viernes, 19 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (y 6).- La Cartuja: por qué y para qué.


Llego hoy al final de esta serie sobre los cartujos. A lo largo de las cinco entradas anteriores he intentado explicar quiénes son estos monjes eremitas, cómo viven, cuáles fueron  algunos momentos culminantes de mi corta relación con ellos, nunca olvidada. Ahora me toca hacer balance y sacar algunas conclusiones.

(1).- ¿Por qué los cartujos?
Porque desde que en el siglo XI huyera del mundo para vivir como eremita un brillante universitario alemán, Bruno de Hartenfaust, fundador de la orden cartujana,  ha habido un flujo de hombres y mujeres que han sentido en lo hondo de su condición humana la misma llamada misteriosa que sintió San Bruno y la han seguido.
Desde sus comienzos la Cartuja se ha mantenido fiel a sí misma, sin cambios en su modo de vida. Como proclaman con orgullo los cartujos, “Cartusia nunquam reformata quia nunquam deformata”, es decir, “la Cartuja nunca ha sido reformada porque nunca se ha deformado”. Entrar definitivamente en la Cartuja sigue siendo hoy, en los comienzos del siglo XXI, cruzar la puerta de una extraña máquina del tiempo que transporta al valiente que lo hace hasta el siglo XI y allí lo deja.
Al menos eso es lo que parece. Pero ¿verdaderamente es así? No, rotundamente no. Esa extraña máquina, que para el cartujo es por cierto la mano de Dios que tira de él, lo que hace es sacar al cartujo del tiempo, liberarlo de él. El lema de la Cartuja lo expresa con admirable precisión: “Stat crux dum volvitur orbis”, que quiere decir “firmes junto a la cruz mientras que el mundo, el orbe celeste entero, giran y giran alrededor de ella”.

Bien cierto es que este girar del orbe es el creador del tiempo. La rotación de la Tierra alrededor del eje formado por sus polos crea los días, y con ellos las horas, minutos y segundos. La rotación aparente de todo el firmamento alrededor del eje que une a la estrella Polar con el centro de la Tierra, que no es sino el reflejo antropocéntrico de dos movimientos, la rotación de la Tierra sobre el eje polar y su traslación alrededor del Sol, crea las estaciones y los años. Estos giros incesantes y complejos son, en efecto, los creadores del tiempo, pero no de nuestro tiempo interior, sino de ese tiempo externo que es el de los relojes y el del mundo. Al entrar en la Cartuja el humano que lo hace da un salto y se sitúa junto a la cruz, al pie de ella, evadiéndose así del tiempo mundano y su continuo girar.
Una visión del cielo nocturno hacia el Norte, con tres constelaciones marcadas: la Osa Mayor, a la izquierda, la Osa Menor en el centro y Casiopea a la derecha.  Así es más o menos como puede verse desde el Sur de Chile, muy bajo este conjunto sobre el horizonte. En la Osa Menor, Polaris es la estrella aislada en el extremo inferior derecho de la constelación, que marca la dirección del Polo Norte. Toda la Osa Menor, es decir, las seis estrellas restantes, gira alrededor de Polaris en sentido contrario a las agujas de un reloj, completando un giro en 24 horas. Este es el reloj del cielo, el que usaban los navegantes antiguos durante sus guardias oceánicas, también los monjes para determinar con precisión cuando había que tocar a Maitines. Siempre que no hubiera nubes, claro.
El escudo de la Cartuja refleja muy bien este salto misterioso. La Cruz a cuyo pie se sitúa el cartujo está sobre el mundo, en un Polo Norte místico, apuntando desde allí a las siete estrellas de la Osa Menor, en cuyo centro se representa a Polaris. Entre la Cruz y Polaris definen un axis mundi, el mismo eje del mundo, por cierto, que tan importante es para los chamanes siberianos y americanos, alrededor del cual gira todo el Universo. Lo mismo que el chamán mapuche se liberaba del tiempo escalando el eje del mundo desde su rewe hasta el cielo, el cartujo lo hace apretándose junto a la Cruz, donde el movimiento mundano ya no existe. ¿Por qué lo hace? Porque busca acercarse a Dios de la forma más descarnada posible. Ese es su objetivo fundamental, por extraño que pueda parecernos a los que permanecemos en el mundo.

2).- ¿Para qué los cartujos?
¿Para qué ese descarnado querer acercarse a Dios? Para adorarlo y amarlo. Esa, así de sencilla, me parece a mí que es la vocación del cartujo.
Pero ¿significa esto que el cartujo es un desequilibrado que ansía ser abducido por una extraña divinidad alienígena?
Sin duda que no. La obsesión vital del cartujo, su ocupación fundamental, es la oración. Rezar es, en definitiva, hablarle a Dios, un proceso complejo en el que existen varios niveles o etapas sucesivas. La más elemental es la que se llama oración de petición, en la que el que reza pide por sí mismo, por su salvación, su purificación, su salud, su paz interior, la lista podría ser larguísima. Luego está la oración de intercesión, en que se pide a Dios por los demás, por los seres queridos, o los enfermos, o los oprimidos, o el mundo entero. Después viene la oración de adoración, en la que quien reza se limita a adorar a Dios, o por expresarlo mejor, al nombre de Dios. Pero ¿qué es eso de adorar? Pues someterse a Dios, rendirle pleitesía, exponerse ante Dios desde la conciencia de lo miserable y pequeño que es el que lo adora, también desde el sentimiento de cuánto necesita y añora a Dios. Finalmente está el grado más alto, la oración de contemplación, cuando la oración se convierte en un silencio inefable en el que quien ora experimenta la unión mística con Dios, eso que Wittgenstein describía en la proposición 6.522 de su Tractatus lógico-philosophicus con las siguientes bellísimas palabras: “Existe en efecto lo inexpresable. Tal cosa resulta ella misma manifiesta; es lo místico”.
Pero los cartujos, pese a haberse situado en el axis mundi, se saben formando parte de un todo humano que es la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, lo que en términos laicos equivaldría a la Humanidad entera. Ese formar parte de lo humano es para los cartujos un compromiso ineludible, se saben un zarcillo de la vid humana que se ha enredado al axis mundi, nada más. Son conscientes de que al dedicar sus vidas a adorar y contemplar a Dios es toda la Humanidad quien, a través de ellos, lo está haciendo. Esa es su misión, su para qué.
Manifiestan los cartujos con este compromiso una visión holística del mundo, contradictoria con el reduccionismo imperante en nuestras sociedades occidentales, que están estructuradas sobre una base de mecanismos separados, diferencias, divisiones y compartimentos estancos.

No es extraño que el mundo actual no los entienda, más todavía, los ignore. En sus tiempos de máximo esplendor, la orden cartujana llegó a tener más de 200 monasterios con 4.000 monjes y monjas, repartidos por toda Europa. Hoy solo quedan abiertos 23 monasterios, 18 masculinos y 5 femeninos, con poco más de 500 monjes y monjas. El mundo, en general, desconoce la existencia de los cartujos. Más aún, la ignora, porque es incapaz de comprenderla. En un mundo que se ha hecho unidimensional, que vive al ritmo de un tiempo acelerado en el que todo tiene que cambiar y no hay espacio sino para lo inmediato, los cartujos no pueden ser sino una curiosidad desconectada del resto de las cosas, prescindible, solo admisible si no cuesta ni pretende demasiado.
En los  Diálogos de Miraflores, ante la pregunta de qué piensa la orden cartujana acerca de su futuro, los monjes responden:
“En cualquier caso, la Orden sigue su camino sin preocuparse mucho, al parecer, por aumentar el número de sus monjes. Cada vez se exige mayor edad para ingresar; aumentan los ya largos años de probación y se exige más a los aspirantes. Ni los Estatutos Renovados (1973) ni los Estatutos de la Orden Cartujana (1983) han cedido a la fácil tentación de «dulcificar» la observancia, conscientes de que, en definitiva, el cartujo no puede tener otro apoyo ni otra razón de ser que Dios solo. La Cartuja es lo que es, o dejaría de ser la Cartuja. Durante siglos ha sido y sigue siendo uno de los caminos más sólidos de vida cristiana que la Iglesia ofrece al mundo”.
“El cartujo no puede tener otro apoyo ni otra razón de ser que Dios solo”. Ellos lo han dicho y no hacen falta más explicaciones.

(3).- Mi despedida.

Yo no fui capaz de quedarme en la Cartuja. Enseguida me di cuenta de que aquello no era para mí. Me parece que el padre Maestro de Novicios también se dio cuenta de inmediato. Yo era entonces una especie de “joven Werther” desesperado por la desaparición de su amada “Casilda”. Iba en busca de una Cartuja romántica, pues romántico era yo, de elevadas contemplaciones místicas y durísimos rigores ascéticos. Lo que me encontré fue un grupo de monjes sencillos como niños, dedicados a la oración y felices en su inconmovible amor a Dios. Mi distancia psicológica de ellos era fenomenal. Yo no iba buscando la paz ni el amor de Dios, sino intentando ahondar en lo trágico, lo romántico, hasta lo esotérico. Agradezco la generosidad y la paciencia que los cartujos tuvieron conmigo, y supongo que no será el mío el primer caso de este tipo que se hayan encontrado.
 La Cartuja es abierta y fraternal con los que llaman a su puerta pero estricta y exigente con los que permanecen dentro de ella. Allí no hay sitio para desequilibrios o fragilidades de ningún tipo, aceptarlos sería su destrucción. Los cartujos son sometidos a exámenes psiquiátricos relativamente frecuentes. La admisión definitiva no tiene lugar, por otra parte, sino tras más de 7 años de permanencia en el Monasterio.

Pese a mis limitaciones, creo que tuve suficiente sensibilidad para captar el espíritu de la Cartuja, que me fascinó y me dejó marcado para siempre. Aprendí el inmenso valor espiritual del silencio, comprendí que la sencillez, el despojarse de todo lo accesorio, el renunciar a cualquier tipo de protagonismo intelectual y el acostumbrarse a vivir con austeridad y ánimo de pobreza, todo eso, ayuda eficazmente a alcanzar el nivel de felicidad al que es razonable aspirar en esta vida.

Finalmente, mi estancia en la Cartuja despertó en mí un interés por el fenómeno místico que ha persistido durante el resto de mi vida. Leí con pasión a Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, el maestro Eckhart, Miguel de Molinos, Plotino, muchos más. Comprendí que el fenómeno místico está presente, con características muy parecidas, en todas las grandes religiones, que es a través de lo místico como puede entenderse que lo religioso enraíza en lo más profundo de la naturaleza humana. La cual naturaleza del Homo sapiens es tricotómica, eso también lo aprendí en los místicos, aunque lo habían puesto de manifiesto los primeros Padres de la Iglesia, muchos de ellos griegos, egipcios o del Asia Menor. Una tricotomía hecha de cuerpo, alma o psique y espíritu, siendo este espíritu el único soporte  que nos permite a los humanos relacionarlos con lo trascendente, además de nuestro tesoro escondido, el de cada ser humano.

Pese a todo ello, no soy un creyente ejemplar, muchas veces dudo de que llegue siquiera a ser un creyente. Soy un territorio tormentoso asolado por crisis de fe, no solo en Dios, también en el Hombre, la Ciencia o la Historia. Un humano a caballo entre los siglos XX y XXI, inmerso en los ruidos y los brillos de lo mundano, aunque eso sí, suficientemente interesado, hasta capturado a veces como un insecto en verano, por el resplandor de lo religioso. Y tengo claro lo que no hace muchos años dejó dicho el gran teólogo jesuita Karl Rahner: “el cristiano del siglo XXI, será místico o no será”.

En cuanto a los padres y hermanos cartujos de Miraflores, vaya desde aquí para todos ellos mi abrazo fraternal. No los olvidaré. Y si algún joven de los que me lea se anima a llamar algún día a sus puertas, contará con mi admiración y mi apoyo, aunque eso, por supuesto, no va a servirle para nada, precisamente por lo cual puede serle más valioso.

Referencias:
Dos referencias fundamentales para conocer y comprender la Cartuja tal y como los propios cartujos la ven.
.- La página web de la Gran Cartuja, sede central de la orden cartujana, situada en los Alpes franceses (puede leerse en español). http://www.chartreux.org/es/frame.html
.- La página web de la Cartuja de Miraflores. http://www.cartuja.org/ 

LAUS DEO


Detalle del San Bruno de Pereira, en la Cartuja de Miraflores, Burgos, España

miércoles, 17 de agosto de 2011

A la manera de Heráclito

Los dualismos forman el entramado esencial de nuestra forma de pensar. Dentro/fuera, arriba/abajo, ahora/luego, antes/después, etc, son los dualismos espaciotemporales con los que ordenamos nuestras relaciones físicas con el mundo exterior. Rico/pobre, listo/torpe, guapo/feo, sano/enfermo, malo/bueno, etc, aquellos con los que medimos las distintas facetas de nuestra  condición humana. Así con muchas categorías más.


Detrás de cada uno de estos dualismos se esconde nuestro yo egoísta. Arriba/abajo, rico/pobre, cualquier otro dualismo, lo es siempre con relación a mí, al sujeto humano que es para sí mismo la regla de medir todas las cosas. Es lógico que así sea, pues nuestro cerebro, que no es en definitiva sino un mecanismo de toma de decisiones, difícilmente podría funcionar de otra manera que mediante la comparación inacabable y rapidísima de contrarios.

Sin embargo, la realidad que está fuera de nuestros cerebros es más compleja. Los dualismos con los que pensamos no son sino un caso particular  de las Parejas de Opuestos. Otro caso muy interesante de Parejas de Opuestos es el de algo (cualquier concepto) y su negación, Algo/No Algo. Heráclito dejó dicho: “En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos“. Lo que significa que cualquier concepto pensable no puede concebirse, es decir, no puede existir, sin su negación.

Yo, Olo, no soy tal. Lo que realmente me constituye es la pareja Olo/No Olo. Soy la suma de lo que soy y lo que no soy. Formulándolo con más precisión, la suma de lo que soy y puedo llegar a no ser más lo que no soy y puedo llegar a ser.

Generalizando, cualquier objeto real, pero en particular cada individuo humano, es una pareja indisociable de existencias que pueden llegar a no existir con inexistencias que pueden llegar a existir. La realidad no es estática, no está hecha de esencias incambiables, no es ser, sino devenir, un conjunto de ríos que fluyen sometidos a un cambio continuo.

Yo, a la manera de Heráclito, creo que muchas de las desgracias de nuestro mundo proceden de ignorar que la idea heraclitea del devenir se corresponde con la realidad más profunda. Esta ignorancia nos lleva a optar por intentar resolver nuestros problemas a golpes entre dualismos irreconciliables: justicia/libertad, realidad/utopía, capitalismo/comunismo, revolución/tiranía, parejas así. Entre ellas, garrotazo va, garrotazo viene, hasta que el conflicto se resuelva a favor de uno de los dos términos del dualismo considerado. Pero esto nunca llega a suceder completamente, los humanos estamos sometidos a un mito, el de Sísifo, con él vamos y venimos en andadura interminable detrás de su pesadísima piedra, cuesta arriba, cuesta abajo.

Creo que la lucha por un mundo mejor tendría que llevarse a cabo convirtiendo en real, gota a gota, lo bueno que todavía no existe y destruyendo también, gota a gota, lo malo que todavía lo es. Con firmeza pero también con paciencia, con violenta noviolencia, un concepto éste absolutamente heracliteo. Violenta noviolencia, por ejemplo la de los estudiantes que se manifiestan pacíficamente y están dispuestos a perder su curso, en aras de cambios en el sistema educativo esenciales para el futuro, de los que se beneficiarán los que vengan después que ellos. Violenta noviolencia, empujón con unos brazos que después se abren para enseguida cerrarse en un abrazo. Violenta noviolencia, pechazo con los brazos abiertos en cruz, lanzamiento imparable de un balón de voleibol con una sonrisa.

Lo mismo, claro está, es aplicable a nuestras vidas individuales. Cada uno de nosotros es un devenir. Albergamos dudas que pueden ser resueltas, limitaciones que pueden ser satisfechas, esperanzas que pueden realizarse, pero también maldades que pueden ser extirpadas, errores que pueden subsanarse, debilidades que pueden fortalecerse. Cada uno de nosotros es una piedra tallada con muchas caras que no cesan de cambiar, un caminante con su camino, un río con su cauce, un bosque con el viento que lo atraviesa. Esto es lo que nos hace interesantes. Cada uno de nosotros es un montón de parejas (Es/No es) atravesando el tiempo.


Gracias a eso, naturalmente, cada uno de nosotros es una aventura única, irrepetible, asombrosa, digna de ser vivida y respetada.

lunes, 15 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (5).- Vivir en una Cartuja


“Díme cómo vives y te diré quién eres”. Si el otro día usé este punto de partida para explicar lo específico de la arquitectura de una Cartuja, hoy lo haré para describir la vida diaria de un padre cartujo. Ésta se distribuye entre cinco horas en la iglesia, participando como monje en la liturgia comunitaria (Maitines/Laudes, Misa y Vísperas) y diecinueve horas en la soledad absoluta de su celda, que es su desierto de eremita. Durante la liturgia comunitaria los cartujos rezan juntos, pero tienen que mantener una regla de estricto silencio, sin que medie conversación alguna entre ellos. Silencio que solo pueden romper durante el paseo semanal cada domingo, y aun así solo entre los cartujos, porque este paseo tiene lugar por senderos rurales solitarios

Los padres de la Gran Cartuja de Grenoble, Francia, en su paseo semanal


De las diecinueve horas de soledad del padre cartujo en su celda, ocho lo son de sueño, aunque  partido en dos pedazos: los cartujos, padres y hermanos, se acuestan a las siete y media de la tarde y se levantan cuatro horas después para acudir en la iglesia a la liturgia de Maitines, que puede acabar a las dos y media de la madrugada; poco después se acuestan de nuevo para levantarse a las seis y media de la mañana e iniciar la jornada.

Las once horas restantes de vigilia diaria en su celda, las distribuye el padre cartujo del siguiente modo:
.- Durante unas cinco horas reza en su oratorio las restantes horas del oficio divino: Prima, Tercia, Sexta, Nona y Completas. Mientras que los monjes no eremitas, como pueden ser los cistercienses, hacen este rezo reunidos en el coro de la iglesia, igual que rezan los cartujos Maitines/Laudes y Vísperas, estos últimos rezan el resto de las horas mencionadas cada uno en su celda, aunque al mismo tiempo, llamándolos a ello la campana de la iglesia. De manera que este rezar aislados el resto del Oficio Divino es un acto comunitario pero llevado a cabo en estilo eremítico, desde la soledad y el silencio.
.- Dos horas las dedican a la lectura meditada de la Biblia y a la oración particular.
.- Una hora al estudio.
.- Una hora al trabajo manual en el tallercito o el huerto de su celda.
.- Una hora es de libre disposición; pueden tomar el sol, si es que luce, en su huerto,  dedicar tiempo adicional al estudio o al trabajo manual, llevar a cabo cualquier otra actividad no programada.



Las celdas de los padres cartujos se disponen, como ya hemos visto (en Monjes y ermitaños nº 3), alrededor del gran claustro. Imaginémonos ahora andando por uno de los largos corredores de éste. 





El rincón del vestíbulo donde se come,
con el ventanuco por el que entregan
la comida detrás.



Nos detenemos ante la puerta(1) de una celda. Junto a ella hay un ventanuco (2) a través del cual un hermano le entrega a cada padre cartujo la comida del día. Abrimos la puerta de la celda: entramos en un pequeño vestíbulo, en el que del lado del ventanuco hay una mesita y una silla (3) en las que el cartujo come; del otro lado un reclinatorio frente a una imagen de la Virgen (4), a la que el cartujo reza cada vez que entra o sale de su celda.
La alimentación del cartujo es muy sobria, una comida normal a mediodía y una pequeña colación por la tarde. Ayuna a pan y agua un día a la semana.  Y hay una prohibición absoluta de carne.
El culto a la Virgen María ocupa un papel central en la oración privada del cartujo en su celda. Cada padre cartujo reza diariamente el Oficio de la Virgen, a la que tiene entronizada tanto a la entrada de la celda como en el estudio. Lo acompaña como madre y protege su pureza.  






Desde este pequeño vestíbulo, a un lado se abre una puerta que da al taller (5), al otro sube una escalera (6) estrecha y empinada a la planta superior. En algun rincón de la planta baja puede estar el baño (7).



Taller de carpintería en la celda de un cartujo




El taller (5) es amplio; lo típico es que tenga un banco de carpintería, pero el único requerimiento es que se ejercite allí un trabajo manual, que podría ir desde la cerámica hasta la electrónica. Por el lado del taller que da al huerto hay un porche (8), acristalado o no, en el que el cartujo acumula la leña para su calefacción y puede tener un pequeño invernadero.

El pequeño huerto (9), privativo de cada celda, está rodeado de altas tapias, de modo que desde él no se ve sino el cielo. Puede ser un huerto o un jardín, lo que se le exige al cartujo es que críe allí algo vivo, que en muchos casos no son sino flores para adornar las imágenes de la Virgen que tiene en su celda.




La planta superior recoge la intimidad del cartujo y es el centro de su vida espiritual. Está dividida en tres partes. Ocupando más de la mitad del espacio un estudio (10) en el que el cartujo tiene una mesa de trabajo y una pequeña biblioteca. En un rincón, un oratorio (11), que imita el sillón y el reclinatorio que el cartujo tiene en el coro de la iglesia; allí rezará, delante de un crucifijo. El rincón restante está ocupado por la cama (12). 




Visión del conjunto estudio, oratorio y dormitorio




El dormitorio, abierto al estudio








 Aquí duerme el padre cartujo su sueño partido en dos. La cama es muy sobria, con una tabla de madera que soporta un fino colchón de borra. Sobre esa tabla enterrarán cuando muera al cartujo en un rincón del gran claustro, sin sudario ni ataúd que lo cubra.
Ese rincón está ocupado por el pequeño cementerio, la única parte del gran patio claustral sembrada con abundantes árboles, la mayoría cipreses, que para los monjes simbolizan el dedo de Dios.

 




El pequeño oratorio que se abre al estudio. Delante,
una estufa de leña para el frío invernal.





El oratorio de la celda, con su silla y su reclinatorio, que imitan los que el padre cartujo tiene en el coro de la iglesia.

Desde la celda rezará una buena parte del Oficio Divino, en un espíritu de comunión con sus hermanos monjes, pero en absoluta soledad.


Para terminar la descripción de los aspectos más importantes de la vida cotidiana de un padre cartujo, debo decir que siempre lleva puesto, directamente sobre la piel desnuda, un gran silicio hecho de cerdas de caballo. Este cilicio tiene la misma estructura de un poncho pequeño, es una suerte de gran escapulario con un orificio para meterlo por la cabeza y que cubre enteramente pecho y espalda, amarrándose con fuerza por los costados. Los hermanos están dispensados, pero los padres cartujos tienen que llevarlo puesto de por vida, noche y día, dormidos y despiertos, continuamente.
Recuerdo que cuando estuve en Miraflores y me entrevisté con el padre prior, le pregunté por este tema. Con una sonrisa, se golpeó fuertemente el pecho con la mano y me dijo: "el cilicio molesta algo durante los tres o cuatro primeros años, pero luego te acostumbras a él y ni lo notas".
Porque para los cartujos el silencio, la soledad y la dureza de vida son las puertas que les permiten salir del ruido del mundo para, a través de la oración, acercarse lo más posible a Dios.

En cuanto a los hermanos cartujos, que no tienen celdas eremíticas y se dedican principalmente al trabajo manual dentro del monasterio, su vida espiritual se rige por los mismos ideales que la de los padres. El silencio, la dureza de vida y la oración son también para ellos los elementos fundamentales de su camino espiritual.


También hay monasterios de mujeres cartujas, cuyas condiciones de vida y reglas son las mismas que las de los cartujos.Se dividen en monjas de claustro, similares a los padres cartujos excepto en que no son sacerdotes, y monjas conversas, equivalentes a los hermanos cartujos.

Hay una película maravillosa sobre la vida cotidiana de los cartujos que recomiendo vivamente. Se llama "El Gran Silencio", y la rodó en 2005 (empezó a pedir permiso a los cartujos en 1984) el cineasta alemán Philip Gröning, en la Gran Cartuja de Grenoble, Francia. Padres y hermanos cartujos, además del silencio, de su silencio, son los grandes protagonistas de esta película insólita y reveladora.



viernes, 12 de agosto de 2011

Hacia Magallanes


Ayer y hoy he estado en mi viejo barco, el que me permitió navegar todo lo lejos que yo había soñado. Lleva mucho tiempo amarrado, sin salir a la mar, pero todavía podría hacerlo en cualquier momento. He sentido una melancólica tristeza, porque la fuerza del destino, o mi necedad, tiende a separarnos. Mi barco es para un mí como un amigo fiel .

Sueño a veces, pero despierto, que aparejo mi viejo barco y pongo rumbo con él hacia Chiloé. He estudiado la ruta, me la sé casi de memoria, aunque la infinitud de canales chilenos que se abren y entrecruzan tras dejar atrás Magallanes todavía se me resiste. De Cádiz a las islas de Cabo Verde, de allí al cabo Frío, en Brasil y luego de un tirón glorioso hasta el cabo Vírgenes, para entrar en Magallanes evocando a Arthur Gordon Pym, el héroe loco de Poe que se perdió por allí hacia el Sur, atraído irresistiblemente por los hielos antárticos. También recordando a Joshua Slocum, Sarmiento de Gamboa, el mismo Magallanes y sus héroes, tantos navegantes ilustres que se han medido con aquellas aguas. Después, culebreando entre los canales del Sur, salir por fin al Golfo de Penas y sentir al cruzarlo la emoción de tanta gente de la mar y tantos emigrantes chilotes, que cuando lo han hecho les ha parecido que se estaban jugando su destino a los dados. Luego los Chonos con sus misterios, el canal Moraleda y finalmente Chiloé, la isla grande, tan querida.

Serían cinco meses de navegación, demasiado de ese tiempo que ya me acosa como un viento contrario. Aunque nunca sabes lo que te espera en el futuro y, por otra parte, ¿dónde está la frontera entre el vivir y el soñar despierto? ¿Existe realmente esta frontera, o la hemos soñado?

Por el momento, mi barco espera.

lunes, 8 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (4).- Sed como niños

<<Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.>> (Mateo, 18:2,3)

Esta referencia del Evangelio de San Mateo  se corresponde con la gran sorpresa que me dio la Cartuja. Esperaba encontrar monjes y eremitas sesudos, silenciosos, concentrados en sí mismos, pendientes solo de la consideración de los sagrados misterios, la oración y la contemplación. Los cartujos lo eran, sin duda. Pero en la base de esta forma de ser, sustentándola, estaban personas sorprendentemente inocentes, que manifestaban sin ningún recelo la alegría y la ingenuidad de los niños. Esta fue una de las experiencias más sorprendentes que viví en la Cartuja, quizá la que más ha persistido dentro de mí, también la que más admiración y respeto me produjo entonces. A las pocas horas de dejar la Cartuja para siempre, volvía yo en un autobús de línea para Madrid, atravesando la hermosa y austera Castilla la Vieja. Recuerdo que hicimos una parada en la ciudad de Lerma, en una plaza situada bajo la imponente fortaleza palacio del duque del mismo nombre, cargada de historia. Algunos pasajeros bajamos a tomar un café; no había mucho ruido en aquella plaza, porque los castellanos son gente de pocas palabras, pero a mí me pareció que me rodeaba un estruendo. En ese momento me di cuenta de lo que había dejado atrás: el silencio y la inocencia, la soledad y la pureza, fundidos los cuatro en un cemento común.  Silencio y soledad, un entorno eremítico en el que solo se puede sobrevivir con inocencia y pureza. Considero que estas dos son las cualidades más notables que los cartujos tienen.


Desde entonces, es decir, durante la mayor parte de mi vida, me ha rondado por la cabeza una idea que ahora que soy abuelo rebrota una y otra vez con insistencia: la etapa más perfecta de la vida de un individuo humano es la niñez. ¿En qué sentido perfecta? Explicarlo exigiría un espacio que aquí no tengo; baste decir que cuando el paso del tiempo te obliga a abandonar la niñez dejas de ser un individuo único y te conviertes en un espécimen de Homo sapiens. Las responsabilidades y exigencias que te impone tu especie (que es tu nación, tu pueblo, tu familia, tus padres, tus hijos, tus compañeros y amigos) caen encima tuya como una pesada losa. Pierdes tu libertad esencial, ésa de la que gozabas cuando eras un niño, la de tu imaginación, tu fantasía, tu capacidad de asombro, tu poder de amar sin condiciones, pierdes todo eso, o lo empiezas a perder poco a poco, a medida que tu niñez se va desgastando. Es cierto que se trata de un desgaste deseado, porque estás en el mundo para consumirte como una lámpara de aceite, dándolo todo, al menos eso es lo esencial de la visión cristiana (ese tiempo lineal) de la vida. Pero cuando consideras tu vida desde el recuerdo de la plenitud de tu niñez, solo puedes considerarla como un proceso de pérdida.


Esta es mi visión de las cosas. Pero los cartujos me enseñaron que la niñez puede recobrarse. La inocencia de los cartujos no es una inocencia virginal, innata y nunca perdida, sino que es una inocencia reencontrada, derivada de su manera de vivir en la Cartuja. La comunidad de cartujos de Miraflores lo era de hombres maduros, muchos de los cuales habían tenido vidas complicadas. Cuando yo los visité, el padre procurador habia pertenecido al Cuerpo Diplomático durante bastantes años, conociendo muchos países del mundo en estas tareas; el padre prior había sido cura párroco en un pueblo de Castilla durante la mitad de su vida, antes de dejarlo todo para ingresar en la Cartuja. Entre la comunidad de padres había uno que había llegado a ser capitán de la Legión Extranjera española, un cuerpo de élite que nació en el Norte de África y operaba habitualmente en el Sahara; otro había sido periodista. Entre los hermanos, dos venían de las ermitas de Cordoba, donde habían sido ermitaños hasta que su comunidad fue disuelta; todavía vestían su hábito pardoscuro de origen. ¿Cuántas historias más tendrían aquellos hombres, cuya mayoría yo no llegué a conocer? El caso es que la inocencia de aquellos cartujos no era una prolongación de la que tuvieron cuando niños, sino un hallazgo, una adquisición trabajosa, ellos dirían que a causa de la gracia y el amor de Dios.


Acabo ya estas consideraciones que van siendo demasiado largas. Rememoraré ahora un par vivencias que me pusieron de manifiesto la inocente ingenuidad de los hermanos y padres cartujos de Miraflores, con la esperanza de remachar con estos ejemplos lo que he querido transmitir.

Empezaré con el Hermano Bruno, fotografiado por Ortiz Echagüe a la izquierda. Antes de visitar la Cartuja ya conocía yo su rostro a través de esta foto y sabía algo de él por lo que Antonio González había escrito en  las "Estampas Cartujanas" y publicado en la prensa.
Hermano Bruno era un campesino vasco, que se expresaba con dificultad en todo lo que no fuera su euskera natal y que tenía una pierna artificial, lo que en aquellos tiempos de escasa riqueza en España quería decir una pata de palo, como las de los piratas antiguos. Además, dentro de la Cartuja tenía fama de santidad.
Dejé escrito en la entrada anterior (nº 3) de esta serie que en mi primera noche en la Cartuja entré enseguida en la iglesia para  la liturgia de Maitines, ocupando una silla del coro de los Padres. A los Hermanos les era imposible verme desde su coro, tal y como se muestra en las fotos de la entrada anterior. Cuando los Maitines terminaron emprendí el camino de vuelta hacia la hospedería, sin hablar con nadie, siguiendo las instrucciones del Maestro de Novicios. El recorrido era complejo, varias puertas y pasillos que tuve que ir rememorando trabajosamente, bajo la luz mortecina de escasas ampolletas eléctricas. Pronto quedé completamente solo, porque la hospedería estaba lejos de los dormitorios de los Hermanos y las celdas de los Padres. Con trabajo pude llegar hasta el pequeño claustro al que se abría la puerta de la hospedería. 
En ese mismo momento se apagaron las luces y todo el monasterio quedó completamente a oscuras. Recordé que el Padre Maestro de Novicios me había dicho que la electricidad del monasterio provenía de un grupo electrógeno que era apagado pocos minutos después de que concluyeran los Maitines. Aun así, me puse un poco nervioso, porque en aquel claustro, casi a tientas, no conseguía dar con la puerta de la Hospedería.
Estaba perdido, tanteaba las paredes del corredor con mis manos pero la puerta de la hospedería no aparecía. Pasaban los minutos y mi vista se iba acostumbrando a la oscuridad; el patio del claustro estaba débilmente iluminado por la luz de una luna menguante o creciente, que habría salido hacía poco. No sabía qué hacer.
De pronto me pareció escuchar unos pasos lejanos. Sí, eso eran, pero a medida que se acercaban percibía yo que eran también unos pasos extraños. Sonaban como si procedieran de un cuerpo con una sola pierna. Tuve entonces una premonición: los pasos que yo oía eran de la pierna que le faltaba al cuerpo que se me iba acercando, ¡eran los pasos de una pata de palo! Enseguida me convencí de que solo podía tratarse del Hermano Bruno y esta convicción, dado mi estado de nervios, se me hizo certeza.
Ahora debo describir cómo es un claustro:  un patio más o menos grande, de planta cuadrada, ceñido por cuatro corredores o pasillos, uno a lo largo de cada uno de sus cuatro lados. Yo estaba en el corredor dónde sabía que se encontraba la puerta de la hospedería, aunque no diera con ella. Los pasos se me acercaban por un corredor perpendicular al mío, de modo que el que se me acercaba y yo no podíamos vernos. La escasa luz de luna iluminaba la parte de los corredores muy próxima al patio, nada más.
Me encaminé hacia la esquina de los dos corredores, para darle el encuentro a quien yo estaba convencido que era el hermano Bruno. Cuando sobrepasé la esquina, el que venía estaba ya muy cerca de mí. Lo vi y en efecto, era el hermano Bruno, de manera que me paré ante él y le dije: "Buenas noches, Hermano Bruno". El buen cartujo, como era de esperar, se paró en seco y me miró con ojos asombrados. Entonces sucedió lo que jamás me habría podido esperar: dio la vuelta y salió corriendo, huyendo de mí. Su carrera era la de un hombre que tiene una pierna artificial, una pata de palo: a trompicones. Pero rápidamente se me alejó y desapareció en la oscuridad. Enseguida dejé de escuchar sus pasos, probablemente porque había abandonado el claustro a través de otra puerta.
Si el Hermano Bruno se llevó un susto, no fue menor el mío. El hecho de que aquel buen monje huyera aterrorizado de mí se reflejó en mi ánimo. Luego he comprendido que no sabiendo que aquella noche acababa de llegar a la Cartuja un hombre procedente del mundo exterior, se sorprendiera de mi aparición, hasta la creyera fantasmal o demoníaca, quién sabe. El caso es que yo me conmoví también, y me llevó algún tiempo calmarme.Quizá fuera la soledad y el silencio de aquel claustro, unido al convencimiento de que no podía pedir ayuda a nadie, lo que me trajo la calma.  Con la ayuda de un encendedor fui registrando las paredes oscuras, hasta que dí con la puerta de la hospedería, entré en mi cuarto y por fin descansé.


La segunda anécdota que quiero relatar ocurrió otra madrugada durante la liturgia de Maitines. Su protagonista fue un padre cartujo viejecito, parecido físicamente a quien aparece en la foto de la derecha que fue padre vicario en Miraflores cuando Ortiz Echagüe hizo sus fotos, pero ya no estaba en la Cartuja cuando yo la  visité.
He descrito en la entrada anterior de esta serie que los padres cartujos iban turnándose en el facistol para dirigir el canto del oficio de Maitines. Aquella madrugada, hacia la mitad de la liturgia, le llegó el turno a un padrecito viejo. La comunidad entera de padres estaba como siempre llena de devoción, la atmósfera era de una gran espiritualidad. El padrecito empezó a entonar sus salmos, a los que contestaba el resto. De pronto, en uno de ellos, al padrecito debió faltarle aire y se le escapó un gallo ("nota falsa y chillona que emite quien canta", según el Diccionario de la Academia). La comunidad le contestó como si no hubiera pasado nada. Cuando el padrecito estaba entonando su siguiente recitación, uno de los padres rompió en una risa incontenible, que en el silencio de aquella iglesia no pudo pasarle desapercibida a nadie. Estas situaciones tienen a veces un carácter contagioso, ese fue el caso allí: uno a uno primero, en masa a continuación, la mayoría de los padres cartujos se incorporaron a un ataque de risa colectivo, que duró algunos segundos, deteniéndose el rezo. Luego siguió un silencio que se prolongó por unos instantes, hasta hacerse ensordecedor. Enseguida el padrecito cartujo repitió su entonación, y el rezo de Maitines se reanudó normalmente, con la misma devoción de antes, como si no hubiera pasado nada.

He traído aquí estas dos anécdotas para poner de manifiesto que los cartujos que yo conocí en Miraflores eran como niños, siguiendo el consejo de Jesús. En ningún otro momento o lugar de mi vida me he encontrado una atmósfera humana tan pura, tan inocente. Por eso me dolían los oídos y algo más cuando volvía en el autobús camino de Madrid.


Ya lo he dicho, pero para terminar lo repito: lo verdaderamente sorprendente, aunque obvio, es que aquellos cartujos no eran unos niños, sino hombres que se habían vuelto como niños, y esa era una gracia que se la debían al espíritu de la Cartuja, que quería ser, en definitiva y antes que otra cosa, el de Jesús en Nazaret.




Composición de rostros de padres cartujos de Miraflores (recortada de fotos de Ortiz Echagüe)


Nota sobre las fotografías de esta entrada:
Todas las fotos de esta entrada son obra de José Oriz Echagüe (Guadalajara 1886 - Madrid 1980), sin duda uno de los mejores fotógrafos que ha tenido España. Fueron tomadas de la 2ª edición (1947) de "Estampas Cartujanas", Antonio Gonzalez, Editorial Bilbaína.

domingo, 7 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (3).- En la Cartuja de Miraflores

Esperaba yo en la puerta de entrada de la Cartuja a que los monjes acudieran a mi cita. La oscuridad era casi absoluta bajo un cielo todavía sin Luna, lleno de  estrellas. En la fría noche otoñal el silencio solo se rompía  por el murmullo ocasional del viento en las frondas de los árboles cercanos. Sentí desamparo, luego comprendí que aquello no era sino el puente que debía cruzar entre el mundo cotidiano y el universo mágico del monasterio. De pronto se encendió una bombilla anclada en la piedra, sobre el gran portón de entrada. Su luz me deslumbró, aunque no era intensa. Se oyeron ruidos que tomaron pronto la forma de pasos, luego el chirriar sordo de cerrojos por el otro lado del portón, que terminó entreabriéndose. Me esperaban dos monjes blancos, con las capuchas cubriendo de sombra sus rostros. Uno, el hermano portero, permaneció en silencio. El otro era el padre maestro de novicios, que me saludó cordialmente y me indicó que lo acompañara. Cruzamos un patio y recorrimos el corredor de un pequeño claustro, hasta llegar a la puerta de la hospedería, pesada y maciza, que el monje abrió con una llave que luego me entregó. Subimos una escalera de piedra y llegamos a la que sería mi celda durante los días que permaneciera en la Cartuja. Una habitación sobria y antigua, alta de techos y amueblada con sencillez, en una de cuyas paredes se abría una espléndida chimenea tallada en mármol, construida con motivo de que el emperador Carlos V se hospedó allí en 1520. Debía limitarme a dejar mi equipaje, porque el oficio de Maitines estaba a punto de empezar y teníamos que unirnos a la comunidad de monjes en la iglesia. Eso hice. De manera que mi entrada en la Cartuja fue más un chapuzón que una introducción lenta y sosegada. Después comprendí que ésta era la mejor manera de hacerlo.


Puerta de entrada a la Cartuja de Miraflores. Al fondo y a la izquierda
       sobresale la iglesia del monasterio. Aunque esta Cartuja se fundó en  1441,
 la construcción de la iglesia, en un bello estilo gótico ojival, no se inició
 hasta 1452, culminando en 1507. Cincuenta y cinco años,
 otro sentido del tiempo.
  
El padre maestro de novicios me guió a través de pasillos y puertas camino de la iglesia, pidiéndome que recordara la ruta, porque luego tendría que volver solo. Desde la sacristía entramos en el coro de los padres, donde me dejó sentado como uno más entre ellos. Iba a empezar el oficio de Maitines, esa hora mágica de la medianoche con la que se inicia el día en una Cartuja. Me encontré de pronto trasladado a un mundo que apenas había cambiado desde el siglo XI. En dos filas a lo largo de los dos costados de la nave central de la iglesia se disponía la sillería del coro de padres, y allí, ante mis ojos, estaba la comunidad de padres cartujos de Miraflores. Los hermanos, un rango inferior, no sacerdotal y ocupado en trabajos manuales, rezaban en su propio coro, situado a continuación, hacia la puerta de entrada.

Monjes cartujos de Miraflores en el coro de padres, durante el oficio de Maitines
(Foto a doble página de Ortiz Echagüe, en "Estampas Cartujanas")

Retablo mayor, altar y sepultura de los fundadores
(Juan II de Castilla y su esposa) en la iglersia de
la Cartuja de Miraflores. A los lados puede verse
el comienzo de la sillería del coro de padres.


Lo que hacían los padres era cantar en gregoriano el Oficio Divino, una colección de salmos y otros textos de las Escrituras. El canto era monótono, sobrio, sin música que lo acompañara. Los padres cartujos se iban turnando en el facistol, un gran atril de madera situado en el centro del coro, estableciéndose un diálogo cantado entre el que dirigía el rezo desde el facistol y los que permanecían en sus sillas de coro. La gran nave de la iglesia estaba semioscura, con solo las luces necesarias para poder leer los textos, que la mayoría de los padres, por otra parte, conocía ya de memoria. Con discreción pude ir observando los rostros de aquella comunidad de monjes eremitas. Los había de todas las edades, estaban todos concentrados en sus rezos (ninguno cruzó la mirada conmigo) y me impresionó la mezcla de serenidad y alegría que se reflejaba en sus rostros. La atmósfera estaba impregnada de una profunda espiritualidad, quizá como no la haya percibido yo nunca, ni antes ni después.

En el centro, facistol, y a los lados, sillería del coro de los
padres, con el retablo mayor al fondo
.
Pero, ¿que quiero significar con una atmósfera impregnada de espiritualidad? ¿Hay algo más en esta expresión que una simple figura retórica? Creo que sí. Aquellos padres cartujos estaban allí junto a mí sin llegar a estarlo, porque parecían tener sus sentidos vueltos hacia el interior de ellos mismos, aunque sus rezos se fundían claramente en una oración comunitaria. Todo ello en un marco de extrema sencillez, de inocencia, como ya describiré en una entrada próxima. Comprendía yo que para una vocación eremita como la del cartujo, destinado a la soledad, la oración comunitaria en la iglesia, al estilo monacal, era un elemento esencial de su vida.

En primer plano,sillería del coro de los hermanos cartujos de
Miraflores. Al fondo, entre dos altares, la puerta que lo une al
coro de los padres, y más al fondo el retablo mayor. A este
lado del coro de los hermanos, una reja lo separa del espacio
de la iglesia destinado al público, en las raras ocasiones en
que puede asistir gente no enclaustrada a un acto religioso 

en la Cartuja.


 La iglesia es el centro principal de la vida comunitaria, o monacal, en una Cartuja. En ella se reune diariamente toda la comunidad en tres ocasiones. A la medianoche, cuando durante dos a tres horas rezan los oficios de Maitines y Laudes. Por la mañana, en la misa comunitaria. Y por la tarde en que rezan el oficio de Vísperas. Mientras que los padres cantan el oficio divino en su coro, los hermanos, en el suyo, rezan individualmente, cada uno para sí mismo, Padrenuestros, la oración que nos enseñó Jesús. Un hermano cartujo puede rezar así, a lo largo de un año, cerca de medio millón de Padrenuestros. Cuando se ingresa en la Cartuja, se deriva hacia padre o hermano en función de la capacidad cultural que tiene el neófito de culminar o no los estudios del sacerdocio, y de la propia vocación.

Cuando no están en la iglesia, los padres cartujos permanecen encerrados en sus celdas haciendo vida eremítica, mientras que los hermanos trabajan en las distintas actividades necesarias para la vida del monasterio: sastrería, barbería, carpintería, cocina, trabajos en la granja, etc. Todo ello hecho, por padres y hermanos, en un absoluto silencio, roto solo durante unas horas los domingos. Este silencio, junto con la oración, son los dos pilares que sustentan la vida cartujana. Así de sencillo.

La oración es el foco espiritual de la vida de los cartujos. Una oración que no solo es un acto de petición y comunicación con Dios, sino una puerta de entrada a un mundo de muy difícil acceso, el de la contemplación y lo místico. Esta fue una lección que aprendí aquella misma noche. Yo me había imaginado a los cartujos solos en sus celdas, entregados a profundos  arrebatos místicos. No es así. Los cartujos, en la soledad de sus celdas, en la comunidad de la iglesia o en el trabajo de los hermanos, lo que hacen sobre todo es rezar, es decir, hablarle a Dios. En esto se fundamenta toda su vida espiritual.

"Dime cómo vives y te diré quién eres", expresa en una de sus múltiples formas un viejo refrán castellano. Y en efecto, si uno llega a conocer la casa de alguien, su morada interior, es capaz de comprender mucho mejor su personalidad y su forma de estar en el mundo. Yo quiero presentar ahora,en tres vistas aéreas,   las tres formas básicas de vivir como  monje cristiano. 

    
Ermitas de Córdoba (picar con el ratón para ampliar)

1).- Eremitismo puro: ermitas de Córdoba
Fundadas en la Córdoba hispanorromana del siglo III, por el obispo Osio, que estuvo en Oriente participando en el concilio de Nicea y trajo de allí las ideas para esta fundación. Estuvieron activas hasta los 1960s, en que la orden fue disuelta. El eremitorio está cercado por una tapia de piedra. En el extremo inferior izquierdo están la entrada y las dependencias comunes (granja, molino, hospedería, capilla, etc). Las emitas son viviendas pequeñas aisladas y repartidas por todo el eremitorio. El edificio grande en el centro del eremitorio es una construcción posterior, un noviciado construido por los carmelitas descalzos, que recogieron las ermitas una vez que los ermitaños se extinguieron. En estas ermitas se vivió durante 17 siglos el mismo espíritu de San Antonio abad de Egipto. Los ermitaños permanecían la mayor parte del tiempo en soledad absoluta, cada uno en su ermita, y solo en circunstancias excepcionales se reunían para algún acto comunitario.



2).- Monaquismo puro: monasterio cisterciense de Poblet (Tarragona, España)
Fundado en 1150. El monasterio está rodeado por una muralla con bellas torres de defensa. Como muchos otros monasterios durante la tormentosa Edad Media, cumplía también el papel de fortaleza donde los vecinos próximos podían refugiarse en tiempos de guerra o correrías.
El primer edificio de planta cuadrada en el extremo inferior de la foto es la sacristía. Encima de ella se situa la gran iglesia rectangular, centro de la vida monástica. Por encima de la iglesia, un patio cuadrado y ajardinado es el claustro, alrededor del cual los monjes rezan, meditan y pasean. El claustro está rodeado por edificios varios, que se extienden hasta el final del monasterio, en la parte superior: dormitorios de padres (sacerdotes) y hermanos, talleres, biblioteca, refectorio, cocinas, bodega donde se hacía vino, cárcel, dependencias agroganaderas, etc.
Las celdas en las que viven los monjes son habitaciones individuales dentro de grandes naves dormitorio, cuya función principal es el descanso. Porque los monjes rezan y trabajan en común.


3).- Combinación de monaquismo y eremitismo: Cartuja de Miraflores (Burgos, España).
Fundada en 1441 por el rey Juan II de Castilla. Lo que caracteriza a las Cartujas, lo que las hace únicas en una vista aérea, es el gran claustro y la disposición a lo largo de sus cuatro lados de las celdas de los padres cartujos, monjes eremitas. De estas celdas vemos bien en la vista aérea sus pequeños jardines rodeados por altos muros. En la parte inferior de la foto, hacia la derecha, está la entrada al monasterio, la misma que vemos en la primera foto de este capítulo. Inmediatamente arriba, hacia el centro, está la iglesia. Por encima de la iglesia, la mitad derecha de la foto está ocupada por distintas dependencias de la Cartuja. La mitad izquierda, por el gran claustro rodeado de las celdas de los padres eremitas;encima de este conjunto, la huerta del monasterio. 
Los hermanos cartujos hacen una vida enteramente monacal, excepto en el silencio estricto al que están obligados. Los padres cartujos viven como eremitas en la soledad de sus celdas, cada una de las cuales es, en realidad, una pequeña ermita, con huerto/jardín, taller en la planta baja y oratorio/estudio/dormitorio en la alta; actúan como monjes cuando tres veces al día (Maitines/Laudes, Misa y Vísperas) se reúnen en la iglesia para cantar el Oficio Divino, pero aun entonces el silencio es obligado.

Finalmente, sigue otra foto aérea de la Cartuja de Miraflores, sobre la que he señalado las dependencias más importantes. Baste con todo ello, así lo espero, para que mis lectores comprendan el entorno físico en el que se desarrolló esta aventura espiritual de mi juventud.


Cartuja de Miraflores (picar para ampliar)
Yo vivía en la hospedería, desde la que me desplazaba a la iglesia para los actos litúrgicos comunitarios. A mi habitación me traía la comida un hermano cartujo, y allí me visitaron el padre procurador y el maestro de novicios, para charlar conmigo. La única dependencia exterior distinta a la iglesia que visité fue la celda del padre prior, con el que mantuve una conversación. También me reuní un domingo con todos los padres en el huerto, en el rato semanal en el que les está permitido romper el silencio.
De manera que apenas enturbié la paz de la Cartuja, salvo en una ocasión singular que describiré en una entrada próxima. Tampoco introduje cambios en sus ritmos de vida. Ellos quisieron que, para que conociera lo que es la Cartuja, mi vida se aproximara, siquiera remotamente, a la de un eremita más.



San Bruno, fundador de los cartujos. Escultura de Pereyra en Miraflores.