miércoles, 18 de mayo de 2016

La herida de Chiloé

He tardado algunos días en enterarme de los graves acontecimientos que están teniendo lugar en mi querido Chiloé. Desde la distancia hago lo que puedo por compartir con mis amigos chilotes sus incertidumbres y su dolor. Es Chiloé entero quien lo está pasando mal: quizá sobre todo la gente del bordemar, los buzos, los mariscadores, los recolectores de algas en las playas, a todos ellos les está faltando esa mar que de pronto se ha puesto muy enferma. Pero también sufren los campesinos que se han quedado sin combustible y que no pueden poner en el mercado sus productos, y la gente ciudadana, que se ha visto brutalmente desabastecida, lo que le dificulta el ejercicio de sus profesiones y oficios. Se rebela Chiloé, sí, pero creo que lo hace con esperanza porque es la única manera que le han dejado de expresar su cólera y su preocupación por el futuro. “¡Ya basta!”, ese es el grito que yo oigo con el corazón y que entiendo están lanzando los chilotes de toda condición.

Pero ¿por qué? ¿Es posible desentrañar los motivos de su cólera?

Yo, desde esta España tan lejana, he devorado toda lo que Internet ofrece sobre el asunto. He captado a través de la prensa y radio locales las vibraciones de Chiloé respecto a sus problemas, su indignación. Pero también me he dado cuenta de la muralla de silencio que desde fuera de Chiloé la rodea. Ésta es por cierto la situación en que está medio mundo, afligido por el olvido cuando no por las guerras. Donde la comunicación, globalizada solamente en cuanto a las relaciones de poder, es injustamente asimétrica, va solo desde los poderosos y desarrollados hacia los pobres y olvidados, no al revés.

Lo que está sucediendo en Chiloé es que se ha entablado una marea roja de enorme intensidad, que envenena al marisco y a muchos peces, matando además a los animales (aves y lobos marinos) que los comen y obligando a las autoridades a prohibir la recolección y comercio de productos del mar. El bordemar de Chiloé, el conjunto de sus costas, tanto las que dan a las tranquilas aguas del mar interior como las que se abren al Pacífico, está gravemente enfermo. Este bordemar se encarna en el mismísimo corazón de la cultura chilota, y de él viven, mariscando, recogiendo algas o pescando, muchísimos habitantes de Chiloé, entre ellos casi la totalidad de la gente más humilde.

Las mareas rojas, en lo que tienen de fenómenos naturales, terminan pasando. Pero lo que ha sublevado ahora a los chilotes es la sospecha de que en esta marea roja han incidido causas que no son naturales, destacando dos: la eutrofización del mar interior como consecuencia de un desarrollo incontrolado de la industria salmonera y el vertido al océano, en aguas demasiado cercanas a las costas chilotas, de varios miles de toneladas de salmones cultivados, ellos mismos muertos precisamente como consecuencia de la marea roja y cuyos restos pueden haber contribuido a agravar sus efectos. Se acusa de lo que está pasando a una gestión poco cuidadosa de los recursos naturales, que amenaza a un bordemar que pertenece a los chilotes y del que viven desde siempre muchísimos de ellos. A esto se une la indignación por la falta de reacción de unas autoridades que ofrecen como compensación a las personas perjudicadas unas ayudas absolutamente insuficientes. De este modo se han desencadenado unas protestas  en las que ha participado activamente una parte significativa de la población de Chiloé, centradas en un bloqueo de las comunicaciones, que ha aislado casi totalmente a la isla del continente.

¿Qué hay en el fondo de estas protestas, cuáles son los mensajes subliminales que la gente de Chiloé está lanzando? En mi opinión, se trata de un “¡BASTA YA!” con el que los chilotes ponen de manifiesto su sensación de abandono y su falta de confianza en un futuro que cada día ven menos en sus manos.

La industria salmonera llegó hace ya bastantes años para quedarse, apropiándose de una fracción importante de un bordemar que hasta entonces había sido patrimonio común de los chilotes. Trajo esta industria riqueza a Chile y trabajo a Chiloé, de eso no cabe duda.  Pero como en cualquier fenómeno que se inicia con un “boom”, su desarrollo fue desordenado y carente de controles suficientes, provocando eutroficaciones y degradación de los fondos marinos, todo lo cual culminó hace diez años con la epidemia de un virus ISA que llegó a poner en peligro de extinción la industria salmonera de Chiloé y creó una crisis económica en la isla. Ahora esta situación podría estar repitiéndose.


En el fondo del malestar de los chilotes late la inquietud de no saberse comprendidos ni estimados en sus verdaderos valores por los poderes políticos y económicos de Chile. Ahí está el caso del puente que unirá la isla grande con el continente a través del canal de Chacao. Algunos pueden pensar que este puente, al convertir en terrestres  las comunicaciones de Chiloé con el resto de Chile, será un importante factor de progreso.  Pero otros muchos temen que no tenga como objetivo el desarrollo de Chiloé, sino la explotación más intensa de sus recursos naturales. Lo que de llevarse a cabo culminaría el proceso de convertir a la sociedad chilota de rural como todavía lo es en proletarizada, con sus destinos en manos de poderes muy lejanos que tienen una mentalidad exclusivamente extractiva. Los hay que llaman ya, con cierto sarcasmo, a ese proyecto de prolongación de la ruta 5 como autovía hasta Quellón a través del puente de Chacao, la “ruta del salmón”, y muchos piensan que los más de mil millones de dólares que costaría este proyecto estarían mejor invertidos en hospitales, rutas interiores, centros de enseñanza e investigación, así como el desarrollo de los recursos pesqueros, agrícolas, forestales, turísticos y de transporte, no solo  del archipiélago de Chiloé, sino de todo ese profundo Sur de islas y canales innumerables que llega hasta Magallanes y que es una prologación cultural y humana del mundo chilote.

Lo que yo deseo es que esta crisis termine obligando a todas las partes involucradas en ella a enfrentarse con una verdad que debería ser evidente: el futuro de Chiloé pertenece, ante todo, a sus habitantes, en un marco de solidaridad con el resto de la sociedad chilena.


Quiero terminar esta entrada evocando a esa multitud de gente humilde, silenciosa y olvidada, que vive de los recursos naturales del bordemar de Chiloé. Lo haré con dos fotos que son testimonio de dos vivencias personales.

A la derecha de esta foto arranca una duna viva, que  limita a la inmensa y bellísima playa de Mar Brava, en la costa NW de Chiloé. Todavía más a la derecha, ya fuera de la foto, se extendería la larguísima playa, de arenas muy finas y batida permanentemente por las grandes olas del Pacífico. En ella se crían muy bien las Machas, esas inmensas almejas chilenas que se comen a la parmesana en todo Chile. Al fondo, hacia la izquierda de la foto, se levanta una duna fósil, ya fijada, que marca dónde estuvo hace mucho tiempo la orilla del mar. Entre ambas, ocupando todo el centro de la foto, se extiende una enorme ciénaga que lo es porque la duna viva de la derecha le impide desaguar bien.
Pegadas a la duna viva extienden sus carpas y tiendas de campaña los macheros con sus familias, cuando están en temporada de recolección de las machas. Se juntan durante algunos meses más de doscientas familias, ocupadas en estos trabajos de extracción.
En el mismo centro de la foto puede verse una animita pintada de un azul vivo. Se levantó hace pocos años en memoria de una niña muy pequeña, casi una guagüita, que enfermó y murió allí. Sin casa, sin techo firme, sin una cocina chilota en la que su madre pudiera calentar sus biberones.

En la mismísima orilla rocosa del océano, en Punta Tilduco, también al NW de Chiloé, hay una cruz adornada con esas flores artificiales de colores vivos, que nunca se marchitan, y que tanto se usan en el Chiloé lluvioso. Se erigió en memoria de un hombre que hace pocos años fué arrastrado desde allí mismo por el mar y murió. Era joven y fuerte, soltero,  estaba allí recogiendo Cochayuyo, un alga parecida al sargazo que se usa mucho en Chile para ensaladas y guisos. Sabía nadar y también lo que hacía. Pero el océano manda a veces, sin avisar y sin una piedad de la que naturalmente carece, olas poderosas contra las que no hay defensa posible.


Dos ejemplos de personas que viven una vida dura y arriesgada en el bordemar, donde se ganan el sustento. Y que no tienen otra cosa que les permita enfrentarse con el futuro.






lunes, 2 de mayo de 2016

Creacion

¿Quién no ha tenido a lo largo de su vida algún momento creativo?  En muchos casos, por cierto, sin identificarlo como tal. Sucede que de pronto se te enciende una luz en el cerebro que ilumina parte de tu profunda oscuridad interior, ésa que te rodea desde que naciste como la negrura del cielo rodea a las estrellas. En el centro de ese espacio transitoriamente iluminado ves el hallazgo, la solución, la idea, a la que habías venido persiguiendo sin encontrarla, muchas veces hasta sin saberlo. Reconoces enseguida la verdad que esconde, te das cuenta de que por fin has dado en el clavo. Así lo que empezó como un mérito de tu cerebro acaba llegándote al corazón, calentándolo con uno de esos chispazos de felicidad que iluminan a veces tu vida. Una felicidad que ha resultado de una búsqueda convertida en encuentro. Y que es como un relámpago, un fuego de artificio encendido por sorpresa en lo alto del cielo, en medio de la noche oscura.

No hay que ser un científico o un artista para experimentar la creación. De hecho el mundo está lleno de infinidad de momentos creativos experimentados por miles de millones de seres humanos y otros tantos animales superiores. Todos los seres vivos capaces de experimentar el dolor del sufrimiento pueden asimismo sentir la felicidad de la creación. Son las dos caras de la misma moneda heraclitea.

De modo que la creación está al alcance de cualquiera, no necesita una gran inteligencia o una especial sensibilidad artística. Pero requiere algo que le es imprescindible: un poco de generosidad.

Intentaré explicarme. Recurriré para empezar a esa visión que Simone Weil, inspirándose a su vez en los cabalistas judios  medievales (entrada en este blog el 21 enero 2013, “La Creación y el problema del Mal en Simone Weil”), tiene  del Dios Creador. Para la Weil el acto de creación del Universo por un Dios que lo desborda absolutamente, no consiste en un quehacer, sino en un retirarse. El Dios Creador deja, por así decirlo, un hueco vacío de sí mismo para que el Universo entero, y en él nosotros, pueda nacer y crecer en libertad. Y este retirarse es sobre todo un acto de generosidad y por eso de amor.

Pues algo semejante acontece en la vida de cada uno de nosotros. Para experimentar la creación tenemos que abrir huecos en lo más íntimo de nosotros mismos donde lo creado pueda nacer y aposentarse. Este abrir huecos solo puede ser un acto de generosidad, de renuncia a uno mismo, y por tanto de amor.

El ejemplo más claro es el de la mujer madre. En el sentido más biológico y concreto esta mujer que quiere ser madre abre voluntariamente un hueco en el centro de ella misma para crear la vida de su hijo. Le echa valor y está dispuesta a renunciar a muchas cosas para conseguirlo.

Pero hay muchos otros ejemplos más humildes y hasta aparentemente banales. Uno es el de saber hacer regalos. Hay personas que tienen este don especial y suelen acertar regalándote algo que te sorprende y te ilusiona. Pero para regalar con acierto, que es una forma de crear,  hay que pasarse mucho tiempo pensando en el otro, vaciándose de uno mismo, recordando, reviviendo todo aquello que ilusiona a la persona a la que se quiere regalar algo.  Otra actitud creativa es la del que es capaz de mirar el mundo con ojos asombrados, como algo que no le ha venido dado, sino que él, de alguna manera desconocida y misteriosa, tiene que recrear. Esto es lo que con tanta maestría hacen los niños. Hablando en general, para crear hay que reconocer la existencia del misterio y sentir su atracción, estando dispuesto a desprenderse de buena parte del peso de uno mismo para salir en su búsqueda. Todo eso y mucho más.


Terminaré con dos anécdotas de Isaac Newton, uno de los más grandes genios creadores que en el mundo han sido. Nunca dejó de tener admiradores que le preguntaban cómo le había sido posible hacer descubrimientos tan enormes. Una de sus respuestas fue: “Yo he sido como un niño pequeño que jugaba en la playa. De vez en cuando encontraba una piedrecita más fina o un caracol más bonito de lo habitual. Pero el océano de la verdad permanecía inexplorado ante mí”. Y a otros que querían comprender cuál había sido su método de trabajo para descubrir la gravitación universal, les respondió en latín, “Nocte dieque incubando”, que significa en español: “Pensando en ello día y noche”.

El acto de Creación por Dios del Hombre, fresco de Miguel Angel en la Capilla Sixtina.
Crear es a la vez un dar y un retirarse.

martes, 26 de abril de 2016

El Club

Se trata de una extraordinaria película chilena, ganadora de numerosos premios internacionales, que he tenido la suerte de ver. 

 Hoy, cuando el  mundo del cine está dominado por un Hollywood entregado irreversiblemente a los efectos especiales y la apología de la violencia, es difícil encontrar una película de tanta intensidad dramática y tanta calidad.

“El club” es una extraña residencia, en un pueblito de la costa chilena, donde las autoridades eclesiásticas han confinado a varios sacerdotes disciplinados por causas graves:  uno ha sido pedófilo, otro se ha dedicado al tráfico de reciennacidos, un tercero se ha visto involucrado en asuntos turbios en los tiempos de la dictadura militar, y al fin hay uno, afectado de demencia senil, del que todo el mundo ha olvidado por qué está encerrado allí. Se supone que aquello es “una casa de oración y penitencia”, de modo que los allí confinados tienen prohibido bajar al pueblo e interaccionar con sus convecinos. Este extraño club está administrado por una monja cuyos perfiles son ambiguos, en cuanto a que no está confirmada su condición de tal ni clara la medida en que ella pueda estar también confinada allí por culpas mayores.

El caso es que este extraño club ha llegado a ser una casa, más que de penitencia, de olvido. Un olvido que todos los que allí viven han aceptado como tabla de salvación. Se han acomodado a las circunstancias de una vida austera y solitaria pero fácil. Cada uno ha dispuesto del tiempo suficiente para construir su propia historia justificativa. La monja que dirige la casa les ofrece a todos una vida confortable por rutinaria. Y para rematar esta catedral de fantasía, todos juntos han podido desarrollar una pasión inocente, las carreras de galgos, gracias a que el azar ha llevado hasta las mismas puertas del club a un galgo ganador al que cuidan como un pequeño ídolo y del que obtienen premios de dinero con los que pueden ir satisfaciendo sus pequeños caprichos.

De pronto, todo se derrumba. Un cura represaliado que acaba de incorporarse a la casa muere violentamente. Las autoridades eclesiásticas inician una investigación, con lo que se incorpora al club un jesuita joven y duro que está dispuesto a llegar hasta el final, haciendo saltar por los aires todas las contradicciones y misterios que envuelven aquel club fantasmal. Los acontecimientos se precipitan y el final es tan radical como inesperado.

Todos los componentes de esta película son, en mi opinión, sobresalientes, como lo es el equilibrio entre ellos, mérito de su director, Pablo Larrain, que hace cine de arte mayor. Los actores se expresan mucho más por sus gestos que por lo que dicen, pues el guión es sobrio y los textos hablados se limitan a lo indispensable. Destaca la formidable actuación de la monja, Antonia Zegers, su capacidad de expresar las varias facetas de su complejo personaje. La fotografía está impecablemente al servicio de la película, con esa melancolía de la orilla de un mar como el chileno, más de crepúsculos que de amaneceres.


Debo decir que he visto la película dos veces, porque no me pareció haber captado toda su complejidad en el primer pase. También que al final me he sentido solidario de todos los personajes de aquel drama. Convencido de que, al igual que aquellos clérigos confinados bajo el mandato amable de una monja maternal, todos terminamos siendo condenados por una vida que inevitablemente nos erosiona. Como el camino es largo y cansado, como está lleno de fracasos, todos terminamos acomodándonos, inventándonos una falsa vida cuyo relato interior está lleno de autojustificaciones.  Pero también a cualquiera de nosotros, como a los personajes de “El Club”, puede llegarnos un día en que la verdad esencial de nuestra vida  se abra paso como un torrente de acontecimientos inesperados.  Y si como ellos nos obstinamos en ignorarlo, nuestra vida nunca llegará a ser la aventura de búsqueda y superación que podría haber sido. 

Esta es, en resumen, una de las muchas deducciones que podrían hacerse de una película que sin embargo, más que hacerte pensar,  te conmueve. Eso precisamente es lo que consigue el arte verdadero.

domingo, 24 de abril de 2016

¡Pobre España!

Somos tiempo, ésta es la única variable independiente de nuestro Universo. El espacio, sin tiempo, sería inconcebible, como lo serían la masa, la materia, la energía, los sentimientos, los pensamientos, las vivencias. Esta dependencia del tiempo se nos pone más claramente de manifiesto cuando cerramos los ojos y dejamos que sean las innumerables memorias que conviven en nuestro cerebro las que se apoderen de nuestra conciencia. Sentimos ese vértigo del transcurrir y el devenir que son señales inequívocas de que estamos vivos. Tantos recuerdos, tantísimas expectativas, un futuro todavía por hacer pero ya inseparable de nuestro pasado se extiende ante nosotros. Aquí estamos, eso somos. Esperando, viviendo, añorando.

Todos los fenómenos que somos capaces de percibir se desarrollan en el tiempo. Quizá por eso la inmensa mayoría de ellos tienen una cinética ondulatoria. Vienen y van, suben y bajan, crecen y encojen, exactamente igual que lo hacen las olas del mar, con el mismo aspecto caótico, imprevisible. Fuerza y debilidad, felicidad y desgracia, deseo y hartazgo, se desplazan inevitablemente unos a otros.

Y esto, que sucede en la naturaleza inanimada, en todos los seres vivos y en nosotros los humanos, también pasa en la historia. A períodos de plenitud siguen inevitablemente otros de decadencia, a la paz la guerra, a la abundancia la pobreza que puede llegar a ser miseria. Esta profunda verdad la reflejó Orwell en las primeras líneas de su “1984”. Sobre la gigantesca fachada del Ministerio de la Verdad están escritos en letras enormes los tres lemas del Socing, ese socialismo inglés que gobierna en Londres: “La guerra es la paz, la esclavitud es la libertad, la ignorancia es la fuerza”.  El genio de Orwell deslizó esta verdad incontrovertible bajo el aspecto de una contradicción, y ahí ha quedado para que nunca la olvidemos.

La historia particular de España, como cualquier otra, también tiene una cinética ondulatoria, abundante en contradicciones y miserias. Ahora parece que se va precipitando hacia tiempos de tribulación desde aquellas cimas de plenitud de los años 1970’s, ya tan lejanas, cuando el pintor Genovés creo su cuadro “El Abrazo” como símbolo de unos tiempos de unión entre todos los españoles, que recién salidos del franquismo compartíamos muchas esperanzas. ¿Pero era solamente esperanza lo que compartíamos? No. También había miedo, mucho miedo al futuro: los de derechas temían la llegada de los comunistas, los de izquierdas temían la vuelta de los militares, y todos temían el terror de ETA. Fue la mezcla de miedo y esperanza la que nos ayudó a entendernos y a alcanzar metas que habíamos creído inalcanzables. Con la generosa ayuda de la Europa del Mercado Común, naturalmente.

Pues lo mismo debería ser ahora. A la indignación, las tendencias centrífugas, la desazón, la desesperanza que ahora parecen llenarnos, deberíamos intentar con todas nuestras fuerzas añadirle el miedo.

Miedo a perder mucho de lo que habíamos venido ganando, pero sobre todo miedo a perder el futuro que estamos obligados a ganar para nuestros hijos y nuestros nietos.

Y con ese miedo, la esperanza que es confianza en que, si queremos, podremos superar nuestras dificultades.


El miedo y la esperanza cogidos de la mano. Es lo que necesitamos. 

Quizá en eso consista el valor.

Juan Genovés (1976).- EL ABRAZO.- Museo Reina Sofía, Madrid

miércoles, 13 de abril de 2016

De ricketsias, carcinomas, causalidades y casualidades

2015 ha sido para mí un año agitado y lleno de incertidumbres. En enero me detectaron, recién vuelto a España desde Chiloé, una ricketsiosis que resultó producida por Orientia tsutsugamushi, enfermedad bien conocida en Extremo Oriente, donde causa la llamada fiebre de los matorrales, pero prácticamente inexistente en el continente americano, donde solo se han detectado algunos rarísimos casos precisamente en Chiloé. Aunque me curé pronto con su antibiótico de referencia, la Doxiciclina, mi internista quiso que me hiciera un Tac para verificar si quedaba algún daño interno. Y aquí vino la gran sorpresa: se encontró un nódulo en el pulmón derecho que los patólogos clasificaron como “tumor neuroendocrino de células grandes”, con malignidad elevada, aunque la prognosis mejoraba porque el tamaño del nódulo era todavía pequeño. Se procedió por ello a una resección inmediata del lóbulo inferior del pulmón derecho y posterior tratamiento quimioterápico. En estas batallas estuve metido hasta fines de agosto del 2015, cuando entré en un régimen de revisiones periódicas que hasta ahora han sido cada trimestre.

Hace unos días he superado con éxito la segunda revisión, pues ni radiográfica (TAC) ni bioquímicamente se han encontrado en mi entero cuerpo rastros de malignidad. Mi oncólogo se ha mostrado optimista; la próxima revisión trimestral solo será bioquímica. Si las cosas siguen bien el régimen de las revisiones pasará a ser semestral, para culminar en un alta definitiva cuando se cumplan tres años desde el comienzo de la enfermedad.

Me detengo en contar todo esto porque quiero ahondar un poco en esa coexistencia de lo causal con lo casual que constituye el entramado básico de nuestras vidas.

En mi caso, lo causal ha estado independientemente en cada uno de dos acontecimientos probados por la medicina: Orientia tsutsugamushi ha causado una infección tratable con Doxiciclina y un pequeño nódulo pulmonar ha resultado ser  un cáncer de pulmón. Y lo casual en la simultaneidad con que estos dos fenómenos han hecho su aparición en mi cuerpo. Ambos son muy poco frecuentes, pero además las infecciones por O. tsutsugamushi han sido estudiadas exhaustivamente en Extremo Oriente y nunca han estado asociadas con efectos cancerígenos. Gracias a esta simultaneidad, la infección por O. tsutsugamushi, a través de la decisión también casual de mi internista de hacer un TAC exploratorio, ha permitido una detección precoz del cáncer de pulmón y aumentado así mucho las posibilidades de que, a través de la resección pulmonar y la quimioterapia, aquél pueda ser erradicado definitivamente.  Sabido es que la peligrosidad del cáncer de pulmón arranca no solo de su malignidad, sino de que no presenta síntomas detectables hasta que la enfermedad está muy avanzada.

A mí esta rara combinación de circunstancias me produjo asombro y un sentimiento de agradecimiento al Chiloé mágico y legendario que está en el centro de mis afectos, por haberme enviado a O. tsutsugamushi para avisarme a tiempo del cáncer que me amenazaba (ver mi entrada en este blog del 26marzo2015, “Orientia tsutsugamushi”). Pero creo que lo que me ha sucedido tiene un significado mucho más general, y es por eso que me he decidido a escribir esta entrada de hoy.

Uno puede intentar reducir su vida a una gran cantidad de cadenas causa-efecto, cada una de las cuales opera independientemente. Formularé algunos ejemplos: mis genes (causa) determinan muchos de mis trazos físicos y psíquicos (efecto); mis hábitos de vida (causa) condicionan mi salud futura (efecto); la educación que he recibido (causa) determina mi desarrollo profesional (efecto); etc, etc.

Pero la situación real es mucho más compleja. Mi vida es una madeja enmarañada de muchísimas cadenas causales diferentes, que no son independientes, sino que se entrecruzan, complementan, refuerzan, neutralizan, inhiben y potencian de un sinnúmero de maneras distintas. Así, mi salud futura (efecto) dependerá de interacciones complejas entre mis genes (causa A) y mis hábitos de vida (causa B). Además, para complicar más las cosas, muchas de las cadenas causales que soy capaz de indentificar no son biunívocas, sino probabilísticas. Así, el hábito de fumar más de un paquete de cigarrillos diario aumentará mucho mis probabilidades de padecer cáncer de pulmón, pero muchos grandes fumadores morirán tranquilamente de viejos en su cama, mientras que muchos no fumadores  desarrollarán un cáncer de pulmón que terminará matándolos.

Todas estas complicaciones causales introducen la CASUALIDAD en mi vida. Lo casual es lo que sucede o acontece sin que se hagan patentes causas que lo determinen. Tiene tanta importancia lo casual en la configuración que va adoptando esta vida mía que yo podría verla como un camino cuyos grandes hitos o cambios de etapa han venido marcados por casualidades: cómo conocí a la que terminaría siendo mi mujer; cómo encontré mi primer trabajo, ése que le marcó a mi vida un rumbo decisivo; qué enfermedades graves en mi entorno familiar influyeron decisivamente en mis destinos; qué contratiempos accidentales fueron erosionando mis ilusiones juveniles; cómo y por qué empecé a envejecer; todo eso y mucho más.

De manera que para recorrer de una manera lo más satisfactoria posible el inevitablemente azaroso camino de mi vida yo necesito de dos habilidades bien distintas:
1).- La habilidad REDUCCIONISTA, que consiste, como propuso Descartes, en reducir un problema a sus partes elementales e intentar comprender, independientemente, cada una de éstas.
2).- La habilidad HOLISTA, que consiste en abarcar el problema en su totalidad. Lo dejó dicho Hegel: “la verdad está en el todo”.

O lo que es lo mismo, yo debería proponerme un lema de vida que podría formularse así: todo asunto sobre el que yo tenga que resolver debo considerarlo  igual a la suma de las partes que veo en él y algo más que no alcanzo a ver. Siempre existe ese algo más. Por eso los niños, biológicamente dotados para aprender, tienen esa enorme capacidad de asombro. Siempre puede ocurrir lo inesperado.


Para que, actuando así, yo sea capaz de enfrentar  mi vida con una mezcla equilibrada de Reduccionismo y Holismo. Es decir: de análisis y síntesis; ciencia y experiencia; técnica y sensibilidad; razón e intuición; inteligencia e instinto; esfuerzo e inspiración.


En este dibujo del genial Escher hay que ser capaz de ver las partes que lo componen,
es decir, los gansos blancos y los grises. Pero hay algo más: la disposición de estas partes
en un todo lleno de simetrías multiples .



domingo, 27 de marzo de 2016

Ciencia y Religión

En el marco cultural en que hoy vivimos los países occidentales, no debería haber conflicto entre Ciencia y Religión. Pertenecen una y otra a ámbitos completamente diferentes, la Ciencia se ocupa de la Naturaleza, la Religión de Dios.

La Religión (intento referirme a todas las religiones en su conjunto) ve a Dios como el origen, el fundamento y el fin de todo lo que existe. La Ciencia está interesada en comprender todo lo que existe en sí mismo: la concatenación de causas que han llevado a lo que existe ahora, las leyes naturales que definen como funciona todo lo que existe, la concatenación de efectos que llevará a lo que exista en el futuro. La Religión cree en una comunicación de Dios con el Hombre a través de distintas formas de revelación. La Ciencia cree en una comunicación del Hombre con la Naturaleza a través del método científico.  Tanto la revelación como el método científico son lenguajes que establecen una relación entre el Hombre y dos ámbitos completamente distintos, Dios y la Naturaleza.

Aún así, tanto la Ciencia como la Religión son obra de los Hombres y por eso es inevitable que interaccionen y entren en conflicto. Las dos están en la Historia, y como ambas son poderosas las dos participan en la construcción de la Cultura y en el ejercicio del Poder.

Como ámbitos culturales, las dos han venido compitiendo por dar una explicación (en el caso de la Ciencia) o una justificación (en el de la Religión) a la pregunta del “quienes somos – de dónde venimos – adónde vamos”.

Como ámbitos de poder, las dos aspiran, a través de sus brazos armados, la Tecnología (en el caso de la Ciencia) o las Iglesias (en el de la Religión) a domesticar a los humanos y así organizar el Mundo.

Ambas hacen lo que hacen de buena fe. Desde los principios shamanistas de la historia de los hombres, Ciencia (hierbas con poderes curativos) y Religión (conexión con lo espiritual) han estado en la doble tarea de ayudar a los humanos a enfrentarse con el problema de la muerte y domesticarlos para que dejen de ser unos hambrientos y congelados caníbales, capaces de las mayores barbaridades.

En esta difícil tarea ambas han cometido errores importantes, partícipes como son, inevitablemente, de la falibilidad humana. Guerras religiosas feroces (caza de herejes, infieles y brujas), pero también guerras tecnológicas terribles (bomba atómica, cambio climático, ecocidios diversos, efectos colaterales de las armas modernas sobre poblaciones inocentes).


Y ambas, mientras que los humanos sean humanos, tendrán que seguir caminando, juntas si es posible. Incluso cogidas de la mano, como dos hermanas que miran la belleza de todo lo que existe y del misterio que lo rodea con sus ojos puestos en direcciones bien diferentes. Hijas, ambas, del Hombre, entendido éste en su sentido más natural pero también en su sentido más sagrado.

El Partenón es un soberbio símbolo del inextricable parentesco entre Ciencia y Religión. Sus formas bellísimas son un exponente de la aspiración de los hombres a encontrar la Belleza a través de la Razón y la Armonía. Nació como un templo dedicado a una diosa, Atenea, en agradecimiento a su ayuda en la victoria de los griegos sobre los persas. Atenea fue, según la creencia griega, hija partenogenética de Zeus y ella misma virgen. Considerada por los griegos como Diosa de la Razón. ¡Nada menos que eso!



viernes, 25 de marzo de 2016

Viernes Santo en Barajas


Se acabó la paz de Chiloé. El vuelo de Iberia entre Santiago y Madrid se retrasa por avería cuatro horas, lo que me hace perder mi enlace con un vuelo a Sevilla. Ahora, a las 7:15 chilenas, 11:15 españolas, espero en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas un enlace que no saldrá hasta las 18:00 españolas. Dispongo pues de mucho tiempo para pensar y observar a un público que está de paso, los aeropuertos son siempre así, sitios de paso fugaz, de tiempo que se cuenta en minutos u horas en vez de días, meses o años, porque es un tiempo mecanizado, inhumano.

Durante el largo vuelo transoceánico he tenido sentada junto a mí una joven oriental, absorta durante la mayor parte de la noche en la pantalla de su smartphono, al que desde aquella cabina de pasajeros sumergida en la estratosfera puede conectar por el wifi de que dispone la aeronave con el mundo entero. Ella no para de teclear y hablar hasta que ya por la mañana, muy cerca de Madrid, cae rendida por fin al sueño. Me llama la atención, observándola de reojo, que la pantalla de su smartphono está ocupada por una enorme foto de ella misma, sobre la que se van superponiendo los distintos textos. Como iluminado por esta observación, comprendo que los smartphonos son instrumentos peligrosamente solipsistas. Puesto que, dando la impresión de que nos comunican instantáneamente con todos los seres queridos, los amigos y conocidos, el mundo entero, lo que en verdad hacen es encerrarnos dentro de nosotros mismos. Porque la comunicación a través del smartphono es absolutamente abstracta y virtual. Nos comunicamos con algo en dos dimensiones que no huele y a lo que no podemos tocar ni sentir como un todo. Esto es muy útil cuando algún ser querido o amigo está obligadamente lejos. El problema está en que quizá algunos jóvenes se estén acostumbrando a que la pantalla del smartphono sea la parte más importante del mundo. Ello puede suponer un cambio radical de situación, del estar-en-el-mundo, cuyas consecuencias sobre los valores humanos que dan consistencia a la sociedad son imprevisibles.

Cuando volamos es ya habitual que la tripulación nos advierta una y otra vez, cuando se acercan el despegue y el aterrizaje, que apaguemos nuestros celulares porque si les dejamos emitir sus señales radioeléctricas éstas pueden interferir con los sistemas de navegación de la aeronave. Oyendo esto caigo en la cuenta, una vez más, de que nuestros aparentemente inocentes celulares son potentes transceptores que emiten y reciben continuamente ondas radioeléctricas. Mi cerebro se plantea enseguida una pregunta absolutamente lógica: si tenemos que proteger de las ondas radioeléctricas que emiten nuestros celulares a los instrumentos de las aeronaves que nos transportan, ¿qué pasa con nuestros cerebros, mucho más sutiles, poderosos y delicados que aquéllos? ¿Qué efecto puede tener en los cerebros de nuestros jóvenes la contaminación radioeléctrica que emiten continuamente sus celulares?

Como para todas las tecnologías que en el mundo han sido, para ésta de los celulares también se han publicado estudios tranquilizantes que sugieren la inexistencia de efectos patológicos detectables sobre los cerebros humanos sometidos a emisiones radioeléctricas  como las de los celulares. Pero ¿qué pasará a largo plazo? ¿Cómo se verán afectados los cerebros que van a estar sometidos durante toda su vida a estas radiaciones? Temo que se producirán efectos, difícilmente detectables porque nuestro conocimiento de las complejidades del cerebro humano es todavía incipiente.

¿Quiero significar con esto que deberíamos renunciar a las poderosísimas tecnologías de comunicación que ahora tenemos? No, de ninguna manera. Lo mismo que los humanos empezaron a perder los pelos del cuerpo cuando aprendieron a abrigarse con pieles, hasta que se quedaron casi totalmente lampiños, y lo mismo que perdieron olfato, vista y tacto a medida que mejoraban sus armas y se desarrollaban sus cerebros, ahora las ondas radioeléctricas los cambiarán también.

¿En qué dirección? Yo no lo sé. Solo sé que, de modo parecido a los espartanos, deberíamos intentar educar a los jóvenes en la templanza en el uso de todo lo que tienen a su alcance, y en el valor de lo real: lo visto, oído, palpado, gustado, amado o razonado por uno mismo, sin necesidad de intermediarios radioeléctricos o de terminales capaces de darle a uno, de modo inmediato, toda la información que aparentemente necesita.

Aunque hago esta recomendación, me siento bastante pesimista respecto a que los humanos seamos capaces de parar voluntariamente nuestra propia evolución, que ha sido, es, será y seguirá siendo darwiniana.

Pero no solo darwiniana. Aquí está la esperanza. Los humanos hemos sido capaces de evolucionar culturalmente a mucho mayor velocidad que lo hace el simple ímpetu darwiniano. Tenemos lenguaje, pensamiento, conciencia, libertad, memoria. Todo esto se integra en la palabra cultura. Nuestra evolución cultural deberá ayudarnos a corregir el rumbo ciego a que nos lleva el destino.


P.S. Un breve recuerdo de la festividad que celebran hoy los cristianos, la muerte de Jesús en la Cruz, preludio necesario de una vida eterna para todos. Ése es el misterio, largamente anunciado y prometido.