresiva de muchos otros hombres de negocios: empezar avasallando, exhibiendo posturas extremas para situarse en una posición de fuerza desde la que poder acercarse cómodamente hacia lo que realmente quiere conseguir. Ahora empiezo a creer que no es así, que el personaje Trump se exhibe en toda su cruda realidad, lo que me preocupa.

En un sistema político, económico y social tan poderoso, tan legítimamente imperial, como el de USA, es difícil aceptar que una persona con tan absoluta falta de preparación para el cargo como Trump pueda llegar a la presidencia. Son muchos los filtros que tiene que pasar. Por eso la pregunta que casi quema al hacerla es inevitable: ¿cómo es posible que haya sido así, cómo que esté pasando lo que está pasando?

En política y mucho más si se trata de sistemas imperiales, se mueven fuerzas ocultas. Fuerzas que hacen política sin dar la cara, muchas veces porque no tienen rostro. Manteniéndose en lo oculto, son por naturaleza oscuras y pueden llegar a ser siniestras, hasta tenebrosas. Por referirme a USA, citaré el asesinato del presidente Kennedy, o de su hermano Robert o de Martin Luther King, todos ellos sin aclarar en cuanto a su posible (casi me atrevería a decir que probable) fondo conspiratorio. Podrían citarse casos parecidos en otros imperios, como el romano, el español, el inglés o el soviético, pero no me voy a distraer en ello. Que sean fuerzas ocultas no significa que estén personalizadas en individuos malévolos. Pueden ser la expresión de grupos complejos, o de estados de opinión (de alarmas sociales como dirían algunos de nuestros periodistas y jueces), o de circunstancias económicas o militares muy graves. Pero son fuerzas bien concretas, con un punto de aplicación y una dirección claramente marcados, que actúan de acuerdo con su lógica aplastante, sin ninguna clase de consideración moral.

Cuando yo veo lo que está sucediendo y el cómo lo hace, se me aparece de inmediato un escenario de la política y la estrategia que fuerzas ocultas intentan aplicar con Trump como instrumento, lo que se me hace muy inquietante. Conste que solamente planteo un escenario posible, espero que ni siquiera probable, nacido en mi fuero interno de algo tan aparentemente etéreo como un presentimiento. Pero creo que, por su trascendencia potencial  merece la pena el esfuerzo de describirlo.

El mundo entero está en una encrucijada. Las finanzas se han globalizado y recorren el mundo sin control. El cambio climático, que tendrá consecuencias económicas y sociales, parece estar ya instalado y en marcha. Surgen potencias como China con aspiraciones imperiales y fuerzas como el Islamismo radical que aspiran a la destrucción de lo que hemos venido llamando Occidente. Resurge una Rusia que se siente agraviada por haber perdido el imperio soviético, sobre todo en su vertiente europea y también frente al Islam. Poderosísimas revoluciones tecnológicas están ya en marcha, la informática deriva hacia una robótica que cambiará la economía y obligará a una redefinición del trabajo humano. Durante todo el S. XXI, la presión demográfica de los países más pobres sobre los más ricos será muy intensa, con muchos aspectos traumáticos.

Ante esta situación, la Unión Europea, aun estando todavía a primer nivel mundial tanto en lo político como en lo económico, no acaba de adoptar estrategias claras. La USA de Obama, pese a la buena voluntad de éste, tampoco lo hizo.  Pueden estar consolidándose en USA fuerzas ocultas, que situándose detrás de Trump, aspiren a una redefinición de estrategias y alianzas, sin contar con esa Unión Europea que ha sido su aliado durante los últimos cincuenta años. Al amparo de estas fuerzas rebrota en USA su tentación aislacionista, que siempre estuvo presente en el sector más tradicional de sus votantes. Dichas fuerzas ocultas pueden plantearse volver a adquirir, a nivel mundial, una superioridad política, económica y militar, que estaban perdiendo (Vietnam, Iran, China, ahora el Estado Islámico). Para ello pueden considerar conveniente cambiar un aliado débil y envejecido como la Unión Europea por otro que emerge con fuerza de sus miserias como la Rusia de Putín, que ya no es comunista pero sigue siendo autocrática.

El escenario descrito tiene una lógica interna que es tan consistente como inquietante. Por ese camino el mundo corre el riesgo de volver a estar en manos de bloques hegemónicos enfrentados, que resuelvan sus contradicciones con la única herramienta posible cuando un nudo se hace gordiano, la guerra.

La pregunta que habría que hacerse es si hay otro camino posible.

Parte de la respuesta pasa por un fortalecimiento político, social, cultural y militar de la Unión Europea. ¿Es eso factible? En todo caso, el desafío para Europa es tan enorme como urgente. Y temo que la toma de conciencia por sus dirigentes no sea todavía suficiente, menos aún por sus ciudadanos.

Otra parte de la respuesta podría estar en una carrera de América Latina hacia la unión política y económica, reforzando sus conexiones con Europa. ¿Esto, es factible? Lo dudo.

Tiempos difíciles e inciertos los que quedan de este siglo XXI que no ha hecho más que empezar. Pero por ello también apasionantes y dignos de que se pongan en ellos muchas esperanzas.


¿Lo haremos?

miércoles, 25 de enero de 2017

Aterrizaje

El larguísimo viaje que me ha traído desde la paz de Chiloé hasta la inquietud de España todavía no ha terminado. Es mucho más que un acontecer en el espaciotiempo. Es un triple salto mortal entre dos realidades espirituales no ya distintas, sino hasta opuestas. ¿Por qué triple? Primero, es mi yo más profundo el que cambia de escenario vital; allí el silencio, aquí el ruido; allí la naturaleza implacable, aquí el artificio imprevisible. Segundo,  es mi entorno inmediato el que cambia de piel; allí lo rural, aquí lo urbano; allí el viento omnipresente, aquí el zumbido constante de un montón de motores eléctricos y el bramido lejano de miles de automóviles. Tercero, es el tono social, el latir de ese corazón colectivo humano, que en Chiloé es campesino, vecinal y solidario y aquí es urbano, político y competitivo. Resulta difícil adaptarse, quizá sea una osadía pretender estar en, o pertenecer a, dos mundos tan distintos a la vez.

Vuelvo a estar frente a una televisión que allí en Chiloé no tengo. Se me pone de manifiesto el hambre que tenía de noticias. Escucho los telediarios de los canales españoles, también algunas tertulias. Y en estos días de la toma de posesión de Trump, sintonizo la CNN de USA, Al Jazeera, la BBC, para tomarle el pulso a los personajes del día.

Trump me sorprende por su bajo nivel cultural, su inconsistencia como orador. ¿Qué hace un chico como él en un sitio como la presidencia de USA, que es casi la del mundo? Esta mediocridad de Trump, más que inquietarme me tranquiliza, porque me parece difícil  que pueda llegar a ser uno de esos líderes visionarios que producen daños irreversibles. Eso sí, armará mucho ruido y creará mucha confusión, intentará con ello, como hombre de negocios que en verdad es, un reparto nuevo de las cartas del póker, a ver si consigue mejor juego. Lo que no sé es si el mundo tiene todavía tiempo para que se cambien de sitio los muebles de la casa común. ¡Hay tantas urgencias y tantas amenazas! El cambio climático, la globalización, la marea islamista, el ascenso imparable de una China capitalcomunista, con todo lo de contradictorio que hay en esta condición… va quedando cada vez menos espacio libre en este mundo nuestro para el fallo, la dilación, la inconsistencia, la duda.

La situación de Europa me inquieta mucho más. En el rostro de la señora May se refleja la profunda crisis abierta en el Reino Unido y eso es malísimo para Europa, amenazada por el populismo y por sus enemigos exteriores (Rusia y el islamismo) mucho más que USA. Y la de España me inquieta muchísimo, sobre todo cuando pienso en mis nietos. Lo que veo en España es una cerrazón en nuestra clase política, que intenta coger el rábano por las hojas, cerrados además los ojos a la realidad.

En cualquier caso, lo que está claro es que el mundo está entrando en una época de cambios profundos. Se veía venir. Era imposible que pudiera funcionar por mucho tiempo el desgobierno de la gran maquinaria económica, despojada en todo el mundo occidental de cualquier control político. El mundo tiene que cambiar, está cambiando, seguirá haciéndolo, quizá a un ritmo más acelerado a medida que vaya venciendo sus inercias. Lo importante es evitar la guerra o cualquier otra catástrofe irreversible. ¿Lo conseguiremos? Yo confío en el sano dinamismo americano, la sensatez confuciana china, la inteligente madurez europea, la capacidad de improvisación española.


¿Qué otra cosa se puede hacer sino confiar en lo mejor que tenemos?

viernes, 2 de diciembre de 2016

Trump y el futuro del Mundo

Donald Trump
Un buen amigo, lector asiduo de mi blog, me pregunta cómo es que todavía no he escrito una palabra acerca de Trump. Intento ahora responderle.

En este caso de Trump, como en cualquier otra elección democrática, es importante distinguir entre el candidato vencedor y los ciudadanos que, votando a su favor, han hecho posible su victoria.

En cuanto a Trump, desconfío de sus capacidades para un puesto tan importante como el de presidente de USA. Porque carece totalmente de experiencia política y administrativa y además es arrogante. Aparenta creerse el “rey del mambo” y si se lo cree de verdad mal, muy mal asunto, malísima prognosis. Que no intenten tranquilizarnos con que hay otros poderes equilibradores, capaces de amortiguar sus eventuales desaciertos. El sistema político USA es presidencialista, el máximo poder está a la vista de todos y tiene apariencia humana, por eso es un sistema democrático. Si el presidente no lo hace bien, a USA le irá mal y con ella al Mundo, de eso estoy seguro y además hay ejemplos abundantes. Quizá no les vaya mal inmediatamente, pero el futuro estará muy comprometido.

En cuanto a los que lo han votado, representan a esa mitad de los norteamericanos a los que las cosas les han ido yendo cada día un poquito peor durante años, que por eso desconfían de la marcha del Mundo y del futuro que van a tener sus nietos. Son víctimas de una Megamáquina económico/financiera que se ha liberado de todo control político y recorre el Mundo entero sin frenos y sin visión del largo plazo. Hillary Clinton representaba para muchos la subordinación del poder político a esa Megamáquina ciega, por eso probablemente ha perdido. Por cierto que viene al pelo recordar la frase que, pronunciada o no por él,  inmortalizará a su esposo, el presidente Clinton: “¡es la economía, estúpido!”.

Este mismo problema norteamericano se reproduce en Europa y en toda América en términos muy parecidos. Los ciudadanos de a pie desconfían de la clase política que los dirige y se ponen en manos de líderes populistas, que casi siempre les prometen lo que saben que no van a ser capaces de conseguirles. Un círculo éste que puede llegar a ser verdaderamente vicioso.

¿Es todo esto que pasa una manifestación de ese ciclo político a muy largo plazo que se mueve por el Mundo y el Tiempo como las olas gigantescas de una gigantesca mar de fondo? Me temo que sí. Lo que significaría que la democracia y con ella lo que han llegado a ser Europa y también América, están frente a una perspectiva de riesgo.

¿Llegaremos a una situación en la que tengamos que poner las esperanzas de nuestros nietos en manos de los mandarines chinos y su sabiduría confuciana?


Todo es posible. 

Siempre lo ha sido.

Xi Jinping

martes, 22 de noviembre de 2016

Chiloé otra vez



La cadencia de las revisiones oncológicas me deja unos meses de libertad provisional que aprovecho para volver a Chiloé. Todo va bien. Durante el larguísimo vuelo, cuando ya amanece, pasamos como otras veces sobre la línea que separa el Gran Chaco paraguayo del resto del país. La visibilidad es perfecta, sin rastros de nubes. De nuevo me encuentro, geometrizado por grandes potreros infinitos, ese territorio que hasta no hace mucho era silvestre. Es la industrialización de la ganadería, la conversión de la tierra madre que lo era de los amerindios que la poblaban en un recurso globalizado en manos de multinacionales lejanas. Siento tristeza, y con ella la firme intuición de que lo mismo está pasando o va a pasar en grandes espacios naturales de América y África. ¿Hacia dónde va este mundo que debería ser el nuestro, el de todos?

Poco después, en una mañana luminosa, es la gran Cordillera de los Andes quien me da la bienvenida a Chile. Bellísima, con poca nieve para el final de la primavera austral en que estamos, lo que de alguna manera no racionalizable me inquieta. Pero su belleza puede con mis miedos.



Es jueves y encuentro el aeropuerto de Santiago más lleno de gente que nunca, lo que me hace pensar que la situación económica de Chile es boyante, y me alegro. Luego, el vuelo desde Santiago a Puerto Montt transcurre a lo largo de la cordillera y de la línea de volcanes que a partir de Concepción y hacia el Sur la festonea por el Oeste. El día sigue siendo perfecto. Los volcanes, más altos que la tierra parda que los rodea, destacan limpiamente con la blancura de sus nieves. Hasta el bellísimo Osorno, ese monte Fuji americano, está completamente desnudo de las nubes y celajes que casi siempre lo cubren.




 Después el canal de Chacao y en la otra orilla mi querida Chiloé. Desde la borda de estribor del ferry veo a lo lejos la plataforma que estudia la geología de la piedra sobre la que se asentará la columna central del puente que unirá Chiloé con el continente. Otra interrogante, bajo la convicción de que este puente, si llega a hacerse, traerá con él oportunidades y amenazas para los chilotes, que resultarán en cambios buenos y malos. ¿Cuánto serán los pesos relativos de unos y otros? ¿Estará el alma de Chiloé suficientemente protegida contra una invasión que vea a estas islas más como un recurso explotable que como un acervo de personas y  valores a los que, por encima de todo, respetar?

La sensación de que el Mundo está convulso y de que las megamáquinas, que Lewis Mumford definió con tanta precisión, se mueven fuera de control, me puede. Finalmente llego a mi casa en Duhatao, donde todo es silencio, soledad y paz. La primera noche allí el viento, como siempre, arranca gemidos y voces de los árboles que me rodean. Siento un poco del mismo miedo que el humano primitivo, ese que ha vivido en una naturaleza a la que todavía no dominaba, le ha tenido siempre a la oscuridad de la noche.

Ya por la mañana, cuando todavía no ha hecho más que clarear, mis vecinos queridísimos, los Tiuques, son los primeros en darme la bienvenida a mi casa. Reclaman su pan y yo se los doy entre emocionado y alegre. Estoy seguro de que a ellos no les está moviendo el interés, sino la confianza en mí y el hecho de que a pesar de mis ocho meses de ausencia, no me han olvidado.




Buenos días, Chiloé. Aquí estoy otra vez. Un abrazo.

domingo, 28 de agosto de 2016

¿Nos estamos despeñando en los abismos del Antropoceno?



En el curso de un viaje reciente por el SW de USA, he tenido, en un momento dado, una extraña clarividencia. He aquí que está anocheciendo y me encuentro en un camping periurbano de la ciudad de Santafé, capital del estado de Nuevo México. El día ha sido muy caluroso. Nos hospedamos en una cabaña de madera de un camping inmenso y solitario, rodeados desde lejos por caravanas del tamaño de camiones de gran tonelaje, seguramente dotadas de todas las comodidades. Ha empezado a correr una de esas ligeras brisas de la tarde que, en circunstancias así, tanto bienestar aportan. Yo estoy sentado ante una mesita de jardín, al pie de la cabaña, mientras que mi familia va instalándose. El ambiente es apacible, abro el libro que estoy leyendo a lo largo de este viaje, “An image of Africa”, del gran escritor nigeriano Chinua Achebé. Empiezo a sumergirme en su ensayo “The trouble with Nigeria”, en el que va haciendo una disección de los problemas insuperables de su amada patria.

 Y en ese mismo instante me llega la iluminación.

Quizá es el conjunto de circunstancias que acabo de describir, las cuales me han permitido aislarme de la inmensa banalidad de lo inmediato, situándome en una esfera contemplativa, allí donde cualquier ventana misteriosa puede abrirse para tí en cualquier momento. El caso es que mis oídos empiezan a llenarse, poco a poco, de un bramido sordo que parece estar saliendo de las profundidades de la Tierra, aunque en realidad me llega a través de la atmósfera. Está hecho de innumerables explosiones producidas por los motores de miles de vehículos que circulan por las carreteras cercanas hacia dentro y hacia fuera de Santafé, en este tiempo vespertino que todavía es hora punta del tráfico. El contraste entre este bramido y el silencio apacible que por otra parte me rodea es inmenso. Quizá por ese contraste sucede que, misteriosamente, ambos van fundiéndose en una misma cosa, adoptando la forma de una contradicción insalvable. Y en el seno de esta disonancia salta dentro de mi cerebro una chispa, que es la de la iluminación y que se materializa en una sentencia muy breve:

Imposible que los humanos seamos capaces de controlar el cambio climático, imposible que podamos detener  la acumulación de CO2 en la atmósfera. La inercia que nos lleva hacia el desastre es inmensa, imparable, nadie es responsable de ella, y es por eso que nadie será capaz de detenerla”.

A pesar de lo ominoso de su contenido, una iluminación como la descrita te estimula, llenándote con una suerte de optimismo brillante difícil de describir, el que te produce haber descubierto algo que te  convence como una verdad. 

Enseguida te pones a reflexionar acerca de cómo se aplica este descubrimiento a ti mismo, a tu forma de estar en el mundo, a lo que haces y cómo lo haces. Tú eres plenamente consciente de la existencia de un cambio climático de origen antrópico, conoces los efectos indeseables que puede tener, más aún, que está teniendo ya. También sabes que todavía estamos a tiempo de detener este cambio climático, bastaría con que redujéramos a cero la acumulación de CO2 en la atmósfera. El único camino para ello sería reducir el consumo mundial de combustibles fósiles, carbón, petróleo y gas, lo que implicaría, inevitablemente, reducir el consumo de las energías derivadas de estas fuentes, que son la electricidad, la combustión en motores de explosión y los consumos domésticos de gas. Esto traería consigo cambios drásticos en los modos habituales de vida en las sociedades avanzadas y en aquellas otras que han entrado en un claro proceso de desarrollo tecnológico, es decir, en casi todo el mundo.

Ahora te interrogas sobre tu vida cotidiana. Estás en mitad del SW norteamericano, has llegado desde España hasta aquí en una aeronave que ha sobrevolado Groenlandia, consumiendo grandes cantidades de combustible y generando así un CO2 que ha ido vertiendo directamente a la estratosfera, precisamente donde más daño hace. Cuando vuelvas a tu casa usarás tu automóvil para un sinfín de desplazamientos, y como la ciudad en que vives está aplastada por un verano tórrido, tendrás casi permanentemente encendido el aire acondicionado de tu casa. Tampoco renunciarás a ninguno de tus numerosos electrodomésticos, todos ellos hambrientos consumidores de energía. ¿Estarías tú dispuesto a cambiar radicalmente de estilo de vida, reduciendo drásticamente tus consumos? Sabes que no, que serías incapaz de hacerlo, a no ser que te decidieras a encerrarte para siempre en el corazón de tu Chiloé tan querido, llevando allí una vida de campesino cuya única fuente de energía fuera la leña de tus bosques, que es renovable. 

Aun suponiendo que tú fueras capaz de tomar esa decisión tan drástica, ¿cuántos de tus convecinos en España podrían hacerlo? ¿Cuántos ciudadanos de Europa o el Mundo? Estás convencido de que prácticamente nadie.

Tu sensación de que lo que te ilumina es verdadero se refuerza algunos días después, cuando estás visitando el espléndido Museo Getty de Los Ángeles, situado en lo más alto de un cerro que domina todo el paisaje. Ves desde allí los formidables rascacielos de Los Angeles downtown hacia el Este, los bellísimos azules del mar Pacífico hacia el Oeste. Y cuando diriges tu mirada hacia el Norte contemplas algo así como una hendidura lejana que se abre entre dos cerros boscosos. Por su centro corre una anchísima autovía, cinco o seis carriles en cada dirección. La fotografías. Paralela a ella corre otra autovía secundaria de la que ves cuatro carriles que van hacia el Norte. Y esta impresionante estructura está llena de autos, incluso a esta hora temprana de una tarde de domingo en que te encuentras frente a ella.



¿Quién podrá detener este modo de vida, con todo el consumo, el derroche, la acumulación atmosférica de CO2, el cambio climático, que trae inevitablemente consigo? 

Nadie. 

Ningún político ilustrado, ningún dictador benevolente, ni siquiera todos los científicos o todas las iglesias o toda la gente de buena voluntad aliados en un esfuerzo común, ni siquiera ellos podrán conseguirlo a tiempo.

Porque lo que se nos echa encima es la última consecuencia de nuestra cultura tecnológica y consumista. Y cambiar una cultura es como arrancar una muela, solo se hace después de mucho tiempo de un dolor continuado que culmina en el dolor intenso y corto del sillón del dentista. Después de mucho tiempo de deterioro político, económico y social, que van pasando inadvertidos hasta que todo culmina en un final que, dramático o no,  marca ante todo la llegada de algo nuevo.

Algunos científicos han definido el cambio climático que ya está aquí como la llegada de un nuevo período geológico, al que han llamado Antropoceno, porque el agente causal de este cambio es la acción humana.

Como cualquier otro período geológico, el Antropoceno producirá convulsiones profundas en la faz de la Tierra, en la atmósfera y la biosfera. Estas convulsiones resultarán en sufrimiento para los humanos, en particular para los más pobres y desvalidos. También para multitud de otras especies vegetales y animales, muchas de las cuales desaparecerán. Abrirán a la vez, en lo más hondo de nuestros cerebros, interrogantes que nos harán buscar vías de salvación. Algunas de las decisiones que tomemos nos llevarán a los desastres de la guerra y la injusticia. Otras traerán compasión, solidaridad y todo un montón de valores que nos parecerán nuevos. Lo que ya ha empezado a acontecer será, en definitiva, no solo la irrupción de un nuevo período geológico, sino también de una nueva época cultural y social.

Yo no viviré su climax, pero estoy seguro de que sí lo harán mis nietos.

Concluyo bajo la convicción de que el cambio climático que viene no podrá detenerse, sino como mucho mitigarse. Es una conclusión muy dura, por lo que tiene de desesperanzada, pero nos sitúa en un marco de realismo que es condición necesaria para salvarnos.

No se trata de que los políticos y los poderosos no quieran detener el cambio climático, sino que no pueden hacerlo. La nave espacial que es nuestro planeta Tierra navega desde hace ya tiempo sin nadie a los mandos. La sala de control, allí donde deberían estar los mecanismos que permitieran dirigir su rumbo, esa sala de control, si es que existe, está cerrada para la entrada de los humanos, esos seres que somos todos nosotros y que se caracterizan por tener un cerebro, un corazón y una carne palpitantes.

Recomiendo la lectura de un libro muy lúcido que plantea esa necesaria actitud realista, “2052: A Global Forecast for the Next Forty Years”, publicado en 2012 y fácil de conseguir bajo formato Kindle a un precio razonable. Su autor, Jorgën Randers, fue uno de los coautores, con los Meadows y en 1972, del famoso “The Limits to Growth” y no ha dejado de estudiar, durante los más de cuarenta años transcurridos, estos temas.

Mientras más ominoso es un asunto más necesario es tratarlo con serenidad. Esto requiere una inocente ironía y un compasivo sentido del humor. Por eso quiero terminar esta entrada con algunos chistes del gran Andy Singer, que presento en forma de collage.


Recomendaría entrar en el buscador de Google con las palabras claves  “Andy Singer cartoons” y abrir la pestaña de “Imágenes”. Para encontrar así una multitud de chistes verdaderamente proféticos de ese dibujante genial que Andy Singer es. 



viernes, 24 de junio de 2016

BREXIT: un cambio de página.


Hoy, como casi todos los días, me levanto muy temprano, entre cinco y media y seis de la madrugada. Busco enseguida la noticia del Brexit y me sorprende como un mazazo el triunfo del NO a la Unión Europea. Siento enseguida una contradictoria mezcla de miedo, tristeza y esperanza. También la punzante sensación de que vivo un momento histórico, uno de esos que solo se presenta cada medio siglo y cuyo enmarañado paquete de consecuencias es imprevisible. Intentaré explicarme.

Si tuviera que aplicarme una etiqueta, me considero mucho más anglófilo que germanófilo o francófilo. Siempre admiré a Inglaterra, el corazón de la gran Britannia, madre a su vez del último gran imperio que el mundo ha conocido, paridora de un incontable número de héroes y sabios, aunque de pocos santos, lo que pone de manifiesto su equilibrado pragmatismo. Pero también sé que desde que se creó la Unión Europea, en aquellos tiempos ya lejanos del Mercado Común de los 1950’s, Inglaterra estuvo a la contra. Organizó entonces como contrapartida una Zona de Libre Cambio, en la que intentó agrupar bajo su liderazgo el mayor número posible de países europeos. Aquello finalmente fracasó e Inglaterra, con su sentido práctico, tuvo que aceptar la derrota y pedir su ingreso en la Unión Europea. 

Durante todos estos años que ha estado dentro, Inglaterra ha sido más una resistencia que un impulso para el progreso de esa Unión. Siempre desconfió de la Unión Europea porque siempre desconfió de Europa. Nunca fue definitivamente europea. Por debajo de su condición imperial durante los últimos siglos, lo que la definía como nación en un contexto geográfico noratlántico era su arraigado concepto de la insularity: Inglaterra se vio siempre como una isla, separada de una Europa entregada desde siempre a arrebatos sangrientos no por un estrecho canal, el de La Mancha, sino por un inmenso océano, el Atlántico. Así ha seguido siendo en buena parte. El inglés medio se siente mucho más cerca de un neozelandés que de un francés. Claro que lo mismo le pasa al español medio, también descendiente de un antiguo imperio: yo me siento muchísimo más cerca de un chileno que de un francés. En ambos casos es sobre todo la lengua, fundamento de la cultura, lo que nos une. Es posible que para la gente muy joven las cosas funcionen de otra forma, que ellos se sientan mucho más europeístas; pero esa es otra historia.

Luego está la cuestión del populismo, ese nuevo fantasma que recorre hoy Europa y que se pone de manifiesto en muchos de los países de la Unión con un fuerte componente antieuropeísta. También en Inglaterra, que quizá sea hoy, con su Brexit triunfante en un referéndum torpemente convocado, la primera víctima europea de ese populismo.

Por lo demás, Europa entera, Inglaterra incluida, está hoy temblando ante las amenazas  que para todos parecen derivarse del Brexit. Yo tiendo a pensar que no es para tanto, por lo menos en lo que se refiere a amenazas de naturaleza económica o financiera, pues la globalización en estas áreas es hoy casi total. Así, dudo que la City londinense desaparezca como segundo centro financiero mundial después de Wall Street. O que se resienta el comercio de la Europa continental con Gran Bretaña. O que deje España el millón de jubilados ingleses que ya vive aquí, o que se venga abajo el turismo inglés.

Pero lo de ese primer triunfo del populismo en Europa sí me parece preocupante, pues Europa entera es hoy un barril de pólvora populista. Estoy convencido de que el populismo es una forma de fascismo, la forma que el fascismo está adoptando en la Europa de este primer tercio del siglo XXI. Y lo es por dos razones principales: primero porque es hijo del miedo, en cuanto a que los europeos de hoy, viejos y jóvenes, temen con fundamento que su futuro económico y social pueda empeorar en vez de mejorar; segundo porque se basa en una gran mentira, la de que todo se arreglará retirándose a una patria chica con paredes supuestamente seguras o repartiendo entre todos una riqueza que, sencillamente, no existe.

Para vencer al populismo que nos amenaza a todos hay un solo camino de dirección única: aumentar la unión y la integración europeas, en todos los frentes, por todos los medios, con determinación y rapidez.

Es principalmente desde este punto de vista que el triunfo del Brexit es una malísima noticia. Aunque quién sabe: a lo mejor hace falta un bofetón de este calibre para que todos nos despertemos y empecemos a reaccionar. Empezando por Alemania y Francia, los dos países que, hoy más que nunca, tienen que cogerse de la mano y liderar este proceso.


El déficit más importante con el que los europeos tendremos que enfrentarnos es precisamente el de líderes. No solo políticos, también sociales y culturales. Gente capaz de ver claro el único futuro posible y de transmitir esta visión a los demás. 

Este es el problema más urgente que debemos resolver. Y no tiene, por suerte o por desgracia, una solución tecnológica.

domingo, 24 de abril de 2016

¡Pobre España!

Somos tiempo, ésta es la única variable independiente de nuestro Universo. El espacio, sin tiempo, sería inconcebible, como lo serían la masa, la materia, la energía, los sentimientos, los pensamientos, las vivencias. Esta dependencia del tiempo se nos pone más claramente de manifiesto cuando cerramos los ojos y dejamos que sean las innumerables memorias que conviven en nuestro cerebro las que se apoderen de nuestra conciencia. Sentimos ese vértigo del transcurrir y el devenir que son señales inequívocas de que estamos vivos. Tantos recuerdos, tantísimas expectativas, un futuro todavía por hacer pero ya inseparable de nuestro pasado se extiende ante nosotros. Aquí estamos, eso somos. Esperando, viviendo, añorando.

Todos los fenómenos que somos capaces de percibir se desarrollan en el tiempo. Quizá por eso la inmensa mayoría de ellos tienen una cinética ondulatoria. Vienen y van, suben y bajan, crecen y encojen, exactamente igual que lo hacen las olas del mar, con el mismo aspecto caótico, imprevisible. Fuerza y debilidad, felicidad y desgracia, deseo y hartazgo, se desplazan inevitablemente unos a otros.

Y esto, que sucede en la naturaleza inanimada, en todos los seres vivos y en nosotros los humanos, también pasa en la historia. A períodos de plenitud siguen inevitablemente otros de decadencia, a la paz la guerra, a la abundancia la pobreza que puede llegar a ser miseria. Esta profunda verdad la reflejó Orwell en las primeras líneas de su “1984”. Sobre la gigantesca fachada del Ministerio de la Verdad están escritos en letras enormes los tres lemas del Socing, ese socialismo inglés que gobierna en Londres: “La guerra es la paz, la esclavitud es la libertad, la ignorancia es la fuerza”.  El genio de Orwell deslizó esta verdad incontrovertible bajo el aspecto de una contradicción, y ahí ha quedado para que nunca la olvidemos.

La historia particular de España, como cualquier otra, también tiene una cinética ondulatoria, abundante en contradicciones y miserias. Ahora parece que se va precipitando hacia tiempos de tribulación desde aquellas cimas de plenitud de los años 1970’s, ya tan lejanas, cuando el pintor Genovés creo su cuadro “El Abrazo” como símbolo de unos tiempos de unión entre todos los españoles, que recién salidos del franquismo compartíamos muchas esperanzas. ¿Pero era solamente esperanza lo que compartíamos? No. También había miedo, mucho miedo al futuro: los de derechas temían la llegada de los comunistas, los de izquierdas temían la vuelta de los militares, y todos temían el terror de ETA. Fue la mezcla de miedo y esperanza la que nos ayudó a entendernos y a alcanzar metas que habíamos creído inalcanzables. Con la generosa ayuda de la Europa del Mercado Común, naturalmente.

Pues lo mismo debería ser ahora. A la indignación, las tendencias centrífugas, la desazón, la desesperanza que ahora parecen llenarnos, deberíamos intentar con todas nuestras fuerzas añadirle el miedo.

Miedo a perder mucho de lo que habíamos venido ganando, pero sobre todo miedo a perder el futuro que estamos obligados a ganar para nuestros hijos y nuestros nietos.

Y con ese miedo, la esperanza que es confianza en que, si queremos, podremos superar nuestras dificultades.


El miedo y la esperanza cogidos de la mano. Es lo que necesitamos. 

Quizá en eso consista el valor.

Juan Genovés (1976).- EL ABRAZO.- Museo Reina Sofía, Madrid

jueves, 25 de febrero de 2016

El mundo visto desde Duhatao

Estoy recién llegado a Duhatao, solo han transcurrido unos meses desde que me fui y aparentemente casi nada ha cambiado. El mar, las rocas, las olas que rompen furiosas sobre ellas, el bosque, el camino, mi cabaña. El silencio, el cielo, las nubes, el horizonte, la lejanía. Todo sigue en su sitio, interpretando su papel en ese gran teatro que es el mundo visto desde unos ojos humanos, como los míos.

Pero los árboles jóvenes que rodean mi casa han crecido mucho, tanto que yo, un hombre introvertido,  lo percibo con facilidad. Y los ulmos están floreciendo con vigor, cubiertos todos, hasta los más jóvenes, por sus penachos de flores blancas, marcando así cada uno su sitio en ese bosque chilote en el que los árboles, sea cual sea su especie, se entrelazan unos con otros en un continuo verde.

Este es un tiempo para la soledad, para reencontrarse uno a sí mismo, lejos de ese ruido ensordecedor de las ciudades que rompe todos los espejos.

Para escuchar también lo que a uno le dice su propio cerebro cuando no hay ruido humano que impida escuchar sus propias reflexiones.

Y a mí me estaba diciendo esta mañana, cuando me vestía escuchando una vieja canción, dos cosas sorprendentes: que los conflictos del futuro no serán entre explotadores y explotados, colonizadores y colonizados, occidentales y restodelmundo, luchas así, como las que han venido martirizando a la humanidad hasta ahora. Sino que serán, dentro de todas las sociedades suficientemente avanzadas, entre viejos y jóvenes y entre mujeres y hombres.

En un mundo que ya no podrá crecer hacia fuera, los jóvenes se rebelarán contra los viejos, intentando derribarlos de sus posiciones de poder. Y la rebelión de los jóvenes no será solo contra los individuos viejos, sino contra todo lo viejo: la historia, la herencia recibida, la sabiduría, la experiencia. Los jóvenes quemarán todos los libros sabios y se pondrán en la tarea de inventar un mundo radicalmente nuevo. Lo harán todos los jóvenes, en masa, muchos de ellos ni siquiera serán conscientes deque lo estén haciendo. Como los viejos soldados de aquellas guerras ya caducas.

Y en ese mundo nuevo en el que los hombres, en su integridad animal, ya no van a ser biológicamente necesarios, las mujeres se rebelarán definitivamente contra los hombres. Esta rebelión no lo será solamente contra los individuos machos y sus formas de establecer una posición masculina dominante en el mundo de las cosas. También contra todo lo masculino que hay en la cultura, la historia, la sensibilidad, el poder. Las mujeres rechazarán mucha de la sabiduría, toda esa que es esencialmente masculina, quemarán por eso muchos de los libros viejos que hasta ahora habían sido ilustres y venerados. Dejarán de basar su lucha en ser ellas como ellos, en tener los mismos derechos que ellos, y se lanzarán por un camino que ninguna de ellas sabrá dónde terminará llevándolas, pero que verán cómo el único camino que vale la pena seguir.

De estos modos la sociedad humana cambiará radicalmente, tanto que le será difícil reconocer, mucho menos venerar, su pasado. Y ésta será la única forma en que los humanos puedan sobrevivir en un mundo que se les habrá quedado pequeño, que en adelante no les permitirá crecer a su antojo.


Cuando las aguas de esta tempestad finalmente se calmen, si es que lo hacen, los humanos renovados recuperarán las viejas reliquias venerables y se asombrarán al hacerlo.