sábado, 11 de julio de 2015

Naufragio en aguas de Kenitra

Nota introductoria: En la muerte de Tomas

TOMAS
Tomas Santos, un hombre de mar nacido en Barbate que vivió la mayor parte de su vida marinera en El Puerto de Santa María, acaba de morir. 
Era mi amigo, tanto así que mis hijos le llamaron desde siempre “el Abuelo”. Además yo lo admiraba, en mi amor por la mar y su gente él personificaba esa condición trágica y grande de los hombres que navegan y pescan por las aguas lejanas y profundas. Me contó mucho de su vida, tan aventurera, que yo transcribí en episodios de un libro sobre la gente de la mar, para el que nunca encontré un editor. Ahora, en su memoria, recojo aquí una de estas historias, la que narra su última aventura en las traidoras costas africanas. 




NAUFRAGIO EN
AGUAS DE KENITRA
1965


Rafaelín y Cuatrojos tienen ganas de volver a casa. Acaban de baldear  con el caballo, que es como llaman en los barcos pesqueros a la bomba de agua de mar, toda la cubierta de proa, y la han dejado como los chorros del oro. Ahora se sientan los dos en lo alto del castillo. La tarde es espléndida, hasta hace un poco de calor. El sol se está poniendo, magnífico, por el oeste, y toda el agua en su dirección se ha cubierto de rizos dorados, a la vez que el cielo está empezando a enrojecer. Rafaelín es grande, huesudo, masivo, mientras que Cuatrojos, al que llaman así porque usa gafas de miope, es pequeño, delgadito, nervioso, peludo y cejijunto, aunque los ojos le brillan con destellos de bastante inteligencia. Viven muy cerca el uno del otro, en una casa de vecinos del barrio de Pozos Dulces, en El Puerto de Santa María, donde no hay más gente de la mar que ellos. Ahora hablan de sus familias y cotillean acerca de otros del patio. De este modo se han evadido de la dura realidad que les rodea. Han encendido sendos cigarrillos con el mechero de yesca, que se están fumando a la vez que los resguardan con el hueco de las manos, para que la brisa marina, una virazón todavía bastante consistente, no los consuma en un instante.
De pronto, el motor se ha acelerado, el embrague se ha metido, y el barco, que navega de nuevo, se ha llenado de trepidaciones y ruidos, con el fondo bajo y acompasado de las explosiones de su único y enorme cilindro de dos tiempos. Tomás, patrón de pesca del Rosarito, charla a voces en el puente con el patrón de costa, Celestino. Es la primera vez que lleva a éste a bordo, y lo hace porque a última hora, antes de salir del Puerto, enfermó el suyo y no ha encontrado a otro que lo sustituya.
Celestino es nuevo en la plaza, de hecho nadie lo conoce allí. Parece por el acento un hombre del Norte, pero no se ha dejado clarear sobre si es asturiano, gallego o cántabro. Tiene un título de patrón de altura, y cuenta que ha estado pescando muchos años en el Gran Sol y en los bancos de Terranova, donde el bacalao. Sobre cómo ha recalado en el Puerto, nadie sabe nada. Un día apareció por el muelle, eso es todo, y aunque ya se ha embarcado varios turnos, lo ha hecho siempre en distintos barcos, como si los patrones de pesca no acabaran de sentirse a gusto con él. En los días que lleva embarcado en el Rosarito a Tomás le ha parecido su comportamiento irreprochable. Es un hombre que conoce bien su oficio, hábil en el timón y capaz de manejar la carta y los instrumentos de navegación como un capitán de la mercante. Pero un velo de tristeza le cubre permanentemente el rostro, y esto llega a resultar inquietante. Porque no es melancolía, sino dolor, lo que esta tristeza refleja, y aunque Celestino lo disimula con una sonrisa que le asimetriza permanentemente la faz, arrugándole ligeramente la mejilla y el extremo del labio derecho, ese dolor podría serle atroz por dentro. Por eso la gente de a bordo, supersticiosa como suelen serlo muchos marineros, le rehuye.
- Nos volvemos ya – está diciéndole Tomás -. Pero en el viaje de vuelta, esta noche, vamos a hacer una calada por dentro de las doce millas.
Se trata de arrimarse mucho a la costa, por tierra de las veinte brazas, adentrándose en una zona litoral en que la pesca está absolutamente prohibida para los barcos españoles, y donde precisamente por eso pueden capturarse espléndidos langostinos y acedías, que se cotizan muy altos en la lonja del Puerto.
Celestino, que lleva el timón, se limita a asentir levemente con la cabeza. Tomás está cansado. Sabe además que esa última calada será trabajosa y azarosa, porque habrá que estar pendiente de la posible irrupción de la patrullera mora guardapesca, que si los apresa arruinará totalmente ese turno en el que tanto llevan trabajado. Pero hay que arriesgarse. Es muy consciente de que después de su desgracia en el Portavión, está ahora en buena racha. Tiene que aprovechar el tiempo, ese que cuando es desafortunado transcurre con lentitud feroz, y cuando está enrachado, como ahora, se consume tan fugazmente.
- Navega al 45 hasta que llegues a las quince brazas, y entonces me despiertas – le dice Tomás a Celestino.
Pero éste le indica que se les acerca otro pesquero por la misma proa. Es ya casi de noche. Se trata del Cristo del Sudor, patroneado por un amigo de Tomás, también del Puerto. Se arrima mucho, y los patrones se hablan con las manos abocinadas, desde sus puentes. El otro pesquero vuelve también a casa, con el turno terminado. Pero quiere hacer una última calada como Tomás, en la zona prohibida. Puesto que no tiene sonda eléctrica, lo que hará es navegar detrás de Tomás, dejándose guiar por un farol blanco que éste encenderá en su popa con un alcance de menos de una milla, para que no lo vea la lancha mora, si es que aparece.
Tomás se mete en la camareta y se acuesta en su litera. En cuestión de segundos está dormido. Sueña a empujones. Grandes masas amorfas y oscuras se mueven en el interior de su cerebro, tropiezan unas con otras, en golpes sordos, por encima de los cuales se oye permanentemente el ulular de un viento que a Tomás se le aparece de color esmeralda.

De pronto, un estrépito infernal, como si se estuviera acabando el mundo, ha despertado a Tomás, que ha saltado de su litera todavía medio dormido y se ha precipitado al puente, donde no hay nadie. Sabe Tomás que ese aullido ha sido el grito de muerte de su barco, de su Rosarito. Siente un dolor muy grande dentro del pecho, mejor dicho, se siente él una parte de ese dolor inmenso, al que ve penetrando, empapando, todo su querido barco. Pero no está conmovido, ni tiene miedo. Lo primero que hace es mirar la sonda, que no da lectura alguna. Luego sale al alerón de estribor del puente y escruta el horizonte: todo está oscuro. Baja en un vuelo la escala, atraviesa la cubierta de estribor, llega al portillo de la sala de máquinas y se encuentra allí a Celestino, pero antes de que tenga tiempo de preguntarle nada sube hasta ellos Martín, el primer motorista, que les grita: “¡el barco se va al fondo!... ¡el agua entra como un caño!... ¡hay que ponerse los chalecos salvavidas!”
Nota Tomás que, en efecto, el barco se está escorando hacia estribor. Le da la orden a Celestino de que vaya al rancho y prepare a los hombres para abandonar el Rosarito, y lo hace con una voz firme pero tranquila, exenta de cualquier clase de nerviosismo. Luego sale corriendo camino del puente, para transmitir por la radiotelefonía un SOS, porque hay muchos pesqueros españoles cerca que sin lugar a dudas lo escucharán. A medida que corre va pensando en la posición geográfica de su barco, que tendrá que transmitir. Concluye que dirá: “entre diez y quince millas al Norte de Kenitra, con fondos de unas veinte brazas”, aunque no tiene una idea muy precisa de dónde están realmente. Pero cuando ya está entrando en el puente se apagan todas las luces. El agua tiene que haber llegado a las baterías, y la radio ya no funcionará. ¡Maldita sea!

Dentro del rancho, el contramaestre intenta animar a la gente. La tripulación trata de ponerse los chalecos salvavidas, lo que la mayoría no ha hecho nunca. Algunos marineros, más jóvenes o que no saben nadar, gimotean, rezándole a voces a la Virgen del Carmen. Cuatrojos y Rafaelín, más tranquilos, se han ajustado el chaleco el uno al otro.
- ¡Que nos tenga que tocar a nosotros! – susurra Cuatrojos -. ¡Me cago en la puta madre que parió al demonio!
En ese momento es cuando se apaga la luz. Se oyen algunos gritos y hasta blasfemias. La reacción de muchos marineros es salir a cubierta, de modo que se acumulan junto al portillo, y hay empujones y porrazos. El contramaestre los va separando como si fuesen perros enzarzados en una pelea. Consigue por fin llegar al portillo y lo abre. Los marineros empiezan a precipitarse sobre la cubierta. Cuatrojos y Rafaelín se han quedado los últimos. El barco se escora bruscamente un poco más hacia estribor, y muchos gritan asustados. Rafaelín se resbala hacia el costado de esta banda hasta que llega a la línea de catres y sus pies, por debajo, tocan el mamparo: la esquina que forma con el suelo está llena de agua.
-¡Por mi madre, Cuatrojos – le dice a su amigo – que esto se hunde, que el agua está ya aquí!
No se ve nada. Se oyen las voces del contramaestre y el costa, pero, asustados como están, ningún marinero entiende lo que dicen. Van confluyendo todos a tientas hacia la cocina, el lugar del barco que, aparte de su rancho, les es más familiar. Se acumulan a su puerta por el lado de babor, pues dentro no caben más de cuatro a cinco personas. Ahora hablan entre ellos.
- ¡Virgen del Carmen, sálvanos! –grita uno medio llorando.
- Pero, ¿os queréis callar? – está diciendo otro más valiente o tranquilo -. A ver si podemos enterarnos de lo que tenga que decirnos el patrón.
El barco se conmueve, cae un poco más hacia estribor, en dos golpes secos, coreados por los gritos y maldiciones de los marineros. Luego, inesperadamente, cae hacia babor, adrizándose. Entonces empiezan a sentir muchos el agua mojando sus pies descalzos, porque no han tenido ni el tiempo de ponerse las alpargatas.
-¡Tus muertos tós! – grita Cuatrojos - ¡tu puta madre! – como si estuviera dirigiéndose a la desgracia que se ceba en ellos - ¡que esto se hunde, Rafaelín, coño, que nos vamos al carajo!
Y  entonces oyen la voz de Tomás el patrón, serena, paternal, que les grita que suban todos a la toldilla.
¡Joder!, eso hacen. Pero antes el patrón solo deja subir a los cuatro o cinco hombres más fuertes y les hace que levanten el bote que allí se estiba y lo dejen caer hasta la cubierta de babor, donde permanece, hecho firme por un cabo que llega hasta el puente, en espera de que las aguas puedan subir más todavía. Cuando ya están todos en la toldilla, se apelotonan unos contra otros, faltos de espacio.
- Esto se parece a la jardinera del tranvía de Nervión un día de partido – comenta Rafaelín, que hizo la mili en Sevilla.
Cuatrojos se ríe, a carcajadas nerviosas, pero la mayoría de los hombres no entienden la broma. Aunque pronto se dan cuenta de que el agua ha dejado de subir. Todos lo notan, pero no se atreven ni a comentarlo entre ellos. El patrón parece adivinar sus pensamientos, porque les grita desde la timonera:
- Estamos clavados en unas piedras, que son las que nos han abierto el fondo y nos han hundido. Las mismas que nos van a salvar ahora. No os asustéis más, que la tierra tiene que estar muy cerca, y en cuanto amanezca desembarcaremos en ella.
No ha pasado ni una hora desde que empezó este gran susto. Del Cristo del Sudor no han vuelto a saber nada más. Seguramente, al dejar de ver sus luces, se han creído perdidos y han puesto rumbo hacia fuera, en busca de aguas seguras.
- Ya estarán camino del Puerto – comenta uno.
Y en ese momento todos se dan cuenta de la soledad absoluta, brutal, en que se encuentran. Y reparan en que esta soledad es mucho más difícil de sobrellevar que el miedo a hundirse que estaban sintiendo hace ya un rato, que ahora les parece tan lejano como si ya no existiera.
Tomás, junto con el patrón de costa y el primer motorista, han permanecido durante todo este tiempo dentro de la timonera, en un silencio cargado de tensión, lleno de una pregunta terrible: “¿por qué ha pasado esto?”. Pero Tomás sabe que no es todavía el momento de formularla en voz alta.

Ahora que se está iniciando la madrugada, empieza a hacerse sentir un terral del nordeste, que tiene tiempo de enfriarse y cargarse de humedad a su paso sobre la corriente de aguas frías que allí corre siempre hacia el sur. Algunos marineros se quejan del relente. Además la marea ha subido, el plano del agua llega casi hasta la toldilla, y se nota la mar de fondo del noroeste que a veces, como el barco está fijo, rebasa la toldilla y moja las piernas de los hombres. Por todo eso Tomás les ordena que entren en el puente, el que llenan completamente, hasta incluso la camareta de los patrones. Algunos que no caben se suben en el techo del puente, junto al compás, y allí se van turnando con otros para soportar mejor el frío.

De pronto, alguien de los de allí arriba ve unas luces no muy lejos. Es un barco que cruza hacia el norte, posiblemente un pesquero español que vuelve a casa. Da la alarma a gritos. El patrón se asoma. Es cierto, es otro barco, hay que pedirles ayuda. Desde fuera ordena que le den algunos cohetes de señales. Le pasan dos. Intenta encenderlos pero su mechero no funciona. Todo el mundo enciende sus yesqueros, soplándolos para avivar la brasa. El puente parece una procesión de las de la madrugada del Viernes Santo. Ni con los yesqueros consigue encenderlos, los dos cohetes deben estar pasados. Pide más. Solo queda uno. Grita que se lo pasen enseguida, y debe haber un tono desesperado en su voz, porque la gente de dentro de la timonera se pone muy nerviosa. Hay uno que acerca sin darse cuenta su yesquero al cohete, y éste se prende, y empieza a volar como un cometa enloquecido, con su estela de chispas, por dentro de la timonera. Nadie de los que están hacinados allí se mueve, ninguno está dispuesto a perder su sitio y correr así el riesgo de caer al agua oscura. Cuando el cohete se apaga por fin hay un marinero, que es el Cuatrojos, que grita:
- La madre que lo parió…menos mal que los otros dos cohetes no se han encendido.
Y la gente, exhausta pero no desesperada, se echa a reír. Ríen todos a carcajadas, como nunca se han reído en su vida, echando fuera toda la mala sangre, el miedo y la miseria que llevan pasados esa puta noche. Y los más avispados, Cuatrojos entre ellos, comprenden para siempre que por muy feas que se les pongan las cosas, por muy mala que les venga la vida, por mucho que se les acerque la muerte, ellos, como humanos que son, siempre tendrán la risa, el humor, hasta la carcajada, para salvarse finalmente, cuando ya no hay otra salvación posible, del infortunio.

Pasan algunas horas, la marea va bajando y hay gente que como no le gusta la bulla sale de nuevo a la toldilla, donde se está más tranquilo. Entre ellos están Rafaelín y Cuatrojos.
- Joé, qué oscuro está – dice el segundo, y mira hacia las estrellas, en cuyas luces encuentra un consuelo frío.
Encienden un cigarrillo y se lo van fumando entre los dos, en silencio, sentados en la parte más a popa de la toldilla. Se miran de pronto el uno al otro, y se ven al resplandor de una chupada a pecho que está dando Rafaelín.
- ¿Has oído lo que yo? – le pregunta Cuatrojos.
- Por la madre que me parió… ¡son rompientes! – grita Rafaelín.
Y en efecto lo son. Tomás y Celestino han acudido a su llamada, y los han oído también, no cabe duda. Pero por si la hubiera, pronto sale una escasa luna menguante, suficiente para iluminar los detalles más relevantes de una costa que ahora ven muy cercana. Primero la línea blanca del rompeolas, detrás una línea ligeramente más oscura pero también blanquecina, mucho más ancha, de lo que debe ser una playa de arena muy larga y dunas tras ella.
Esto significa que están salvados. Todos los hombres salen a la toldilla. Tomás les habla, haciéndoles ver los detalles que prueban la cercanía de la costa. Cuando amanezca irán desembarcando en el bote hasta llegar a ella.
Y de pronto, mágicamente, el talante de aquel grupo de náufragos, que acaban de perderlo todo menos la vida, cambia totalmente. Charlan unos con otros, tan animados como si estuvieran repletos de anfetaminas. Se cuentan chistes, cuyos finales son coreados a carcajadas que tienen que asombrar a los peces, se habla de las familias, del pueblo, se intercambian confidencias como si unos y otros se conocieran de toda la vida. Tomás saca de su camareta un gran queso holandés que compró en Tánger y una garrafa de vino dulce y los reparte entre la tripulación. Están todos tan asombrosamente contentos, que más de uno incluso desearía que aquella situación, objetivamente terrible, se prolongara por mucho tiempo.

Cuando empieza a clarear contemplan embelesados la tierra firme. Hace frío, pero ¡qué importa! En cuanto que hay luz suficiente, Tomás y su contramaestre, con otros dos marineros, bogan en el bote hasta la playa. Encuentran que el rompeolas se puede barajar sin grandes peligros, pero les parece mejor no tentar al demonio arriesgando el bote en cada transbordo, de modo que una ola pueda volcarlo y partirlo. Para eso han ido soltando, desde el barco hasta el bote, una buzarda o cabo muy largo, que ahora hacen firme en un par de arpones de hierro que clavan en la arena seca de la playa, bien hondos.
     E inician la maniobra de transbordo. En cada viaje bajan a tres hombres en el bote, más el contramaestre y el segundo motorista, que controlan unas gazas que unen el bote a la buzarda. Cuando llegan a unos metros del rompeolas, detienen el bote y echan al agua al trío de naúfragos que corresponda, los que flotados por sus chalecos salvavidas pueden llegar fácilmente a la playa. Así un grupo tras otro. Cuando le toca el turno a Rafaelín y Cuatrojos, ninguno de los dos sabe nadar, y vacilan antes de arrojarse al agua, de manera que el contramaestre tiene que empujarlos.
- ¡Venga, cojones! – les dice - ¿Dónde están vuestros huevos?
Y al agua van los dos. No saben cómo llegan a tierra, porque las olas rompientes les dan doscientas vueltas sobre la arena y tragan más agua que vino quisieran trasegar. Cuando, ayudados por los que están ya en la orilla, se ponen por fin de pie, Cuatrojos, ahora sin gafas, tiene la cabeza cubierta por un montón de algas formadas por grandes tallos planos, verduscos y mucilaginosos. Los demás se ríen de él.
- ¡Vaya peluca bonita! – le dice uno de chunga.
- ¿Peluca? – responde Cuatrojos irritado -. ¡El coño de tu madre! – dice, pero mirando hacia la mar. Y luego se acerca hasta la misma línea del agua y grita indignado:
- ¡Puto Pasocambiao! – como si el contramaestre, al que le apodan así, lo estuviera escuchando -. ¿Qué donde están mis huevos?...Pues ¿dónde van a estar?...
En el fondo del mar,
Matarile, rile, rile,
En el fondo del mar,
Matarile, rile, ra.

Y a la vez que va cantando este ripio la indignación se le va trocando en sonrisa, mientras que levanta los dos brazos para hacerle un sarcástico corte de mangas al océano.
Todos los que están en la playa y lo ven se desternillan de risa.

Ya solo quedan en la Rosarito los dos patrones, Tomás y Celestino. El bote acaba de partir hacia la playa, y ellos lo observan desde el alerón de estribor del puente. Tomás, sin dejar de mirar hacia la orilla, habla:
- ¿Qué ha pasado, Celestino? Te dije que no te arrimaras a tierra más allá de las quince brazas.
El patrón de costa no le responde, pero la expresión del rostro se le ha descompuesto, aunque él se esfuerza por mantener la normalidad. Al fin le dice:
- No es el primer barco que hundo – y se le escapan algunos sollozos entrecortados, como toses secas y desgarradas que salen de un pecho agobiado por el peso de una angustia que no se sabe de dónde viene.
- Por eso has llegado hasta El Puerto, ¿no? Huyendo de la vergüenza o quién sabe de qué – Tomás se expresa con gran dureza, como si de pronto, cuando ya no tiene remedio, hubiese comprendido que ese hombre que está a su lado no es el buen marino que aparenta ser, sino un incompetente.
- Es una maldición que ha caído sobre mí – y Celestino se vuelve hacia la timonera y pega un puñetazo terrible sobre su pared de madera pintada de blanco – Te juro que estoy desesperado.
Tomás lo mira con desprecio y ya no le habla más. Porque lo que verdaderamente atormenta al patrón de pesca es que él se considera a sí mismo responsable absoluto de la tragedia. Nunca debió dejar su barco en manos de Celestino, un hombre al que apenas conocía, navegando de noche y acercándose peligrosamente a una costa desconocida. “A mí sí que me ha caído encima una maldición”, se dice a sí mismo. Y se acuerda de lo que pasó en el Portavión y de todas las desgracias que le han ido llegando después. Luego le viene a la memoria toda su vida, y la del gran Barranco, su padre, un hombre tan fracasado como él. Sabe que ya nunca volverá a mandar un barco, porque nadie va a confiárselo. Se revuelve entonces en su orgullo de hombre maltratado por el destino. “Pero estoy vivo”, se dice, “y tengo una mujer y unos hijos que me quieren, y fuerza en los brazos, y mucho visto y sabido en la cabeza, y ganas de vivir. Que le den por el culo a todo lo demás”.

El sol está ya una cuarta por encima de las dunas, la playa empieza a calentarse y los marineros a secarse. Vuelan sobre ellos unas gaviotas curiosas, que posiblemente no llegan a comprender por qué está hoy tan concurrida esa playa normalmente solitaria, qué hacen allí esos hombres, todos vestidos con unos chalecos gruesos de color amarillo muy chillón. Porque Tomás les ha ordenado que mantengan puestos los chalecos salvavidas, que demuestran claramente su condición de náufragos, hasta que lleguen a un sitio civilizado y los socorran.
Antes de ponerse en marcha, desayunan. El patrón ha bajado, envueltos en una manta, otros dos grandes quesos holandeses, una caja de galletas y dos latas de mantequilla que compró en Tánger para su familia. También tienen algunas botellas de tinto y varios garrafones de agua dulce. De manera que beben y comen, y parece como si con ello revivieran. También ha sacado Tomás, que sabe que todo esto es ahora absolutamente necesario, una caja de puros que ha repartido entre sus hombres.
- Coño, más parece que estamos en una boda – dice Cuatrojos, inmediatamente antes de darle una chupada a su cigarro, que lo hace bizquear.
Y los demás van animándose, como lagartos bajo el sol, desperezándose, librándose de la humedad y la frialdad con que los han cubierto la noche y el naufragio. Uno pensaría que este sería el momento para más bromas y chistes, para la alegría de sentirse a salvo. Pero es exactamente al revés. La tierra firme ha traído con ella el realismo. Los marineros empiezan a darse cuenta de cuál es su verdadera situación. Han salvado la vida, sí, pero eso pertenece ya al pasado. Lo que ven ahora es que están en una playa solitaria y que lo han perdido todo. Y eso para ellos, que son tan pobres, es una tragedia. De manera que se hace un silencio al que podría calificarse de sobrecogedor. Han terminado de comer y beber y ahora todos, fumando pensativos sus cigarros, sentados sobre la arena seca y apiñados unos contra otros, miran a su patrón que, de pie, mira a su vez hacia las dunas que tienen que atravesar.
- Bueno, hijos míos, ¡palante! – les grita Tomás, y se sorprende de haberlos llamado hijos, cosa que él jamás ha hecho en todos sus años de mando.
Suben las dunas y lo que encuentran es un paisaje de colinas y cerros más lejanos, cubiertos por grandes palmares y surcados por arroyos llenos de adelfas. Se ven algunos campos cultivados, parcelitas muy pequeñas, anejas a pequeños aduares moros rodeados de chumberas y con grandes higueras en el centro de sus humildes plazas. Hay muchos pájaros, gorriones, cogujadas, verderones y jilgueros que revolotean y trinan como si jugaran, llevados por la fuerza de los músculos de sus pechugas, tal y como lo hacen las aves de tierra, tan distintas a las de la mar.
Caminan hacia el este, porque saben que así, antes o después encontrarán una carretera. Atraviesan el valle de un arroyo rodeado por grandes cerros solitarios. Cuando están en el fondo de él se paran a descansar un rato. Algunos quieren quitarse los chalecos, pero el patrón lo prohíbe terminantemente.
Rafaelín se queda mirando a uno de los cerros como si fuera un perro perdiguero en actitud de muestra. Le da un codazo a Cuatrojos, que está sentado a su lado.
- Virgen del Carmen – exclama - ¡son moros!
Y en efecto lo son. Los perfiles más altos de los cerros empiezan a poblarse de moros, varones de todas las edades, con turbantes blancos y chilabas pardas, que los observan desde lejos sin hacerles ninguna señal de reconocimiento. Cuatrojos no los ve, porque ha perdido sus gafas de miope, pero los imagina a través de los ojos de su amigo.
- La madre que parió al demonio –dice -. Nos hemos salido de una película de barcos que se hunden para meternos en otra de indios.
Y por una vez la gente se ríe, hasta lo hacen los patrones.

Siguen caminando en silencio, y cada vez son más los moros que los observan de lejos. Llegan por fin a una carretera asfaltada, vieja, con los bordes comidos y flanqueada por grandes eucaliptos. La fragancia de sus hojas es para muchos el primer signo indudable de que están en tierra, de que no se trata de una pesadilla. Empiezan a caminar por la carretera en fila india, hacia el sur, que es donde debe estar Kenitra. Al cabo del tiempo sienten el motor de un coche que les va llegando por detrás. Es una rubia americana, con carrocería de madera, flamante y limpia. Para y se baja el hombre que la conduce, un francés que chapurrea el español. Le cuentan lo que ha pasado. Se va en busca de ayuda y vuelve al cabo de un rato, con la rubia y un camión. El se va en la rubia a dar parte a Kenitra con Celestino, que como patrón de costa es responsable ante las autoridades de marina de la navegación y la seguridad del barco. El camión lleva al resto, con Tomás a la cabeza, a una granja, donde los recibe la mujer del francés.
Les dan leche caliente, con café de pucherete para los que quieran. La buena mujer les va comentando cosas en francés, de las que apenas se enteran. Pero la imaginación no tiene límites. Toda esta historia formará parte de las leyendas que los náufragos contarán a sus nietos. Cuatrojos está muy excitado. Ha oído cómo la mujer francesa les dice que la leche que están bebiendo es de burra. Pero lo que en realidad intenta explicarles la mujer es que esa leche la destinan normalmente ellos a fabricar mantequilla, beurre. Aunque cualquiera convence a Cuatrojos de que no la ha entendido bien.

Vuelve por fin el francés con un empleado del consulado español en Kenitra, adonde los llevan en el camión y los hospedan en una pensión. Esperan allí varios días hasta que se cumplan todos los trámites. Tomás tiene tiempo para hablar con Celestino, pues además los han instalado a los dos en la misma habitación. El patrón de costa no comprende lo que ha pasado, no sabe qué error puede haber cometido. Mantuvo el rumbo indicado, y cuando chocaron con las piedras la sonda eléctrica venía dando consistentemente una profundidad de veinte brazas. Tomás le cree. Piensa ahora que lo más probable es que la sonda estuviese desajustada, cualquiera sabe por qué. Y recuerda la vieja regla del navegante, que cuando se está en aguas peligrosas no debe uno nunca fiarse de un único instrumento o de un solo cálculo. Pero ¿qué puede hacer el patrón de un humilde pesquero que tiene que acercarse mucho de noche a una costa marroquí que en aquella zona no presenta ninguna luz?
Celestino le cuenta las tragedias que lleva consigo. Fue patrón de una pareja gallega con la que naufragó frente a la costa occidental de Irlanda, en los acantilados de Bray Head, en la isla de Valentia. El barco se estrelló contra la muralla vertical en mitad de una tremenda tempestad del suroeste, y solo se salvaron él y otro hombre, que milagrosamente fueron capaces de trepar por las rocas. Años más tarde, mandaba un bacaladero que fue abordado por un barco portugués en Terranova, aunque en este caso se salvaron casi todos. Pero el otro barco lo embistió por estribor, con lo que según las reglas internacionales del tráfico marítimo era él quien habría tenido que darle paso. Los tribunales canadienses lo condenaron como responsable, pero además luego, de vuelta ya en Galicia, algunos miembros de su tripulación lo acusaron de que aquella noche estaba borracho.
- ¿Y era verdad? – le ha preguntado Tomás.
- Había bebido algo más de la cuenta, y me quedé adormilado en el puente, siendo yo el que estaba gobernando el barco.
Con esto, y en lo que refiere al respeto que Tomás pueda tenerle, Celestino ha firmado su sentencia de muerte. Pero a Tomás le queda la compasión, que aplica a Celestino, a quien ha seguido tratando con respeto y hasta afecto. Porque, piensa Tomás, ¿quién, sabiendo lo que es la mar, puede condenar a un hombre que ha tenido un momento de debilidad?
- Lo que tienes que hacer es no volver embarcarte nunca más – le ha dicho Tomás.
- ¿Y dónde voy a ir? – le ha respondido Celestino.

Por fin se inicia la repatriación. Cogen un tren hasta Tánger, allí el ferry hasta Algeciras, y finalmente el autobús hasta Cádiz. Se van dando cuenta de que no son sino unos náufragos desgraciados que están deseando abrazar a sus familias. Nadie repara en ellos, a nadie le interesa realmente su historia.
En la estación de autobuses de Cádiz no les esperan. Tomás llama enfadado al armador, y le pregunta si no se le cae la cara de vergüenza de dejar tirados a unos hombres que trabajando para él han estado a punto de perder la vida.
 El armador reacciona. Cobrará un buen seguro, de modo que llega a las dos horas y alquila taxis que los lleven a todos al Puerto. En uno de ellos van solos él y Tomás. Hablan un poco de lo que ha pasado, pero el armador no parece estar muy interesado en todas esas historias, tampoco en hablar mucho con Tomás.
Cuando el taxi ha dejado atrás la barriada de Jarana, Tomás no puede aguantar más las ganas de orinar. Le pide al taxista que pare, se baja y se desabrocha la portañuela junto a la cuneta. Con la oscuridad crepuscular, empieza a lucir en lo alto del cielo una luna creciente muy bonita, y el campo huele a hierba fresca y menta. Tomás sabe que nadie volverá a darle un mando nunca más, y por lo tanto que su vida en la mar ha terminado. Mira hacia el taxi. El armador permanece sentado. Aliviada ya su vejiga, y a medida que se va abrochando el pantalón, a Tomás le van entrando unas ganas enormes de reírse, a carcajadas. Reírse de cómo es esta puta vida, de las vueltas que dan las cosas, de lo bonito que es vivir. Y cuando inicia el regreso al coche empieza a cantar, con mucha fuerza y alegría, un fandanguillo de Huelva:

Galopa, galopa caballo mío,
Que no te lo digo en broma.
Que detrás de aquella loma,
Ya se divisa el Rocío.
¡Viva la Blanca Paloma!











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