martes, 26 de abril de 2016

El Club

Se trata de una extraordinaria película chilena, ganadora de numerosos premios internacionales, que he tenido la suerte de ver. 

 Hoy, cuando el  mundo del cine está dominado por un Hollywood entregado irreversiblemente a los efectos especiales y la apología de la violencia, es difícil encontrar una película de tanta intensidad dramática y tanta calidad.

“El club” es una extraña residencia, en un pueblito de la costa chilena, donde las autoridades eclesiásticas han confinado a varios sacerdotes disciplinados por causas graves:  uno ha sido pedófilo, otro se ha dedicado al tráfico de reciennacidos, un tercero se ha visto involucrado en asuntos turbios en los tiempos de la dictadura militar, y al fin hay uno, afectado de demencia senil, del que todo el mundo ha olvidado por qué está encerrado allí. Se supone que aquello es “una casa de oración y penitencia”, de modo que los allí confinados tienen prohibido bajar al pueblo e interaccionar con sus convecinos. Este extraño club está administrado por una monja cuyos perfiles son ambiguos, en cuanto a que no está confirmada su condición de tal ni clara la medida en que ella pueda estar también confinada allí por culpas mayores.

El caso es que este extraño club ha llegado a ser una casa, más que de penitencia, de olvido. Un olvido que todos los que allí viven han aceptado como tabla de salvación. Se han acomodado a las circunstancias de una vida austera y solitaria pero fácil. Cada uno ha dispuesto del tiempo suficiente para construir su propia historia justificativa. La monja que dirige la casa les ofrece a todos una vida confortable por rutinaria. Y para rematar esta catedral de fantasía, todos juntos han podido desarrollar una pasión inocente, las carreras de galgos, gracias a que el azar ha llevado hasta las mismas puertas del club a un galgo ganador al que cuidan como un pequeño ídolo y del que obtienen premios de dinero con los que pueden ir satisfaciendo sus pequeños caprichos.

De pronto, todo se derrumba. Un cura represaliado que acaba de incorporarse a la casa muere violentamente. Las autoridades eclesiásticas inician una investigación, con lo que se incorpora al club un jesuita joven y duro que está dispuesto a llegar hasta el final, haciendo saltar por los aires todas las contradicciones y misterios que envuelven aquel club fantasmal. Los acontecimientos se precipitan y el final es tan radical como inesperado.

Todos los componentes de esta película son, en mi opinión, sobresalientes, como lo es el equilibrio entre ellos, mérito de su director, Pablo Larrain, que hace cine de arte mayor. Los actores se expresan mucho más por sus gestos que por lo que dicen, pues el guión es sobrio y los textos hablados se limitan a lo indispensable. Destaca la formidable actuación de la monja, Antonia Zegers, su capacidad de expresar las varias facetas de su complejo personaje. La fotografía está impecablemente al servicio de la película, con esa melancolía de la orilla de un mar como el chileno, más de crepúsculos que de amaneceres.


Debo decir que he visto la película dos veces, porque no me pareció haber captado toda su complejidad en el primer pase. También que al final me he sentido solidario de todos los personajes de aquel drama. Convencido de que, al igual que aquellos clérigos confinados bajo el mandato amable de una monja maternal, todos terminamos siendo condenados por una vida que inevitablemente nos erosiona. Como el camino es largo y cansado, como está lleno de fracasos, todos terminamos acomodándonos, inventándonos una falsa vida cuyo relato interior está lleno de autojustificaciones.  Pero también a cualquiera de nosotros, como a los personajes de “El Club”, puede llegarnos un día en que la verdad esencial de nuestra vida  se abra paso como un torrente de acontecimientos inesperados.  Y si como ellos nos obstinamos en ignorarlo, nuestra vida nunca llegará a ser la aventura de búsqueda y superación que podría haber sido. 

Esta es, en resumen, una de las muchas deducciones que podrían hacerse de una película que sin embargo, más que hacerte pensar,  te conmueve. Eso precisamente es lo que consigue el arte verdadero.

domingo, 24 de abril de 2016

¡Pobre España!

Somos tiempo, ésta es la única variable independiente de nuestro Universo. El espacio, sin tiempo, sería inconcebible, como lo serían la masa, la materia, la energía, los sentimientos, los pensamientos, las vivencias. Esta dependencia del tiempo se nos pone más claramente de manifiesto cuando cerramos los ojos y dejamos que sean las innumerables memorias que conviven en nuestro cerebro las que se apoderen de nuestra conciencia. Sentimos ese vértigo del transcurrir y el devenir que son señales inequívocas de que estamos vivos. Tantos recuerdos, tantísimas expectativas, un futuro todavía por hacer pero ya inseparable de nuestro pasado se extiende ante nosotros. Aquí estamos, eso somos. Esperando, viviendo, añorando.

Todos los fenómenos que somos capaces de percibir se desarrollan en el tiempo. Quizá por eso la inmensa mayoría de ellos tienen una cinética ondulatoria. Vienen y van, suben y bajan, crecen y encojen, exactamente igual que lo hacen las olas del mar, con el mismo aspecto caótico, imprevisible. Fuerza y debilidad, felicidad y desgracia, deseo y hartazgo, se desplazan inevitablemente unos a otros.

Y esto, que sucede en la naturaleza inanimada, en todos los seres vivos y en nosotros los humanos, también pasa en la historia. A períodos de plenitud siguen inevitablemente otros de decadencia, a la paz la guerra, a la abundancia la pobreza que puede llegar a ser miseria. Esta profunda verdad la reflejó Orwell en las primeras líneas de su “1984”. Sobre la gigantesca fachada del Ministerio de la Verdad están escritos en letras enormes los tres lemas del Socing, ese socialismo inglés que gobierna en Londres: “La guerra es la paz, la esclavitud es la libertad, la ignorancia es la fuerza”.  El genio de Orwell deslizó esta verdad incontrovertible bajo el aspecto de una contradicción, y ahí ha quedado para que nunca la olvidemos.

La historia particular de España, como cualquier otra, también tiene una cinética ondulatoria, abundante en contradicciones y miserias. Ahora parece que se va precipitando hacia tiempos de tribulación desde aquellas cimas de plenitud de los años 1970’s, ya tan lejanas, cuando el pintor Genovés creo su cuadro “El Abrazo” como símbolo de unos tiempos de unión entre todos los españoles, que recién salidos del franquismo compartíamos muchas esperanzas. ¿Pero era solamente esperanza lo que compartíamos? No. También había miedo, mucho miedo al futuro: los de derechas temían la llegada de los comunistas, los de izquierdas temían la vuelta de los militares, y todos temían el terror de ETA. Fue la mezcla de miedo y esperanza la que nos ayudó a entendernos y a alcanzar metas que habíamos creído inalcanzables. Con la generosa ayuda de la Europa del Mercado Común, naturalmente.

Pues lo mismo debería ser ahora. A la indignación, las tendencias centrífugas, la desazón, la desesperanza que ahora parecen llenarnos, deberíamos intentar con todas nuestras fuerzas añadirle el miedo.

Miedo a perder mucho de lo que habíamos venido ganando, pero sobre todo miedo a perder el futuro que estamos obligados a ganar para nuestros hijos y nuestros nietos.

Y con ese miedo, la esperanza que es confianza en que, si queremos, podremos superar nuestras dificultades.


El miedo y la esperanza cogidos de la mano. Es lo que necesitamos. 

Quizá en eso consista el valor.

Juan Genovés (1976).- EL ABRAZO.- Museo Reina Sofía, Madrid

miércoles, 13 de abril de 2016

De ricketsias, carcinomas, causalidades y casualidades

2015 ha sido para mí un año agitado y lleno de incertidumbres. En enero me detectaron, recién vuelto a España desde Chiloé, una ricketsiosis que resultó producida por Orientia tsutsugamushi, enfermedad bien conocida en Extremo Oriente, donde causa la llamada fiebre de los matorrales, pero prácticamente inexistente en el continente americano, donde solo se han detectado algunos rarísimos casos precisamente en Chiloé. Aunque me curé pronto con su antibiótico de referencia, la Doxiciclina, mi internista quiso que me hiciera un Tac para verificar si quedaba algún daño interno. Y aquí vino la gran sorpresa: se encontró un nódulo en el pulmón derecho que los patólogos clasificaron como “tumor neuroendocrino de células grandes”, con malignidad elevada, aunque la prognosis mejoraba porque el tamaño del nódulo era todavía pequeño. Se procedió por ello a una resección inmediata del lóbulo inferior del pulmón derecho y posterior tratamiento quimioterápico. En estas batallas estuve metido hasta fines de agosto del 2015, cuando entré en un régimen de revisiones periódicas que hasta ahora han sido cada trimestre.

Hace unos días he superado con éxito la segunda revisión, pues ni radiográfica (TAC) ni bioquímicamente se han encontrado en mi entero cuerpo rastros de malignidad. Mi oncólogo se ha mostrado optimista; la próxima revisión trimestral solo será bioquímica. Si las cosas siguen bien el régimen de las revisiones pasará a ser semestral, para culminar en un alta definitiva cuando se cumplan tres años desde el comienzo de la enfermedad.

Me detengo en contar todo esto porque quiero ahondar un poco en esa coexistencia de lo causal con lo casual que constituye el entramado básico de nuestras vidas.

En mi caso, lo causal ha estado independientemente en cada uno de dos acontecimientos probados por la medicina: Orientia tsutsugamushi ha causado una infección tratable con Doxiciclina y un pequeño nódulo pulmonar ha resultado ser  un cáncer de pulmón. Y lo casual en la simultaneidad con que estos dos fenómenos han hecho su aparición en mi cuerpo. Ambos son muy poco frecuentes, pero además las infecciones por O. tsutsugamushi han sido estudiadas exhaustivamente en Extremo Oriente y nunca han estado asociadas con efectos cancerígenos. Gracias a esta simultaneidad, la infección por O. tsutsugamushi, a través de la decisión también casual de mi internista de hacer un TAC exploratorio, ha permitido una detección precoz del cáncer de pulmón y aumentado así mucho las posibilidades de que, a través de la resección pulmonar y la quimioterapia, aquél pueda ser erradicado definitivamente.  Sabido es que la peligrosidad del cáncer de pulmón arranca no solo de su malignidad, sino de que no presenta síntomas detectables hasta que la enfermedad está muy avanzada.

A mí esta rara combinación de circunstancias me produjo asombro y un sentimiento de agradecimiento al Chiloé mágico y legendario que está en el centro de mis afectos, por haberme enviado a O. tsutsugamushi para avisarme a tiempo del cáncer que me amenazaba (ver mi entrada en este blog del 26marzo2015, “Orientia tsutsugamushi”). Pero creo que lo que me ha sucedido tiene un significado mucho más general, y es por eso que me he decidido a escribir esta entrada de hoy.

Uno puede intentar reducir su vida a una gran cantidad de cadenas causa-efecto, cada una de las cuales opera independientemente. Formularé algunos ejemplos: mis genes (causa) determinan muchos de mis trazos físicos y psíquicos (efecto); mis hábitos de vida (causa) condicionan mi salud futura (efecto); la educación que he recibido (causa) determina mi desarrollo profesional (efecto); etc, etc.

Pero la situación real es mucho más compleja. Mi vida es una madeja enmarañada de muchísimas cadenas causales diferentes, que no son independientes, sino que se entrecruzan, complementan, refuerzan, neutralizan, inhiben y potencian de un sinnúmero de maneras distintas. Así, mi salud futura (efecto) dependerá de interacciones complejas entre mis genes (causa A) y mis hábitos de vida (causa B). Además, para complicar más las cosas, muchas de las cadenas causales que soy capaz de indentificar no son biunívocas, sino probabilísticas. Así, el hábito de fumar más de un paquete de cigarrillos diario aumentará mucho mis probabilidades de padecer cáncer de pulmón, pero muchos grandes fumadores morirán tranquilamente de viejos en su cama, mientras que muchos no fumadores  desarrollarán un cáncer de pulmón que terminará matándolos.

Todas estas complicaciones causales introducen la CASUALIDAD en mi vida. Lo casual es lo que sucede o acontece sin que se hagan patentes causas que lo determinen. Tiene tanta importancia lo casual en la configuración que va adoptando esta vida mía que yo podría verla como un camino cuyos grandes hitos o cambios de etapa han venido marcados por casualidades: cómo conocí a la que terminaría siendo mi mujer; cómo encontré mi primer trabajo, ése que le marcó a mi vida un rumbo decisivo; qué enfermedades graves en mi entorno familiar influyeron decisivamente en mis destinos; qué contratiempos accidentales fueron erosionando mis ilusiones juveniles; cómo y por qué empecé a envejecer; todo eso y mucho más.

De manera que para recorrer de una manera lo más satisfactoria posible el inevitablemente azaroso camino de mi vida yo necesito de dos habilidades bien distintas:
1).- La habilidad REDUCCIONISTA, que consiste, como propuso Descartes, en reducir un problema a sus partes elementales e intentar comprender, independientemente, cada una de éstas.
2).- La habilidad HOLISTA, que consiste en abarcar el problema en su totalidad. Lo dejó dicho Hegel: “la verdad está en el todo”.

O lo que es lo mismo, yo debería proponerme un lema de vida que podría formularse así: todo asunto sobre el que yo tenga que resolver debo considerarlo  igual a la suma de las partes que veo en él y algo más que no alcanzo a ver. Siempre existe ese algo más. Por eso los niños, biológicamente dotados para aprender, tienen esa enorme capacidad de asombro. Siempre puede ocurrir lo inesperado.


Para que, actuando así, yo sea capaz de enfrentar  mi vida con una mezcla equilibrada de Reduccionismo y Holismo. Es decir: de análisis y síntesis; ciencia y experiencia; técnica y sensibilidad; razón e intuición; inteligencia e instinto; esfuerzo e inspiración.


En este dibujo del genial Escher hay que ser capaz de ver las partes que lo componen,
es decir, los gansos blancos y los grises. Pero hay algo más: la disposición de estas partes
en un todo lleno de simetrías multiples .



domingo, 27 de marzo de 2016

Ciencia y Religión

En el marco cultural en que hoy vivimos los países occidentales, no debería haber conflicto entre Ciencia y Religión. Pertenecen una y otra a ámbitos completamente diferentes, la Ciencia se ocupa de la Naturaleza, la Religión de Dios.

La Religión (intento referirme a todas las religiones en su conjunto) ve a Dios como el origen, el fundamento y el fin de todo lo que existe. La Ciencia está interesada en comprender todo lo que existe en sí mismo: la concatenación de causas que han llevado a lo que existe ahora, las leyes naturales que definen como funciona todo lo que existe, la concatenación de efectos que llevará a lo que exista en el futuro. La Religión cree en una comunicación de Dios con el Hombre a través de distintas formas de revelación. La Ciencia cree en una comunicación del Hombre con la Naturaleza a través del método científico.  Tanto la revelación como el método científico son lenguajes que establecen una relación entre el Hombre y dos ámbitos completamente distintos, Dios y la Naturaleza.

Aún así, tanto la Ciencia como la Religión son obra de los Hombres y por eso es inevitable que interaccionen y entren en conflicto. Las dos están en la Historia, y como ambas son poderosas las dos participan en la construcción de la Cultura y en el ejercicio del Poder.

Como ámbitos culturales, las dos han venido compitiendo por dar una explicación (en el caso de la Ciencia) o una justificación (en el de la Religión) a la pregunta del “quienes somos – de dónde venimos – adónde vamos”.

Como ámbitos de poder, las dos aspiran, a través de sus brazos armados, la Tecnología (en el caso de la Ciencia) o las Iglesias (en el de la Religión) a domesticar a los humanos y así organizar el Mundo.

Ambas hacen lo que hacen de buena fe. Desde los principios shamanistas de la historia de los hombres, Ciencia (hierbas con poderes curativos) y Religión (conexión con lo espiritual) han estado en la doble tarea de ayudar a los humanos a enfrentarse con el problema de la muerte y domesticarlos para que dejen de ser unos hambrientos y congelados caníbales, capaces de las mayores barbaridades.

En esta difícil tarea ambas han cometido errores importantes, partícipes como son, inevitablemente, de la falibilidad humana. Guerras religiosas feroces (caza de herejes, infieles y brujas), pero también guerras tecnológicas terribles (bomba atómica, cambio climático, ecocidios diversos, efectos colaterales de las armas modernas sobre poblaciones inocentes).


Y ambas, mientras que los humanos sean humanos, tendrán que seguir caminando, juntas si es posible. Incluso cogidas de la mano, como dos hermanas que miran la belleza de todo lo que existe y del misterio que lo rodea con sus ojos puestos en direcciones bien diferentes. Hijas, ambas, del Hombre, entendido éste en su sentido más natural pero también en su sentido más sagrado.

El Partenón es un soberbio símbolo del inextricable parentesco entre Ciencia y Religión. Sus formas bellísimas son un exponente de la aspiración de los hombres a encontrar la Belleza a través de la Razón y la Armonía. Nació como un templo dedicado a una diosa, Atenea, en agradecimiento a su ayuda en la victoria de los griegos sobre los persas. Atenea fue, según la creencia griega, hija partenogenética de Zeus y ella misma virgen. Considerada por los griegos como Diosa de la Razón. ¡Nada menos que eso!



viernes, 25 de marzo de 2016

Viernes Santo en Barajas


Se acabó la paz de Chiloé. El vuelo de Iberia entre Santiago y Madrid se retrasa por avería cuatro horas, lo que me hace perder mi enlace con un vuelo a Sevilla. Ahora, a las 7:15 chilenas, 11:15 españolas, espero en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas un enlace que no saldrá hasta las 18:00 españolas. Dispongo pues de mucho tiempo para pensar y observar a un público que está de paso, los aeropuertos son siempre así, sitios de paso fugaz, de tiempo que se cuenta en minutos u horas en vez de días, meses o años, porque es un tiempo mecanizado, inhumano.

Durante el largo vuelo transoceánico he tenido sentada junto a mí una joven oriental, absorta durante la mayor parte de la noche en la pantalla de su smartphono, al que desde aquella cabina de pasajeros sumergida en la estratosfera puede conectar por el wifi de que dispone la aeronave con el mundo entero. Ella no para de teclear y hablar hasta que ya por la mañana, muy cerca de Madrid, cae rendida por fin al sueño. Me llama la atención, observándola de reojo, que la pantalla de su smartphono está ocupada por una enorme foto de ella misma, sobre la que se van superponiendo los distintos textos. Como iluminado por esta observación, comprendo que los smartphonos son instrumentos peligrosamente solipsistas. Puesto que, dando la impresión de que nos comunican instantáneamente con todos los seres queridos, los amigos y conocidos, el mundo entero, lo que en verdad hacen es encerrarnos dentro de nosotros mismos. Porque la comunicación a través del smartphono es absolutamente abstracta y virtual. Nos comunicamos con algo en dos dimensiones que no huele y a lo que no podemos tocar ni sentir como un todo. Esto es muy útil cuando algún ser querido o amigo está obligadamente lejos. El problema está en que quizá algunos jóvenes se estén acostumbrando a que la pantalla del smartphono sea la parte más importante del mundo. Ello puede suponer un cambio radical de situación, del estar-en-el-mundo, cuyas consecuencias sobre los valores humanos que dan consistencia a la sociedad son imprevisibles.

Cuando volamos es ya habitual que la tripulación nos advierta una y otra vez, cuando se acercan el despegue y el aterrizaje, que apaguemos nuestros celulares porque si les dejamos emitir sus señales radioeléctricas éstas pueden interferir con los sistemas de navegación de la aeronave. Oyendo esto caigo en la cuenta, una vez más, de que nuestros aparentemente inocentes celulares son potentes transceptores que emiten y reciben continuamente ondas radioeléctricas. Mi cerebro se plantea enseguida una pregunta absolutamente lógica: si tenemos que proteger de las ondas radioeléctricas que emiten nuestros celulares a los instrumentos de las aeronaves que nos transportan, ¿qué pasa con nuestros cerebros, mucho más sutiles, poderosos y delicados que aquéllos? ¿Qué efecto puede tener en los cerebros de nuestros jóvenes la contaminación radioeléctrica que emiten continuamente sus celulares?

Como para todas las tecnologías que en el mundo han sido, para ésta de los celulares también se han publicado estudios tranquilizantes que sugieren la inexistencia de efectos patológicos detectables sobre los cerebros humanos sometidos a emisiones radioeléctricas  como las de los celulares. Pero ¿qué pasará a largo plazo? ¿Cómo se verán afectados los cerebros que van a estar sometidos durante toda su vida a estas radiaciones? Temo que se producirán efectos, difícilmente detectables porque nuestro conocimiento de las complejidades del cerebro humano es todavía incipiente.

¿Quiero significar con esto que deberíamos renunciar a las poderosísimas tecnologías de comunicación que ahora tenemos? No, de ninguna manera. Lo mismo que los humanos empezaron a perder los pelos del cuerpo cuando aprendieron a abrigarse con pieles, hasta que se quedaron casi totalmente lampiños, y lo mismo que perdieron olfato, vista y tacto a medida que mejoraban sus armas y se desarrollaban sus cerebros, ahora las ondas radioeléctricas los cambiarán también.

¿En qué dirección? Yo no lo sé. Solo sé que, de modo parecido a los espartanos, deberíamos intentar educar a los jóvenes en la templanza en el uso de todo lo que tienen a su alcance, y en el valor de lo real: lo visto, oído, palpado, gustado, amado o razonado por uno mismo, sin necesidad de intermediarios radioeléctricos o de terminales capaces de darle a uno, de modo inmediato, toda la información que aparentemente necesita.

Aunque hago esta recomendación, me siento bastante pesimista respecto a que los humanos seamos capaces de parar voluntariamente nuestra propia evolución, que ha sido, es, será y seguirá siendo darwiniana.

Pero no solo darwiniana. Aquí está la esperanza. Los humanos hemos sido capaces de evolucionar culturalmente a mucho mayor velocidad que lo hace el simple ímpetu darwiniano. Tenemos lenguaje, pensamiento, conciencia, libertad, memoria. Todo esto se integra en la palabra cultura. Nuestra evolución cultural deberá ayudarnos a corregir el rumbo ciego a que nos lleva el destino.


P.S. Un breve recuerdo de la festividad que celebran hoy los cristianos, la muerte de Jesús en la Cruz, preludio necesario de una vida eterna para todos. Ése es el misterio, largamente anunciado y prometido.

jueves, 24 de marzo de 2016

El mundo del archipiélago

Mapa de Chiloé con la ruta que hemos seguido marcada en negro
Navegando a bordo de la Dalmacia III de mi amigo Miro Yurac, desde Castro hasta Mechuque, en las islas Chauques. 

Primero atravesamos el fiordo de Castro, luego bordeamos la isla de Lemuy por el Norte y la Península de Rilán por el Este para pasar frente a Dalcahue, desde donde arrumbamos a Tenaun por un mar abierto ya a las olas que llegan del Golfo de Corcovado. Desde Tenaun, finalmente, saltamos hasta Mechuque, en las islas Chauques, donde dormimos en un excelente fondeadero. El viaje de vuelta, al día siguiente, reproduce a la inversa el de ida. 

Presento a continuación algunas fotos comentadas en las que intento decir algo sobre la vida en las islas menores del archipiélago. 

El poblamiento inicial de Chiloé se centró en ellas, porque la isla grande estaba principalmente ocupada por bosques impenetrables. Este poblamiento mantuvo las mismas formas de vida que habían traído los aborígenes siberianos que hace entre diez y quince mil años atravesaron a pie el estrecho de Bering, para llegar en poco más de cinco mil años hasta Chiloé como fin de etapa. Vivían estos pobladores originales del continente americano en el borde del mar, donde obtenían lo mejor de los dos mundos que allí se encontraban: de la tierra leña para calentarse, madera para construir sus rukas y sus dalkas y algunos desbroces hechos pampas para que sus ovejas pastaran; de la mar mariscos, algas y peces con que alimentarse. Esta ha sido y sigue siendo la cultura que en Chile se ha llamado del bordemar .  Y como la longitud de bordemar disponible por unidad de superficie habitable era máxima en las islas menores del archipiélago de Chiloé, en ellas fue donde se acumuló la población. El perímetro de la isla grande vecino a las islas pequeñas formaba también parte, naturalmente, del bordemar. Las poblaciones asentadas en las orillas de la isla grande estaban incomunicadas por tierra y funcionaban, a todos los efectos, como pequeñas islas. Hasta hace poco más de un siglo el único eje de comunicación terrestre permanente era el que unía Ancud con Castro. Pueblos relativamente cercanos en la isla grande, como Castro y Dalcahue, estaban mejor comunicados por mar que por tierra.

La población de Mechuque en las islas Chauques
Mechuque es la aglomeración urbana más grande de las islas Chauques. Pero se reduce a unas pocas casas, de las que la más importante, con tejados rojos en dos alas perpendiculares que ocupan el centro de la foto, es la escuela. A la izquierda de la foto se ve la sombra de una rampa, por la que desde barcazas con proa abatible pueden desembarcar en la isla camionetas y otros vehículos. La parte derecha de la foto muestra una acumulación de cabañas y lanchas varadas y es la zona donde se reparan y mantienen listas las embarcaciones, necesarias para relacionarse con esa mar que es para el habitante de estas islas una compañera mucho más íntima que el bosque. Aunque muchos años de presencia humana han hecho que el bosque vaya retrocediendo, los alrededores de Mechuque siguen estando bien forestados, y la población extrae de estos árboles su fuente de energía fundamental, la leña que arde continuamente, día y noche, invierno y verano, en las cocinas.
De manera que Mechuque y las Chauques podrían seguir viviendo ahora el mismo tipo de vida que han mantenido durante siglos. Pero aunque la cultura del bordemar sigue bien viva allí, las cosas están cambiando, particularmente en el sentir y el entender de la gente más joven. Léase como testimonio de lo que digo algo que ya escribí en este mismo blog hace años, "Tradicion frente a progreso en las islas Chauques", en la entrada "Un parque eólico en Mar Brava (II).- Los efectos sobre el paisaje", publicada el 23 de enero de 2.011.

Entre Dalcahue (a la izquierda) y la isla de Quinchao (a la derecha)
Este es el paisaje permanente de las pequeñas islas del mar interior. Solo se presenta ante los ojos en días claros y soleados, los isleños lo saben, pero nunca olvidan que la gran cordillera cubierta de nieves blancas está al fondo, inconmovible, confortante a la vez que amenazante. El agua marina profundamente azul contrasta con los verdes y dorados de las islas cercanas, los azules de las lejanas, los penachos blancos, retorcidos como llamas frías,  de las altísimas montañas de los Andes y el cielo protector, celeste, suave, compasivo. Aquí el paisaje, cargado de belleza y de tragedia, se hace cultura. 

Tenaun con su bellísima iglesia visto desde el mar
Mientras que Mechuque tiene un origen relativamente reciente, Tenaun es lo suficientemente antiguo para adornarse con una de las más bellas iglesias que pueblan el archipiélago. Frente a él, en la mar, dos de los tipos más básicos de lanchas que surcan los mares chilotes. En primer plano, pintada en blanco y negro, la Teresa de Jesús es una lancha para el transporte de pasajeros, desde Tenaun hasta Mechuque por un lado o Dalcahue y Castro por el otro. Delante de la cabina de mando hay un pequeño camarote donde se acumula el pasaje.  Por detrás, pintada en blanco y amarillo, la típica lancha de faena, usada para la pesca o la atención a las múltiples estaciones de cultivo de mejillón o salmón que existen aquí.


Los barcos de pesca bullen en estas aguas preñadas de peces y de lobos marinos que compiten con los pescadores en la captura de aquéllos. En el fondeadero donde pasamos la noche nos encontramos con el Matitiahu, un barco de Castro que pescaba la merluza con redes de enmalle de fondo por aquellas aguas. La vida de estos hombres es dura, pasan semanas en la mar hasta que tienen la nevera de su barco llena de pescado. Uno de ellos, el que se inclina junto a la borda mirando hacia nosotros, era además de marinero buzo y pudo liberar el eje de la hélice de la Dalmacia III de un cabo de amarre que se le había enredado insidiosamente. La profesión de buzo abunda entre los chilotes del bordemar, que cuidan de sus mariscos y sus peces como si de ganado se tratase. Podría decirse que la mitad de los hombres que trabajan en la mar, que son casi todos, además de marineros son buzos. Y es que, para los chilotes, la mar y la tierra firme se funden en el bordemar de una forma tan íntima que con la misma soltura caminan ellos por sobre las calles y campos de sus pueblos que nadan por sobre el fondo de sus mares.  



jueves, 17 de marzo de 2016

Chiloé desde su mar interior


De excursión por la orilla del mar interior de Chiloé, ése donde se abrazan con calma la isla grande y el océano Pacífico, entre una multitud de pequeñas islas, el archipiélago, dormidas en la paz de sus sueños.

Desde Quemchi hasta Dalcahue, hemos pasado por Aucar, Quicaví, Tenaún y San Juan. El día es espléndido, luce el Sol dando un calor tibio y llenándolo todo de brillos fugaces.  El Pacífico interior está hoy enmarcado por la Cordillera, libre totalmente de brumas y nubes, un rosario de grandes picos nevados que separan dos azules, el profundo y marino del océano y el otro azul celeste del cielo. Ante nuestros ojos se destacan de la Cordillera, acercándose como para saludarnos, el volcán Chaiten, macizo y muy nevado, y el Corcovado, que remata en un pico tan agudo como una aguja que señala al cielo, como si quisiera advertirnos de algo.

El volcán Chaitén desde la costanera de Tenaun
Recuerdo ahora cómo, cuando llegué por primera vez a Chiloé, el volcán Chaitén acababa de entrar en una erupción explosiva que destruyó el pueblo que con su mismo nombre se asentaba en sus faldas, llevándose para siempre por delante casas, ganados y esperanzas. Estaba yo aquel día en el estero de Compu, frente al Corcovado,  y veía hacia el Este, sobrepasando las islas, la gigantesca fumarola del gran Chaitén dominando el cielo. Me acompañaba un chilote que había vuelto a su tierra tras muchos años de trabajo en Argentina. Era un hombre un tanto especial, lucía una barbita muy cuidada y calaba un gorro redondo de cuero, insólito en este paisaje chilote, que había traído como un recuerdo de sus años en la otra Patagonia. Oficiaba ahora de fiscal en una parroquia chilota, una institución que data de los tiempos remotos en que unos pocos misioneros jesuitas tenían que recorrer la inmensidad de las islas y delegaban en los fiscales el cuidado cotidiano de las iglesias. Mirando hacia la fumarola del gran Chaiten, este hombre me dijo: “¿La ves? Es un aviso, la madre Tierra quiere advertirnos de que está empezando a cansarse de nosotros los hombres”.

Iglesia de Tenaun
Cuando vamos cruzando los pueblos nos sorprende su tranquilidad, que es su silencio. En realidad, lo que llamo pueblos son pequeñas aglomeraciones de casas alrededor de una iglesia, una costanera ante la que fondean lanchas de pesca y transporte y en algunos casos, como en San Juan, una capintería de ribera donde todavía se construyen hermosas lanchas de madera. La mayoría de los habitantes vive en el campo o está en la mar o ha emigrado hacia el Sur. Siempre fue así y lo sigue siendo.

Ahora muchos hombres trabajan en el cuidado de jaulas salmoneras esparcidas por toda la inacabable terra incognita que se extiende entre Chiloé y Punta Arenas: el archipiélago de las Guaitecas, el de los Chonos, el de las Guanatecas, el Golfo de Penas, las innumerables islas y los profundos esteros que se extienden a lo largo del estrecho de Magallanes… todo eso, no en balde Chile es, después de Noruega, el segundo productor de salmón cultivado del mundo.

El Chiloé de siempre sigue volcado en el Sur, dueño de éste, al menos en lo que se refiere a los trabajos y los sueños de los hombres.


El pueblo de San Juan