domingo, 5 de mayo de 2013

Irse

Despedida en 1925 de un barco de emigrantes en Vigo, rumbo a América (Faro de Vigo)

He tenido una experiencia singular. Hablaba con alguien en la calle de cómo de mal están las cosas en España. Era este alguien mucho más joven que yo. Me decía que estaba planteándose marchar al extranjero, abrirse un camino en otro sitio, por lejos que estuviera. O eso… o la revolución, no veía otras alternativas. Le pregunté si él creía que los españoles estaban dispuestos a hacer una revolución. Se detuvo un momento a pensarlo  y me reconoció que no.

Así que no le quedaba otra salida que emigrar. Pero se resistía a dar el paso. “¿Por qué tengo que irme yo de una tierra a la que quiero, en la que me siento a gusto, donde está todo mi pasado? ¿Por qué tengo que regalarle esta tierra mía a los que no van a tener la necesidad de irse, por qué esta injusticia?”

En ese momento comprendí que ni él ni muchos como él conseguirían irse hasta que no se libraran del rencor. Y de muchas cosas más. Hasta que solo les quedara en su equipaje la esperanza, tanto que les bastara con una maletita muy pequeña para ponerse en camino.

Claro que llegar a ese estado de ánimo es difícil. Más que difícil: desgarrador. A no ser que tengas la suerte de dejar aquí gente a la que quieras mucho, de la que nunca jamás podrás olvidarte. Equivalente esta gente a un ancla pesada con una buena cadena.

Entonces quizá te encuentres con que no llegues nunca a estar definitivamente en ninguna parte. O que seas toda tu vida nada menos que un puente.

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