viernes, 24 de junio de 2016

BREXIT: un cambio de página.


Hoy, como casi todos los días, me levanto muy temprano, entre cinco y media y seis de la madrugada. Busco enseguida la noticia del Brexit y me sorprende como un mazazo el triunfo del NO a la Unión Europea. Siento enseguida una contradictoria mezcla de miedo, tristeza y esperanza. También la punzante sensación de que vivo un momento histórico, uno de esos que solo se presenta cada medio siglo y cuyo enmarañado paquete de consecuencias es imprevisible. Intentaré explicarme.

Si tuviera que aplicarme una etiqueta, me considero mucho más anglófilo que germanófilo o francófilo. Siempre admiré a Inglaterra, el corazón de la gran Britannia, madre a su vez del último gran imperio que el mundo ha conocido, paridora de un incontable número de héroes y sabios, aunque de pocos santos, lo que pone de manifiesto su equilibrado pragmatismo. Pero también sé que desde que se creó la Unión Europea, en aquellos tiempos ya lejanos del Mercado Común de los 1950’s, Inglaterra estuvo a la contra. Organizó entonces como contrapartida una Zona de Libre Cambio, en la que intentó agrupar bajo su liderazgo el mayor número posible de países europeos. Aquello finalmente fracasó e Inglaterra, con su sentido práctico, tuvo que aceptar la derrota y pedir su ingreso en la Unión Europea. 

Durante todos estos años que ha estado dentro, Inglaterra ha sido más una resistencia que un impulso para el progreso de esa Unión. Siempre desconfió de la Unión Europea porque siempre desconfió de Europa. Nunca fue definitivamente europea. Por debajo de su condición imperial durante los últimos siglos, lo que la definía como nación en un contexto geográfico noratlántico era su arraigado concepto de la insularity: Inglaterra se vio siempre como una isla, separada de una Europa entregada desde siempre a arrebatos sangrientos no por un estrecho canal, el de La Mancha, sino por un inmenso océano, el Atlántico. Así ha seguido siendo en buena parte. El inglés medio se siente mucho más cerca de un neozelandés que de un francés. Claro que lo mismo le pasa al español medio, también descendiente de un antiguo imperio: yo me siento muchísimo más cerca de un chileno que de un francés. En ambos casos es sobre todo la lengua, fundamento de la cultura, lo que nos une. Es posible que para la gente muy joven las cosas funcionen de otra forma, que ellos se sientan mucho más europeístas; pero esa es otra historia.

Luego está la cuestión del populismo, ese nuevo fantasma que recorre hoy Europa y que se pone de manifiesto en muchos de los países de la Unión con un fuerte componente antieuropeísta. También en Inglaterra, que quizá sea hoy, con su Brexit triunfante en un referéndum torpemente convocado, la primera víctima europea de ese populismo.

Por lo demás, Europa entera, Inglaterra incluida, está hoy temblando ante las amenazas  que para todos parecen derivarse del Brexit. Yo tiendo a pensar que no es para tanto, por lo menos en lo que se refiere a amenazas de naturaleza económica o financiera, pues la globalización en estas áreas es hoy casi total. Así, dudo que la City londinense desaparezca como segundo centro financiero mundial después de Wall Street. O que se resienta el comercio de la Europa continental con Gran Bretaña. O que deje España el millón de jubilados ingleses que ya vive aquí, o que se venga abajo el turismo inglés.

Pero lo de ese primer triunfo del populismo en Europa sí me parece preocupante, pues Europa entera es hoy un barril de pólvora populista. Estoy convencido de que el populismo es una forma de fascismo, la forma que el fascismo está adoptando en la Europa de este primer tercio del siglo XXI. Y lo es por dos razones principales: primero porque es hijo del miedo, en cuanto a que los europeos de hoy, viejos y jóvenes, temen con fundamento que su futuro económico y social pueda empeorar en vez de mejorar; segundo porque se basa en una gran mentira, la de que todo se arreglará retirándose a una patria chica con paredes supuestamente seguras o repartiendo entre todos una riqueza que, sencillamente, no existe.

Para vencer al populismo que nos amenaza a todos hay un solo camino de dirección única: aumentar la unión y la integración europeas, en todos los frentes, por todos los medios, con determinación y rapidez.

Es principalmente desde este punto de vista que el triunfo del Brexit es una malísima noticia. Aunque quién sabe: a lo mejor hace falta un bofetón de este calibre para que todos nos despertemos y empecemos a reaccionar. Empezando por Alemania y Francia, los dos países que, hoy más que nunca, tienen que cogerse de la mano y liderar este proceso.


El déficit más importante con el que los europeos tendremos que enfrentarnos es precisamente el de líderes. No solo políticos, también sociales y culturales. Gente capaz de ver claro el único futuro posible y de transmitir esta visión a los demás. 

Este es el problema más urgente que debemos resolver. Y no tiene, por suerte o por desgracia, una solución tecnológica.

domingo, 19 de junio de 2016

La señal


Nuestros teléfonos celulares nos habían hecho muy poderosos.

Un número creciente de satélites artificiales navegaba por los espacios cercanos a la Tierra transmitiendo continuamente su posición. Cada uno de nuestros celulares recogía esas señales, las triangulaba y calculaba la posición de cada uno de nosotros sobre la superficie terrestre con una precisión algunas veces salvadora, otras aterradora.

Por otra parte, nuestros celulares eran potentes radiotransmisores que nos permitían emitir y recibir, a nuestra voluntad, numerosos tipos de señales portadoras de mensajes de voz, textos, imágenes, datos… en definitiva todo aquello que nuestros cerebros pueden usar para comunicarse con otros cerebros humanos. Multitud de potentísimos ordenadores formaban también parte de este sistema global de comunicaciones, captando y almacenando todo lo que nosotros éramos capaces de emitir y recibir.

Estos ordenadores tenían dueños, obligados por ley y por ética a mantener el secreto de lo que conocían de cada uno de nosotros. Y esos dueños dependían a su vez de poderes políticos, policiales, económicos, financieros, ocultos, ante los que, en el caso de que se lo pidieran, ¿podrían resistirse a proporcionarles las informaciones acerca de ti o de mí, de aquél, aquélla o aquello, que le demandaran?

El caso es que como consecuencia de todas estas nuevas herramientas tecnológicas, los individuos humanos, tú, yo, él o ella, ellos, nosotros, éramos cada vez más poderosos pero también cada vez más vulnerables.

Y no había marcha atrás. Si algún día nuevas tiranías se hicieran con los poderes del mundo, ¿por qué no habrían de surgir y hacerlo? nos tendrían mucho más en sus manos que nunca los peores tiranos habían tenido a nuestros antepasados. Dispondrían no solo de nuestros cuerpos, también de nuestras mentes. Sobre todo de éstas. Ya no harían falta gulags.

Por otra parte, todo transcurría a ritmos trepidantes, no en balde lo que con más solidez nos mantenía unidos eran ondas electromagnéticas que se movían a la velocidad de la luz. El mundo había cambiado ya mucho más de lo que cualquiera de nosotros era capaz de advertir.

Esta situación sería soportable en la medida en que ese mundo se mantuviera en paz. Pero si se desatara algún día una nueva guerra universal… no sé, creo que ni siquiera los más imaginativos de entre nosotros serían capaces de entrever las circunstancias terribles con las que tendríamos que enfrentarnos.


Claro que, ¿tiene algún sentido preocuparse por todo esto? ¿Qué hace uno cuando vuela en un avión o conduce su automóvil o escucha pasivamente lo que una televisión enloquecida le está transmitiendo? ¿Acaso se preocupa uno por lo que pueda llegar a pasarle?

domingo, 12 de junio de 2016

Lo irreversible

Todas las mañanas, cuando saco de paseo a mi perro Curro o, como él posiblemente cree, Curro me saca de paseo a mí, nos tropezamos en una plazuela próxima a nuestra casa con un joven y hermoso Laurel de Indias (Ficus macrocarpa). Su follaje es espesísimo y muy vigoroso, me llama la atención que no haya enredos entre sus ramas, creciendo todas libres unas de otras, dejándose cada una mecer por el viento y recibir las visitas  de los pájaros, independientemente de las demás. ¿Cómo es esto posible, cómo es que no se producen enredos innumerables entre las ramillas más jóvenes a medida que van creciendo?

Hace unos días encontré una explicación termodinámica para esta paradoja. Lo hice cuando leía cosas de la biología molecular de los cromosomas. Esta es una de las fronteras científicas donde uno tiene la impresión de que queda todavía mucho por descubrir. El ADN del conjunto de los cromosomas de una célula humana tiene una longitud total de unos 2 ms, estando obligado a plegarse y replegarse para caber dentro del núcleo celular, que tiene un diámetro 100.000 veces menor. ¿Cómo lo hace? Enrollando la doble hélice que lo constituye en todo un complejo de superhélices (hélices de hélices) de diversos órdenes y naturalezas, gracias además a que pese a su extraordinaria longitud su grosor es pequeñísimo, cien millones de veces menor que aquélla. Pero esos bucles y contrabucles y requetebucles en los que se pliega el ADN nuclear, ¿cómo es que no se convierten en una maraña imposible de desenmarañar, cómo es que se duplican y separan ordenadamente en dos mitades iguales cada vez que la célula se divide? 

Los científicos buscan los mecanismos capaces de explicar esta proeza, pero lo que a mí me sorprendió es que hay una justificación termodinámica que pone de manifiesto que no se trata de una tarea imposible, bien al contrario, recorre con naturalidad el mismo camino que siguen todos los procesos irreversibles que consumen energía, a la que en una parte importante convierten en entropía inutilizable. Al concepto que lo explica se le llama repulsión o exclusión entrópica. Las miríadas de hebras de ADN o los miles de ramitas del Laurel de Indias no se enredan unas con otras porque al hacerlo disminuirían los grados de libertad  del sistema que integran, que es lo mismo que decir que disminuirían su entropía, y eso es contrario a la tendencia natural termodinámica de los procesos irreversibles, que lo es hacia un crecimiento continuo de la entropía del conjunto del sistema.

Si las ramitas se enredaran, el Laurel de Indias se iría bloqueando, cada vez le sería más difícil seguir creciendo. Su entropía también iría disminuyendo, pero solo hasta que el árbol terminara muriendo, y al descomponerse se convirtiera totalmente en un hálito de entropía inutilizable.

Todo lo dicho resume el encuentro, casi encontronazo, que vengo teniendo desde hace unos días con LO IRREVERSIBLE. Los mismos días que llevo debatiéndome con el afán de escribir una entrada para mi blog sobre este asunto, que valga la pena el esfuerzo. Hoy, por fin, lo estoy intentando.

El segundo principio de la termodinámica es el del crecimiento irreversible de la entropía total de nuestro universo, que lo encamina hacia un final de muerte térmica que es, paradójicamente, un morirse de frío.

Pero nosotros vivimos en sistemas mucho más limitados: el sistema solar, el planeta Tierra, la biosfera. Incluso en estos la entropía del conjunto no puede sino crecer irreversiblemente, pero dentro de ellos el crecimiento de la entropía no es simplemente la medida de un desorden creciente, de un camino irreversible hacia la muerte. También es indispensable para la existencia, en el seno de ese desorden global, de un orden parcial duradero y creciente. Ejemplo señero es la evolución de lo vivo. También el fenómeno de la exclusión entrópica.

De manera que el mensaje que nos trae la entropía es optimista, de vida y plenitud. Porque el orden acompaña al desorden, no solo eso, sino que hasta nace de él. Solo en el seno del desorden puede concebirse la existencia de un orden duradero y creciente. Quemamos leña en la noche para superar el frío gracias al calor del fuego: la entropía es el humo inútil de esta hoguera necesaria.

Esto lo sabe bien nuestra cultura popular. Como el Laurel de Indias que moriría si sus ramas se enredaran unas contra otras, la vejez sin enfermedad terminará siempre en lo que podríamos llamar una muerte fría. Así decimos: “el pobre viejo se quedó cuajado en la cama”, o también, “dio las buenas noches y ya no volvió a levantarse nunca más”. Ejemplos son éstos de la concurrencia de la muerte con la imposibilidad para la entropía de seguir creciendo.

Trabajé hace muchos años en una gran empresa donde el principio director de la gestión del personal era el de la “indisciplina controlada”, así se le llamaba, hasta con orgullo. Lo que subyacía en esta visión era la idea de que sin un cierto nivel de indisciplina es imposible hacer bien las cosas difíciles, esas que exigen creatividad e iniciativa. Aquí también lo entrópico como acompañante indispensable de lo emergente.

En aparente contraposición, cuando hice el servicio militar se ponía un gran énfasis en inculcarnos en unos pocos meses el sentido de la disciplina, esencial para el funcionamiento de un ejército. Pieza básica para ello era la instrucción en orden cerrado, “en marcha… ¡ari!...un, dos, un, dos… derecha, izquierda… alto… ¡ari!”, todo eso, una y otra y otra vez, masticando el polvo mezclado con sudor del campo de maniobras. La idea era que interiorizáramos que las órdenes deben obedecerse sin rechistar. Pero también hicimos muchas horas de instrucción en orden abierto, juegos de guerra y guerrilla podrían llamarse, donde se intentaba transmitirnos lo esencial de la iniciativa y la asunción de riesgos. La combinación del orden con el desorden, de la entropía decreciente con la creciente, crucial en la guerra si es que alguna vez llega.

Este conjunto de reflexiones atropelladas que me han ocupado algunos ratos durante los últimos días, me han llevado finalmente a un encontronazo con LO IRREVERSIBLE. Está tan presente, forma una parte tan cercana de nuestro tejido vital… Por ejemplo en el vaso de whisky con hielo que bebo muchas tardes. Esos cubitos de hielo que terminarán fundiéndose y ya no podrán recomponerse espontáneamente, o ese mismo vaso que una vez roto en un montón de pedazos ya no podrá ser reconstruido nunca.

La flecha del tiempo apunta en una sola dirección, lo sabemos, pero nos cuesta trabajo aceptarlo. Querríamos volver atrás tantas veces, nos parece tan factible… Y sin embargo, deberíamos tener claro que no hay vuelta atrás, que es imposible recomponer lo hecho y lo deshecho. El reencuentro con lo que pasó sí es posible, en la memoria, aunque nunca será igual que lo vivido. Pero es toda esa entropía, esos recuerdos de lo bien y mal hecho, los remordimientos, arrepentimientos, nostalgias, fidelidades, emociones, todo ese humo, lo que a medida que siendo leña se ha ido quemando nos ha hecho posible llegar a ser lo que ahora somos.

Lo irreversible de nuestra vida como fundamento de lo más valioso que tenemos, nuestra libertad. Siempre que seamos capaces de asumir esa vida nuestra con la mayor valentía posible, sin contemplaciones. Preciosa como es precisamente porque es irrepetible.

miércoles, 18 de mayo de 2016

La herida de Chiloé

He tardado algunos días en enterarme de los graves acontecimientos que están teniendo lugar en mi querido Chiloé. Desde la distancia hago lo que puedo por compartir con mis amigos chilotes sus incertidumbres y su dolor. Es Chiloé entero quien lo está pasando mal: quizá sobre todo la gente del bordemar, los buzos, los mariscadores, los recolectores de algas en las playas, a todos ellos les está faltando esa mar que de pronto se ha puesto muy enferma. Pero también sufren los campesinos que se han quedado sin combustible y que no pueden poner en el mercado sus productos, y la gente ciudadana, que se ha visto brutalmente desabastecida, lo que le dificulta el ejercicio de sus profesiones y oficios. Se rebela Chiloé, sí, pero creo que lo hace con esperanza porque es la única manera que le han dejado de expresar su cólera y su preocupación por el futuro. “¡Ya basta!”, ese es el grito que yo oigo con el corazón y que entiendo están lanzando los chilotes de toda condición.

Pero ¿por qué? ¿Es posible desentrañar los motivos de su cólera?

Yo, desde esta España tan lejana, he devorado toda lo que Internet ofrece sobre el asunto. He captado a través de la prensa y radio locales las vibraciones de Chiloé respecto a sus problemas, su indignación. Pero también me he dado cuenta de la muralla de silencio que desde fuera de Chiloé la rodea. Ésta es por cierto la situación en que está medio mundo, afligido por el olvido cuando no por las guerras. Donde la comunicación, globalizada solamente en cuanto a las relaciones de poder, es injustamente asimétrica, va solo desde los poderosos y desarrollados hacia los pobres y olvidados, no al revés.

Lo que está sucediendo en Chiloé es que se ha entablado una marea roja de enorme intensidad, que envenena al marisco y a muchos peces, matando además a los animales (aves y lobos marinos) que los comen y obligando a las autoridades a prohibir la recolección y comercio de productos del mar. El bordemar de Chiloé, el conjunto de sus costas, tanto las que dan a las tranquilas aguas del mar interior como las que se abren al Pacífico, está gravemente enfermo. Este bordemar se encarna en el mismísimo corazón de la cultura chilota, y de él viven, mariscando, recogiendo algas o pescando, muchísimos habitantes de Chiloé, entre ellos casi la totalidad de la gente más humilde.

Las mareas rojas, en lo que tienen de fenómenos naturales, terminan pasando. Pero lo que ha sublevado ahora a los chilotes es la sospecha de que en esta marea roja han incidido causas que no son naturales, destacando dos: la eutrofización del mar interior como consecuencia de un desarrollo incontrolado de la industria salmonera y el vertido al océano, en aguas demasiado cercanas a las costas chilotas, de varios miles de toneladas de salmones cultivados, ellos mismos muertos precisamente como consecuencia de la marea roja y cuyos restos pueden haber contribuido a agravar sus efectos. Se acusa de lo que está pasando a una gestión poco cuidadosa de los recursos naturales, que amenaza a un bordemar que pertenece a los chilotes y del que viven desde siempre muchísimos de ellos. A esto se une la indignación por la falta de reacción de unas autoridades que ofrecen como compensación a las personas perjudicadas unas ayudas absolutamente insuficientes. De este modo se han desencadenado unas protestas  en las que ha participado activamente una parte significativa de la población de Chiloé, centradas en un bloqueo de las comunicaciones, que ha aislado casi totalmente a la isla del continente.

¿Qué hay en el fondo de estas protestas, cuáles son los mensajes subliminales que la gente de Chiloé está lanzando? En mi opinión, se trata de un “¡BASTA YA!” con el que los chilotes ponen de manifiesto su sensación de abandono y su falta de confianza en un futuro que cada día ven menos en sus manos.

La industria salmonera llegó hace ya bastantes años para quedarse, apropiándose de una fracción importante de un bordemar que hasta entonces había sido patrimonio común de los chilotes. Trajo esta industria riqueza a Chile y trabajo a Chiloé, de eso no cabe duda.  Pero como en cualquier fenómeno que se inicia con un “boom”, su desarrollo fue desordenado y carente de controles suficientes, provocando eutroficaciones y degradación de los fondos marinos, todo lo cual culminó hace diez años con la epidemia de un virus ISA que llegó a poner en peligro de extinción la industria salmonera de Chiloé y creó una crisis económica en la isla. Ahora esta situación podría estar repitiéndose.


En el fondo del malestar de los chilotes late la inquietud de no saberse comprendidos ni estimados en sus verdaderos valores por los poderes políticos y económicos de Chile. Ahí está el caso del puente que unirá la isla grande con el continente a través del canal de Chacao. Algunos pueden pensar que este puente, al convertir en terrestres  las comunicaciones de Chiloé con el resto de Chile, será un importante factor de progreso.  Pero otros muchos temen que no tenga como objetivo el desarrollo de Chiloé, sino la explotación más intensa de sus recursos naturales. Lo que de llevarse a cabo culminaría el proceso de convertir a la sociedad chilota de rural como todavía lo es en proletarizada, con sus destinos en manos de poderes muy lejanos que tienen una mentalidad exclusivamente extractiva. Los hay que llaman ya, con cierto sarcasmo, a ese proyecto de prolongación de la ruta 5 como autovía hasta Quellón a través del puente de Chacao, la “ruta del salmón”, y muchos piensan que los más de mil millones de dólares que costaría este proyecto estarían mejor invertidos en hospitales, rutas interiores, centros de enseñanza e investigación, así como el desarrollo de los recursos pesqueros, agrícolas, forestales, turísticos y de transporte, no solo  del archipiélago de Chiloé, sino de todo ese profundo Sur de islas y canales innumerables que llega hasta Magallanes y que es una prologación cultural y humana del mundo chilote.

Lo que yo deseo es que esta crisis termine obligando a todas las partes involucradas en ella a enfrentarse con una verdad que debería ser evidente: el futuro de Chiloé pertenece, ante todo, a sus habitantes, en un marco de solidaridad con el resto de la sociedad chilena.


Quiero terminar esta entrada evocando a esa multitud de gente humilde, silenciosa y olvidada, que vive de los recursos naturales del bordemar de Chiloé. Lo haré con dos fotos que son testimonio de dos vivencias personales.

A la derecha de esta foto arranca una duna viva, que  limita a la inmensa y bellísima playa de Mar Brava, en la costa NW de Chiloé. Todavía más a la derecha, ya fuera de la foto, se extendería la larguísima playa, de arenas muy finas y batida permanentemente por las grandes olas del Pacífico. En ella se crían muy bien las Machas, esas inmensas almejas chilenas que se comen a la parmesana en todo Chile. Al fondo, hacia la izquierda de la foto, se levanta una duna fósil, ya fijada, que marca dónde estuvo hace mucho tiempo la orilla del mar. Entre ambas, ocupando todo el centro de la foto, se extiende una enorme ciénaga que lo es porque la duna viva de la derecha le impide desaguar bien.
Pegadas a la duna viva extienden sus carpas y tiendas de campaña los macheros con sus familias, cuando están en temporada de recolección de las machas. Se juntan durante algunos meses más de doscientas familias, ocupadas en estos trabajos de extracción.
En el mismo centro de la foto puede verse una animita pintada de un azul vivo. Se levantó hace pocos años en memoria de una niña muy pequeña, casi una guagüita, que enfermó y murió allí. Sin casa, sin techo firme, sin una cocina chilota en la que su madre pudiera calentar sus biberones.

En la mismísima orilla rocosa del océano, en Punta Tilduco, también al NW de Chiloé, hay una cruz adornada con esas flores artificiales de colores vivos, que nunca se marchitan, y que tanto se usan en el Chiloé lluvioso. Se erigió en memoria de un hombre que hace pocos años fué arrastrado desde allí mismo por el mar y murió. Era joven y fuerte, soltero,  estaba allí recogiendo Cochayuyo, un alga parecida al sargazo que se usa mucho en Chile para ensaladas y guisos. Sabía nadar y también lo que hacía. Pero el océano manda a veces, sin avisar y sin una piedad de la que naturalmente carece, olas poderosas contra las que no hay defensa posible.


Dos ejemplos de personas que viven una vida dura y arriesgada en el bordemar, donde se ganan el sustento. Y que no tienen otra cosa que les permita enfrentarse con el futuro.






lunes, 2 de mayo de 2016

Creacion

¿Quién no ha tenido a lo largo de su vida algún momento creativo?  En muchos casos, por cierto, sin identificarlo como tal. Sucede que de pronto se te enciende una luz en el cerebro que ilumina parte de tu profunda oscuridad interior, ésa que te rodea desde que naciste como la negrura del cielo rodea a las estrellas. En el centro de ese espacio transitoriamente iluminado ves el hallazgo, la solución, la idea, a la que habías venido persiguiendo sin encontrarla, muchas veces hasta sin saberlo. Reconoces enseguida la verdad que esconde, te das cuenta de que por fin has dado en el clavo. Así lo que empezó como un mérito de tu cerebro acaba llegándote al corazón, calentándolo con uno de esos chispazos de felicidad que iluminan a veces tu vida. Una felicidad que ha resultado de una búsqueda convertida en encuentro. Y que es como un relámpago, un fuego de artificio encendido por sorpresa en lo alto del cielo, en medio de la noche oscura.

No hay que ser un científico o un artista para experimentar la creación. De hecho el mundo está lleno de infinidad de momentos creativos experimentados por miles de millones de seres humanos y otros tantos animales superiores. Todos los seres vivos capaces de experimentar el dolor del sufrimiento pueden asimismo sentir la felicidad de la creación. Son las dos caras de la misma moneda heraclitea.

De modo que la creación está al alcance de cualquiera, no necesita una gran inteligencia o una especial sensibilidad artística. Pero requiere algo que le es imprescindible: un poco de generosidad.

Intentaré explicarme. Recurriré para empezar a esa visión que Simone Weil, inspirándose a su vez en los cabalistas judios  medievales (entrada en este blog el 21 enero 2013, “La Creación y el problema del Mal en Simone Weil”), tiene  del Dios Creador. Para la Weil el acto de creación del Universo por un Dios que lo desborda absolutamente, no consiste en un quehacer, sino en un retirarse. El Dios Creador deja, por así decirlo, un hueco vacío de sí mismo para que el Universo entero, y en él nosotros, pueda nacer y crecer en libertad. Y este retirarse es sobre todo un acto de generosidad y por eso de amor.

Pues algo semejante acontece en la vida de cada uno de nosotros. Para experimentar la creación tenemos que abrir huecos en lo más íntimo de nosotros mismos donde lo creado pueda nacer y aposentarse. Este abrir huecos solo puede ser un acto de generosidad, de renuncia a uno mismo, y por tanto de amor.

El ejemplo más claro es el de la mujer madre. En el sentido más biológico y concreto esta mujer que quiere ser madre abre voluntariamente un hueco en el centro de ella misma para crear la vida de su hijo. Le echa valor y está dispuesta a renunciar a muchas cosas para conseguirlo.

Pero hay muchos otros ejemplos más humildes y hasta aparentemente banales. Uno es el de saber hacer regalos. Hay personas que tienen este don especial y suelen acertar regalándote algo que te sorprende y te ilusiona. Pero para regalar con acierto, que es una forma de crear,  hay que pasarse mucho tiempo pensando en el otro, vaciándose de uno mismo, recordando, reviviendo todo aquello que ilusiona a la persona a la que se quiere regalar algo.  Otra actitud creativa es la del que es capaz de mirar el mundo con ojos asombrados, como algo que no le ha venido dado, sino que él, de alguna manera desconocida y misteriosa, tiene que recrear. Esto es lo que con tanta maestría hacen los niños. Hablando en general, para crear hay que reconocer la existencia del misterio y sentir su atracción, estando dispuesto a desprenderse de buena parte del peso de uno mismo para salir en su búsqueda. Todo eso y mucho más.


Terminaré con dos anécdotas de Isaac Newton, uno de los más grandes genios creadores que en el mundo han sido. Nunca dejó de tener admiradores que le preguntaban cómo le había sido posible hacer descubrimientos tan enormes. Una de sus respuestas fue: “Yo he sido como un niño pequeño que jugaba en la playa. De vez en cuando encontraba una piedrecita más fina o un caracol más bonito de lo habitual. Pero el océano de la verdad permanecía inexplorado ante mí”. Y a otros que querían comprender cuál había sido su método de trabajo para descubrir la gravitación universal, les respondió en latín, “Nocte dieque incubando”, que significa en español: “Pensando en ello día y noche”.

El acto de Creación por Dios del Hombre, fresco de Miguel Angel en la Capilla Sixtina.
Crear es a la vez un dar y un retirarse.

martes, 26 de abril de 2016

El Club

Se trata de una extraordinaria película chilena, ganadora de numerosos premios internacionales, que he tenido la suerte de ver. 

 Hoy, cuando el  mundo del cine está dominado por un Hollywood entregado irreversiblemente a los efectos especiales y la apología de la violencia, es difícil encontrar una película de tanta intensidad dramática y tanta calidad.

“El club” es una extraña residencia, en un pueblito de la costa chilena, donde las autoridades eclesiásticas han confinado a varios sacerdotes disciplinados por causas graves:  uno ha sido pedófilo, otro se ha dedicado al tráfico de reciennacidos, un tercero se ha visto involucrado en asuntos turbios en los tiempos de la dictadura militar, y al fin hay uno, afectado de demencia senil, del que todo el mundo ha olvidado por qué está encerrado allí. Se supone que aquello es “una casa de oración y penitencia”, de modo que los allí confinados tienen prohibido bajar al pueblo e interaccionar con sus convecinos. Este extraño club está administrado por una monja cuyos perfiles son ambiguos, en cuanto a que no está confirmada su condición de tal ni clara la medida en que ella pueda estar también confinada allí por culpas mayores.

El caso es que este extraño club ha llegado a ser una casa, más que de penitencia, de olvido. Un olvido que todos los que allí viven han aceptado como tabla de salvación. Se han acomodado a las circunstancias de una vida austera y solitaria pero fácil. Cada uno ha dispuesto del tiempo suficiente para construir su propia historia justificativa. La monja que dirige la casa les ofrece a todos una vida confortable por rutinaria. Y para rematar esta catedral de fantasía, todos juntos han podido desarrollar una pasión inocente, las carreras de galgos, gracias a que el azar ha llevado hasta las mismas puertas del club a un galgo ganador al que cuidan como un pequeño ídolo y del que obtienen premios de dinero con los que pueden ir satisfaciendo sus pequeños caprichos.

De pronto, todo se derrumba. Un cura represaliado que acaba de incorporarse a la casa muere violentamente. Las autoridades eclesiásticas inician una investigación, con lo que se incorpora al club un jesuita joven y duro que está dispuesto a llegar hasta el final, haciendo saltar por los aires todas las contradicciones y misterios que envuelven aquel club fantasmal. Los acontecimientos se precipitan y el final es tan radical como inesperado.

Todos los componentes de esta película son, en mi opinión, sobresalientes, como lo es el equilibrio entre ellos, mérito de su director, Pablo Larrain, que hace cine de arte mayor. Los actores se expresan mucho más por sus gestos que por lo que dicen, pues el guión es sobrio y los textos hablados se limitan a lo indispensable. Destaca la formidable actuación de la monja, Antonia Zegers, su capacidad de expresar las varias facetas de su complejo personaje. La fotografía está impecablemente al servicio de la película, con esa melancolía de la orilla de un mar como el chileno, más de crepúsculos que de amaneceres.


Debo decir que he visto la película dos veces, porque no me pareció haber captado toda su complejidad en el primer pase. También que al final me he sentido solidario de todos los personajes de aquel drama. Convencido de que, al igual que aquellos clérigos confinados bajo el mandato amable de una monja maternal, todos terminamos siendo condenados por una vida que inevitablemente nos erosiona. Como el camino es largo y cansado, como está lleno de fracasos, todos terminamos acomodándonos, inventándonos una falsa vida cuyo relato interior está lleno de autojustificaciones.  Pero también a cualquiera de nosotros, como a los personajes de “El Club”, puede llegarnos un día en que la verdad esencial de nuestra vida  se abra paso como un torrente de acontecimientos inesperados.  Y si como ellos nos obstinamos en ignorarlo, nuestra vida nunca llegará a ser la aventura de búsqueda y superación que podría haber sido. 

Esta es, en resumen, una de las muchas deducciones que podrían hacerse de una película que sin embargo, más que hacerte pensar,  te conmueve. Eso precisamente es lo que consigue el arte verdadero.

domingo, 24 de abril de 2016

¡Pobre España!

Somos tiempo, ésta es la única variable independiente de nuestro Universo. El espacio, sin tiempo, sería inconcebible, como lo serían la masa, la materia, la energía, los sentimientos, los pensamientos, las vivencias. Esta dependencia del tiempo se nos pone más claramente de manifiesto cuando cerramos los ojos y dejamos que sean las innumerables memorias que conviven en nuestro cerebro las que se apoderen de nuestra conciencia. Sentimos ese vértigo del transcurrir y el devenir que son señales inequívocas de que estamos vivos. Tantos recuerdos, tantísimas expectativas, un futuro todavía por hacer pero ya inseparable de nuestro pasado se extiende ante nosotros. Aquí estamos, eso somos. Esperando, viviendo, añorando.

Todos los fenómenos que somos capaces de percibir se desarrollan en el tiempo. Quizá por eso la inmensa mayoría de ellos tienen una cinética ondulatoria. Vienen y van, suben y bajan, crecen y encojen, exactamente igual que lo hacen las olas del mar, con el mismo aspecto caótico, imprevisible. Fuerza y debilidad, felicidad y desgracia, deseo y hartazgo, se desplazan inevitablemente unos a otros.

Y esto, que sucede en la naturaleza inanimada, en todos los seres vivos y en nosotros los humanos, también pasa en la historia. A períodos de plenitud siguen inevitablemente otros de decadencia, a la paz la guerra, a la abundancia la pobreza que puede llegar a ser miseria. Esta profunda verdad la reflejó Orwell en las primeras líneas de su “1984”. Sobre la gigantesca fachada del Ministerio de la Verdad están escritos en letras enormes los tres lemas del Socing, ese socialismo inglés que gobierna en Londres: “La guerra es la paz, la esclavitud es la libertad, la ignorancia es la fuerza”.  El genio de Orwell deslizó esta verdad incontrovertible bajo el aspecto de una contradicción, y ahí ha quedado para que nunca la olvidemos.

La historia particular de España, como cualquier otra, también tiene una cinética ondulatoria, abundante en contradicciones y miserias. Ahora parece que se va precipitando hacia tiempos de tribulación desde aquellas cimas de plenitud de los años 1970’s, ya tan lejanas, cuando el pintor Genovés creo su cuadro “El Abrazo” como símbolo de unos tiempos de unión entre todos los españoles, que recién salidos del franquismo compartíamos muchas esperanzas. ¿Pero era solamente esperanza lo que compartíamos? No. También había miedo, mucho miedo al futuro: los de derechas temían la llegada de los comunistas, los de izquierdas temían la vuelta de los militares, y todos temían el terror de ETA. Fue la mezcla de miedo y esperanza la que nos ayudó a entendernos y a alcanzar metas que habíamos creído inalcanzables. Con la generosa ayuda de la Europa del Mercado Común, naturalmente.

Pues lo mismo debería ser ahora. A la indignación, las tendencias centrífugas, la desazón, la desesperanza que ahora parecen llenarnos, deberíamos intentar con todas nuestras fuerzas añadirle el miedo.

Miedo a perder mucho de lo que habíamos venido ganando, pero sobre todo miedo a perder el futuro que estamos obligados a ganar para nuestros hijos y nuestros nietos.

Y con ese miedo, la esperanza que es confianza en que, si queremos, podremos superar nuestras dificultades.


El miedo y la esperanza cogidos de la mano. Es lo que necesitamos. 

Quizá en eso consista el valor.

Juan Genovés (1976).- EL ABRAZO.- Museo Reina Sofía, Madrid