sábado, 20 de diciembre de 2014

Batalla aérea: gaviotas contra jotes

Las cuatro fotos de la izquierda muestran de arriba abajo una de las persecuciones.
Las cuatro de la derecha otra.

Esta tarde, por encima de los roqueríos de Punta Tilduco y la Playa del Elefante, una gaviota estuvo acosando a un jote durante más de diez minutos, probablemente como consecuencia de que este último había intentado robar un huevo o un pollo del nido de aquélla.

Los jotes son carroñeros, y como la carroña no abunda tienen que pasarse todo el día volando en un intento de avistarla. Este vuelo consumiría mucha más energía de la que la carroña puede proporcionarle al jote si no fuera porque éste es un excelente planeador y se deja llevar por las corrientes ascendentes de aire frecuentes en estos barrancos con muy poco gasto energético. Además son animales delgados, con poca musculatura, hechos precisamente para planear más que batir las alas con poderosas pechugas musculadas.

Pero la vida del jote es muy dura, muchos días no hay carroña que llevarse a la boca. Entonces subsiste de la caca de los lobos, de algas muertas y de todo lo que pueda pillar. Entre esto que pueda pillar están los huevos de gaviota, tan inanimados como la carroña, y quizá hasta los pollos muy jóvenes.

Pero la gaviota sabe defenderse. Dudo que llegase a atacar al jote con su pico, pero al acosarlo y obligarlo a batir las alas para librarse del ataque lo somete, al pobre jote famélico, a un consumo extraordinario de energía que tiene que representar para él un durísimo castigo y dejarlo totalmente agotado.

Así es la vida. ¿Es cruel la naturaleza? No creo que cruel sea la palabra adecuada. Es racional. Quizá incluso mucho más racional y menos cruel que nosotros los humanos.



jueves, 18 de diciembre de 2014

Tiuques del alma

Sin miedo a lo humano, pendientes del pan, cada día un poquito más cerca, dejando ver los detalles de su belleza.



¿Es posible una alianza entre los animales llamados salvajes y los humanos llamados civilizados? Lo dudo. Pero sería posible una alianza entre todos los animales, quizá como la que según el Génesis había en el Paraíso.

La rompimos los animales humanos. Lo demuestra el cuadro siguiente, extraído de Wikipedia, donde figura la población mundial actual de humanos en el grupo de arriba, sus animales domésticos en el intermedio y algunos animales salvajes significativos en el de abajo.



miércoles, 17 de diciembre de 2014

Bandurrias y daucones





Las bandurrias que aparecen en estas fotos viven y anidan en los acantilados de la mismísima Punta Tilduco, constituidas en un grupo de 20 a 30 animales, pero comen bichejos de todo tipo en las pampas y lagunillas cercanas. Su vuelo es espectacular por la potencia que le imprimen sus grandes alas y una pechuga bien musculada, poderosa.  Salen todas las mañanas ordenadamente, en grupos de dos o tres, y vuelven por la tarde al menos una hora antes de que el Sol se ponga, hartas ya de comer. Entonces muchos días vuelan juguetonas en un va y viene colectivo, altas en el cielo, graznando chillonas para que todos sepamos que están allí. Para mí estos animales están expresando en ese momento su alegría de vivir, manifestando que en la biosfera no solo el hombre y los mamíferos superiores tienen sentimientos.

El Daucón me recuerda a San Simeón el estilita. Vive la mayor parte de su vida posado en lo más alto de ramitas pequeñas.


Allí hace todo lo que ha venido a este mundo a hacer. Canta, seguramente canciones de amor. Acecha a los pequeños insectos que vuelan o corretean ante él y los caza en breves y precisos picados. Tiene los ojos algo más separados y orientados hacia el frente que la mayoría de los pájaros, supongo yo que para mejorar su visión estereoscópica, necesaria para los vuelos de precisión que emprende.














Además cuando caza una presa se vuelve a posar en la punta de una ramita y allí la mantiene sujeta entre los dos lados de sus fuertes picos hasta que muere, eso al menos es lo que me parece a mí.

















Esta foto es una ampliación de la central en la que quizá se vea mejor el insecto cazado.





lunes, 15 de diciembre de 2014

El siglo XXI, un cambio de época (4). Internet o el fin de la historia.

En 1992 Francis Fukuyama, un brillante académico nipoamericano, publicó "El fin de la historia", un libro polémico cuya tesis era que tras la caída del comunismo, consecuencia y causa del triunfo del capitalismo neoliberal, éste sería el que gobernaría en adelante el mundo, acabándose por tanto todos los grandes conflictos politicomilitares que habían venido marcando, desde siempre, el acontecer histórico. Pregonaba Fukuyama, por lo tanto, una pax neocon para siempre jamás.

Fukuyama se equivocó, hasta el punto que después ha abjurado de su fe en el capitalismo neoliberal y defiende otras causas. Pero en el fondo, muy en el fondo de sus tesis, quizá diera en el clavo.

Digo todo esto porque hoy me ha cristalizado en visión lo que yo, como muchísimos otros ciudadanos, vengo rumiando desde hace tiempo: un mundo tan extensa e intensamente comunicado por Internet como ya lo está, más todavía como va a estarlo en el próximo futuro, irreconocible como llegará a serlo desde este punto de vista comunicativo nada más que dentro de treinta años, ese mundo que llega con el cambio de época,


no necesitará a los políticos ni tampoco a buena parte de los aparatos de los estados modernos para funcionar.

Además, en un mundo así, tan intensamente comunicado y con la posibilidad de reaccionar con decisiones casi inmediatas y acciones rapidísimas a los acontecimientos que así lo precisen,

no serán necesarias las fronteras, no solo las físicas, sino tampoco las políticas, fiscales y económicas, entre los diferentes estados, y si no son necesarias esas fronteras, los estados, que no las naciones, podrán desaparecer.

De hecho, para las actividades financieras y comerciales, donde la globalización ha sido casi completa, estas fronteras, en buena parte, ya han desaparecido.

Por supuesto que yo, aunque en estos asuntos sea un perfecto don Nadie, no quiero caer en declaraciones utópicas, que no sirven para nada. Lo que quiero poner de manifiesto es que: 

1).- un mundo completamente unido es ya técnicamente posible.

2).- la mayoría de los pueblos del mundo están culturalmente preparados para aceptar dicha unión.

3).- estando los mayores obstáculos para conseguirla en los aparatos de los diferentes estados y en el resto de los poderes fácticos, es decir, en los que hoy día mandan en el mundo y tienen algo o mucho que perder con el cambio. Como siempre ha sido, por supuesto con toda lógica, porque estos aparatos también tienen la responsabilidad de que las cosas no se desmoñen irreversiblemente.

Yo creo que la solución de los problemas del mundo, y quiero significar que son los problemas que van a afectar de lleno a todos nuestros nietos, tiene que ir por este camino.

Naturalmente, estas cosas no pueden resolverse de un golpe de buena voluntad, tampoco mediante una revolución. Deberá ser un proceso progresivo, en el que las diferentes grandes áreas del mundo se conformen como confederaciones de estados, que ya van existiendo en muchas. Y en el que la gobernación de los estados se caracterice por una transparencia creciente, que vaya eliminando la corrupción y los abusos.

Termino ya. Yo creo que hoy, en la política del largo plazo, solo puede haber un objetivo compartido por todos los pueblos del mundo:

vivir de verdad en un solo mundo, cuyos habitantes humanos no sobrepasen los tres mil millones (algo menos de la mitad de los actuales) donde toda la biosfera, no solo los humanos, pueda aspirar a la erradicación total del sufrimiento.

Y creo que eso es ya técnicamente posible, sin necesidad de que haya víctimas, ni siquiera gente que salga claramente perjudicada de este proceso.

Siendo pues un asunto técnicamente posible, la gran batalla pendiente es una batalla cultural. Ganarla o perderla está en manos de los que hoy son todavía jóvenes. A mí me parece que ellos lo tienen claro, solo tienen que ponerse en marcha, pacíficamente, coordinados, con optimismo y tesón.

¿Necesitan un Marx que sea capaz de encuadrarlos ideológicamente? Yo creo que no, que lo que necesitan son unos cuantos o muchos o muchísimos Ghandis y la noviolencia como arma letal. O quién sabe, quizá la Segunda Venida. Cosas así.


domingo, 14 de diciembre de 2014

De traucos, vientos y nieblas

Mi amigo campesino y yo hemos iniciado las faenas para asar un cordero. Quiero decir que él las ha iniciado y yo procuro ayudar lo más y estorbar lo menos posible. Ya ha dispuesto todo lo necesario, ha encendido el carbón y ha ensartado el cordero simétricamente, dividido en seis grandes trozos, espaldas en el centro, luego las piernas y finalmente los costillares, en la larga barra de asar, a la que mi amigo ha empezado a dar vueltas. Yo voy por dos cervezas y allí nos vemos sentados frente a las brasas en una tarde fría de viento Sur, resguardados por la sombra eólica que la cabaña nos da. Se está bien allí, al calorcito del fuego, y además el entorno es el adecuado para la reflexión.

Le pregunto a mí amigo si cree en el Trauco, la Pincoya y esas criaturas mitológicas de Chiloé. Lo hago de sopetón porque tengo confianza con él. Piensa un momento en lo que va a decir.

“En la Pincoya no creo, nunca la he visto”, me dice, “pero en el Trauco sí”. Y me explica por qué.

Hace bastantes años, eran tres compañeros muy jóvenes, trabajaban en un campo todavía muy lejano y solitario, entre Copiamó y Puchilcán, al Sur de Ancud. En un descanso fueron a pescar a un río cercano, la orilla frente a ellos era bosque cerrado. Echaron sus sedales y esperando estaban cuando de pronto las frondas del bosque que tenían delante empezaron a agitarse como si se hubiera formado un pequeño remolino que iba creciendo más y más. La agitación llegó a ser muy violenta y empezó a desplazarse hacia la derecha, siempre por la orilla de enfrente y desde dentro del bosque, como si algo muy poderoso estuviera caminando por allí. Y hacia la derecha se perdió, no sin que antes un grupo de cuatro o cinco queltehues echara a volar chillando desde la dirección en que la extraña ventolera había desaparecido.

Aquel viento inexplicable y tan local en un día tranquilo solo podía haberlo producido una criatura no humana, que para mi amigo y sus compañeros tenía que ser el Trauco, es decir, el espíritu del bosque. De aquí que él crea en su existencia.

La historia es interesante. No cabe duda de que algo de naturaleza desconocida, no humana, se movió en el bosque aquel día. Lo vieron tres personas y mi amigo no es hombre de engaños ni bromas. La adscripción al Trauco de esos movimientos ya es más gratuita, pero si no se hace el fenómeno queda totalmente sin explicar.

Digamos entonces que, en términos más generales, la creencia en un espíritu del bosque es como mínimo un mecanismo para encontrarle una causa a fenómenos totalmente inexplicables con los conocimientos del momento.

Una descripción parecida me hizo la hermana de mi amigo Nelson Ampuero en otra entrada de este blog (“Un trauco emerge del bosque”, 6 junio 2013). Aquí la extraña ventolera se forma en el momento que el Trauco vuelve a entrar en el bosque.

Se puede concluir que en el interior de los grandes bosques de Chiloé  pueden darse fenómenos para las cuales, dadas sus dimensiones muy localizadas, los científicos no hayan encontrado todavía ninguna explicación. Y lo que alguien con espíritu científico no puede afirmar es que los científicos vayan a encontrarle siempre una explicación a los fenómenos de los que son testigos los campesinos que frecuentan el bosque. Es decir, el bosque, como muchos otros ecosistemas lejanos y mal conocidos es un ámbito de misterio al que, como hacen esos campesinos, debemos tratar con respeto.

Como contraposición a lo escrito, contaré algo que asustó a una científica y que sin embargo me parece a mí que sí tiene una explicación científica. Ocurrió en Chiloé, a varios cientos de metros de donde yo vivo. Una bióloga marina norteamericana pasa unos días de visita en una estación experimental de estudio de las ballenas azules. Es fumadora empedernida, así que una noche, nada más cenar, sale con otra compañera fuera de la cabaña donde estos científicos residen para fumarse un cigarrillo. Oscuridad casi absoluta iluminada por una débil Luna. De pronto, una sombra gris se hace visible junto a ella, le da una pasada rapidísima por delante y desaparece en la noche. El susto es grande, y para aquellas científicas el fenómeno no tiene explicación. Como no creen en los fantasmas no se lo adscriben a estos, pero ahí queda el misterio.

El caso es que a mí me han pasado cosas parecidas en la terraza de mi cabaña, y puedo asegurar que el respingo que pega uno ante la aparición del fantasma es bien grande. Pero tengo una explicación científica:

1).- La costa lo es de barrancos muy altos (unos 100 ms) y abruptos, con cañones irregulares que inducen turbulencias en el viento que procede del mar.

2).- La humedad ambiental es muy alta, muchas noches se forman nieblas espesas y casi siempre esa humedad/temperatura está muy cerca del límite en que el aire saturado de agua condensa en niebla.

3).- Puede suceder que una ráfaga veloz de viento llegue a un punto más frío o se encuentre con otra ráfaga más fría y se forme instantáneamente una condensación del tamaño de un fantasma (más o menos el humano) que pase veloz de largo llevada por el viento.

El problema es que este fenómeno, tal como lo siente el que lo vive, es muy difícil de reproducir experimentalmente. Una hipótesis científica razonable, como la que yo hago, puede dar una explicación. Pero no es más que eso, una hipótesis.

¿Y si además existen de verdad los fantasmas?


Ahí lo dejo.

Una vista desde la terraza de mi cabaña, aunque de día. El viento marino del SW, al ascender por el barranco de Pumillahue, condensa en niebla.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Escuchar el silencio

He llorado de frío una vez en mi vida. Fue en 1981 y en el borde del Sahara, viajando en la caja de un enorme camión de transporte de mineral de Uranio entre Agadez, una ciudad todavía sahariana y Niamey, la capital de la República del Níger. Parte del viaje se hizo de día, parte de noche, siempre por un camino infernal, en el que aquella caja de camión botaba y rebotaba y nosotros con ella, conducida por un chofer que desconocía absolutamente la piedad. Íbamos allí tres españoles con un joven tuareg, que se bajó en ninguna parte donde también se subieron tres campesinos songhay con un enorme chivo, al que tuvieron que amarrar a los dos costados de la caja de aquel camión para que no se destrozara.
Cuando se hizo de noche el viento que hacía el camión a la velocidad endiablada a que lo llevaba su diabólico chófer metía en aquella caja un viento implacablemente frío que nos calaba y nos calaba y nos calaba hasta que nos llegó a los mismísimos huesos. Ya no había donde refugiar la dignidad. Invadido por el frío, yo me harté de llorar, sin que ninguno de mis compañeros se enterara. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dar cabezazos de desesperación contra los hierros de aquella caja? No. Llorar fue poner en marcha una emoción que me consolaba, y así soporté el viaje.


Sirva todo esto para poner de manifiesto la diferencia que hay entre una sensación, el frío, y un sentimiento, el llanto desesperado.



Si en lo térmico la sensación mas penosa que uno puede tener, al menos en mi experiencia , es el frío, en lo sónico es el silencio. Es tan terrible, da tanto miedo a unos humanos que somos animales sociales, como la oscuridad en lo óptico.Una prueba de ello es el papel que juega la televisión entre muchos ciudadanos. Está permanentemente encendida en muchos hogares, sin que nadie la vea ni la escuche, como puede estar encendida una estufa. Simplemente para armar un ruido que rompa el horripilante silencio.

Por supuesto que el silencio tiene, como el frío o la oscuridad, las dos caras de Heráclito. Lo mismo que hay un silencio que aterroriza hay otro que tranquiliza, pacificando el ánimo.


En el caso del silencio, no en el del frío, hay además un misterioso factor selectivo. Más allá del silencio existe una multitud de silencios específicos que somos capaces de diferenciar y detectar.Imaginaros que si vivís en el campo amanece un día en el que no cantan los pájaros o no ruge el mar o no murmulla el viento. Enseguida lo notamos, es decir, notamos la falta del sonido amado.



Pues lo mismo pasa en el mundo de los afectos, de las personas que queremos.  Si nos faltan, y porque las queríamos,  seguimos escuchando su silencio.



Ese es el sentimiento que tengo yo hoy. No solamente hoy, todos los días, pero mis hijos me han recordado que hoy sería el cumpleaños de Margarita. Yo nunca he sido capaz de recordar los cumpleaños. Pero hoy, lo mismo que ayer y que mañana, escucho el silencio de aquella Margarita con la que hablaba todos los días estuviera donde estuviese.



Y ser capaz de seguir escuchando su silencio, de alguna forma extraña pero que me parece fácil de entender, sigue dándome su compañía.


viernes, 12 de diciembre de 2014

Para los amantes de las gaviotas

Esta tarde me di un paseo hasta la colonia de gaviotas. Soplaba un Sur fresco, pero cerca ya de la puesta del Sol la luz era hermosísima. Saqué muchas fotos de gaviotas y selecciono aquí algunas para sus amantes, que son muchos y todos románticos.  También incluyo otras huellas de Chiloé.

No hay ave por aquí que vuele con la elegancia de la gaviota. Ni que lo haga tan bien
en todas las variantes del vuelo, contra todos los vientos, en cualquier circunstancia.
Para mí más que volar navega en el viento. Tiene toda la belleza de un barco de vela.


En cualquier posición de vuelo, ante cualquier viento, planee o aletee con fuerza o ciña
ese viento como un velero, el equilibrio de la gaviota es técnicamente perfecto y además bello.

Esta gaviota parece que va volando en formación con los cuatro cormoranes de abajo,
como en una parada militar los aviones de combate. Pero su agrupamiento es casual.
Sin embargo, aquí se ve bien lo distintos que son sus vuelos. El cormorán carece de
imaginación volando. La gaviota es puro arte. Ahora bien, la gracia del
cormorán está en la zambullida y el buceo.



Dos representantes esenciales de Chiloé, el buey joven y el bosque joven o renoval.
En el buey joven impresiona la fortaleza de su cuello y sus hombros; entristece un poco su mirada mansa, pero así es la vida.
En el renoval impresiona el vigor de su crecimiento. No hay bosques en el mundo que crezcan más deprisa que los de Chiloé, por la conjunción de temperatura, humedad y luz, tan favorable aquí para el crecimiento de los árboles. El renoval muestra la alegría vigorosa de un niño; el bosque viejo o nativo es otra cosa, impresiona por su grandeza, que hay que apreciarla desde dentro.

Y para terminar una vista romántica, de esas que hay que contemplar con un buen chaleco que te proteja del viento del Sur y cogido de la mano con el amor de tu vida. La isla de Metalqui al fondo, donde pronto empezarán a acudir los lobos para su fiesta anual. Pero sobre todo, el mar frío y la línea de nubes iluminadas por el Sol. En medio de la foto un peñasco al que llaman la Torta y que tiene la altura de una casa de tres pisos.