domingo, 8 de enero de 2017

Lo que aprendo de los Tiuques

Fascinado y feliz estoy con mis amigos los Tiuques, que vienen todas las mañanas y tardes hasta mi terraza en busca de su pan de cada día.

Me están enseñando muchas cosas. Pero hoy querría hablar de su maestría en el vuelo, la elegancia y precisión de sus evoluciones, su dominio sencillo del aire y los vientos. No dispongo de fotos ni de videos suficientemente buenos para que estén a la altura de lo que quiero decir de mis Tiuques, pero esto es más una oportunidad que una carencia, porque me obligará a expresar con  más precisión literaria la belleza que hay en sus vuelos.

Podéis imaginaros que la baranda de mi terraza, donde les pongo los trocitos de pan para que los cojan, es como la pista de un portaviones en mitad del mar, porque encima del mar, sometidos al spray de gotículas de agua marina que nos trae el fuerte viento del Oeste, al bramido de las grandes olas cuando rompen sobre las rocas y a la cerrazón del horizonte desde el que los chubascos enfurecidos se preparan para atacarnos, estamos nosotros. Estos últimos días ha hecho muy mal tiempo, pero mis Tiuques nunca han fallado, han venido a la hora en que siempre solían venir, lloviera o venteara. Y han aterrizado con asombrosa maestría sobre la baranda, cara al viento, con las grandes alas desesperadamente desplegadas y la vista fija en el trocito de pan que tienen que llevarse, las patas avanzadas, las garras listas, todo poseído de una asombrosa, formidable precisión.

Son varios mis visitantes habituales y cada uno tiene su comportamiento exclusivo, que es una manifestación de su carácter. Uno es jovencito y glotón, me acecha sin que yo consiga verlo y cuando salgo a la terraza con el trozo de pan aparece de entre la nada y se precipita sobre él para hacerle presa, permaneciendo luego a menos de dos metros de mí, comiéndose allí mismo, sin timidez ni miedo, su trofeo, o se lo lleva a la copa próxima de un árbol seco, siempre el mismo, como si fuera su comedor de verano, y allí se lo va comiendo tranquilamente. Otro es más tímido, algo más grande, más consecuente. Yo estoy convencido de que es una mamá Tiuque. Aterriza en la baranda siempre lejos del pan y luego camina sobre ella, en un largo recorrido de pasos ceremoniosos que me hacen reír, hasta que llega sin prisas a su objetivo. Y cuando coge el pan nunca se lo come, sino que despega de nuevo, con el pan en el pico, y siguiendo una trayectoria hacia el Sur, siempre aproximadamente la misma, se me pierde de vista entre el matorral costero y la arboleda que me rodea. Estoy convencido de que está criando a unos polluelos y que lleva el pan hasta su nido.

Cuando en estos días pasados el mal tiempo había llegado a sus máximos, era imposible que mis Tiuques cogieran el pan que yo intentaba ponerles en la baranda de mi terraza. No porque ellos no pudieran, sino porque el trocito de pan volaba inmediatamente en remolinos caóticos y se perdía. Entonces decidí tirarles el pan desde la terraza al campo inmediato. Ellos llegaban con la misma elegancia de siempre y aterrizaban junto al pan con la misma precisión de siempre. El jovencito se lo iba comiendo allí mismo, pero la mamá levantaba el vuelo desde allí, con el pan en el pico, y emprendía la vuelta hacia su nido.

Lo que me sorprendió es que cuando la tempestad de viento estaba en sus máximos, en vez de intentar volar agazapada entre los árboles, se elevaba hasta lo más alto del cielo. Parecía que el viento fuera a arrastrarla como a una pluma perdida. Pero no. Para mi sorpresa ella, cuando estaba allí arriba frente al viento huracanado, se ponía a ceñirlo, a navegarlo como lo haría el más fino de los barcos veleros, y así retornaba elegantemente, con toda calma y poderío, a su nido.

Admiro sus habilidades, sí, y agradezco su compañía, por muy interesada que sea, pocas no lo son. Pero además todo esto que he vivido me ha hecho pensar un poco sobre nosotros los humanos y nuestras capacidades técnicas. Hemos dominado el vuelo, sí, atravesamos la estratosfera de un extremo a otro del mundo como una rutina más, hemos llegado a la Luna y algún día lo haremos a Marte. Pero jamás volaremos con la maestría, la elegancia y la belleza con que lo hacen los pájaros, no solo los Tiuques, sino casi todos los pájaros. Yo soy capaz de hacerlo en sueños: doy dos patadones y empiezo a flotar en el aire, aleteo perezosamente con los brazos y me desplazo por encima de paisajes preciosos, pero eso es todo, un sueño, sí, eso es terriblemente todo. En nuestros vuelos reales, como en la mayoría de nuestros afanes diarios, lo que nos importa es la finalidad. La gente hace maravillosos vuelos transoceánicos con las ventanillas del avión cerradas, sin sentir la menor curiosidad por lo que está pasando fuera. Vivimos la mayor parte de nuestras vidas para alcanzar metas. Somos, en buena medida, esclavos de nosotros mismos. ¡Qué tremendamente aburrido!

¿Qué nos deparará técnicamente el futuro? Apenas se habla de una de las cosas que llegará, que está llegando ya: la Inteligencia Artificial. Se infiltra sin que nos demos cuenta en nuestra vida cotidiana en forma de Robótica, pero algún día las computadoras sabrán hacer las rutinas de las que está hecha la mayor parte de nuestras vidas mucho mejor que nosotros, y ese día… nosotros los humanos podemos llegar a sobrar, como lo hace ya buena parte de una Naturaleza a la que, con todo nuestro orgullo humano, hemos traicionado. Está pasando ya. Los blue collars de las antaño zonas industriales USA han votado a Trump porque creen que la globalización les ha quitado su trabajo. Esto es verdad solo en parte: mucho de su trabajo, un buen ejemplo es la industria del automóvil, se lo ha quitado la robotización de las líneas de producción.

Sin embargo, finalmente, quizá porque soy viejo y no tengo ya, como los jóvenes, toda la vida por delante, yo en el fondo me siento optimista. En el fondo quiere decir en el mismísimo fondo de la conciencia y de la vida, allí donde quizá pueda encontrarse a la Verdad. Y me siento optimista porque la Inteligencia Artificial, esa que es la madre de todas las amenazas, por mucho que domine mejor que nosotros todas las habilidades técnicas, jamás podrá enamorarse, ni emocionarse con la belleza de un arcoíris, ni recordar con nostalgia los felices tiempos pasados, ni experimentar intuiciones, presentimientos, angustia, alegría o miedo.


Ni mucho menos podrá volar como lo hacen cada día, sin darle ninguna importancia, mis queridísimos Tiuques. Con esa profunda, sencilla, inmensa belleza.


Tiuque (Milvago chimango)
Lámina 72 de "Las aves de Chile", Daniel Martínez y Gonzalo Gonzalez

2 comentarios:

Paola dijo...

Desde que visito su blog, siempre que leo que dejó Chiloé para volver a España (como una apasionada de los pájaros) pienso no tanto en la tristeza con la que ud. Se aleja; sino en la tristeza con la que se quedan sus tiuques y todos sus demás pájaros en Chiloé... ¿qué pensarán la primera mañana luego de su partida, cuàndo van en busca de la porción que les dá y no hallan nada? Deben notar su ausencia por supuesto, lo deben extrañar!

olo dijo...

Me preocupa tanto como a usted. Me tranquiliza un poco el hecho de que ellos solo vienen en busca de su pan al amanecer y al anochecer, con lo que durante el día espero que estén ocupados en sus prácticas habituales de buscar comida; tienen hábitos carroñeros pero también cazan insectos y hasta los pollitos de las gallinas. Ahora, en pleno verano austral, debe serles fácil encontrar gusanos, escarabajos, caracoles, toda esa fauna menuda. Durante mis dos últimos meses en Chiloé uno de los Tiuques, posiblemente una mamá, no se entretenía en comerse el pan cerca de mi casa, sino que volaba con él en el pico hasta lo que pienso que sería su nido. Y en mis últimos días allí tuve la satisfacción de que venía a verme con uno de sus pollos, quizá el único, aunque en una nidada pueden criar hasta tres. Era más grande que ella, gordetón y torpe, con las plumas de la cabeza todavía a medio formar. La madre lo arrimaba a uno de los trozos de pan que yo les tiraba, para que aprendiera a hacerlo por su cuenta y él, cuando la madre se le acercaba con este fin, lo que hacía era abrir el pico como un polluelo esperando que la madre le metiera la comida en la boca. Por cierto que ya volaba bastante bien.