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domingo, 26 de enero de 2014

Del Nickjournal (3).- Desde el Estrecho (3 agosto 2009)

Nota introductoria: lo mismo que los ingleses llaman al Canal de la Mancha "the Channel", los españoles llamamos al Estrecho de Gibraltar "el Estrecho". Este estrecho nuestro es más importante que el inglés, y no lo digo por chauvinismo. Nuestro estrecho separa dos continentes, Europa y Africa,  a la vez que un océano, el Atlántico, del más viejo e ilustre de los mares, el Mediterráneo.
Cuando mis hijos eran pequeños nos embarcábamos en nuestro velero familiar durante mi mes de vacaciones, que pasábamos en las Baleares o en Portugal, pero desde el mar, sin apenas entrar en ningún puerto. Después, cuando volaron del nido familiar, nos reuníamos unos días de verano en alguna casa que alquilábamos en algún sitio hermoso y tranquilo, siempre junto al mar. En esta entrada narro algo de nuestra experiencia en una casa situada en mitad de la costa española del Estrecho.
Una advertencia final: las dos últimas fotos, que se tomaron y referenciaron del portal Flickr, han perdido ya sus referencias.

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He pasado dos semanas de vacaciones a la orilla del Estrecho de Gibraltar, en una casa rural (punto A de la foto satélite) dentro del Parque Natural del Estrecho, entre Tarifa y Algeciras. De difícil acceso, está en lo que fue la zona fortificada que Franco creó en la II Guerra Mundial para defender a España de una posible invasión aliada apoyada en Gibraltar. Hoy todavía se tropieza uno allí con grandes cañones de artillería de costa oxidados y numerosos búnkeres de hormigón armado semidesechos, que le dan al paisaje una nota de ominoso encanto. El acceso a la casa es muy difícil, una carretera de montaña en vías de disolución que remata en un carril imposible para todo coche que no tenga la altura de un todoterreno. La costa es acantilada y rocosa, catalogada por los geólogos como un flysch de extraño aspecto, capaz de destrozar a cualquier desgraciada patera que intente desembarcar allí de noche. La casa en sí misma es bonita y confortable, totalmente sostenible en cuanto a que obtiene la mayor parte de su energía de un generador eólico y algunas placas fotovoltaicas. De manera que aquello resulta ser un paraíso bastante singular, adecuado para recargar las baterías del ánimo después de muchos meses de vida urbana y para disfrutar de una soledad meditativa y contemplativa, ese bien hoy tan escaso.

La panorámica del Estrecho desde esta casa es grandiosa, no solo muy hermosa sino también muy sugerente, y ello en una doble dimensión, espacial y temporal.

El paisaje espacial tiene muchísimas facetas, que se estructuran sobre tres componentes principales:
• La masa imponente de agua, a la que se ve fluir hacia el Este para alimentar al cálido y evaporante Mediterráneo, y que tanto por su color como por su temperatura y profundidad es decididamente oceánica.
• La vida que puebla estas aguas, primero en los múltiples animales marinos, entre los que destacan los cetáceos y las aves migratorias, pero después en los humanos palpitantes, en su mayoría marroquíes, que cruzan en los ferries.
• Las montañas que le dan forma, tanto en la orilla europea como en la africana, destacando en esta última el Monte o Djebel Sidi Musa (punto C de la foto satélite).

Es el propio Djebel Musa, protagonista destacado de este paisaje, quien nos introduce en su dimensión temporal. Porque empezó su historia siendo, muy probablemente, la columna africana de Hércules, que junto con la columna europea, Gibraltar, marcaba para los romanos el límite occidental del mundo. Se llama Musa este monte en honor del general que invadió y tomó España para el Islam, Musa ben Nusair, como Gibraltar (Djebel Tarik) se llama así en honor del lugarteniente de Musa, Tarik ben Malik.

Contemplando al Musa, uno adivina enseguida los desgarrones de la historia bajo esta gran cicatriz que es el Estrecho. Lo mismo que las orcas acechan allí a los grandes atunes rojos, los piratas berberiscos acecharon durante siglos el paso obligado de sus posibles presas, convirtiendo la costa española en un desierto jalonado por una sucesión de torres almenaras, consecutivamente a la vista unas de otras. Una muestra ilustrativa es la torre Guadalmesí (punto B de la foto satélite), muy cercana a la casa que alquilamos. Construida en 1577, resulta impresionante su sencilla estructura militar, con un pescante superior para transportar hasta lo alto la leña empleada en hacer señales y una cámara de vivienda y defensa sin otro orificio que una estrecha puerta levantada del suelo cuatro metros.

Además, la casa en la que hemos vivido es un observatorio ideal porque por el Estrecho al que se asoma está obligado a pasar una buena parte de lo que entra y sale por mar del Mediterráneo. También de lo que se puentea entre Africa y Europa. Analizaré separadamente estas dos transferencias.


Entre el Mediterráneo y el Atlántico.

Ese Estrecho que une el Mediterráneo con el Atlántico es un pedazo más del océano, cruzado por toda clase de barcos y animales marinos.

La contemplación del paso incansable de los barcos innumerables lleva a una doble reflexión. En primer lugar, uno constata que el comercio mundial, como en los tiempos antiguos, sigue siendo en buena parte marítimo; elementos tan fundamentales para nuestra civilización como las fuentes de energía, los minerales, los automóviles y muchas de las manufacturas, siguen transportándose por barco. En segundo lugar, te entra por los ojos la profunda especialización que caracteriza a nuestras sociedades avanzadas, reflejada aquí en la amplia gama de tipos de barcos.

Los reyes de este tránsito E/W son los portacontenedores, casi tan masivos como los superpetroleros. Junto a ellos están los portautomóviles, sin lugar a dudas los barcos más feos jamás concebidos. Predominan luego los transportadores de energía, grandes bulkcarriers que entran en el Mediterráneo llenos de carbón y salen en lastre, mostrando impúdicamente sus vientres rojos, grandes gaseros que reparten por el mundo el gas natural argelino y grandes petroleros que entran y salen con petróleo de todos los orígenes. Destacan también en esta época del año los cruceros de turismo, esos de vacaciones en el mar. Finalmente llaman la atención los buques de guerra; en el tiempo que estuvimos en la casa pasaron dos cruceros lanzamisiles y un gran portaviones, todos americanos, navegando sobrevolados por sus propios helicópteros, que exploraban vigilantes la costa africana en busca de posibles amenazas.
Todo esto nos habla a gritos de un concepto fundamental en nuestro mundo hipertecnificado, el de la segmentaciónfuncional, la especialización. En conjunto formamos una civilización muy poderosa, capaz de muchas hazañas complicadas, pero cada uno de nosotros es un especialista que sabe hacer poco más que su o particular con un canuto. Con la vejez a la que hemos vencido ha desaparecido de nuestro entorno la sabiduría, lograda por los antiguos a base de mucho esfuerzo y experiencia. Un ejemplo llamativo de todo lo que quiero decir es el barco especializado en transporte de yates que pasó ante mis narices y que reproduzco en la foto, una especie de dique flotante que se semisumerge para acoger y liberar al sinfín de yates al que transporta desde unas zonas de navegación de placer a otras, a lo largo del ancho
mundo. Un barco éste que contrasta dramáticamente con las pateras que alguna vez se habrán cruzado con él en mitad de la noche, marcando ambos los dos extremos de posesión y desposesión de la sociedad global en que vivimos. Por cierto que detrás de este barco puede verse en la foto el enorme puerto de contenedores que la compañía Maersk, líder mundial de este negocio, acaba de construir en la orilla marroquí del Estrecho.

Un Estrecho en el que también hay una gran concentración de vida marina, porque es un paso obligado para todas las muchas especies migratorias y porque la mezcla de las aguas mediterráneas con las atlánticas genera afloramientos ricos en nutrientes. Se avistan delfines y calderones con facilidad. Empeñándose, pueden verse de cerca las orcas impresionantes que compiten durante el verano con los pescadores españoles y moros en la captura de los grandes atunes rojos, que están saliendo en esta época del Mediterráneo para invernar en las costas norteamericanas. Y con suerte pueden verse hasta cachalotes y grandes ballenas. Nosotros pudimos ver pasar a pocos metros por delante de nuestra casa dos rorcuales que navegaban hacia el Atlántico. En la composición fotográfica adjunta se ven con claridad dos movimientos de uno de ellos: a la izquierda, el comienzo de su soplido respiratorio; a la derecha, el dorso desde la cabeza hasta la aleta dorsal, claramente distinguible esta última.



Entre Africa y Europa
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Van y vienen continuamente ante nuestros ojos, como insectos laboriosos, esos ferries de todos los pelajes que transportan marroquíes y turistas entre las orillas de los dos continentes. En ellos navega la sangre que da vida a Marruecos, en forma de las divisas indispensables para sobrevivir, mucho más importantes las que proceden de la emigración que las del turismo, representando las primeras más del 5% del PIB marroquí. Y no solo cruzan los ferries, también las pateras vienen aunque muchas veces no vuelven. No las vemos porque suelen navegar de noche y no desembarcan por lo peligroso en la zona del Estrecho en la que estamos, sino algo más al Norte, en las playas de Tarifa y Bolonia. Pero la presencia permanente de las patrulleras de la Guardia Civil, insólita en otras aguas, atestigua aquí su existencia subyacente. Unas pateras en las que nos llega no solo la emigración clandestina marroquí, sino buena parte de la argelina y mucha de la subsahariana.

Esta emigración que es sangre para Marruecos es también una fuente indispensable de vitalidad para nuestra Europa envejecida demográficamente. Solamente un cambio violento en la política europea podría ralentizar la inmigración marroquí, pero es prácticamente imposible que ese cambio llegue.

Para el marroquí, que agobiado ya por una explosión demográfica largamente anunciada, emigra ahora a todo el mundo, Europa sigue siendo el destino más conveniente, que le permite mantenerse próximo a sus raíces. Puede que en España, cuando comparada con Francia, Italia y Holanda, esta influencia marroquí se vea atenuada por la inmigración procedente de Hispanoamérica, pero seguirá siendo muy importante y tendremos que contar con ella en el diseño de nuestro futuro.


La foto que he tomado de Flickr, en la que un grupo de hombres jóvenes marroquíes se proyecta desde un balcón ruinoso de la Kasbah hacia el puerto de Tanger, es decir, hacia el Estrecho y España y Europa, mientras que dos hombres mayores los respaldan, viene a resumir todo lo que quiero decir. La inmigración africana está cambiando Europa, convirtiéndola en una sociedad multirracial y multicultural. No solo está echando abajo las fronteras, sino diluyendo y mezclando a los pueblos.

En este proceso, la influencia de lo femenino es creciente. La inmigración en general, la marroquí en especial gracias a su cercanía, tiene un carácter cada vez menos masculino. De manera creciente, la mujer marroquí emigra acompañando al hombre, no solo como esposa o miembro de la familia, sino también como trabajadora.

El efecto cultural de una inmigración que lo sea mayoritariamente de varones es relativamente pequeño. Pero la mujer inmigrante sí que termina aportando un bagaje cultural de calado. Es ella mucho más que el hombre un referente cultural, porque la mujer, que termina siendo la madre, es la guardiana de los orígenes y las tradiciones. La mujer marroquí es muy diferente de la mujer europea actual. Y no va a cambiar con facilidad, porque la mujer marroquí inmigrante tendrá que ser el centro de esa familia que aportará a sus hombres la fuerza necesaria para asentarse a este lado del Estrecho.

La foto de las dos mujeres moras frente al mar, en la escollera de Tanger, es muy sugestiva. También la he tomado de Flickr.

Se las ve tímidas, como si se resistieran a aceptar nuestros abiertos hábitos culturales, en este caso mediados por el fotógrafo impertinente que quiere inmortalizarlas digitalmente. Una de ellas le da claramente la espalda a la cámara, protegiendo con un puño cerrado su rostro. La otra, que por cierto es bastante guapa, no puede resistir la tentación de mirar tímidamente hacia el objetivo. De alguna manera está empezando a tender un puente. Eso es lo que sin duda seguirá pasando. Pero todo puente que se precie de tal tiene siempre dos direcciones. No solo los inmigrantes cambiarán al asentarse en España, también nos irán cambiando a nosotros. Y no solo España cambiará, también lo hará Marruecos.

Al mismo compás, el Estrecho jugará un papel creciente de enlace, de unión y conexión. Seguirá siendo una interfase geográfica decisiva. A pesar de lo escondido que está para nuestros ojos deslumbrados por tantas otras cosas, a pesar de lo al Sur que queda.
(Escrito por Olo)
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domingo, 5 de enero de 2014

Del Nickjournal (1).-Chiloé, un paraíso perdido (1 abril 2009).


Introducción a la serie "Del Nickjournal"
En el año 2004 Arcadi Espada, periodista y profesor universitario español, empezó a publicar un blog que tenía la siguiente interesante estructura: Arcadi publicaba con frecuencia casi diaria una entrada  a la que una colección bastante numerosa de gente, entre la que yo, Olo, me encontraba, hacía comentarios. Dos normas regían su funcionamiento: 1).- jamás se censuraría un comentario, dijera lo que dijera y cómo lo hiciera; 2).- cuando los comentaristas se dirigieran a otro habitual del blog lo tratarían siempre de usted.

Aquello se convirtió muy pronto en una interesantísima tertulia. Lo eran las entradas de Arcadi y los comentarios referidos directamente a las mismas, pero además esta sección de comentarios adquirió enseguida vida propia, pues ya no se referían aquéllos a la entrada publicada por Arcadi, sino que eran entradas en sí mismas o discusiones cruzadas entre los comentaristas acerca de mil temas posibles que no tenían nada que ver con lo que Arcadi había dicho.

Algo más tardaron en aparecer los trolls, que así se llamaba en la jerga internaútica a gente borde que se divertía criticando ferozmente, insultando y vejando, a Arcadi o a alguno(s) de los comentaristas. Gente pervertida, neurótica o simplemente imbécil. Durante algún tiempo fue posible soportar a los trolls, lo que le dio una enorme grandeza liberal al blog y a Arcadi, que creyendo firmemente en la libertad de expresión aceptaba con resignación sus malas consecuencias.

Pero llegó un momento en que Arcadi se hartó y decidió acabar con el blog. Los comentaristas más próximos a él decidieron coninuarlo. Un grupo de cinco o seis se convirtió en el de los administradores, con la responsabilidad de seguir produciendo entradas y mantener el blog en funcionamiento. El blog pasó a llamarse Nickjournal. Como sus administradores eran pocos, les costaba producir todas las entradas que el blog demandaba y pidieron a otros próximos al blog que colaboraran en esta tarea. Entre estos estaba yo, que por eso publiqué entre el 2008 y el 2011 algunas entradas allí.

El Nickjournal sigue de cuerpo presente en Internet, donde pueden consultarse todas sus entradas y comentarios (http://nickjournalarcadiano.blogspot.com.). Pero ya no lo cuida nadie y cualquier día podría desaparecer. Es por eso que yo he decidido recoger en mi blog (http://olo-ololo.blogspot.com.) las entradas más interesantes y todavía actuales que publiqué allí.

Sigue ahora la primera de entre ellas: "Chiloé, un paraíso perdido".
Nota introductoria
Hacía ya más de un año que estaba yo buscando un rincón de Chiloé mirando al Pacífico para hacerme allí una cabaña. En mi primer viaje encontré un sitio maravilloso al Sur del río Chepu, sobre la playa de Guaibil, pocos kilómetros al norte de Ahuenco. Pero era demasiado salvaje. No había electricidad, para llegar había que cruzar en bote el anchísimo cauce del Chepu y los enseres necesarios tenían que desembarcarse en la playa. Así que no me quedó otro remedio que desistir. En un segundo viaje visité una propiedad en Rahué, al sur de Cucao, tan maravillosa como la de Chepu pero igualmente incomunicada. A mi vuelta a España escribí esta entrada sobre Chiloé en el blog de Arcadi. Entonces apenas conocía la isla, pero ya estaba enamorado de ella.
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Isla de Chiloé. Bosques en tonos oscuros,
zonas deforestadas y cultivadas en tonos claros.
Situados en el Sur de Chile, la isla grande de Chiloé y el archipiélago de pequeñas islas que la ciñen por el Este, son una especie de paraíso perdido. Paraíso por lo mucho que tienen de naturaleza prístina, apenas transformada por ese homo faber al que el gran Arthur Koestler consideraba medio loco. Perdido por su lejanía patagónica, su insularidad, su sencillez. También porque, a consecuencia de todo ello, muchos de los europeos para los que viajar a Chiloé podría constituir una experiencia memorable, apenas conocen su existencia.

Chiloé queda no ya muy lejos, sino muy fuera de los circuitos del turismo de masas. Ni su clima ni su morfología litoral son compatibles con esos resorts donde el turista de hoy experimenta las tres S sagradas del sun, sea and sex. Todavía más inconcebibles son desde allí esas grandes metrópolis, como Nueva York, hacia donde los europeos peregrinamos para practicar las liturgias compulsivas de las compras.



Chiloé es muy diferente, sus encantos son sencillamente únicos. Insular en el sentido más estricto, sin puente ni aeropuerto, hay que llegar hasta allí mediante un ferry a bordo del cual te enfrentas por primera vez con la mar austral, sus retozones lobos marinos a los que podrías confundir con sirenas, sus cormoranes omnipresentes, sus pelícanos antediluvianos y pensativos, sus muchos barquitos pesqueros, multicolores que lo son para enfrentarse mejor con el peligro de las nieblas que arrastra desde el Sur la corriente de Humboldt, de aguas frías llenas de peces y cetáceos, desde las grandes ballenas azules hasta las juguetonas toninas. Las tierras de Chiloé están cubiertas en buena parte por bosques que asombraron hasta al mismísimo Charles Darwin, impenetrables desde el tercer día mítico de la Creación, en cuya espesura canta ronco el mágico chucao. Y sus cielos, frecuentemente nublados, están surcados por aves innumerables, entre las que puede llegar a verse el albatros, incluso el cóndor.

Al fondo la punta Pirulil, en Cucao, abierta al océano Pacífico. Desde una cueva bajo esta punta dice la mitología chilota que caminan las almas de los muertos hasta el cielo.

He vuelto por tercera vez a Chiloé para ver al Pacífico, allí en el mismo borde occidental en que termina el viejo continente ancestral, el Gondwana, romper sobre la costa sus olas enormes, que llegan furiosas después de un largo viaje desde Nueva Zelanda y Tasmania, en la otra orilla del Gondwana, a través del gran océano vacío, ese Pacífico cuyas únicas posibilidades de vida terrestre las han ofrecido los muchos volcanes submarinos en sus laderas emergidas.

Hay dos Chiloés, el abierto al océano y el del mar interior, la costa rocosa e inmisericorde frente al Pacífico y un archipiélago de pequeñas y numerosas islas, separadas y surcadas por fiordos bellísimos. Son los dos polos entre los que gira sobre sí misma la vida chilota. Chiloé es como una Galicia que hubiera abierto sus rías hacia el Este y cerrado una larga Costa da Morte hacia el Oeste. No en balde la llamaron Nueva Galicia sus primeros españoles.

Aunque la cultura profunda es la misma en todo Chiloé, las islas del mar interior ponen más énfasis en lo agrícola, la costa abierta al Pacífico vive más del bosque, pero las dos trabajan intensamente, cada una a su manera, las riquezas de la mar. Subyace omnipresente una profunda religiosidad, que en parte es monoteísta y católica, apoyada en sus bellísimas iglesias, y en parte politeísta y pagana, sustentada en su riquísima y sorprendente mitología, que nace de todo lo antropomórfico que contienen el bosque y la mar, desde los troncos retorcidos que podrían convertirse en sátiros, como lo son los Traucos chilotes, hasta las algas aferradas a sus rocas que podrían trocarse en cabezas de bellísimas diosas, como lo hace la Pincoya chilota, que cuida de las aguas marinas.

Un ejemplo del Chiloé del Mar Interior, el de los fiordos y las aguas tranquilas:
San Juan, con su iglesia y su carpintería de ribera lado a lado.

Se necesitarían varios libros para explicar someramente lo que es Chiloé. Uno dedicado a su naturaleza: su fauna, flora, geología y clima. Otro a su cultura y su historia. Otro a su manera de vivir, su artesanía, su integración del bosque con la mar, su religiosidad. Otro, finalmente, a su condición humana en transición, su visión del futuro. Yo estoy incapacitado para hablar con profundidad suficiente de toda esta inmensidad, entre otras razones porque no he hecho sino asomarme al mundo chilote. Tengo que limitarme a recomendar a los que me lean que emprendan el viaje hasta allí, que prueben por sí mismos. Será incierto, como todos los buenos viajes. La incertidumbre principal le vendrá de la lluvia. Chiloé es muy lluvioso, esa es su naturaleza, también la muralla que lo protege de muchos invasores potenciales. Pero no siempre llueve, y cuando deja de hacerlo sus arcoiris son los más espectaculares que he visto en mi vida, y su sol más alegre y juguetón que muchos de los innumerables soles mediterráneos. Vale la pena proveerse de un buen capote y unas botas de goma, además de un bastón sólido si se es viejo, para recorrer sus playas y sus sendas, visitar sus aldeas y asomarse a sus bosques, en los que será difícil profundizar porque el sotobosque es muy denso. Pero nunca, si uno se siente llamado a ello, renunciar a un viaje que va a ser mucho más un privilegio que una aventura.

La gastronomía es excelente. Mariscos muy sabrosos a porrillo (locos, machas, almejas, choritos, cholgas, choros zapato, jaibas, centollos), pescados tan buenos como los nuestros del Cantábrico (congrio, merluza, corvina, pejerrey), carnes de cordero con el sabor especial que les dan unos pastos regados con los aerosoles salinos del océano, guisotes complejos y deliciosos como el rechupeante curanto, excelentes ensaladas de cochayuyo, un alga que comen con delicia las vacas, que por causa del cochayuyo prefieren buscar su comida más en las playas abiertas que en los jugosos pastizales. Todo ello acompañable por los inmensos vinos chilenos o las buenas cervezas de ese Sur de Chile que en muchos aspectos es tan alemán. De postre mucha naturaleza donde elegir, por ejemplo la murta, una suerte de frutilla del bosque que se come ahora que empieza el otoño austral en macedonia con trozos de membrillo fresco, todo bañado en almíbar. Y para digestivo final algo exótico como el Licor de Oro, de los pocos que hay en el mundo hechos a base de fermentar suero de leche.

Vacas de Cucao, las más marineras del mundo: prefieren comer cochayuyosen la playa abierta al Pacífico que pastar en verdes prados.

La gente de Chiloé es amable y educada. Hablan bajo, como suele ser el caso entre chilenos, en contraposición a nosotros los españoles, y raramente son pretenciosos. Conviven allí apaciblemente desde el euromorfo más rubio hasta el huilliche más indoamericano, desde el profesional másafuerino, como los chilotes genuinos los llaman, procedente de Santiago u otras ciudades de ese Chile de larguísimas latitudes, hasta el campesino más puramente indígena. La lengua huilliche hace años que se perdió, aunque algunos hacen esfuerzos por recuperarla sin rencores y todos estarían encantados de verla rebrotar. En fin, que aunque no falten problemas, en Chiloé se vive serenamente, que es uno de esos sitios privilegiados donde es posible aburrirse sin sentir angustia, desgranar el tiempo con las manos del recuerdo sin que espina alguna se te quede pinchada entre los dedos de tu memoria.

Cucao y su gente 

Los lagos Huillinco y Cucao forman juntos, hacia la mitad de la isla grande de Chiloé, como la boca sonriente de un viejo barbudo que está mirando hacia el Pacífico. Conectados en serie por un estrecho canal, el lago Cucao es el más occidental y en su desembocadura se alza la aldea del mismo nombre, perdida en la orilla del océano junto a una larguísima playa de arena muy fina y blanca. Todas estas singularidades dotan a la aldea de Cucao de una luz mágica, una claridad salada durante el día, tan luminosa o más que la de Cádiz, y unas puestas de sol sobrenaturales durante los crepúsculos sin nubes. Pero además, la gente de Cucao es especial, representa de alguna manera la quintaesencia de Chiloé.

Carlos González, un chilote de Cucao.
Los campesinos de Cucao viven todavía una cultura de supervivencia, que los obliga a desarrollar múltiples actividades: el hombre labra la tierra y siembra papas, que recolectan entre todos, la mujer cultiva la huerta, unos y otras cuidan el ganado, ovejas o vacas, usan los caballos para desplazarse, recolectan docenas de productos del bosque, el hombre corta la leña, con la que hace sus cabañas y se calientan en invierno, la mujer cuida la casa y los hijos, ambos marisquean, machas en la playa olocos en las rocas, recolectan el cochayuyo, pescan en los ríos con redes o en la mar con aparejos parecidos a nuestras jábegas o lanzando sedales con sus cañas. Finalmente, por sorprendente que parezca, buscan oro en las arenas de su playa interminable, que son auríferas. De manera que cada día es un afán distinto, cada mañana hay que empezarla contestándose la pregunta de cómo va a ganarse uno ese día la vida. No son en su inmensa mayoría peones de otros amos, tienen como mínimo un trocito de tierra y unos animales, además de una amplia familia, que se extiende hasta el 4º o 5º grado, resultando al final en la gran familia de Cucao. He tenido la oportunidad de conocer a uno de estos campesinos, Carlos González, hermano del presidente de la Comunidad Indígena de Rahue, un aledaño de Cucao hacia el Sur. Me enseñó una propiedad que yo quería visitar, abriéndonos paso entre la maleza y el sotobosque con su machete. En la foto se muestra como él es, confiado en su entorno, optimista y a la vez duro, orgulloso de pertenecer a aquel paisaje. Estuvimos un rato descansando en lo alto de una peña, desde la que tomé la foto del cerro Pirulil que acompaña a este texto. Durante unos minutos me habló desde allí de su tierra y de él mismo. Me habló explícitamente y antes que nada de la belleza de todo lo que estábamos viendo, lo que me sorprendió, acostumbrado como estoy a nuestras conversaciones aceleradas de gente de ciudad. Carlos es, como una mayoría de los chilotes, un hombre del Sur, pero de ese Sur absoluto y planetario que termina en el Antártico. Tiene su mirada puesta en el Sur, en la Patagonia profunda a la que se siente pertenecer, en Magallanes. Santiago de Chile no es para él sino una referencia simbólica, otras ciudades del Norte ni siquiera existen. Una vez que sintió la necesidad de salir de Cucao, se fue a trabajar a Punta Arenas, la lejana capital de la mayoría de los chilotes que emigran. Pero allí, para gran sorpresa mía, que sé que Punta Arenas no es gran cosa, se sintió abrumado por lo urbano, así que volvió a Cucao, o por mejor decir a Rahue, y tardará lo más posible en salir de allí. Sus hijos ya han crecido, trabajan fuera, él vive con su mujer entre el bosque y la mar, donde empieza la tierra de nadie en su sentido más literal, y allí quiere permanecer hasta que envejezcan.

Aún así, Cucao está cambiando, el turismo crece año tras año, es posible que pronto se instalen en las cercanías algunos campos eólicos, el progreso técnico puede que permita tratar industrialmente sus arenas auríferas, entonces hasta el paisaje cambiará. Lo hará para bien y para mal, pero así es y ha sido siempre la historia. Reconforta no obstante encontrar, aquí y ahora, gente fundida con su paisaje y razonablemente feliz de estarlo. Gente auténtica, más dueña de sí misma, en su pobreza, que la mayoría de nosotros con todas nuestras riquezas. No es que yo lo vea así, llevado por un rapto de romanticismo, sino que así es, algunas veces y en algunos sitios, aquí concretamente, en gente como Carlos. Eso es todo.

Una escuela rural

Muy pocos días antes de volver a España, recorría con un amigo chileno una región bastante aislada al Noroeste de Chiloé, cerca de Ancud. Nos paramos en un claro del bosque delante de una escuela de aspecto bastante vetusto, con sus paredes de tejuelas de madera muy envejecidas y una misteriosa antena supermoderna coronándola como un campanario hertziano. El maestro salió a saludarnos y a charlar un poco. Se trataba de una escuela rural con un solo profesor y cinco niños como únicos alumnos, que nos miraban tímidos desde la lejana penumbra de su clase. Él iba allí en su coche todos los días, desde Ancud. Nos dijo que se acercó a nosotros porque la gorra de mi amigo lucía el logotipo de una banda de jazz muy conocida. Él, además de ser maestro, toca en la banda de música de una compañía de bomberos de Ancud y ejerce, en sus ratos más libres, de trompetista de jazz. Esto último es lo que verdaderamente le fascina. Le preguntamos por la extraña antena y nos explicó que se trataba del sistema Wimax, que transmite Internet en banda ancha de microondas y es el último grito que va a desplazar muy pronto y en todo el mundo a los Wifis. El gobierno chileno tiene varios programas en marcha para Wimaxizar el mundo rural chileno, en concreto y en nuestro caso todas las escuelas rurales de Chiloé. Lo estaba haciendo allí Telmex, la compañía de Carlos Slim.

Al escuchar todo esto, además de sorprenderme, me llené de sentimientos encontrados. Muy pronto aquellos cinco niños perdidos en una región apartada podrían estar googleando como yo lo hago, podrían hasta chatear con mis nietos, hasta camconversar con ellos cara a cara. Comprendí que Internet está trayendo al mundo una revolución mucho más profunda que todas las revoluciones tecnológicas anteriores. Además se trata de una revolución soft, con solamente electrones, información y conocimiento en juego, físicamente limpia, no contaminante. Y me di cuenta de que con estas poderosas herramientas por delante, casi lo único que nos falta para llegar a vivir en un mundo tan sencillo y feliz como el de Carlos, campesino de Cucao, es altura moral, esfuerzo intelectual e imaginación, mucha imaginación. Nada más y nada menos.

Por lo demás, Chiloé se me ha quedado ahora en la distancia, tanto más próximo cuanto más lejano, como suele suceder con las orillas conocidas del mundo.

(Escrito por Olo)
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