viernes, 12 de agosto de 2011

Hacia Magallanes


Ayer y hoy he estado en mi viejo barco, el que me permitió navegar todo lo lejos que yo había soñado. Lleva mucho tiempo amarrado, sin salir a la mar, pero todavía podría hacerlo en cualquier momento. He sentido una melancólica tristeza, porque la fuerza del destino, o mi necedad, tiende a separarnos. Mi barco es para un mí como un amigo fiel .

Sueño a veces, pero despierto, que aparejo mi viejo barco y pongo rumbo con él hacia Chiloé. He estudiado la ruta, me la sé casi de memoria, aunque la infinitud de canales chilenos que se abren y entrecruzan tras dejar atrás Magallanes todavía se me resiste. De Cádiz a las islas de Cabo Verde, de allí al cabo Frío, en Brasil y luego de un tirón glorioso hasta el cabo Vírgenes, para entrar en Magallanes evocando a Arthur Gordon Pym, el héroe loco de Poe que se perdió por allí hacia el Sur, atraído irresistiblemente por los hielos antárticos. También recordando a Joshua Slocum, Sarmiento de Gamboa, el mismo Magallanes y sus héroes, tantos navegantes ilustres que se han medido con aquellas aguas. Después, culebreando entre los canales del Sur, salir por fin al Golfo de Penas y sentir al cruzarlo la emoción de tanta gente de la mar y tantos emigrantes chilotes, que cuando lo han hecho les ha parecido que se estaban jugando su destino a los dados. Luego los Chonos con sus misterios, el canal Moraleda y finalmente Chiloé, la isla grande, tan querida.

Serían cinco meses de navegación, demasiado de ese tiempo que ya me acosa como un viento contrario. Aunque nunca sabes lo que te espera en el futuro y, por otra parte, ¿dónde está la frontera entre el vivir y el soñar despierto? ¿Existe realmente esta frontera, o la hemos soñado?

Por el momento, mi barco espera.

lunes, 8 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (4).- Sed como niños

<<Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.>> (Mateo, 18:2,3)

Esta referencia del Evangelio de San Mateo  se corresponde con la gran sorpresa que me dio la Cartuja. Esperaba encontrar monjes y eremitas sesudos, silenciosos, concentrados en sí mismos, pendientes solo de la consideración de los sagrados misterios, la oración y la contemplación. Los cartujos lo eran, sin duda. Pero en la base de esta forma de ser, sustentándola, estaban personas sorprendentemente inocentes, que manifestaban sin ningún recelo la alegría y la ingenuidad de los niños. Esta fue una de las experiencias más sorprendentes que viví en la Cartuja, quizá la que más ha persistido dentro de mí, también la que más admiración y respeto me produjo entonces. A las pocas horas de dejar la Cartuja para siempre, volvía yo en un autobús de línea para Madrid, atravesando la hermosa y austera Castilla la Vieja. Recuerdo que hicimos una parada en la ciudad de Lerma, en una plaza situada bajo la imponente fortaleza palacio del duque del mismo nombre, cargada de historia. Algunos pasajeros bajamos a tomar un café; no había mucho ruido en aquella plaza, porque los castellanos son gente de pocas palabras, pero a mí me pareció que me rodeaba un estruendo. En ese momento me di cuenta de lo que había dejado atrás: el silencio y la inocencia, la soledad y la pureza, fundidos los cuatro en un cemento común.  Silencio y soledad, un entorno eremítico en el que solo se puede sobrevivir con inocencia y pureza. Considero que estas dos son las cualidades más notables que los cartujos tienen.


Desde entonces, es decir, durante la mayor parte de mi vida, me ha rondado por la cabeza una idea que ahora que soy abuelo rebrota una y otra vez con insistencia: la etapa más perfecta de la vida de un individuo humano es la niñez. ¿En qué sentido perfecta? Explicarlo exigiría un espacio que aquí no tengo; baste decir que cuando el paso del tiempo te obliga a abandonar la niñez dejas de ser un individuo único y te conviertes en un espécimen de Homo sapiens. Las responsabilidades y exigencias que te impone tu especie (que es tu nación, tu pueblo, tu familia, tus padres, tus hijos, tus compañeros y amigos) caen encima tuya como una pesada losa. Pierdes tu libertad esencial, ésa de la que gozabas cuando eras un niño, la de tu imaginación, tu fantasía, tu capacidad de asombro, tu poder de amar sin condiciones, pierdes todo eso, o lo empiezas a perder poco a poco, a medida que tu niñez se va desgastando. Es cierto que se trata de un desgaste deseado, porque estás en el mundo para consumirte como una lámpara de aceite, dándolo todo, al menos eso es lo esencial de la visión cristiana (ese tiempo lineal) de la vida. Pero cuando consideras tu vida desde el recuerdo de la plenitud de tu niñez, solo puedes considerarla como un proceso de pérdida.


Esta es mi visión de las cosas. Pero los cartujos me enseñaron que la niñez puede recobrarse. La inocencia de los cartujos no es una inocencia virginal, innata y nunca perdida, sino que es una inocencia reencontrada, derivada de su manera de vivir en la Cartuja. La comunidad de cartujos de Miraflores lo era de hombres maduros, muchos de los cuales habían tenido vidas complicadas. Cuando yo los visité, el padre procurador habia pertenecido al Cuerpo Diplomático durante bastantes años, conociendo muchos países del mundo en estas tareas; el padre prior había sido cura párroco en un pueblo de Castilla durante la mitad de su vida, antes de dejarlo todo para ingresar en la Cartuja. Entre la comunidad de padres había uno que había llegado a ser capitán de la Legión Extranjera española, un cuerpo de élite que nació en el Norte de África y operaba habitualmente en el Sahara; otro había sido periodista. Entre los hermanos, dos venían de las ermitas de Cordoba, donde habían sido ermitaños hasta que su comunidad fue disuelta; todavía vestían su hábito pardoscuro de origen. ¿Cuántas historias más tendrían aquellos hombres, cuya mayoría yo no llegué a conocer? El caso es que la inocencia de aquellos cartujos no era una prolongación de la que tuvieron cuando niños, sino un hallazgo, una adquisición trabajosa, ellos dirían que a causa de la gracia y el amor de Dios.


Acabo ya estas consideraciones que van siendo demasiado largas. Rememoraré ahora un par vivencias que me pusieron de manifiesto la inocente ingenuidad de los hermanos y padres cartujos de Miraflores, con la esperanza de remachar con estos ejemplos lo que he querido transmitir.

Empezaré con el Hermano Bruno, fotografiado por Ortiz Echagüe a la izquierda. Antes de visitar la Cartuja ya conocía yo su rostro a través de esta foto y sabía algo de él por lo que Antonio González había escrito en  las "Estampas Cartujanas" y publicado en la prensa.
Hermano Bruno era un campesino vasco, que se expresaba con dificultad en todo lo que no fuera su euskera natal y que tenía una pierna artificial, lo que en aquellos tiempos de escasa riqueza en España quería decir una pata de palo, como las de los piratas antiguos. Además, dentro de la Cartuja tenía fama de santidad.
Dejé escrito en la entrada anterior (nº 3) de esta serie que en mi primera noche en la Cartuja entré enseguida en la iglesia para  la liturgia de Maitines, ocupando una silla del coro de los Padres. A los Hermanos les era imposible verme desde su coro, tal y como se muestra en las fotos de la entrada anterior. Cuando los Maitines terminaron emprendí el camino de vuelta hacia la hospedería, sin hablar con nadie, siguiendo las instrucciones del Maestro de Novicios. El recorrido era complejo, varias puertas y pasillos que tuve que ir rememorando trabajosamente, bajo la luz mortecina de escasas ampolletas eléctricas. Pronto quedé completamente solo, porque la hospedería estaba lejos de los dormitorios de los Hermanos y las celdas de los Padres. Con trabajo pude llegar hasta el pequeño claustro al que se abría la puerta de la hospedería. 
En ese mismo momento se apagaron las luces y todo el monasterio quedó completamente a oscuras. Recordé que el Padre Maestro de Novicios me había dicho que la electricidad del monasterio provenía de un grupo electrógeno que era apagado pocos minutos después de que concluyeran los Maitines. Aun así, me puse un poco nervioso, porque en aquel claustro, casi a tientas, no conseguía dar con la puerta de la Hospedería.
Estaba perdido, tanteaba las paredes del corredor con mis manos pero la puerta de la hospedería no aparecía. Pasaban los minutos y mi vista se iba acostumbrando a la oscuridad; el patio del claustro estaba débilmente iluminado por la luz de una luna menguante o creciente, que habría salido hacía poco. No sabía qué hacer.
De pronto me pareció escuchar unos pasos lejanos. Sí, eso eran, pero a medida que se acercaban percibía yo que eran también unos pasos extraños. Sonaban como si procedieran de un cuerpo con una sola pierna. Tuve entonces una premonición: los pasos que yo oía eran de la pierna que le faltaba al cuerpo que se me iba acercando, ¡eran los pasos de una pata de palo! Enseguida me convencí de que solo podía tratarse del Hermano Bruno y esta convicción, dado mi estado de nervios, se me hizo certeza.
Ahora debo describir cómo es un claustro:  un patio más o menos grande, de planta cuadrada, ceñido por cuatro corredores o pasillos, uno a lo largo de cada uno de sus cuatro lados. Yo estaba en el corredor dónde sabía que se encontraba la puerta de la hospedería, aunque no diera con ella. Los pasos se me acercaban por un corredor perpendicular al mío, de modo que el que se me acercaba y yo no podíamos vernos. La escasa luz de luna iluminaba la parte de los corredores muy próxima al patio, nada más.
Me encaminé hacia la esquina de los dos corredores, para darle el encuentro a quien yo estaba convencido que era el hermano Bruno. Cuando sobrepasé la esquina, el que venía estaba ya muy cerca de mí. Lo vi y en efecto, era el hermano Bruno, de manera que me paré ante él y le dije: "Buenas noches, Hermano Bruno". El buen cartujo, como era de esperar, se paró en seco y me miró con ojos asombrados. Entonces sucedió lo que jamás me habría podido esperar: dio la vuelta y salió corriendo, huyendo de mí. Su carrera era la de un hombre que tiene una pierna artificial, una pata de palo: a trompicones. Pero rápidamente se me alejó y desapareció en la oscuridad. Enseguida dejé de escuchar sus pasos, probablemente porque había abandonado el claustro a través de otra puerta.
Si el Hermano Bruno se llevó un susto, no fue menor el mío. El hecho de que aquel buen monje huyera aterrorizado de mí se reflejó en mi ánimo. Luego he comprendido que no sabiendo que aquella noche acababa de llegar a la Cartuja un hombre procedente del mundo exterior, se sorprendiera de mi aparición, hasta la creyera fantasmal o demoníaca, quién sabe. El caso es que yo me conmoví también, y me llevó algún tiempo calmarme.Quizá fuera la soledad y el silencio de aquel claustro, unido al convencimiento de que no podía pedir ayuda a nadie, lo que me trajo la calma.  Con la ayuda de un encendedor fui registrando las paredes oscuras, hasta que dí con la puerta de la hospedería, entré en mi cuarto y por fin descansé.


La segunda anécdota que quiero relatar ocurrió otra madrugada durante la liturgia de Maitines. Su protagonista fue un padre cartujo viejecito, parecido físicamente a quien aparece en la foto de la derecha que fue padre vicario en Miraflores cuando Ortiz Echagüe hizo sus fotos, pero ya no estaba en la Cartuja cuando yo la  visité.
He descrito en la entrada anterior de esta serie que los padres cartujos iban turnándose en el facistol para dirigir el canto del oficio de Maitines. Aquella madrugada, hacia la mitad de la liturgia, le llegó el turno a un padrecito viejo. La comunidad entera de padres estaba como siempre llena de devoción, la atmósfera era de una gran espiritualidad. El padrecito empezó a entonar sus salmos, a los que contestaba el resto. De pronto, en uno de ellos, al padrecito debió faltarle aire y se le escapó un gallo ("nota falsa y chillona que emite quien canta", según el Diccionario de la Academia). La comunidad le contestó como si no hubiera pasado nada. Cuando el padrecito estaba entonando su siguiente recitación, uno de los padres rompió en una risa incontenible, que en el silencio de aquella iglesia no pudo pasarle desapercibida a nadie. Estas situaciones tienen a veces un carácter contagioso, ese fue el caso allí: uno a uno primero, en masa a continuación, la mayoría de los padres cartujos se incorporaron a un ataque de risa colectivo, que duró algunos segundos, deteniéndose el rezo. Luego siguió un silencio que se prolongó por unos instantes, hasta hacerse ensordecedor. Enseguida el padrecito cartujo repitió su entonación, y el rezo de Maitines se reanudó normalmente, con la misma devoción de antes, como si no hubiera pasado nada.

He traído aquí estas dos anécdotas para poner de manifiesto que los cartujos que yo conocí en Miraflores eran como niños, siguiendo el consejo de Jesús. En ningún otro momento o lugar de mi vida me he encontrado una atmósfera humana tan pura, tan inocente. Por eso me dolían los oídos y algo más cuando volvía en el autobús camino de Madrid.


Ya lo he dicho, pero para terminar lo repito: lo verdaderamente sorprendente, aunque obvio, es que aquellos cartujos no eran unos niños, sino hombres que se habían vuelto como niños, y esa era una gracia que se la debían al espíritu de la Cartuja, que quería ser, en definitiva y antes que otra cosa, el de Jesús en Nazaret.




Composición de rostros de padres cartujos de Miraflores (recortada de fotos de Ortiz Echagüe)


Nota sobre las fotografías de esta entrada:
Todas las fotos de esta entrada son obra de José Oriz Echagüe (Guadalajara 1886 - Madrid 1980), sin duda uno de los mejores fotógrafos que ha tenido España. Fueron tomadas de la 2ª edición (1947) de "Estampas Cartujanas", Antonio Gonzalez, Editorial Bilbaína.

domingo, 7 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (3).- En la Cartuja de Miraflores

Esperaba yo en la puerta de entrada de la Cartuja a que los monjes acudieran a mi cita. La oscuridad era casi absoluta bajo un cielo todavía sin Luna, lleno de  estrellas. En la fría noche otoñal el silencio solo se rompía  por el murmullo ocasional del viento en las frondas de los árboles cercanos. Sentí desamparo, luego comprendí que aquello no era sino el puente que debía cruzar entre el mundo cotidiano y el universo mágico del monasterio. De pronto se encendió una bombilla anclada en la piedra, sobre el gran portón de entrada. Su luz me deslumbró, aunque no era intensa. Se oyeron ruidos que tomaron pronto la forma de pasos, luego el chirriar sordo de cerrojos por el otro lado del portón, que terminó entreabriéndose. Me esperaban dos monjes blancos, con las capuchas cubriendo de sombra sus rostros. Uno, el hermano portero, permaneció en silencio. El otro era el padre maestro de novicios, que me saludó cordialmente y me indicó que lo acompañara. Cruzamos un patio y recorrimos el corredor de un pequeño claustro, hasta llegar a la puerta de la hospedería, pesada y maciza, que el monje abrió con una llave que luego me entregó. Subimos una escalera de piedra y llegamos a la que sería mi celda durante los días que permaneciera en la Cartuja. Una habitación sobria y antigua, alta de techos y amueblada con sencillez, en una de cuyas paredes se abría una espléndida chimenea tallada en mármol, construida con motivo de que el emperador Carlos V se hospedó allí en 1520. Debía limitarme a dejar mi equipaje, porque el oficio de Maitines estaba a punto de empezar y teníamos que unirnos a la comunidad de monjes en la iglesia. Eso hice. De manera que mi entrada en la Cartuja fue más un chapuzón que una introducción lenta y sosegada. Después comprendí que ésta era la mejor manera de hacerlo.


Puerta de entrada a la Cartuja de Miraflores. Al fondo y a la izquierda
       sobresale la iglesia del monasterio. Aunque esta Cartuja se fundó en  1441,
 la construcción de la iglesia, en un bello estilo gótico ojival, no se inició
 hasta 1452, culminando en 1507. Cincuenta y cinco años,
 otro sentido del tiempo.
  
El padre maestro de novicios me guió a través de pasillos y puertas camino de la iglesia, pidiéndome que recordara la ruta, porque luego tendría que volver solo. Desde la sacristía entramos en el coro de los padres, donde me dejó sentado como uno más entre ellos. Iba a empezar el oficio de Maitines, esa hora mágica de la medianoche con la que se inicia el día en una Cartuja. Me encontré de pronto trasladado a un mundo que apenas había cambiado desde el siglo XI. En dos filas a lo largo de los dos costados de la nave central de la iglesia se disponía la sillería del coro de padres, y allí, ante mis ojos, estaba la comunidad de padres cartujos de Miraflores. Los hermanos, un rango inferior, no sacerdotal y ocupado en trabajos manuales, rezaban en su propio coro, situado a continuación, hacia la puerta de entrada.

Monjes cartujos de Miraflores en el coro de padres, durante el oficio de Maitines
(Foto a doble página de Ortiz Echagüe, en "Estampas Cartujanas")

Retablo mayor, altar y sepultura de los fundadores
(Juan II de Castilla y su esposa) en la iglersia de
la Cartuja de Miraflores. A los lados puede verse
el comienzo de la sillería del coro de padres.


Lo que hacían los padres era cantar en gregoriano el Oficio Divino, una colección de salmos y otros textos de las Escrituras. El canto era monótono, sobrio, sin música que lo acompañara. Los padres cartujos se iban turnando en el facistol, un gran atril de madera situado en el centro del coro, estableciéndose un diálogo cantado entre el que dirigía el rezo desde el facistol y los que permanecían en sus sillas de coro. La gran nave de la iglesia estaba semioscura, con solo las luces necesarias para poder leer los textos, que la mayoría de los padres, por otra parte, conocía ya de memoria. Con discreción pude ir observando los rostros de aquella comunidad de monjes eremitas. Los había de todas las edades, estaban todos concentrados en sus rezos (ninguno cruzó la mirada conmigo) y me impresionó la mezcla de serenidad y alegría que se reflejaba en sus rostros. La atmósfera estaba impregnada de una profunda espiritualidad, quizá como no la haya percibido yo nunca, ni antes ni después.

En el centro, facistol, y a los lados, sillería del coro de los
padres, con el retablo mayor al fondo
.
Pero, ¿que quiero significar con una atmósfera impregnada de espiritualidad? ¿Hay algo más en esta expresión que una simple figura retórica? Creo que sí. Aquellos padres cartujos estaban allí junto a mí sin llegar a estarlo, porque parecían tener sus sentidos vueltos hacia el interior de ellos mismos, aunque sus rezos se fundían claramente en una oración comunitaria. Todo ello en un marco de extrema sencillez, de inocencia, como ya describiré en una entrada próxima. Comprendía yo que para una vocación eremita como la del cartujo, destinado a la soledad, la oración comunitaria en la iglesia, al estilo monacal, era un elemento esencial de su vida.

En primer plano,sillería del coro de los hermanos cartujos de
Miraflores. Al fondo, entre dos altares, la puerta que lo une al
coro de los padres, y más al fondo el retablo mayor. A este
lado del coro de los hermanos, una reja lo separa del espacio
de la iglesia destinado al público, en las raras ocasiones en
que puede asistir gente no enclaustrada a un acto religioso 

en la Cartuja.


 La iglesia es el centro principal de la vida comunitaria, o monacal, en una Cartuja. En ella se reune diariamente toda la comunidad en tres ocasiones. A la medianoche, cuando durante dos a tres horas rezan los oficios de Maitines y Laudes. Por la mañana, en la misa comunitaria. Y por la tarde en que rezan el oficio de Vísperas. Mientras que los padres cantan el oficio divino en su coro, los hermanos, en el suyo, rezan individualmente, cada uno para sí mismo, Padrenuestros, la oración que nos enseñó Jesús. Un hermano cartujo puede rezar así, a lo largo de un año, cerca de medio millón de Padrenuestros. Cuando se ingresa en la Cartuja, se deriva hacia padre o hermano en función de la capacidad cultural que tiene el neófito de culminar o no los estudios del sacerdocio, y de la propia vocación.

Cuando no están en la iglesia, los padres cartujos permanecen encerrados en sus celdas haciendo vida eremítica, mientras que los hermanos trabajan en las distintas actividades necesarias para la vida del monasterio: sastrería, barbería, carpintería, cocina, trabajos en la granja, etc. Todo ello hecho, por padres y hermanos, en un absoluto silencio, roto solo durante unas horas los domingos. Este silencio, junto con la oración, son los dos pilares que sustentan la vida cartujana. Así de sencillo.

La oración es el foco espiritual de la vida de los cartujos. Una oración que no solo es un acto de petición y comunicación con Dios, sino una puerta de entrada a un mundo de muy difícil acceso, el de la contemplación y lo místico. Esta fue una lección que aprendí aquella misma noche. Yo me había imaginado a los cartujos solos en sus celdas, entregados a profundos  arrebatos místicos. No es así. Los cartujos, en la soledad de sus celdas, en la comunidad de la iglesia o en el trabajo de los hermanos, lo que hacen sobre todo es rezar, es decir, hablarle a Dios. En esto se fundamenta toda su vida espiritual.

"Dime cómo vives y te diré quién eres", expresa en una de sus múltiples formas un viejo refrán castellano. Y en efecto, si uno llega a conocer la casa de alguien, su morada interior, es capaz de comprender mucho mejor su personalidad y su forma de estar en el mundo. Yo quiero presentar ahora,en tres vistas aéreas,   las tres formas básicas de vivir como  monje cristiano. 

    
Ermitas de Córdoba (picar con el ratón para ampliar)

1).- Eremitismo puro: ermitas de Córdoba
Fundadas en la Córdoba hispanorromana del siglo III, por el obispo Osio, que estuvo en Oriente participando en el concilio de Nicea y trajo de allí las ideas para esta fundación. Estuvieron activas hasta los 1960s, en que la orden fue disuelta. El eremitorio está cercado por una tapia de piedra. En el extremo inferior izquierdo están la entrada y las dependencias comunes (granja, molino, hospedería, capilla, etc). Las emitas son viviendas pequeñas aisladas y repartidas por todo el eremitorio. El edificio grande en el centro del eremitorio es una construcción posterior, un noviciado construido por los carmelitas descalzos, que recogieron las ermitas una vez que los ermitaños se extinguieron. En estas ermitas se vivió durante 17 siglos el mismo espíritu de San Antonio abad de Egipto. Los ermitaños permanecían la mayor parte del tiempo en soledad absoluta, cada uno en su ermita, y solo en circunstancias excepcionales se reunían para algún acto comunitario.



2).- Monaquismo puro: monasterio cisterciense de Poblet (Tarragona, España)
Fundado en 1150. El monasterio está rodeado por una muralla con bellas torres de defensa. Como muchos otros monasterios durante la tormentosa Edad Media, cumplía también el papel de fortaleza donde los vecinos próximos podían refugiarse en tiempos de guerra o correrías.
El primer edificio de planta cuadrada en el extremo inferior de la foto es la sacristía. Encima de ella se situa la gran iglesia rectangular, centro de la vida monástica. Por encima de la iglesia, un patio cuadrado y ajardinado es el claustro, alrededor del cual los monjes rezan, meditan y pasean. El claustro está rodeado por edificios varios, que se extienden hasta el final del monasterio, en la parte superior: dormitorios de padres (sacerdotes) y hermanos, talleres, biblioteca, refectorio, cocinas, bodega donde se hacía vino, cárcel, dependencias agroganaderas, etc.
Las celdas en las que viven los monjes son habitaciones individuales dentro de grandes naves dormitorio, cuya función principal es el descanso. Porque los monjes rezan y trabajan en común.


3).- Combinación de monaquismo y eremitismo: Cartuja de Miraflores (Burgos, España).
Fundada en 1441 por el rey Juan II de Castilla. Lo que caracteriza a las Cartujas, lo que las hace únicas en una vista aérea, es el gran claustro y la disposición a lo largo de sus cuatro lados de las celdas de los padres cartujos, monjes eremitas. De estas celdas vemos bien en la vista aérea sus pequeños jardines rodeados por altos muros. En la parte inferior de la foto, hacia la derecha, está la entrada al monasterio, la misma que vemos en la primera foto de este capítulo. Inmediatamente arriba, hacia el centro, está la iglesia. Por encima de la iglesia, la mitad derecha de la foto está ocupada por distintas dependencias de la Cartuja. La mitad izquierda, por el gran claustro rodeado de las celdas de los padres eremitas;encima de este conjunto, la huerta del monasterio. 
Los hermanos cartujos hacen una vida enteramente monacal, excepto en el silencio estricto al que están obligados. Los padres cartujos viven como eremitas en la soledad de sus celdas, cada una de las cuales es, en realidad, una pequeña ermita, con huerto/jardín, taller en la planta baja y oratorio/estudio/dormitorio en la alta; actúan como monjes cuando tres veces al día (Maitines/Laudes, Misa y Vísperas) se reúnen en la iglesia para cantar el Oficio Divino, pero aun entonces el silencio es obligado.

Finalmente, sigue otra foto aérea de la Cartuja de Miraflores, sobre la que he señalado las dependencias más importantes. Baste con todo ello, así lo espero, para que mis lectores comprendan el entorno físico en el que se desarrolló esta aventura espiritual de mi juventud.


Cartuja de Miraflores (picar para ampliar)
Yo vivía en la hospedería, desde la que me desplazaba a la iglesia para los actos litúrgicos comunitarios. A mi habitación me traía la comida un hermano cartujo, y allí me visitaron el padre procurador y el maestro de novicios, para charlar conmigo. La única dependencia exterior distinta a la iglesia que visité fue la celda del padre prior, con el que mantuve una conversación. También me reuní un domingo con todos los padres en el huerto, en el rato semanal en el que les está permitido romper el silencio.
De manera que apenas enturbié la paz de la Cartuja, salvo en una ocasión singular que describiré en una entrada próxima. Tampoco introduje cambios en sus ritmos de vida. Ellos quisieron que, para que conociera lo que es la Cartuja, mi vida se aproximara, siquiera remotamente, a la de un eremita más.



San Bruno, fundador de los cartujos. Escultura de Pereyra en Miraflores.

sábado, 6 de agosto de 2011

Los estudiantes chilenos en lucha, BlackRock y el imperio mundial de las máquinas

Los chilenos están acostumbrados a que el suelo tiemble bajo sus pies. Saben bien que cuando esto sucede las causas finales están en una conmoción mucho más profunda. Algo hondo, una fricción entre placas tectónicas, el empuje de una contra otra, alcanza un punto de ruptura, la tensión se libera de golpe y las ondas sísmicas se propagan desde allí abajo hasta alcanzar la superficie con devastadora violencia.

La lucha que desde hace meses está llevando adelante el movimiento estudiantil chileno, no solo universitario, también de secundaria, es admirable y sorprendente, incita a una reflexión. Que el problema de la educación se siente como frustrante por muchos chilenos lo ha podido captar hasta un extranjero como yo viviendo en un rincón aislado de Chiloé. Ese amigo marino que se quedó sin trabajo como consecuencia de la crisis de las salmoneras y ha tenido que suspender los estudios de medicina de su hijo, “los reanudará en cuanto yo consiga algo de plata”, te dice con determinación y hasta con optimismo, porque es un luchador. O el presidente de una comunidad indígena apartada al que ves, junto con su mujer y su hija mayor, que esperaba ser becada para ir a la universidad, sumidos los tres en la decepción amarga de que no le han concedido la beca, y tú te das cuenta de que muchas esperanzas profundas se les acaban de ir por la borda. Muchas otras anécdotas que te indican lo prioritario que es para los chilenos el tema educativo.

Tanto lo es que ha levantado a la gente joven y la ha puesto en una lucha que tiene trazas de durar. Y quizá una reacción torpe de las autoridades en el uso de la violencia policial ha llevado a que no solo los jóvenes estudiantes estén en lucha: sus padres los apoyan y una mayoría de la sociedad chilena parece estar detrás de ellos. Algo profundo se está conmoviendo en Chile, la gente está diciendo “¡basta!” y uno percibe que esta protesta es más profunda y extensa de lo que inicialmente la disparó.

Pero no solo en Chile, en otras partes del mundo la juventud se conmueve y, lo que es muy significativo, arrastra tras ella al conjunto de la sociedad. Eso ha pasado, está pasando, en toda el África del Norte, desde que Mohamed Bou Azizi se quemó vivo en Túnez y los jóvenes de El Cairo tomaron la plaza de Tahrir. Está pasando en España, donde miles de jóvenes “indignados” con la situación política y económica tomaron las calles y plazas de todas las ciudades grandes para expresar su protesta. Va a pasar en más sitios, de eso estoy seguro.

En todos los casos se trata de movimientos noviolentos y no soportados por ninguna de las utopías ideológicas conocidas. Los jóvenes quieren que su mundo, el que va a ser suyo porque los espera en el futuro, sea mejor que el de sus padres. Siempre se ha querido así, en eso consiste el progreso humano. Mejor significa que sea un mundo más justo y seguro donde, sin necesidad de esfuerzos heroicos, se pueda ser razonablemente feliz. Y a mí me parece que la clave de lo que está empezando a pasar es que los jóvenes y con ellos el conjunto de la sociedad, empiezan a percibir que el mundo que se les echa encima no va a ser mejor, sino peor, más injusto e inseguro, que el que estamos viviendo ahora mismo.

¿Quién tiene la culpa de esto? Posiblemente nadie, ningún humano, tiene la culpa de lo que está pasando y puede pasar. Pero todos seremos culpables de que llegue a pasar, porque todavía podemos evitarlo. Además, siempre es todavía, siempre podremos tener la esperanza de que es posible cambiar el rumbo que lleva el mundo. En esto, los jóvenes nos están dando ejemplo a todos. Claro que eso precisamente es ser joven: no resignarse, no rendirse, aspirar a lo que parece imposible pero nunca lo es.

El mundo está cambiando, nunca dejó de cambiar, aunque en los últimos tiempos lo hace a un ritmo acelerado. Ese cambio es inevitable, pero en lo que se refiere a las dimensiones que están a nuestro alcance, nosotros los humanos podemos y debemos tratar de orientarlas en la buena dirección. ¿La buena? ¿Cuál es el criterio de bondad? Aquél que ofrezca a todos los que van a seguir viviendo en esta Tierra el mejor futuro posible. Un criterio, en definitiva, solidario.

Europa se debate en una crisis económica, que ya lo es también política y social, muy profunda. Los EEUU empiezan a caminar por esta vía, y terminará haciéndolo el resto del mundo. ¿Cuál es el problema? Intentaré expresar mi punto de vista usando como ejemplo a BlackRock.

BlackRock es una de las compañías de gestión de inversiones más grande del mundo. Tiene su sede en Wall Street y trabaja para clientes que quieren invertir su dinero en la forma más segura y rentable posible. En contraposición a otros actores de Wall Street, como Goldman Sachs o, hasta que quebró, Lehman Brothers, BlackRock no invierte su propio dinero, no especula, no desarrolla conflictos de interés con sus clientes como los que acabaron con Lehman y han estado a punto de llevar a Goldman al banquillo de los acusados porque rozaban, si no penetraban, la estafa. BlackRock se limita a prestar el mejor servicio posible a sus clientes y lo hace extraordinariamente bien. Tiene clientes en todo el mundo y su plantilla es de 9.000 empleados, de los que cerca de 2.000 trabajan en el que es el cerebro de BlackRock, el departamento de gestión de riesgos, donde se toman las decisiones de inversión. Allí no hay solo contables o economistas, también, quizá sobre todo, hay matemáticos, físicos e informáticos, con unas capacidades de desarrollar modelos y de computación de riesgos poderosísimas y muy sofisticadas. Dicen que no hay nadie en el mundo que maneje el análisis de riesgos de una inversión como es capaz de hacerlo BlackRock.

Quizá como consecuencia de estas habilidades, el volumen de activos, es decir, de dinero de sus clientes de todo el mundo invertido por BlackRock o en disposición de serlo,  es absolutamente fenomenal. Solamente el Producto Interior Bruto (PIB) de EEUU, China o Japón son mayores que el conjunto de activos gestionados por BlackRock. Cualquier otro país, empezando por Francia, Brasil, Gran Bretaña o Rusia, maneja una riqueza menor que la que maneja BlackRock.

Así que BlackRock representa muy bien eso que los media nos presentan hoy como “los mercados”. BlackRock, con sus escasos 9.000 empleados, así como otras pocas organizaciones similares, son los mercados. Toman decisiones de inversión o desinversión que pueden arruinar a Irlanda, España o Italia, amenazar gravemente la supervivencia del Euro, cosas así, quiero decir así de terribles. Y no lo hacen con espíritu de villanos, sino con la lógica fría, hiperracional, del capitalismo: máxima seguridad, máxima rentabilidad, para sus clientes. Ni engañan ni pretender engañar a nadie. BlackRock es eso, así la hemos creado en Occidente: una máquina fría que opera en todo el mundo, sin ningún control ciudadano o político, que puede derribar gobiernos y provocar catástrofes económicas, así como puede sacar de la miseria a regiones enteras de Asia. 

Finalmente, esa lógica implacable no puede terminar sino esclavizándonos. Por eso el problema actual del mundo, el de los estudiantes chilenos, los jóvenes norteafricanos, los “indignados” españoles, en definitiva el de la inmensa mayoría de los humanos, que somos gente de a pie, no son los ricos, ni el capitalismo ni el partido comunista chino, ni cualquier otra entelequia anticuada: NUESTRO PROBLEMA ES QUE SE NOS ACERCA EL IMPERIO DE LAS MÁQUINAS.

Avanzan al galope por las estepas, podemos oír el estruendo de sus mecanismos con solo poner nuestro oído en el suelo. Están llegando, derribando ya todas nuestras murallas. Las máquinas no son malas, tampoco buenas. Son máquinas, no tienen sentimientos, ni valores. Ese es, sencillamente, nuestro problema, que son incapaces de sentir piedad. No lo olvidemos.

No hace falta decir, aunque no puedo dejar de hacerlo, que la sola arma eficaz de que podemos disponer los humanos para librarnos de esta amenaza de las máquinas son los valores. No los valores financieros, sino los morales, los imperativos categóricos kantianos, o los que nos han enseñado los poetas, los chamanes, las grandes religiones o las grandes revoluciones: libertad, igualdad, fraternidad, amor al prójimo, coraje, respeto a la naturaleza, creencia en lo trascendente, desarrollo interior, fantasía, ingenuidad, inocencia. Todo ese software, inalcanzable por las máquinas dada su infinita complejidad, manejable solo por la potencia inigualable de un corazón con un cerebro humanos.

jueves, 4 de agosto de 2011

Ruidos de tripas

Nuestro tiempo, tan tecnocientífico, ha reducido el mundo de los sueños a sus expresiones neurológicas, entre las que destaca el REM (rapid eye movement). Pero los humanos sabemos que contiene mucho más. Un sueño es capaz de conmoverte, intrigarte, traerte recuerdos que creías olvidados y, en el caso de una pesadilla, llenarte de miedo o angustia. Por eso aceptamos que la ciencia no es todavía capaz de desentrañar los significados y los motivos de los sueños, encerrando  ese “todavía” nuestra fe en el poder iluminador de la ciencia, que en algunos casos tiene un carácter casi religioso.

Yo me muevo esta mañana por otras vías. Hace un rato, a las siete y media, me he despertado como casi todas las mañanas, sin memoria de haber soñado. Pero hoy, además, con lo que solo un poeta sería capaz de describir, algo así como “lleno el corazón de una extraña emoción”. Además con la sensación de que esta emoción tiene una causa, un origen y un significado.

¿Qué hay en esto, veleidades de la condición humana, premoniciones, quién lo sabe? Los escépticos dirían con ironía que se trata de un ruido de tripas mental. Pero cuando las tripas suenan siempre hay alguna causa.

¿Se puede soñar despierto?

miércoles, 3 de agosto de 2011

Un parque eólico en Mar Brava (III).- La conveniencia de su relocalización

Sucedió lo que muchos en Chiloé y fuera de ella temían: el 1 de agosto, las autoridades ambientales de la X Región dieron el visto bueno al proyecto del parque eólico llamado "Chiloé" ubicado en la playa de Mar Brava, comuna de Ancud. Un resumen de los hechos puede verse en Radio del Mar.  En dos entradas previas de este blog (9 y 23 de enero de 2011) he presentado las razones por las que considero la localización de este parque eólico, que no su construcción, un perjuicio para Chiloé. A ellas me remito ahora.


Localización (chinchetas amarillas) de los 56 aerogeneradores que integrarán el Parque Eólico Chiloé, a lo largo de la playa de Mar Brava, abierta al Pacífico, en cuyo extremo Sur está el Monumento Natural Islotes de Puñihuil. Al Este de los aerogeneradores se extiende la bellísima Bahía de Quetalmahue, que tiene al Norte la Península de Lacuy, de gran interés histórico y paisajístico, y en su extremo oriental la ciudad de Ancud.


Hasta el momento,  las autoridades ambientales han aprobado dos proyectos eólicos en Chiloé. Uno de ellos, situado en la Sierra de San Pedro, comuna de Dalcahue, generará 64 MW de electricidad eólica. El de Mar Brava generará 112 MW. Las necesidades actuales de energía eléctrica para Chiloé se cifran en 60 MW, de los que, por limitaciones técnicas derivadas de las fluctuaciones inevitables del viento, solo podrá cubrirse con electricidad eólica un 30%, es decir, 18 MW.


Si llegan a implementarse ambos proyectos eólicos, el balance eléctrico de Chiloé será el siguiente:
- Producirá y utilizará in situ 18 MW de electricidad eólica.
- Importará del Sistema Interconectado Central (SIC, red eléctrica que liga los centros de producción y consumo de electricidad de la mayor parte de Chile, incluida Chiloé) 42 MW de electricidad de origen no eólico.
- Exportará al resto del país, a través del SIC, 64+112-18 = 158 MW de electricidad eólica.

Chiloé se convertirá así en un exportador neto de 116 MW de energía eléctrica, toda ella de origen eólico. Estas cifras pueden aumentar si se ponen en marcha otros proyectos eólicos en la isla grande. De este modo Chiloé contribuirá positivamente a satisfacer los requerimientos de energía eléctrica de origen renovable del conjunto de Chile. El hacerlo es una obligación de solidaridad que Chiloé tiene con el resto del país y creo que ningún ciudadano chilote se opone a ello.

Pero es importante tener claro que la producción de este excedente de electricidad eólica no le reporta ningún beneficio a Chiloé. Apenas crea puestos de trabajo, no puede dotar a Chiloé de autosuficiencia eléctrica y no abaratará los costes de la electricidad consumida.

Si no le reporta beneficios, es legítimo que Chiloé aspire a que tampoco le produzca costes o, peor aún, daños irreversibles en sus recursos naturales. Y esto es lo que puede suceder si el Parque Eólico de Mar Brava se localiza en el emplazamiento actualmente previsto. Por eso es legítimo que Chiloé aspire a que, a través de un Estudio de Impacto Ambiental, procedimiento mucho más riguroso que la Declaración de Impacto Ambiental que acaba de aprobarse, se lleve a cabo una relocalización de este Parque Eólico en un emplazamiento en el que cause menos daños a la biodiversidad, la arqueología, el poblamiento humano y el desarrollo turístico de una zona con tanto potencial en todos estos aspectos como la bahía de Quetalmahue y la playa de Mar Brava.

Espero que la lucha por conseguir esta reivindicación tan razonable continúe y llegue a buen término. Considero que este tema desborda el interés local, por eso lo he tratado en el blog.
 El impulso para sustituir los suministros de energía productores de CO2 por otros limpios está trayendo a todo el Sur de Chile grandes proyectos hidroeléctricos y eólicos que no se pueden dejar al libre arbitrio de la iniciativa privada. También hay que considerar los intereses a largo plazo de los habitantes de las zonas afectadas y la protección de la biodiversidad. Es necesario que tanto las autoridades ambientales como la sociedad civil de las zonas afectadas   desarrollen, en la defensa de estos intereses más generales, el mismo dinamismo que la iniciativa privada manifiesta en la optimización técnica y económica de sus proyectos.



lunes, 1 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (2).- San Antonio Abad, el eremita egipcio, padre del monaquismo



Los siglos III y IV son de los más trepidantes que un humano occidental haya tenido la oportunidad de vivir. A lo largo de ellos tiene lugar la decadencia del Imperio Romano y la consolidación del Cristianismo. 
Las controversias intelectuales son muy intensas. En el siglo III Plotino, filósofo pagano, abre con el neoplatonismo una vía fecunda para la teología cristiana, también para el misticismo. Inspirados en Plotino pensadores cristianos como Orígenes desarrollan una visión tricotómica del ser humano, compuesto de cuerpo, alma o mente y espíritu, de la que la teología cristiana, en siglos posteriores, destronará al espíritu haciéndolo una dependencia del alma. Siguen sin resolverse durante estos dos siglos  problemas teológicos fundamentales, como el de la naturaleza divina o humana de Cristo, con el arrianismo, que proclama lo segundo, en pleno apogeo. En el siglo IV el Imperio Romano se cristianiza con Constantino y San Agustín romaniza y neoplatoniza el cristianismo. El Oriente mediterráneo, políticamente romano y con Alejandría como centro cultural y religioso, bulle también de ideas, contradicciones y conflictos, aunque siempre fue más místico, más espiritual, que el Occidente. Han pasado ya más de dos siglos sin que haya tenido lugar esa segunda venida de Cristo que en el siglo I se creía inminente y que suponía el fin de los tiempos. En estas circunstancias,  muchos cristianos orientales sienten el hambre de Dios y dan el paso decisivo de apartarse del mundo para buscar al Cristo y a la vez esperarlo en la soledad del desierto. Son los eremitas, también llamados ermitaños o anacoretas, primera manifestación de la vocación contemplativa en la Iglesia cristiana.

El movimiento eremítico es en sus comienzos desordenado y romántico. Evoluciona caóticamente, llevado por el viento de Dios. Florece en Egipto y el Asia Menor. Produce una figura carismática, San Antonio Abad, que lo encauza y consolida, estableciendo una conexión estructural entre el eremita puro y el monje conventual, que en el futuro lo será entre eremitismo y monaquismo. Explicaré en esta entrada las razones poderosas que lo llevaron a ello. San Antonio Abad es una figura fundamental del Cristianismo, venerado tanto en las iglesias cristianas occidentales, encabezadas por la católica, como en las iglesias ortodoxas orientales como en la iglesia copta de Egipto, fundada por San Marcos pero de la que San Antonio y otros Padres del Desierto son un pilar fundamental.


San Antonio Abad.- Zurbarán.
En lo que sigue llamaré a San Antonio Abad como Antón, para diferenciarlo del otro gran San Antonio, el fraile portugués que terminó en Padua, al que muchas mujeres jóvenes siguen pidiéndole un novio bueno. Fue Antón un egipcio nacido en una familia de agricultores ricos cerca de Heracleópolis Magna, ciudad importante del Egipto grecorromano, próxima a lo que hoy es El Cairo. Teniendo escasos veinte años decidió dejarlo todo y huir al desierto para encontrarse con Jesús. Seguía así la senda que el mismo Jesús y Juan el Bautista habían dejado trazada, pero además quería ser estrictamente fiel al consejo evangélico: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo, 16:24). 

Antón no fue al desierto para sumergirse en la naturaleza y disfrutar de su belleza y su inocencia, sino para luchar, desde la soledad y la libertad que el desierto le daba, contra sí mismo, contra sus miserias de hijo de Adán. Esta beligerancia de Antón se apoyaba en un aspecto fundamental de la cosmovisión cristiana, el de su concepción del tiempo.
En la mayoría de las cosmovisiones, desde el animismo, pasando por el chamanismo, Platón y toda la filosofía griega, los grandes imperios religiosos americanos (aztecas, mayas, incas) y las grandes religiones de Asia (hinduismo, budismo), cuando el cuerpo humano muere su alma o espíritu se reencarna en otro cuerpo, lo que hace que el tiempo humano sea cíclico. Pero en el judeocristianismo y en el islamismo que de ellos se deriva, el tiempo humano es lineal, tanto para cada individuo como para el conjunto de la humanidad. El individuo nace único, vive una vida única y muere para renacer espiritualmente único en una vida eterna, lineal e infinita, sin reencarnación posible. La humanidad, a su vez, es creada por Dios en el sexto día del Génesis, como acto final de un largo proceso evolutivo, lineal en su esencia. Deja de ser inocente ya en su primera generación, con Adán y Eva; vive en la Historia linealmente, como civilizaciones que se van sucediendo unas a otras; hasta que cuando lleguen por fin los tiempos apocalípticos, los de la segunda venida del Cristo, el mundo se acabe con un Juicio Final y la humanidad siga viviendo una eternidad espiritual, lineal y tan infinitamente larga como la que vive cada individuo. Esta concepción lineal del tiempo la hereda el progresismo laico del Siglo de las Luces, del que los occidentales de hoy somos herederos directos. Pero hay diferencias importantes entre el tiempo lineal cristiano y el ilustrado: el primero está orientado por Dios y hacia Dios, mientras que el del progresismo contemporáneo no tiene faro que lo guíe, es un progreso a ciegas basado solamente en la capacidad innovadora de la ciencia y la técnica, por lo tanto mucho más arriesgado y angustioso. Además es un tiempo truncado que se acaba definitivamente con la muerte. 

Su concepción lineal del tiempo y su fe cristiana  hacían que Antón afrontara la vida en el desierto como una batalla que tenía una meta clara, ganarla, superando las miserias de su condición humana y acercándose a Dios. Pero Antón se encontró con una peligrosa sorpresa: al separarse de los demás y encerrarse en la soledad del sí mismo descubrió que un humano puede ser por dentro mucho más complicado, prodigioso y tenebroso que todo el mundo que lo rodea. Vivió lo que en la historia de la Iglesia y en el arte de la Pintura universal se han llamado las Tentaciones de San Antonio. A Antón estas tentaciones lo convirtieron en santo, y para los pintores han sido una fuente continua de inspiración, incluso para artistas no devotos, como RopsDalí  o el hiperrealista chileno recientemente fallecido Claudio Bravo
Las Tentaciones de San Antonio.- Jeronimus Bosch (1520)
Ya que el problema que se le planteó a Antón es, llevado en él a un máximo de crispación,  el mismo problema fundamental de la naturaleza humana. Lo humano, en efecto, no es simple ni homogéneo, está hecho de fuerzas y territorios de naturaleza muy diversa que pelean entre sí. Para Freud se trata del Id contra el Ego contra el Superego contra el Id. Para el cristianismo y muchas otras cosmovisiones de origen religioso, del Cuerpo contra el Alma/Mente contra el Espíritu contra el Cuerpo.  Para Antón el conflicto lo creaban los demonios que lo ponían frente a todas las tentaciones posibles, esas que son reflejo de la limitación del individuo humano, la lujuria, la avaricia, la gula, la soberbia, la pereza, el descontrol emocional. Unos demonios que no solo lo tentaban, también lo hacían sufrir física o psicológicamente cuando Antón resistía sus seducciones. Expresando el problema planteado en el lenguaje de hoy, era necesaria una gran estabilidad psicológica y fortaleza de carácter para afrontar lo mucho duro y alucinante de la vida eremítica.  Para el que esté interesado en profundizar en las hazañas de este santo y héroe antiguo, hay una biografia  de él que merece la pena, escrita por su amigo San Atanasio, patriarca de Alejandría y luchador contra el arrianismo.

Las Tentaciones de San Antonio.- Pieter Bruegel (1534)



Antón vivía como eremita en alguno de los sepulcros innumerables que dejaron las culturas faraónicas en los cerros que rodean el valle del Nilo. Otros muchos eremitas vivían también por aquellos contornos, y el carisma de Antón lo hizo convertirse en una suerte de líder natural de todos ellos, asistiendo a los más desequilibrados y llevando a la mayoría al feliz cumplimiento de su vocación de anacoretas. De manera que aunque cada uno de ellos siguiera viviendo en su ermita, aislado de todo, la vigilancia paternal de Antón los unía en un algo común que los iba convirtiendo, poco a poco, de anacoretas en monjes. Lo que Antón descubrió fue que un eremitismo sin control podía resultar en locura, que los eremitas debían por eso congregarse en agrupaciones más o menos laxas que en su extremo más integrado devenían en monasterios, poblados por monjes sometidos a unas reglas rigurosas de vida en común, basadas en los tres consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia
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Desde los tiempos de Antón, la vocación contemplativa dentro de las iglesias cristianas, la católica, la ortodoxa y la copta, se ha ejercido en algún punto intermedio entre dos polos extremos: el monaquismo, muchas veces practicado en estado puro, y el eremitismo, que para ser viable ha debido acompañarse siempre de algunas dosis de monaquismo. La orden cartujana, a la que está dedicada esta serie, se caracteriza por combinar en partes equivalentes el monaquismo con el eremitismo, siendo una de las que en los tiempos actuales está más cerca de lo puramente eremítico, es decir, de la soledad y el silencio.