martes, 16 de junio de 2015

Quién pasea a quién

Saco de paseo a mi perro Curro dos veces todos los días, por la mañana y por la tarde.  Al menos eso creo yo. Pero empiezo a sospechar que Curro cree que es él quien me saca de paseo a mí.

Estos paseos se nos han hecho a los dos absolutamente imprescindibles. Curro, que tiene dos años y está en la plenitud de sus fuerzas, les imprime un ritmo muy rápido, sobre todo al principio. Tira de mí como podría hacerlo un perro esquimal de su trineo. Olisquea frenéticamente todas las huellas dejadas por otros perros, él mismo va dejando sus marcas a lo largo de nuestro recorrido. Se engalla y eriza su crin al cruzarse con algunos perros que de alguna manera escondida para mí, lo provocan. Se asusta y hace bruscos quiebros cuando se nos acerca algún grupito de adolescentes, señal probable de que en sus tiempos de perro vagabundo algunos humanos jóvenes le hicieron pasar malos momentos. Pero su mundo a lo largo de estos paseos lo es fundamentalmente de olores.

Mientras que el mío lo es de visuales. Escudriño la belleza de los jardines que voy dejando atrás, sus diferentes tonos de verde, el rojo encendido de las brácteas florales de las bouganvillas, el porte elegante de las palmeras más altas, con sus hojas al son del viento, la espesura misteriosa de los setos de hiedra o ciprés. Pero sobre todo vigilo los cielos para identificar a los aviones que pasan veloces y altísimos sobre mí. Puedo hacerlo gracias al software de Flightradar24, cargado en mi celular, que me da la situación en cada instante de las aeronaves que me sobrevuelan, junto con todos sus datos identificativos. Aunque en verdad, con esos excesos que tiene la información que nos llega a todas horas de todas partes, es capaz de darme la misma información exhaustiva para todas las aeronaves que están cruzando en un momento dado todos los cielos del mundo.

En Sevilla la mayoría de los aviones que me sobrevuelan son los que unen mi ciudad con otras europeas, o éstas con las Islas Canarias orientales, Lanzarote y Fuerteventura. Pero también están las que enlazan Marruecos con Francia. Y a veces aparecen algunas aeronaves exóticas que encienden mi imaginación, como las que unen Lisboa con una u otra de las dos capitales del Africa portuguesa, Maputo de Mozambique  y Luanda de Angola. Aunque la más misteriosa de todas es esa gran aeronave de Air China que cruza majestuosa de Beijing a Madrid a través de la inmensa Siberia y luego de Madrid a Sao Paulo, con vuelta.

Toda la gente extraña y variopinta que vuela sobre mí, la tengo tan inalcanzable… pero a la vez está tan próxima, justo encima mía, a no más de diez kilómetros. Cuando identifico a uno de estos aviones misteriosos me gusta imaginar cómo serán sus pasajeros. Hay vuelos que por su origen y destino supongo llenos de turistas centroeuropeos que huyen de sus grises, ávidos de alcanzar los rojos calores africanos para tostarse al Sol, junto a las playas azules. Otros vuelos no pueden estar poblados sino por comerciantes para los que el tiempo es oro y funcionarios que viajan gratis en primera clase como mandarines que son de nuestros tiempos. Ese vuelo de Air China entre Beijing y Sao Paulo, el único en su género, ¿por qué hace precisamente escala europea en Madrid, y no en Paris o Frankfurt? Quizá porque está orientado a otros destinos sudamericanos. Me imagino ese avión lleno de extraños comerciantes chinos entre los que podrían camuflarse formidables espías, de mafiosos traficantes en trabajo esclavo, de comerciantes latinos que se dirigen a explorar los mercados chinos, de alguna de esas mujeres misteriosas que a veces se encuentra uno flotando por el mundo.

Todo eso y más, tan cerca de mí, sobre mi cabeza, hasta dentro de ella, pero a la vez tan alto, tan estratosférico, tan inalcanzable…

A veces Curro frena bruscamente su vivo paso ante un olor demasiado complicado o atractivo, y así me frena a mí. En esos instantes me siento dominado, dirigido por él. Intento que continuemos nuestra marcha pero no me hace caso. Más que mi perro me parece el ancla que fija al suelo ese barco que debería ser yo. Hasta que decide ponerse de nuevo en marcha y yo, uncido a él por la cadena que nos une, lo sigo.

En momentos así me doy cuenta de que Curro cree que no soy yo el que lo saca de paseo a él, sino él a mí.  Que está convencido de que dirige nuestros pasos y me lleva a través de sus aventuras callejeras para que yo lo proteja y así pueda sentirse más seguro.


Y descubro que esta situación, en la que los dos nos sentimos encadenados y mutuamente dependientes el uno del otro, dueños ambos y a la vez mascotas, es la que convierte nuestros paseos en una hermosa experiencia compartida, que nunca olvidaremos. 


El silencio que nos permite oir

Me levanto casi todos los días en plena madrugada, mucho antes de que amanezca. Como ya se acerca el verano boreal duermo con la ventana abierta, de modo que mi despertar viene inducido y acompañado por el canto de los mirlos que anidan en los jardines cercanos.

Es un canto bellísimo, lleno de contrastes. Se inicia con precisión cronométrica una hora antes de que salga el Sol, en ese tiempo que los astrónomos llaman crepúsculo naútico, cuando los marinos de los grandes veleros antiguos podían ver, a través de sus sextantes, las estrellas más brillantes y el horizonte marino a la vez, lo que les permitía determinar su posición. 

En esos momentos reina todavía la oscuridad. La ciudad no se ha despertado, pero está muy próxima a hacerlo. El canto de los mirlos no dura más allá de media hora, es seguido y pronto desplazado por el bramido creciente y lejano de miles de motores de explosión. Los dulces sonidos cantores de los pájaros se extinguen entonces, sepultados por el puro ruido.

Me he preguntado por qué cantan los mirlos a esa hora tan temprana y oscura. ¿Qué mensaje quieren transmitir? Quizá canten para acabar con el silencio de la noche, proclamando la inminente llegada del día, como hacen los gallos de nuestros campos. Este canto sería una rotunda, bulliciosa manifestación de vida. Nada más… y nada menos. Pero se me ocurre pensar que podría ser también la preparación indispensable para transmitir un mensaje de silencio: su eventual interrupción brusca, por la presencia de una amenaza o un enemigo, equivaldría a una señal de alarma.

En esta especulación mía el silencio aparece como un complemento indispensable del sonido, uno y otro son las dos caras de una misma moneda heraclitea, comparten lo esencial de su naturaleza.

Un fenómeno parecido al de los mirlos sevillanos (Tordus merula) lo he observado en los tordos de Chiloé (Curaeus curaeus) (ver en este blog la entrada Naturaleza chilota, 24 octubre 2014). Su canto es también bellísimo. En épocas del año fuera del período de nidificación, vuelan en grupos de diez a quince individuos recorriendo las pampas y zonas de matorral para alimentarse. Mientras que la mayoría de ellos busca entre el pasto semillas y bichejos comestibles, hay siempre uno que permanece en lo más alto de una gran quila cantando sin parar. Este cantar es una improvisación llena de matices que recuerda la multitud de variaciones espontáneas e intuitivas de un músico de jazz. Estoy convencido de que lo que transmite al resto de los tordos ocupados en la noble tarea de comer es un mensaje de tranquilidad. Y que la alarma desgarradora, esa que los lleva a todos a ponerse inmediatamente a salvo de un peligro que no ven, se produce cuando el tordo vigía y cantor se calla.

El silencio aparece aquí como un componente principal del mundo de los sonidos. Como un sonido fundamental, al que podríamos llamar no-sonido, que modula y da forma a todos los demás.

En animales capaces de articular complejos mensajes de voz, como es el caso de los humanos gracias al desarrollo extraordinario de nuestras cuerdas vocales, el silencio es una parte muy importante de los sonidos. Hay muchos tipos de silencio. El que nace de la intimidad entre amigos o amantes, que se comunican íntimamente con la simple cercanía silenciosa del otro. Pero también está el silencio escéptico del adversario que escucha tus argumentos sin terminar de aceptarlos. Y el silencio condenatorio al que te someten tus enemigos.

Toda la naturaleza, no solo los pájaros cantores, nos habla a través de sus silencios. Así el rumor de un viento suave, una brisa, en las frondas de los árboles cercanos, hecho de un fino crepitar de roces y silencios, que oímos bien cuando no hay ruidos próximos que lo interfieran, y que lo mismo puede traernos paz que una aguda sensación de soledad. O la cadencia de las olas que rompen frente a nosotros, en la playa solitaria, como los latidos de un gigantesco corazón oceánico. O el vacío sónico que sigue a los truenos lejanos que emanan de las nubes de tormenta, remarcando la majestad de éstos. Tantos otros…

De manera que el silencio no solo es el modulador imprescindible de nuestras percepciones sónicas, sino un sonido en sí mismo, el no-sonido.   Con un papel análogo al de ese número cero indispensable para dar dimensión y contenido a los restantes nueve guarismos, cuando todos juntos se integran en las cifras que miden nuestro mundo.


Donde el silencio no puede vivir y expresarse es dentro del ruido. Éste carece de armonía interna, de ritmo, de cadencia. Casi me atrevería a decir que el ruido es la basura sónica de la actividad humana, que no existe en la naturaleza sino que es una  consecuencia de esa incesante actividad nuestra. Por eso el reino de los ruidos está en nuestras grandes ciudades, formando en ellas una parte fundamental de nuestros excrementos. Basura, en definitiva.

domingo, 14 de junio de 2015

Hospital de día



La gran sala rectangular está dividida por una serie que parece inacabable de filas transversales en las que se disponen los pacientes oncológicos para recibir sus tratamientos. Un lado de esta sala es a todo lo largo pasillo de comunicación. El lado opuesto está cubierto por grandes ventanas que llenan de luz todo el recinto.

Cada paciente se sienta en un cómodo sillón, junto a una compleja bomba peristáltica, unido por las venas de su brazo a los caudales múltiples de esta bomba. En una silla más espartana puede sentarse el familiar que lo acompaña. Los enfermeros circulan con rápida eficacia por todo el recinto, regulando los flujos de soluciones anticancerígenas, abriendo flujos nuevos, cerrando flujos que ya se han agotado, atentos a las alarmas sónicas que disparan de vez en cuando las bombas. Son amables, precisos, eficientes. De vez en cuando circula también un carrito llevado por un par de voluntarios de alguna asociación de ayuda contra el cáncer, que reparte gratuitamente sándwiches y zumos entre los pacientes, además de simpatía y palabras que, sin mencionar la enfermedad, lo son de aliento.

En tu primer día allí tienes una sensación parecida a la que tuviste en tu primer día en la escuela, o en la universidad, incluso el día en que te pusiste por primera vez el uniforme de soldado para iniciar tu servicio militar. Esa sensación de que has cruzado un puente, pero precisamente uno de los pocos puentes importantes que van dibujando los trazos de tu vida. Cuando eras niño fue tu madre la que te dejó, abandonado por primera vez en tu corta vida, a la puerta del colegio. Luego cruzaste muchos otros puentes solo. Cuando partiste para tus grandes viajes de aventura fue tu mujer la que te dio el último beso. Ahora es tu hija mayor la que te acompaña.

Te das cuenta de que estás allí para aprender. No para que lo haga tu mente, pero sí tu cuerpo, que va a ser sometido a una rígida disciplina con la que se espera ayudarle a  ganar el pulso que va a jugarle al cáncer.

Al cáncer, sí. No a tal o cual cáncer, sino a un cáncer genérico, casi divino como lo fueron los dioses paganos, que es el gran protagonista de aquel hospital de día y que comparten todos los pacientes. Ese cáncer con numerosos rostros y apariencias que es el gran perturbador, el destructor del delicado equilibrio corporal, la equilibrada homeostasis, que constituye la esencia natural de lo humano.

Te llama la atención no ver por allí, siendo tu país tan extrovertidamente religioso, alguna cruz colgando de la pared o alguna imagen de la Virgen. Pero cuando lo piensas comprendes que aquel hospital de día es una suerte de extraño templo, sí, pero exactamente  opuesto en significado a una iglesia. En ésta se rinde culto a Dios, en aquél a un ente maligno, el cáncer. Y el culto que se le rinde al cáncer en el hospital de día consiste en un ceremonial de destrucción, una liturgia de guerra a muerte.

Aunque finalmente entiendes que tanto a la iglesia como al hospital acudimos los humanos en busca de refugio contra el mal. En la iglesia lo trascendemos, lo sublimamos, lo perdonamos y nos lo es perdonado; es la aproximación religiosa al problema. En el hospital le salimos al encuentro, le cortamos el paso, lo neutralizamos y hasta lo destruimos; es la aproximación técnica, esa que está en la base de la medicina y la ciencia.

Los pacientes lo somos de todas las edades, aunque abundamos más los viejos, no en balde el cáncer es un destructor de imperios decadentes. Y el tratamiento que se nos da en aquella batalla campal es la quimioterapia, una suerte de artillería en la que los proyectiles machacan inmisericordes el terreno a batir, que es nuestro cuerpo, donde las rebeldes células cancerosas corren y crecen enloquecidas, de un lado para otro, sin cubrirse, siendo así más fáciles de destruir que nuestras células sanas, entre las que inevitablemente hay también víctimas colaterales.

Esta destrucción artillera de la quimioterapia lo es a distancia, al ritmo de encuentros aleatorios en los que la muerte de la población total de rebeldes células cancerosas sigue una cinética exponencial. Lo que significa que nunca hay garantía absoluta de dar en todos los blancos, de destruir totalmente a los rebeldes. Y si algunos supervivientes de entre estos rebeldes rebrotan, habrá que bombardearlos de nuevo. Pero toda esta aniquilación es en buena medida indiscriminada y al hacer daño también a las células sanas no puede repetirse indefinidamente.

Pienso en todo esto. Lo que la quimioterapia te da no es, salvo en casos muy contados, la curación total, sino simple tiempo de vida.

Tiempo de vida, sí, tiempo de vida. Pero siendo los humanos como somos mortales de necesidad, ¿no es éste precisamente el gran objetivo, la gran victoria, de la medicina? 

martes, 26 de mayo de 2015

Elecciones en España: el laberinto

(Fuente: archivo de ABC)

Intento eludir en mi blog los temas políticos, pero no siempre me es posible. Ahora, los resultados de las elecciones municipales y autonómicas que acaban de tener lugar en España me obligan a un extenso comentario. Daré esos resultados por conocidos, limitándome a considerar sus significados y consecuencias.

De las elecciones resurge, viva y palpitante, la España invertebrada de Ortega. Me explicaré: desde que a comienzos del S. XIX Napoleón y los ingleses le dieron la puntilla al viejo Imperio español, su parte europea que es España ha venido penduleando  violentamente entre acracia y autocracia. A escala histórica una y otra se han venido necesitando, complementándose y alternándose. Por poner un ejemplo: si los colocamos fuera del tiempo, Azaña y Franco se justifican mutuamente. Este penduleo trágico pareció romperse definitivamente con el régimen constitucional que siguió al dictador a finales de los 1970’s. Con el apoyo generoso e incondicional de la Unión Europea, que empezaba entonces a dar sus primeros pasos, y en ella, muy especialmente, de Alemania occidental, han seguido cuarenta años de estabilidad económica y política en el curso de los cuales España ha dado pasos gigantescos de prosperidad y progreso.

Pero la crisis económica mundial del 2008 ha puesto en grave aprieto este modelo. En España una burbuja inmobiliaria reventó por falta de crédito, lo que resultó en enormes dificultades sociales (desaparición de empresas, paro, créditos fallidos) y económicas (endeudamiento exterior de gobiernos y empresas). PSOE y PP, los dos partidos dominantes, perdieron la oportunidad histórica de haber formado un gobierno de concentración que enfrentara las peligrosas circunstancias. Y aunque el gobierno del PP ha salvado al estado español de la quiebra, la situación estratégica de España seguirá siendo difícil. Ya que en la Unión Europea se va implantando de facto un modelo que me atrevo a calificar de neocolonial: los países del Oeste y el Norte, más prósperos y desarrollados, explotan a los del Mediterráneo y el Este, más pobres y atrasados, mediante ciclos económicos de expansión/depresión en los que la estabilidad del Euro está garantizada pero la situación social de los países explotados hace que una parte importante de su población no logre salir de ciclos pobreza / miseria.

Las elecciones municipales y autonómicas, en las que los electores están siempre dispuestos a arriesgarse mucho más que en las elecciones estatales, han dado a esta situación difícil una respuesta que puede calificarse de muy dinámica y por lo tanto esperanzada. La abstención ha sido pequeña, lo que significa que los españoles han seguido apostando por su sistema político. Pero el PP y el PSOE, los dos representantes de un bipartidismo que se estaba quedando rancio, han sufrido tremendos varapalos y a la vez han surgido iniciativas políticas nuevas que me parecen interesantes.

Por el lado derecho del espectro político, pero no en el extremo sino hacia el centro, ha surgido un partido, Ciudadanos, que aspira a sustituir al PP a largo plazo y ayudarlo a corto a obtener mayorías de gobierno que no dependan de chantajes nacionalistas.

Mientras que por la izquierda ha emergido un montón heterogéneo de movimientos de raíz comunista o anarquista que tienen en común un populismo reivindicativo, congregados todos alrededor de un nuevo partido político, Podemos, que aspira a sustituir al PSOE a corto plazo. No obstante, parece difícil que este conglomerado izquierdopopulista termine integrándose en un Podemos que no puede ocultar sus raíces leninistas. Y juega el PSOE con fuego si pretende utilizar el apoyo de Podemos para alcanzar poder, pues corre el riesgo de destruirse en el empeño.

Mientras que todo esto pasa y lo hace vertiginosamente, los grandes problemas estratégicos de España ni siquiera se plantean. No lo hacen los viejos y todavía poderosos PP y PSOE pero tampoco lo hacen los nuevos partidos. De entre esos megaproblemas que permanecen en el limbo de los políticos me atrevería a destacar tres:

(1).- España no podrá consolidarse económica y socialmente sino a través de un esfuerzo sostenido de educación/formación de sus ciudadanos. Pero durante los últimos cuarenta años los dos grandes partidos han sido incapaces de ponerse de acuerdo en un proyecto educativo común.

(2).- El futuro social y económico de los españoles se ve amenazado por una crisis demográfica sin precedentes. España tendrá que alcanzar niveles de reposición de una población cuya pirámide sea mucho más cilíndrica que la de prisma invertido actual. Los roles de los distintos grupos de edad tendrán que cambiar. La jubilación laboral tendrá que retrasarse al mismo tiempo que mejora el estado de salud y aumenta la esperanza de vida. Las familias necesitarán leyes especiales de apoyo. Todos estos problemas demográficos ni siquiera se plantean, entretenidos como han estado nuestro políticos con temas como el matrimonio homosexual y la regulación del aborto.

(3).- España tiene que llegar a constituirse como una sociedad con igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades para todos sus ciudadanos, lo que significa también para todas sus regiones o autonomías. Se está lejísimos de esto, más aún, las distancias entre ricos y pobres así como entre las distintas autonomías no hacen sino aumentar.


Si los resultados de las elecciones municipales y regionales suponen el comienzo de una renovación de la clase política española, más aún, la destrucción de su condición de clase cerrada y una integración muchísimo más dinámica con la ciudadanía, sus problemas y sus intereses, bien venidos sean. España necesita un  nuevo patriotismo, acorde con los tiempos que se viven y se van a vivir. Construir y preservar esta nueva forma de patriotismo es, en mi opinión, la tarea fundamental de los jóvenes políticos españoles que empiezan a emerger. Sin ese patriotismo nuevo y distinto España, finalmente, perderá su razón de existir.

domingo, 24 de mayo de 2015

El Silencio

Monro Scott Orr (1923).- The Old Man of the Sea
El silencio. 

A veces eres tú quien lo busca, creyendo que a través de él vas a conseguir la paz. Otras él te captura a ti. Siempre es mordaza que tapa tu boca, parálisis que seca tu mano, venda que cubre completamente tus ojos.

Te llegue por activa o por pasiva, el silencio termina aplastándote. Nunca dejó de acecharte, siempre se mantuvo esperando su oportunidad. Lo que te trae, ya lo llames tú, ya caigas en sus redes, es soledad y angustia.

No dejes que esta angustia se convierta en desesperanza. Acoge tu silencio como una prueba, una tregua, una espera. Acéptalo sobre tus hombros. Como el Viejo de Sinbad el Marino, llegará un momento en que podrás quitártelo de encima y dejarlo a un lado de tu camino.

Entonces quizá te des cuenta de que ese silencio ha hecho más precisas y hondas las palabras que, ya lo vas notando, empiezan a brotarte de nuevo.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Lo que podría ser pero no es una profecía

Todo empezó con la presencia creciente, imparable, de soldados y armas robotizados en los ejércitos más poderosos del mundo.

Ya se podía declarar una guerra sin que hubiera que arriesgar las vidas de decenas de miles de jóvenes, hijos de la patria, que antes tenían que partir de casa para morir en los frentes de batalla.

De este modo, si no hubiera sido por la prensa y otros medios de información, los ciudadanos de los países más poderosos ni siquiera se habrían enterado de que el mundo entero estaba en guerra y que se trataba de una guerra terminal, ya que el mundo que saliera de ella no se parecería en nada al que entró a lucharla. La gran guerra del siglo XXI, sí pues, nada menos, de la que muchos se sentían hasta orgullosos. Claro que aquellos ciudadanos, al no sentir en sus carnes y sangres los dolores de la guerra, cada vez eran más indiferentes a lo que pasaba en los frentes de batalla. Para ellos la guerra se había convertido en algo muy parecido a las grandes obras públicas, la construcción de autovías, presas hidroeléctricas, centrales nucleares, cosas así, que transcurrían fuera de las megaciudades donde la gente vivía y eran sucias, ruidosas, hasta malolientes.

Pero un día, un maldito día, un día aciago que los supervivientes no olvidarán nunca, otra guerra, una novísima forma de guerra, llegó hasta las mismas puertas de sus casas, entró en ellas y se fue llevando su carga de víctimas: padres, abuelos, hijos, hermanos, nietos, pueblo en general, indiscriminadamente, sin distinción de sexos, edades, cocientes de inteligencia, malformaciones congénitas. Sin excepciones ni sesgos, de manera totalmente aleatoria. Era la respuesta que los países menos poderosos daban a la guerra robotizada de los países más poderosos.

Eso sí, ya no había jóvenes con madera de héroes. Casi no había ni jóvenes. Pero como las cosas seguían siendo en el fondo como siempre habían sido, los humanos de toda condición apretaron los dientes, cerraron los ojos del alma y se dedicaron con todas sus potencias a intentar sobrevivir, como fuera o fuese.


Cuando estas guerras terminaran, que tendrían necesariamente que terminar alguna vez, los supervivientes, que los habría,  en su mayoría ya no se acordarían de cómo empezó todo ni por qué ni para qué. Solo tendrían tiempo y cabeza para reconstruir lo destruido. Pero las cosas nunca jamás volverían a ser como fueron antes de que esta maldita guerra empezara. Tampoco habían quedado ancianos para contarlo. En cuanto a los libros, los malditos, obscenos libros, ya nadie sabía leer y además estaba prohibido aprender. Se utilizaban los libros que habían sobrevivido como material de construcción. Prensados a muy altas presiones constituían un excelente aislante.

El Guernica de Picasso.- Museo Reina Sofía, Madrid

domingo, 3 de mayo de 2015

30.000 años de miradas cómplices

La palabra CÓMPLICE está referida a  la relación entre dos seres humanos, y denota la disposición de ambos a compartir planes, secretos,  emociones, manteniéndolos en su mutua intimidad. Puede hacerse extensiva a la relación entre dos seres animados, como un humano y su perro, siendo éste el caso que trataremos extensamente aquí.

Procede del verbo latino complecti, que significa entrelazar, plegar, y que a su vez resulta de la fusión de dos palabras latinas, el prefijo  com, que denota la condición de juntar o juntarse,  y el verbo plectere, que significa tejer. Cómplices son aquéllos que se juntan, se entrelazan, en algo y para algo.

Forma parte esta palabra de una gran familia con las mismas raíces. Así COMPLEJO, como opuesto a simple, denota un ente constituido por partes que no están simplemente yuxtapuestas, sino integradas en un todo, entrelazadas. COMPLICADO es un ente cuya complejidad se nos ha hecho difícil de desentrañar o desenredar. Etcétera.

El concepto de cómplice es netamente heracliteo, en cuanto a que tiene dos caras opuestas. En su cara mala,  cómplices son los que se juntan para llevar a cabo algo deshonesto. Pero en su cara buena cómplices son los que están ligados por lazos firmes y exclusivos que se derivan del amor o la amistad que se tienen. La complicidad es fundamento, condición sine qua non, de ese amor y esa amistad.  Un fenómeno necesario para su existencia es el intercambio de miradas, difícilmente puede haber complicidad sin miradas cómplices. En éstas, los ojos del uno se enfrentan directamente con los del otro, sin ninguna reserva o vacilación. Los respectivos ejes ópticos están perfectamente coalineados, y a través de estas trayectorias inmateriales se transmiten e intercambian torrentes de empatía que no son compartidos, ni siquiera observados, por nadie más que los dos cómplices que se miran.

Mary Cassat (1906).- Joven madre dando de mamar a su bebé.

El arquetipo de las miradas cómplices entre humanos es el que liga a una madre con su pequeño hijo lactante. Ellos dos, solos como están frente al resto del mundo, intercambian continuamente miradas de amor que lo son de complicidad. Los científicos han probado (Ross y Young, Frontiers in Endocrinology, 30, 534, 2009) que  estas miradas cómplices inducen en el mirado, sea madre o bebé, la producción de la hormona oxitocina. La cual, a su vez, excita a la madre o al bebé haciéndolos mantener sus miradas cómplices llenas de amor, además de potenciar la producción de leche por la madre y el apetito de beberla por el bebé. Se genera así un mecanismo de retroalimentación positiva, un círculo virtuoso que a través de la complicidad entre los dos cerebros, mediada por los ojos, asegura que los dos cuerpos desarrollen de un modo óptimo sus funciones, alimentar y ser alimentado, para que así el bebé pueda sobrevivir y crecer.


La oxitocina se produce en el hipotálamo, parte de ella migra al cerebro donde causa multitud de efectos todavía mal tipificados, muchos de ellos relacionados con vivencias de amor y amistad, y otra parte va al torrente sanguíneo desde el que alcanza a muchos órganos a los que estimula. Esto sucede no solo en los humanos, sino en una mayoría, si no en todos, los mamíferos

Lo que tenemos aquí es una compleja y sutil interacción entre el cerebro y el resto del cuerpo. O lo que es lo mismo, entre el alma y la carne según el decir religioso, entre la cabeza y el corazón según las antropologías antiguas, entre el pathos griego, que es pasión, y el logos también griego, que es  pensamiento.

Pues bien, algo parecido a lo que sucede entre la madre y su bebé es lo que ha venido sucediendo durante los últimos 30.000 años entre los perros y sus amos humanos. 

Enterramiento de Shamanksii Mys,
 en Siberia. Un hombre con su perro.
El perro es el animal que primero se sometió a un proceso de domesticación. Según los arqueólogos esto pudo tener lugar hace unos 30.000 años, en pleno Paleolítico, cuando los humanos eran todavía cazadores/recolectores, convivían con los Neanderthales y el esplendor neolítico de la agricultura quedaba muy lejos en el futuro. Los perros, Canis lupus familiaris, son una subespecie del lobo gris,  Canis lupus, con el que muestran interfertilidad. Probablemente la domesticación de los perros fue más inducida por estos que buscada por el hombre. Manadas de lobos paleolíticos acecharían por las noches el fuego de los campamentos humanos donde se asaba la carne procedente de la caza. Los restos desechados por los humanos, huesos con hilachas de carne y tuétano, vísceras y otros despojos, serían arrojados a las afueras de los campamentos, donde los lobos se los comerían. Se desarrollaría así un comensalismo estable de familias de Canis lupus respecto a familias de Homo sapiens. Cachorrillos de lobo sin madre serían adoptados por los humanos, quizá como juguetes de sus niños. Empezaría así a desarrollarse una relación estable entre ambas especies. A cruzarse miradas de complicidad, que pronto derivarían en afecto y lealtad. El caso es que en los enterramientos paleolíticos en que se han encontrado esqueletos de animales estos son casi siempre perros, los cuales aparecen enterrados junto a hombres que pudieran ser sus amos pero también en solitario, lo que sugiere que los perros podrían haber sido considerados por los humanos paleolíticos tan próximos a ellos que fueran merecedores , como los mismos  hombres, de la aspiración a una vida eterna en aquella cosmovisión shamanista que los humanos del Paleolítico tenían.

Hace unas semanas, en su número del 17 de abril, la revista americana Science publicó un trabajo del equipo japonés del profesor Kikusui que confirma la existencia de una relación a la vez afectiva y hormonal entre los humanos y sus perros, que no se da con los lobos. Se estudiaron parejas de humanos con sus perros o lobos, en este último caso ejemplares de lobos que habían sido criados en cautividad. Y se demostró que entre hombre y perro existe la misma relación sinérgica que liga la mirada cómplice/afectiva con la producción de oxitocina que se da entre la madre humana y su hijo lactante. También se probó que esta relación no existe entre hombres y lobos, que ni intercambian miradas cómplices ni producen oxitocina como consecuencia.

Yo llevo toda mi vida experimentando esta relación de complicidad en la mirada de mis perros, pero en particular se me mantienen vivos los recuerdos de mis últimos veinte años con tres perros, Remo, Paco y ahora Curro.

                  REMO                                                     PACO                                           CURRO

Remo fue mi perro durante muchos años, ya he escrito en este blog una entrada sobre él (Amistad, 9 febrero 2011). Cuando en invierno yo trabajaba en mi estudio, se pasaba las horas dormitando, echado a mis pies. Pero si se me ocurría mirarlo abría los ojos en ese mismo instante y me miraba él a mí. Estas miradas lo eran de complicidad y de afecto. 

Luego Paco fue el perro de una de mis hijas, cuando ella voló del nido familiar él se quedó en casa, convirtiéndose en nuestro perro. Finalmente siguió viviendo en solitario conmigo hasta que hace dos meses murió. En ese intervalo de soledad compartida terminamos convirtiéndonos en dos amigos, y lo hicimos a través de nuestras miradas cómplices, en el silencio. Su muerte me resultó tan insoportable, tan inaceptable, que el mismo día que lo enterré busqué en una página de Internet un perro de su misma raza que se pareciera lo más posible a él.

Así encontré a Curro, en un refugio para animales. La vida de Curro había sido accidentada y algo triste. Vivió desde cachorro hasta que tuvo año y medio con un dueño que era viejo y finalmente murió. Sus herederos, que ni siquiera vivían en el mismo pueblo, deshicieron la casa y abandonaron a Curro en la calle. Así estuvo casi un año, viviendo de la caridad de los vecinos, hasta que lo recogieron en un refugio del que yo lo rescaté. Ahora empiezo a desarrollar mi amistad con Curro, y los avances vienen marcados por el grado de complicidad y empatía de nuestras miradas. Curro progresa, pero todavía no ha llegado al nivel que sé que alcanzará. No es que todavía no me mire, pero cuando lo hace suele ser en petición de algo, y no por el puro deseo de compartir una complicidad, una amistad.
                                PACO                                                                      CURRO






La relación cómplice/afectiva con un perro te ayuda a luchar contra la soledad. Mi madre, gran aficionada a los perros, me lo decía así: "si tienes un perro en tu casa siempre tendrás, repares en ello o no, una mirada amistosa que te apoyará en tu  transcurrir por el mundo sin pedirte nada a cambio".

La domesticación de los animales, iniciada con el perro, fue un paso decisivo en el desarrollo cultural de la humanidad. El perro prestaba servicios importantes al hombre primitivo, uno de ellos el de sus ladridos, que están llenos de matices y eran así capaces de anunciar el tipo de peligro o amenaza que los perros habían detectado. Los lobos, por cierto, no ladran, solo lo hacen cuando son cachorros. El perro ayudó al hombre a ser cazador, luego a pastorear sus rebaños de vacas o cabras, finalmente a vigilar y guardar los primeros poblados neolíticos. Sin el perro, todas estas etapas decisivas habrían sido más difíciles de realizar. Desde entonces, además de cumplir con todas estas funciones, el perro fue compañero inseparable del hombre, amigo fiel, de esos que jamás te fallarán.

(Datos tomados de Wikipedia)
Hoy sigue siendo así. Junto a los 7.000 millones de humanos que pueblan la Tierra hay 400 millones de perros, que desempeñan funciones muy variadas, como la caza, el pastoreo, la vigilancia, la acción policial, la ayuda a inválidos, la compañía a personas solitarias, la amistad a niños, etc. En el cuadro que sigue he recopilado los datos de las distintas poblaciones de animales que pueblan hoy el mundo. En él puede verse cómo los animales salvajes han sido arrinconados a un papel que casi es simbólico. Esta es una huella más del paso del hombre sobre la Tierra, de su dominación absoluta sobre los demás animales, quizá con la única excepción de los insectos. Si algún día se resuelven los problemas de superpoblación y se controla el cambio climático, la población humana sobre la Tierra se habrá reducido a la mitad, y las poblaciones de animales domésticos incluso más. Esto, de acontecer por una vía pacífica, no podrá alcanzarse hasta mediados del siglo XXII. Para entonces el papel de los perros habrá cambiado completamente. Ya no habrá caza ni necesidad de perros en la ganadería, pero los papeles del perro como amigo y compañero del hombre pueden haberse enriquecido  mucho, de modo que los perros les sean a los humanos de ese futuro tan indispensables como nos han venido siendo hasta ahora o más.

Pero también puede suceder que el camino de la Tierra y sus habitantes hacia el siglo XXII sea mucho más apocalíptico, lleno de guerras y conflictos interminables. Pienso en esta posibilidad cuando veo el trato que reciben perros, gatos y otros animales mascota en nuestra sociedad de hiperconsumo. Mucha gente considera a los perros mascota como un simple objeto de regalo y  termina abandonándolos en una carretera cuando ya les resulta simplemente incómodo tenerlos en casa. Como lo harían con cualquier otro de los numerosísimos objetos desechables con que rodean sus vidas. Hace ya tiempo que la humanidad empezó a entrar en la civilización de lo desechable. Nuestro gran lema es "usar y tirar", como mínimo "usar y renovar". Cuando pienso en esto me duele por mis queridos perros, pero me asusta por lo que pueda llegar a pasarle a los humanos. Una civilización que no respeta a un animal amigo del hombre tampoco respetará al hombre mismo.

Cuando hace unos días hablaba con una amiga, también aficionada a los animales, de esta semejanza de humanos con perros en cuanto a la existencia de un mismo círculo virtuoso neuroendocrino que liga a la oxitocina en órganos del cuerpo con el afecto en la mente, ella me decía que de alguna forma este descubrimiento la hacía sentirse triste, porque revelaba cómo, en definitiva, los humanos como los perros no somos sino máquinas movidas por las hormonas. Yo le respondí que lo veía exactamente al revés. Cuando los perros empezaron a observar al hombre desde las orillas de los campamentos, no fue una súbita corriente de oxitocina la que los llevó a buscar la amistad de los humanos. Tampoco creo que fuera una mutación darwiniana en alguno de los genes que regulan el comportamiento. Sino una intuición en la mente del perro, y desde ella la voluntad de buscar la amistad del hombre, poco a poco, con obstinación, o lo que es lo mismo, con fe.

Y me parece que la mayor amenaza que tenemos los humanos por delante es que lleguemos a considerarnos a nosotros mismos como simples máquinas pensantes, con diferencias solo cuantitativas, nada cualitativas, respecto a un computador. Y cómo es de importante para nuestra supervivencia que desarrollemos un nuevo humanismo que ya no sea antropocéntrico, sino que incluya a todos los animales y plantas y protistas que pueblan la Tierra,  a esta misma con sus rocas y sus aguas,  hasta al Universo entero con todo lo que contiene, hasta a los misterios que puedan estar más allá. Un humanismo quizá contemplativo, basado en el respeto y la amistad universal, algo así como un Jainismo puesto al día.

En esta ambición nos ayudará nuestra fidelidad a los perros, nuestra confianza en ellos, el camino que nos muestran con su amistad incondicional, con su afecto. Saldremos de nosotros mismos, de nuestro antropocentrismo tantas veces ecocida y así quizá aprendamos a apreciar y respetar todo lo que es natural no siendo humano. Ese día quizá lleguemos a darnos cuenta de lo que verdaderamente vale un hombre.