martes, 30 de julio de 2013

La vela como imagen del hombre

La estructura de una vela es bien simple. Tiene dos componentes, el cilindro de cera y el pabilo o mecha que ocupa su centro. Tres cuando la vela se enciende, siendo éste el acontecimiento que justifica su existencia. Entonces en el  extremo encendido del pabilo la cera líquida que lo impregna arde, transformándose en luz, que a nosotros humanos nos libra de la oscuridad, y en calor, necesario para que continúe licuándose la cera sólida de modo que la llama reciba un alimento continuo. 

El peor enemigo de una vela encendida es el viento, que puede llegar a apagarla. En el pabilo encendido tiene que existir un equilibrio entre la alimentación en cera líquida y el consumo de ésta en llama. En tanto lo haya, la vela permanecerá encendida. Si la alimentación no es suficiente, el pabilo terminará apagándose, dejándonos a nosotros sumidos en la oscuridad. A medida que la cera se va consumiendo, el pabilo encendido va haciéndose más y más largo, y la llama mayor y más alejada en su conjunto de la cera que la alimenta. Pero a una distancia critica de la cera el pabilo ya no recibe alimento suficiente de cera líquida, con lo cual ya no es ésta quien arde, sino el propio pabilo, que se consume y queda reducido a unas cenizas negras que terminan por desmoronarse y desaparecer.

El factor esencial para mantener el equilibrio de una vela encendida es la relación entre el grosor del pabilo y el del cilindro de cera. Para un grosor constante de este cilindro, a medida que el pabilo va engrosándose, costará más encender la vela, pero también será ésta, una vez encendida, más resistente al apagado accidental, porque la llama será más potente. Claro que también la cera irá licuándose de forma más precipitada y el cilindro de cera sólida irá consumiéndose más deprisa. La vela alumbrará más y será más resistente al viento, pero durará menos. Lo contrario sucederá si el pabilo va haciéndose más fino.

Por todo esto el oficio del fabricante de velas es complicado, como en general lo es el de cualquier otro artesano. En España a los fabricantes de velas se les llamaba desde antiguo maestros cereros, en reconocimiento a sus habilidades y a la importancia de su arte, pues no hubo mejor técnica para vencer a la oscuridad hasta que en el siglo XIX los balleneros empezaron a cazar cachalotes y el aceite de sus cabezas fue usado para el alumbrado urbano. Las velas tenían muchos otros usos además del alumbrado doméstico,  destacando los usos ceremoniales, en que se empleaban velas más gruesas, de innumerables tamaños y formas, a las que se da el nombre de cirios. Todavía los cirios juegan un papel destacadísimo  en celebraciones como la Semana Santa de Sevilla.

A los que como yo son gente fantasiosa, las velas les ofrecen bellas metáforas que les ayudan
a penetrar en los secretos de lo humano. Así, una vela titilando bajo el efecto de una brisa variable remeda bien el comportamiento de un humano ante los azares de su vida. La llama de esta vela se estremece con el viento, que puede llegar a apagarla, lo mismo que nos sucede a los humanos con las dificultades o los quebrantos que nos plantea la existencia, que pudiendo llegar a apagarnos definitivamente, nos estremecen y llenan de dudas y desvaríos con demasiada frecuencia.

La vela puede representar la entera vida de un humano individual, una vida que transcurre en el tiempo, consumiéndose desde el nacimiento a la muerte. Que es extensa, como la longitud de la vela, e intensa como su grosor, tanto más de aquella cuanto más a viejo llega, y tanto más intensa cuanto más llena de acontecimientos, iniciativas y sorpresas de todo tipo esa vida está.

La llama de la vela representa muy bien el presente de esa vida humana. En esa llama el individuo irradia su presencia hacia los demás, que la perciben como una especie de luz psíquica. Pero esa vida ejerce también una influencia más oculta sobre los otros humanos que la rodean, particularmente los más próximos, hecha de intuiciones, sentimientos y telepatías, que está bien representada por el calor que la llama de la vela también irradia. Esta irradiación vital de luz y calor puede verse afectada por muchas influencias externas. Puede ser apagada por la muerte, del mismo modo que un viento o un soplido fuerte apagan en un instante a una vela, o modificada por un sinfín de influencias, lo mismo que las brisas, las toses y los estornudos hacen temblar la llama de las velas, y el frío intenso la debilita. La contrapartida humana a este frio intenso es la soledad exterior e interior.

¿Qué representa el pabilo? Lo constitutivo de la persona, lo que podría considerarse permanente en un individuo humano si no fuera porque vive en el tiempo y al hacerlo puede cambiar. Desde su DNA hasta eso tan misterioso y oculto que es su espíritu, pasando por sus circuitos cerebrales, sus memorias, su psique o su alma, la cultura en que lo han criado, la educación imborrable que ha recibido, todo eso. Que además de permanente, es, paradójicamente, efímero, en cuanto a que va desapareciendo a medida que el presente se transforma en pasado, quedando solo sus recuerdos en las memorias que el pabilo humano, en tremenda diferencia con el de la vela, es capaz de almacenar en la parte de él a la que todavía no ha quemado el tiempo. Por expresarlo con un ejemplo: de un amor o una ilusión que se perdieron, de un éxito o un fracaso que pasaron, solo queda la memoria, y no siempre. Aun así, es precisamente esta memoria la que hace que merezca la pena haber vivido.

Por último, la cera que rodea y alberga al pabilo es todo lo que teniendo una naturaleza material se integra o se integrará en esa vida humana a medida que vaya transcurriendo su tiempo. El alimento, el aire y el agua que se hacen o se harán carne, sangre y huesos de esa vida. La fuerza de sus músculos, la agudeza de sus sentidos, la calidad de su piel, su belleza física o su fealdad, su salud. Todo eso, que integrándose con lo material y lo misterioso del pabilo humano, irá convirtiéndose en llama, es decir, en presente de esa vida humana.

¿Tiene algún sentido práctico hacer este tipo de ejercicios imaginativos? Yo creo que sí. En lo más hondo de todas las culturas están sus raíces simbólicas. Los humanos hemos simbolizado con los elementos visibles del mundo que nos rodea conceptos y realidades complejas, difíciles de definir y comprender. En lo que se refiere a la vela, el gran simbolista español que fue Juan Eduardo Cirlot nos trajo su significado simbólico. En su “Diccionario de símbolos” escribe sobre la vela encendida: “Como la lámpara, luz individualizada; en consecuencia, símbolo de una vida particular, en contraposición a la vida cósmica y universal”.

Pues eso, una vida particular, con todo lo de precioso y único que en toda la historia del universo tiene un simple individuo humano, simbolizada en la efímera belleza de una vela encendida.


Velas de todos los tamaños, es decir, el pueblo entero de Sevilla, acompañan a
la Virgen Macarena en su paso procesional, es decir, en su camino figurado hacia el Gólgota, 

durante la madrugá de la Semana Santa

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