viernes, 17 de mayo de 2013

Quizá pronto en Chiloé



Quizá pronto en Chiloé, por poco tiempo, así que tengo que aprovechar bien mi visita, lo que no significa llenarla de acontecimientos, sino reducirla a lo esencial. Mi lista es:

  • -   Visitar a algunos buenos amigos. Charlar de nada y de todo al calor de una cocina chilota, con un buen vino y unos choros recién cocidos por delante. Escuchar y transcribir algunas aventuras de los héroes mitológicos chilotes, transmitidas por quienes me esperan con las arcas de su memoria  llenas de estos cuentos.
  • -    Contemplar, desde la bifurcación de los caminos a Puñihuil y Duhatao, muy cerca de la piedra Ron, las olas rompiendo en la playa de Mar Brava una mañana de tempestad, cuando la luz que todavía viene del Este las ilumina mejor que nunca.
  • -    Pasar unas horas en lo más hondo de un bosque nativo que conozco, escuchando su silencio y, a intervalos, los extraños cantos con que se rozan las ramas más altas de sus gigantescos árboles. Entrever las sombras de Traucos y Fiuras entre el escaso sotobosque, reconocer al espíritu del bosque inmenso, que es el de Chiloé y el de la Naturaleza intocada por los humanos, ése al que respetan los chilotes williches que viven en el bordemar.
  • -   Reencontrarme con mi Duhatao, los senderos que tracé, los árboles que planté, mi cabaña, mis vecinos, la leña que me espera bien seca para calentar mi estufa. Los pudúes con los que me he tropezado tantas tardes, el machito tímido que se hizo amigo mío, la hembrita bellísima que pastaba en el trozo de prado cercano a mi cabaña, donde yo habría querido hacer un pequeño jardín. Buscar a alguno de esos pocos picaflores que no se van durante el invierno, no sé de qué vivirán, pero me gustaría encontrarme con uno de ellos en una revuelta del sendero para admirar cómo planta cara a la vida desde su pequeñez tan aparentemente frágil. Verificar si los dos chivos cimarrones siguen o no allí, y si no siguen recordar la compañía que me dieron y averiguar, quizá enfrentando la maldad inevitable de nuestro mundo, qué les ha pasado. Oír desde mi habitación al viento feroz del Noroeste en una noche de temporal; con los calcetines de lana puestos para exorcizar a los demonios de mi cerebro; bajo el estruendo de mil camiones Mack con los motores acelerados a tope saliendo de las copas de los árboles, un estruendo que no es ruidoso, sino musical; sintiendo los movimientos, flexiones y crujidos de mi cabaña entera, que se lamenta en momentos así como lo hacen los barcos; rindiendo culto, en definitiva, a la majestad de la Naturaleza. Bajar hasta la playa del Elefante al día siguiente para ver cómo se rompen ante mí contra las rocas las olas enormes que llegan furiosas desde Nueva Zelanda, después del larguísimo viaje que han hecho castigadas y azuzadas entre los rugientes vientos de los cuarenta y los ululantes de los sesenta, por eso cansadas y deseando deshacerse finalmente en espumas. Asomarme a los barrancos de la punta Tilduco para ver los cochayuyos, es decir, las cabelleras negras de mil Pincoyas danzando pegadas a las rocas, entre las corrientes, y más allá, la línea del horizonte oceánico o las brumas que la cubren, y hacia el Sur la isla de Metalqui con sus miles de lobos que desde Tilduco solo puedo imaginar.


Todo esto, todo esto, y mucho más, muchísimo más, en poquísimo tiempo, en un instante. Para llevármelo conmigo en mis recuerdos.

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