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miércoles, 28 de diciembre de 2016

El terremoto de Chiloé del 25 de diciembre de 2016

He querido esperar unos días antes de escribir mis impresiones sobre este terremoto, que tuvo su epicentro en el mar, al SW de Quellón y NW de Melinka, alcanzando una intensidad de 7,6 Richter. ¿Por qué esta espera? Quizá porque es mi primer terremoto de consideración, una experiencia que comparto con la mayoría de los chilotes nacidos después de 1960, cuando el terrible seísmo que centrado en Valdivia se abatió sobre el Sur de Chile, cuyo tsunami acompañante causó un daño terrible en Ancud. Aunque ya estaba yo en Chiloé cuando el terremoto de Febrero del 2010, que asoló al centro de Chile pero aquí en el Sur apenas se notó.

Tengo que empezar diciendo que vivir los escasos momentos que duran los movimientos de un terremoto es una experiencia que imprime carácter, es decir, imborrable. No por cantidad, sino por calidad. Porque, ¡diablos! si algo sentimos los humanos como sólido es la tierra que pisamos, y cuando esta tierra se comporta, de súbito, como un gigantesco y rocoso pedazo de jalea, encima del cual te encuentras tú, totalmente indefenso, se te viene abajo la mayoría de los esquemas que constituían, por expresarlo de alguna manera, tu carta de navegar por este planeta.

El domingo 25 de diciembre amaneció un bonito día. A las diez y media de la mañana yo asistía a la misa que estaba celebrando en la catedral de Ancud el obispo de la diócesis, monseñor Juan María Agurto. Todo transcurría con normalidad hasta que, ¿cuándo? Pienso que acababa de darse la Comunión pero, aunque parezca increíble, mi memoria es incapaz de reconstruir el momento exacto, como si el disco duro de mi cerebro haya sido reformateado por lo que vino después. El caso es que todo empezó a temblar, en un movimiento lento y sostenido que iba en ascenso. Creo que en aquellos segundos iniciales el sentimiento que predominaba en todos los que estábamos allí era de incredulidad. Ante la inmediatez de los acontecimientos, razonar se hacía imposible, pero la realidad terminó imponiéndose con su crudeza. El temblor, un trepidar de todo lo que en circunstancias normales es inmóvil, iba a más. Curiosamente, y esto no creo que se me olvide nunca, el movimiento anormal de las cosas venía acompañado de un bramido indescriptible, profundo y sostenido, que parecía salir de lo hondo de las entrañas de nuestra madre Tierra, aunque me llegaba desde todas las direcciones. El obispo se mantenía firme en el altar, aparentemente expectante, como todos nosotros. En las décimas de segundo que transcurrían con muchísima lentitud el terremoto, que así lo habíamos identificado ya, iba yendo a más, a más, a más. Ya no pudimos aguantarnos. Alguien empezó a dirigirse hacia la puerta, pero sin pánico, tal y como si la misa hubiera acabado, quizá intentando convencerse de que todo aquello era solamente un mal sueño. Y los demás empezamos a seguirle. El obispo se mantenía firme en el altar, mirando cómo empezábamos a salir. Yo tuve por unos instantes la sensación de que hacíamos mal yéndonos y dejándolo allí, al menos eso me parece recordar ahora, pero no por ello me detuve, mis pies y mi cabeza se movían por entonces en universos muy distintos. Y de pronto, tan inesperadamente como había empezado, el movimiento cesó y con él los bramidos que nos llegaban de lo profundo. Don Juan María se dirigió a nosotros y nos pidió calma, lo que nos hizo volver automáticamente a nuestros sitios. Todos, empezando por monseñor, estábamos manifiestamente impresionados. Pero lo que tampoco se borrará nunca de mi memoria es que, en el apacible marco de tranquilidad que había poseído a casi todas las cosas, las grandes lámparas del templo, que colgaban del techo sostenidas por lo que parecían largos cables de acero, seguían oscilando pesadamente, en largos movimientos pendulares que se mantenían señalando lo que acababa de pasar. He intentado reconstruir en mi memoria la dirección que tenían estas oscilaciones de las lámparas; cruzaban el templo de costado a costado, en un eje SE/NW, más o menos perpendicular a la línea que une Ancud con el epicentro del terremoto, lo que no entiendo, porque la onda sísmica debería llegarnos a nosotros casi desde el mismo Sur. En cualquier caso: aquellas solemnes oscilaciones  de las grandes lámparas colgantes, convertidas en extraños péndulos de Foucault, no las olvidaré jamás.

El obispo empezó a hacer algunas consideraciones sobre lo que acabábamos de vivir. “Nosotros estamos a salvo”, vino a decir, “pero ¿qué puede haber pasado o estar pasando en otros sitios de Chile?” Nos invitó a rezar. Alguien en el templo hablaba por un celular. El obispo, desde el altar, le gritó, “¿Hay noticias, qué dicen?”  Y se oyó la voz, “En Quellón”, solamente eso, y todos comprendimos dónde había golpeado la tragedia.

Salimos a la calle. Empezaba a sonar con fuerza sostenida la sirena de alarma de tsunami de la Municipalidad. Casi a la vez sonó en mi celular una alarma similar, establecida como norma en todo Chile por la ONEMI (Oficina Nacional de Emergencias del Ministerio del Interior).

Finalmente apenas hubo daños, ninguna pérdida de vidas humanas. Chile es un país bien preparado para enfrentar los riesgos telúricos que se le derivan de estar en el mismísimo borde de ataque en el que el viejo continente ancestral, el Gondwana, se enfrenta con las mares primigenias y sus fondos. Creo que este riesgo telúrico impregna la cultura de Chile y la dota de unos valores que otros pueblos no tienen en tanta medida, como son la solidaridad, la entereza ante la desgracia y hasta una cierta bravura.


Cuando ya íbamos a salir de la catedral monseñor Agurto, todavía desde el altar, nos dirigió unas palabras de ánimo. No recuerdo su contenido exacto, pero no olvidaré el grito que repitió dos veces, “¡Fuerza, …, fuerza!” Ese grito que he oído cuando el terremoto de 2010, en su forma de “¡Fuerza Chile!” y que brota del mismo corazón de una gente admirable, los chilenos, que nunca se van a resignar a ser víctimas pasivas de la desgracia.

La catedral de Ancud por fuera y por dentro. En la imagen de la derecha pueden verse las grandes lámparas que cuelgan del techo

jueves, 17 de septiembre de 2015

¡FUERZA CHILE!

¿Será éste de hoy el gran terremoto que los sismólogos llevaban años esperando para el Norte de Chile?

En cualquier caso, los chilenos lo han recibido con esa serenidad que muestran ante cualquier catástrofe natural y que admira a cualquiera que como yo llega de fuera y la vive.

Aquí en España decía la prensa esta mañana que un millón de chilenos "habían sido evacuados", así, en voz pasiva. Cuando yo sé que la mayoría eran chilenos de la costa que se habían "autoevacuado" hasta los cerros huyendo ordenadamente de los tsunamis y la destrucción, al encuentro de ese espacio admirable de solidaridad que son los cerros costeros, donde los chilenos pueden pasarse semanas si es necesario, conviviendo, compartiendo, sobreviviendo.

Chile es una larguísima angostura que se asienta entre la formidable cordillera de los Andes y el formidable océano Pacífico. Estos dos gigantes luchan entre sí con Chile como campo de batalla. Más o menos cada 25 años hay en Chile un gran terremoto. El de Valdivia en 1960, el de las regiones centrales en 1985, el de Concepción en 2010. 25 años es el período medio de una generación humana. Cada gran terremoto es una enseñanza de coraje y solidaridad para una generación de chilenos. 

Pienso en el terrible terremoto de 1960, que asoló el Sur de Chile, el terremoto más grande registrado de la historia del Mundo, con 9,5º en la escala de Richter: he conocido a un chileno de Valdivia que lo vivió cuando era niño, y tengo un amigo en Ancud que también siendo un niño y con buena parte de la población de esta ciudad lo sobrevivió varias semanas en los cerros, y otro que es campesino en Puñihuil y que cuando era un muchacho estuvo a punto de morir ahogado por el tsunami mientras pescaba ostras en el golfo de Quetalmahue. Ninguno de ellos lo ha olvidado, más aún, su condición de hombres y de chilenos se asienta firmemente sobre la base terrible de esta experiencia.

Por todo esto, además de por otras muchas cosas, admiro yo y quiero a los chilenos.

¡Fuerza Chile!

domingo, 5 de octubre de 2014

Navegando hacia Chiloé desde el Sur

Pronto estaré en Chiloé.  Ya  me siento volando por la estratosfera desde España hacia el otro extremo del Mundo, un extremo que también es el mío. Hacia Chiloé, sí, esa intercalación de una <<o>> profunda en el nombre de Chile, que obliga a su <<e>> final a clavarse en el lomo un acento que es una banderola de señales, un ulular del viento entre los árboles o sobre las olas, un grito de alegría tranquila, un misterio.

Aunque en realidad yo empecé a navegar hacia Chiloé hace ya algunos meses. Porque desde entonces vengo jugando en mi PC una aventura virtual que me he inventado yo, la de cruzar en mi velero desde el Atlántico al Pacífico por el Pasaje de Drake, ese mar tempestuoso y ventoso que, al Sur del Cabo de Hornos, media entre el continente americano y la Antártida.

Una carta meteorológica de UGRIB como las que uso en mi
juego. Las curvas son isóbaras, y las flechas marcan la
dirección y la intensidad (por el color y el número de
plumas en la base) del viento.
Uso cartas meteorológicas reales, descargadas  de UGRIB. Salgo del puerto argentino de San Julian para navegar a vela hasta Ancud, en el extremo NW de Chiloé. Una o dos veces al día consulto la información meteorológica, determino la posición de mi barco y trazo el rumbo para la próxima singladura.

En San Julián han empezado siempre para los marinos las aguas magallánicas, frías y traicioneras porque el tiempo puede cambiar súbitamente de una calma a un temporal huracanado y éstos son frecuentes. Alcanzada la Tierra del Fuego, yo intento cruzar hacia Hornos por el estrecho de Le Maire, pero éste es peligroso con vientos fuertes del W porque, en tales circunstancias, las corrientes de marea creciente, que corren siempre hacia el Norte, empujan a un barco pequeño hacia los arrecifes de la isla de los Estados. De manera que si el tiempo está malo dejo la isla de los Estados al W y entro en Drake por fuera de aquélla. Luego, si puedo, me acerco lo más posible al cabo de Hornos para intentar ver su imponente, dramática belleza. Pero enseguida arrumbo hacia el SW y me alejo de la costa chilena, hacia el océano profundo del Pasaje de Drake, donde los peligros son menores. Siguiendo los usos de los capitanes

Mis tres últimas travesías entre San Julián y Ancud. En la segunda, trazada en amarillo, tuve que
contornear la isla de los Estados porque las condiciones en el Estrecho de Le Maire no eran favorables.
La tercera, en rojo, es la que realizo ahora, así que escribo este texto desde mitad del Pasaje de Drake.
La línea verde marca el paralelo de los 58ºS, que no debe atravesarse nunca hacia el Sur por el
peligro de los hielos flotantes
de los clípers que cruzaron por allí en el siglo XIX, para cargar el guano chileno que fertilizaba los campos europeos o llevando buscadores de oro hacia California y el Yukon, me pongo como límite meridional de mi navegación los 58ºS, porque más abajo aumenta mucho el riesgo de encontrar hielos flotantes. Y así voy navegando, ciñendo los fuertes vientos del W y barajando las grandes olas que llegan muy enfadadas y formadas desde el lejanísimo mar de Tasmania, hasta que alcanzo la longitud de los 80ºW, también según las viejas recetas de los capitanes cliperos. Alcanzada esta longitud ya estoy libre de los peligros de las costas chilenas y puedo arrumbar hacia el Norte, yo hacia Chiloé, aunque el Pacífico entero es ahora mío. Finalmente, cuando alcanzo la latitud de Ancud, viro hacia el E y entro en el canal de Chacao, para arribar a ese puerto ilustre del que zarpó un día la goleta que consiguió para Chile todo el SW americano, y que es también mi patria, mi casa.

Jugando así me preparo para el día que podría llegar en que el destino me abriese una ventana para emprender este viaje en real, a bordo de un barco de verdad y a través de ese océano austral que tantos marinos afortunados han podido cruzar. Así soy yo. Las pocas cosas extraordinarias que he hecho en mi vida se han cumplido porque cuando llegó la ocasión, que siempre lo hace por sorpresa, estaba preparado. Y, como lo hacen los niños, una forma eficaz de prepararse es soñando y jugando.


Pero si he traído esta aventura virtual aquí es para decir que cuando arribas a Ancud desde el Sur terrible, después de casi un mes navegando por unas aguas peligrosas y contorneando unas tierras que hoy todavía son salvajes, es decir, prístinas y a la vez desoladas, cuando avistas por fin la tierra de Chiloé, ésta se te aparece dulce  y tranquila, como lo que un marino antiguo llamaría “un regalo de Dios”. Entrando ya en el canal de Chacao empiezas a ver de cerca las jugosas pampas de un verde dorado entremezcladas con las manchas misteriosas y verdioscuras de los bosques. Entonces te das cuenta de que tienes ante ti un admirable equilibrio entre lo humano  y lo natural, lo civilizado y lo silvestre. Frágil como todo lo bello, está allí ante tus ojos, abierto en una invitación al abrazo. Y casi sin darte cuenta te ves desposeído de la sensación de soledad, de exilio y peligro, que te venía embargando durante tu insensato viaje. 

Llegas a tu casa, a tu otra patria, eso es lo que sientes.


miércoles, 26 de febrero de 2014

Estudiando y protegiendo a las ballenas

Tengo por vecinas y amigas aquí en Duhatao a Elsa Cabrera y Barbara Galletti, fundadoras del Centro de Conservación Cetácea de Chile, una organización no gubernamental dedicada a la protección de las ballenas chilenas, muy en particular la Ballena Franca Austral (Right Whale en el esquema de abajo) y la Ballena Azul (Blue Whale). Ambas especies visitan las costas de Chiloé todos los años. Particularmente la Ballena Azul está presente aquí durante la mayor parte del verano, siendo las concentraciones de Ballena Azul en los extremos NW y SW de Chiloé de las más grandes del mundo.

Se cumplen ahora diez años de que las dos iniciaran sus esfuerzos de protección de las ballenas chilenas, con la fundación de CCC. Siguen realizando con el mismo entusiasmo del principio un trabajo bastante duro: fotoidentificar a las Ballenas Azules durante su presencia frente a Duhatao en verano para hacer una estimación científica del tamaño de la población  que nos visita aquí todos los años. Salen a la mar todos los días que el tiempo lo permite en su pequeño bote, patroneado por José, un pescador de la caleta de Puñihuil que se hace cargo de la navegación mientras que Elsa fotografía a los animales que encuentran y Bárbara anota todos los datos de registro. Los tres, Elsa, Bárbara y José forman un equipo compenetrado en un trabajo de bastante riesgo y gran dureza, como yo pude comprobar ayer gracias a que, al estar Bárbara en Puerto Montt por el varamiento con muerte de una Ballena Azul que tuvo lugar probablemente por la colisión con ella de un gran buque de pasajeros, ocupé su sitio en el pequeño bote acompañando a Elsa y José en un día más de su actividad fotoidentificadora.


Elsa, fotografiada ayer en el bote Alfaguara, insignia de CCC en su actividad cetológica. 

Elsa es profesional de la fotografía y su trabajo consiste en, una vez que José acerca el bote a una ballena emergida, que lo estará por poco tiempo, obtener fotos de aquellas partes del cuerpo (aleta dorsal, cola, cara, más unas que otras en función de la especie de la ballena) que tienen valor identificatorio para un individuo concreto, jugando un rol parecido al de nuestras huellas dactilares.

Hacer buenas fotos identificatorias con un teleobjetivo bastante pesado, en un bote que navega a mucha velocidad para acercarse a la ballena y sin tener otro apoyo que sus pies, pues las dos manos tienen que estar ocupadas con la cámara, es un trabajo bien difícil que Elsa domina.




José es un hombre de mar en toda la extensión de esta noble apelación. Nacido en la isla de Santa María, que cierra el Golfo de Arauco frente a la ciudad de Coronel, emigró a Chiloé cuando tenía 18 años y desde entonces ha sido pescador en la caleta de Puñihuil. 


Poca gente conoce las ballenas como él, capaz de identificar sus soplos a una distancia increíble y con el sexto sentido necesario para buscarlas y encontrarlas allí dónde están.









Hacía días que no se veían ballenas en las costas de Puñihuil y Duahatao y nosotros salimos en el Alfaguara muy temprano por la mañana para buscarlas. Bárbara nos indicó que exploráramos hacia el Sur y eso hicimos. Una vez que dejamos atrás la isla de Metalqui, José empezó a ver krill, esas aglomeraciones de pequeños crustáceos que constituyen el alimento de la Ballena Azul, y nos mostró cómo saltaban minúsculos en la proa del bote. Poco después ya veía José los grandes soplos de las ballenas en el horizonte, algo que yo, por supuesto, no conseguía por más que me estrujara los ojos. Poco después de haber sobrepasado hacia el Sur la desembocadura del río Pescado nos topamos con dos Ballenas Francas, lo que fue todo un acontecimiento por su rareza y a las que Elsa fotografió profusamente, obteniendo todos sus detalles identificativos.

Después seguimos navegando hacia el Sur y cuando estábamos al través de la desembocadura del río Abtao, casi llegando a Huentemó, donde empieza Cucao, fue la locura: soplos por todas partes, cerca y lejos, que delataban a Ballenas Azules que emergían por unos segundos para respirar. A mí estos soplos gigantescos del animal más grande de la Tierra me parecieron al principio algo así como esas trombas marinas que como tornados que son llegan a unir mar y cielo. Luego, ante la profusión de soplos en todas direcciones, tuve la sensación de encontrarme en el seno de una gran batalla naval antigua. Elsa fotografiaba y fotografiaba, José seguía a las ballenas por las manchas delatoras de aguas lisas que aparecen en la superficie del mar como consecuencia de los movimientos de sus enormes colas, colocando al Alfaguara donde tenía que estar cuando las ballenas por fin emergían. En fin, un espectáculo absolutamente fantástico, del que presento a continuación algunas fotos.

La cara de una de las dos Ballenas Francas identificadas. Parece como si el ojo derecho semiemergiera del agua en la izquierda de la foto,  y nos mirara (todo esto se verá mejor picando dos veces en la foto con el ratón), quizá preguntándose qué hacen allí aquellos extraños pigmeos. Pero no es así, Elsa me indica que el ojo está mucho más abajo, metido completamente en el agua. 

La Ballena Franca tiene unas callosidades naturales en la cara sobre las que crecen con el tiempo algunos animales marinos. La disposición de estas manchas blancas es única para cada individuo y tiene valor identificatorio.



El soplo de una Ballena Azul, que puede alcanzar una altura de hasta cuatro o cinco metros.

Se produce cuando la ballena, que ha estado comiendo krill con su tremenda bocaza abierta como la pala enorme de una gigantesca retroexcavadora, la cierra, expulsa el agua a través de las barbas quedándose así con el krill filtrado, y sube a la superficie para respirar. El soplo es el aire ya sin oxígeno expulsado. Inmediatamente a continuación la ballena aspira aire y se sumerge para seguir comiendo.




Lo primero que despierta la admiración ante una Ballena Azul es su enorme masa, su gigantesco volumen.  En el extremo izquierdo se ve la aleta dorsal, que en la Ballena Azul es ridículamente pequeña, un remanente evolutivo sin función actual, o casi.







En el lomo de esta Ballena Azul que ha iniciado los movimientos de inmersión se aprecia claramente el relieve de sus vértebras. José decía que era indicio de delgadez, por mala alimentación o enfermedad.








Tanta era la densidad de Ballenas Azules frente a Abtao que muy frecuentemente iban en parejas. Aquí la ballena de la izquierda está terminando de soplar desde los opérculos (orificios nasales) situados en lo alto de su cabeza, y la de la derecha navega veloz con su aleta dorsal todavía claramente emergida.




En las tres fotos de abajo se muestra una de las piezas con valor identificatorio de las Ballenas Azules. En la zona que rodea a la minúscula aleta dorsal hay pequeñas manchas permanentes que son específicas de cada individuo y permiten identificarlo. Pero hay que actuar con rapidez. La ballena ha soplado y aspirado nuevo aire, muestra su lomo (izqda) y enseguida empieza a arquearse (centro) para sumergirse de nuevo (dcha). A veces al final de esta fase mostrará la cola.  Todo esto dura unos segundos y Elsa tiene que apresurarse para sacar una buena foto, con todo detalle.



La cola, en las raras ocasiones en que, como en la serie de fotos de abajo, emerge completamente, tiene un gran valor identificatorio. Manchas y también cicatrices o muescas únicas para cada individuo en los bordes de la cola (dos picaditas de ratón para verlo algo mejor).  En estas fotos de cola hay que darse todavía más prisa.



Ya por la tarde seguía la fiesta identificatoria de Elsa y José cuando de pronto empezó a levantarse una niebla que fue espesándose. Estos cambios súbitos de las condiciones de navegación son típicos de estas aguas y las hacen peligrosas. El Alfaguara, patroneado por José, se vio obligado a iniciar su vuelta a Puñihuil.

Pasada la isla de Metalqui, la niebla se espesó y perdimos totalmente de vista la costa. Hay que decir que un bote tan pequeño como el Alfaguara solo lleva un GPS manual como instrumento de navegación. Elsa y yo pensamos que un compás ayudaría a José, indicándole el rumbo seguido. Una de las funciones de mi reloj de muñeca es precisamente un compás. Se lo ofrecimos a José como ayuda, pero no lo consideró necesario. Nos dijo que podía conocer el rumbo del bote viendo el ángulo que formaba con la mar de fondo, que había venido todo el día del WSW, y no iba a cambiar en unas horas, siendo además este WSW la dirección casi permanente de las mares de fondo de aquí.

Toda una lección de marinería, una de las muchas que José, desde su extrema sencillez, muestra continuamente sin presumir de nada.


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Para terminar esta entrada me gustaría ampliar algo la presentación que he hecho de Bárbara, Elsa y su CCC. 

Hace diez años decidieron que había que hacer algo para prevenir la destrucción de la naturaleza por los humanos y se pusieron en marcha. Lo que más admiro de ellas es que, siendo radicales por lúcidas en sus planteamientos, viendo con claridad lo catastrófico de la situación hacia la que se encamina el mundo, no son radicales ni catastrofistas en su praxis. Muy al contrario, creen en la gente, en la capacidad que tienen los humanos de corregir sus rumbos y actuar de forma más justa y generosa con respecto al futuro.  En los diez años que llevan en Chiloé han ayudado muy certera y eficazmente a la gente de la caleta de Puñihuil a gestionar de forma sostenible y respetuosa con la naturaleza un negocio turístico que progresa brillantemente, siendo hoy la Pingüinera de Puñihuil uno de los atractivos turísticos más visitados de Chiloé. Elsa me lo decía con claridad: muchos proyectos de transformación o de conservación de los ecosistemas fracasan porque sus promotores son demasiado impacientes; se colocan delante de la gente a la que quieren liderar, corren y corren sin mirar hacia atrás, hasta que sin darse cuenta se quedan solos. Si una mejora de la sostenibilidad o la conservación de la naturaleza tiene que tardar diez años, porque su entorno antropológico no está preparado para asumirlo en menos tiempo, es una locura proponerse hacerlo en cinco. Hay que acompañar a la gente, confiar en los humanos, en su capacidad de rectificar y arriesgar. Eso sí, sin renunciar jamás a los propósitos, manteniendo una guardia, una tensión, a la vez amable y constante.

Confianza, pues, en el más racional, también el más animal, de los animales: el hombre.

Aunque quizá, más que confianza, fe en su capacidad de cambiar para mejor. Optimismo a la vez insistente y confiado.

sábado, 22 de febrero de 2014

Chiloé, ¿una cultura o un recurso?

Esta imagen satélite de Chiloé, tomada de Wikipedia,

recoge muy bien la realidad geográfica de la Isla Grande 
y el archipiélago aunque falten algunas de las islas 
más alejadas.
Se ven muy bien las zonas desforestadas, los bosques,
las grandes playas arenosas como Mar Brava o Cucao,
las zonas urbanas. Puede descargarse en todo su tamaño
(5,2 MB), de la referencia remarcada en azul.
Me preocupa Chiloé. He llegado aquí por última vez, después de más de seis años de enamoramiento con ella, hace ahora justo un mes. La he encontrado tan bella como siempre, tan ensimismada también en esa belleza suya, lejana, aislada entre mares, desprevenida de los movimientos que están haciendo los que, consciente o inconscientemente, son sus enemigos y la amenazan.

No vengo aquí de redentor, ni con un paternalismo displicente y entrometido. Vengo con unas cuantas cicatrices que me han hecho en mi tierra, España y Europa, donde ya he visto las consecuencias que puede tener este falso progreso que invade el planeta y que ha desplazado y tergiversado a aquel Progreso que nació con la Ilustración y que aspiraba a cambiar para bien al mundo. Vengo con todo mi respeto y cariño para Chiloé y para Chile, con mi agradecimiento también por la generosidad con que siempre me han acogido.

He comprobado que esta angustia mía por el futuro de Chiloé la tienen aquí los más jóvenes, también muchos de los mayores, pero entre estos los sentimientos y las opiniones están más divididos y sobre todo, consecuencia inevitable de la edad, hay más resignación ante lo que se ve caer sobre Chiloé con la inevitabilidad con la que cae un meteorito destructor. Los jóvenes, más exigentes, se rebelan porque ven que les están quitando un mundo entrañable que por derecho y ley de vida debería ser de ellos. También porque los jóvenes de hoy son más maduros que nunca lo fueron y las ven venir, quizá porque el sistema mundial de dominio los rechaza, no les deja sitio para construir ese futuro que, lo repito, es legítimamente de ellos y nada más que de ellos.

¿Dramatizo? No lo creo. Chiloé, para los que han llegado de fuera como yo, es única y preciosa, irreemplazable por nada de lo que pueda traer ese progreso que llega anunciándose con el mismo ruido y la fuerza con la que el ejército persa llegaba a las puertas de Atenas en los tiempos de la Grecia clásica. ¡El progreso! El concepto, también la esperanza, más devaluado y traicionado que ha conocido el mundo en los últimos siglos. Chiloé es un tesoro frente a ese falso progreso, preciosa pero frágil como una copa de cristal de Bohemia, que necesita gente que la defienda ante unos invasores que la invaden sin escrúpulos, que llegan dispuestos a todo, muy peligrosos porque además no se dan cuenta de la amenaza tan mortal que representan. Ellos, los del progreso, están en otras cosas, por eso se creen inocentes. Están en sus crecimientos, sus rentabilidades, sus creaciones de riqueza, mirando hacia los bosques, las playas, los animales y los hombres de Chiloé desde lo alto de sus gigantescos bulldozers mentales, como si lo que tuvieran por delante fueran simplemente recursos y como tales siempre, siempre, siempre, inagotables, exprimibles hasta el infinito.

A las pruebas me remito. Están pasando cosas que anuncian tiempos de destrucción. En Castro se ha construido un Mall de dimensiones gigantescas para una ciudad pequeña, saltándose por las buenas las ordenanzas municipales y las leyes, que luego todo se arregla pagando una multa o dando dos pasitos atrás después de haber dado cincuenta adelante. Este Mall destrozará el tráfico y la tranquilidad de Castro, no traerá la música del progreso, sino sus berridos, y acabará además con un pequeño comercio que es uno de los pilares de esta ciudad. En Ancud se insiste en obtener un permiso para la construcción de un parque eólico en la playa de Mar Brava, uno de los lugares, junto con el golfo de Quetalmahue que le da entrada desde Ancud, más prístinos y bellos de Chiloé y por tanto de Chile. Y esta insistencia, después de un primer fracaso ante los tribunales, procede de estrictos criterios de rentabilidad, es más barato plantar los gigantescos molinos de viento en una playa cercana al mar que en sitios de acceso más costoso, eso es todo. Pero se compromete así irreversiblemente, pues la vida media de un parque eólico es de más de treinta años, el desarrollo de los recursos turísticos de Ancud, quizá a largo plazo la riqueza más importante que esta bellísima región tiene.

Finalmente está el puente sobre el canal de Chacao, todavía un proyecto pero con muchos visos de ser puesto en marcha. Cada día se ve más claro que este puente no se hace para beneficio de Chiloé y los chilotes. A estos el puente, con sus autopistas auxiliares y sus peajes, les encarecerá su salida de Chiloé hacia el continente. A Chiloé le abrirá un agujero en su muralla para que entren y salgan con toda su potencia los que solo quieren de ellas sus recursos, sus bosques, su bordemar, hasta su viento querrán llevarse convertido en electricidad.

Yo no creo que las autoridades chilenas y chilotas sean activamente responsables de lo que está pasando. Pero sí pueden serlo por omisión. Chiloé necesita que la defiendan. Necesita un planeamiento a largo plazo que vea a Chiloé no como un recurso, sino como una cultura, y no como algo disponible para el primero que llegue, sino como algo propio, antes que de nadie, de sus habitantes. Un planeamiento que determine con claridad qué puede hacerse, dónde, cuándo y cómo, en beneficio siempre, antes que de ninguna otra cosa, del futuro de Chiloé y su gente. Necesita también el desarrollo de leyes que la protejan. La figura del plebiscito popular como paso obligado para la implantación de grandes obras públicas que cambien la configuración del territorio. La participación de los municipios de Chiloé en los beneficios que reporten estas obras públicas o los de grandes empresas que lleguen aquí para explotar los recursos de las islas. La prohibición de adquirir cantidades excesivamente grandes de tierras, bosques u otros recursos de Chiloé por compradores foráneos. Todas estas herramientas, que no son en definitiva sino los instrumentos de una gestión democrática de una isla como Chiloé y sus recursos, ya se aplican en otros lugares del mundo, como la isla del Príncipe Eduardo en Canadá o las islas Shetland en Escocia. Conviene estudiar los resultados de estas experiencias.

Resumiendo para acabar, Chiloé necesita que se proteja su condición natural, histórica, cultural y humana, dándole a todo esto prioridad sobre la simple y ciega explotación de sus recursos. Chiloé es para Chile un tesoro que tiene que defender. Lo que Chile necesita sobre todo de Chiloé es su belleza para disfrutarla, su tranquilidad para cargar las pilas en medio de una vida ajetreada, su paz para sumergirse uno en ella y descubrirse a sí mismo, su imaginación, su fantasía mitológica, para soñar despierto, que es quizá la forma más profunda y completa de descanso. Y si no se cree que todo esto es lo más importante que Chiloé puede aportarle a Chile, que se lo pregunten no a los chilotes, sino a los chilenos, y en particular a los que viven en Santiago.


En cuanto a los chilotes, no he conocido ni uno solo que no esté orgulloso de serlo y de sus islas. Así, como han venido siendo, progresando pero desde dentro, sin necesidad de que vengan a cambiarla, que desgraciadamente es sobre todo a explotarla,  desde fuera. 

martes, 11 de febrero de 2014

La lobera de Metalqui

Navegué ayer hasta la isla de Metalqui en el viaje de certificación de la Marina de Chile para la embarcación Blue Whale Explorer, botada por los operadores turísticos de la caleta de Puñihuil (provincia de Ancud, Chiloé) para el avistamiento de ballenas azules.





Metalqui (42º11,7' S  74º09,3'W) es una pequeña isla situada frente a la costa NW de Chiloé, 18 millas naúticas al Sur de la pingüinera de Puñihuil y 7  al Sur de la de Ahuenco. En Metalqui se asienta la lobera posiblemente más importante de Chile y por lo tanto de las costas sudamericanas, donde acuden todos los años, entre los meses de diciembre y mayo, miles de ejemplares del lobo marino, Otaria flavescens, para cumplir las etapas cruciales de su ciclo de vida:  las hembras paren allí, cuidan de sus crías hasta el destete y son fecundadas por los machos. Luego los lobos se dispersan, permaneciendo en la época invernal más alejados de la costa, hasta unas 50 millas, las hembras más asentadas en grupos familiares sobre roqueríos costeros y los machos más solitarios, aunque el conocimiento de estos aspectos de la vida de los lobos marinos es todavía incompleto, dadas las dificultades  del estudio.

El dimorfismo sexual de los lobos marinos es extremo. Los machos llegan a medir 3 ms de longitud y pesar unos 300 kg, mientras que las hembras alcanzan una longitud de 1,5-2 ms y un peso de unos 200 kg. Las hembras son estilizadas y bellas, mientras que los machos lucen como verdaderas bestias marinas, enormes, gordos, con cuellos gruesos y rostros feroces. En cuanto al color, las crias nacen negras y los adultos tienen colores entre el negro y el castaño claro, a veces con matices rojos. Los machos muestras sobre sus anchos cuellos especie de cabelleras que pueden ser rojizas y que han hecho que algunos llamen a estos animales leones marinos en vez de lobos.

  Cuando ayer visitamos la isla, playas y cavernas de sus caras Norte y Sur estaban ocupadas por miles de animales. El espectáculo era impresionante, parecía caótico pero sin embargo estaba regulado por leyes muy estrictas de aprovechamiento del espacio.
Los primeros en llegar hacia el mes de diciembre son los lobos machos, que luchan entre sí de modo que los vencedores se apoderan de un espacio suficiente, cerca del mar, para constituir en él su harén, ya que la organización social está basada en una poliginia estricta, cada macho poseedor de territorio llegando a ser cabeza de un grupo familiar de entre 3 y 6 hembras.
Los machos perdedores, que suelen ser los más jóvenes, deambulan por donde pueden. A los vencedores les llaman los naturalistas machos fecundantes y a los perdedores machos oportunistas. Estos últimos se disponen con frecuencia en la misma orilla del mar donde esperan la llegada de nuevas hembras a las que intentan fecundar. También raptan a veces hembras maduras o inmaduras de los harenes, a las que intentan fecundar sin mucho éxito pero con las que van aprendiendo las tácticas de dominio en una estructura social que es absolutamente machista.

En estas fotos pueden verse con más detalle algunos aspectos destacados de esta estructura social.

En la foto de la derecha, sobre un fondo de familias en las que pueden apreciarse , destacando por su cuello amelenado dos machos fecundantes, aparece  en primer plano lo que podría ser un macho oportunista, esperando en la playa hembras que lleguen a última hora y a las que, ya que no tiene territorio, pueda al menos fecundar.

                             
En esta segunda foto vemos varios grupos familiares (se distinguen hasta tres machos fecundantes, aunque quizá el de más hacia el mar podría ser un oportunista, pues no lo rodean hembras adultas, sino solo crías). También se ven algunas crías del año, caracterizadas por su color más oscuro, hasta negro. Y los jotes, fieles compañeros de estos enjambres, deambulando cerca de los lobos para aprovechar restos de comida. 



Aquí la proporción de crías es todavía mayor. Se ven dos machos fecundantes rodeados por las hembras de sus harenes. Otro macho al fondo que se mueve hacia la izquierda. Y un macho en primer plano a la derecha, distinguible aquí por su barrigón, que por su tamaño podría ser joven y al estar muy cerca del agua y sin hembras que lo toquen hasta un oportunista en sus primeros escarceos de adulto.


En fin, un espectáculo bello y lleno de autenticidad, cuya naturaleza no puede captarse en su totalidad solo con las fotos, pues hay otros dos aspectos sensoriales de estas grandes colonias de lobos que les imprimen carácter: su olor y sus sonidos.

El olor no es repugnante, pero sí muy marcado, picante y punzante, "olor a tigre" que decíamos cuando estábamos en la mili de nuestra tiendas de campaña, un inmenso olor como a sudor animal. 

Los sonidos son un clamor de berridos de todas las hechuras y tamaños. A los lobos marinos les encanta, sin duda, berrear, muchos de los animales que en las fotos tienen la cabeza apuntando hacia arriba lo están haciendo. Y los berridos tienen, claro está, distintos significados sociológicos. Las hembras paridas berrean para llamar a sus hijos, las crías berrean para llamar a sus madres, los machos fecundantes lo hacen para decir aquí estoy yo, que no se mueva ninguna de mis hembras sin mi permiso y que no ose ningún macho oportunista entrar en mi terreno. Y los pobres machos oportunistas lo hacen reclamando una oportunidad.

Todo un espectáculo grandioso.


sábado, 8 de febrero de 2014

En Puerto Montt

Hoy viernes 7 de febrero he tenido que ir a Puerto Montt. ¡Terrible experiencia!, la ciudad grande, ruidosa, estresada, desordenada, con Falabella y Ripley como atracciones fundamentales. He salido de allí lo antes posible. No cabe duda, la vida en el campo me está haciendo daño, me está creando una peligrosa adicción.

La autopista de cuatro vías que está casi terminada entre Puerto Montt y Pargua, pero que se acaba cinco kilómetros antes de Pargua, está pensada, a mí no me cabe duda, para conectar con el futuro puente. Ya están listas las estaciones para pago del peaje. Si se hace el puente, con un peaje parecido al del transbordador, y luego está la autopista hasta Puerto Montt con otro peaje, a la gente de Chiloé le va a salir el doble de caro ir a Puerto Montt que ahora. Luego el puente no parece estar pensado para la gente de Chiloé. Entonces ¿para qué se hace el puente, para la mejor invasión de Chiloé? Si ese es el caso, ¿invasión por quién y para quién? Muchas preguntas y poco tiempo para contestarlas o prevenirlas.

En el transbordador de ida se me acerca un matrimonio y me piden que los lleve hasta Puerto Montt. Son de un sector cercano a Hornopirén, ese es su destino final. Me dicen que allí la gente ha abandonado el campo en favor del trabajo en la mar, especialmente las salmoneras, él, concretamente, es buzo en una. Tienen tres hijos, buenos estudiantes que estudian con becas, el mayor está a punto de terminar la Universidad. Los jóvenes no quieren la vida que tuvieron sus padres, eso me dicen. Cuando salen del campo para trabajar o estudiar, ya no vuelven nunca. “Nos hemos quedado solos, pero todo sea por el bien de nuestros hijos”.

Les pregunto por los chalilos. Y para mi grandísima sorpresa me dice que en Hornopiren volaron ya en Enero. Siento una inevitable frustración. ¿Acaso es Chiloé más frio que Hornopirén? Para colmo, ayer me dijo mi vecina que hay años en que los chalilos no llegan a volar. Me siento abandonado, engañado por mis chalilos, pero me resisto a perder mi fe en ellos.

¡Menudo día! Para consolarme, nada más llegar a mi cabaña me he puesto a hacer pan. ¡Y no he conseguido terminar de amasar la maldita harina! He metido los panes en el horno como he podido, con un cuchillo ancho, pues los pegajosos panes que no puedo manejar con mis manos no se pegan a su hoja. Ya ayer, cuando mi vecina vio la harina que había comprado, se rió de mí. “Esa marca es malísima”, me dijo, pero no me advirtió del tormento que acabo de pasar, hecho yo un revoltijo pegajoso con la masa inamasable.


Bueno, no todos los días son así, los hay mejores.

Después de todo, el aspecto de mis panes recién salidos del horno
no es desesperadamente malo
.

sábado, 25 de enero de 2014

El puente sobre el canal de Chacao

Ya estoy en Chiloé. Crucé el canal de Chacao en una de sus barcazas, acordándome del proyecto de construcción del puente y preguntándome si eso sería bueno o malo para los chilotes. En el canal abundaban esta vez los pingüinos, pero no vi lobos. En cuanto a lo de bueno o malo, es una falsa alternativa. Será, si llegan a construirlo, bueno y malo. Los chilotes tendrán que apoyarse sobre lo bueno y neutralizar lo malo del puente.

Lo bueno estará en eliminar lo que de malo tiene el aislamiento de una isla. Al hacer más fácil la comunicación con el continente, el puente mejorará la oferta de muchos productos y bajarán los precios de consumo, se tendrá un acceso más fácil y barato a servicios sanitarios y culturales radicados en el continente, aumentará el turismo, que es una fuente importante de trabajo y riqueza para la isla, etc

Lo malo estará en eliminar  lo que de bueno tiene el aislamiento insular de Chiloé: la singular personalidad cultural de la isla grande y su archipiélago; su autosuficiencia de recursos, derivada en parte de un saber vivir no consumista; la polivalencia artesanal de su gente, que las hace bien capaces de sobrevivir por sí mismas; lo prístino, intocado de buena parte de su naturaleza, sus playas y bosques; su peculiarísimo bordemar. 
La facilidad de las comunicaciones abierta por el puente  atraerá iniciativas ávidas de aprovecharse de los recursos de Chiloé con objetivos, por crematísticos, a corto plazo, eso que se formula como “coge el dinero y corre”. Quizá estas iniciativas puedan dar trabajo y bienestar inmediatos a los más necesitados, pero desarraigarán también a los chilotes más pobres de su cultura y su terruño, de su polivalente autosuficiencia y su sentido de la solidaridad, es decir, en este mundo turbulento en que vivimos, de una parte importante de sus posibilidades de futuro.

Es difícil hacer un balance entre lo bueno y lo malo que traiga el puente. Todo acontecimiento con valor estratégico, y el puente sobre el Chacao lo es, tiene dos caras, una lo es de amenazas, la otra de oportunidades. Lo importante, lo decisivo en primera instancia, es que los chilotes tengan autonomía suficiente para preservar y potenciar  lo bueno que traiga el puente y erradicar y perseguir  lo malo. Esta autonomía se expresa en dos capacidades: ideas claras sobre cómo puede y debe ser el Chiloé del futuro, y poder político para decidir sobre él y luchar por él.

Una vez cruzado el canal, me encontré una ciudad de Ancud tan bonita como siempre. Después los campos de Quetalmahué y Mar Brava, bellísimos bajo un sol radiante tras una mañana de lluvia, con sus innumerables tonos de verde punteados por el amarillo intenso de muchas florecillas y el blanco de las flores de los ulmos. En la caleta de Puñihuil el amigo que me llevaba compró unas docenas de pejerreyes  al pescador que acababa de atraparlos, todavía con su bote varado allí, en la misma orilla del mar, listo para volver a tender sus redes. Y llegando a Duhatao con la tarde ya vencida pude ver de lejos algunos soplos de ballenas azules.


Toda esta belleza de Chiloé, completa, sutil, compleja, yo la sentí como si me estuviera esperando. Respiré hondo el viento de travesía que empezaba a cubrir de rizos blancos las olas azules del Pacífico que aquí no lo es tanto. Me sentía bien, partido mi corazón en dos pedazos.

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En la foto, el puente de 13 kms de largo que construido en 1997 une la isla canadiense del Príncipe Eduardo (PEI) con la provincia de New Brunswick, ya en el continente.
PEI es una isla muy parecida en muchos aspectos a la isla grande de Chiloé , con aproximadamente la mitad de su tamaño. 
El proyecto de construcción del puente dividió a la población isleña, de modo que se celebró un plebiscito que finalmente ganaron los partidarios del puente con un 59% de los votos. Todavía se discuten los pros y contras. Entre otros, el puente ha aumentado el turismo hacia la isla y ha contribuido directamente al desarrollo espectacular del cultivo industrial de la papa. Por contra, el comercio minorista local ha sufrido una crisis profunda.
Este tema es interesante para Chiloé, en la línea de aprender de las experiencias de los semejantes. Los datos aquí expuestos están tomados de:
En su lista de referencias el trabajo aquí mencionado cita un libro que quizá sea de lectura obligada para los chilotes interesados en decidir sobre la conveniencia o no para Chiloé del puente:
Baldacchino, Godfrey (2007). Bridging Islands: the impact of fixed links. Acorn Press. ISBN 978-1-894838-24-5

martes, 16 de julio de 2013

Futuros de Chiloé (y 7).- Chiloé hacia el futuro.

Termino con esta séptima entrada mi serie sobre los futuros de Chiloé. Intentaré ser conciso, condición indispensable para que lo que quiero transmitir tenga la suficiente transparencia. 

¿Por qué este interés mío por lo estratégico de Chiloé?  La respuesta se encuentra en la entrada que publiqué en este blog hace ya dos años y medio, que por su relevancia para el tema de hoy reproduzco a continuación: 




<< Chiloé y el futuro del mundo >>
(entrada publicada en el blog de Olo el sábado 8 de enero del 2011).

<< Chiloé es una frontera que separa el espacio terrestre dominado por los humanos del que todavía pertenece a la naturaleza. Al norte está el Chile civilizado, al sur  la Patagonia chilena y las soledades magallánicas. Desde esta frontera es fácil ver lo esencial de cada uno de esos dos mundos que luchan entre sí, en una guerra planetaria  donde los contendientes son heterogéneos, los frentes numerosos y las batallas confusas. Pelean humanos contra humanos, pero también contra cielos,  nubes,  glaciares,  volcanes,  placas tectónicas,  océanos. Y contra  virus, microbios, plantas, animales. Todos estos pelean a su vez entre sí. El conjunto enmarañado de luchas diversas es la fuente de la vida y la muerte, como siempre ha sido, pero desde Chiloé, por su condición de tierra todavía de nadie, el significado de esas luchas innumerables puede verse con claridad suficiente como para sacar consecuencias. Por eso vale la pena, más aún, es un privilegio, estar aquí.
 Chiloé es también una tierra bellísima, de bosques, lluvias, arcoiris, mares, fantasmas, sueños. Muchos tesoros que en otras partes del mundo ya se perdieron pueden encontrarse todavía en esta isla grande o en el rebaño de islitas que la ciñen por el mar interior, arracimadas éstas tras la larga falda de aquélla, como si fueran sus hijas. Basta con buscar esos tesoros con paciencia y cariño. Se encuentran a veces semienterrados en las playas de arenas grises, otras escondidos en el espeso sotobosque que duerme bajo la gran bóveda del bosque nativo, otras más en los rincones oscuros de las viejas casas de madera. Eso cuando no se escapan con el humo que sale continuamente de las cálidas cocinas de leña, o con la niebla que empapa los campos, o con las espumas de las olas que rompen furiosas sobre las rocas de las orillas.
 Finalmente, Chiloé es un país de hombres y mujeres, niños y ancianos, blancos y amerindios, brujos y espíritus,  personajes mitológicos y santos cristianos, supersticiones y creencias. 
Todavía la gente tiene una personalidad trazada con rasgos robustos y únicos, también mucho que contar, tanto de lo cierto como de lo imaginado. Todavía te encuentras personas irrepetibles, interesantes, autosuficientes, a las que merece la pena escuchar.
 De estos asuntos, de batallas, tesoros y héroes, escribiré ahora, en este segundo tema de mi blog.>>


(1).- La necesidad para Chiloé de una visión estratégica.

En este mundo en perpetua transición en que vivimos, Chiloé se configura cada día más como un frente en la batalla que tiene lugar entre lo civilizado y lo natural, lo megaurbano y lo rural, lo práctico y lo bucólico, el progreso y el regreso. Estoy seguro de que para la mayoría de los chilenos Chiloé es un tesoro de paz y belleza que debe conservarse como tal, un jardín necesario para que los que viven en las megaciudades puedan respirar de vez en cuando un poco de oxígeno. Pero existen fuerzas ciegas, las mismas por cierto que encadenan a los megaurbanitas, incapaces de sentir escrúpulos cuando Chiloé atrae su atención como un simple recurso a explotar. Aplastarán a Chiloé bajo las ruedas de sus gigantescas máquinas, como han aplastado ya tantos otros territorios y culturas. Ellos se ven a sí mismos como el progreso, cualquier otra consideración que no dé precedencia a sus intereses les parece inadmisible, una provocación como la de la hormiga que se atreve a corretear por encima del mantel blanco en que les van a servir su festín diario: a la cual se la aplasta con el dedo, se  la eyecta con el disparo de ese dedazo índice tensionado ahora por ese otro dedazo pulgar, y a otra cosa.

De lo que se trata por tanto es de una lucha entre la hormiga y el gigante, que debería ser la de David frente a Goliat. Esa lucha se ha iniciado ya en el sur de América.  No es solo la lucha de Chiloé, sino de toda la Patagonia, tanto la chilena como la argentina. Hay aquí otras batallas en marcha, como la que se desarrolla en Aysen. Pero Chiloé es de muchas maneras una vanguardia. Lo es por su mayor proximidad al mundo del progreso tecnológico, ese que se llama a sí mismo civilizado; también porque su batalla no es solamente la de preservar la naturaleza, sino además la de defender una cultura autóctona con muchos valores; finalmente porque los chilotes son, además de chilotes, la gente que mayoritariamente ha ido repoblando el resto de la Patagonia, una vez que los pueblos originarios fueron condenados, por el progreso, a su desaparición como tales. Pero no la han repoblado como colonizadores o explotadores, sino con su trabajo y su resistencia.

Yo soy pacifista. Creo que la mejor defensa ante los ataques es noviolenta y nace de las convicciones profundas y las ideas claras. Me parece que, ante lo que se avecina, es necesario que Chiloé sepa lo que es, lo que tiene, el futuro que quiere, cómo caminar hacia él, los peligros que debe evitar y las amenazas a las que debe resistirse y hasta enfrentarse. Todo esto es lo que, a lo largo de esta serie que termina en la entrada de hoy, he venido llamando estrategia. 

Chiloé necesita desarrollar y mantener al día una visión estratégica de sí misma. Una pieza esencial de esta visión es la de los escenarios de futuro. Chiloé tiene que imaginar cómo puede ser su futuro, moviéndose en la línea de lo que el gran pensador hindú Krishnamurti definió en su famosa frase: "El futuro es hoy", que es lo mismo, expresado de forma más radical y profunda, que lo que cité del místico hindú Vivekananda cuando empecé esta serie: Lo que seas mañana será consecuencia de tus actos de hoy. A una reflexión somera  de los escenarios estratégicos que Chiloé tiene directa e indirectamente por delante, dedicaré esta última entrada.

Aclararé ahora que cuando como acabo de hacer en las líneas anteriores menciono a Chiloé, me refiero a los que habiendo nacido en ella aprecian la forma de vivir chilota, su cultura, su naturaleza y sus ritmos. Que son por cierto una mayoría de sus habitantes.  Muy en particular apunto hacia los jóvenes chilotes que sienten dentro de ellos  las contradicciones entre lo viejo y lo nuevo, lo de siempre y lo novedoso, esa parte de lo tradicional que debe conservarse y esa parte de lo nuevo que hay que tener el valor de rechazar. También me dirijo a los llamados afuerinos, esos chilenos que no habiendo nacido en Chiloé viven allí y la consideran su tierra entrañable, su patria chica. Por último, intento convocar a los extranjeros como yo, que han encontrado en Chiloé unos valores y una belleza de los que, sencillamente, se han enamorado y que por ello se sienten obligados a su defensa razonable y razonada.


(2).- Pensar globalmente.

Antes de considerar los escenarios futuros para Chiloé tengo que situar a ésta en un paisaje de unidades estratégicas más amplias. Empezando por el conjunto del mundo, consideraré a continuación Latinoamérica y finalmente Chile.

Como horizonte temporal me planteo la mitad de este siglo XXI, es decir, aproximadamente dentro de cuarenta años. Para entonces los viejos como yo ya no estaremos aquí, los cuarentones serán ancianos y todo el protagonismo será de nuestros nietos, esos que ahora son poco más que bebés. 

2.1).- El mundo.

En cuanto al mundo, estará atravesando por entonces lo que los futurólogos llaman “el gran cuello de botella” del siglo XXI, una crisis a la vez demográfica y geoeconómica. La población mundial habrá alcanzado los 9.000 millones de habitantes, desde los 7.000 que ahora tiene. La presión de esta superpoblación sobre los recursos agrícolas, principalmente la tierra cultivable y el agua dulce, será tremenda. Pero a la vez, su tasa de crecimiento  estará ya próxima a cero y pronto se hará negativa. Esto significa que en muchos países, incluyendo todo el hemisferio occidental y las zonas más desarrolladas de China, el problema demográfico de la segunda mitad del siglo XXI ya no será la superpoblación sino que empezará a ser el envejecimiento. La combinación a nivel planetario de ambas tendencias podrá dar lugar a migraciones masivas, lo que irá convirtiendo  a Europa  en mucho más mestiza de lo que actualmente es, y eso será bueno.

A esta situación se le llama “cuello de botella” porque una profunda crisis poblacional, ecológica, industrial y social, obligará a la humanidad a plantearse la forma de salir de todas ellas. Y puede decirse que hay solo dos caminos posibles, la cooperación y la confrontación. 

Exploraré en primer lugar el camino de la cooperación. En este escenario, el mundo se habrá estructurado alrededor de dos polos de poder, USA y China. Uno y otro reinarán sobre grandes zonas de influencia. Junto a USA se agruparán Latinoamérica y Europa, junto a China toda Asia más parte de Rusia. Africa será un territorio en litigio. Dados los problemas acuciantes con los que se enfrentará por entonces el mundo, USA y China, como líderes responsables de las estrategias globales, buscarán más la cooperación que el enfrentamiento. En muchos aspectos sus respectivas áreas de influencia serán complementarias. La de USA tendrá el conocimiento tecnológico y una fuerza militar hecha de armas hoy todavía impensables, La de China la población, de tal modo que la proporción de habitantes entre el bloque euroamericano y el asiático será de 1:3; también un poderío económico y tecnológico capaz de plantar cara a Occidente. El desequilibrio demográfico entre ambos bloques será tan grande que la única solución, ausente una gran guerra, será empezar con prudencia y firmeza la construcción de un solo mundo solidario. Por fin.
El bloque occidental comandado por USA se verá sometido por las circunstancias a una fuerte presión de integración. Esto significará una consolidación de la Unión Europea como una suerte de megarepública federal y la construcción de una Latinoamérica totalmente integrada en lo político, lo cultural y lo económico. En el caso de Latinoamérica, este proceso de integración no será fácil. La dificultad mayor no será cultural sino socioeconómica. Los distintos países latinoamericanos tendrán que reorientar la distribución interna de su riqueza creando clases medias capaces de sostener políticas progresistas y sociedades bien educadas, requisitos indispensables para que puedan funcionar como democracias estables y en consecuencia integrarse en una compacta unidad política latinoamericana, con tintes federales como los de la Unión Europea.
Todo lo que acabo de dibujar puede parecer un cuadro ideal. Pero es posible y alcanzable, siempre que haya líderes no solo políticos, también culturales y económicos, que impulsen el proceso. 

El otro camino posible para el mundo es el de la confrontación.  En el caso extremo, tendrá lugar la gran guerra exterminadora del siglo XXI, la espada que corte el nudo gordiano de un conjunto de problemas globales que se haya vuelto inmanejable. Es poco probable que se llegue a esta situación, porque la humanidad no habrá olvidado todavía las dos feroces guerras mundiales del siglo XX y porque el desarrollo imparable de las  comunicaciones hará que la gente se conozca demasiado bien para llegar a odiarse. Un escenario de confrontación más probable es el de un mundo multipolar, caótico y peligroso, en el que el poder y el monopolio de la violencia ya no estarán en manos de los estados, que deberán compartirlos con otras fuerzas más o menos oscuras, desde los poderes financieros y económicos globales hasta las grandes organizaciones criminales y terroristas.

Hay que considerar también todos los importantes problemas relacionados con el deterioro medioambiental. Desgraciadamente, el cambio climático está ya aquí y para quedarse, lo que no es posible predecir todavía es el alcance de los daños que ocasione. No pueden descartarse grandes catástrofes medioambientales, del estilo de la que destruyó Nueva Orleans y hasta peores. En cualquier caso, los países ricos tendrán que ayudar a los pobres a mitigar los daños que el cambio climático les ocasione. Y está claro que la toma de conciencia generalizada de que la humanidad se encuentra ante un cambio climático causado por ella misma (antrópico), ayudará mucho al desarrollo de una conciencia conservacionista y a la protección de la naturaleza.

2.2).- Latinoamérica  

Tanto en el escenario global de cooperación como en el de confrontación, la mejor estrategia para Latinoamérica será la de acelerar su proceso interno de integración supranacional.  Que tendrá como requisito indispensable una democratización no solo política, sino económica y social, de todos los países latinoamericanos.  Esto significa una transferencia de la mayoría del poder y la riqueza a unas clases medias mayoritarias, con un nivel educativo elevado. De esto, indudablemente, se está todavía muy lejos. Por eso corre prisa ponerse en marcha, con objetivos claros y un optimismo tranquilo.

Dentro de Latinoamérica, algunos países más fuertes o avanzados deberán constituirse en líderes de este inevitable proceso de integración. Uno puede ser México. Otro Brasil. El tercero, quizá un tándem de Chile con Argentina, unidos por fin en lo que sería un Conosur que aporte recursos y perspectivas de los que otras áreas latinoamericanas puedan estar faltas, con la Cordillera como una columna vertebral antes que una barrera divisoria. Para que este proceso de integración latinoamericana no sea dificultado desde fuera, Latinoamérica tendrá que construir relaciones económicas y políticas con la Unión Europea  tan fuertes como las que pueda tener con USA. Y estar presente con su propia voz integrada, sus recursos y posibilidades de cooperación tanto en Asia como en Africa.

2.3).- Chile.

En esta disección de arriba abajo, o de fuera a dentro, llego ya a Chile. En lo político, estará sumido en el proceso de integración latinoamericana (ojalá que, como ya he indicado, esto lleve a un acercamiento previo de Chile con Argentina, que tiene un gran interés estratégico para los dos países). En lo económico, su riqueza seguirá estando basada en lo minero (no solo el cobre; el litio se irá desplegando como un gran activo minero) y lo agroalimentario (una agricultura de primor con productos de calidad que puedan cubrir la demanda del hemisferio Norte durante el invierno boreal). Con el aumento del nivel de vida en Latinoamérica el gran potencial turístico de Chile también se irá desarrollando. Así como podrá hacerlo un sector industrial derivado de la minería y otro derivado de la madera. Queda una cuestión clave, la de las necesidades de energía, que exigirá un desarrollo de las energías renovables pero que también vendría muy favorecido por una integración profunda con Argentina, en la que los recursos energéticos y mineros de los dos países buscaran su complementación.

En definitiva, el futuro económico de Chile es esperanzador, porque el país dispone de recursos suficientes. El problema fundamental a resolver por Chile será el social, tanto más urgente cuanto que su solución es perfectamente viable. Chile necesita consolidar una clase media fuerte que sea, a través de una democracia limpia y eficaz y porque englobe a la mayoría de los habitantes, la clase dominante del país. Esto requerirá una redistribución ordenada y democrática de la riqueza, lo que solo puede conseguirse mediante la política fiscal  de un estado intervencionista pero eficaz (ni incompetente ni corrupto ni enfocado hacia el corto plazo), que llegue a controlar directamente un porcentaje  elevado, casi escandinavo, del Producto Interior Bruto, recaudándolo mediante impuestos y redistribuyéndolo enseguida a través de gastos e inversiones en educación, salud, pensiones, infraestructuras, investigación, crédito para las empresas innovadoras, para posteriormente ir reduciendo este peso del sector público a medida que el país vaya aumentando su desarrollo económico y social, hasta dejarlo en valores cercanos al 20% del PIB. Este es sin duda el gran desafío estratégico de Chile, necesitado de unos políticos honrados, preparados y valientes, no constituidos en clase política, sino fundidos, mejor aún, confundidos, con el conjunto de la sociedad. Precisamente hoy, cuando en todo el mundo occidental reina un gran escepticismo respecto a la clase política, es cuando tenemos que darnos cuenta de que no podrá construirse el futuro, ni en Chile ni en ninguna otra parte, sin políticos que den la talla. Es decir, que de aquí al 2050 necesitaremos más que nunca a los buenos políticos.


(3).- Actuar localmente.

Entraré finalmente en la presentación de algunas ideas acerca de cómo puede Chiloé elaborar una visión estratégica de ella misma.

¿En qué consiste hoy día lo específico de Chiloé, lo que la diferencia netamente de otros territorios chilenos? En la firme integración de su naturaleza con su gente, hecha posible gracias a una cultura peculiar, genuinamente chilota.

Es una cultura rural, en la que los centros urbanos juegan un papel totalmente subordinado a las necesidades de una población campesina que vive dispersa por el bordemar de la isla grande y las islas pequeñas, limitándose a prestar a ésta los servicios necesarios.

También es una cultura autosostenible, que ha atravesado a lo largo de los últimos siglos crisis económicas durante las cuales se han ido produciendo oleadas de emigración, a través de las cuales los chilotes han ido repoblando toda la Patagonia chilena y argentina.

La autosostenibilidad es el valor cultural central de Chiloé. Pocos en el mundo serían tan capaces como los chilotes  de sobrevivir a una megacatástrofe. Esta autosuficiencia se sustenta en el otro componente cultural básico de Chiloé, la integración de lo humano con lo natural, expresada a través de un sincretismo religioso que hace convivir una riquísima mitología de origen amerindio, en la que los misterios del bosque y el mar toman formas humanizadas, con un ánimo solidario de origen cristiano, que supera los límites locales y encuentra en fiestas como la del Cristo en Caguach o la Candelaria en Carelmapu una expresión que se extiende a todo Chiloé.

Esta autosostenibilidad chilota se opone frontalmente al consumismo, que es la ideología imperante no solo en Chile, sino en todo el Occidente urbanizado. El consumismo es una compleja megamáquina con múltiples engranajes de consumo. Está basado en la división del trabajo, que solo puede tener lugar con eficiencia en un entorno urbano. Funciona así: yo aporto mi trabajo a la producción de algunos bienes  o servicios, ganando así un dinero o un crédito con los que compro otros bienes y servicios que satisfacen no solo mis necesidades, también mis apetencias; los demás hacen lo mismo.

¿Cómo puede sobrevivir un Chiloé autosuficiente en un Chile consumista? Pues luchando contra su defícil crónico de liquidez, para poder aceptar así lo indispensable del consumismo sin renunciar a lo permanente de la autosuficiencia. 

En Chiloé apenas existe el campesino sin tierra. La mayoría de los chilotes tiene su propiedad familiar en la que cultivan sus papas, crían sus ovejas y terneros, hacen queso con la leche sobrante de sus vacas, sacan la leña necesaria como principal fuente de energía de sus bosques, de los que también obtienen la madera para fabricar sus casas y muebles; marisquean y recolectan algas en el bordemar, bucean aguas más profundas en busca de locos, pescan en aguas más lejanas, nutren a sus bueyes, que constituyen lo fundamental de la energía mecánica que necesitan, con los pastos de sus pampas, también a los caballos en los que cargan las algas y moluscos que recolectan en el bordemar, etc. Hasta hace poco, también cardaban, teñian y tejían la lana con la que hacían sus vestidos. Pero a medida que los tiempos cambian y Chiloé se va integrando en el consumismo chileno, los chilotes necesitan plata, en forma de dinero líquido  o de crédito, para comprar los bienes y servicios que se les van convirtiendo en necesarios.

Esto empezó a pasar hace ya tiempo, quizá a comienzos del siglo XX, cuando los fogones domésticos empezaron a ser sustituidos en Chiloé por las cocinas de leña, un producto industrial que solo podía conseguirse comprándolo con dinero. La lista de bienes de consumo necesarios ha ido agrandándose con el tiempo. Hoy el chilote campesino, ése que no quiere renunciar a su cultura ancestral, necesita liquidez y crédito, es decir, algo que sobrepasa las posibilidades de su entorno autosostenible, para comprar lavadoras, frigorificos, televisores, motosierras y camionetas, para pagar su salud y la educación de sus hijos, para el sinfín de necesidades que los nuevos inventos tecnológicos van a irle creando sencillamente porque suponen una vida mejor, más confortable y segura.

De manera que el encontrar vías y actividades a través de las cuales asegurarse esta imprescindible liquidez es, en mi opinión, el primer problema estratégico que un Chiloé que quiere permanecer fiel a sus valores culturales, tiene que resolver.

Hasta ahora, Chiloé ha venido solucionando este problema fundamental por dos vías: la emigración temporal de sus hombres y la explotación de algunos recursos naturales exportables.

La primera lo fue sobre todo hacia el Sur. Los hombres se embarcaban en Castro o Ancud, muchas veces con sus perros y caballos, para trabajar en la temporada de esquila en las grandes estancias ovejeras de las Patagonias chilena y argentina, volviendo a casa cuando la esquila terminaba y trayendo con ellos la plata indispensable. Inevitablemente, esta emigración en principio temporal se convirtió muchas veces en permanente. De este modo, mucho de Magallanes, Tierra del Fuego y la Patagonia argentina está hoy poblado por familias de origen chilote, y Punta Arenas, no Santiago,  es de alguna manera la ciudad chilota de referencia, una suerte de metrópolis que todo chilote que se precie de tal tiene que visitar alguna vez, porque además tiene allí parientes.

En cuanto a la explotación de algunos recursos naturales para los que existe demanda exterior, se ha venido sucediendo desde muy antiguo como fuente de la liquidez necesaria para comprar lo que se necesitan los chilotes de otros mercados. Ya en los siglos XVII y XVIII, las tejuelas de alerce, hacheadas en lo que entonces era el Chiloé cordillerano, se mandaban al Perú como contrapartida a las manufacturas y herramientas que venían de allí, y llegaron a ser en el mismo Chiloé la moneda de cambio, hasta el punto de que la gente iba a los abarrotes en Ancud o Castro con unas cuantas tejuelas al hombro en vez de dinero en el bolsillo. Luego se han venido sucediendo otras fuentes de liquidez. Todavía en el siglo XIX lo fue el ciprés de las Guaitecas, que se exportaba desde Chonchi al mundo entero. Más recientemente lo han sido el pelillo (Gracilaria chilensis), un alga de la que se extraen alginatos usados en las industrias alimentaria, farmaceútica y cosmética, el loco (Concholepas concholepas), un marisco parecido al abalon y muy apreciado en todo Chile, así como otras algas y mariscos. Las últimas grandes aventuras de esta naturaleza han sido el cultivo del chorito y el salmón, donde el recurso natural chilote que se ha explotado han sido las fértiles aguas del bordemar, de las que, en favor de las concesiones salmoneras, han sido desposeídos los chilotes a los que por naturaleza estas aguas, tanto o más que las tierras o los bosques, pertenecían. Léase como ilustración de lo que digo lo sucedido en las islas Chauques.

Concluyo pues que para que la cultura autosostenible de Chiloé pueda sobrevivir como tal, es necesario que sean los propios chilotes quienes saquen de sus recursos naturales y culturales el excedente de liquidez que necesitan para hacer esa cultura suya compatible con el consumismo imperante. 

Pero ¿cuáles son estos recursos de los que Chiloé está dotado?

Primero están los recursos naturales: 
  • El mar donde pescar. 
  • El bordemar donde mariscar y en el que vivir. 
  • La tierra cultivada y con ella las papas, los ajos, el ganado. 
  • El bosque con su leña y su madera.
  • El cielo con sus lluvias y vientos.
  • La flora y la fauna que pueblan la tierra y la mar.
Luego están los recursos culturales: 
  • La belleza de los paisajes chilotes. 
  • La peculiar espiritualidad mezcla de shamanismo y cristianismo, que ha dado frutos como la mitología y las iglesias de Chiloé.
  • Lo puramente williche, con todos los valores amerindios de integración con la naturaleza. También lo mestizo con lo que significa de capacidad de convivencia entre gente de razas y culturas diferentes. 
  • Una artesanía derivada de la capacidad tradicional del chilote de fabricarse lo que necesita.
  • La solidaridad campesina.
Para mantener su cultura, Chiloé tiene que  recuperar, proteger y vigorizar todos estos recursos naturales y culturales. Así como ser capaz de vender parte de ellos en los mercados consumistas, obteniendo así  la liquidez necesaria para alcanzar una calidad de vida a tono con los tiempos. 

 Escribir en detalle sobre cómo gestionar todos estos recursos requeriría demasiado espacio y tampoco valdría la pena, porque eso solo lo pueden ir viendo y haciendo los propios chilotes. Pero sí considero necesario extenderme algo más, para terminar, sobre dos de estos recursos culturales, la solidaridad y la belleza. 

Nunca antes en mi vida he visto una solidaridad tan bien llevada a la práctica como la de los campesinos chilotes de la región (Puñihuil, Pumillahue, Duhatao) en la que vivo. Ya he escrito sobre algunos de sus aspectos en este blog. El ejemplo clásico de cómo se practica esta solidaridad es la institución de la minga, consistente en que los campesinos chilotes aúnan sus esfuerzos para ayudar a uno de ellos en una acción que requiera un trabajo colectivo (cosechar las papas, trasladar una cabaña, construirla, etc). Pues bien, un paso decisivo para los fines estratégicos que estoy considerando en esta entrada sería el que Chiloé avanzara desde el espíritu de la minga hacia la implantación de un fuerte cooperativismo en el medio rural chilote. No es tarea fácil. El chilote, como la mayoría de los campesinos, es solidario con los necesitados pero a la vez individualista respecto a los semejantes. Tiene que hacerse capaz de superar este individualismo dejando que su fondo solidario se exprese, haciéndose así capaz de poner su confianza en un esfuerzo cooperativo común. Creo que las posibilidades del cooperativismo en un entorno como el de Chiloé son inmensas. En esto como en todas las cosas difíciles que valen la pena, hacen falta lideres capaces de inspirar a los demás y de gestionar con eficacia y honradez. No es fácil encontrarlos. Un ejemplo de hasta dónde se puede llegar lo da la cooperativa vasca de Mondragón, un caso éste que en Chiloé merecería la pena estudiar con atención.

En cuanto a la belleza de sus campos, bosques, playas, fiordos tranquilos y mares enfurecidos,  iglesias, palafitos y cabañas, arcoiris, tempestades, vientos libres y sus rumores en las frondas de los árboles, todo eso y muchísimo más, lo que me gustaría resaltar es que constituye uno de los recursos más importantes de Chiloé. No es esta belleza, como argumentan algunos de los que defienden la implantación de un parque eólico en la playa de Mar Brava, algo etéreo e inmedible. Muy al contrario, puede cuantificarse en la capacidad que confiere a un territorio de atraer turismo, en el número de visitantes por año, las plazas hoteleras disponibles y ocupadas, las divisas extranjeras dejadas aquí, los puestos de trabajo creados, las perspectivas de desarrollo, etc. Defender la preservación de sus bellezas naturales y culturales es una obligación y un derecho que Chiloé tiene, porque se trata de recursos muy valiosos de los que depende en buena parte su futuro.

Termino ya y lo hago resumiendo las ideas esenciales que he intentado desarrollar en esta larga entrada. Para construir su futuro desde hoy, Chiloé tiene que ser capaz de imaginarlo, desarrollando una visión estratégica que ayude a mover el presente en la dirección de ese futuro soñado. Para conservar su belleza y sus valores culturales, los chilotes necesitan desarrollar mecanismos que den a su mayoría campesina fuentes de liquidez monetaria que les permitan convivir con el consumismo imperante sin renunciar a su propia esencia. Un camino a seguir es el de explorar todas las posibilidades que a un pueblo solidario como el chilote le abre el cooperativismo.

Este esfuerzo estratégico de Chiloé necesita lideres que lo articulen. Entre estos líderes tiene que ocupar lugar preeminente una casta de políticos interesada más en el largo plazo que en el corto, orientada más a influir que a mandar, leal más a los chilotes de a pie y su futuro que a los centros de poder lejanos. De que esta gente existe en Chiloé no me cabe duda. Hay que  buscarla, encontrarla y apoyarla.