martes, 22 de noviembre de 2016

Chiloé otra vez



La cadencia de las revisiones oncológicas me deja unos meses de libertad provisional que aprovecho para volver a Chiloé. Todo va bien. Durante el larguísimo vuelo, cuando ya amanece, pasamos como otras veces sobre la línea que separa el Gran Chaco paraguayo del resto del país. La visibilidad es perfecta, sin rastros de nubes. De nuevo me encuentro, geometrizado por grandes potreros infinitos, ese territorio que hasta no hace mucho era silvestre. Es la industrialización de la ganadería, la conversión de la tierra madre que lo era de los amerindios que la poblaban en un recurso globalizado en manos de multinacionales lejanas. Siento tristeza, y con ella la firme intuición de que lo mismo está pasando o va a pasar en grandes espacios naturales de América y África. ¿Hacia dónde va este mundo que debería ser el nuestro, el de todos?

Poco después, en una mañana luminosa, es la gran Cordillera de los Andes quien me da la bienvenida a Chile. Bellísima, con poca nieve para el final de la primavera austral en que estamos, lo que de alguna manera no racionalizable me inquieta. Pero su belleza puede con mis miedos.



Es jueves y encuentro el aeropuerto de Santiago más lleno de gente que nunca, lo que me hace pensar que la situación económica de Chile es boyante, y me alegro. Luego, el vuelo desde Santiago a Puerto Montt transcurre a lo largo de la cordillera y de la línea de volcanes que a partir de Concepción y hacia el Sur la festonea por el Oeste. El día sigue siendo perfecto. Los volcanes, más altos que la tierra parda que los rodea, destacan limpiamente con la blancura de sus nieves. Hasta el bellísimo Osorno, ese monte Fuji americano, está completamente desnudo de las nubes y celajes que casi siempre lo cubren.




 Después el canal de Chacao y en la otra orilla mi querida Chiloé. Desde la borda de estribor del ferry veo a lo lejos la plataforma que estudia la geología de la piedra sobre la que se asentará la columna central del puente que unirá Chiloé con el continente. Otra interrogante, bajo la convicción de que este puente, si llega a hacerse, traerá con él oportunidades y amenazas para los chilotes, que resultarán en cambios buenos y malos. ¿Cuánto serán los pesos relativos de unos y otros? ¿Estará el alma de Chiloé suficientemente protegida contra una invasión que vea a estas islas más como un recurso explotable que como un acervo de personas y  valores a los que, por encima de todo, respetar?

La sensación de que el Mundo está convulso y de que las megamáquinas, que Lewis Mumford definió con tanta precisión, se mueven fuera de control, me puede. Finalmente llego a mi casa en Duhatao, donde todo es silencio, soledad y paz. La primera noche allí el viento, como siempre, arranca gemidos y voces de los árboles que me rodean. Siento un poco del mismo miedo que el humano primitivo, ese que ha vivido en una naturaleza a la que todavía no dominaba, le ha tenido siempre a la oscuridad de la noche.

Ya por la mañana, cuando todavía no ha hecho más que clarear, mis vecinos queridísimos, los Tiuques, son los primeros en darme la bienvenida a mi casa. Reclaman su pan y yo se los doy entre emocionado y alegre. Estoy seguro de que a ellos no les está moviendo el interés, sino la confianza en mí y el hecho de que a pesar de mis ocho meses de ausencia, no me han olvidado.




Buenos días, Chiloé. Aquí estoy otra vez. Un abrazo.

domingo, 30 de octubre de 2016

Magia, Religión, Ciencia

Hace pocas semanas, el huracán Matthew recorría las costas orientales de Florida dejando caos y destrucción a su paso, abatidos ya Haití y Cuba por los daños producidos. Se inició como una ligera tormenta tropical que apenas alteraba la fuerza tranquila y sostenida de los vientos alisios en el Atlántico central. Pero por delante de él, hacia el Oeste, se extendía una amenaza terrible que no estaba en los cielos, sino en las aguas: el calor que éstas albergaban, sus altas temperaturas, verdadero polvorín termodinámico capaz de incendiar las suaves brisas de las tormentas tropicales para tornarlas en furiosos y destructores huracanes. Un calor explosivo que además era transportado hacia el Nordeste por la corriente del Golfo, el mismo camino que los huracanes suelen seguir y que los hace capaces de terminar embistiendo, como hizo Sandy en 2012, hasta a la lejana y aparentemente segura Nueva York. De manera que ese Sol benigno gracias al cual existe la vida sobre La Tierra tiene también efectos destructores. Y es que creación y destrucción, luz y oscuridad, día y noche, paz y guerra, conforman el eterno juego heracliteo de los opuestos, siempre en marcha.

Imagen del huracán Matthew impactando con la costa de Florida el 1 de Octubre de 2016

Pero lo que a mí me produce un cierto abatimiento es la ingenuidad humana, nuestra ilimitada capacidad de sorprendernos y volvernos a sorprender una y otra y otra vez, ante acontecimientos que, si hubiéramos pensado en ellos, nos habrían parecido posibles y hasta probables. Nuestra resistencia a prepararnos para lo peor, eso que antes o después pero ineluctablemente, conforme con la ley de Murphy, terminará llegándonos.

Esta resistencia a enfrentarnos con lo que en definitiva no es sino el Mal, manifiesta un fatalismo que procede de la impotencia que sentimos frente a unas fuerzas del Cosmos que nos sobrepasan. “Lo que tenga que llegar llegará”, nos decimos, asumiendo que cuando eso llegue, solo entonces, será el tiempo para el valor y la compasión. Mientras tanto, como les sermoneaba, provocándolos, San Pablo a los Corintios, “vivamos y comamos que mañana moriremos”.

La causa profunda de ese fatalismo con ribetes hedonistas que nos domina está en que, a pesar de todos nuestros avances científicos y tecnológicos, a pesar del inmenso poder de construcción y destrucción que hemos acumulado los humanos, llegando así a constituirnos en la amenaza de extinción y a la vez la esperanza de salvación de la entera Biosfera, a pesar digo de todo ello, la mayoría de nosotros seguimos siendo criaturas impresionables y asustadas, con una enorme inseguridad en nosotros mismos. Es por eso que procuramos reflexionar lo menos posible acerca del futuro, ayudados eficazmente en esto por la sociedad de consumo que hemos construido y en la que impera el absolutismo de lo inmediato.

Siempre ha sido más o menos así.

Sir James Frazer
Sir James Frazer (1854-1941) fue un escocés, profesor en Cambridge, que contribuyó decisivamente a la creación de la Antropología Cultural. Sin apenas moverse de Inglaterra estudió minuciosamente muchas culturas primitivas, gracias a los informes que demandaba de administradores coloniales del Imperio Británico, entonces en su cenit. Idea central de Frazer fue que la primera creación cultural del hombre primitivo, anterior incluso al Lenguaje, es la Magia, que con el tiempo histórico ha ido derivando hacia sus dos grandes ramas, la Religión y la Ciencia. Una ley fundamental de los magos y lo mágico es la de la Semejanza o la Correspondencia, que podría formularse así: los distintos niveles de organización del Cosmos, desde lo subatómico hasta lo galáctico pasando por  lo vegetal, lo animal y lo humano, operan ateniéndose a las mismas leyes fundamentales, que son las que también rigen el mundo de lo espiritual. 

Cueva de Lascaux (Francia)
Lo importante para el mago no es conocer estas leyes, una tarea que claramente lo desborda, sino reconocer su existencia y su vigencia en todos los ámbitos de la realidad. Por eso el shaman cree que, dotado de poderes que le han sido conferidos por los espíritus que soportan el mundo, puede actuar sobre determinadas esferas de lo creado para, en virtud de esa ley de la Correspondencia, obtener efectos sobre otras esferas bien distintas. Así, el shaman paleolítico dibuja en lo más hondo de una cueva, en el marco de rituales complicados, escenas de caza mediante las que cree que va a  favorecer las acciones cinegéticas que van a llevar a cabo otros miembros de su clan.  O la machi mapuche sube trabajosamente a lo alto de su rewe, ese tronco de canela tallado como los peldaños de una tosca escalera, a la vez que canta extrañas canciones acompañadas por el batir del tambor y el tintineo de los cascabeles rituales, para 
conseguir así que, por correspondencia, su alma ascienda por el eje del mundo hasta el ultramundo donde moran los poderosos espíritus con los que quiere ponerse en contacto.
Rewe mapuche
O el brujo africano clava puntas en sus fetiches de madera, en una suerte de primitivo vudú, con el propósito de alterar los estados físicos o mentales de personas a las que intenta transformar, para bien o para mal, con su magia.

Fetiche de los Bakongo









Salvando las distancias, yo mismo y en este blog (“Amor y Gravitación”, 27 abril 2013) establecí una suerte de correspondencia entre la gravitación de los cuerpos celestes y el amor de los seres humanos. Cabe aplicar esta dialéctica de la Correspondencia o Semejanza a muchos de los más importantes problemas prácticos con los que nos enfrentamos los humanos, considerando si podríamos comprender mejor estos problemas al compararlos con lo que conocemos de ámbitos muy distintos en la Naturaleza o en la Historia. Pondré algunos ejemplos, como simple ilustración en este espacio necesariamente corto que es una entrada de blog:

1).- El problema de la viabilidad de la Unión Europea: ¿pueden unos estados nación con largas historias de desencuentros y con lenguajes y culturas diferentes integrarse de modo permanente en una unión supranacional?  La correspondencia aquí podría ser con un ecosistema vegetal, tal como un bosque nativo de Chiloé. La integración requiere un proceso de domesticación del bosque, de modo que se convierta en una especie de jardín botánico. Eso exige un equipo de jardineros (Bruselas), unas técnicas de gestión (organismos y leyes paneuropeos) y la eliminación de mucha flora no deseable (renuncia por los países integrantes a señas de identidad nacional muy queridas).

2).- El problema identitario de España: ¿tiene una solución pacífica y duradera la crisis del estado autonómico?  Aquí también serviría la correspondencia con la conversión del bosque silvestre en un jardín botánico. Otra correspondencia sería con un ecosistema animal de predadores y presas que comparten un territorio. Según esta última, la supervivencia del estado autonómico exigiría que todas las autonomías pudieran ser a la vez predadores y presas unas de otras. Que no existiera un pez más grande que los demás, por lo menos no un pez que pudiera comerse a todos y al que no pudiera comerse ningún otro. Aplicando la correspondencia, requeriría una deslocalización geográfica de la administración del estado; es decir, una “barcelonización” de Madrid (y nunca una “madridización” de Barcelona). Tampoco podría haber un pez al que no pudiera comerse nadie, en correspondencia sería necesaria una desaparición de los Conciertos con vascos y navarros, más aún, una completa igualación fiscal de todos los territorios (mismas reglas del juego). Cosas así.

Si tanto la Religión como la Ciencia proceden, como quería Frazer, de una misma Magia ancestral, podrían encontrarse en ambas vestigios de la ley mágica de las Correspondencias. No tengo duda de que existen.

En las Religiones pueden encontrarse muchos ejemplos. Así, en el Judaísmo, las correspondencias cabalísticas entre el significado literal de los textos y uno o varios significados secretos, esotéricos, de origen divino. En el Cristianismo, la transustanciación del pan y el vino en carne y sangre de Cristo, necesarias como alimento espiritual. Etcétera.

Y en la Ciencia, pese a su explícito rechazo de lo mágico, también quedan muchos vestigios de la ley de la Correspondencia. No en balde el mismo Isaac Newton, pilar fundamental de la Ciencia moderna, practicó también el alquimismo. Un vestigio muy generalizado es el de la modelización. Así el método científico, en su intento de ir comprendiendo cada vez mejor la realidad natural que estudia, opera frecuentemente con un sistema de modelos, asumiendo que hay una Correspondencia entre el modelo y esa realidad natural a la que intenta ir cercando. Otro gran ejemplo es el del lenguaje matemático, según la idea de Galileo proponiendo que el libro de la Naturaleza estaba escrito en un lenguaje matemático. La Correspondencia se establece en cuanto a que el científico dialoga con la naturaleza utilizando un lenguaje tan matemático como posible.

Finalmente el Arte, nacido en las cuevas paleolíticas como un componente de los rituales shamánicos, sigue mostrando innumerables Correspondencias mágicas. Así es en la Literatura, donde héroes como Don Quijote y Sancho o los de Dostoyevski, son transfigurados por el lector entusiasta en componentes importantes de su propia vida. O en esa gran Pintura que en un momento de contemplación iluminada nos emociona sin que sepamos por qué. O en la Música sublime, clásica o pop, que llega a ser para su oyente inspirado una astronave en la que viaja a través de espacios infinitos.

Y es que, en definitiva, nuestro mundo y nuestra vida siguen siendo mágicamente misteriosos. Quizá sea gracias a esta condición por lo que somos capaces de soportarlos.

sábado, 1 de octubre de 2016

Lo ascético

Un Sadhu es un monje hindú que practica la Ascesis como
etapa final en su camino hacia la purificación.
(Foto cortesía del Dr Sarkar)
Nuestro mundo real, el de nuestra carne y nuestra mente, carecería de dinamismo si no existiera el tiempo. Éste es quien hace posibles las cadenas de causas y efectos que le dan consistencia y explicación a nuestra existencia. 

Más allá de nosotros mismos, todas las dimensiones de la naturaleza tienen en el tiempo su causa primera. Así empieza el Génesis: “en el principio, creó Dios los cielos y la tierra”, y ese “principio” alude sin nombrarlo al tiempo, primer actor de la creación.



Recuerdo ahora aquella ecuación fundamental de la Mecánica newtoniana que nos enseñaban en el colegio:

F x t   =  m x v

 Fuerza x tiempo  =  masa  x velocidad

         Impulso mecánico  = cantidad de movimiento

Así, en un terremoto, el impulso mecánico es la fuerza gigantesca con que dos placas tectónicas se empujan una a la otra durante un tiempo muy largo, igual a la cantidad de movimiento que se libera cuando, como consecuencia de la quiebra de aquel empujarse, una masa gigantesca de tierra y rocas empieza a vibrar y esta onda se transmite a gran velocidad a lo ancho de toda la Tierra, provocando la destrucción a su paso. Y en una tempestad, el impulso mecánico es la fuerza de un viento feroz sobre el mar durante algunas horas, capaz de levantar grandes olas que se mueven veloces, amenazando la vida de los barcos que encuentran.

Nuestras mentes humanas son asiento de fenómenos análogos, aunque no se les pueda calificar, dada su naturaleza inmaterial, de newtonianos. Así, nuestras decisiones importantes son consecuencia de impulsos que nacen de la interacción, durante un cierto tiempo, de nuestra voluntad con nuestra inteligencia y nuestro instinto. Fuerzas que se esconden entre los pliegues más recónditos de nuestros cerebros, se despiertan un día y empiezan a actuar en silencio. Generan así unos impulsos sostenidos que terminan poniéndonos en marcha. Muchas veces se trata solamente de iniciar un camino nuevo. Pero en otros casos nos tiramos desde lo alto a un abismo en cuyo fondo terminaremos aplastados, o a unas aguas nadando a través de las cuales alcanzaremos lo que anhelábamos. Motivados, al hacerlo así, para correr riesgos.

No debemos temerle a nuestros impulsos, ni reprimir nuestros movimientos, siempre que pongamos nuestra  atención en una introspección continua de las fuerzas que vagan por nuestro interior. En esto consiste la Ascética, que está presente en todas las culturas y todas las religiones. Cuyo objetivo es no tolerarnos la coexistencia con fuerzas tenebrosas, esas que son capaces de llevarnos al desastre. Por eso los ascetas intentan vivir, en la medida de lo posible, en un estado de pureza interior.

Alguien le preguntó un día al humorista italiano Pitigrilli en qué consistía la educación. “Pues se trata de comportarse cuando estés delante de los demás como si estuvieras solo”, contestó Pitigrilli. Y después de unos instantes de silencio continuó: …”Y cuando estés solo como si estuvieras delante de los demás”.

Algo así podría ser el fundamento de una ascética para la gente corriente.


P.S. He publicado la misma frase de Pitigrilli en este blog el 20 marzo 2011 y el 22 diciembre 2012. Cosas de la edad, pero no puedo negar que se trata de una de mis frases preferidas (lo que, lamentablemente, no significa que haya tenido mucho éxito al intentar ponerla en práctica, aunque no me doy por vencido).

lunes, 26 de septiembre de 2016

Fronteras interiores de la sociedad de consumo: la Nación Navajo.


Muchos terrícolas que se sienten afortunados viven ya en el seno de una sociedad de consumo. Lo hace toda Europa, casi toda América y una parte creciente de Asia. Para las grandes áreas que todavía se quedan fuera, como sucede con buena parte del Oriente Medio  y casi toda Africa, la sociedad de consumo es el paradigma a alcanzar. La polaridad entre los que ya están y los que todavía no han llegado genera alta tensión en las fronteras exteriores de las sociedades de consumo, ante cuyas alambradas y muros de defensa, a lo largo de todo el Mediterráneo y del borde meridional de USA, se acumulan millones de personas que llegan hasta allí huyendo de la violencia y la desesperanza.


Pero ¿hay también fronteras interiores, barreras que dentro del territorio ocupado por las sociedades de consumo separan a los que no quieren pertenecer a ellas? Por supuesto que sí. No me refiero a los cinturones de miseria y abandono que rodean a muchas megalópolis y que no son sino la cara oculta de éstas, ni a los pequeños grupos humanos que por imperativos geográficos siguen sumidos en una cultura preindustrial y por ello anticonsumista, como pueden ser los Inuits del Ártico americano, o los Amerindios cazadores/recolectores de las selvas amazónicas. Sino a grupos humanos que pudiendo integrarse persisten en su deseo de mantenerse fieles a tradiciones ancestrales incompatibles con la sociedad de consumo, y que tienen tamaño suficiente para que pueda trazarse alrededor de ellos una frontera geográfica.


Yo acabo de encontrarme con uno de ellos: la Nación de los Navajos, enclavada en el SW de USA. 

Los Navajos fueron, junto con los Cheyenes, uno de los grupos amerindios más numerosos de Norteamérica. Una variante guerrera de los Navajos fueron los Apaches, pero los primeros, más numerosos, se adaptaron a una vida de pastores seminómadas de ovejas traidas por los españoles, en las vastas estepas de Arizona y Nuevo México. Cuando los yanquis expulsaron a los mexicanos de aquellas tierras, los Navajos mostraron cierta resistencia al nuevo colonizador. Pero finalmente aceptaron recluirse en una reserva india que con el tiempo no ha hecho más que crecer en tamaño hasta constituir lo que hoy se llama oficialmente la Navajo Nation, un territorio semiautónomo gobernado por los propios Navajos y dotado de unos poderes legislativo, ejecutivo y judicial propios.


La Navajo Nation (Navajo Country en el mapa) ocupa un territorio de 62.000 km2  (aproximadamente 2/3 de Portugal o Cuba) repartido entre los estados norteamericanos de Arizona (AZ en el mapa), Nuevo Mexico (NM) y algo de Utah (UT), con una población de solamente 166.000 habitantes, ya que se trata en buena parte de estepas semidesérticas.

En su territorio se encuentran algunas grandes bellezas de la naturaleza, entre las que destaca el inigualable Monument Valley, inmortalizado por Hollywood y John Ford.




Foto del Valle de los Monumentos tomada desde el Centro de Visitantes y Museo. Las inmensas y bellísimas Mesas tienen un significado religioso para el pueblo Navajo, como en general lo tienen todas las maravillas de la Naturaleza para los pueblos de tradición shamánica. Madre Tierra y Padre Cielo, con toda su majestad, justo frente a nuestros ojos.


En el Centro de Visitantes del Monument Valley hay una piedra tallada en la que se recogen los datos más significativos de la Navajo Nation y que reproduzco a continuación.




Primero se presentan las estadísticas demográficas y de nivel de vida de la Nación de los Navajos. Lo que se pone de manifiesto inmediatamente es que se trata de gente joven y muy pobre, que mantiene todavía una cultura propia aunque amenazada por la integración en USA y que tiene unos hábitos de vida fundamentalmente ganaderos. 
Después de estos datos hay un párrafo que merece la pena traducir:


<<Estas estadísticas muestran que muchas familias Navajo viven en la pobreza. Aunque nuestras vidas se enriquecen por el hecho de habitar una tierra muy hermosa en la que vivieron nuestros antepasados, y donde continuamos con nuestras tradiciones ganaderas y agrícolas, con la práctica de la artesanía y con nuestras ceremonias.  Hoy trabajamos duramente para mantener bien  vivas nuestra lengua y nuestras tradiciones en medio del mundo moderno.>>



Así es. En nuestra fugaz visita, apenas pudimos acercarnos al pueblo Navajo, algunos de cuyos asentamientos veíamos de lejos desde la carretera, perdidos en la árida y grandiosa estepa. El aspecto de estos asentamientos mostraba claramente que esta gente se encontraba absolutamente fuera de nuestra sociedad de consumo. Siempre se trataba de grupos de muy pocas casas, no más de tres o cuatro, frecuentemente solo una, rodeadas de un increíble maremagnum de chatarras variopintas, entre las que destacaban automóviles y camionetas que en otras circunstancias estarían ya desguazados. Tomé algunas fotos desde lejos y a la velocidad de un auto en la carretera, que no reflejaron bien la situación. Por eso he recurrido a una foto tomada de Google Earth que presenta uno de estos típicos asentamientos Navajo y que muestro a continuación.




Este asentamiento tiene una sola casa. Llama la atención la cantidad de objetos  que se desparraman a su alrededor, que mayoritariamente son automóviles, entre sedanes y camionetas. La mayoría de estos autos suelen estar en una situación de desguace, como si fueran los que la familia que vive allí ha venido usando sucesivamente durante muchos años. También puede distinguirse una autocaravana; la presencia de éstas era relativamente frecuente en los asentamientos navajos, poniendo de manifiesto un modo de vida de pastores seminómadas.

Pero lo que muestra la presencia de vehículos medio arruinados es que en una cultura como la de los Navajos no se tira nada. Las máquinas  que ya son inservibles se conservan, por si en algún momento fuera necesario usar para los fines más insospechados alguna de entre sus multitudes de piezas sueltas. Este comportamiento es absolutamente contrario a los mandatos de nuestras sociedades de consumo, establecidas sobre la base de una obsolescencia rápida de los bienes y servicios utilizados, la creación continua de nuevas necesidades y la aparición de nuevas soluciones para satisfacerlas. Todo esto coordinado, movido y fundamentado por el dinero como unidad fundamental de los intensísimos intercambios.


El comportamiento de los Navajos es habitual en culturas ligadas a la naturaleza y alejadas de lo urbano. Yo lo he observado en la gente de la mar de mi tierra andaluza, unos pescadores de altura que jamás tirarán nada de las herramientas y materiales de trabajo que han dejado de serles útiles porque, quién sabe, cualquier día en medio de la mar, alejados de toda asistencia técnica, un trozo de aquel alambre o un cojinete del motor de aquella otra bomba ya arruinada o el tubo de cobre en U de un grupo frigorífico ya desechado, pueden servirles para arreglar una avería de una máquina sin repuestos o enmendar cualquier otro entuerto. También lo he observado entre los campesinos de Chiloé, unos colectivos humanos casi totalmente autosuficientes, a los que precisamente esta autosuficiencia, al alejarlos de los mercados y mantenerlos así con poca plata, los aparta culturalmente de los hábitos de las sociedades de consumo.

No tuve ocasión de hablar tranquilamente con ningún Navajo. Solamente intercambiamos algunas palabras fugaces con un joven guia turístico en nuestra visita al Antelope Canyon. 


El Antelope Canyon se abre bajo una estrecha y

larga hendidura en el terreno y se recorre
como un largo túnel. El viento y la lluvia han 
 erosionado extrañamente las areniscas que
lo constituyen, y los juegos de luces son 
bellísimos.

Nos dijo que estábamos en la Navajo Nation, un territorio autónomo dentro de USA, 25.000 millas cuadradas en las que viven unas 100.000 personas. Que su abuela hablaba la lengua Navajo, su madre la entendía y él todavía es capaz de reconocer algunas palabras, pero se está perdiendo. Y que en todo el territorio está absolutamente prohibido beber alcohol, conservando así lo que en USA fue hace muchos años la Ley Seca.

Nos transportó a través del desierto hasta el cañón en una camioneta 4x4 algo maltratada por el uso y los años. De vez en cuando el camino estaba cubierto por arena blanda que le obligaba a meter la tracción. Observé que para sacarla de nuevo tenía que parar el vehículo y meter por unos instantes la marcha atrás, entonces la tracción saltaba. Me acordé de las viejas camionetas campesinas tan frecuentes en mi querido Chiloé, algunas de las cuales son de tercera o cuarta mano y que raramente se averían. Aunque cuando lo hacen siempre hay tiempo para esperar a que alguien pase y nos ayude a salir de la pana, lo que sin duda hará.


Me acordé mucho en este contacto con la Nación Navajo de Aldous Huxley y su extraordinaria novela Brave New World (traducida al español como “Un mundo feliz”). Aunque Huxley era inglés y su utopía novelada se desarrolla en Londres, dicen que se inspiró para escribirla en la sociedad industrial americana fraguada por Henry Ford y su Modelo T. El libro se publicó en 1932, y Huxley había visitado antes USA, donde quedó muy impresionado con el desarrollo de lo que era sin duda la primera sociedad de consumo. En la novela, que describe una sociedad utópica en la que los ciudadanos, totalmente controlados pero aparentemente felices porque están divididos en castas desde el nacimiento, reciben una educación hipnótica adecuada a su condición y consumen soma, una droga distribuida por el estado que los coloca en el séptimo cielo, ocupan también un papel destacado los llamados salvajes, gente que vive una vida primitiva, agrupados en clanes muy lejos de la sociedad utópica.  Estoy seguro de que Huxley se inspiró en estos Navajos de USA para dibujar a sus “salvajes”.

Y creo que la novela de Huxley es, hasta un cierto límite, premonitoria de lo que ha venido pasando después y merece ser leída de nuevo ahora. Eso es lo que yo voy a hacer.


Aldous Huxley con la portada de la primera edición de su Brave New World




miércoles, 21 de septiembre de 2016

Goya, pintor de almas

La pintura es mucho más que un arte visual. Los cuadros que los pintores crean tienen que hacerse y verse a través de los ojos, sí, pero el sentido de la vista lo es siempre de doble dirección. Cuando hacia dentro, los ojos son lentes muy perfectas que recogen las formas y los colores del espacio exterior y los conducen hasta el cerebro, que los integra en imágenes. Cuando hacia fuera, las memorias que llenan los pliegues del cerebro ayudan con sus datos a lo más noble del córtex cerebral para que cree  todo un mundo virtual que, integrado con las imágenes que le llegaron de afuera,  vuelva ahora desde el cerebro hasta los ojos y,  a través de ellos pero en la dirección opuesta, ilumine e interprete el espacio real que nos rodea. De manera que nunca vemos simplemente lo que está ahí fuera. Vemos lo que queremos y podemos ver. Seleccionamos los elementos del mundo real que, integrados con nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad cerebrales, resultan en nuestra particular visión del mundo.

El arte de la pintura alcanza una culminación cuando el pintor lleva hasta el límite este fenomenal juego de espejos. En el momento en que se decide a pintar algo, lo inspira un conjunto de formas y colores que llegan hasta su cerebro desde el mundo real. Pero allí están esperándolos su sensibilidad y su inteligencia de artista. De modo que lo que su mano traza con sus pinceles en el lienzo es mucho más de lo que sus ojos habían recibido.

Depende del particular genio de cada pintor lo que finalmente crea y nos ofrece. Hay pintores que lo son de almas, quiero decir que van más allá de lo real que han pintado, siendo capaces de plasmar en su obra lo inmaterial, más todavía, lo espiritual que estaba escondido dentro de aquellas formas y colores. Al hacerlo así animan, en el sentido más literal y profundo de este verbo, ese trozo de lo real que termina enmarcado en su lienzo. Para mí son grandes pintores de almas Rembrandt, Brueghel el Viejo, El Bosco, El Greco, Klee, Picasso, Bacon. Y muy particularmente, quizá en cabeza de todos, Goya.

En mi viaje reciente por el SW de USA visité en Los Ángeles el Museo Getty. Salvando las dimensiones gigantescas que lo americano tiene con respecto a lo europeo, este Museo Getty muestra muchas analogías con el Thyssen Bornemiza de Madrid. Siéndole imposible acumular la cantidad de tesoros que albergan las grandes pinacotecas imperiales de la vieja Europa (Madrid, Paris, Viena), intenta tener al menos una representación selecta y equilibrada de lo mejor de cada época, de manera que pueda ofrecer esa visión de conjunto que en los grandes museos se hace muy difícil. 

Yo, en el Getty, nada más llegar a la zona adecuada, empecé a buscar algo de Goya. Y no lo encontraba hasta que dí por fin con un pequeño cuadro, casi una insignificancia, que no conocía y represento a continuación:


El título de este cuadro es "Suerte de varas", en referencia a esa segunda fase de la lidia de un toro bravo, en la que, tras los capotazos y las banderillas de la primera fase, el desdichado toro es picado, lo que significa que el picador, montado a caballo y con sus piernas protegidas por armaduras, le clava al toro una lanza (una pica) en la espalda, entre los omoplatos, para que herido en sus músculos escapulares, pierda fuerza en su tercio delantero. Sin esta faena el matador no podría enfrentarse con el toro, que en posesión de toda su enorme potencia, constituiría un peligro mortal para el primero. En los tiempos de Goya esta suerte de varas era un espectáculo terriblemente cruel, porque a lo largo de ella varios caballos, que no iban protegidos, terminaban desventrados por el toro y morían allí mismo, en la plaza. Hoy día los caballos llevan un peto todo alrededor que impide que el toro les haga daño. Pero todavía cuando yo era pequeño persistía su desprotección, soy testigo de ello. La situación era fatal para los caballos y también muy peligrosa para los picadores, pues si el toro los derribaba, lo que acontecía con cierta frecuencia, podía herirlos gravemente y hasta matarlos. En mis tiempos de niño el espectáculo era, si cabe, todavía más patético que en el cuadro, porque al caballo del picador se le tapaba con un pañuelo el ojo del flanco desde el que el picador retaba al toro, para que no viendo lo que le esperaba no intentara huir.

Observemos el cuadro de Goya. Hay un caballo muerto y otro moribundo en la plaza, los dos víctimas del toro que está ante nosotros. El picador y su caballo han sufrido ya al menos una acometida de este toro, porque el caballo tiene el vientre abierto y las tripas colgando, mientras que el sombrero con el que preceptivamente se cubre el picador ha rodado por la arena. Los rostros y los gestos de todos los que están participando en esta tragedia, toro incluido, ponen de manifiesto que un nuevo ataque desesperado de éste es inminente. Los trazos de la pintura son confusos, los rostros no están dibujados con precisión, hay una mezcla de expectación y desconcierto en los ojos de la cuadrilla de banderilleros que rodea a los dos picadores. Pero el centro del drama está en la mirada y la figura del picador que espera, preparado, la acometida del toro. Manifiesta el hombre una resolución que lo tiene todo de desesperada, quiero decir que está más allá de cualquier clase de esperanza, que ha perdido cualquier rastro de miedo porque ha perdido la conciencia de todo aquello que no sea la cinemática, un tiempo y un espacio sangrientos, de lo que inmediatamente va a acontecer. Esta es la forma más típica que suele adoptar el valor.

Y bien: ser capaz de representar todo esto en una pintura es sencillamente genial. Goya es expresionista, de hecho fue el precursor de ese expresionismo que llegó de la mano de Alemania un siglo después. ¿Pero qué significa esto del expresionismo? Pues que la pintura representa mucho más de lo que sería capaz de representar la mejor fotografía. El pintor expresionista no es un simple testigo de lo que está viendo, interpreta todo lo anímico, lo espiritual, lo metafísico que sustenta a esa escena que está pintando. Es un medium que nos revela lo que hay detrás o dentro de lo que estamos viendo. Nada menos que todo eso. Y esta es la razón por la que muchas de las pinturas y los grabados del gran Goya nos sobrecogen.

Pero Goya es inacabable. Represento a continuación una de sus obras más conocidas, "La Familia de Carlos IV", rey de España del que Goya llegó a ser primer pintor de cámara, y por eso tuvo que pintar este cuadro. En el centro figuran el rey Carlos IV, hijo de Carlos III, este último uno de los mejores reyes que ha tenido España. A su lado, separados ambos por un pequeño infante, su esposa, la reina María Luisa de Parma. Y alrededor de ellos el resto de la familia real, mientras que en la penumbra se ve al pintor que trabaja, como era costumbre en la época, sobre la imagen del conjunto de la familia real en un enorme espejo que ocupa el sitio en que estamos nosotros. 




 
Me llamó siempre la atención en este cuadro la enorme vulgaridad de los rostros del rey y la reina. Al rey le falta esa majestad que es una combinación de serenidad y resolución.  A la reina dulzura, sensibilidad y subordinación al rey, apareciendo ella sin duda como la protagonista central del cuadro. Yo no acababa de comprender cómo los reyes le habían permitido a Goya pintar un cuadro así. Al fin lo he entendido, después de haber leído que tanto el rey como la reina como toda la familia real habían quedado muy satisfechos de este cuadro. Porque lo que hizo Goya fue PINTARLOS EXACTAMENTE COMO ERAN, pero no en sus figuras corporales, sino en sus almas. Y si eran así, difícilmente podrían ellos reparar en su pequeñez moral. María Luisa de Parma fue una mujer dominante y desleal,  públicamente infiel al rey su esposo con un guardia de corps, Manuel Godoy, al que convirtió en primer ministro. Y Carlos IV un hombrecillo bonachón y bienintencionado que desde su debilidad de carácter traicionó hasta al príncipe heredero, Fernando VII, cediéndole la corona de España a un hermano de Napoleón, al que los españoles llamaron despectivamente Pepe Botella.

Goya pintó las almas de todos ellos. Como lo hizo en los dos retratos que presento a continuación, el de Juan Martín el Empecinado, guerrillero en la Guerra de la Independencia contra Napoleón, y el de Fernando VII.


El Empecinado enfoca su profunda mirada sobre el mismísimo plano en que se encuentran nuestros ojos, mostrándose como un hombre valiente y arrojado, resuelto y generoso, con ideas pocas y claras. En Fernando VII hay disarmonía, posturas forzadas y una inquietante deslealtad en la mirada, consecuencia probable de su debilidad de carácter. Fue el peor rey que ha tenido España, protagonista de la destrucción del imperio español por las ambiciones opuestas y a la vez combinadas de Napoleón y los ingleses, dos imperios que emergían por entonces.

Goya, como Rembrandt y otros pintores de almas, cultivó también el autorretrato. De los muchos que se hizo presento aquí dos.



El de la izquierda es de un Goya joven (1.775, 29 años), recien vuelto a Madrid después de haber pasado varios años aprendiendo a pintar en Italia. Es un pintor neoclásico, acendradamente realista. Y un joven independiente, sensual, desaliñado, ambicioso, vitalista. El de la derecha, del Goya maduro (1.815, 69 años) con la mayor parte de su obra ya culminada y en momentos muy difíciles para España y para él mismo. Su manera de pintar, sus trazos, han cambiado totalmente. Ahora es un expresionista sin saberlo. En lo fundamental de su personalidad sigue siendo el mismo que fue de joven, pero el fondo de su mirada es, aunque igual de firme, más escéptico, y la  ligera inclinación que le da a su figura quizá muestre ese relativismo que van dando los años y la vida.



domingo, 28 de agosto de 2016

¿Nos estamos despeñando en los abismos del Antropoceno?



En el curso de un viaje reciente por el SW de USA, he tenido, en un momento dado, una extraña clarividencia. He aquí que está anocheciendo y me encuentro en un camping periurbano de la ciudad de Santafé, capital del estado de Nuevo México. El día ha sido muy caluroso. Nos hospedamos en una cabaña de madera de un camping inmenso y solitario, rodeados desde lejos por caravanas del tamaño de camiones de gran tonelaje, seguramente dotadas de todas las comodidades. Ha empezado a correr una de esas ligeras brisas de la tarde que, en circunstancias así, tanto bienestar aportan. Yo estoy sentado ante una mesita de jardín, al pie de la cabaña, mientras que mi familia va instalándose. El ambiente es apacible, abro el libro que estoy leyendo a lo largo de este viaje, “An image of Africa”, del gran escritor nigeriano Chinua Achebé. Empiezo a sumergirme en su ensayo “The trouble with Nigeria”, en el que va haciendo una disección de los problemas insuperables de su amada patria.

 Y en ese mismo instante me llega la iluminación.

Quizá es el conjunto de circunstancias que acabo de describir, las cuales me han permitido aislarme de la inmensa banalidad de lo inmediato, situándome en una esfera contemplativa, allí donde cualquier ventana misteriosa puede abrirse para tí en cualquier momento. El caso es que mis oídos empiezan a llenarse, poco a poco, de un bramido sordo que parece estar saliendo de las profundidades de la Tierra, aunque en realidad me llega a través de la atmósfera. Está hecho de innumerables explosiones producidas por los motores de miles de vehículos que circulan por las carreteras cercanas hacia dentro y hacia fuera de Santafé, en este tiempo vespertino que todavía es hora punta del tráfico. El contraste entre este bramido y el silencio apacible que por otra parte me rodea es inmenso. Quizá por ese contraste sucede que, misteriosamente, ambos van fundiéndose en una misma cosa, adoptando la forma de una contradicción insalvable. Y en el seno de esta disonancia salta dentro de mi cerebro una chispa, que es la de la iluminación y que se materializa en una sentencia muy breve:

Imposible que los humanos seamos capaces de controlar el cambio climático, imposible que podamos detener  la acumulación de CO2 en la atmósfera. La inercia que nos lleva hacia el desastre es inmensa, imparable, nadie es responsable de ella, y es por eso que nadie será capaz de detenerla”.

A pesar de lo ominoso de su contenido, una iluminación como la descrita te estimula, llenándote con una suerte de optimismo brillante difícil de describir, el que te produce haber descubierto algo que te  convence como una verdad. 

Enseguida te pones a reflexionar acerca de cómo se aplica este descubrimiento a ti mismo, a tu forma de estar en el mundo, a lo que haces y cómo lo haces. Tú eres plenamente consciente de la existencia de un cambio climático de origen antrópico, conoces los efectos indeseables que puede tener, más aún, que está teniendo ya. También sabes que todavía estamos a tiempo de detener este cambio climático, bastaría con que redujéramos a cero la acumulación de CO2 en la atmósfera. El único camino para ello sería reducir el consumo mundial de combustibles fósiles, carbón, petróleo y gas, lo que implicaría, inevitablemente, reducir el consumo de las energías derivadas de estas fuentes, que son la electricidad, la combustión en motores de explosión y los consumos domésticos de gas. Esto traería consigo cambios drásticos en los modos habituales de vida en las sociedades avanzadas y en aquellas otras que han entrado en un claro proceso de desarrollo tecnológico, es decir, en casi todo el mundo.

Ahora te interrogas sobre tu vida cotidiana. Estás en mitad del SW norteamericano, has llegado desde España hasta aquí en una aeronave que ha sobrevolado Groenlandia, consumiendo grandes cantidades de combustible y generando así un CO2 que ha ido vertiendo directamente a la estratosfera, precisamente donde más daño hace. Cuando vuelvas a tu casa usarás tu automóvil para un sinfín de desplazamientos, y como la ciudad en que vives está aplastada por un verano tórrido, tendrás casi permanentemente encendido el aire acondicionado de tu casa. Tampoco renunciarás a ninguno de tus numerosos electrodomésticos, todos ellos hambrientos consumidores de energía. ¿Estarías tú dispuesto a cambiar radicalmente de estilo de vida, reduciendo drásticamente tus consumos? Sabes que no, que serías incapaz de hacerlo, a no ser que te decidieras a encerrarte para siempre en el corazón de tu Chiloé tan querido, llevando allí una vida de campesino cuya única fuente de energía fuera la leña de tus bosques, que es renovable. 

Aun suponiendo que tú fueras capaz de tomar esa decisión tan drástica, ¿cuántos de tus convecinos en España podrían hacerlo? ¿Cuántos ciudadanos de Europa o el Mundo? Estás convencido de que prácticamente nadie.

Tu sensación de que lo que te ilumina es verdadero se refuerza algunos días después, cuando estás visitando el espléndido Museo Getty de Los Ángeles, situado en lo más alto de un cerro que domina todo el paisaje. Ves desde allí los formidables rascacielos de Los Angeles downtown hacia el Este, los bellísimos azules del mar Pacífico hacia el Oeste. Y cuando diriges tu mirada hacia el Norte contemplas algo así como una hendidura lejana que se abre entre dos cerros boscosos. Por su centro corre una anchísima autovía, cinco o seis carriles en cada dirección. La fotografías. Paralela a ella corre otra autovía secundaria de la que ves cuatro carriles que van hacia el Norte. Y esta impresionante estructura está llena de autos, incluso a esta hora temprana de una tarde de domingo en que te encuentras frente a ella.



¿Quién podrá detener este modo de vida, con todo el consumo, el derroche, la acumulación atmosférica de CO2, el cambio climático, que trae inevitablemente consigo? 

Nadie. 

Ningún político ilustrado, ningún dictador benevolente, ni siquiera todos los científicos o todas las iglesias o toda la gente de buena voluntad aliados en un esfuerzo común, ni siquiera ellos podrán conseguirlo a tiempo.

Porque lo que se nos echa encima es la última consecuencia de nuestra cultura tecnológica y consumista. Y cambiar una cultura es como arrancar una muela, solo se hace después de mucho tiempo de un dolor continuado que culmina en el dolor intenso y corto del sillón del dentista. Después de mucho tiempo de deterioro político, económico y social, que van pasando inadvertidos hasta que todo culmina en un final que, dramático o no,  marca ante todo la llegada de algo nuevo.

Algunos científicos han definido el cambio climático que ya está aquí como la llegada de un nuevo período geológico, al que han llamado Antropoceno, porque el agente causal de este cambio es la acción humana.

Como cualquier otro período geológico, el Antropoceno producirá convulsiones profundas en la faz de la Tierra, en la atmósfera y la biosfera. Estas convulsiones resultarán en sufrimiento para los humanos, en particular para los más pobres y desvalidos. También para multitud de otras especies vegetales y animales, muchas de las cuales desaparecerán. Abrirán a la vez, en lo más hondo de nuestros cerebros, interrogantes que nos harán buscar vías de salvación. Algunas de las decisiones que tomemos nos llevarán a los desastres de la guerra y la injusticia. Otras traerán compasión, solidaridad y todo un montón de valores que nos parecerán nuevos. Lo que ya ha empezado a acontecer será, en definitiva, no solo la irrupción de un nuevo período geológico, sino también de una nueva época cultural y social.

Yo no viviré su climax, pero estoy seguro de que sí lo harán mis nietos.

Concluyo bajo la convicción de que el cambio climático que viene no podrá detenerse, sino como mucho mitigarse. Es una conclusión muy dura, por lo que tiene de desesperanzada, pero nos sitúa en un marco de realismo que es condición necesaria para salvarnos.

No se trata de que los políticos y los poderosos no quieran detener el cambio climático, sino que no pueden hacerlo. La nave espacial que es nuestro planeta Tierra navega desde hace ya tiempo sin nadie a los mandos. La sala de control, allí donde deberían estar los mecanismos que permitieran dirigir su rumbo, esa sala de control, si es que existe, está cerrada para la entrada de los humanos, esos seres que somos todos nosotros y que se caracterizan por tener un cerebro, un corazón y una carne palpitantes.

Recomiendo la lectura de un libro muy lúcido que plantea esa necesaria actitud realista, “2052: A Global Forecast for the Next Forty Years”, publicado en 2012 y fácil de conseguir bajo formato Kindle a un precio razonable. Su autor, Jorgën Randers, fue uno de los coautores, con los Meadows y en 1972, del famoso “The Limits to Growth” y no ha dejado de estudiar, durante los más de cuarenta años transcurridos, estos temas.

Mientras más ominoso es un asunto más necesario es tratarlo con serenidad. Esto requiere una inocente ironía y un compasivo sentido del humor. Por eso quiero terminar esta entrada con algunos chistes del gran Andy Singer, que presento en forma de collage.


Recomendaría entrar en el buscador de Google con las palabras claves  “Andy Singer cartoons” y abrir la pestaña de “Imágenes”. Para encontrar así una multitud de chistes verdaderamente proféticos de ese dibujante genial que Andy Singer es. 



miércoles, 3 de agosto de 2016

Un coyote en el jardín


Estoy en casa de una hija mía, en el área metropolitana de San Diego, California. Se trata de un paisaje totalmente urbanizado, pero al estilo de las grandes ciudades norteamericanas, solamente el downtown es una aglomeración de altísimos edificios con cemento omnipresente, el resto está compuesto por barrios interminables (suburbs) de casitas rodeadas cada una de su pequeño jardín.

Aquí, como en muchas otras ciudades, esa enorme área metropolitana tiene una topografía de colinas entre las que corretean arroyos y regatos que no son urbanizables, la mayoría de los cuales permanece en estado silvestre. Sucede así que el campo, entendiendo por tal ese territorio todavía no completamente ocupado por los humanos, puede llegar a penetrar muy hondo en la ciudad.

Y lo hace. En las fotos que acompañan a esta entrada doy fe de que lo hace. Se han tomado desde el otero que ocupa el centro de nuestro jardín y en ellas puede verse, en el bajo ocupado por un regato que separa nuestra casa de otra vecina, nada menos que un típico coyote, con ese aspecto malcomido que los coyotes tienen, sus grandes orejas azorradas y un aire general frustrado, tal y como lo representó en sus dibujos el gran animador Chuck Jones.


Pero ¿cómo puede estar a gusto un coyote en las cercanías de nuestro jardín? Debo decir que incluso puede que se trate de una familia de coyotes, aunque hasta ahora solo hemos visto ejemplares aislados. El caso es que esta situación es habitual en muchas ciudades norteamericanas. Años atrás, muy lejos de aquí, en Virginia y en un enclave urbano parecido a éste de San Diego, llegaban hasta el patio trasero de nuestra casa los ciervos y hacían sus madrigueras allí mismo las marmotas, siendo fácil ver sobrevolándonos a los pavos salvajes. Y muchos años antes, en Ithaca N.Y., los mapaches llegaban por la noche hasta nuestros cubos de basura, que destapaban y registraban.

Hay una causa general que hace posible estos hechos, y es la de la interpenetración de lo rural con lo urbano en las ciudades norteamericanas. Pero la causa específica, ésa que permite que estos fenómenos sucedan con tanta frecuencia es, en mi opinión, la ausencia de perros sueltos en estas ciudades. Y no es que los norteamericanos detesten a los animales mascota, todo lo contrario. Se trata simplemente que, salvo en ambientes muy rurales, como las grandes reservas indias que allí existen, yo acabo de verlo en la Navajo Nation que ocupa un espacio de 25.000 km2, no se tolera la existencia de perros sueltos, mucho menos la de perros abandonados.

Algo parecido he visto en Holanda, donde la interpenetración de lo rural con lo urbano es también grande y donde es fácil acercarse a infinidad de aves y ver corretear a los ciervos. El abandono de perros está severamente castigado como lo que en verdad es, un delito.

Cuando caí en la cuenta de estos hechos me acordé enseguida de mis queridos pudúes de Chiloé, y de la medida en la que perros cimarrones o simplemente no controlados por sus amos los están poniendo en peligro de extinción, al igual que a los zorritos de Darwin, todavía más amenazados. Algo parecido sucede con otros animalitos salvajes en España, donde el abandono de perros por unos amos que desconocen la piedad y los tratan como a muñequitos de peluche que pueden tirarse, es una práctica generalizada y no perseguida ni mucho menos castigada por las autoridades.

Creo que el verdadero Chiloé rural, el de las viejas tradiciones williches, ha sido siempre respetuoso con la naturaleza. Que el descontrol y el abandono de los perros son, tanto en Chiloé como en España, fenómenos de origen y naturaleza urbanos. De unos colectivos para los que el campo es simplemente la no ciudad, en consecuencia forman parte de eso desconocido a lo que no hay por qué respetar.

Y me parece que ya va siendo hora de que en nuestras viejas culturas de raíces ibéricas, esas en las que la gente vivía apretujada en aldeas al pie de grandes castillos, se empiece a perseguir como delincuentes a los que abandonan a sus animales mascotas y hacen sufrir innecesariamente a cualquier otro animal.

Recuerdo ahora la ética de Peter Singer: tenemos el deber de la compasión con todo ser vivo capaz de experimentar un sufrimiento parecido al nuestro. Ese es el caso de la mayoría de los animales.  ¡Me parece tan lógico, tan evidente, tan necesario para nuestro autorrespeto, que nuestras sociedades castiguen a los que no lo hacen...!