domingo, 7 de febrero de 2016

España frente a su Destino .

La vida es dura. 

Aceptar las desgracias como efectos de la mala suerte es útil para neutralizar la desesperación. Uno trata de encajar esos golpes tremendos abriéndoles un hueco en la piel del alma, labrando alrededor de ellos una cicatriz de resistencia que, ocultándolos, ayude a olvidarlos. Se culpa al Destino, la Fatalidad, el fatum latino que es el fate inglés, como si se tratara de un dios mitológico. Que en las culturas más avanzadas se racionaliza como lo aleatorio, capricho en definitiva de la diosa Fortuna. Las desgracias tienen que ocurrir, se razona, siempre habrá terremotos, enfermedades, insuficiencias de lo político. “Me ha tocado a mí”, se argumenta, como podría haberme tocado la lotería. "Los españoles no tenemos remedio", también se dice. Todo esto es lo que define una actitud fatalista ante la vida.

La otra cara de esta moneda heraclitea es la rebeldía contra ese supuesto Destino, al que desde este lado se niega. Lo malo que me ha pasado tiene una causa eficiente, no es fruto del azar. No estoy dispuesto a doblegarme, me resisto a aceptar la desgracia como inevitable. Pero además la resistencia pasiva es solo un primer tiempo. Pronto paso al ataque, como quiso San Agustín que lo hiciera, con toda mi memoria, toda mi inteligencia y toda mi voluntad.

De manera que la batalla contra el Destino, que empieza en el fatalista aceptarlo para pasar al rebelde resistirlo y de aquí al combatirlo, es un aspecto fundamental de la condición humana.

Hay varias vías de escape.

Una es la de los que creen en el Dios único, los monoteístas. Ese Dios es el creador de todo lo que existe y por lo tanto, todopoderoso y omnisciente. Si la desgracia existe, Él tiene que conocerla de antemano. ¿Cómo la permite? Este es el problema del Mal, el de cómo entenderlo y aceptarlo. Tan formidable que uno de los intentos más profundos por encararlo, el de Job, termina admitiendo que la postura de Dios con respecto al Mal es un misterio. Y que la solución está en otra vida en la que ese Dios que todo lo conoce nos hará justicia.

Otra vía de escape es la de los que creen en la Ciencia y en el Progreso que se deriva de ella. El Mal sería una consecuencia de nuestras limitaciones, que la Ciencia y el Progreso van arrinconando. Más que intentar resolver por derecho el problema del Mal, lo que tenemos que hacer es persistir en nuestro empeño por un conocimiento científico de la realidad y el dominio tecnológico que se desprende.

Finalmente está la que a mí más me convence, que viene a ser una mezcla sincrética de las dos anteriores.  Dios crea el Mundo, sí, pero lo hace en un acto de generosidad, limitándose a sí mismo, quedándose fuera de este mundo creado, que por eso evoluciona en libertad. Esta libertad, que tiene un fuerte componente de azar, es el valor fundamental del Mundo creado por Dios, la herencia que le ha dejado. El problema del Mal es a la vez la oportunidad del Bien y son un problema y una oportunidad para todo el Mundo creado, pero más en concreto para nosotros los humanos. La implementación del Bien es lo indispensable, antes que la erradicación del Mal, y ello en dos frentes: el de la Razón, a través de la Ciencia y el Progreso, y el de la Emoción, a través del Amor cristiano, la Compasión budista y en definitiva todos los ejercicios de generosidad nacidos a lo largo de la historia.

Razón y emoción tienen que ir ligadas indisolublemente en la lucha contra la desgracia.



P.S. Este comentario tan especulativo ha tenido un nacimiento complicado. Llevo semanas intentando escribir algo que merezca la pena sobre la situación política de España, que me parece muy preocupante. Una y otra vez he destruido lo escrito, porque siempre llego a la conclusión de que lo que está pasando en España es el resultado de una mezcla endiablada de banalidades, inconsecuencias, pequeños egoísmos y fallos de visión en los políticos que nos gobiernan. Es decir, de miserias humanas sobre las que no merece la pena detenerse. Por todo ello, he visto finalmente con absoluta claridad que la mejor manera de referirme a esos problemas de los españoles es a través de un comentario como el que finalmente publico aquí, tan aparentemente apartado de lo pragmático y  que a lo largo de un domingo tranquilo acabo de escribir.




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