sábado, 20 de septiembre de 2014

LA ORACION

El Greco (1608).- La oración del Huerto de Getsemaní.- Museo de Budapest

Hoy quiero escribir entrando en el terreno de las intimidades profundas, esas que no se suelen confesar a nadie, menos en los tiempos que vivimos.

Yo rezo. La oración forma parte de mi práctica diaria, como lo hacen el cepillarme los dientes o el ducharme. Sí, de ese modo entrañable, cotidiano, casi subconsciente.

Lo hago por una costumbre que arranca de mi infancia. Costumbre, sí, pero no rutina, similar al beso que le daba todas las noches a mi madre antes de irme a dormir, que no podía faltarme aunque tampoco era yo capaz de valorar su calidad preciosa. Aquel beso estaba allí, formando parte de mí y de mi relación inefable con mi mamá.

Pues lo mismo mi oración.

¿Cómo rezo? Ahora que todavía es verano asomado a mi ventana, disfrutando del frescor de la noche, mirando a los astros del cielo. Unas veces más deprisa, otras poniendo atención en lo que digo, según lo cansado o estresado que esté.

¿Qué rezo y a quién? Eso lo reservo para mi intimidad. Aunque entre lo que rezo están el Padrenuestro y el Avemaría, dos oraciones que nunca envejecen. En los últimos tiempos me ha dado también por rezar la Salve, pero no por la noche, sino por la tarde, una oración bellísima, homenaje a María y a todo lo más bello e inefable que tiene la mujer. Y cuando andurreo por la Sevilla antigua me gusta ir rezando el Shema Israel de los judíos.

La oración no tiene nada de racional, lo sé. Y tiene algo de mágico, en cuanto a que contiene una invocación a fuerzas sobrenaturales. ´Quizá por todo esto y por muchísimo más es importante, indispensable para mí.

Nace en efecto la oración de esa parte de lo humano que está fuera de las fronteras de lo razonable. De ese misterio que a veces sentimos dentro y que, en momentos extraordinarios, puede poner todo nuestro mundo del revés. Yo considero una suerte ser todavía capaz de rezar. Es una dimensión mía que no querría que me faltara nunca. Misteriosa, entrañable, honda como el fondo invisible de la laguna que en el centro de mi bosque enmarañado contengo yo.


Algunos se reirán, otros se asombrarán de lo que escribo. Pero rezar es recordar, manifestar una lealtad, declararse a uno mismo que la realidad desborda los límites de nuestros pensamientos y percepciones. Asomarse a la ventana que en todos nosotros se abre hacia lo inefable, lo invisible, lo inaudible. Mirar hacia lo hondo desde el brocal de nuestro pozo metafísico. Y eso a todos los humanos nos vendría bien hacerlo regularmente. Cada uno a su manera, según su costumbre, su cultura y sus creencias.

Naturalmente.

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