sábado, 12 de enero de 2013

Volaron los chalilos en Chiloé


El 9  de enero del 2013 han volado los chalilos en Chiloé. Me lo comunica amablemente un lector de mi blog que reside en San Juan, comuna de Ancud.  Este año lo han hecho casi exactamente un mes antes que en 2012 y 2011, ¿será esto aviso de un verano más cálido?

Estaba yo en Duhatao el 8 de febrero de 2011. Por la mañana
el mar estuvo cubierto por bancos de niebla. Por la tarde hizo
mucho calor, puesto de manifiesto en el bellísimo crepúsculo.
Y cuando empezó a anochecer
 ¡todo se llenó de chalilos enamorados!
En cualquier caso, sí es señal de lo próxima que está la naturaleza en Chiloé. Una multitud de chalilos ha esperado impaciente en los escondrijos de sus colonias, dentro de árboles muertos, contando el calor que cae sobre ellos los días veraniegos, descontando el frío de las noches, hasta que ha llegado el momento en que han acumulado lo suficiente de esa hormona desconocida para que se produzca una revolución. ¡Todo el mundo a volar en busca de una pareja, todos listos para engendrar nueva vida, nuevas colonias, tiempo niño y nuevo!

Lo que circula con ellos en sus vuelos, lo que se entremete con ellos hasta en los rincones más inaccesibles de las casas chilotas, es amor, un amor animal y primitivo, quizá por eso más inocente y desinteresado que el que circula por nuestros cerebros humanos.




La vida de la mayoría de estos chalilos voladores será brevísima. Pero eso es según el tiempo de fuera. Y el tiempo que verdaderamente cuenta, para los chalilos también, es el de dentro, ese que puede hacer sus vidas inmensas. 

martes, 8 de enero de 2013

¿Guerra relámpago en el Azawad?


Todo indica que la torpeza con que están actuando las potencias occidentales (Francia, teóricamente el gendarme del Africa occidental, pero también la UE, la OTAN y USA) en el Azawad les puede jugar una mala pasada. Ansar Dine, el grupo islamista formado por Iyad Ag Ghali y constituido por tuareg malianos, ha empezado a avanzar hacia Mopti, una ciudad importante situada inmediatamente al Sur de la línea que separa al Azawad del resto de Mali. Parece probable que cuente con el apoyo de Aqmi y el Mujao, los dos grupos islamistas internacionales que operan fuertemente armados en el Norte de Mali y que se mueven en la órbita de Al Qaeda. Mientras tanto, del MNLA, el grupo laico tuareg que inició la lucha por la independencia del Azawad y que era mucho más moderado, no se sabe nada; Occidente pudo apoyarlo en su momento, pero no lo ha hecho.

Mali está actualmente dividida en dos por una línea de hostilidades que va de Leré a Koro. Al Norte, los rebeldes tuareg, cuya facción más poderosa es Ansar Dine, que controla, junto con Aqmi,  las provincias de Tombuctú y Kidal. El Mujao, una extensión de Aqmi, controla la provincia de Gao. Al Sur, el Mali más poblado, cuya etnia mayoritaria es la bambara y con una base militar cerca de Bamako donde se concentra el ejército de Mali, desmoralizado y mal entrenado. El MNLA dominaba hasta hace poco Leré, Goundam y Diré al W, Douentza y Menaka al E, pero parece que ha sido expulsado de estas ciudades por Ansar Dine y el Mujao, de modo que lo que quede del MNLA puede que esté disperso por campamentos y aldeas, con poca capacidad operativa. 
Más referencias en dos entradas sobre el Azawad publicadas en este blog en junio y octubre del 2012.


Esto sucede cuando el ejército de Mali está totalmente desorganizado y la estructura política de Mali está también casi deshecha. Francia consiguió del Consejo de Seguridad de la ONU la aprobación del envío de una fuerza militar africana (con apoyo logístico occidental) para reconquistar el Norte de Mali  de los independentistas tuareg, apoyados por islamistas, que lo conquistaron hace ya casi un año. Pero según dicen esta fuerza tardará al menos seis meses en organizarse, lo hará además con soldados que tienen poca experiencia en la lucha en el desierto.

Parece pues posible que en una ofensiva relámpago los tuareg de Iyad Ag Ghali conquisten lo que queda de Mali, donde son muy temidos, porque han tenido siempre una tradición guerrera y porque (un requisito básico de los ejércitos que ganan guerras) la tradición de los soldados tuareg es no tenerle miedo a la muerte.

¿Es todo esto producto de la torpeza occidental, que no ha sabido intervenir a tiempo con más política y más apoyo logístico al MNLA?

¿O es que a algunos en Occidente y entre sus aliados puede interesarles una guerra larga y sucia en el Sahara, que distraiga a los fundamentalistas islámicos de Al Qaeda, concentrándolos allí y permita además a otros intereses plantearse una conquista (quizá reconquista) de los recursos africanos?

Uno se hace muchas preguntas. 

En principio, parece fácil para los ejércitos occidentales abortar el desarrollo de una guerra ofensiva desde el Sahara con poco más que limitar el funcionamiento de los teléfonos satelitales Turaya (controlados por Qatar) e impedir la entrada en el desierto del gasoil necesario para mover  los vehículos todoterreno en que tienen que desplazarse allí las tropas (controlado este tráfico por Argelia). ¿Por qué no se ha hecho todavía?   

En cualquier caso, si esta guerra se profundiza,  quienes la van a sufrir son todas las comunidades de Mali: tuareg, peules, songhays, bambaras, moros... hombres, mujeres y niños, todos los que esta  guerra ha puesto arbitrariamente a uno u otro lado de una linea de combate difusa. Esto no es solamente una pena,  también es una injusticia.

domingo, 6 de enero de 2013

La novela y su lenguaje


El lenguaje es la marca de lo humano, lo que mejor distingue a un Homo sapiens desnudo, sin herramientas ni dinero, del resto de los animales. No por el lenguaje en sí mismo, que no es privativo del hombre, sino por lo mucho que éste lo ha complicado y cargado de valores simbólicos. Hay dos grandes divisiones en el lenguaje humano, que siguiendo a Habermas podríamos llamar la instrumental y la comunicativa.

El lenguaje instrumental, que es el de la ciencia, la técnica, la medicina, la filosofía y el derecho, es normativo y unívoco. Un texto hablado, escrito o leído en este lenguaje aspira a tener un significado único, aunque no siempre sea posible.El culmen de la instrumentalización del lenguaje se da en la Matemática, de la que Galileo afirmó que usando sus caracteres se había escrito el gran libro de la Naturaleza. La última aspiración de la ciencia es la de poder describir esta Naturaleza y predecir su comportamiento con un lenguaje estrictamente matemático.

Mientras que el lenguaje comunicativo, que es el de la literatura, la religión y la vida cotidiana, es relativo y multívoco. Un texto hablado, escrito o leído en este lenguaje puede tener múltiples significados, dependiendo de cuál sea su contexto, es decir, del entorno total en el que ese texto ha sido formulado. 
Esta variante comunicativa del lenguaje ha sido concebida para el diálogo, en el caso de un texto religioso entre la divinidad y el hombre, en el de un texto literario entre el escritor y sus lectores, finalmente, en el de la vida cotidiana, para la interacción entre dos o más personas que porque se quieren, se odian, se estorban o se necesitan, tienen que comunicarse entre ellas en todas las direcciones posibles.

La Literatura es un arte. Quizá en ella se manifieste con más claridad que en ningún otro caso la condición multívoca de estos lenguajes comunicativos. Imaginemos a un escritor escribiendo una novela. Ha concebido una trama inicial, luego ha ido imaginando a sus personajes, más tarde les ha dado vida, así hasta que llega el momento en que estos personajes maduran y se hacen dueños de la novela, convirtiendo al escritor en un simple truchimán a su servicio. Escribe y escribe éste, como un esclavo, acerca de acontecimientos que se van sucediendo de forma más o menos desordenada o imprevista, según los personajes lo quieren o los espectros fantasmales que se esconden detrás de los personajes lo imponen.

Ahora bien, hay dos variantes en el arte de novelar.



En la novela como arte menor el objetivo del novelista es entretener al lector, incluso ilustrarlo, ayudándolo así a que por la vía de la simulación se ejercite en comprender mejor el mundo y la vida. El calificativo de menor no implica que la novela considerada tenga poca importancia, de hecho muchos de los best-sellers pertenecen a esta categoría.

Pero también hay un arte mayor de la novela. En este el novelista aspira a que, lo mismo que en su momento los personajes de su novela le arrebataron el poder, adueñándose de sus propios destinos, sean ahora los lectores de esa novela suya los que se la expropien totalmente, y no solo al escritor sino hasta a sus personajes, recreándola cada lector con su imaginación y haciéndola así completamente suya. Esta es una tarea difícil y ambiciosa, pero constituye el ideal a alcanzar de muchos novelistas, ya terminen estos como mayores, menores o simplemente condenados al olvido.

Para conseguirlo, el novelista que aspira a escribir una novela mayor tiene que ser un verdadero artista. Eso es en principio un don, pero requiere además el esfuerzo descarnado del novelista, que debe llegar al límite de sus fuerzas, dándolo todo para alcanzar sus ambiciones. Y también  requiere suerte, mucha suerte, pero de esa que favorece a los que están preparados para aprovecharla.

Todo esto obliga a que el lenguaje de la novela mayor tenga que ser comunicativo hasta más allá del límite de lo posible, es decir, que acercándose de alguna manera a los libros sagrados, el aparente lenguaje lineal de una novela mayor esconda, superpuestos, contrapuestos, interpuestos, muchos lenguajes y metalenguajes diferentes, muchas conversaciones y confesiones, muchas sugerencias apenas desveladas, muchas metáforas y muchos secretos semienterrados, de manera que el lector pueda hacer sus propios descubrimientos y construirse su particular espacio entre tantos componentes, creando así su propia novela, esa que quedará anclada en sus memorias y nunca olvidará.

Este es el caso de tres inmensas novelas mayores: “Don Quijote” de Cervantes, “Los hermanos Karamazov” de Dostoyevski y “La Metamorfosis” de Kafka. No voy a hacer una crítica de ellas, simplemente reseñar que con Don Quijote nació la novela como género literario, que la de los Karamazov fue quizá la novela más importante del siglo XIX, como la Metamorfosis pudo serlo del siglo XX. Nada de esto tiene que ver con el tamaño. Mientras que El Quijote ha sido, con sus 380.000 palabras, la novela más larga jamás escrita, pese a que Cervantes era manco y escribía con plumas de ganso y a la luz de un candil.  Mientras que  Los Hermanos Karamazov fue también, con sus 298.000 palabras, una de las novelas más voluminosas que se han escrito. La Metamorfosis, con sus 21.000 palabras, es sin duda la novela mayor más corta, poco más que un relato por su extensión, aunque inmensa por su significado.

¿Qué tienen en común las tres que las hace novelas mayores? Contestar a esta pregunta requeriría muchas páginas y unos conocimientos que yo no tengo. Lo que sí puedo hacer es testificar que la lectura de cada una de estas tres novelas me transformó, haciéndome un poco más humano y hasta más sabio o menos ignorante. Me las apropié además, haciéndolas mías. Recuerdo razonablemente bien El Quijote, mi Quijote, en el que Sancho Panza tiene una altura de héroe tan destacada como la del Caballero Andante. Respecto a los Hermanos Karamazov, una de esas larguísimas novelas rusas llenas de personajes todos ellos con nombres imposibles, mis recuerdos son mucho más borrosos, pero sé que tengo la marca Karamazov grabada a fuego en mis memorias, que por los vericuetos más profundos de mi cerebro galopan unos hermanos así llamados que me transformaron completamente, ayudándome a ver la vida más como es que como yo quisiera que fuese. Finalmente Gregorio Samsa, el hombre/cucaracha héroe de La Metamorfosis, me ayudó a entender para siempre la medida en que todos los humanos, lo queramos así o no, estamos condenados, en lo más hondo de nosotros mismos, a una soledad radical, sin la cual, por otra parte, no seríamos nada.

Naturalmente, hay muchas más novelas mayores dignas de consideración, aunque yo no tenga ni el tiempo ni la sapiencia para siquiera mencionarlas. Sucede lo mismo en otras artes mayores. Yo tengo incorporadas a mi arquitectura vital algunas pinturas, como el Senecio de Klee o los autorretratos de Frida Kahlo, algunas poesías, como las de Machado o León Felipe, algunas sinfonías, como el Concierto para Violín y Orquesta de Mendelssohn, algunas canciones, como las de Serrat. Todo ello forma parte de mi equipaje esencial de peregrino por los caminos de la vida, ese del que nunca podré desprenderme porque ha enraizado en mí.

martes, 1 de enero de 2013

Nochevieja Añonuevo


Vivimos en estas 24 horas una situación mágica, en la que nos sentimos muy próximos a lo que podría ser la culminación de nuestro tiempo y a la vez su derrota definitiva. Todo ello porque este es el momento de cada año en que más próximos estamos del presente, un presente que por cierto no es nada más que un ideal inalcanzable, pero cuya cercanía nos ofrece por unas horas un refugio libre de la pareja que nos esclaviza, el pasado con el futuro.

Esta situación mágica deriva de la partición arbitraria del tiempo que tuvieron que hacer los grandes imperios para imponer su autoridad. Los egipcios inventaron el calendario solar de 365 días y nada menos que Julio César lo consagró definitivamente como medida del tiempo del mundo, aunque siglos después  la iglesia católica romana, que entonces era el nuevo imperio de Occidente, lo modificó ligeramente en el calendario gregoriano hoy vigente. Cualquiera de estos calendarios lo que mide y regula es el tiempo que nuestra Tierra tarda en dar una vuelta alrededor del Sol. Lo regula porque lo divide en partes de las que las más elementales desde un punto de vista humano son la noche y el día, equivalentes al descanso y el trabajo, el sueño y la vigilia, el tiempo onírico de nuestros subconscientes y el tiempo vigilante de nuestros músculos y cerebros.

Pero como lo que establece nuestro calendario es un ciclo circunsolar inacabable, hay inevitablemente un momento, éste que estamos viviendo ahora, en el que el final y el principio se unen. Ese es el momento mágico, que dura aproximadamente las 24 horas del día de Nochevieja/Añonuevo. Acabamos de dejar atrás el año viejo pero todavía no hemos entrado plenamente en el año nuevo. El viejo ya no es, el nuevo no es todavía. Pero el viejo es sin duda ya el pasado, como el nuevo es el futuro. Si no estamos en uno ni en otro, ¿dónde estamos? Pues nada menos que en los alrededores del presente.

Un presente que no siendo ni pasado ni futuro se reduce a una abstracción, de la misma naturaleza que el punto de la recta euclidiana, el cual, al ser solamente un punto, carece de dimensiones, no siendo otra cosa que un ente ideal necesario para poder definir a la recta.

Al menos eso es lo que el presente aparenta. Pero en realidad es mucho más, aunque su verdadera naturaleza es atemporal. El tiempo nos esclaviza, el presente es nuestra liberación de esa esclavitud. Alcanzar este presente es nuestra aspiración más secreta y permanente, tan secreta que pasamos la mayor parte de nuestra vida sin percatarnos de ella. Este presente, nuestro particular presente, es una fuente de gozo y una puerta que puede darnos paso hacia la misteriosa libertad del ser.

A veces, a lo largo de la vida, nos tropezamos con nuestro presente, lo que siempre tiene lugar como una sorpresa. Este presente inesperado puede estar escondido en el amor o en la contemplación.
1).- En el rapto de amor, que puede nacer de un  beso o del ensimismamiento que resulta de una caricia o incluso de la gota de placer nervioso con la que la especie nos remunera por nuestro trabajo para perpetuarla. El presente también se nos aparece en la muerte, en el momento de morir, quizá por eso Georges Bataille encontraba tan próximos el erotismo y la muerte, como Freud encontraba emparentados a Eros y Tanatós. También, si es que existe otra vida después de la muerte, la del cielo/infierno  judeocristiano o el nirvana budista, la eternidad que le corresponde solo puede ser atemporal, es decir, alguna forma inimaginable de presente.
2).- En el éxtasis místico, ese que tantísimos pocos han sido capaces de vivir en Oriente como en Occidente como en la América chamánica, donde el presente es el fruto del recogimiento y consiste en una puerta que se abre súbitamente y que, permitiendo al místico liberarse de su pasado y su futuro, lo introduce en un ámbito donde no existen ni el espacio ni el tiempo tal y como los intuimos los humanos… un inmenso, universal ámbito de encuentro.

Pero la enumeración anterior no es exhaustiva. Quién sabe dónde, cuándo y cómo puede hacernos su aparición el presente… solo sabemos que cuando situados mágicamente en él nos liberamos por fin del tiempo, de ese Cronos insaciable que camina sobre sus dos patazas, pasado y futuro, dejando por fin de ser sus esclavos y de soportar que nos devore (nos coma vivos) sin descanso.

El presente, en tanto estemos sometidos a Cronos, no puede ser otra cosa que un tránsito fugaz. Nos evadimos del tiempo para volver enseguida a él, eso sí, transformados misteriosamente y para siempre, tanto más cuanto más voluntad pongamos en vivir este tránsito, que es un rapto. 

Quizá sea algo de eso lo que puede sucedernos, a destellos y chispazos, en estas horas mágicas del Añonuevo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

En una noche oscura


De pronto todo enmudece, solo te llega el silencio. No sabes si se trata solamente de un castigo o es ya una condena. O quizá, por el contrario, una tregua. O una forma de seguir hablando, ahora a la manera de Heráclito, cuando el silencio es una manifestación de la ausencia que es a su vez la señal  más clara, sumergido como estás en la oscuridad, de que la presencia existe, porque sin ella la ausencia jamás podría ponerse de manifiesto.

Este es el infierno que acompaña a todo individuo humano que busca seriamente algo, ya sea la inspiración artística o el descubrimiento científico o la culminación de un viaje espiritual  o la superación de algún fracaso o lo divino o el amor o simplemente la verdad, esa que está en el fondo de todo lo que existe.

Ese silencio purificador, esa noche oscura sin la cual jamás serías capaz de reconocer la luz.

Telarañas en la oscuridad

sábado, 29 de diciembre de 2012

Lucidez de fin de año


<<¡Uf!... ¡terminé!>>... por segunda vez… quizá ahora la definitiva, ese libro, esa novela, que di por terminada en una entrada de este blog del domingo 27 de febrero de 2011.
Aquello resultó ser solo un primer borrador, en el que los personajes habían acudido ya todos a mi invocación, pero todavía eran figuras borrosas, tallas de papel y tinta sin terminar de esculpir.
Han pasado casi dos años, nada menos, y en el curso de ellos muchos otros acontecimientos insospechados e importantes han atravesado mi vida. Así es el transcurrir del tiempo, sí, pues de tiempo sobre todo estamos hechos los humanos, por mucha carne y hueso que vean nuestros ojos, palpen nuestras manos, huelan nuestras narices, por mucha inteligencia, amor, emoción o poesía que alberguen nuestros cerebros…tiempo somos, que fluye, que viene y se va, que solo en rarísimas ocasiones consigues que se quede quieto, siquiera por un instante, en un luminoso presente.
En escribiendo este libro yo he descubierto muchas cosas, escribir es ante todo un ejercicio de introspección, pero también una exploración de la inmensidad, real o imaginada, que te rodea.
De entre todo lo que he descubierto hay algo que se me apareció hace muy pocos días y que quiero entregar a los locos que todavía lean este blog como mi presente de fin de año. Se trata de lo siguiente:
Desde que los humanos empezamos a disponer de culturas suficientemente consistentes, establecimos una separación entre nosotros mismos y el resto de la naturaleza. Veíamos el mundo como radicalmente distinto de nosotros, pues éramos los hijos de Dios, los reyes de la Creación, los portadores de la razón, del “cogito ergo sum”, los que teníamos el derecho de usar todo lo que nos rodeaba para conseguir esa felicidad utópica que perseguíamos continuamente sin llegar a alcanzarla nunca. Éramos aquéllos para los que todo estaba permitido.


Lo que yo he descubierto es que eso que hemos venido creyendo es una falsedad. Pues nosotros somos tan naturaleza como la piedra, el mar, las hojas y flores de una planta, los pulmones de una lagartija, las branquias de un pez, el cerebro de una ballena o nuestro propio y despreciado culo. Somos más listos que una bacteria y quizá más ágiles que un elefante, también más astutos que un ciervo pero no más que un jaguar, más emotivos que un buitre pero no más que una ballena, más organizados que un abejorro pero no más que una abeja, más bellos y valientes que un buho pero no más que un colibrí.
Hasta en lo más malvado de nosotros no somos sino naturaleza, y como naturaleza que somos, sometida a una locura darwiniana por la supervivencia de nuestra especie, vamos camino de acabar con ese planeta Tierra que es nuestra casa común.
Siendo esto así, que lo es definitivamente, también albergamos los humanos, pero no solo los humanos sino con nosotros, como mínimo, la mayoría de los animales, un algo misterioso a lo que, sin saber bien de que se trata, algunos han llamado espíritu. Intuimos que en el espíritu  está la verdadera libertad, que es interior.  Una llamita débil que no acaba de prender y que se apaga muchas veces con facilidad. Pero está ahí, nosotros los humanos, aunque no solo nosotros, somos portadores de ella. 
Este espíritu, como quería Hegel, puede ser una cualidad de todo el Universo. Es el mismo espíritu que las culturas amerindias, los mapuches de Arauco y los williches de Chiloé entre otros, han sido capaces de ver en muchas fuerzas de la naturaleza, en los volcanes, los terremotos, el mar, el viento, la oscuridad y la luz.
Sí, ese espíritu misterioso lo tenemos los humanos, pero no lo olvidemos nunca,  no solo nosotros.
Debemos  cuidarlo, abrigarlo, proteger su llamita con nuestras manos de todos los vientos.  No solo en nosotros mismos, sino siempre que lo reconozcamos en otros seres, sea donde y cuando sea.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Navidad 2012: el buen humor y el futuro del mundo


Murillo (1660).- Natividad con el anuncio a
los pastores.
Se acerca la Navidad, en la que los cristianos conmemoramos el nacimiento del Niño Dios. Este acontecimiento pudo ser cierto o falso, nos es imposible dirimirlo con certeza científica, solo nos queda creerlo o no.  Si sucedió realmente, se trata de lo más trascendente que ha tenido lugar en la historia humana. Si es falso que aquel niño fuera Dios, la leyenda de que sí lo es no deja de ser una de las más bellas que la imaginación humana ha sido capaz de concebir. Y ya se sabe que para encontrarle sentido a la vida nunca nos ha bastado a los humanos con el logos (la razón, la ciencia), también hemos necesitado siempre  del mitos (la imaginación, la poesía). 

En cualquier caso, los días que están llegando y que cierran el año son hermosos y nos impulsan a disfrutarlos con una alegría fraternal. Pero no lo conseguiremos sin poner además algo de nuestra parte. ¿Qué es ese algo? En mi opinión, ante todo y sobre todo, SENTIDO DEL HUMOR, ése que nos da la capacidad de apreciar lo humoroso que rodea y llena nuestras vidas.


La manifestación externa de este sentido del humor es más la sonrisa que la risa. Llanto y risa son las dos formas básicas de expresar nuestras emociones con gestos y sonidos. Pero la sonrisa es una risa silenciosa que se dibuja levemente en nuestros rostros cuando descubrimos una contradicción que nos resulta divertida. Es como un hallazgo, algo así como si se nos revelara de pronto un secreto que había permanecido escondido. “¡Ajá!”, nos decimos a nosotros mismos, “menuda sorpresa, ¿quién lo hubiera supuesto?”


Nuestro cerebro razona utilizando la comparación. Comparamos hechos, objetos, premoniciones, experiencias, recuerdos, cualquiera otra clase de ente asimilable por nuestra mente, y a partir de estas comparaciones construimos juicios. A veces, cuando entramos en una comparación, nos encontramos con contradicciones insuperables entre los términos de la misma, que nos impiden emitir un juicio sintético. En algunos de estos casos contradictorios salta finalmente, sorprendiéndonos, una chispa inesperada de humor, que arranca nuestra sonrisa y hasta puede hacerla devenir en carcajadas.


Arthur Koestler (1905-1983)
El gran Arthur Koestler, una de los escritores más lúcidos y brillantes del siglo XX, compuso un hermoso libro, “El Acto de Creación”, en el que postulaba que esas contradicciones estaban en la base no solo del humor, sino también de la creatividad , la invención científica y la sensibilidad artística. Proponía que nuestra mente estaba poblada por numerosísimas “matrices de pensamiento”, así llamaba a conjuntos particulares de representaciones mentales de fenómenos, temas, recuerdos, sensaciones, especulaciones, visiones del mundo, todo eso. Los humanos razonábamos comparando matrices de pensamiento, normalmente dos a dos, pero a veces hasta muchas a la vez. En la síntesis científica o en la invención técnica, dos matrices de pensamiento que inicialmente nos parecían contradictorias se fundían en una sola. En la contemplación artística llegábamos a ver a través de una matriz de pensamiento otra bien distinta que hasta entonces nos había permanecido oculta. Y en el humor, encadenábamos por sorpresa una matriz de pensamiento con otra totalmente contradictoria, lo que podía resultar extraordinariamente divertido.


Este proceso de nacimiento de lo humorístico se ve claramente en algunos chistes sencillos.






El gordito se enfrenta con el problema de su sobrepeso. Lo lógico (la continuación lógica de esta matriz de pensamiento) sería  decidir adelgazar, pero el gordito cambia de matriz de pensamiento, se da cuenta de que también es bajito... ¡y se le ocurre que la solución a su sobrepeso estaría en crecer!...










Una pareja duerme en la intimidad oscura de su habitación. El amante que yacía poco antes con ella tuvo que esconderse precipitadamente en el armario cuando el marido llegó y allí permanece encerrado. Entra sigilosamente un ladrón, que abre el armario sin ruido para empezar a robar... ¡pero se tropieza con el amante! Esta es la narración principal del chiste, una matriz de pensamiento que llevaría a una situación sin salida. Pero entonces cambia bruscamente la matriz, ladrón y amante se reconocen como aliados... ¡y se suplican silencio el uno al otro!...








La mujer de la izquierda ha iniciado un discurso complicado acerca de la dificultad de entender a los hombres.

Si la mujer de la derecha hubiera permanecido en esta matriz de pensamiento, que supone aceptar que los hombres son complicados, le habría contestado con una parrafada similar.

Pero lo que hace es cambiar de matriz de pensamiento. Para ella los hombres no son complicados... ¡sino asombrosa y estúpidamente simples!!...

¡¡GOOOOL!!












La mujer funcionaria de la oficina de empleo se mantiene en su matriz de pensamiento burocrática, atrincherada tras la pantalla de su ordenador.

Pero la mujer inmigrante de la derecha cambia radicalmente de matriz. No está buscando un empleo porque tenga alguna cualificación profesional específica... ¡¡sino porque lo necesita para sobrevivir!!


Mi madre tiene 98 años y con frecuencia me repite que lo que a ella le ha permitido alcanzar esa edad tan avanzada es su sentido del humor. Nunca se toma a ella misma demasiado en serio, de modo que las contradicciones que tiene que superar continuamente entre su pasado y su futuro, cada día más frecuentes,  no solamente no la irritan o deprimen, sino que le hacen gracia. Ya no le tiene miedo a la muerte, solo le preocupa el sufrimiento que pueda venir asociado con ella. Piensa frecuentemente que, cuando por fin muera, su querido esposo, que la dejó hace más de veinte años, estará esperándola en la otra vida. A veces termina esta matriz de pensamiento con un cambio brusco a otra y dice con una sonrisa maliciosa: "aunque quién sabe... a lo peor lo sorprendo allí con otra!!"...

Muchas veces son los que nos rodean quienes nos ayudan a salvar mediante el sentido del humor una situación difícil o irritante.



Trazada en rojo, la ruta de 620 km entre In Salah 
y Tamanrasset. Cliqueando en la imagen
 debería ampliarse.

Eso es lo que me pasó a mí en el año 1981, cuando con mi hermano y otro amigo emprendimos un viaje iniciático a través del Sahara, mochila a la espalda y usando los medios de transporte locales. Me he acordado mucho de esta aventura cuando años después he visto en Chiloé la llegada anual, tambien iniciática, de los mochileros, jóvenes chilenos que caminan incansables hacia las playas y bosques, las lluvias y vientos chilotes, en busca de una magia vital que esta isla grande de Chiloé tiene y para intentar encontrarse a sí mismos. 

En nuestro viaje africano, la primera etapa verdaderamente sahariana era la que nos llevaba desde In Salah a Tamanrasset. Transcurría a lo largo de 600 kms del desierto más puro y duro, a través de una pista difícil marcada por las rodadas fantasmales de otros coches y camiones, muy pocos, que de tarde en tarde, no más de cuatro o cinco cada día,la cruzaban  hacia el Norte o el Sur. Los vehículos de transporte público que hacían esta ruta eran camiones Mercedes con tracción en las cuatro ruedas a los que se había acoplado un gran cajón con ventanillas que hacía de cabina de pasajeros. Eran dos, para que cada día hubiera entre In Salah y Tam uno de ida y otro de vuelta.

Nosotros llegamos a In Salah una madrugada, cuando la nada oscura del desierto se convirtió de súbito en agrupaciones de casas de adobe donde muy de vez en cuando una bombilla iluminaba malamente las calles. El gran autobús que nos había traído desde Ghardaia por una carretera asfaltada hizo su final de trayecto y nos dejó en una encrucijada, perdiéndose para siempre en la noche.  Serían las dos de la madrugada y nos recostamos contra una pared para pasar lo  que quedaba hasta el amanecer. Hacia frio y olia a orines humanos.  En la esquina frente a nosotros un hombre y una mujer apretados el uno contra la otra, envueltos en un manto común sobre el que asomaba el gran turbante negro de él, quizá intentaban dormir, pero de entre ellos salían con frecuencia las toses secas, desgarradas, sin un solo llanto, de un niño que debía estar enfermo. Por primera vez en aquel viaje me sentí un vagabundo. Entonces empezó a llover, Dios mío, en mitad del Sahara lloviendo una lluvia escasa pero capaz de mojarme las mejillas, quizá no lo había hecho antes en varios años. Me pareció un presagio benigno.


El microbús Mercedes que nos llevaría a Tam  no llegaría de allí  hasta por la tarde y no saldría con nosotros  hasta el amanecer siguiente. Así que pasamos el dia merodeando por los alrededores de In Salah, donde se despliega un extenso oasis de palmeras datileras rodeado por grandes dunas.

Ya por la tarde, éramos muchos esperando a que abrieran la ventanilla del despacho de billetes, más de los que podrían caber en el microbús. Merodeábamos por los alrededores, sin saber cuándo llegaría el momento. Cuando por fin la ventanilla se abrió nos precipitamos todos a una sobre ella y se inició un forcejeo extraño, porque era a la vez salvaje y silencioso. Empezó a formarse algo que se parecía remotamente a una cola, pero el forcejeo seguía dentro de ella a nivel local, cada uno intentando apartar a los que tenía delante a la vez que evitando ser apartado por los que tenía detrás. Hubo hasta alguna que otra bofetada. Estábamos allí siete extranjeros, nosotros tres españoles y cuatro italianos. Vinieron unos gendarmes y nos llevaron a los siete hasta una puerta trasera del despacho de billetes, lo que nos permitió comprar los nuestros. Luego, cuando nos reencontramos en la calle a los argelinos con los que habíamos hecho cola, unos radiantes porque habían conseguido su billete y otros tristes porque tendrían que esperar un día más, ninguno tuvo un mal gesto hacia nosotros.

No teníamos dónde dormir, así que lo hicimos en el palmeral, lejos del pueblo, sobre la pendiente suave de una duna y rodeados por palmeras cercanas. Era una noche sin luna y un silencio absoluto lo empapaba todo. Tendido boca arriba y con las botas puestas, tenía sobre mi el magnífico firmamento sahariano. Pasó muy alto un avión volando de sur a norte y yo sentí la nostalgia aguda de mi patria, mi mujer, mis hijos, todo lo que había dejado atrás. Pero enseguida se me impuso la admiración que me producía el cielo magnífico, con miles de estrellas multicolores, desde el azulado hasta el rojáceo pasando por el blanco y las restantes tonalidades del espectro. Nunca antes había visto un cielo así, que es el cielo real, visible allí gracias a la sequedad extrema de la atmósfera en el desierto.


El microbus Mercedes a mitad de camino entre In Salah y Tam. En la foto de la derecha y en primer plano Arrazola, nuestro gran elevador de mochilas. En la foto superior de la izquierda, con camisa blanca y las manos atrás, el compañero que me empujó. Casi en el extremo izquierdo de esta misma foto, con las manos en los bolsillos, un soldado argelino que se autoproclamó generosamente nuestro consejero durante todo el viaje. Entre aquel grupo de gente predominaba un espíritu solidario. En Africa, como en la Europa antigua,cuando la gente se pone en viaje se prepara espiritualmente para hacerlo, porque viajar es mucho más quedesplazarse físicamente. Si no que se lo pregunten a los subsaharianos que hoy se juegan la vida cruzandoel estrecho de Gibraltar para entrar en Europa.

Dormimos poco, a las cinco de la madrugada ya estábamos en marcha hacia el punto de encuentro con el microbús, la misma encrucijada en que nos había dejado un día antes el gran autobús que nos trajo desde Ghardaia. Nos dimos cuenta enseguida de que allí se preparaba otra batalla y nos trazamos un plan. Llegado el microbús, frenó ante nosotros, el ayudante del chofer bajó, abrió la puerta de la cabina de pasajeros y a continuación subió por la escalerilla de gato hasta el techo para recibir y estibar allí los equipajes, en nuestro caso tres mochilas grandes, que pusimos cómo pudimos lo más cerca posible de la base de la escalerilla. Mientras que mi hermano José Mari se quedaba junto a ellas, Arrazola entraba decidido en la pelea por subir escalerilla arriba hasta el techo y yo me sumergía en la melé por alcanzar la puerta de la cabina, entrar dentro de ella y reservar ocupándolos tres asientos.  Con Arrazola ya arriba, José Mari empezó a levantar con sus brazos las mochilas, una a una, hasta que Arrazola pudo alcanzarlas. Estos movimientos tenían lugar en el seno de un caos en el que todos luchábamos contra todos. Cuando yo estaba intentando acercarme a la puerta de la cabina apartando a otros, alguien me dio un golpe fuerte en la espalda tratando de echarme a un lado. Me volví bastante cabreado y topé con un hombre más pequeño que yo, con un bigotito negro muy fino y una toalla blanca anudada al cuello como bufanda. Ya lo conocía de la pelea en la oficina de billetes. Lo sorprendente fue que aquel hombre me miraba sonriente, como si estuviéramos jugando un partido amistoso de rugby. Esa sonrisa me desarmó, súbitamente comprendí lo que estaba pasando allí. Aquello no era una pelea, nadie pretendía hacerle daño a otro, de hecho la fuerza de los golpes y  empujones era llevada hasta el mismo límite de lo inofensivo usando lo que, paradójicamente y a pesar de las apariencias,  era una exquisita cortesía. En ese momento hizo su aparición dentro de mí, como un relámpago, lo humoroso, lo festivo. Todo lo que estoy contando sucedió en unos pocos segundos. Dándome cuenta de lo imbécil que había sido al indignarme, enseguida me vi empujando con entusiasmo festivo a los demás para alcanzar la puerta de la cabina, lo que al fin conseguí sin ser ni el primero ni el último.

A poco estábamos los tres españoles sentados en dos asientos, como los demás pasajeros, rumbo a Tam, satisfechos de estar por fin allí, mirándonos unos a otros con una indisimulable simpatía y llenos de ese bienestar corporal del que acaba de hacer su cotidiana gimnasia matutina. Sólo nos faltaba, y no la tendríamos por muchos días, una buena ducha tibia.

Me he acordado muchas veces de esta anécdota conduciendo mi coche por las calles infartadas por el tráfico de una gran ciudad. ¿Por qué nosotros, la gente civilizada (eso es lo que nos creemos) de los países occidentales, nos comportamos como un educado Dr. Jekyll cuando caminamos por la calle y como un furibundo y ridículo Mr Hyde cuando detrás del volante de nuestro coche intentamos abrirnos paso entre los demás? La respuesta es sencilla: no tenemos el suficiente sentido del humor. Ese que nos haría comprender, con paciencia y una sonrisa, al joven que acaba de obtener su carnet de conducir o al anciano al que empieza a fallarle la vista o no tiene ya los reflejos suficientes, o al conductor avezado que sin embargo está cansado o distraído por algún problema, o al que sencillamente tiene más prisa que nosotros.

En general, en nuestras sociedades individualistas y mercantilizadas, hacinados en ciudades donde tropezamos continuamente unos con otros, nos falta el sentido del humor que nos permitiría ejercer la indispensable tolerancia. Esto no se reduce a un problema de tráfico, cala más hondo y nos va haciendo cada día un poco más insolidarios y alienados

Yo quiero aprovechar esta fiesta navideña, tan amorosa y entrañable, para pregonar con una sonrisa la necesidad del sentido del humor. Terminaré mi entrada con una sentencia muy sabia de aquel gran humorista que fue el italiano Pitigrilli:

¿EN QUÉ CONSISTE LA BUENA EDUCACIÓN? PUES EN COMPORTARNOS DELANTE DE LOS DEMÁS COMO SI ESTUVIÉRAMOS SOLOS, Y CUANDO ESTAMOS SOLOS COMO SI ESTUVIÉRAMOS DELANTE DE LOS DEMÁS.

Si los humanos fuéramos capaces de aplicar esta fórmula, el mundo tendría un futuro mucho más decente e interesante. También mucho, muchísimo, más divertido.

¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!