Mostrando entradas con la etiqueta Chiloé. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chiloé. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de junio de 2017

La caca del Trauco es / un moho mucilaginoso es / la caca del Trauco es / un moho mucilaginoso...

Eureka! Un artículo publicado en Le Monde me ha permitido confirmar una vieja sospecha, que la caca del Trauco es un moho mucilaginoso, concretamente el famoso Physarum polycephalum. La evidencia que aporto es el parecido extraordinario entre las fotos que yo he tomado de la caca del Trauco en Duhatao y otras muchas fotos de Physarum polycephalum que pueden descargarse de Internet.


A la izquierda y abajo, fotografías tomadas por mí  de dos incidencias distintas de aparición de la caca del Trauco junto a mi cabaña en Duhatao (Chiloé). A la derecha arriba, una fotografía de Physarum polycephalum de la colección Getty.


Este moho es una criatura extraordinaria, que ha sido capaz de despertar la imaginación y el interés de muchas mentes orientadas hacia laCiencia. Vive en bosques húmedos, como
Ciclo de vida de Physarum polycephalum (tomado de Miguel Ulloa .

los de Chiloé, y cuando las condiciones ambientales son favorables es capaz de aumentar de tamaño a velocidades extraordinarias, del orden de centímetros por hora.

Lo que vemos macroscópicamente en las masas amarillas de las fotos suele ser una sola célula, pero dotada de miles y hasta millones de núcleos. Es capaz de desplazarse de un sitio a otro con un movimiento ameboide, y también de muchas otras cosas extraordinarias que pueden consultarse en la literatura. A su manera, está dotado de una inteligencia que no es neuronal, sino sincitial, es decir, el resultado de las decisiones elementales tomadas por cada uno de sus numerosísimos núcleos y los dominios de citoplasma que rodean a cada uno. Estos elementos de un todo indivisible exploran su entorno y deciden, particularmente en los bordes de la gran masa plurinuclear, si crecer o no hacerlo en ésta o en aquélla o en aquélla otra dirección. 

En experimentos adecuados los científicos han conseguido que una megacélula de Physarum dibuje con aterradora precisión el mapa del metro de Londres o el de carreteras de España, o cualquier otra geometría hecha de un conjunto de nodos y conexiones entre ellos.

Dicho pues queda. Pero me falta considerar lo más interesante de todo: siendo cierto que la caca del Trauco es una megacélula de Physarum polycephalum, también lo es que esta megacélula es la caca del Trauco, o sea, una huella excretada por ese espíritu de los bosques chilotes que es el Trauco, para dejarnos a los humanos señales de su existencia. Esta permanente relación bidireccional es la que he intentado expresar en el título de esta entrada.

¿Cómo explicarlo? Los humanos tenemos un cerebro cuya naturaleza podemos ver como biunívoca. Piensa pero siente, decide pero duda, razona pero intuye, simplifica pero complica, ve pero es ciego, etc. Una de las expresiones más conspicuas de este cerebro nuestro es el lenguaje, que consiste en la creación de palabras, su conversión en conceptos y su integración en frases con la ayuda de gramáticas. Lo biunívoco del cerebro también se aplica a sus lenguajes. En general, podemos afirmar que los cerebros humanos desarrollan dos grandes tipos de lenguajes: el lógico frente al mítico. Uno y otro son imprescindibles para que los humanos lleven adelante su vida en el mundo. El lenguaje lógico es instrumental, trata de la relación entre causas y efectos. El mítico es interrogativo, trata de la relación entre la luz y la sombra, la claridad y el misterio. El lenguaje lógico es racional, el mítico sentimental.

A lo largo de su trabajosa evolución, los humanos han ido desarrollando ambos lenguajes en direcciones que son opuestas. Incidentalmente, vivimos ahora una época de predominio del lenguaje lógico.  Aun así, el lenguaje mítico también ha alcanzado un gran desarrollo, basta para comprenderlo imaginar lo que está pasando por los cerebros de las multitudes en un gran concierto al aire libre, ante miles de fans, de un ídolo del rock.

Una de las grandezas culturales de Chiloé nace de su proximidad a la Naturaleza. Hay muchas huellas en Chiloé de la importancia que durante miles de años ha tenido para los humanos el lenguaje mítico, ese que permite convivir con una Naturaleza no dominada, formando una parte más de ella, con una integración total. El shamanismo antiguo fue capaz de manejar  con maestría los dos lenguajes, el lógico desarrollando toda una botánica médica, el mítico levantando una cosmovisión impregnada de espiritualidad. En aquel shamanismo, y en sus herederos espirituales que todavía viven en el mundo amerindio y campesino, la Naturaleza tiene una condición básica que es espiritual. Así el bosque no es solo una congregación de árboles. Mucho más que eso, el bosque es el espíritu del bosque, que se manifiesta en todas las formas vivas que contiene y en todos los fenómenos que tienen lugar en sus inmensidades sombrías. De esta espiritualización del mundo nació una mitología riquísima, algunos de cuyos personajes sobreviven todavía. Uno es el Trauco, que no es ese enano feo y libidinoso con el que muchos lo caricaturizan, sino el espíritu del bosque, al menos uno de los espíritus que pueblan el bosque. Como cualquier otra realidad espiritual, el Trauco se comunica con los humanos, esos pobladores del Sur de Chile que durante miles de años  de vida en el bordemar, han estado siempre mirando de reojo al bosque que se extendía a sus espaldas, temiéndolo  pero también respetándolo. ¡Hay tantas historias maravillosas de esta relación entre el Trauco y los humanos! Una de ellas es la de la caca del Trauco, que más que una feca es una señal sagrada que el Trauco deja en los límites de su territorio para advertir de su presencia y sugerir quién es el dueño de aquellas soledades.

Por todo esto, la caca del Trauco no es simplemente el sincitio ameboide del moho mucilaginoso Physarum polycephalum. Es eso, claro que sí, pero también es algo más. Es la señal que nos recuerda la existencia de una realidad espiritual, el Trauco, espíritu del bosque. Además de sus ácidos nucleicos, proteínas, fosfolípidos, y todo el aparataje de una biomasa celular, ese montoncito de materia de color amarillo vivo y apariencia muy húmeda y frágil, es una señal que nos llega desde lo profundo del bosque, y que inspira en nosotros respeto ante misterios que nunca podremos comprender si nos limitamos a usar un lenguaje instrumental. Al menos eso es, todavía hoy, para muchos campesinos chilotes que cuando la encuentran en lo alto de un viejo tronco caído, en la mañana húmeda, cuajada de rocío, la queman ceremonialmente y permiten que, al menos durante unos minutos, el misterio de lo trascendente, de lo que no es visible, ni siquiera lógico, los penetre.

También es ese misterio para mí. Cuando empecé a ver cacas del Trauco en Duhatao sospeché enseguida que podía tratarse de un Mixomiceto. Pero también sentí que en aquellos fenómenos había un mensaje trascendente que me llegaba del bosque cercano, y que yo compartía con mis vecinos campesinos de la zona. Me llené de curiosidad a la vez que de respeto. De alguna manera nada lógica, me sentí saludado y reconocido por una realidad espiritual que, como tal, estaba fuera del espaciotiempo.

domingo, 8 de enero de 2017

Lo que aprendo de los Tiuques

Fascinado y feliz estoy con mis amigos los Tiuques, que vienen todas las mañanas y tardes hasta mi terraza en busca de su pan de cada día.

Me están enseñando muchas cosas. Pero hoy querría hablar de su maestría en el vuelo, la elegancia y precisión de sus evoluciones, su dominio sencillo del aire y los vientos. No dispongo de fotos ni de videos suficientemente buenos para que estén a la altura de lo que quiero decir de mis Tiuques, pero esto es más una oportunidad que una carencia, porque me obligará a expresar con  más precisión literaria la belleza que hay en sus vuelos.

Podéis imaginaros que la baranda de mi terraza, donde les pongo los trocitos de pan para que los cojan, es como la pista de un portaviones en mitad del mar, porque encima del mar, sometidos al spray de gotículas de agua marina que nos trae el fuerte viento del Oeste, al bramido de las grandes olas cuando rompen sobre las rocas y a la cerrazón del horizonte desde el que los chubascos enfurecidos se preparan para atacarnos, estamos nosotros. Estos últimos días ha hecho muy mal tiempo, pero mis Tiuques nunca han fallado, han venido a la hora en que siempre solían venir, lloviera o venteara. Y han aterrizado con asombrosa maestría sobre la baranda, cara al viento, con las grandes alas desesperadamente desplegadas y la vista fija en el trocito de pan que tienen que llevarse, las patas avanzadas, las garras listas, todo poseído de una asombrosa, formidable precisión.

Son varios mis visitantes habituales y cada uno tiene su comportamiento exclusivo, que es una manifestación de su carácter. Uno es jovencito y glotón, me acecha sin que yo consiga verlo y cuando salgo a la terraza con el trozo de pan aparece de entre la nada y se precipita sobre él para hacerle presa, permaneciendo luego a menos de dos metros de mí, comiéndose allí mismo, sin timidez ni miedo, su trofeo, o se lo lleva a la copa próxima de un árbol seco, siempre el mismo, como si fuera su comedor de verano, y allí se lo va comiendo tranquilamente. Otro es más tímido, algo más grande, más consecuente. Yo estoy convencido de que es una mamá Tiuque. Aterriza en la baranda siempre lejos del pan y luego camina sobre ella, en un largo recorrido de pasos ceremoniosos que me hacen reír, hasta que llega sin prisas a su objetivo. Y cuando coge el pan nunca se lo come, sino que despega de nuevo, con el pan en el pico, y siguiendo una trayectoria hacia el Sur, siempre aproximadamente la misma, se me pierde de vista entre el matorral costero y la arboleda que me rodea. Estoy convencido de que está criando a unos polluelos y que lleva el pan hasta su nido.

Cuando en estos días pasados el mal tiempo había llegado a sus máximos, era imposible que mis Tiuques cogieran el pan que yo intentaba ponerles en la baranda de mi terraza. No porque ellos no pudieran, sino porque el trocito de pan volaba inmediatamente en remolinos caóticos y se perdía. Entonces decidí tirarles el pan desde la terraza al campo inmediato. Ellos llegaban con la misma elegancia de siempre y aterrizaban junto al pan con la misma precisión de siempre. El jovencito se lo iba comiendo allí mismo, pero la mamá levantaba el vuelo desde allí, con el pan en el pico, y emprendía la vuelta hacia su nido.

Lo que me sorprendió es que cuando la tempestad de viento estaba en sus máximos, en vez de intentar volar agazapada entre los árboles, se elevaba hasta lo más alto del cielo. Parecía que el viento fuera a arrastrarla como a una pluma perdida. Pero no. Para mi sorpresa ella, cuando estaba allí arriba frente al viento huracanado, se ponía a ceñirlo, a navegarlo como lo haría el más fino de los barcos veleros, y así retornaba elegantemente, con toda calma y poderío, a su nido.

Admiro sus habilidades, sí, y agradezco su compañía, por muy interesada que sea, pocas no lo son. Pero además todo esto que he vivido me ha hecho pensar un poco sobre nosotros los humanos y nuestras capacidades técnicas. Hemos dominado el vuelo, sí, atravesamos la estratosfera de un extremo a otro del mundo como una rutina más, hemos llegado a la Luna y algún día lo haremos a Marte. Pero jamás volaremos con la maestría, la elegancia y la belleza con que lo hacen los pájaros, no solo los Tiuques, sino casi todos los pájaros. Yo soy capaz de hacerlo en sueños: doy dos patadones y empiezo a flotar en el aire, aleteo perezosamente con los brazos y me desplazo por encima de paisajes preciosos, pero eso es todo, un sueño, sí, eso es terriblemente todo. En nuestros vuelos reales, como en la mayoría de nuestros afanes diarios, lo que nos importa es la finalidad. La gente hace maravillosos vuelos transoceánicos con las ventanillas del avión cerradas, sin sentir la menor curiosidad por lo que está pasando fuera. Vivimos la mayor parte de nuestras vidas para alcanzar metas. Somos, en buena medida, esclavos de nosotros mismos. ¡Qué tremendamente aburrido!

¿Qué nos deparará técnicamente el futuro? Apenas se habla de una de las cosas que llegará, que está llegando ya: la Inteligencia Artificial. Se infiltra sin que nos demos cuenta en nuestra vida cotidiana en forma de Robótica, pero algún día las computadoras sabrán hacer las rutinas de las que está hecha la mayor parte de nuestras vidas mucho mejor que nosotros, y ese día… nosotros los humanos podemos llegar a sobrar, como lo hace ya buena parte de una Naturaleza a la que, con todo nuestro orgullo humano, hemos traicionado. Está pasando ya. Los blue collars de las antaño zonas industriales USA han votado a Trump porque creen que la globalización les ha quitado su trabajo. Esto es verdad solo en parte: mucho de su trabajo, un buen ejemplo es la industria del automóvil, se lo ha quitado la robotización de las líneas de producción.

Sin embargo, finalmente, quizá porque soy viejo y no tengo ya, como los jóvenes, toda la vida por delante, yo en el fondo me siento optimista. En el fondo quiere decir en el mismísimo fondo de la conciencia y de la vida, allí donde quizá pueda encontrarse a la Verdad. Y me siento optimista porque la Inteligencia Artificial, esa que es la madre de todas las amenazas, por mucho que domine mejor que nosotros todas las habilidades técnicas, jamás podrá enamorarse, ni emocionarse con la belleza de un arcoíris, ni recordar con nostalgia los felices tiempos pasados, ni experimentar intuiciones, presentimientos, angustia, alegría o miedo.


Ni mucho menos podrá volar como lo hacen cada día, sin darle ninguna importancia, mis queridísimos Tiuques. Con esa profunda, sencilla, inmensa belleza.


Tiuque (Milvago chimango)
Lámina 72 de "Las aves de Chile", Daniel Martínez y Gonzalo Gonzalez

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El terremoto de Chiloé del 25 de diciembre de 2016

He querido esperar unos días antes de escribir mis impresiones sobre este terremoto, que tuvo su epicentro en el mar, al SW de Quellón y NW de Melinka, alcanzando una intensidad de 7,6 Richter. ¿Por qué esta espera? Quizá porque es mi primer terremoto de consideración, una experiencia que comparto con la mayoría de los chilotes nacidos después de 1960, cuando el terrible seísmo que centrado en Valdivia se abatió sobre el Sur de Chile, cuyo tsunami acompañante causó un daño terrible en Ancud. Aunque ya estaba yo en Chiloé cuando el terremoto de Febrero del 2010, que asoló al centro de Chile pero aquí en el Sur apenas se notó.

Tengo que empezar diciendo que vivir los escasos momentos que duran los movimientos de un terremoto es una experiencia que imprime carácter, es decir, imborrable. No por cantidad, sino por calidad. Porque, ¡diablos! si algo sentimos los humanos como sólido es la tierra que pisamos, y cuando esta tierra se comporta, de súbito, como un gigantesco y rocoso pedazo de jalea, encima del cual te encuentras tú, totalmente indefenso, se te viene abajo la mayoría de los esquemas que constituían, por expresarlo de alguna manera, tu carta de navegar por este planeta.

El domingo 25 de diciembre amaneció un bonito día. A las diez y media de la mañana yo asistía a la misa que estaba celebrando en la catedral de Ancud el obispo de la diócesis, monseñor Juan María Agurto. Todo transcurría con normalidad hasta que, ¿cuándo? Pienso que acababa de darse la Comunión pero, aunque parezca increíble, mi memoria es incapaz de reconstruir el momento exacto, como si el disco duro de mi cerebro haya sido reformateado por lo que vino después. El caso es que todo empezó a temblar, en un movimiento lento y sostenido que iba en ascenso. Creo que en aquellos segundos iniciales el sentimiento que predominaba en todos los que estábamos allí era de incredulidad. Ante la inmediatez de los acontecimientos, razonar se hacía imposible, pero la realidad terminó imponiéndose con su crudeza. El temblor, un trepidar de todo lo que en circunstancias normales es inmóvil, iba a más. Curiosamente, y esto no creo que se me olvide nunca, el movimiento anormal de las cosas venía acompañado de un bramido indescriptible, profundo y sostenido, que parecía salir de lo hondo de las entrañas de nuestra madre Tierra, aunque me llegaba desde todas las direcciones. El obispo se mantenía firme en el altar, aparentemente expectante, como todos nosotros. En las décimas de segundo que transcurrían con muchísima lentitud el terremoto, que así lo habíamos identificado ya, iba yendo a más, a más, a más. Ya no pudimos aguantarnos. Alguien empezó a dirigirse hacia la puerta, pero sin pánico, tal y como si la misa hubiera acabado, quizá intentando convencerse de que todo aquello era solamente un mal sueño. Y los demás empezamos a seguirle. El obispo se mantenía firme en el altar, mirando cómo empezábamos a salir. Yo tuve por unos instantes la sensación de que hacíamos mal yéndonos y dejándolo allí, al menos eso me parece recordar ahora, pero no por ello me detuve, mis pies y mi cabeza se movían por entonces en universos muy distintos. Y de pronto, tan inesperadamente como había empezado, el movimiento cesó y con él los bramidos que nos llegaban de lo profundo. Don Juan María se dirigió a nosotros y nos pidió calma, lo que nos hizo volver automáticamente a nuestros sitios. Todos, empezando por monseñor, estábamos manifiestamente impresionados. Pero lo que tampoco se borrará nunca de mi memoria es que, en el apacible marco de tranquilidad que había poseído a casi todas las cosas, las grandes lámparas del templo, que colgaban del techo sostenidas por lo que parecían largos cables de acero, seguían oscilando pesadamente, en largos movimientos pendulares que se mantenían señalando lo que acababa de pasar. He intentado reconstruir en mi memoria la dirección que tenían estas oscilaciones de las lámparas; cruzaban el templo de costado a costado, en un eje SE/NW, más o menos perpendicular a la línea que une Ancud con el epicentro del terremoto, lo que no entiendo, porque la onda sísmica debería llegarnos a nosotros casi desde el mismo Sur. En cualquier caso: aquellas solemnes oscilaciones  de las grandes lámparas colgantes, convertidas en extraños péndulos de Foucault, no las olvidaré jamás.

El obispo empezó a hacer algunas consideraciones sobre lo que acabábamos de vivir. “Nosotros estamos a salvo”, vino a decir, “pero ¿qué puede haber pasado o estar pasando en otros sitios de Chile?” Nos invitó a rezar. Alguien en el templo hablaba por un celular. El obispo, desde el altar, le gritó, “¿Hay noticias, qué dicen?”  Y se oyó la voz, “En Quellón”, solamente eso, y todos comprendimos dónde había golpeado la tragedia.

Salimos a la calle. Empezaba a sonar con fuerza sostenida la sirena de alarma de tsunami de la Municipalidad. Casi a la vez sonó en mi celular una alarma similar, establecida como norma en todo Chile por la ONEMI (Oficina Nacional de Emergencias del Ministerio del Interior).

Finalmente apenas hubo daños, ninguna pérdida de vidas humanas. Chile es un país bien preparado para enfrentar los riesgos telúricos que se le derivan de estar en el mismísimo borde de ataque en el que el viejo continente ancestral, el Gondwana, se enfrenta con las mares primigenias y sus fondos. Creo que este riesgo telúrico impregna la cultura de Chile y la dota de unos valores que otros pueblos no tienen en tanta medida, como son la solidaridad, la entereza ante la desgracia y hasta una cierta bravura.


Cuando ya íbamos a salir de la catedral monseñor Agurto, todavía desde el altar, nos dirigió unas palabras de ánimo. No recuerdo su contenido exacto, pero no olvidaré el grito que repitió dos veces, “¡Fuerza, …, fuerza!” Ese grito que he oído cuando el terremoto de 2010, en su forma de “¡Fuerza Chile!” y que brota del mismo corazón de una gente admirable, los chilenos, que nunca se van a resignar a ser víctimas pasivas de la desgracia.

La catedral de Ancud por fuera y por dentro. En la imagen de la derecha pueden verse las grandes lámparas que cuelgan del techo

viernes, 16 de diciembre de 2016

En la tempestad, atentos al viento

1851.- Aivazovski.- Tempestad.

Aquí en Duhatao el NW ha soplado con fuerza esta madrugada. Mi cabaña se conmovía, la lluvia crepitaba furiosa sobre el tejado de zinc, innumerables ruidos entrechocaban y se mezclaban de mil maneras distintas generando todo tipo de rumores, desde aullidos hasta cantos. Yo, entre sueño y sueño, he ido viviendo la confusión cósmica de esta tempestad, una más de las muchas que se abaten sobre Chiloé a causa de la pelea inacabable que mantienen, sobre el Pacífico cercano, los vientos helados que desprende la Antártida con los más cálidos de nuestras latitudes medias.

Suelo levantarme muy temprano, entre las 5 y 6 de la madrugada cuando todavía, en este verano austral, es de noche pero ya se inicia un suave clarear por el Este. Hoy lo hice así, enseguida me calenté un café, subí con él a mi estudio, encendí el ordenador y empecé a repasar las noticias que ofrecía mi prensa favorita.

Me sorprendió una extraña iluminación que poco a poco me iba poseyendo. Yo, que suelo ser un ferviente y crédulo lector de la prensa Internet, percibía ahora la inmensa superficialidad de las noticias que iban apareciendo en mi pantalla, su profunda falsedad, la inconsistencia de casi todas ellas. ”¡Diablos!” iba yo pensando, “¿cómo es posible que pierda mi tiempo todas las madrugadas con esta basura?”

No es que estuviera tomando por mentirosos a los periodistas que habían escrito aquellas noticias, la información era casi siempre veraz, de eso estaba yo convencido. La falsedad y la irrelevancia las veía en ellas mismas, sus protagonistas y sus contenidos. La mayoría solo deberían leerse cuando reflejadas en un espejo mágico que las despojara de su condición embustera, algo parecido a esos espejos descubridores de fantasmas porque éstos no pueden reflejarse en ellos.

Entonces comprendí que lo que necesitamos hoy de los periodistas no es que nos transmitan las noticias que les llegan, sino que salgan a buscar, con un espíritu investigador y crítico, también con mucha fuerza y esperanza, las noticias que de verdad y con urgencia pueden informarnos sobre los caminos que está siguiendo nuestro mundo a través del tiempo y hacia dónde se dirige.

Me asomé a la ventana. Empezaba a hacerse fuera una luz que era todavía muy gris. La enorme confusión impresionaba, árboles y arbustos se abatían unos sobre otros golpeados por un viento feroz que los castigaba desde muchas direcciones distintas. El entrechocar violento de sus ramas y hojas, además del propio ulular del viento a medida que ascendía por los barrancos que me rodean, se fundían en un gigantesco grito.

¡Que grandeza! Y sin embargo lo urgente, lo verdaderamente decisivo en aquellas circunstancias, sobre todo para el que estuviera sin refugio en mitad de aquella triste amanecida, sería conocer la dirección desde la que verdaderamente estaba soplando aquel vendaval.


Los mil vientos distintos que lo abatían todo desde muchas direcciones cambiantes no eran sino el resultado del régimen turbulento de la tempestad. Tenía que haber un viento general que soplara desde una misma dirección, no cambiante, del mar. Ese es el que sería importante, quizá decisivo, conocer.

1868.- Aivazovski.- Tempestad.

martes, 13 de diciembre de 2016

La alegría del Halcón


La composición que presento quizá tenga demasiadas fotos, pero he querido recoger tantos movimientos como posible de este bello ejemplar de Halcon peregrino subespecie cassini, poblador habitual de los acantilados costeros de Chiloé y de toda la costa chilena, “desde Arica al cabo de Hornos”, como dicen en su magnífica guía de campo de “Las Aves de Chile”, de la que he tomado la lámina que acompaña, Daniel Martínez y Gonzalo González.

Las fotos las hizo mi amigo Santiago Elmudesi hace unos días, cuando avistamos al halcón desde unos 90 ms de altura sobre el mar, frente a la roca del Elefante, en Punta Tilduco, Duhatao. Muy cerca he tenido localizado durante años un nido de halcones peregrinos, que en los dos últimos veranos no han aparecido. Por eso me alegro mucho de ver ahora anidando en la cara Norte, que no la Sur, del mismo barranco esta pareja de peregrinos, que o son familia de aquéllos o los mismos buscando más independencia.

Solo un ejemplar de la pareja nos sobrevoló, el otro se quedó entre rocas de vértigo, donde tendrían su nido. Pero este que lo hizo manifestó un comportamiento que nunca les había conocido. Los peregrinos suelen ser voladores formidables y cazadores empedernidos, que no pierden su tiempo. Siempre los he visto atareados, y hasta he tenido la suerte de contemplar el picado tremendo de uno de ellos sobre un zorzal en vuelo, al que mató del golpe y atrapó enseguida en el aire, mientras caía, para llevarlo a su nido. Pero éste de las fotos no dejaba de sobrevolarnos y gritarnos, intentando llamar nuestra atención. Gracias a eso pudo Santiago tomar muchas fotos no comunes de un ave poco sociable. Por lo leído en la Guía de campo este comportamiento es típico de los peregrinos cuando están iniciando la fase reproductora, es decir, haciendo el nido o ya incubando los huevos, pero sin que todavía hayan nacido pollos exigentes a los que alimentar.

Lo que a mí me encantó de la escena fue la alegría de vivir que el Halcón manifestaba. Sí, eso es lo que he dicho, alegría de vivir, felicidad de respirar y de sentir el latir de su corazón y de ver allá abajo rocas enormes que se empequeñecían como pedruscos y de sentir la fuerza del viento y el frescor del aire y el brillo del Sol y el azul de las aguas inmensas. Alegría de estar allí en ese preciso momento y de tener todo un verano por delante, de esperar  las crías que vendrán y los afanes que traerán, de no sentir miedo, hasta de amar a su manera, como los Halcones, sin duda, saben hacerlo.

Esta alegría de vivir, que todos, absolutamente todos los seres vivos, hemos tenido la oportunidad de experimentar, es la forma más sencilla, quizá también la más profunda, de felicidad. Aquel Halcón, sin saberlo él y sin comprenderlo yo, estaba siendo capaz de transmitirme todos sus sentimientos felices. 

Bendito sea.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Misterios de los bosques de Chiloé

Cenando con un grupo de amigos campesinos, en Chiloé. En la sobremesa se inicia una conversación tranquila, al estilo chilote. Si en una tierra ardorosa como mi Andalucía las conversaciones son calientes como esos Soles de agosto que casi nos ponen en erupción con máximas de 45ºC a la sombra, en el Chiloé campesino una conversación interesante va encendiéndose poco a poco, como un buen fuego de leña. Cuando la nuestra alcanza su clímax, empiezan a aparecer, como fantasmas, temas interesantes de los que habitualmente no se habla.

Los bosques nativos de Chiloé, esos que desde la Creación no han sido tocados nunca por la mano del hombre, todavía existen y están llenos de misterios. Yo no soy supersticioso, más aún, intento aplicar una visión científica a los fenómenos nuevos para mí. Estos bosques primitivos son ecosistemas muy especiales de los que todavía desconocemos muchas cosas. En relación con ellos, surge en nuestra conversación un tema del que yo jamás había oído o leído nada.

Uno de los que está allí habla en primera persona, de lo que le pasó a él. Atravesaba un día una cuadrilla de leñadores  uno de estos bosques misteriosos. El que lo cuenta, Pedro, se quedó por alguna circunstancia un poco atrasado, oyendo cerca a los que lo precedían pero ya sin verlos. Entonces, súbitamente,  se le llenó la nariz de un olor muy extraño, que nunca antes había experimentado. Y enseguida sintió unos mareos que pronto se convirtieron en desorientación y en percepciones distorsionadas de los árboles, arbustos, sombras y desniveles que lo rodeaban. Así se quedó sin rumbo y se habría perdido quizá para siempre si no fuera porque sus compañeros, extrañados de su ausencia, volvieron atrás y lo buscaron y recuperaron.

Yo me quedo sorprendido de lo que escucho, pero a mis contertulios chilotes les parece normal. La mujer de Pedro, dispuesta a convencerme de que ese tipo de sucesos no son infrecuentes, me cuenta que a su hermano le pasó lo mismo cuando era joven y estaba con un grupo de leñadores en un bosque de la orilla del Pacífico, frente a la isla de Metalqui.

Hablamos de todo esto. Para ellos se trata de acontecimientos inexplicados, no sobrenaturales. Y es frecuente tropezarse con este tipo de fenómenos en los bosques. Surge otro tema del que yo había oído hablar antes: estás en la orilla de un gran bosque, viéndolo desde fuera, y de pronto hasta los árboles más grandes empiezan a conmoverse y cimbrear como si un gigante los estuviera apartando a su paso, a la vez que el murmullo de la multitud de hojas que se agitan violentamente se convierte casi en un aullido. Ese misterioso gigante, que no es más que un enigma ante tus ojos asombrados, pasa de largo y se pierde en la distancia. (He transcrito fenómenos parecidos en dos entradas de este blog: "Un trauco emerge del bosque", 6junio2013; y "De traucos, vientos y nieblas", 14diciembre2014).

Muchos campesinos se limitan a constatar la existencia de estos acontecimientos,  misteriosos por inexplicables. Pero en lo más hondo de nuestra naturaleza humana está encarnada la necesidad de buscar explicaciones a los fenómenos que no comprendemos. Así surgieron la ciencia y la filosofía, pero también la mitología y la religión. Cuando no se pueden encontrar explicaciones razonables, algunos dan un  salto hacia lo trascendental. Es el caso, por ejemplo, de mi amiga la señora Marta. Ella también olió cuando era una niña algo que jamás había olido antes, un extraño olor que, por cierto, nunca ha olvidado. Coincidió esto con grandes incendios de bosques hacia el Sur, por las orillas del río Chepu. Multitud de animales huían del fuego y pasaban a veces por donde Marta vivía, en busca de refugio. Alguien debió decirle a Marta que aquel olor podía proceder de un trauco, ese espíritu permanente de los bosques de Chiloé, que huía también. Y Marta decidió creerlo, firmemente, así lo sigue creyendo hoy y hasta a veces, en determinadas épocas del año, como cuando entra el verano, le llegan todavía ramalazos de aquel olor.

A mí la intuición me dice que los acontecimientos descritos podrían tener como causa hongos con propiedades alucinógenas. Estos hongos, junto a muchos otros, existen en los bosques chilotes, como en otros muchos bosques del mundo. Es posible que Pedro, al apartar algunas ramas de su paso, golpeara alguno de estos hongos y desde los esporangios maduros ocultos bajo su sombrero se desprendieran miles de esporas microscópicas de las que Pedro inhalara las suficientes para llegar a tener una suerte de experiencia psicodélica.
Gymnopilus spectabilis


Hay un libro precioso sobrehongos de Chile, escrito por Giuliana Furci, que pude descargarse gratuitamente en Internet. Allí figura, entre otros, un hongo presente en los bosques del Sur de Chile y en muchas otras partes del Mundo, el Gymnopilus spectabilis, al que se conoce con el nombre de “hongo de la risa” por sus propiedades psicoactivas. Debe decirse también que es altamente tóxico.

martes, 22 de noviembre de 2016

Chiloé otra vez



La cadencia de las revisiones oncológicas me deja unos meses de libertad provisional que aprovecho para volver a Chiloé. Todo va bien. Durante el larguísimo vuelo, cuando ya amanece, pasamos como otras veces sobre la línea que separa el Gran Chaco paraguayo del resto del país. La visibilidad es perfecta, sin rastros de nubes. De nuevo me encuentro, geometrizado por grandes potreros infinitos, ese territorio que hasta no hace mucho era silvestre. Es la industrialización de la ganadería, la conversión de la tierra madre que lo era de los amerindios que la poblaban en un recurso globalizado en manos de multinacionales lejanas. Siento tristeza, y con ella la firme intuición de que lo mismo está pasando o va a pasar en grandes espacios naturales de América y África. ¿Hacia dónde va este mundo que debería ser el nuestro, el de todos?

Poco después, en una mañana luminosa, es la gran Cordillera de los Andes quien me da la bienvenida a Chile. Bellísima, con poca nieve para el final de la primavera austral en que estamos, lo que de alguna manera no racionalizable me inquieta. Pero su belleza puede con mis miedos.



Es jueves y encuentro el aeropuerto de Santiago más lleno de gente que nunca, lo que me hace pensar que la situación económica de Chile es boyante, y me alegro. Luego, el vuelo desde Santiago a Puerto Montt transcurre a lo largo de la cordillera y de la línea de volcanes que a partir de Concepción y hacia el Sur la festonea por el Oeste. El día sigue siendo perfecto. Los volcanes, más altos que la tierra parda que los rodea, destacan limpiamente con la blancura de sus nieves. Hasta el bellísimo Osorno, ese monte Fuji americano, está completamente desnudo de las nubes y celajes que casi siempre lo cubren.




 Después el canal de Chacao y en la otra orilla mi querida Chiloé. Desde la borda de estribor del ferry veo a lo lejos la plataforma que estudia la geología de la piedra sobre la que se asentará la columna central del puente que unirá Chiloé con el continente. Otra interrogante, bajo la convicción de que este puente, si llega a hacerse, traerá con él oportunidades y amenazas para los chilotes, que resultarán en cambios buenos y malos. ¿Cuánto serán los pesos relativos de unos y otros? ¿Estará el alma de Chiloé suficientemente protegida contra una invasión que vea a estas islas más como un recurso explotable que como un acervo de personas y  valores a los que, por encima de todo, respetar?

La sensación de que el Mundo está convulso y de que las megamáquinas, que Lewis Mumford definió con tanta precisión, se mueven fuera de control, me puede. Finalmente llego a mi casa en Duhatao, donde todo es silencio, soledad y paz. La primera noche allí el viento, como siempre, arranca gemidos y voces de los árboles que me rodean. Siento un poco del mismo miedo que el humano primitivo, ese que ha vivido en una naturaleza a la que todavía no dominaba, le ha tenido siempre a la oscuridad de la noche.

Ya por la mañana, cuando todavía no ha hecho más que clarear, mis vecinos queridísimos, los Tiuques, son los primeros en darme la bienvenida a mi casa. Reclaman su pan y yo se los doy entre emocionado y alegre. Estoy seguro de que a ellos no les está moviendo el interés, sino la confianza en mí y el hecho de que a pesar de mis ocho meses de ausencia, no me han olvidado.




Buenos días, Chiloé. Aquí estoy otra vez. Un abrazo.

miércoles, 18 de mayo de 2016

La herida de Chiloé

He tardado algunos días en enterarme de los graves acontecimientos que están teniendo lugar en mi querido Chiloé. Desde la distancia hago lo que puedo por compartir con mis amigos chilotes sus incertidumbres y su dolor. Es Chiloé entero quien lo está pasando mal: quizá sobre todo la gente del bordemar, los buzos, los mariscadores, los recolectores de algas en las playas, a todos ellos les está faltando esa mar que de pronto se ha puesto muy enferma. Pero también sufren los campesinos que se han quedado sin combustible y que no pueden poner en el mercado sus productos, y la gente ciudadana, que se ha visto brutalmente desabastecida, lo que le dificulta el ejercicio de sus profesiones y oficios. Se rebela Chiloé, sí, pero creo que lo hace con esperanza porque es la única manera que le han dejado de expresar su cólera y su preocupación por el futuro. “¡Ya basta!”, ese es el grito que yo oigo con el corazón y que entiendo están lanzando los chilotes de toda condición.

Pero ¿por qué? ¿Es posible desentrañar los motivos de su cólera?

Yo, desde esta España tan lejana, he devorado toda lo que Internet ofrece sobre el asunto. He captado a través de la prensa y radio locales las vibraciones de Chiloé respecto a sus problemas, su indignación. Pero también me he dado cuenta de la muralla de silencio que desde fuera de Chiloé la rodea. Ésta es por cierto la situación en que está medio mundo, afligido por el olvido cuando no por las guerras. Donde la comunicación, globalizada solamente en cuanto a las relaciones de poder, es injustamente asimétrica, va solo desde los poderosos y desarrollados hacia los pobres y olvidados, no al revés.

Lo que está sucediendo en Chiloé es que se ha entablado una marea roja de enorme intensidad, que envenena al marisco y a muchos peces, matando además a los animales (aves y lobos marinos) que los comen y obligando a las autoridades a prohibir la recolección y comercio de productos del mar. El bordemar de Chiloé, el conjunto de sus costas, tanto las que dan a las tranquilas aguas del mar interior como las que se abren al Pacífico, está gravemente enfermo. Este bordemar se encarna en el mismísimo corazón de la cultura chilota, y de él viven, mariscando, recogiendo algas o pescando, muchísimos habitantes de Chiloé, entre ellos casi la totalidad de la gente más humilde.

Las mareas rojas, en lo que tienen de fenómenos naturales, terminan pasando. Pero lo que ha sublevado ahora a los chilotes es la sospecha de que en esta marea roja han incidido causas que no son naturales, destacando dos: la eutrofización del mar interior como consecuencia de un desarrollo incontrolado de la industria salmonera y el vertido al océano, en aguas demasiado cercanas a las costas chilotas, de varios miles de toneladas de salmones cultivados, ellos mismos muertos precisamente como consecuencia de la marea roja y cuyos restos pueden haber contribuido a agravar sus efectos. Se acusa de lo que está pasando a una gestión poco cuidadosa de los recursos naturales, que amenaza a un bordemar que pertenece a los chilotes y del que viven desde siempre muchísimos de ellos. A esto se une la indignación por la falta de reacción de unas autoridades que ofrecen como compensación a las personas perjudicadas unas ayudas absolutamente insuficientes. De este modo se han desencadenado unas protestas  en las que ha participado activamente una parte significativa de la población de Chiloé, centradas en un bloqueo de las comunicaciones, que ha aislado casi totalmente a la isla del continente.

¿Qué hay en el fondo de estas protestas, cuáles son los mensajes subliminales que la gente de Chiloé está lanzando? En mi opinión, se trata de un “¡BASTA YA!” con el que los chilotes ponen de manifiesto su sensación de abandono y su falta de confianza en un futuro que cada día ven menos en sus manos.

La industria salmonera llegó hace ya bastantes años para quedarse, apropiándose de una fracción importante de un bordemar que hasta entonces había sido patrimonio común de los chilotes. Trajo esta industria riqueza a Chile y trabajo a Chiloé, de eso no cabe duda.  Pero como en cualquier fenómeno que se inicia con un “boom”, su desarrollo fue desordenado y carente de controles suficientes, provocando eutroficaciones y degradación de los fondos marinos, todo lo cual culminó hace diez años con la epidemia de un virus ISA que llegó a poner en peligro de extinción la industria salmonera de Chiloé y creó una crisis económica en la isla. Ahora esta situación podría estar repitiéndose.


En el fondo del malestar de los chilotes late la inquietud de no saberse comprendidos ni estimados en sus verdaderos valores por los poderes políticos y económicos de Chile. Ahí está el caso del puente que unirá la isla grande con el continente a través del canal de Chacao. Algunos pueden pensar que este puente, al convertir en terrestres  las comunicaciones de Chiloé con el resto de Chile, será un importante factor de progreso.  Pero otros muchos temen que no tenga como objetivo el desarrollo de Chiloé, sino la explotación más intensa de sus recursos naturales. Lo que de llevarse a cabo culminaría el proceso de convertir a la sociedad chilota de rural como todavía lo es en proletarizada, con sus destinos en manos de poderes muy lejanos que tienen una mentalidad exclusivamente extractiva. Los hay que llaman ya, con cierto sarcasmo, a ese proyecto de prolongación de la ruta 5 como autovía hasta Quellón a través del puente de Chacao, la “ruta del salmón”, y muchos piensan que los más de mil millones de dólares que costaría este proyecto estarían mejor invertidos en hospitales, rutas interiores, centros de enseñanza e investigación, así como el desarrollo de los recursos pesqueros, agrícolas, forestales, turísticos y de transporte, no solo  del archipiélago de Chiloé, sino de todo ese profundo Sur de islas y canales innumerables que llega hasta Magallanes y que es una prologación cultural y humana del mundo chilote.

Lo que yo deseo es que esta crisis termine obligando a todas las partes involucradas en ella a enfrentarse con una verdad que debería ser evidente: el futuro de Chiloé pertenece, ante todo, a sus habitantes, en un marco de solidaridad con el resto de la sociedad chilena.


Quiero terminar esta entrada evocando a esa multitud de gente humilde, silenciosa y olvidada, que vive de los recursos naturales del bordemar de Chiloé. Lo haré con dos fotos que son testimonio de dos vivencias personales.

A la derecha de esta foto arranca una duna viva, que  limita a la inmensa y bellísima playa de Mar Brava, en la costa NW de Chiloé. Todavía más a la derecha, ya fuera de la foto, se extendería la larguísima playa, de arenas muy finas y batida permanentemente por las grandes olas del Pacífico. En ella se crían muy bien las Machas, esas inmensas almejas chilenas que se comen a la parmesana en todo Chile. Al fondo, hacia la izquierda de la foto, se levanta una duna fósil, ya fijada, que marca dónde estuvo hace mucho tiempo la orilla del mar. Entre ambas, ocupando todo el centro de la foto, se extiende una enorme ciénaga que lo es porque la duna viva de la derecha le impide desaguar bien.
Pegadas a la duna viva extienden sus carpas y tiendas de campaña los macheros con sus familias, cuando están en temporada de recolección de las machas. Se juntan durante algunos meses más de doscientas familias, ocupadas en estos trabajos de extracción.
En el mismo centro de la foto puede verse una animita pintada de un azul vivo. Se levantó hace pocos años en memoria de una niña muy pequeña, casi una guagüita, que enfermó y murió allí. Sin casa, sin techo firme, sin una cocina chilota en la que su madre pudiera calentar sus biberones.

En la mismísima orilla rocosa del océano, en Punta Tilduco, también al NW de Chiloé, hay una cruz adornada con esas flores artificiales de colores vivos, que nunca se marchitan, y que tanto se usan en el Chiloé lluvioso. Se erigió en memoria de un hombre que hace pocos años fué arrastrado desde allí mismo por el mar y murió. Era joven y fuerte, soltero,  estaba allí recogiendo Cochayuyo, un alga parecida al sargazo que se usa mucho en Chile para ensaladas y guisos. Sabía nadar y también lo que hacía. Pero el océano manda a veces, sin avisar y sin una piedad de la que naturalmente carece, olas poderosas contra las que no hay defensa posible.


Dos ejemplos de personas que viven una vida dura y arriesgada en el bordemar, donde se ganan el sustento. Y que no tienen otra cosa que les permita enfrentarse con el futuro.






jueves, 24 de marzo de 2016

El mundo del archipiélago

Mapa de Chiloé con la ruta que hemos seguido marcada en negro
Navegando a bordo de la Dalmacia III de mi amigo Miro Yurac, desde Castro hasta Mechuque, en las islas Chauques. 

Primero atravesamos el fiordo de Castro, luego bordeamos la isla de Lemuy por el Norte y la Península de Rilán por el Este para pasar frente a Dalcahue, desde donde arrumbamos a Tenaun por un mar abierto ya a las olas que llegan del Golfo de Corcovado. Desde Tenaun, finalmente, saltamos hasta Mechuque, en las islas Chauques, donde dormimos en un excelente fondeadero. El viaje de vuelta, al día siguiente, reproduce a la inversa el de ida. 

Presento a continuación algunas fotos comentadas en las que intento decir algo sobre la vida en las islas menores del archipiélago. 

El poblamiento inicial de Chiloé se centró en ellas, porque la isla grande estaba principalmente ocupada por bosques impenetrables. Este poblamiento mantuvo las mismas formas de vida que habían traído los aborígenes siberianos que hace entre diez y quince mil años atravesaron a pie el estrecho de Bering, para llegar en poco más de cinco mil años hasta Chiloé como fin de etapa. Vivían estos pobladores originales del continente americano en el borde del mar, donde obtenían lo mejor de los dos mundos que allí se encontraban: de la tierra leña para calentarse, madera para construir sus rukas y sus dalkas y algunos desbroces hechos pampas para que sus ovejas pastaran; de la mar mariscos, algas y peces con que alimentarse. Esta ha sido y sigue siendo la cultura que en Chile se ha llamado del bordemar .  Y como la longitud de bordemar disponible por unidad de superficie habitable era máxima en las islas menores del archipiélago de Chiloé, en ellas fue donde se acumuló la población. El perímetro de la isla grande vecino a las islas pequeñas formaba también parte, naturalmente, del bordemar. Las poblaciones asentadas en las orillas de la isla grande estaban incomunicadas por tierra y funcionaban, a todos los efectos, como pequeñas islas. Hasta hace poco más de un siglo el único eje de comunicación terrestre permanente era el que unía Ancud con Castro. Pueblos relativamente cercanos en la isla grande, como Castro y Dalcahue, estaban mejor comunicados por mar que por tierra.

La población de Mechuque en las islas Chauques
Mechuque es la aglomeración urbana más grande de las islas Chauques. Pero se reduce a unas pocas casas, de las que la más importante, con tejados rojos en dos alas perpendiculares que ocupan el centro de la foto, es la escuela. A la izquierda de la foto se ve la sombra de una rampa, por la que desde barcazas con proa abatible pueden desembarcar en la isla camionetas y otros vehículos. La parte derecha de la foto muestra una acumulación de cabañas y lanchas varadas y es la zona donde se reparan y mantienen listas las embarcaciones, necesarias para relacionarse con esa mar que es para el habitante de estas islas una compañera mucho más íntima que el bosque. Aunque muchos años de presencia humana han hecho que el bosque vaya retrocediendo, los alrededores de Mechuque siguen estando bien forestados, y la población extrae de estos árboles su fuente de energía fundamental, la leña que arde continuamente, día y noche, invierno y verano, en las cocinas.
De manera que Mechuque y las Chauques podrían seguir viviendo ahora el mismo tipo de vida que han mantenido durante siglos. Pero aunque la cultura del bordemar sigue bien viva allí, las cosas están cambiando, particularmente en el sentir y el entender de la gente más joven. Léase como testimonio de lo que digo algo que ya escribí en este mismo blog hace años, "Tradicion frente a progreso en las islas Chauques", en la entrada "Un parque eólico en Mar Brava (II).- Los efectos sobre el paisaje", publicada el 23 de enero de 2.011.

Entre Dalcahue (a la izquierda) y la isla de Quinchao (a la derecha)
Este es el paisaje permanente de las pequeñas islas del mar interior. Solo se presenta ante los ojos en días claros y soleados, los isleños lo saben, pero nunca olvidan que la gran cordillera cubierta de nieves blancas está al fondo, inconmovible, confortante a la vez que amenazante. El agua marina profundamente azul contrasta con los verdes y dorados de las islas cercanas, los azules de las lejanas, los penachos blancos, retorcidos como llamas frías,  de las altísimas montañas de los Andes y el cielo protector, celeste, suave, compasivo. Aquí el paisaje, cargado de belleza y de tragedia, se hace cultura. 

Tenaun con su bellísima iglesia visto desde el mar
Mientras que Mechuque tiene un origen relativamente reciente, Tenaun es lo suficientemente antiguo para adornarse con una de las más bellas iglesias que pueblan el archipiélago. Frente a él, en la mar, dos de los tipos más básicos de lanchas que surcan los mares chilotes. En primer plano, pintada en blanco y negro, la Teresa de Jesús es una lancha para el transporte de pasajeros, desde Tenaun hasta Mechuque por un lado o Dalcahue y Castro por el otro. Delante de la cabina de mando hay un pequeño camarote donde se acumula el pasaje.  Por detrás, pintada en blanco y amarillo, la típica lancha de faena, usada para la pesca o la atención a las múltiples estaciones de cultivo de mejillón o salmón que existen aquí.


Los barcos de pesca bullen en estas aguas preñadas de peces y de lobos marinos que compiten con los pescadores en la captura de aquéllos. En el fondeadero donde pasamos la noche nos encontramos con el Matitiahu, un barco de Castro que pescaba la merluza con redes de enmalle de fondo por aquellas aguas. La vida de estos hombres es dura, pasan semanas en la mar hasta que tienen la nevera de su barco llena de pescado. Uno de ellos, el que se inclina junto a la borda mirando hacia nosotros, era además de marinero buzo y pudo liberar el eje de la hélice de la Dalmacia III de un cabo de amarre que se le había enredado insidiosamente. La profesión de buzo abunda entre los chilotes del bordemar, que cuidan de sus mariscos y sus peces como si de ganado se tratase. Podría decirse que la mitad de los hombres que trabajan en la mar, que son casi todos, además de marineros son buzos. Y es que, para los chilotes, la mar y la tierra firme se funden en el bordemar de una forma tan íntima que con la misma soltura caminan ellos por sobre las calles y campos de sus pueblos que nadan por sobre el fondo de sus mares.  



jueves, 17 de marzo de 2016

Chiloé desde su mar interior


De excursión por la orilla del mar interior de Chiloé, ése donde se abrazan con calma la isla grande y el océano Pacífico, entre una multitud de pequeñas islas, el archipiélago, dormidas en la paz de sus sueños.

Desde Quemchi hasta Dalcahue, hemos pasado por Aucar, Quicaví, Tenaún y San Juan. El día es espléndido, luce el Sol dando un calor tibio y llenándolo todo de brillos fugaces.  El Pacífico interior está hoy enmarcado por la Cordillera, libre totalmente de brumas y nubes, un rosario de grandes picos nevados que separan dos azules, el profundo y marino del océano y el otro azul celeste del cielo. Ante nuestros ojos se destacan de la Cordillera, acercándose como para saludarnos, el volcán Chaiten, macizo y muy nevado, y el Corcovado, que remata en un pico tan agudo como una aguja que señala al cielo, como si quisiera advertirnos de algo.

El volcán Chaitén desde la costanera de Tenaun
Recuerdo ahora cómo, cuando llegué por primera vez a Chiloé, el volcán Chaitén acababa de entrar en una erupción explosiva que destruyó el pueblo que con su mismo nombre se asentaba en sus faldas, llevándose para siempre por delante casas, ganados y esperanzas. Estaba yo aquel día en el estero de Compu, frente al Corcovado,  y veía hacia el Este, sobrepasando las islas, la gigantesca fumarola del gran Chaitén dominando el cielo. Me acompañaba un chilote que había vuelto a su tierra tras muchos años de trabajo en Argentina. Era un hombre un tanto especial, lucía una barbita muy cuidada y calaba un gorro redondo de cuero, insólito en este paisaje chilote, que había traído como un recuerdo de sus años en la otra Patagonia. Oficiaba ahora de fiscal en una parroquia chilota, una institución que data de los tiempos remotos en que unos pocos misioneros jesuitas tenían que recorrer la inmensidad de las islas y delegaban en los fiscales el cuidado cotidiano de las iglesias. Mirando hacia la fumarola del gran Chaiten, este hombre me dijo: “¿La ves? Es un aviso, la madre Tierra quiere advertirnos de que está empezando a cansarse de nosotros los hombres”.

Iglesia de Tenaun
Cuando vamos cruzando los pueblos nos sorprende su tranquilidad, que es su silencio. En realidad, lo que llamo pueblos son pequeñas aglomeraciones de casas alrededor de una iglesia, una costanera ante la que fondean lanchas de pesca y transporte y en algunos casos, como en San Juan, una capintería de ribera donde todavía se construyen hermosas lanchas de madera. La mayoría de los habitantes vive en el campo o está en la mar o ha emigrado hacia el Sur. Siempre fue así y lo sigue siendo.

Ahora muchos hombres trabajan en el cuidado de jaulas salmoneras esparcidas por toda la inacabable terra incognita que se extiende entre Chiloé y Punta Arenas: el archipiélago de las Guaitecas, el de los Chonos, el de las Guanatecas, el Golfo de Penas, las innumerables islas y los profundos esteros que se extienden a lo largo del estrecho de Magallanes… todo eso, no en balde Chile es, después de Noruega, el segundo productor de salmón cultivado del mundo.

El Chiloé de siempre sigue volcado en el Sur, dueño de éste, al menos en lo que se refiere a los trabajos y los sueños de los hombres.


El pueblo de San Juan

lunes, 7 de marzo de 2016

Pudúes y zorritos amenazados por los perros

Mis queridos pudúes están siendo diezmados por los perros. Es una historia que ya empieza a ser vieja sin que se le haya conseguido poner remedio. Los perros están extinguiendo a dos bellísimas especies autóctonas del Sur de Chile, el zorrito de Darwin y el pudú, que carecen de los mecanismos de defensa adecuados y pueden terminar desapareciendo.

Se trata de perros que son abandonados en el campo por gente de la ciudad, también a veces de perros cuyos amos campesinos no les echan de comer y los dejan sueltos para que se busquen la vida. En el primer caso, los perros abandonados se asalvajan, convirtiéndose en perros cimarrones que pueden llegar a ser más voraces que los lobos.
Siendo estos perros cimarrones animales que fueron domésticos, somos los humanos los últimos responsables del ecocidio que está teniendo lugar, por tanto los obligados a ponerle remedio.

La solución no es fácil. La captura y hasta el sacrificio de los perros cimarrones es la medida más directa, relativamente fácil de implementar con un sistema de recompensas. Pero las leyes de Chile prohíben el sacrificio de perros. Yendo más al fondo del problema, habría que perseguir el abandono de perros mascota por sus dueños humanos, que tiene todas las características de un crimen.  Para ello, los perros de las ciudades deberían estar dotados obligatoriamente de chips, de modo que los perros cimarrones capturados en el campo pudieran conducir a las autoridades hasta los dueños que los abandonaron, que serían sancionados con severidad. Todo esto exige ideas claras y  resolución, además de tiempo.


¿Terminarán siendo pudúes y zorritos de Darwin dos casos más de extinción provocada por la indiferencia de los humanos hacia la naturaleza?

Zorrito de Darwin, perro y pudú, los tres protagonistas de esta triste historia. El collar del perro muestra su condición de animal doméstico, con derecho a tener un amo que lo cuide y lo quiera.