martes, 16 de octubre de 2012

El mundo que viene, ¡que se nos echa encima! (1).- La permanencia del absurdo.


Judío ucraniano en el momento de ser asesinado
La barbarie que se puso de manifiesto en el curso de la II Guerra Mundial destruyó las esperanzas de Europa. Lo que se vino abajo fue la fe en el progreso, por lo tanto en la naturaleza esencialmente buena de lo humano. Tras la guerra terrible, los pensadores europeos se encontraron frente a frente con el absurdo.  El ser, ése cuyas huellas había buscado tan afanosamente Heidegger, se había revelado como un simple existir. Vivir solo cobraba un sentido para Sartre desde la voluntad de hacerlo, era un vivir porque sí, porque se existe, un vivir irremediable. Aquí estaba lo absurdo de nuestra condición humana, ese absurdo que traía consigo la angustia,  descrita con tanta justeza por Camus en "El Extranjero" y que lo llevó a su propuesta del mito de Sísifo como símbolo del transcurrir de nuestras vidas. Heidegger, obsesionado como siempre estuvo por entender el tiempo, enfrentado también con el absurdo del pasado, tuvo que concluir que el único tiempo que podía tener sentido para el hombre europeo de la postguerra era el futuro, un futuro sin pasado, o lo que viene a ser lo mismo, que la razón de existir de Europa había dejado de ser la construcción del proyecto de la Ilustración para convertirse en una huida hacia delante.

Esa constatación del gran filósofo alemán ha adquirido toda su plenitud en la segunda mitad del siglo XX. Que lo ha sido del hundimiento de la última gran utopia, el Comunismo, y del advenimiento de un capitalismo tardío en el que solo el crecimiento económico y el consumismo le dan sentido al transcurrir de la vida colectiva. Los europeos hemos estado huyendo hacia delante y lo hemos hecho apoyados en dos bastones, la tecnología y el liberalismo. La primera ha sido la fuente de casi todas nuestras esperanzas y además ha cambiado al mundo. El liberalismo no solo ha inspirado ese tardocapitalismo que ahora parece entrar en crisis, sino que, quizá sobre todo, ha puesto el énfasis en lo individual. Este individualismo ha abierto horizontes nuevos, nos ha permitido recorrer espacios que nunca antes nos habíamos atrevido a hollar, ha cambiado las costumbres, en particular respecto a nuestra visión de lo sexual, que ha dejado de ser un mecanismo de supervivencia de la especie para convertirse en el factor más liberador y afirmativo del individuo humano, para quien las cuestiones de género han perdido casi toda su importancia pasada.

¡Qué largo camino! En pocos años no ya Europa, sino todo el Occidente y el mundo entero han cambiado vertiginosamente. El cómo podría ser ese mundo en el que estábamos entrando lo intuyeron antes que nadie algunos grandes escritores, como Joyce y Beckett. En ellos, las palabras ya no son esclavas de ningún mensaje, ellas mismas son el mensaje si es que hay alguno, ellas son un aullido, un tarareo, un hablar incomprensible como en sueños, una frase sensata… todo eso a la vez. Las palabras han dejado de ser un diálogo para convertirse en una extraña música, una melodía cantada en idiomas desconocidos, que suena bien y sobre todo que apacigua o excita, sin pretender ir más lejos.

Como los humanos necesitamos nombrar lo que nos rodea, a todas estas turbulencias del pensamiento y el sentir de nuestro tiempo le dimos el nombre de Postmodernidad, poniendo así de manifiesto que no sabíamos de qué se trataba. Porque literalmente significa lo que viene después de la Modernidad, es decir, de ese período optimista de la historia que arrancó con Newton y dio origen a la revolución industrial, la fe en el progreso y la proposición de grandes utopías. Así, sabemos que venimos después de todo eso, pero también de su fracaso dramático en la II guerra mundial, por eso el prefijo "post" que le ponemos a la Modernidad  significa un rechazo de ésta. Buscando nuestro futuro no hemos hecho hasta ahora sino huir de nuestro pasado. Quizá es porque todavía estamos sobrecogidos por el Absurdo que empapa nuestras vidas. 

Pero tiene que llegar, forzosamente tiene que hacerlo, el momento en que veamos la suficiente luz para empezar a construir algo nuevo.  Ese es, en definitiva, el sino de Sísifo, volver a cargar la pesada piedra de la esperanza cuesta arriba. 

Tiziano (1548).- Sísifo




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