viernes, 24 de octubre de 2014

Naturaleza chilota

Llegué el 18de octubre de 2014  a Duhatao pero hemos tenido un temporal muy fuerte y hasta el miércoles 22 por la tarde no he podido dar mi primer paseo. Lucía un Sol suave y la naturaleza entera estaba exultante, como sucede siempre después de una tempestad.


La primera sorpresa agradable me la dieron los ciruelillos que planté hace dos años, que están reventones de flores. En estos días de transición entre otoño y primavera, el ciruelillo es el único árbol que está en plena floración en Chiloé (pronto lo hará también el ulmo). Sus hermosas flores de un rojo anaranjado contrastan con el verde oscuro de las hojas, dotando al conjunto de una gran belleza. Los ciruelillos quizá sean aquí la primera oportunidad para los picaflores de alimentarse de néctar, y no de los insectos que los nutren en invierno. Pero en Duhatao los picaflores todavía no se ven.



La familia de lobos marinos que habita una roca cercana a Punta Tilduco estaba allí, disfrutando de la tarde. Pueden verse sus cuerpos con muy poco aumento en la parte derecha de la foto. Hasta febrero no migrarán hasta la cercana isla de Metalqui para reproducirse y padecer los esperados males del amor(no pillar hembra en los machos jóvenes, soportar al viejo jefe  macho del harén al que le ha tocado pertenecer en las hembras jóvenes).


Los tordos andaban por todas partes disfrutando de la amable tarde. Son pájaros alegres donde los halla, vuelan en grupos de unos diez, mientras la mayoría busca golosinas entre la hierba uno permanece de vigilancia, para dar la alarma si se acerca algún enemigo. A mí uno de estos vigilantes me dejó fotografiarlo como quise. Debió considerarme inofensivo.


Ya hay bastantes insectos voladores, muchos libando las flores del ciruelillo. Por eso los diucones, hábiles cazadores de insectos en vuelo, también abundaban, siempre posados en el extremo de ramas, esperando su oportunidad. Uno de ellos me dejó que lo fotografiara mostrando su trazo más significativo, el gran ojo rojo.

jueves, 16 de octubre de 2014

Hacia Chiloe



En el tren. 15 octubre 2014

Mi asiento mira hacia delante. Intensa sensación de tiempo, paisajes y paisajes se me van quedando atrás a gran velocidad.

Abandono el árbol padre bajo el que me he cobijado, España, de raíces profundas y amplia copa, en busca como voy de Chiloe, una tierra misteriosa y sencilla de la que también formo parte.

Como si dejara atrás a la mujer madre, España, para ir al encuentro, que siempre es búsqueda, de la mujer soñada, Chiloe. Cuando la reencuentre, cuando observe de nuevo su comportamiento, su estar en el mundo, volveré a comprobar que la conocía desde siempre, incluso desde antes de haber nacido. Que de alguna manera misteriosa estaba hecha para mi y yo para ella.

En el aeropuerto. 16 octubre 2014

Después de haber dormido y comido, releo con un talante más racional, menos poético, las líneas que escribí en el tren.

Un humano, hombre o mujer, es por naturaleza nómada, aventurero. Va por la vida buscando sus ideales, explorando incansable para encontrar la realidad que hay tras sus sueños. Unos llegan mas lejos que otros, eso es inevitable, pero lo importante, lo
decisivo, no es llegar, sino partir. Todos los humanos parten, dentro de todas las personas con gesto aburrido o crispado o mirando al suelo que me cruzo en esta Terminal 4 del aeropuerto de Barajas hay un sueño, su sueño, pugnando por realizarse, vivo ya, haciéndole así su vida digna de ser vivida.

Mi sueño es Chiloe. O un barco tan fastamal cómo el Caleuche anclado en una de sus ensenadas. O uno de sus bosques inmensos, impenetrables e impenetrados, que más parece el fondo de un mar.




En el avión. 16 octubre 2014, 5:00 PM chilenas

A cuatro horas de llegar a Santiago, después de una siesta de ocho horas inducida por una píldora de somnífero. La larga estancia en el avión empieza ya a atormentarnos a todos los pasajeros. Una joven que viaja en el asiento anterior al mio ha encontrado una postura que puede resultarle cómoda, teniendo en cuenta la flexibilidad segura de su cuerpo: pies sobre la cabeza del vecino de delante.

Ahora yo me siento entremedio de dos mundos, dos vidas. Inmerso en el vacío estratosferico, protegido de los 40 grados bajo cero exteriores por la cascarita que es mi avión, gracias a la técnica. Grande que es ella, podríamos sentirnos orgullosos y sin embargo no cesamos de criticarla.

Sin esta técnica aeronáutica mi relación con España y Chiloe a la vez, mi doble vida, se vería muy dificultada. La técnica nos libera de muchas de nuestras limitaciones, deberíamos rendirle un tributo de agradecimiento.

Solo hay un pequeño problema: la técnica, por su propia condición, se enfrenta con la naturaleza, pelea con ella, la doma, la pone al servicio del hombre. Es nuestro perro guardián y a la vez nuestro perro de caza y de presa. Pero el hombre es parte indisociable de la naturaleza. Este es nuestro conflicto, nuestra contradicción. Pertenecemos a dos mundos incompatibles, estamos divididos, somos esquízoos, vivimos permanentemente al borde de la locura.

Esa es nuestra desgracia y nuestra grandeza.

 Grandeza? Si, en cuanto a que solo nosotros podremos tender un puente que nos salve a todos.

Esa es nuestra responsabilidad.



En vuelo sobre Puerto Montt, 17 octubre 2014, 8:45 AM chilenas






A punto  de aterrizar en Puerto Montt puede decirse que estoy ya en el Sur, un Sur chileno tan geográfica y meteorológicamente legítimo como el de Chiloé. Sin embargo...
La foto muestra el campo típico de la comarca de Puerto Montt. Profundamente humanizado, ausente de bosques, hecho de pampas con un trazado muy geométrico, predominando las líneas rectas. Bello, sí, con una agricultura y una ganadería admirables, pero ha dejado de ser prístino, cosa que buena parte de Chiloé lo sigue siendo. Ha perdido ese encanto de lo natural, lo antiguo y hasta lo salvaje, que Chiloé todavía tiene.

Pero que puede perder también.








En Duhatao (Chiloé)17 octubre 2014, a la puesta del Sol.








La foto tomada desde Punta Tilduco, 100 metros sobre el nivel del mar, dice lo que yo no podría expresar con palabras.

 La tristeza infinita del mar crepuscular, las nubes tempestuosas, el Sol poniente ocultándose tras ellas, sus rayos que pese a todo emergen hacia lo alto.

Belleza, en definitiva, cantidades inmensas de belleza. Y melancolía, mucha, muchísima melancolía.

Por fin Chiloé.

domingo, 12 de octubre de 2014

Vientos de Palabras


Antes de partir para Chiloé intento dejar organizada mi nueva biblioteca, donde de entre mis libros innumerables recojo una selección de los que me parece que tendré que releer o consultar. A medida que los voy recolocando en las nuevas baldas, me doy cuenta de la gigantesca cantidad de palabras que los humanos hemos parido desde que aprendimos a hablar, de los escritos innumerables que hemos dejado impresos para siempre en una multitud de libros.

Súbitamente, se apodera de mí la sensación de que hay demasiadas palabras rodando por el mundo. Lo penetran todo como un viento huracanado, llegan tumultuosas hasta el rincón más íntimo. Con frecuencia nos confunden, a veces hasta nos enloquecen de miedo o de ira. Pero sobre todo, lo que hacen permanentemente  es despistarnos, ensordecernos, cegarnos.

Que piense esto un hombre como yo, que intenta ser un constructor de sueños y esperanzas mediante las palabras, ¡es, sencillamente, decepcionante!

Lo que nos hizo definitivamente a los humanos dueños (que debería ser hermanos mayores) de los animales y por ello de las tierras y mares que habitamos, fue el poder de la palabra, esa inocente asignación de nombres que derivó en el lenguaje, la construcción de símbolos y el pensamiento abstracto.

Y ahora nos vemos cercados por un desaliento confuso, aunque todavía suficientemente lúcidos para comprender que estamos convirtiendo las palabras en ruidos interesados, como los que emite una selva tropical a la hora del crepúsculo: un estridente croar de batracios junto al aullar de simios que parecen sombras entre los árboles junto al grigrear de insectos innumerables junto al graznar de loros multicolores. Todo a la vez. Caótico, desordenado, sin dirección. Todo fundido en un complejo bramido de vida. Nada más.

Me detengo un momento a pensar que quizá exagero. Pero no. Nunca antes en la historia han estado los humanos sometidos a un vendaval igual de palabras habladas y escritas, a través de los medios de comunicación, las redes sociales y  la movilidad e interpenetración de todos con todos y contra todos

¿Seremos los humanos capaces de recuperar el valor sagrado de las palabras sencillas, estaremos todavía a tiempo? Esas tan indispensables para nosotros como el oxígeno que respiramos. Amor, esperanza, desprendimiento, valor… por el lado de las buenas; egoísmo, miedo, odio, indiferencia… por el de las malas; bueno y malo como adjetivos calificativos de lo que uno mismo hace.

¿Seremos capaces de volver a articular con ellas un lenguaje que nos permita entendernos unos a otros? ¿Ese lenguaje universal que subyace común bajo las pieles de todos los idiomas y que estamos corrompiendo y degradando, perdiéndolo como dicen que se perdió en Babel?


¿Por qué no vamos a serlo? Pero para ello no nos bastará con hablar y escuchar, viajar y experimentar. Tendríamos también que aprender a leer y recordar, recuperando así  la capacidad de abstracción y el sentido del tiempo. Para que nuestro embobamiento con el futuro pueda compensarse con un conocimiento del pasado. Porque, aunque no queramos creerlo, el hacia dónde vamos depende mucho, muchísimo, del desde dónde venimos. Lo que no nos cierra ningún horizonte, sino que nos da peso, lastre, como a una nave, para que los vientos tornadizos de la verborrea no nos arrastren hacia sus caprichos.

domingo, 5 de octubre de 2014

Navegando hacia Chiloé desde el Sur

Pronto estaré en Chiloé.  Ya  me siento volando por la estratosfera desde España hacia el otro extremo del Mundo, un extremo que también es el mío. Hacia Chiloé, sí, esa intercalación de una <<o>> profunda en el nombre de Chile, que obliga a su <<e>> final a clavarse en el lomo un acento que es una banderola de señales, un ulular del viento entre los árboles o sobre las olas, un grito de alegría tranquila, un misterio.

Aunque en realidad yo empecé a navegar hacia Chiloé hace ya algunos meses. Porque desde entonces vengo jugando en mi PC una aventura virtual que me he inventado yo, la de cruzar en mi velero desde el Atlántico al Pacífico por el Pasaje de Drake, ese mar tempestuoso y ventoso que, al Sur del Cabo de Hornos, media entre el continente americano y la Antártida.

Una carta meteorológica de UGRIB como las que uso en mi
juego. Las curvas son isóbaras, y las flechas marcan la
dirección y la intensidad (por el color y el número de
plumas en la base) del viento.
Uso cartas meteorológicas reales, descargadas  de UGRIB. Salgo del puerto argentino de San Julian para navegar a vela hasta Ancud, en el extremo NW de Chiloé. Una o dos veces al día consulto la información meteorológica, determino la posición de mi barco y trazo el rumbo para la próxima singladura.

En San Julián han empezado siempre para los marinos las aguas magallánicas, frías y traicioneras porque el tiempo puede cambiar súbitamente de una calma a un temporal huracanado y éstos son frecuentes. Alcanzada la Tierra del Fuego, yo intento cruzar hacia Hornos por el estrecho de Le Maire, pero éste es peligroso con vientos fuertes del W porque, en tales circunstancias, las corrientes de marea creciente, que corren siempre hacia el Norte, empujan a un barco pequeño hacia los arrecifes de la isla de los Estados. De manera que si el tiempo está malo dejo la isla de los Estados al W y entro en Drake por fuera de aquélla. Luego, si puedo, me acerco lo más posible al cabo de Hornos para intentar ver su imponente, dramática belleza. Pero enseguida arrumbo hacia el SW y me alejo de la costa chilena, hacia el océano profundo del Pasaje de Drake, donde los peligros son menores. Siguiendo los usos de los capitanes

Mis tres últimas travesías entre San Julián y Ancud. En la segunda, trazada en amarillo, tuve que
contornear la isla de los Estados porque las condiciones en el Estrecho de Le Maire no eran favorables.
La tercera, en rojo, es la que realizo ahora, así que escribo este texto desde mitad del Pasaje de Drake.
La línea verde marca el paralelo de los 58ºS, que no debe atravesarse nunca hacia el Sur por el
peligro de los hielos flotantes
de los clípers que cruzaron por allí en el siglo XIX, para cargar el guano chileno que fertilizaba los campos europeos o llevando buscadores de oro hacia California y el Yukon, me pongo como límite meridional de mi navegación los 58ºS, porque más abajo aumenta mucho el riesgo de encontrar hielos flotantes. Y así voy navegando, ciñendo los fuertes vientos del W y barajando las grandes olas que llegan muy enfadadas y formadas desde el lejanísimo mar de Tasmania, hasta que alcanzo la longitud de los 80ºW, también según las viejas recetas de los capitanes cliperos. Alcanzada esta longitud ya estoy libre de los peligros de las costas chilenas y puedo arrumbar hacia el Norte, yo hacia Chiloé, aunque el Pacífico entero es ahora mío. Finalmente, cuando alcanzo la latitud de Ancud, viro hacia el E y entro en el canal de Chacao, para arribar a ese puerto ilustre del que zarpó un día la goleta que consiguió para Chile todo el SW americano, y que es también mi patria, mi casa.

Jugando así me preparo para el día que podría llegar en que el destino me abriese una ventana para emprender este viaje en real, a bordo de un barco de verdad y a través de ese océano austral que tantos marinos afortunados han podido cruzar. Así soy yo. Las pocas cosas extraordinarias que he hecho en mi vida se han cumplido porque cuando llegó la ocasión, que siempre lo hace por sorpresa, estaba preparado. Y, como lo hacen los niños, una forma eficaz de prepararse es soñando y jugando.


Pero si he traído esta aventura virtual aquí es para decir que cuando arribas a Ancud desde el Sur terrible, después de casi un mes navegando por unas aguas peligrosas y contorneando unas tierras que hoy todavía son salvajes, es decir, prístinas y a la vez desoladas, cuando avistas por fin la tierra de Chiloé, ésta se te aparece dulce  y tranquila, como lo que un marino antiguo llamaría “un regalo de Dios”. Entrando ya en el canal de Chacao empiezas a ver de cerca las jugosas pampas de un verde dorado entremezcladas con las manchas misteriosas y verdioscuras de los bosques. Entonces te das cuenta de que tienes ante ti un admirable equilibrio entre lo humano  y lo natural, lo civilizado y lo silvestre. Frágil como todo lo bello, está allí ante tus ojos, abierto en una invitación al abrazo. Y casi sin darte cuenta te ves desposeído de la sensación de soledad, de exilio y peligro, que te venía embargando durante tu insensato viaje. 

Llegas a tu casa, a tu otra patria, eso es lo que sientes.


viernes, 3 de octubre de 2014

Del Nickjournal (4).- Dos héroes de nuestro tiempo: Wegener y Prusiner

Nelson (1758-1805)
(Publicado por Olo en el Nickjournal el 9 de Junio del 2007. Traido ahora aquí porque tiene alguna relación con la entrada anterior).


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En tiempos en que las sociedades humanas se sentían más inermes que hoy ante la naturaleza y el azar, los héroes eran personajes destacados, a los que se veneraba como a semidioses. Defino a un héroe como un individuo atrapado en una encrucijada de fuerzas que lo superan y que, a pesar de que estas fuerzas se le oponen y pueden destruirlo, no cede en sus propósitos. Todas las grandes naciones imperiales, y España e Inglaterra son ejemplos típicos, han sido, de necesidad, productoras de héroes, porque su gente ha ido de conquista muy lejos y por caminos muy arriesgados. Pero hoy el concepto de héroe se nos ha quedado perdido en el desván. ¿Quién sería capaz de escribir en cinco minutos una lista de los quince héroes españoles que considera más destacados? Y no es que nos falle la memoria de esas personas, es el propio concepto el que se nos encasquilla en los repliegues del cerebro, sin encontrar salida. En mi caso, el último héroe militar que recuerdo, con todos sus avíos mitológicos, ni siquiera es español, sino inglés: el almirante Horacio Nelson, que en aquella mañana de Octubre de 1805, frente a Trafalgar y a una flota francoespañola muy superior en número de barcos y armamento a la suya inglesa, se obstinó en vestirse con todos sus entorchados de almirante, contra la opinión de su estado mayor, que sabía como él que los fusileros de los barcos enemigos acechaban en las gavias el momento del
Agonia de Nelson a bordo del Victory,
en plena batalla de Trafalgar.
abordaje para disparar selectivamente contra los oficiales que identificaban, tanto más encarnizadamente cuanto mayor graduación ostentaban. Y así le partieron la espalda de un balazo a poco de empezar el combate, y murió antes de que terminara, sin ver su victoria. Pero él tenía la convicción de que aquel combate había que ganarlo, como casi todos, desde el ejemplo de los mandos, y quería ser coherente con el mensaje que las banderas señaleras de su navío estaban ya lanzándole a toda la flota: “Inglaterra espera que cada uno cumpla con su deber”.

Hoy los jóvenes pueden seguir viendo, como lo hicimos nosotros, la estatua de Nelson en todo lo alto del Trafalgar Square londinense, pero estoy seguro de que a la mayoría no les dirá nada. Sin embargo, creo que todavía hay sitio en nuestras sociedades para los héroes y que estos, por lo tanto, siguen existiendo. Aparentemente no son como los antiguos, pero les caracteriza la misma abnegación obstinada, o abnegada obstinación, por resistirse a fuerzas que se oponen a sus convicciones. ¿A sus qué? Sí, a sus convicciones, es decir, a aquello en lo que creen aunque no se haya demostrado todavía que sea cierto, y por cuya defensa, conscientes de que un individuo no es, en definitiva, gran cosa, están dispuestos a llegar hasta donde haga falta.

Los héroes modernos no suelen estar en los campos de batalla o en las regiones inexploradas, sino en la ciencia, la política, el activismo, incluso el comercio. Traigo aquí el recuerdo de dos héroes científicos, uno de los cuales todavía vive: Alfred Wegener y Steve Prussiner.

Alfred Wegener (1880-1930)
Wegener, un berlinés nacido en 1880, fue el descubridor de la deriva de los continentes, pieza fundamental de la tectónica de placas y por lo tanto de toda la geología moderna. Tuvo la desgracia de no ser geólogo de formación, sino astrónomo, y de profesar como meteorólogo y valeroso explorador de Groenlandia. Muchos otros científicos habrían visto antes que él un mapamundi, y apreciado las notables correspondencias entre las costas de Sudamérica y África. Pero él vio allí la deriva continental, y creyó en ella, obstinándose durante la mayor parte de su vida en probarla científicamente, a partir de la publicación en 1915 de su libro “El origen de los continentes y los océanos”. Fue él quien dio aquí el nombre de Pangea al continente primigenio.Hizo hallazgos muy valiosos, como la demostración de que el registro fósil del litoral sudamericano era muy similar al del africano, fuerte evidencia a favor de que las dos costas habían estado alguna vez fundidas. Pero los geólogos le exigían propuestas falsificables de un mecanismo para la deriva continental, y él no conseguía dar con ellas. En aquellos años los geólogos
Teoría de la deriva de los continentes
de Wegener
eran un cuerpo cerrado, dentro del que destacaban los relacionados con la industria petrolera, gente enérgica y rotunda. A Wegener le organizaron todo un congreso en América para ponerlo a prueba, y luego lo denostaron, se mofaron de él y no le permitieron integrarse en su selecto círculo. Hubo, por supuesto, algunas excepciones, como Du Toit, precisamente un geólogo sudafricano que al trabajar en el hemisferio sur podía comprender mejor sus argumentos. Pero Wegener se convirtió para la mayoría de la comunidad científica a la que debía de haber pertenecido, la de los geólogos, en un extraño, una especie de soñador sospechoso, un tipo sin suerte que consiguió por fin, con muchas dificultades, solo dos años antes de su muerte, una plaza de profesor en una universidad secundaria, la de Graz en Austria. Siguió practicando la meteorología, aunque sin dejar nunca su trabajo sobre la deriva continental. Murió heroicamente a los 50 años, en el curso de una operación de salvamento de un grupo de colegas meteorólogos que había quedado aislado en Groenlandia.

Dorsales oceánicos. El del Atlántico separa la placa tectónica
Sudamericana de la Africana.
Tuvieron que transcurrir cincuenta años desde su muerte para que otros geólogos, mapeando pacientemente el fondo de los océanos, pusieran claramente de manifiesto la presencia de los dorsales magmáticos oceánicos y fundaran por fin, con absoluta consistencia científica, la tectónica de placas. Solo entonces, y en esto la ciencia demostró una vez más que a pesar de ser corporativista, obcecada y hostil, también termina siendo siempre justa, la Geología le reconoció a Wegener sus méritos de precursor genial.

El otro héroe científico que todavía vive es Steve Prusiner, nacido en Iowa en 1942, descubridor de los priones como agente etiológico de enfermedades cerebrales degenerativas, de las que son ejemplo la de las vacas locas o el síndrome de Creutzfeldt-Jakob, bien famosas a través de la prensa de hace algunos años. Era un bioquímico joven al que la casualidad lo llevó a encontrarse estudiando en San Francisco otras
Stanley Prusiner (1942-  )
enfermedades similares, como el Scrapie de las ovejas. Por más que purificaba extractos infecciosos procedentes de animales enfermos, no lograba encontrar en ellos ni rastro de DNA, solo proteína. Pero el paradigma vigente entonces exigía que cualquier agente infeccioso tenía que ser como mínimo un virus, dotado de un corazón de ácidos nucleicos. Un científico brillante y ambicioso hubiera abandonado pronto una línea de investigación tan poco prometedora y resbaladiza, al borde mismo de lo herético. Pero Prusiner era obstinado. Se limitó a hacerse la pregunta: ¿y si el agente infeccioso es, pura y simplemente, una proteína, digan lo que digan los dogmas? Esta fue su visión, y en su búsqueda siguió. Propuso en 1982 la hipótesis de los priones, proteínas que, según la forma en que se organicen dentro de las células cerebrales, causan o no efectos degenerativos en ellas; algo así como los hinchas en un estadio, que pueden estar disfrutando del partido, sentados ordenadamente en las gradas, o acumulados en una masa malherida en la estrechez de una escalera de salida, llevados por una estampida de pánico. Aunque esta propuesta fue publicada en una de las revistas más prestigiosas, los Proceedings of the National Academy of Sciences, le costó muchos enemigos, que lo denostaron públicamente. Perdió la financiación más importante y prestigiosa de que disponía, la del Howard Hughes Medical Institute, y le faltó poquísimo para no ser promovido a profesor con tenure, es decir, ser expulsado de su universidad. Pero Prusiner persistió, y terminó probando científicamente su teoría, con todo rigor, hasta sus últimas consecuencias. En 1997 le concedieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en solitario, lo que no se había hecho nunca en los diez años anteriores y muy raras veces en la historia del Nobel desde la II Guerra Mundial. La Academia Sueca quiso mostrar así el reconocimiento a su valor tan especial, es decir, a su madera de héroe.

También hay que decir aquí que la ciencia oficial nunca le cerró totalmente sus puertas a Prusiner. No le faltaron valedores científicos de su apuesta, pocos pero comprometidos, ni se le negó un sitio en las páginas de revistas prestigiosas, porque los trabajos que enviaba a ellas eran rigurosos. Pero tuvo que soportar la presión de los escolásticos, los partidarios del orden establecido, esos que toda institución que quiera persistir en el tiempo necesita para que no la destrocen en poco tiempo los locos y los oportunistas, pero que también pueden aplastar a los innovadores y los héroes.

Así es la condición humana, incluso la de los científicos, que tienen vísceras como cualquier hijo de vecino. Y porque es así, y así va a seguir siendo, siempre necesitaremos
a los héroes que, estoy absolutamente seguro de ello, nunca nos faltarán. Y si no al tiempo.
(Escrito por Olo)
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Placas tectónicas y choques de civilizaciones


El conflicto que se vive estos días en Hong Kong, la antigua colonia británica que hoy forma parte de la República Popular de China, es un buen ejemplo de los conflictos entre civilizaciones. Allí están chocando un modo de entender la vida propio de la civilización occidental, el de los jóvenes honkongueses que quieren democracia y libertad, con un modo autocrático de entender lo político y lo social, el del gobierno chino, heredero por una parte de las viejas dinastías imperiales y por otra del comunismo más rancio.

El choque es violento, estruendoso, llamativo. Pero no es más que un pequeño terremoto. Las divergencias entre las dos civilizaciones que ahora están chocando allí son mucho más profundas y solo podrán resolverse en períodos de tiempo mucho más largos que las semanas, como mucho meses, en que los estudiantes rebeldes quieren satisfacer sus reivindicaciones.

Algo parecido sucedió hace ya cuatro años con la llamada Primavera Árabe, que incendió el Magreb y el Oriente Medio, empezando en Túnez y teniendo como resultado más notable la caída del régimen egipcio. Mucha gente con una visión superficial de los hechos piensa que la Primavera Árabe ha fracasado. Pero si resultó efímera es porque no fue más que un terremoto. Por debajo de ella está el conflicto permanente y subterráneo entre dos civilizaciones, la occidental y la islámica, un conflicto que dará lugar a nuevos terremotos y que tardará muchos años en resolverse del todo. Este conflicto es sutil. En el caso de la Primavera Árabe, quienes representaban a la civilización occidental no eran sino los jóvenes tunecinos y egipcios que luchaban por una sociedad más libre y laica, más democrática y menos corrupta.

Estos choques de civilizaciones presentan muchas analogías con los que tienen lugar en otros entornos del universo. La inmensa mayoría de los fenómenos reales están hechos de movimiento, incluso lo que es absolutamente estático solo puede concebirse como tal en relación a lo que se mueve.

Son muchos los móviles que ocupan simultáneamente el espacio total, tanto el material como el inmaterial. Inevitablemente estos móviles interfieren, a veces uno empuja a otro, en otras ocasiones  hay dos  o más que chocan, o se acercan o alejan. Un determinado móvil puede explotar fragmentándose en mil pedazos que se alejan unos de otros, o mil móviles pueden implosionar llevados por una atracción irresistible, fundiéndose en un solo móvil integrado.

Esta situación afecta a todos los órdenes de la naturaleza, desde el atómico al cosmológico, pasando por los órdenes planetarios y dentro de la Tierra por los órdenes de las distintas esferas que la componen, y dentro de la Biosfera terrestre por protistos, vegetales y animales. También afecta a órdenes que son inmateriales, como los campos de fuerza físicos o las actividades cerebrales. Y a los órdenes que podrían considerarse estrictamente espirituales, como el de las ideologías, las culturas, las civilizaciones, las vivencias y los valores individuales, lo filosófico, lo ético, lo religioso, lo místico. Como clamaba Heráclito, panta rei, todo fluye, y este fluir no es sino movimiento turbulento, lleno de choques y huidas, de encuentros y desencuentros.

Un ejemplo muy claro de esta situación está en la Geología. Desde Wegener la historia geológica de la Tierra puede interpretarse y describirse mediante el concepto de las Placas Tectónicas. Cuando la Tierra era todavía muy joven, la Corteza terrestre fue el resultado del enfriamiento de unos materiales que se solidificaron en un solo continente ancestral, el Gondwana, que flotaba sobre el Manto, mucho más caliente y por ello más fluido y viscoso. Al irse enfriando, este Gondwana fue cuarteándose en varias Placas que, flotando como lo hacían sobre el Manto, empezaron a derivar sobre él como barcos sin gobierno, separándose unas de otras y dando así nacimiento a los Continentes. Los cuales, con el paso de millones de años de navegar sin descanso, habiendo aumentado la distancia entre ellos, tomaron rumbos más y más  caóticos, de modo que algunos se alejaban y otros se acercaban entre sí. Así, la Placa Norteamericana  se aleja de la Europea, la Sudamericana de la Africana, mientras que esa misma Placa Sudamericana y la Placa de Nazca, situada en el océano Pacífico, llevan mucho tiempo chocando y empujándose la una a la otra. En este gigantesco choque geológico,  Nazca se escurre por debajo de Sudamérica, empujándola hacia arriba y plegando su borde marítimo. Así es cómo se ha generado y se sigue generando la inmensa cordillera de los Andes.

En esta enorme e incansable colisión se producen lo que, vistos a escala planetaria, podrían considerarse pequeños incidentes locales. Un trozo nazqueño de corteza lleva tiempo apretándose contra otro sudamericano. Tanto se han apretado que se tensan y flexionan más y más hasta que en un momento imprevisible se produce una rotura y ¡plaf!, lo que sigue es un terremoto catastrófico. O se abre una grieta que deja paso al magma de las capas inferiores del Manto y lo que nace es un nuevo volcán, o una cadena de volcanes próximos.

Donde quiero llegar con esta alegoría geológica es a que lo que a nosotros los humanos nos parecen inmensas catástrofes, como un gran terremoto o una gran erupción volcánica no son, a escala geológica, sino acontecimientos muy secundarios.

Y quiero llegar a eso porque algo parecido sucede con las civilizaciones. El enfrentamiento de la civilización occidental de corte cristiano con la civilización islámica  lleva ya en marcha catorce siglos, casi desde que el Islam nació. Durante este tiempo en España floreció durante siete siglos una avanzada cultura islámica, en Al Andalus; los turcos conquistaron y luego perdieron una parte importante de Europa Oriental; ahora los islámicos invaden pacíficamente Europa a través de la inmigración; y el terrorismo de origen islámico es una amenaza permanente. Pero todo esto, además de la Primavera Árabe y otros fenómenos recientes, no son, cuando vistos desde una escala histórica, sino incidentes locales. Lo permanente es el enfrentamiento, que es atracción, entre la placa europea y la islámica, un enfrentamiento que posiblemente durará mucho tiempo.

Algo parecido empieza a verse entre Occidente y China. Las dos civilizaciones, puestas en contacto, aprietan la una contra la otra, generando conflictos que a nosotros humanos nos parecen muy importantes pero que a escala histórica no son sino incidentes locales. Así la alta competitividad manufacturera china, basada en salarios bajísimos y férrea disciplina social, que está resultando en una profunda y dolorosa crisis económica en Europa. O incidentes que irán a más como la revuelta actual en Hong Kong, derivada de que las democracias de corte occidental son una forma de organización que hace la vida mucho más agradable a los ciudadanos que una autocracia como la china. Etcétera.


Si nos acostumbramos a evaluar los conflictos del mundo con esta escala histórica, nos será mucho más fácil entenderlos y, a partir de aquí, afrontarlos.

sábado, 27 de septiembre de 2014

CORRUPCIÓN

Jordi Pujol el 26 de Septiembre de 2014, declarando en el Parlamento catalán 

acerca de sus irregularidades fiscales (foto de "El Pais")


Jordi Pujol. Ecce homo. Hace unos días confesó su corrupción galopante y ayer se presentó en el Parlamento Catalán para dar explicaciones. Los gestos de estas seis fotos publicadas por "El País" hablan de su intervención allí más que mil palabras. Helo ahí convencido de su inocencia, más aún, de la justicia de su causa. ¿Arrepentimiento? Quiá.  Sus gestos son patriarcales, llenos de autoridad y de seguridad en sí mismo, de santa indignación y majestad. Unas imágenes que solo pueden calificarse de patéticas. Él se siente el representante de Cataluña, el gran padre y promotor de la causa independentista. Estoy seguro de que ha sido capaz de engañarse a sí mismo lo suficiente para llegar a autoconvencerse de  que si evadía impuestos y robaba comisiones abusivas, si se comportaba como un gran padrino, lavando y almacenando junto a sus hijos, en los rincones piratas del mundo,  una fortuna de miles de millones de euros, lo hacía por Cataluña. Todo por Cataluña, diablos, todo, sí. Al fin y al cabo, ¿acaso Cataluña no era sino él mismo, sus hijos, su gente, su estirpe? Cuando uno llega a convertir aquello a lo que cree servir en una parte de sí mismo deja de ser un servidor y se transforma en un amo. Le ha pasado a tantos y tantos a lo largo de la historia del mundo…

¿Cómo me atrevo yo a hablar así cuando este hombre no ha sido todavía juzgado? Me baso para hacerlo en su propia confesión pública, él mismo se ha acusado, sin que nadie sepa bien por qué lo ha hecho. Además, si espero para calificarlo a la acción de la justicia, ja, si espero como ha hecho durante tantos años tanta gente que a la vista de los abusos que Pujol representaba miró para otro lado, si lo hago, me convierto inmediatamente en cómplice de esa causa del disimulo y el olvido, que creyéndose la causa de la prudencia es en definitiva la de la cobardía. Y no es que yo me crea valiente, ni muchísimo menos, sino que esta vez no quiero llegar tarde.

¿Es España un país corrupto? Hay ya demasiados casos gigantescos de corrupción para que no sea relevante esta pregunta. El de Pujol es solo el último. Está la corrupción de los políticos y sindicalistas de Andalucía, el caso Gurtel en Madrid y Valencia, la corrupción a través de la violencia en el País Vasco, tantos otros casos de menor alcance. Esta corrupción conocida afecta solo a la clase política, sea cual sea su ideología, desde socialistas hasta conservadores o nacionalistas. Pero ¿acaso no son tan corruptos como estos políticos los empresarios que dieron el dinero para corromperlos, o la gente de a pie que aceptó prebendas y prácticas financiadas con un dinero sucio?

Sin embargo, yo no creo que España sea un país más corrupto que la USA de los años de la Ley Seca, cuando Al Capone reinaba en Chicago, ni que la Italia de la Camorra y la Mafia, ni que la Alemania de los primeros años de Hitler, cuando los inválidos y los deficientes mentales desaparecían de las pequeñas ciudades sin que nadie dijera nada, ni que la Rusia de las purgas estalinistas o la de la autocracia de la Nomenklatura. Lo que a mí me parece que le pasa a España es que la democracia no está todavía suficientemente consolidada y ello por una causa principalísima: porque la Justicia no es suficientemente poderosa ni independiente.

La Justicia española depende en exceso de lo que los políticos quieren que sea. Y es manifiesto que quieren que sea débil. Ya lo confesó así Alfonso Guerra, uno de los prohombres socialistas de los comienzos de nuestra democracia, cuando dijo, si no con las palabras (eso afirma él)  sí con los hechos de la reforma de la ley del Poder Judicial, que “Montesquieu ha muerto”. Es una justicia de jueces-funcionario carentes de medios, que se limitan a administrar como buenamente pueden el cumplimiento de unas leyes enmarañadas y complicadas como las lianas de una selva tropical, unas leyes que junto con sus reglamentos llegan a hacerse incumplibles. Es la Justicia de esa España en la que las ventanas de las casas están enrejadas para que no entren los ladrones, y las calles cruzadas por badenes de cemento que destrozan los coches de todos  para que los de algunos jovenzuelos gamberros no corran demasiado, en la que terroristas que han asesinado a muchos se pasean tranquilamente por las calles después de haber cumplido unas condenas cortas.

Esa España con una Justicia débil cultiva para sobrevivir su individualismo congénito. Aquél del que extrae desvergüenza suficiente para enchufar a su hijo o al novio de su hija o a algún pariente próximo sin escrúpulos, saltándose los méritos de otros candidatos mejores. Donde las corporaciones de médicos, abogados, arquitectos, ingenieros, se protegen de los intereses de los de fuera con un espíritu gremial, defendiendo ciegamente hasta al más incompetente de sus miembros. En la que el ideal de muchos jóvenes es sacar unas oposiciones de funcionario público para tener un sueldo seguro, aunque pequeño, durante toda su vida. La inmensa mayoría de los españoles pirateamos libros, canciones y películas de Internet, hacemos lo posible por no pagar el IVA, nos colamos si podemos. En definitiva, cultivamos un espíritu de supervivientes.

Esa España es la que hemos heredado lo mismo que la heredaron nuestros padres, una España vencida, asustada,  escéptica, profundamente individualista.

Pero a la vez es una España en la que la gente es capaz de apretarse el cinturón con sobriedad espartana y sabe trabajar duramente, en la que la solidaridad familiar es ejemplar y se extiende fácilmente a una solidaridad universal. Una España que está llena de aventureros y de gente esforzada, valiente y auténtica. En la que abundan los poetas y los hacedores de canciones. Una España hermosa y profunda.


Por eso, señores y señoras políticos, que no sois más que una parte de nosotros mismos, de la gente de a pie, poneros las pilas y reconstruir una Justicia suficientemente fuerte para que España y los españoles sean una parte del Mundo en la que quien marque y controle las reglas del juego sea una sólida autoridad moral. Esa de los imperativos categóricos kantianos, una Justicia sobria, rigurosa y poderosa, pero por encima de todo suficientemente justa, en la que no haya más que el sitio justo para el arrepentimiento y el perdón. 

Os aseguro que si lo hacéis así os encontrareis con un pueblo espléndido, capaz de hacer frente, como ya lo ha demostrado muchas veces, a los mayores desafíos.