domingo, 16 de noviembre de 2014

De hadas y ángeles


¿Existen las hadas más allá de los cuentos que todavía leen algunos niños?

Yo creo que sí.

Con una matización: para mí las hadas no son esos bellísimos personajes del mundo animista que te encuentras en la orilla de arroyos escondidos o en el fondo de lagunas profundas y misteriosas, ellas mismas encerradas en bosques casi inaccesibles. Tampoco son esas bellísimas ninfas que se te aparecen con una varita mágica para sanarte de esos problemas que no te permiten sentirte feliz.

No.

Las hadas son, paran mí, algo así como ángeles que toman posesión de personas de carne y hueso por unos instantes, los suficientes para que tú seas consciente de su presencia. Esas personas poseídas brillan ante ti por un tiempo muy pequeño, casi el de un relámpago, lo suficiente para que tú te des cuenta de que el Espíritu, ese que mueve y da vida al universo entero, también está aquí, ante ti.

Estos ángeles que pueden parecerte hadas ruedan por las calles, se esconden detrás de las esquinas, se encienden cada noche con las luces de la ciudad, murmuran con el viento y las olas del mar, vuelan con las gaviotas, cantan con las frondas de los árboles y con las aguas tumultuosas de los manantiales que caen hacia al mar. Se meten sin que nadie se dé cuenta y así pueda evitarlo en una sonrisa, un apretón de manos, un beso apresurado, una mirada, un tropiezo, una pregunta.

Simplemente están ahí, siempre están ahí y a veces tienen la generosidad de permitirte que tú los veas.

Para que no pierdas tu confianza en la vida, para que no desfallezcas.


Eso es sencillamente todo lo que yo quería decir.

jueves, 13 de noviembre de 2014

El boxeador

Hay momentos en la vida en los que te corroe el sentimiento de culpa. Te miras en el espejo del alma y te dices a ti mismo: “Te crees el mejor de todos y eres un canalla”. Bueno, no te lo dices así, no tienes el valor necesario para hacerlo, pero en el fondo de tu conversación contigo mismo late esa conclusión terrible.

Combate de boxeo
Ese sentimiento de culpa ha brotado de pronto, te ha cogido por sorpresa, a traición, no estabas en guardia y no has tenido tiempo de hacer nada para disimulártelo. Ahora te sientes noqueado como un boxeador, solo piensas, si es que puedes pensar algo entre las nieblas de tu estupor, en cómo vas a plantear el próximo round.

Y cuando ese árbitro misterioso que no tiene rostro toca el gong para empezar de nuevo, tú te levantas vacilante, dando claramente la sensación de que no sabes qué hacer con tu cuerpo, ni con tu alma.

Al fin, cuando ya tu contrincante, que sorprendentemente tiene tu mismo aspecto, se te echa encima dispuesto a darte el gancho que te mande al K.O., reaccionas. Empiezas a mover los pies y pones los puños en guardia, cubriendo tu cara.

“Soy un canalla, sí”, te dices entre dientes, “pero tengo que seguir luchando”.


Y de esa decisión te sube hacia lo mejor que tienes, si es que te queda algo, la convicción de que todavía puedes, siquiera sea por puntos, ganar ese combate contra ti mismo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

¡VAYA PANORAMA!


Estoy apenado por la constatación de que los científicos asumen ya como imparable el cambio climático. Sigo la revista Science desde hace años. De una profusión de artículos acerca de si hay o no cambio climático, se ha pasado a un número creciente de los que se limitan a analizar y evaluar las consecuencias de un cambio climático que se da ya por descontado.  Debe ser duro para ellos, porque nadie ha luchado tanto como la comunidad científica por avisar del peligro. Pero ni los políticos ni la sociedad en su conjunto les hacen caso. También lamento la frustración de la ONU, única organización global que ha batallado con persistencia por mostrar la realidad del cambio climático y promover una actitud más proactiva contra él por parte de las grandes fuerzas globales. Las declaraciones recientes del secretario general Ban Ke Moon a la prensa mundial  expresan desesperadamente esta frustración.

Por que no les hacen caso? Fundamentalmente porque no pueden. El sistema económico y técnico global funciona ya con tal independencia y a tal ritmo que no existe una autoridad capaz de regularlo y reducir su velocidad. Ni siquiera existe entre los poderes financieros globales, ni a nivel de las más grandes potencias, ni hay cerebros en ninguna parte capaces de proponer una solución realizable.Esto es sencillamente terrible, como aquel viejo thriller de Hollywood en que un tren corre sin frenos por una inmensa cuesta abajo y no hay nadie en el tren que tenga una solución para detenerlo.

El desánimo es tan grande que ninguno de los poderes mundiales, ya sean estos políticos, financieros, militares, intelectuales o morales se atreve a reconocer que esta es la situación.

Todos tienen, eso  hay que aceptarlo, una excusa fácil para la inacción. Que así como se sabe que un cambio climático irreversible es ya inevitable, y que este cambio tendrá consecuencias geológicas y biológicas de enorme alcance, también se piensa sin decirlo que la humanidad se adaptará a él. Que los que más lo sufrirán será la naturaleza vegetal y animal, después los países del cinturón mas pobre del mundo, el situado entre los Trópicos, y por últimos los países más ricos y técnicamente avanzados, que son los de latitudes medias. Porque además los que más recursos tienen para defenderse de las consecuencias del cambio climático son estos últimos.

Nos encontramos entonces ante una extraña paradoja: en lo que se refiere a las finanzas, la técnica, el comercio, la información y las comunicaciones, el mundo está globalizado, si. Pero la solidaridad entre todos los humanos y de estos con el resto de la biosfera no está globalizada. Reaccionaremos ante los problemas insolubles al grito de "sálvese quien pueda" y podrán mas, en principio, los más poderosos. 


¡Vaya panorama!

martes, 4 de noviembre de 2014

Reencuentro

Mis amigos tiuques han tardado muchos días en venir. Pero no es porque ellos me hayan olvidado, sino porque yo los había abandonado.

Llevo ya casi dos semanas en Duhatao. Los primeros días fueron muy lluviosos, atemporalados, y nadie, ni ellos ni yo, asomaba la cabeza desde su refugio. Luego el tiempo ha mejorado y he empezado a verlos de lejos, merodeando en otras pampas.

Anteayer vinieron por la tarde dos muy cerca de mi cabaña. Yo estaba fuera, regando unos mañíos recién plantados. Subí corriendo a la terraza con unos trozos de pan que dejé allí, pero no los quisieron, se limitaron a observarme. 

Hoy a las 8 de la mañana, hace unos minutos, ha vuelto uno de ellos. Posado en el barandal de la terraza, casi encima de la ventana de mi estudio, ha empezado a graznarme como lo hacen los tiuques. Otra vez he corrido por unos pedazos de pan y cuando he salido a la terraza él no se ha movido de allí, a pocos metros de mí. Luego ha volado a unos árboles cercanos, desde donde ha seguido observando cómo yo le dejaba el pan y lo miraba.

Ahora se ha ido, una vez más sin tocar el pan. ¿Volverá? Espero que sí. Sin duda desconfía de mí.

¡Acaba de volver! Posado otra vez en un árbol cercano, se limita a graznar y observar.

Aunque pueda parecer ridículo, no puedo evitar la evocación de los primeros encuentros del Homo sapiens paleolítico con el lobo,  la cabra o el búfalo salvajes. Las primeras domesticaciones, esa alianza tantas veces traicionada por los humanos.

Hoy dice la prensa que en los últimos 30 años ha desaparecido de Europa la cuarta parte de las aves salvajes. Culpable principal: las modernas prácticas agrícolas, los pesticidas que destruyen insectos de los que las aves se alimentan.

Y de pronto...¡buuum!, siento un choque seco, toda la cabaña vibra, como si un camión gigantesco hubiera colisionado con ella. Claro que aquí no hay camiones gigantescos, solo tiuques y gente menuda así. Salgo corriendo, le doy la vuelta a la cabaña, todo en orden. Subo de nuevo a mi estudio y conecto mi radio de pilas. Están anunciando que acaba de tener lugar (8:30 AM) en la región de los Lagos (la mía) un terremoto de grado 4 en la escala Mercalli, sin consecuencias de momento.

La majestad de la naturaleza. La fuerza de lo telúrico. El lamento de las placas tectónicas. Chile. Nuestra pequeñez.

Y hace muy pocos minutos, mientras escribía las últimas líneas, mi tiuque ha vuelto y se ha llevado el pan. 

La vida sigue. ¡Viva la vida!



Foto tomada el 8 Noviembre. Mi relación con mis amigos tiuques se va estrechando. Ya hasta me permiten fotografiarlos de cerca. Diría que hasta posan conscientemente para salir lo mejor posible en la foto.



domingo, 2 de noviembre de 2014

¿Nos hemos vuelto locos en España?

La permanente mêlée española. Aquí entre regionalistas
y caciques, en un  cartel electoral (presentación parcial)
de la II República
Desde la lejanía austral de Chiloé, leo la prensa española de hoy. Si bien es cierto que la prensa tiende siempre a dramatizar las noticias, no lo es menos que España parece en estos momentos absolutamente desmoñada.

La gente, el pueblo llano, está muy cabreada. Ese es el fondo de la cuestión, que los ciudadanos han perdido la fe y la esperanza en sus dirigentes políticos. Ven el futuro negro y piden de los que mandan más determinación. ¿Tan complicado de entender es esto? Yo me atrevería a puntualizar lo siguiente:

1).- El mayor escándalo de todos: que PP y PSOE, partidos mayoritarios y destinados a la gobernación alternante (eso que llevan siglos haciendo republicanos y demócratas en USA con bastante éxito político) de nuestro desgraciado país, no se han puesto de acuerdo para organizar de una vez un GOBIERNO DE CONCENTRACIÓN que afronte la crisis económica, ponga orden en las autonomías y en el sistema judicial y dibuje una estrategia a largo plazo en lo económico, lo demográfico y lo social  para esa vieja e ilustre nación que es España.
Muy al contrario, siguen tirándose chinitas y poniéndose palitos en las ruedas, siguen jugando al “a ver si te pillo, a ver si te cojo”, ajenos a la gravedad  de la situación.
El problema lo es de liderazgo. Nuestros políticos son buenos administradores, pero siguen teniendo, casi como en los tiempos de Larra, mentalidad de funcionarios. Y sí, los funcionarios son y seguirán siendo necesarios, pero un político no puede ser un funcionario.

2).- El segundo gran escándalo, la Justicia. Los jueces, faltos de medios que tampoco ellos han exigido con suficiente entusiasmo, han ido acumulando en instrucciones casi eternas procesos de corrupción que ahora tienen que materializarse en juicios y sentencias, todos de una vez. El sistema político puede romperse en pedazos, algo parecido a la explosión en masa de un polvorín pirotécnico, cuando los cohetes y las bengalas deben irse explosionando poco a poco. Lo que puede pasar no habría pasado si estos procesos judiciales se hubieran ido resolviendo uno a uno con la necesaria celeridad. De todo esto, el sistema judicial tiene una parte importante de responsabilidad, que no puede descargar en los políticos, aunque estos tengan muchísima culpa.  Y es que los Jueces, o el Poder Judicial que los representa, tampoco pueden tener mentalidad de funcionarios. Aunque lo sean por oposición.

3).- El tercer gran escándalo, el marasmo autonómico. Cataluña ha sido abandonada a su suerte por los poderes del  Estado desde hace muchísimo tiempo. Madrid no puede quejarse ahora de lo que está pasando en Barcelona, tampoco puede seguir mirando para otro lado. Y el trato especial, preferente, dado por la Constitución a regiones como Navarra y el País Vasco tampoco puede sostenerse por mucho tiempo. Una reforma constitucional es necesaria, sí, y no debe asustar. Pero es imposible hacerla ahora. A un enfermo que sufre una grave infección no se le puede operar para implantarle una prótesis de cadera, primero hay que corregir la infección.

4).- En fin, lo que está pasando en España es en buena medida un reflejo de la profunda crisis de la Unión Europea. Alemania, después de la reunificación, ha querido mirar hacia el Este, cuidar preferentemente de su hinterland, quizá otra vez pensando en una Gran Alemania. Aunque en Ucrania el oso ruso le ha enseñado las garras y quizá le haya parado los pies. En todo caso, el giro de Alemania ha sido malo para Europa, porque una Unión Europea es inviable sin un entusiasta y sostenido apoyo alemán.

Todavía se está a tiempo de salvar la situación. Sobre todo porque los ciudadanos españoles no creen ya en el poder salvador de las revoluciones, quieren simplemente que las cosas se arreglen. Pero el tiempo, como todo en este mundo, tiene sus límites.

En fin, la cosa tiene sus aspectos grotescos, que invitan al humor. Un partido como Podemos, que hasta hace unas semanas clamaba (la verdad es que con bastante razón) contra la casta política, se ve ahora en las encuestas como el partido más votado. Pienso que pueden estar aterrorizados, porque Podemos estaba planteado, de momento, como un partido para “dar caña”, no para administrar al Estado. Pero así son los tiempos de desmadre o desmoñe.

Yo, a pesar de todo, me siento esperanzado. Creo que el desmoñe puede abrir muchos caminos de solución, y que la nación española, en la que incluyo a catalanes y vascos, es capaz de reaccionar positivamente. Pero necesita líderes, no solo uno, sino por lo menos una docena.

Ah! y los españoles no son un pueblo de corruptos. Hay un fuerte espíritu de familia, sí, donde está lo mejor y lo peor que tenemos, pero eso no es corrupción, sino individualismo. Y cuando el dinero corre a espuertas, como ha corrido en España en los últimos veinte años, venido de Europa, siempre hay gente que  pierde la cabeza. Aquí, en Sajonia y en Beluchistán. En todas partes.Lo que hace falta para prevenir los desmadres es más rigor en el Estado. Ese es un problema técnico, por lo tanto resoluble. Aprendamos.

sábado, 25 de octubre de 2014

Perdido en el camino de las Huachas (Chiloé)

Son mucho los caminos rurales que existen en Chiloé. Algunos de ellos son enlaces fundamentales para comarcas enteras, y su conservación suele ser excelente. Pero otros muchos solo sirven a grupos campesinos muy pequeños, a veces hasta nada más que dos o tres familias. Cuando llueve mucho, y eso es moneda corriente en Chiloé, estos caminos casi particulares sufren el embate de la naturaleza y muchas veces quedan inhabilitados por semanas. Se vuelven trampas peligrosas.

No digo esto por decirlo, sino porque anteayer mismo fui víctima de uno de esos caminos perversos. Pero debo añadir enseguida que por encima de mi desgracia está el conocimiento que, gracias a ella, tuve de la calidad humana de la gente de Chiloé. Y también mi relación con el barro chilote. Ahora creo que no se puede ser totalmente de aquí si no se ha empapado uno alguna vez de barro, untado de él por todas partes como si uno fuera un pan y el barro la manteca de la tierra. Eso hice yo ayer, sin haberlo deseado y finalmente a mucha honra.

Entro ya en mi historia. Tenía que ir desde Duhatao a Castro, la capital de la isla. En vez de seguir la ruta habitual, primero de Duhatao a Ancud por caminos en parte ripiados y en parte asfaltados, y luego de Ancud a Castro por la ruta 5, último tramo de la Panamericana que cruza el continente de Norte a Sur, decidí ahorrarme 25 kms cruzando de Duhatao a Chepu por el camino de las Huachas, un precioso camino rural que atraviesa un lindo paisaje de bosques y praderas. Después del temporal que había durado una semana, anteayer el día estaba radiante, luminoso, con lo que mi decisión parecía y era acertada.

A mitad de este camino caí en una trampa. He pasado muchas veces por aquí y el camino principal ha sido siempre inconfundible con los ramales derivados de él gracias a su aspecto, siempre más ancho y mejor ripiado. Hay un punto en el que del camino de las Huachas se desprende otro que lleva a Tehuaco Alto, una zona boscosa en la que viven muy pocas familias. Lo peligroso es que en esta desviación lo que aparenta serlo es el propio camino de las Huachas, que sufre un giro de 90º, mientras que el de Tehuaco Alto aparece como la prolongación sin curva alguna del de las Huachas. Lo que sucede ahora, y yo no lo sabía, es que las familias de Tehuaco Alto han empezado a mejorar su camino a partir del de las Huachas; lo han ensanchado y ripiado en el extremo más próximo a éste último, de modo que en el punto de intersección el que ahora parece camino principal es el de Tehuaco Alto. Y yo, que conducía mi camioneta, como suelo hacer muchas veces, pensando en otras cosas, disfrutando del paisaje, tratando de identificar a los árboles que veía, etc, caí en la trampa como puede caer una pobre mosca en la que le ofrece una planta carnívora. Me metí en el camino de Tehuaco Alto sin darme cuenta de lo que estaba haciendo.

En esta foto satelital (Google Earth) de la región a la que se refiere esta entrada, los bosques son de color verdioscuro y las praderas verdiclaro. El triángulo Duhatao-Puchilcan-Río Chepu es particularmente boscoso, quizá la zona más boscosa que persiste en el NE de Chiloé. El camino de las Huachas está representado en rojo, y el de Tehuaco Alto en amarillo.  En cuanto a los puntos numerados:
1.- Donde me equivoqué, dejando el camino de las Huachas por el de Tehuaco Alto.
2.- Donde empecé a tener problemas con el barro y finalmente se atascó sin remedio mi camioneta.
3.- La casa de don Alfonso Pérez.




Un encuentro, normal en la zona, de mi camioneta
con un grupo de vacas y terneros. Detrás va la
 vaquera, empujándolas. Hay que pararse y esperar
que pasen. Tienen, naturalmente, preferencia.

Quizá tenga que empezar explicando que incluso un camino como el de las Huachas tiene un carácter marcadísimamente rural. Los protagonistas de estos caminos, aquellos que marcan las reglas del juego, no son los automóviles, sino el ganado. Puedes encontrarte de frente, como me pasó a mí la mañana de los hechos y muestro en la foto, con un rebaño de vacas con sus ternerillos que ahora están naciendo, o una yunta de bueyes o un cerdo durmiendo la siesta o una pareja de campesinos a caballo de sendas yeguas cada una de las cuales lleva su potrillo trotando detrás. La primera regla de tráfico es, por lo tanto, respetar y evitar al ganado. La segunda, no toparte de frente con otra camioneta en un cambio de rasante, porque el camino es estrecho y todos tendemos a conducir por el centro. La tercera no correr, ir sin prisas, disfrutando de los mil detalles hermosos del paisaje... ¡pero, naturalmente, sin perder de vista el camino!


Dicho todo lo anterior, a poco de penetrar equivocadamente en el camino de Tehuaco Alto, empecé a sospechar que allí había algo raro. El ripio estaba sin apisonar, algunos trozos del camino parecían todavía muy crudos y esta crudeza aumentaba a medida que yo avanzaba. Los alrededores se veían demasiado solitarios, sin casas ni ganados, el bosque aumentaba a medida que íbamos subiendo. En un momento dado un árbol había caído sobre el camino y lo atravesaba, casi impidiendo el paso. Pensé que era una consecuencia de los últimos temporales, pero no se me ocurrió pensar también que si aquel camino tuviera una mínima circulación ya lo habrían quitado. Así que orillé el árbol como pude y seguí avanzando. 

Llegué a la cima del cerro y la soledad era total. Allí el camino estaba ya ensanchado con máquina, pero muchos de sus segmentos ni siquiera habían sido ripiados todavía. Había grandes charcos que suponían riesgos de atasque para mi camioneta. Fui superando unos cuantos con una determinación y un éxito que me sorprendieron. Mientras más obstáculos iba salvando más me convencía de que ya no podría volver atrás, así que yo seguía y seguía adelante, eso sí, cada vez más escamado. Hasta que llegué al charco que el destino había preparado para que mi camioneta, que se iba pareciendo más y más a un barco cubierto de fango, quedara definitivamente varada. El charco era bien largo, larguísimo. Paré la camioneta antes de entrar en él, dudando; pero cuando recordé todos los obstáculos que ya había dejado atrás, comprendí que no me quedaba otra que seguir. Así que me lancé. Superé con éxito algunos pozos de fango, pero irremisiblemente uno me atrapó y allí quedé.

Mi camioneta atascada en el barro sin remedio.
Las tablas bajo la rueda delantera derecha son
muestra de mi lucha titánica y fracasada por
vencer al barro.
Entonces pasé a la segunda fase de mi odisea. Bajé del coche, busqué piedras y empecé a meterlas bajo las ruedas para ayudar a éstas a salir del atasco. También unos tablones que encontré después. Tuve cierto éxito, llegando a avanzar unos veinte o treinta metros, de pozo en pozo. Al mismo tiempo, entre ir y venir por más piedras y tablas, agacharme para colocarlas, empujarlas, etc, fui tomando, inevitablemente, mi primer contacto con el barro chilote. Al principio ni me daba cuenta, tan convencido estaba todavía de que saldría de aquélla. Pero obstinado en mi lucha contra el barro, enrabietado a veces, convencido cada segundo un poco más de la inutilidad de mis esfuerzos, resbalando y cayendo algunas veces, hundiendo una u otra bota en verdaderos pozos de barros movedizos que podrían haberme tragado todo entero, me fui convirtiendo en un hombre rebozado en barro, solo el rostro, ni siquiera el pelo, quedó libre de él. Entonces me di por vencido, sin perder el honor pero derrotado, convencido ya de que el barro podía más que yo. Mi camioneta quedó como puede verse en la foto.

Y yo pasé a la tercera fase, la de los encuentros. Me dispuse a buscar alguien que me echara una mano e inicié mi marcha cuesta abajo. A mi alrededor había sobre todo bosque, y no encontré  la primera casa hasta que estuve ya a un kilómetro de donde había quedado mi camioneta. Nada más empezar a acercarme, vi en un corral una hermosa pareja de bueyes y me sentí salvado. Pero cuando llegué a la casa, di varios veces los buenos días a gritos, me acerqué y llamé a la puerta, sin tener ninguna respuesta, comprendí que no había nadie.

Seguí mi camino cuesta abajo y 700 metros más allá encontré otra casa. Nada más gritar los buenos días salió un señor, que resultó ser don Alfonso Pérez. Con este encuentro comenzó la cuarta y definitiva fase, en la que no solo se resolvieron mis problemas sino que aprendí varias cosas valiosas sobre Chiloé y su gente.

Lo primero que me sorprendió de don Alfonso fue que él no se sorprendiera de mi presencia. Sabía, en efecto, desde que me vio aparecer que yo era un turista atrapado en el barro del cerro, porque mi caso no era el primero. Luego me contó de una familia italiana, también de un gringo con su gente que se presentó pidiendo ayuda a las diez de la noche. Probablemente mi caso tampoco sería el último, porque el camino de Tehuaco Alto tardaría todavía tiempo en estar habilitado. 

Yo, por el esfuerzo realizado en mi lucha titánica contra el barro y por las consecuentes descargas de adrenalina, estaba sediento, tenía la boca hiperseca, tanto que me costaba trabajo hablar. Así que lo primero que le dije a don Alfonso fue que necesitaba un vaso de agua. Él entró en su cocina y volvió con un maravilloso vaso de chicha fabricada por el mismo con las manzanas de su huerta. Estaba deliciosa, no solo me quitó la sed sino que me devolvió el habla y la vida.

Lo seguí hasta la zona de trabajo de la granja donde estaban sus dos hijos y la señora Sandra, su esposa. Los muchachos, altos y fuertes, quizá mellizos, de entre veinte y treinta años, uncieron la yunta de bueyes y cogiendo la cadena para el remolque partieron hacia donde había quedado la camioneta. Don Alfonso y doña Sandra volvieron conmigo hacia la casa y entramos en la amplia cocina chilota. Allí don Alfonso me sirvió otro vaso de chicha y empezamos a hablar mientras doña Sandra, silenciosa y amable, me preparaba un par de huevos fritos, esos huevos incomparables de las gallinas de campo chilotas que se alimentan de gusanitos y semillas rebuscados por ellas mismas, y un plato de macarrones con carne, más un delicioso pan hecho por ella y un café. Yo, mientras comía con ganas, les iba contando un poco mi vida, la chicha había lubricado mi garganta y devuelto mi voz y mis ganas de hablar. Don Alfonso me contó la suya, muestra típica de la de otros muchos chilotes. Cuando se hizo un hombre partió para trabajar en la Patagonia argentina. Muchos años después volvió con plata suficiente para comprarse la propiedad que es su hogar y en la que llevan viviendo treinta años. Allí criaron a sus dos hijos, que estudiaron pero cuando se hicieron hombres quisieron volver al campo con sus padres. Eso era todo. Vivían felices allí, en medio de aquellas soledades. Don Alfonso sabía que cuando el camino de Tehuaco Alto, que llegaría hasta Coipomó, estuviera terminado, aquella zona se poblaría mucho más. "Es ley de vida", me dijo, "comprarán tierras por aquí, la mayoría de los que llegarán será gente buena, pero también algunos no lo serán tanto, y eso no se podrá evitar". Que ellos eran felices allí se veía en muchos detalles. La entrada hacia la casa desde el camino estaba adornada con una hilera de mañíos perfectamente podados, frente a la cocina había un pequeño jardín, con dos precios rododendros repletos de flores, incluso en la zona de trabajo de la granja lucia una hortensia de grandes flores blancas.

Desde el primer momento hubo empatía entre don Alfonso y yo. Llegó un momento en que me atreví a preguntarle por el Trauco. Él se rió y me dijo que no creía en esas cosas. Yo le dije que la mitología chilota me merecía un gran respeto, que para mí el Trauco no era un enanito grotesco, sino el espíritu del bosque. Quizá esto lo animara, porque empezó a contarme que los viejos, su padre y su abuelo, se tomaban muy en serio esas cosas. Le hablé entonces de la caca del Trauco, que la había yo visto y fotografiado cerca de mi casa, y que yo creía que en realidad era un hongo.También le conté que cuando le enseñé las fotos a mi amiga la Sra Marta, reconoció enseguida la caca del Trauco y me dijo que debía ir con dos machetes cruzados y con uno de ellos destruir la caca haciéndole una cruz.  Entonces se animó y me contó una de esas historias preciosas que cuentan los chilotes cuando les das espacio y respeto para que lo hagan. Me dijo que en la zona de trabajo de su granja, donde las cuadras y galpones, aparecían con cierta frecuencia cacas de Trauco. Y que ellos, siguiendo la tradición de sus mayores, lo que hacían era quemarlas. Enseguida me contó que hace ya años aparecieron un día dos cacas de Trauco juntas y que en el momento de terminar de quemar una de ellas, se oyó salir del bosque el llanto de una guagüita (un bebé). Siendo imposible que dentro de aquel bosque, alejados como estaban de cualquier otra familia, pudiera haber un bebé, lo único que cabe después de escuchar algo así es el silencio, en mi caso un silencio maravillado. Y callados nos quedamos.

Enseguida partimos, "porque los muchachos tienen que haber llegado ya a la camioneta", dijo don Alfonso. Empezamos a subir los 1.700 metros de cuesta al paso vivo marcado por él. Yo, después de meses de vida sedentaria y de mi lucha contra el barro, no podía con mi cuerpo. Así que le pregunté a don Alfonso cuántos años tenía. "Sesentaycuatro", me contestó". Le dije que yo tenia setentaycuatro y sin más explicaciones le di la llave de la camioneta. "Ande usted y abran la camioneta para sacarla del barro, que yo le sigo".

Eso hicimos. Cuando llegué arriba ya habían sacado la camioneta del barro, pero todavía tenían la yunta de bueyes unida a la camioneta con la cadena de remolque, porque más abajo quedaba otro charco peligroso que pasar.

La familia Pérez,  con su yunta de bueyes, salvando a mi camioneta del barro. Uno de los hijos, el más próximo,
actúa como boyero. El otro, atrás del todo, conducirá la camioneta para ayudar a los bueyes a sacarla del barro.
Don Alfonso, en medio, coordinando la operación.
Ya en la camioneta, llevé a don Alfonso hasta su casa. Habíamos superado todos los peligros del camino y él me indicó una desviación algo más adelante por la que volvería seguro al camino de las Huachas. Le pregunté si le debía algo. Me dijo que no. Le insistí, le pedí que me aceptara siquiera diez lucas (10.000 pesos chilenos, escasamente 15 euros) para que los muchachos pudieran beberse unas cervezas cuando bajaran al pueblo.  Me contestó simplemente, "Nunca le he cobrado nada a ningún turista que me haya pedido ayuda. A usted tampoco". Así que no me quedó otra que estrecharle la mano con fuerza y darle las gracias.


Realizado el salvamento de la camioneta, los bueyes vuelven
despacio, pareciera que pensativos, a la tranquilidad de su
corral.
Quiero terminar esta larga historia con algunos comentarios acerca de lo que yo he aprendido.


1).- En Chiloé llueve mucho, pero precisamente por eso, cuando el terreno está en pendiente el paso sobre él de siglos y siglos de lluvias le ha hecho que drene bien. Por eso, andando por el campo no es fácil tropezarse con el barro, que sin embargo lo acecha a uno en los caminos. Basta con que un tramo no esté ripiado y sea llano (y los caminos suelen hacerse con tantos tramos llanos como posible) y con que el terreno sea arcilloso para que se formen grandes charcos que no drenan. Con muchos días de lluvia sobre ella, la arcilla de estos tramos termina empapándose de agua y convirtiéndose en un barro blando y a la vez tenaz, muy parecido a las arenas movedizas de las viejas películas del Oeste (que no eran arenas, sino arcillas), en el que si metes por inadvertencia el pie te hundes hasta la rodilla o el muslo, y en el que tu camioneta, por mucha tracción 4x4 que tenga, puede quedar atrapada. La mejor solución para sacarla de esa trampa es una yunta de bueyes con una cadena. La mejor prevención es ripiar el camino, que consiste en apisonar sobre él con maquinas una masa de grava, que drena bien el agua de lluvia, mezclada con algo de arcilla, que la cementa; esto solo se hace con los caminos principales.
Si eres un campesino chilote tienes forzosamente que usar los caminos de allí, y si los usas, antes o después, en camioneta o a pie, conduciendo ganado o bajándote de un autobús averiado, te tropezarás con el barro chilote y correrás un gran riesgo de ponerte de barro hasta las cejas. 
Por eso yo, que así me puse, me  considero ahora algo más chilote que antes. Y me siento orgulloso de este avance.  

Don Alfonso Pérez, todo un caballero
chilote. Uno más de entre muchos que
hay.
2).- Don Alfonso es un buen representante de Chiloé y su cultura, que lo es de campesinos autosuficientes en una tierra naturalmente boscosa. Al ser autosuficientes (les basta con la leña y la madera de sus bosques, la papa de sus labranzas, las algas y mariscos comestibles de sus playas, la carne y la lana de sus ovejas, la leche de sus vacas, la fuerza de sus bueyes, la rapidez de sus caballos, les basta con todo esto que ya tienen para cubrir sus necesidades básicas) tienen un déficit permanente de la plata (el dinero) necesaria para comprar enseres domésticos, la atención médica, los complementos alimenticios básicos como la harina, el azúcar, el café, el mate, etc. Esta plata la han venido consiguiendo durante años por emigración a la Patagonia argentina y chilena, para trabajar en explotaciones petrolíferas y grandes haciendas de ganado ovino. Emigraban solo los varones, y las hembras quedaban cuidando la casa y la tierra.  Hoy la sociedad rural chilota se va convirtiendo al consumismo, gracias principalmente a la televisión satelital que llega mediante antenas parabólicas al rincón más apartado. También hay fuentes de plata locales, siendo importante el trabajo asalariado en la industria salmonera y mejillonera, que han tenido una implantación espectacular en Chiloé.


3).- En la cultura genuina de Chiloé hay componentes ancestrales que tienen gran fuerza y un enorme interés cultural. Están presentes en la mayoría de los campesinos, incluso en personas como don Alfonso que ha vivido muchos años fuera de Chiloé,  tiene en su granja una tecnología avanzada (usa cercas eléctricas para controlar su ganado, practica el ordeño mecánico, etc) y  manifiesta un nivel cultural y de conocimientos alto. Este fondo ancestral lo es mitológico y muy rico en personajes. Tiene sin duda un origen religioso animista, ligado al chamanismo practicado durante muchos siglos por sus pobladores originarios williches, todavía presente hoy día en las sanadoras machis. 
Este chamanismo ancestral de Chiloé se ha mantenido vivo allí gracias a la enorme fuerza de la naturaleza chilota, en particular de sus bosques inmensos y misteriosos, también de sus mares. Uno lo percibe y lo vive allí con emoción. Cuanto te sumerges en un bosque nativo de Chiloé, uno que lo sea de verdad, jamás tocado por el hombre y sus herramientas, te sientes impresionado, como si estuvieras en un misterioso templo de la naturaleza. Y experimentas dentro de ti la llamada del espíritu del bosque.
Esto lo vives en Chiloé todos los días, lo percibes en mil detalles si eres suficientemente observador. Yo lo describo aquí en mis diálogos con don Alfonso sobre el Trauco. Pero lo he experimentado con casi todos los campesinos chilotes con los que he podido tener un contacto humano. Recuerdo un hombre que conocí cerca de Queilen, al Sur de Chiloé. Era fiscal de la iglesia de su pueblo (una interesante figura religiosa que dejaron hace siglos los misioneros jesuitas y que todavía pervive) y había estado, como don Alfonso, muchos años en la Patagonia argentina. Yo estuve con él solo unas horas. Un par de años antes había tenido lugar la tremenda erupción del volcán Chaiten, en la costa continental, justo frente a Chiloé, y cuando yo conocí a este hombre todavía emanaba del volcán una poderosa fumarola, visible desde Chiloé en lo alto del cielo. Hablando de todo un poco, este hombre se me expresó más o menos así: "La explosión del Chaitén... eso ha sido una seria advertencia que nos ha hecho la Madre Tierra, harta ya de todos los estropicios que le estamos haciendo nosotros a ella".
Esta visión de la Tierra y la Naturaleza como algo nunca completamente explicable, y por eso sagrado, que está en el fondo de la más primitiva de las religiones, el animismo, a mí me conmueve profundamente. Porque me hace ver que los seres humanos, siendo los únicos animales capaces de concebir y comprender símbolos abstractos, desde donde desarrollar lenguajes y culturas, tenemos también un componente espiritual innato, probablemente único entre todos los animales, que nos hace aprehender y vivir lo sagrado.
Por eso, y lo digo sin ironía, con profundo respeto para los ateos que lo son por honrada convicción,  la simple indiferencia tan generalizada hoy día hacia lo espiritual y lo religioso, me parece un ejemplo más de evolución regresiva: lo mismo que los Homo sapiens perdimos el pelo del cuerpo, las garras, la agudeza de los sentidos y posiblemente algunas capacidades parapsicológicas, también estamos perdiendo, a lo largo de nuestro camino evolutivo,  la capacidad de relacionarnos con los trascendente (lo que va más allá de las apariencias racionales) y de experimentar lo sagrado. A mí esto me parece una maquinización de lo humano y, por lo tanto, una desgracia. Por eso admiro a la gente que todavía se atreve a respetar al Trauco.


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P.S. 

El triángulo boscoso entre Duhatao, Puchilcan y Chepu es sin duda una tierra de contactos con el Trauco, quizá porque lo es de interacción entre el bosque nativo y una presencia humana creciente. En mi blog hay otras tres historias que hablan del Trauco en esta zona:
8 Marzo 2011.- El Trauco o Roende. Sus andanzas.
6 Junio 2013.- Un Trauco emerge del bosque.
10 Febrero 2014.- La caca del Trauco y otras sorpresas.




viernes, 24 de octubre de 2014

Naturaleza chilota

Llegué el 18de octubre de 2014  a Duhatao pero hemos tenido un temporal muy fuerte y hasta el miércoles 22 por la tarde no he podido dar mi primer paseo. Lucía un Sol suave y la naturaleza entera estaba exultante, como sucede siempre después de una tempestad.


La primera sorpresa agradable me la dieron los ciruelillos que planté hace dos años, que están reventones de flores. En estos días de transición entre invierno y primavera, el ciruelillo es el único árbol que está en plena floración en Chiloé (pronto lo hará también el ulmo). Sus hermosas flores de un rojo anaranjado contrastan con el verde oscuro de las hojas, dotando al conjunto de una gran belleza. Los ciruelillos quizá sean aquí la primera oportunidad para los picaflores de alimentarse de néctar, y no de los insectos que los nutren en invierno. Pero en Duhatao los picaflores todavía no se ven.



La familia de lobos marinos que habita una roca cercana a Punta Tilduco estaba allí, disfrutando de la tarde. Pueden verse sus cuerpos con muy poco aumento en la parte derecha de la foto. Hasta febrero no migrarán hasta la cercana isla de Metalqui para reproducirse y padecer los esperados males del amor(no pillar hembra en los machos jóvenes, soportar al viejo jefe  macho del harén al que le ha tocado pertenecer en las hembras jóvenes).


Los tordos andaban por todas partes disfrutando de la amable tarde. Son pájaros alegres donde los halla, vuelan en grupos de unos diez, mientras la mayoría busca golosinas entre la hierba uno permanece de vigilancia, para dar la alarma si se acerca algún enemigo. A mí uno de estos vigilantes me dejó fotografiarlo como quise. Debió considerarme inofensivo.


Ya hay bastantes insectos voladores, muchos libando las flores del ciruelillo. Por eso los diucones, hábiles cazadores de insectos en vuelo, también abundaban, siempre posados en el extremo de ramas, esperando su oportunidad. Uno de ellos me dejó que lo fotografiara mostrando su trazo más significativo, el gran ojo rojo.