miércoles, 28 de febrero de 2007

(6).- Simone Weil


Nació en 1909 y solo vivió 34 años. Como de muchos otros grandes místicos, hemos conocido su obra tras su muerte, y está compuesta de multitud de cartas y trabajos cortos. Aún así, la estatura de Simone Weil como maestra espiritual del S. XX no cesa de crecer. Hay en ella algo más que el simple y profundo misticismo, un testimonio de vida y una luz intelectual que, al menos para mí, la convierten casi en un ángel.

Sus padres eran judíos agnósticos, y en el más pulcro agnosticismo fue educada Simone, como su hermano André, que llegaría a ser uno de los matemáticos más ilustres del siglo XX. La naturaleza de Simone fue siempre frágil, asolada por terribles dolores de cabeza. Sin embargo estudió filosofía en la Ecole Nomal Superieur, donde fue la segunda de su promoción, con nada menos que Simone de Beauvoir como número tres. Dedicó su vida a la enseñanza de la filosofía en la escuela secundaria…junto con la más intensa acción, que le llevó a trabajar como obrera en la fábrica de Renault y a venir a España en 1936 como miembro de las Brigadas Internacionales. Porque Simone tenía una enorme preocupación social, y era una persona de izquierdas, sin que a su compromiso político se le pudieran poner apellidos.

Un día, con ocasión de una visita a Asís, se dio un tropezón espiritual, porque tuvo, sin que jamás hubiera podido sospecharlo, una experiencia mística que la convirtió a la fe en Cristo Jesús. Se trató de una conversión interior, es decir, no se dio de alta en nada, pero tomó la costumbre, entre otras cosas, de recitar con frecuencia un poema metafísico inglés que le había mostrado un amigo. Ella misma nos cuenta lo que le sucedió poco después:

(…) en el momento culminante de las violentas crisis de dolor de cabeza, me he dedicado a recitarlo poniendo en él toda mi atención y abriendo el alma a la ternura que encierra, (…). Fue en el curso de una de esas recitaciones, (…) cuando Cristo descendió y me tomó (…). En este súbito descenso de Cristo sobre mí, ni los sentidos ni la imaginación tuvieron parte alguna; sentí solamente, a través del sufrimiento, la presencia de un amor análogo al que se lee en la sonrisa de un rostro amado. (A la espera de Dios, Trotta eds).
A partir de entonces, Simone Weil pone toda su vida al servicio de esta conversión. Aunque los amigos que la acompañan en esta andadura son todos católicos y algunos sacerdotes, Simone no acepta el bautismo. Ella se siente más ligada al catolicismo que a cualquier otra doctrina, pero tiene serias dudas sobre la Iglesia Católica como institución, y considera además que su carisma es ser cristiana desde fuera,

No veo cómo evitar la conclusión de que mi vocación es ser cristiana fuera de la Iglesia. La posibilidad de tal vocación implicaría que la Iglesia no es tan católica de hecho como lo es de nombre, y que deberá serlo algun día, si está destinada a cumplir su misión (Carta a un religioso, Trotta eds).

En muchos de sus escritos mostrará una mezcla muy singular de crítica profunda a la Iglesia como institución con un cariño inmenso a la misma, como depositaria del mensaje de Cristo, a quien ella tanto ama. Pero Simone está convencida de que la mayoría de las grandes religiones son igualmente válidas y responden al mismo carisma, que es también el de esa multitud de ateos que lo son porque para poder ser religiosos se les ha exigido que traicionen a su inteligencia, y no han podido hacerlo.
Esa inteligencia que en la vida de SimoneWeil ha ido tan de la mano de su espíritu, de su personalidad mística, como ella misma lo expresa en estas bellísimas palabras:

Cuando la inteligencia, habiendo hecho silencio para dejar que el amor invada toda el alma, comienza de nuevo a ejercerse, se descubre conteniendo más luz que antes, más aptitud para captar los objetos, las verdades que le son propias. (Carta a un religioso, Trotta eds).

Llegada la II Guerra Mundial, los padres de Simone, por su condición de judíos, huyen a USA y consiguen arrastrar a Simone con ellos. Pero por muy poco tiempo. Ella quiere volver a Francia, estar allí junto a los franceses que sufren bajo Hitler. Consigue volver a Inglaterra y alistarse con de Gaulle. Quiere que la introduzcan en Francia, para formar parte de la resistencia. Pero desarrolla una tuberculosis, entrando en la culminación de la desdicha que ha sido su vida, esa desdicha que para Simone es un signo de Dios y la mejor posibilidad de encontrarlo. No quiere comer, porque cree que ayunando puede compartir el sufrimiento de los que están en Francia. Y muere en un hospital inglés.

Terminaré mi semblanza de esta santa laica, una de las grandes místicas del siglo XX, con un fragmento de su ensayo sobre El amor a Dios y la desdicha:


Este desgarramiento por encima del cual el amor supremo tiende el vínculo de la unión suprema, resuena perpetuamente a través del universo, desde el fondo del silencio, como dos notas separadas y fundidas, como armonía pura y desgarradora. Esta es la palabra de Dios. La creación entera no es sino su vibración. Es esto lo que oímos a través de la música humana cuando, en su mayor pureza, nos atraviesa el alma. Es esto lo que más claramente captamos a través del silencio, cuando hemos aprendido a escuchar el silencio. Quienes perseveran en el amor oyen esta nota en el fondo de la degradación a que les ha llevado la desdicha. A partir de ese momento ya no pueden tener ninguna duda. (A la espera de Dios, Trotta eds).

miércoles, 21 de febrero de 2007

(5).- Ludwig Wittgenstein

Fue una de los filósofos más brillantes del S.XX, y no hay pruebas directas de que tuviera el tipo de vivencias místicas que estamos considerando en estos apuntes. Pero tanto su vida como su pensamiento son compatibles con la posibilidad de que Wittgenstein fuera un místico y, en cualquier caso, es uno de los grandes pilares que, desde un punto de vista estrictamente laico, hacen respetable la propuesta de que una visión mística del mundo y la vida sean posibles en el S. XXI.

Nacido en la Viena imperial anterior a la I guerra mundial, y en el seno de una familia aristocrática de origen judío, fue educado como católico, aunque en su juventud fue agnóstico. Su reconversión al cristianismo tuvo lugar en el curso de la Gran Guerra, y en ella fue determinante la lectura de una introducción a los Evangelios escrita por León Tolstoi. Antes de esta época difícil, en la que combatió voluntariamente en las zonas más avanzadas y de mayor riesgo, ya había trabajado en Cambridge junto a Bertrand Russell y destacado como una gran promesa filosófica. Precisamente durante los últimos años de la guerra y estando a su final prisionero de los italianos, fue cuando terminó de escribir su primera gran obra, el Tractatus logico-philosophicus, que conmovió los cimientos de la filosofía del S. XX. A partir de entonces, y hasta su muerte en 1951, fue considerado uno de los genios filosóficos de Occidente.

Tenía una personalidad angustiada y vivió una vida muy intensa, de entrega total a lo que hacía y en lo que creía. Fue un pensador hasta la extenuación, llegando en sus épocas de mayor creatividad filosófica a temer morir por los esfuerzos que estaba realizando. Pero fue mucho más que un pensador. Pudo haber tenido una vida fácil, porque su familia era multimillonaria y su cátedra en Cambridge estaba garantizada gracias a su brillantez. Pero no lo hizo. No solo combatió en la I guerra mundial como un soldado valeroso, de lo que pudo haberse librado, sino que después de ella renunció a toda su fortuna y a la cátedra en Cambridge, haciéndose maestro de escuela y trabajando como tal durante varios años en una zona rural de Austria. También pasó mucho tiempo retirado en una cabaña aislada en un fiordo noruego, pensando y, quién sabe, quizá contemplando. Finalmente volvió a Cambridge, pero llegada la II Guerra Mundial dejó la Universidad y trabajó como voluntario en un hospital de la zona más bombardeada de Londres, porque quería compartir los riesgos con los millones de personas que sufrían los efectos terribles de la guerra.

Wittgenstein fue el fundador de la filosofía analítica, a la que también se ha llamado positivismo lógico, una corriente filosófica que quiso negar el valor de cualquier filosofía metafísica, centrando su atención en el lenguaje y su significado. La mayoría de los filósofos analíticos mantuvieron que la filosofía limitaba con la ciencia, y que su único destino viable era cientifizarse totalmente, dejando en el baúl de los recuerdos toda la filosofía trascendental que, desde los griegos, había constituido la columna vertebral del pensamiento occidental. Pero Wittgenstein, y aquí está su gran aportación a la esfera de lo místico, mantuvo que la filosofía no solo limitaba, por un lado, con la ciencia, sino que también lo hacía, por el otro, con lo inefable, es decir, con lo místico.
Hay dos citas de Wittgenstein en la parte general de estos apuntes que deberían leerse ahora, por lo clarificadoras. Mencionaré para terminar otra de una carta que le escribió a un colega, hablando de su Tractatus:
"Quise escribir en el prefacio de mi libro, aunque luego no lo hice, que constaba de dos partes: una es todo lo que contiene, la otra todo lo que no he escrito en él. Y precisamente esta segunda parte es la verdaderamente importante.(…) En pocas palabras, respecto a todo eso de lo que muchos parlotean, yo me he definido en mi libro permaneciendo en silencio." (Carta a Ludwig von Ficker, octubre 1919)

domingo, 18 de febrero de 2007

(4).- Charles de Foucauld

El primer místico europeo del S. XX es ante todo un hombre de acción. Y hasta qué punto. Graduado en la Academia Militar de Saint Cyr, lucha en Argelia contra los rebeldes al poder colonial francés. Pero se aburre del ejército, y a los 24 años cuelga el uniforme y emprende una aventura de espía y geógrafo por el sur de un Marruecos que todavía es libre y que no acepta occidentales en sus territorios. Disfrazado de judío en una caravana que recorre un país feudal, al que la sequía ha puesto ante una hambruna que llena los caminos de bandoleros desesperados, sabe tomar alturas a escondidas haciendo uso de un sextante y un horizonte artificial. Se juega la vida, pero traza un plano del Marruecos profundo que le será útil a los ejércitos franceses que pronto van a invadirlo. Es entonces un hombre joven, amante de la aventura, seguro de sí mismo y ateo convencido.

La conversión le llega a los 28 años, de una forma inesperada, casi brutal. Este convertirse a la fe en Dios desde una vida como mínimo agnóstica es una característica de muchos de los místicos europeos del S. XX. En el caso de Foucauld, que es un hombre al que le gusta llevar las cosas al límite, su conversión lo hace encerrarse durante siete años en un monasterio trapense en Siria, donde vive como un monje contemplativo. Pero ese no es su camino. Se va entonces a Nazaret, donde vive durante tres años como hortelano y recadero de un monasterio de monjas clarisas. Tampoco le llena, aunque en Nazaret tiene unas vivencias del Jesús humilde y callado que lo fue durante el 90% de su vida, que lo marcarán para siempre. Vuelve a Francia, donde se ordena sacerdote, y enseguida parte para Argelia, intenta entrar en Marruecos sin conseguirlo, y se dirige al Sahara, primero a Beni Abbes, para terminar en Tamanrasett, la patria de los Tuareg del Hoggar, donde en 1905, con 47 años, inicia una vida como un eremita muy especial, hasta que en 1916 muere asesinado por unos bandidos.

El eremitismo de Charles Foucauld es especial por lo que tiene de mezcla con una acción extenuante, ésa que nunca lo ha abandonado. Vive en una casucha que él mismo se ha construido, los pocos tuareg que se le acercan en aquellas soledades lo aceptan como un morabito, un hombre santo, pero también saben que es un baba, un sacerdote cristiano, y lo rehuyen. Él quiere vivir con los tuareg, entregarles todo su amor a Cristo en forma de bondad, estar presente sin protagonismos, esperando el momento en que le pidan algo o en que lo necesiten. Su carisma es el de Jesús de Nazaret. Su trabajo de carpintero es el de elaborar un diccionario Tamachek-Francés y recopilar todos los materiales escritos en Tifinag, siendo uno y otro el lenguaje hablado y escrito de los Tuareg. Y lo lleva a cabo con todas sus fuerzas.

Es la vida de un místico, aunque no ha dejado largos escritos de espiritualidad, sino una profusión de cartas a un sinfín de amigos lejanos. Sus quehaceres son una continua preparación para el recogimiento, y en los larguísimos momentos de soledad absoluta que ha vivido allí a lo largo de once años, ha tenido que sentirse caer muchas veces en su propio pozo, y encontrarse allí en lo hondo con su amadísimo Jesús de Nazaret. Eso, seguro.

Nos ha legado muchos textos cortos que testimonian la clase de maestro espiritual que fue. Citaré como ejemplo unas frases de la carta que escribió a un amigo:


“Hay que pasar por el desierto y vivir allí para recibir la gracia de Dios. Es en el desierto donde uno se vacía, tirando todo lo que no sea Dios y dejando esa casita que es nuestra alma lista para que Dios la llene por entero.(…) Hace falta ese silencio, ese recogimiento, ese olvido de todo lo creado, en medio de los cuales Dios establece su reino y da forma al espíritu interior.” (Carta al padre Jeromo, 19 mayo 1898).

Murió con el deseo de crear la fraternidad de los Hermanitos de Jesús, que siguieran su carisma, el de Jesús de Nazaret, pero lo hizo atrozmente solo. Sin embargo hoy, noventa años después de su muerte, habiendo sido beatificado recientemente porque, ya se sabe, los místicos no son gente que inspire desde el principio la confianza de la Iglesia, más de quince mil personas repartidas por todo el mundo se consideran hijos espirituales suyos, encuadrados en instituciones que se reclaman sus herederas. A los Hermanitos de Jesús no es fácil encontrarlos, a no ser que se les busque por los rincones más remotos, olvidados y desheredados del mundo. Siguen el mandamiento que Charles de Foucauld expresaba en otro escrito suyo:



“Todos somos hijos del Altísimo. Todos…el más pobre, el más repugnante, un recién nacido, un viejo decrépito, la persona menos inteligente, la más abyecta, un idiota, un loco, un pecador, el mayor pecador, el más ignorante, el último de los últimos, aquél que más nos repugna en lo físico o en lo moral es un hijo de Dios, un hijo del Altísimo.”(Œuvres Spirituelles)

Viven sus hijos como él vivió, en una suerte de vida contemplativa impregnada de preocupación y ocupación por esos abandonados de los demás junto a los que están. Su oración fundamental, la que define su comunidad de hijos de Charles de Foucauld, es la que ellos llaman Oración del Abandono, y reúne todos los requisitos del abandono místico en Dios, de la caída sin condiciones en el pozo metafísico. Dice así:



““Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en tus manos. te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo y porque para mí amarte es darme, entregarme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque tu eres mi Padre.”

miércoles, 14 de febrero de 2007

(3).- Miguel de Molinos


Septiembre de 1685. El dibujo de la izquierda representa al sacerdote español Miguel de Molinos compareciendo ante el tribunal de la Santa Inquisición de Roma, para escuchar la sentencia que lo condenará por herejía a cárcel perpetua. Tiene las manos atadas y un cirio encendido entre ellas. Morirá en prisión once años después.
Sin embargo, en 1675, cuando publicó su Guía Espiritual, era la moda en Roma y en toda la Europa cristiana. Ejercía de padre espiritual de decenas de personas piadosas, entre los que se incluían cardenales ilustres. ¿Qué ha pasado?

La condena de Miguel de Molinos significa el cerrojazo dado por la Iglesia católica al misticismo como vía hacia la salvación, una vía iniciada en el siglo I bajo la influencia del judío Filón de Alejandría, y que se ha desarrollado con brillantez a través del eremitismo egipcio y de los monjes medievales para culminar en los místicos españoles del S. XVI. Pero ¿por qué? Pues son los tiempos de la Ilustración. Roma no puede ignorar a Descartes, ni a Pascal ni a Newton. Una nueva era se viene encima, la de la Razón, en la que el misticismo no tiene nada que hacer.

Miguel de Molinos es el bellísimo canto de cisne de este final. Su Guía Espiritual describe con la mejor precisión literaria del S. XVII (los tiempos de Gracián), el camino hacia el recogimiento y el salto a lo hondo del pozo metafísico, y lo hace con una maestría que no tiene parangón ni antes ni después. Se inicia así un largo silencio, y habrá que esperar hasta el S. XX para encontrar claros rebrotes místicos.

Quede reflejado aquí mi homenaje a este hombre santo y perseguido, a este gigante místico, Miguel de Molinos, con la reproducción parcial del siguiente párrafo del Libro II de su Guia Espiritual:

129. Tres maneras hay de silencio: el primero es de palabras, el segundo de deseos y el tercero de pensamientos.(…) No hablando, no deseando ni pensando, se llega al verdadero y perfecto silencio místico, en el cual habla Dios con el alma, se comunica y la enseña en su más íntimo fondo la más perfecta y alta sabiduría.

lunes, 12 de febrero de 2007

(2).- Teresa de Jesús

Vivió en el S. XVI, en una España que a la vez que era un Imperio se debatía angustiada en un sinfín de guerras y conflictos: la lucha inacabable contra el Turco en el Mediterráneo (uno de sus hermanos murió en ella), las guerras de religión en Europa, la sangría migratoria hacia América (siete de sus nueve hermanos varones se fueron a las Indias, de los que cinco jamás volvieron, uno de ellos murió en guerras con los Araucanos, otro desapareció), la acción terrible de la Inquisición (su abuelo paterno fue judaizante, obligado a llevar el sambenito en Toledo y a dejar esta ciudad por Avila).

Teresa era una joven hipersensible y brillante, a la que su padre metió en un monasterio cuando su madre murió. Podía haber llevado una vida acomodada de monja piadosa y rica, pero lo abandonó todo para fundar conventos de carmelitas descalzas: una renovación rigurosa y entusiasta, llevada a cabo por ella, de la orden del Carmelo. Y su vida fue una continua lucha, hasta la extenuación, fundando conventos de sus hijas espirituales por todos los rincones de España, peleando contra un sinfín de incomprensiones e intrigas, ella, una pobre mujer, con la sola fuerza de su personalidad y su carisma. Escribió además muchísimo, y cuando uno lee hoy sus obras se sorprende al encontrarlas tan llenas de vida.

Nadie, pues, como Teresa, para proponerla como arquetipo de mujer de acción, de lucha y compromiso. Y sin embargo, sabía recogerse, y es una de las figuras cimeras del misticismo cristiano. Escribió Las Moradas, una guía espiritual para llegar a lo hondo del pozo metafísico y encontrarse allí con Dios, o con Jesús, como ella habría dicho, con el Crucificado. Un versillo suyo recoge muy bien lo central de la tensión mística:

Vivo sin vivir en mí,
Y tan alta vida espero,
Que muero porque no muero



La foto de la derecha reproduce un éxtasis de Santa Teresa, tal y como lo concibió Bernini. Un ángel va a atravesar su corazón con una lanza, como hizo el soldado romano con Jesús en el Calvario, pero Teresa está totalmente arrebatada de sí misma, inundada de Dios.



Junto a Teresa de Jesús, no puede dejar de mencionar a Juan de la Cruz, carmelita descalzo como ella, compañero de muchas de sus fatigas, hombre sensible y contemplativo donde los haya y a la vez obligado a la acción. Juan hizo un gigantesco esfuerzo literario por hacernos comprender el fondo de sus experiencias místicas a través de la poesía, cuyas estrofas explicó a su vez en larguísimas disgresiones teológicas. Hay unos versos suyos que expresan muy bien en qué consiste la plenitud del recogimiento, ese momento en el que el místico se arroja sin dudas a lo hondo de su pozo metafísico:

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

domingo, 11 de febrero de 2007

(1).- Plotino


Vivió en el S. II D.C., cuando el mundo estuvo sumido en una confusión tan grande si no mayor que la actual. Fue un griego que nació en Egipto, donde se hizo filósofo junto a Amonio Sacas, en Alejandría. Acompañó a los ejércitos romanos durante algunos años de guerras en Asia, y luego se estableció en Roma, como maestro de gente culta e influyente, donde finalmente murió.

No fue un hombre religioso, sino un filósofo seguidor de Platón, aunque creía en Dios. No era el Dios de Plotino un creador, ni existía como lo hacen las cosas del mundo, ni tampoco era la presencia absoluta que abarca todo lo existente. Plotino lo llamaba el Uno, aunque reconocía que nada podíamos conocer o decir de Él. Nosotros, es decir, todo nuestro universo, procedíamos del Uno no por creación, sino por emanación, como la luz que constituye nuestro día procede del sol. De manera que la emanación del Uno nos envolvía dándonos la existencia. Para Plotino esta emanación, que tenía que recorrer un camino que parecía imposible entre Dios y nosotros, se diferenciaba en tres a modo de capas concéntricas: la más cercana a Dios era el Espíritu, del que emanaban el Alma y el Cuerpo de nuestro universo, ocupando el Alma una suerte de posición intermedia entre los otros dos.

Pero lo más maravilloso de todo era que, como en la semejanza de dos triángulos, la estructura humana remedaba a la del Universo, es decir, que nosotros también estábamos hechos de espíritu, alma y cuerpo. Y podíamos contemplar a Dios a través de nuestro espíritu, y aunque esto no nos fuera ni comprensible ni racionalizable, sí era capaz de cambiar drásticamente nuestras vidas.

Hasta aquí podía llegar Plotino con el poder de su razón de filósofo. A partir de aquí, es decir, una vez que intentaba adentrarse en los territorios espirituales, la única via de acceso era la mística. De manera que Plotino, además de seguir siendo toda su vida un gran filósofo y maestro, se ejercitó en el recogimiento y la contemplación durante muchos años. Dice Porfirio, el discípulo que recopiló toda su obra, que llegó a verlo cuatro veces en éxtasis. Ocasiones éstas en las que Plotino creía que empezaba a entrever al Uno, lo que consideraba la culminación de su vida.

ALGUNOS MÍSTICOS QUE EN EL MUNDO HAN SIDO

Terminaré estas notas con semblanzas muy breves de personas que, perteneciendo a nuestra cultura occidental, de raíces judeocristianas y griegas, han visto lo espiritual que hay en nuestra naturaleza como distinto a lo mental/racional y, por supuesto, a lo corporal. La mayoría de ellos han vivido esta visión, es decir, han sido místicos, pese a que también casi todos ellos han sido gente de mucha acción y compromiso con los demás.

Mi objetivo al presentar estas semblanzas es ilustrar, por vía de ejemplo, las ideas que he venido esbozando. Mostrar también cómo se puede ser místico viviendo en la confusión del mundo. Dejar, por último, trazadas las pistas hacia algunos verdaderos maestros espirituales, para los que quieran profundizar en estos conocimientos.