miércoles, 18 de mayo de 2016

La herida de Chiloé

He tardado algunos días en enterarme de los graves acontecimientos que están teniendo lugar en mi querido Chiloé. Desde la distancia hago lo que puedo por compartir con mis amigos chilotes sus incertidumbres y su dolor. Es Chiloé entero quien lo está pasando mal: quizá sobre todo la gente del bordemar, los buzos, los mariscadores, los recolectores de algas en las playas, a todos ellos les está faltando esa mar que de pronto se ha puesto muy enferma. Pero también sufren los campesinos que se han quedado sin combustible y que no pueden poner en el mercado sus productos, y la gente ciudadana, que se ha visto brutalmente desabastecida, lo que le dificulta el ejercicio de sus profesiones y oficios. Se rebela Chiloé, sí, pero creo que lo hace con esperanza porque es la única manera que le han dejado de expresar su cólera y su preocupación por el futuro. “¡Ya basta!”, ese es el grito que yo oigo con el corazón y que entiendo están lanzando los chilotes de toda condición.

Pero ¿por qué? ¿Es posible desentrañar los motivos de su cólera?

Yo, desde esta España tan lejana, he devorado toda lo que Internet ofrece sobre el asunto. He captado a través de la prensa y radio locales las vibraciones de Chiloé respecto a sus problemas, su indignación. Pero también me he dado cuenta de la muralla de silencio que desde fuera de Chiloé la rodea. Ésta es por cierto la situación en que está medio mundo, afligido por el olvido cuando no por las guerras. Donde la comunicación, globalizada solamente en cuanto a las relaciones de poder, es injustamente asimétrica, va solo desde los poderosos y desarrollados hacia los pobres y olvidados, no al revés.

Lo que está sucediendo en Chiloé es que se ha entablado una marea roja de enorme intensidad, que envenena al marisco y a muchos peces, matando además a los animales (aves y lobos marinos) que los comen y obligando a las autoridades a prohibir la recolección y comercio de productos del mar. El bordemar de Chiloé, el conjunto de sus costas, tanto las que dan a las tranquilas aguas del mar interior como las que se abren al Pacífico, está gravemente enfermo. Este bordemar se encarna en el mismísimo corazón de la cultura chilota, y de él viven, mariscando, recogiendo algas o pescando, muchísimos habitantes de Chiloé, entre ellos casi la totalidad de la gente más humilde.

Las mareas rojas, en lo que tienen de fenómenos naturales, terminan pasando. Pero lo que ha sublevado ahora a los chilotes es la sospecha de que en esta marea roja han incidido causas que no son naturales, destacando dos: la eutrofización del mar interior como consecuencia de un desarrollo incontrolado de la industria salmonera y el vertido al océano, en aguas demasiado cercanas a las costas chilotas, de varios miles de toneladas de salmones cultivados, ellos mismos muertos precisamente como consecuencia de la marea roja y cuyos restos pueden haber contribuido a agravar sus efectos. Se acusa de lo que está pasando a una gestión poco cuidadosa de los recursos naturales, que amenaza a un bordemar que pertenece a los chilotes y del que viven desde siempre muchísimos de ellos. A esto se une la indignación por la falta de reacción de unas autoridades que ofrecen como compensación a las personas perjudicadas unas ayudas absolutamente insuficientes. De este modo se han desencadenado unas protestas  en las que ha participado activamente una parte significativa de la población de Chiloé, centradas en un bloqueo de las comunicaciones, que ha aislado casi totalmente a la isla del continente.

¿Qué hay en el fondo de estas protestas, cuáles son los mensajes subliminales que la gente de Chiloé está lanzando? En mi opinión, se trata de un “¡BASTA YA!” con el que los chilotes ponen de manifiesto su sensación de abandono y su falta de confianza en un futuro que cada día ven menos en sus manos.

La industria salmonera llegó hace ya bastantes años para quedarse, apropiándose de una fracción importante de un bordemar que hasta entonces había sido patrimonio común de los chilotes. Trajo esta industria riqueza a Chile y trabajo a Chiloé, de eso no cabe duda.  Pero como en cualquier fenómeno que se inicia con un “boom”, su desarrollo fue desordenado y carente de controles suficientes, provocando eutroficaciones y degradación de los fondos marinos, todo lo cual culminó hace diez años con la epidemia de un virus ISA que llegó a poner en peligro de extinción la industria salmonera de Chiloé y creó una crisis económica en la isla. Ahora esta situación podría estar repitiéndose.


En el fondo del malestar de los chilotes late la inquietud de no saberse comprendidos ni estimados en sus verdaderos valores por los poderes políticos y económicos de Chile. Ahí está el caso del puente que unirá la isla grande con el continente a través del canal de Chacao. Algunos pueden pensar que este puente, al convertir en terrestres  las comunicaciones de Chiloé con el resto de Chile, será un importante factor de progreso.  Pero otros muchos temen que no tenga como objetivo el desarrollo de Chiloé, sino la explotación más intensa de sus recursos naturales. Lo que de llevarse a cabo culminaría el proceso de convertir a la sociedad chilota de rural como todavía lo es en proletarizada, con sus destinos en manos de poderes muy lejanos que tienen una mentalidad exclusivamente extractiva. Los hay que llaman ya, con cierto sarcasmo, a ese proyecto de prolongación de la ruta 5 como autovía hasta Quellón a través del puente de Chacao, la “ruta del salmón”, y muchos piensan que los más de mil millones de dólares que costaría este proyecto estarían mejor invertidos en hospitales, rutas interiores, centros de enseñanza e investigación, así como el desarrollo de los recursos pesqueros, agrícolas, forestales, turísticos y de transporte, no solo  del archipiélago de Chiloé, sino de todo ese profundo Sur de islas y canales innumerables que llega hasta Magallanes y que es una prologación cultural y humana del mundo chilote.

Lo que yo deseo es que esta crisis termine obligando a todas las partes involucradas en ella a enfrentarse con una verdad que debería ser evidente: el futuro de Chiloé pertenece, ante todo, a sus habitantes, en un marco de solidaridad con el resto de la sociedad chilena.


Quiero terminar esta entrada evocando a esa multitud de gente humilde, silenciosa y olvidada, que vive de los recursos naturales del bordemar de Chiloé. Lo haré con dos fotos que son testimonio de dos vivencias personales.

A la derecha de esta foto arranca una duna viva, que  limita a la inmensa y bellísima playa de Mar Brava, en la costa NW de Chiloé. Todavía más a la derecha, ya fuera de la foto, se extendería la larguísima playa, de arenas muy finas y batida permanentemente por las grandes olas del Pacífico. En ella se crían muy bien las Machas, esas inmensas almejas chilenas que se comen a la parmesana en todo Chile. Al fondo, hacia la izquierda de la foto, se levanta una duna fósil, ya fijada, que marca dónde estuvo hace mucho tiempo la orilla del mar. Entre ambas, ocupando todo el centro de la foto, se extiende una enorme ciénaga que lo es porque la duna viva de la derecha le impide desaguar bien.
Pegadas a la duna viva extienden sus carpas y tiendas de campaña los macheros con sus familias, cuando están en temporada de recolección de las machas. Se juntan durante algunos meses más de doscientas familias, ocupadas en estos trabajos de extracción.
En el mismo centro de la foto puede verse una animita pintada de un azul vivo. Se levantó hace pocos años en memoria de una niña muy pequeña, casi una guagüita, que enfermó y murió allí. Sin casa, sin techo firme, sin una cocina chilota en la que su madre pudiera calentar sus biberones.

En la mismísima orilla rocosa del océano, en Punta Tilduco, también al NW de Chiloé, hay una cruz adornada con esas flores artificiales de colores vivos, que nunca se marchitan, y que tanto se usan en el Chiloé lluvioso. Se erigió en memoria de un hombre que hace pocos años fué arrastrado desde allí mismo por el mar y murió. Era joven y fuerte, soltero,  estaba allí recogiendo Cochayuyo, un alga parecida al sargazo que se usa mucho en Chile para ensaladas y guisos. Sabía nadar y también lo que hacía. Pero el océano manda a veces, sin avisar y sin una piedad de la que naturalmente carece, olas poderosas contra las que no hay defensa posible.


Dos ejemplos de personas que viven una vida dura y arriesgada en el bordemar, donde se ganan el sustento. Y que no tienen otra cosa que les permita enfrentarse con el futuro.






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