martes, 4 de noviembre de 2014

Reencuentro

Mis amigos tiuques han tardado muchos días en venir. Pero no es porque ellos me hayan olvidado, sino porque yo los había abandonado.

Llevo ya casi dos semanas en Duhatao. Los primeros días fueron muy lluviosos, atemporalados, y nadie, ni ellos ni yo, asomaba la cabeza desde su refugio. Luego el tiempo ha mejorado y he empezado a verlos de lejos, merodeando en otras pampas.

Anteayer vinieron por la tarde dos muy cerca de mi cabaña. Yo estaba fuera, regando unos mañíos recién plantados. Subí corriendo a la terraza con unos trozos de pan que dejé allí, pero no los quisieron, se limitaron a observarme. 

Hoy a las 8 de la mañana, hace unos minutos, ha vuelto uno de ellos. Posado en el barandal de la terraza, casi encima de la ventana de mi estudio, ha empezado a graznarme como lo hacen los tiuques. Otra vez he corrido por unos pedazos de pan y cuando he salido a la terraza él no se ha movido de allí, a pocos metros de mí. Luego ha volado a unos árboles cercanos, desde donde ha seguido observando cómo yo le dejaba el pan y lo miraba.

Ahora se ha ido, una vez más sin tocar el pan. ¿Volverá? Espero que sí. Sin duda desconfía de mí.

¡Acaba de volver! Posado otra vez en un árbol cercano, se limita a graznar y observar.

Aunque pueda parecer ridículo, no puedo evitar la evocación de los primeros encuentros del Homo sapiens paleolítico con el lobo,  la cabra o el búfalo salvajes. Las primeras domesticaciones, esa alianza tantas veces traicionada por los humanos.

Hoy dice la prensa que en los últimos 30 años ha desaparecido de Europa la cuarta parte de las aves salvajes. Culpable principal: las modernas prácticas agrícolas, los pesticidas que destruyen insectos de los que las aves se alimentan.

Y de pronto...¡buuum!, siento un choque seco, toda la cabaña vibra, como si un camión gigantesco hubiera colisionado con ella. Claro que aquí no hay camiones gigantescos, solo tiuques y gente menuda así. Salgo corriendo, le doy la vuelta a la cabaña, todo en orden. Subo de nuevo a mi estudio y conecto mi radio de pilas. Están anunciando que acaba de tener lugar (8:30 AM) en la región de los Lagos (la mía) un terremoto de grado 4 en la escala Mercalli, sin consecuencias de momento.

La majestad de la naturaleza. La fuerza de lo telúrico. El lamento de las placas tectónicas. Chile. Nuestra pequeñez.

Y hace muy pocos minutos, mientras escribía las últimas líneas, mi tiuque ha vuelto y se ha llevado el pan. 

La vida sigue. ¡Viva la vida!



Foto tomada el 8 Noviembre. Mi relación con mis amigos tiuques se va estrechando. Ya hasta me permiten fotografiarlos de cerca. Diría que hasta posan conscientemente para salir lo mejor posible en la foto.



1 comentario:

Paola dijo...

Los contrastes, Olo... Nuestra pequeñez [y la pequeñez de los pajaritos] ante las cosas. Y la vida que es un milagro hermoso, siempre!