lunes, 20 de enero de 2014

El salto

Muy cercano ya, inminente. Es un salto complejo: entre Norte y Sur, Europa y América, ciudad y campo, historia y naturaleza, pasado y futuro, recuerdos y expectativas, amigos de aquí y de allá.

¿Qué esperas encontrar, dicho de otra forma, qué vas buscando?  Aunque podrías componer innumerables respuestas a estas preguntas, en realidad no vas buscando nada. Simplemente: acudes a una llamada.

¿Quién te llama? Una multitud de voces, unas animadas y otras no, unas que brotan de ti y otras que te llegan de muy lejos en el espaciotiempo, incluso de más allá. Esas voces forman un continuo con las que has venido oyendo desde que eras un niño y las que seguirás oyendo a medida que envejezcas. Son, por así decirlo, una parte de ti mismo, esa parte misteriosa que no es enteramente tú pero que te acompaña por la vida. ¿Quizá tu ectoplasma? No, no, esas voces son mucho más que una emanación de ti mismo, lo sabes. Siendo tuyas no te pertenecen, porque son el regalo que te da el mundo, el Universo entero, hasta Dios, que no para de hablar nunca.

Para escuchar esas voces innumerables, más aún, para entender lo que te dicen, todavía más, para dialogar con ellas, necesitas del silencio y la paz que esperas encontrar en Chiloé. Un silencio que está hecho de murmullos naturales y voces tranquilas: el tronar lejano de las olas enormes que se rompen en las rocas de la costa; los rumores del bosque, el batir de sus ramas y hojas infinitas bajo los Noroestes o ahora en verano los vientos de travesía que les llegan del Suroeste; el ulular fantasmal de los pedazos de estos vientos que consiguen penetrar en los rincones de tu casa; el calor de leñas que arden permanentes en estufas o cocinas, su aroma y su humo; las conversaciones tranquilas con tus amigos, puntuadas por pacíficos silencios innumerables.

Además de esos silencios y esa paz, en ellos, gracias a ellos, esperas encontrarte con una soledad que estará llena de misteriosas compañías, también de recuerdos. Poblada, pobladísima, como la plaza de un pueblo pequeño en sus fiestas anuales. La soledad que permite que aparezcan y puedan hacerse oír los más tímidos, los más escondidos u olvidados, los más sorprendentes, esa misma.


En respuesta a todas esas llamadas das el salto. Un poco emocionado, algo nervioso, expectante. Deseándote suerte, esa que conviene que no falte nunca en la vida.

domingo, 19 de enero de 2014

Vigilia, desvelo

Fuera llueve con fuerza, desde la oscuridad tranquila de tu dormitorio sientes los gemidos lejanos de tu casa y el crepitar de las gotas sobre el tejado. Te despertaste hace ya mucho tiempo y no consigues volver a dormirte. Has desistido, encendido la luz de tu mesilla de noche y ahora escribes palabras de agua en tu tableta. Hasta hace unos minutos, cuando todavía permanecías en la oscuridad esperando al sueño,  notabas el cansancio de tus ojos a pesar de tenerlos cerrados. Y la sensación de que tu cuerpo, por dentro, estaba vacío, hueco, recorrido desordenadamente por un viento misterioso, ya frío, ya caliente, que traía con él, quizá de ninguna parte, una aguda sensación de soledad. Sólo te acompañaban tus personajes y algunos recuerdos entrañables, esos que no te dejan nunca. En cuanto a los primeros, aprovechaban el tenerte todo entero para ellos intentando venderte proyectos de vida. Pero tú no te dejabas sorprender y los escuchabas con suspicacia, peor todavía, con escepticismo. Eso sí, comprendías que lo que ellos estaban sintiendo era pura angustia de vivir, por eso te compadecías a la vez que te dabas cuenta de que eran tus únicos compañeros de camino.

A medida que ibas dejando atrás, escritas para siempre, estas reflexiones, te sentías ligeramente más relajado, como si hubieras aliviado algo la presión de ese viento misterioso que ululaba en tu vacío interior.

Y cuando decidiste apagar de nuevo la luz, por ver si el sueño llegaba, notaste cómo tus personajes, que se habían escondido en los rincones de tu morada interior, asomaban tímidamente, dispuestos a aprovechar la oscuridad para continuar con su acoso. No te dejarían dormir. Les iba en ello la vida, lo comprendiste y lo aceptaste con una mezcla de resignación y cansancio. También de satisfacción y agradecimiento.

Tus fantasmas, ellos, tú mismo. El sueño, el tiempo, la oscuridad, la lluvia.

La vigilia y el desvelo bailan sin ningún respeto sobre tu vientre un baile de enamorados algo más bebidos de la cuenta, casi borrachos, diría yo.


Pronto amanecerá.

El desvelo y la vigilia bailando un poco borrachos sobre mi vientre insomne.

domingo, 12 de enero de 2014

Del Nickjournal (2).- El desánimo (3 junio 2009)

Nota introductoria: Cuando publiqué esta entrada en el año 2.009, la crisis económica que luego hundió a España en la miseria apenas había empezado a dar la cara. Pero ya podía percibirse el desánimo de una sociedad enriquecida demasiado deprisa aunque capaz de ver que el camino que llevaba, aparentemente espléndido, no conducía a ninguna parte. Ese desánimo era una enfermedad social, con su correlato de desaliento a nivel individual. Tenía al menos tres causas: la falta de perspectivas de futuro, alimentada por un atroz paro juvenil y por las amenazas de un cambio climático que nuestros sistemas económicos y políticos no parecen capaces de detener. La falta de alegría de vivir de una sociedad urbanizada, ahogada en un consumismo vacío y alienada en un trabajo cada vez más volátil y menos satisfactorio. La falta de utopías, de perspectivas metafísicas, de religiosidad, la derrota en definitiva del mitos por el logos.

Creo que los temas de que trata esta entrada siguen estando de rabiosa actualidad, es decir, sin resolver. Por eso la publico hoy. Al final hago referencia a un espléndido y cortísimo cuento del escritor italiano Dino Buzatti, léanlo. Su moraleja es tan sencilla como casi siempre olvidada: las cosas, las realidades subyacentes a los fenómenos que percibimos, casi nunca son lo que parecen. O como dice el viejo refrán: las apariencias engañan. Cuidado, pues, con ellas.

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No es la gripe porcina, tampoco la crisis económica ni el terrorismo ni el paro, quienes más debieran preocuparnos, sino el desánimo, ese demonio gentil que, sin que lleguemos a darnos cuenta, nos está poseyendo. El desánimo es en el ámbito de la patología social lo que en la patología individual la depresión. Ésta última y la obesidad son las enfermedades de nuestro tiempo para los individuos que viven en países ricos. Sus correspondencias sociales son el desánimo y el despilfarro. Emergen estas enfermedades con toda su fuerza cuando otras patologías han sido neutralizadas gracias al poder de la técnica y la riqueza. Entonces no le queda a la miserable condición humana nada detrás de lo que esconderse, nada que justifique o excuse su radical miseria, su incurable desamparo.

¿De dónde procede y cómo se manifiesta el desánimo?

Está en primer lugar la falta de perspectivas de futuro. El conservacionismo, que junto con el consumismo lleva visos de ser la ideología imperante en el S. XXI, está actuando como los grandes profetas de Israel: nos anuncia que recorremos un camino de perdición, que el cambio climático que estamos provocando se llevará por delante mucho de lo que trabajosamente hemos construido, a no ser que, renunciando a mucho de lo que tenemos, nos convirtamos a una forma radicalmente distin
ta de ver y vivir el mundo. Pero nadie que nos merezca suficiente confianza explica claramente a través de qué caminos concretos podemos ir construyendo ese nuevo mundo sustentable. O sea que tenemos ya a Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, pero todavía no nos ha llegado Jesucristo.
En segundo lugar, nos falta alegría de vivir, ésa que todavía puede verse por ejemplo en el África subsahariana, azotada por un sinfín de desgracias pero donde cada rostro humano es único. Nuestra vida diaria no es divertida. Como me decía un alto ejecutivo de una poderosa multinacional, cada día, cuando entramos por las puertas de los grandes centros de trabajo privados o públicos en que nos ganamos el pan multiforme de hoy, dejamos fuera más del noventa por ciento de nuestra imaginación y nuestra capacidad creativa; lo aterrador es que en estas condiciones laborales pasamos la tercera parte de nuestras vidas, otra tercera parte durmiendo y finalmente otra delante de la pequeña pantalla, enfrentados a la estupidez permanente de las grandes cadenas de TV. En fin, un infierno. Porque además las grandes ciudades en que la mayoría vivimos se han convertido en prisiones, de las que huimos en estampidas de búfalos a lo largo de esos puentes vacacionales que son como senderitos a través de la inmensa sabana del aburrimiento. Y no son nuestras ciudades prisiones medievales, sino más bien higiénicos hospitales para lunáticos, donde vivimos confortablemente, rodeados de objetos que nos distraen y envidiados por buena parte del resto del mundo, pero insoportablemente aburridos, buscando toda clase de estímulos exagerados o artificiales.

Por último, nuestra civilización ha matado y enterrado no solo a Dios, sino a casi todas las utopías, empezando por las que se agruparon en ese ramillete de flores marchitas que se llamó la Internacional. Solo siguen vigentes, aunque muy tocadas, la utopía de la tecnociencia que será capaz de resolver todos nuestros problemas y la del mercado que llegará a vendernos a buen precio la felicidad. Hoy lo metafísico escandaliza mucho más que lo pornográfico o lo descaradamente criminal. Y sin embargo, se quiera o no, lo metafísico es un componente esencial de nuestra naturaleza individual y social, las utopías inmateriales nos son necesarias para que vayamos soportando el peso del vivir, para proteger nuestra vida colectiva y para que el proceso de domesticación humana, siempre inacabado, avance de una forma ordenada.

Si adobamos todo lo anterior con la crisis económica y política que padecemos, tenemos la epidemia de desánimo servida.

¿Hay remedios contra este mal? Hay la esperanza de que el ciclo desanimante termine pasando, porque también su naturaleza, como la de casi todo en este mundo, empezando por las manchas solares, es oscilatoria. Existen algunos paliativos, que como los antivirales, sin llegar a curar pueden aliviar. Son la lectura, el ejercicio físico, los deportes de aventura y mucho sentido del humor acompañado de mucha imaginación, tan calenturienta como posible, todo ello, naturalmente, en dosis no indigestas. Además, como medidas elementales de protección de la salud mental pública, yo prohibiría la televisión financiada por la publicidad y los espectáculos de masas; aconsejaría eliminar de la dieta, tanto como sea posible, el automóvil y los grandes viajes vacacionales a ninguna parte; y fomentaría las prácticas higiénicas del cultivo de las amistades desinteresadas y la fidelidad a los compromisos contraídos. Todo ello a la medida de cada uno, estudiado y recetado caso por caso.

Terminaré haciendo referencia a un cuento de Dino Buzatti, que me gustaría leyeran los nickjournaleros que han llegado con su paciencia hasta aquí. Como nos fabula el gran escritor italiano, frecuentemente la realidad, en sus aspectos más esenciales, no es lo que parece. Por eso no debemos permitir que nos entontezca y haga posible al desánimo que nos pille desprevenidos.

(Escrito por Olo)
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sábado, 11 de enero de 2014

Cambio de aires

Costa NW de Chiloé.- Playa del Elefante un día de mar gruesa, cercana la puesta del Sol. Al fondo, la punta Almanao.

Pronto retornaré a Chiloé. Puesto que el tiempo que los humanos percibimos es el que transcurre dentro de nuestros cerebros, para mí está lejísimos el día que dejé por última vez esa isla tan querida. El Olo que vuelve ahora no es el que partió entonces, algunos acontecimientos decisivos me han llevado a otra página del libro de mi vida. Me siento aquí en España y sé que me sentiré allí en Duhatao como un extraño de mí mismo, explorador de territorios espirituales que me están siendo absolutamente desconocidos.

Así es la vida. Lo es para el niño que descubre su alma cada día cambiada, para el adulto que no deja de encontrarse con sorpresas y para el viejo que siente la extraña sensación de ir retrocediendo hacia un pasado del que solo le quedan recuerdos remotos. Esa vida que es como el caminar cauteloso de mi amigo pudú por los alrededores de mi cabaña, su suprema elegancia de movimientos cuando empieza a hacerse de noche. Él siempre temeroso de sorpresas y amenazas que sean o no reales están, desde que nació,  impresas en sus genes y de aquí en sus instintos.


Esa vida que es un don maravilloso. Se te da todos los días cuando te despiertas y se te guarda mientras duermes. Después, a la mañana siguiente,  ya se verá. De esta incertidumbre, de esta provisionalidad, extrae la vida una parte importante de su encanto otoñal.

martes, 7 de enero de 2014

Pasaron los Reyes Magos, empieza el 2014.

Los niños se han levantado muy temprano y han corrido hasta el salón.
¡Se encuentran los tesoros que les han dejado los Reyes Magos!



En la tradición evangélica, los pastores que acompañan a Jesús en el pesebre representan al pueblo humano, el buey y la mula a la naturaleza, los Reyes Magos a los sabios. El poder terrenal se queda muy lejos de todo esto, los romanos haciendo sus censos y Herodes matando niños indefensos. El siguiente capítulo de esta historia de Dios en el Mundo será la vida del niño Jesús en Nazaret, esa parte escondida de los Evangelios, lección de humildad que lo es de silencio y que el gran Charles de Foucauld quiso emular a lo largo de su vida.

La fiesta de los Reyes Magos, de tradición más española que latinoamericana, culmina las celebraciones de la Navidad y es la que da paso al nuevo año. Hoy 7 de enero es cuando para los españoles comienza el 2014. Ayer mis nietos, como todos los niños españoles, se encontraron muy temprano con los innumerables juguetes que los Reyes Magos les habían dejado misteriosamente durante la noche. Fue un día de imaginaciones y abundancias, de tesoros innumerables convertidos milagrosamente en realidad. Fue el gran día de los niños.

Me gustaría hacer tres reflexiones sobre los significados de este día:

1).- Desde hace ya algunos años se pone de manifiesto la medida en que nuestra sociedad nos introduce en la civilización/cultura consumista desde que somos muy pequeños. Ya desde finales de noviembre se inicia una intensa campaña de marketing y publicidad dirigida específicamente a los niños, reclamando su atención hacia éste o aquél o aquél otro juguete.

2).- Los niños aplican todo el tesoro de imaginación e inocencia que albergan, de manera que convierten el 6 de enero, rodeados como están de un montonazo de juguetes que no pueden atender en su totalidad, en un día maravilloso, en el que hasta los sueños más difíciles se hacen posibles. Un día de sorpresas y abundancias, breve porque enseguida empieza el colegio, pero por eso todavía más maravilloso.

3).- Los padres realizan un esfuerzo económico absolutamente heroico para satisfacer las fantasías de sus hijos, expresadas en las cartas que éstos han escrito a los Reyes Magos. Por humilde que sea una familia, raro será que le falten a sus niños los juguetes que están esperando. Este derroche, ¿es una manifestación de consumismo? Opino que no. Aunque el marketing lo haya provocado, me parece que es más bien una bofetada al consumismo en lo que tiene de utilitario, un poner la imaginación y el culto de lo efímero por encima de lo práctico y del valor de cambio del dinero. Un quemar este dinero en pólvora, en fuegos artificiales de un día tan corto como maravilloso.

Todo esto, ¿tiene sentido? No lo sé, pero sí creo que es profundamente humano. Quiero decir que es expresión de lo mejor de lo humano. Esa capacidad de poner los sueños por delante de las realidades, de la que nacen tantas cosas nobles: el amor basado en el altruismo, la fantasía que puede terminar en originalidad, hasta en genialidad, el idealismo que será ingrediente indispensable para construir un mundo mejor… Todo eso.

¡Qué locura!

lunes, 6 de enero de 2014

La foto de la infamia


España es un país con mala suerte donde abundan los cobardes. Esta foto de los miembros de  ETA, casi todos ellos asesinos a distancia o por la espalda de víctimas inocentes, nunca debería haberse producido. Por una razón muy simple: el respeto a sus numerosas víctimas, no solo los cerca de mil muertos, sino los muchos heridos y mutilados para siempre y los cónyuges, padres, hermanos e hijos de todos ellos.

Pero además a estos asesinos los han reunido para retratarlos los que siguen mandando sobre ellos, los responsables finales de todo el terror, la muerte y el dolor que las manos de los que están en la foto han producido. El acto que la foto recoge es sin lugar a dudas político, representa una violación de las leyes en cuanto a que de una manera directa enaltece al terrorismo. ¿Cómo es posible que se haya permitido?

La vergüenza de esta foto recae sobre todos los españoles, no solo sobre los que podían y debían haberla evitado. Por eso el día de hoy es triste y humillante para todos nosotros.

 La valentía más apremiante, esa que todos deberíamos exigirnos, es la de no olvidarlo.


 La cobardía más vergonzosa, esa que se produce en España con demasiada frecuencia, es la de volver la cara, cambiar de acera, disimular, olvidar, transigir. Nada de esto tiene relación con el perdón, el cual, por otra parte, jamás ha sido pedido por una ETA que tampoco se ha permitido todavía la grandeza de, tras haber sido desmantelada por nuestra policía,  entregar su chatarra y los restos de goma2 que sigue escondiendo.


domingo, 5 de enero de 2014

Del Nickjournal (1).-Chiloé, un paraíso perdido (1 abril 2009).


Introducción a la serie "Del Nickjournal"
En el año 2004 Arcadi Espada, periodista y profesor universitario español, empezó a publicar un blog que tenía la siguiente interesante estructura: Arcadi publicaba con frecuencia casi diaria una entrada  a la que una colección bastante numerosa de gente, entre la que yo, Olo, me encontraba, hacía comentarios. Dos normas regían su funcionamiento: 1).- jamás se censuraría un comentario, dijera lo que dijera y cómo lo hiciera; 2).- cuando los comentaristas se dirigieran a otro habitual del blog lo tratarían siempre de usted.

Aquello se convirtió muy pronto en una interesantísima tertulia. Lo eran las entradas de Arcadi y los comentarios referidos directamente a las mismas, pero además esta sección de comentarios adquirió enseguida vida propia, pues ya no se referían aquéllos a la entrada publicada por Arcadi, sino que eran entradas en sí mismas o discusiones cruzadas entre los comentaristas acerca de mil temas posibles que no tenían nada que ver con lo que Arcadi había dicho.

Algo más tardaron en aparecer los trolls, que así se llamaba en la jerga internaútica a gente borde que se divertía criticando ferozmente, insultando y vejando, a Arcadi o a alguno(s) de los comentaristas. Gente pervertida, neurótica o simplemente imbécil. Durante algún tiempo fue posible soportar a los trolls, lo que le dio una enorme grandeza liberal al blog y a Arcadi, que creyendo firmemente en la libertad de expresión aceptaba con resignación sus malas consecuencias.

Pero llegó un momento en que Arcadi se hartó y decidió acabar con el blog. Los comentaristas más próximos a él decidieron coninuarlo. Un grupo de cinco o seis se convirtió en el de los administradores, con la responsabilidad de seguir produciendo entradas y mantener el blog en funcionamiento. El blog pasó a llamarse Nickjournal. Como sus administradores eran pocos, les costaba producir todas las entradas que el blog demandaba y pidieron a otros próximos al blog que colaboraran en esta tarea. Entre estos estaba yo, que por eso publiqué entre el 2008 y el 2011 algunas entradas allí.

El Nickjournal sigue de cuerpo presente en Internet, donde pueden consultarse todas sus entradas y comentarios (http://nickjournalarcadiano.blogspot.com.). Pero ya no lo cuida nadie y cualquier día podría desaparecer. Es por eso que yo he decidido recoger en mi blog (http://olo-ololo.blogspot.com.) las entradas más interesantes y todavía actuales que publiqué allí.

Sigue ahora la primera de entre ellas: "Chiloé, un paraíso perdido".
Nota introductoria
Hacía ya más de un año que estaba yo buscando un rincón de Chiloé mirando al Pacífico para hacerme allí una cabaña. En mi primer viaje encontré un sitio maravilloso al Sur del río Chepu, sobre la playa de Guaibil, pocos kilómetros al norte de Ahuenco. Pero era demasiado salvaje. No había electricidad, para llegar había que cruzar en bote el anchísimo cauce del Chepu y los enseres necesarios tenían que desembarcarse en la playa. Así que no me quedó otro remedio que desistir. En un segundo viaje visité una propiedad en Rahué, al sur de Cucao, tan maravillosa como la de Chepu pero igualmente incomunicada. A mi vuelta a España escribí esta entrada sobre Chiloé en el blog de Arcadi. Entonces apenas conocía la isla, pero ya estaba enamorado de ella.
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Isla de Chiloé. Bosques en tonos oscuros,
zonas deforestadas y cultivadas en tonos claros.
Situados en el Sur de Chile, la isla grande de Chiloé y el archipiélago de pequeñas islas que la ciñen por el Este, son una especie de paraíso perdido. Paraíso por lo mucho que tienen de naturaleza prístina, apenas transformada por ese homo faber al que el gran Arthur Koestler consideraba medio loco. Perdido por su lejanía patagónica, su insularidad, su sencillez. También porque, a consecuencia de todo ello, muchos de los europeos para los que viajar a Chiloé podría constituir una experiencia memorable, apenas conocen su existencia.

Chiloé queda no ya muy lejos, sino muy fuera de los circuitos del turismo de masas. Ni su clima ni su morfología litoral son compatibles con esos resorts donde el turista de hoy experimenta las tres S sagradas del sun, sea and sex. Todavía más inconcebibles son desde allí esas grandes metrópolis, como Nueva York, hacia donde los europeos peregrinamos para practicar las liturgias compulsivas de las compras.



Chiloé es muy diferente, sus encantos son sencillamente únicos. Insular en el sentido más estricto, sin puente ni aeropuerto, hay que llegar hasta allí mediante un ferry a bordo del cual te enfrentas por primera vez con la mar austral, sus retozones lobos marinos a los que podrías confundir con sirenas, sus cormoranes omnipresentes, sus pelícanos antediluvianos y pensativos, sus muchos barquitos pesqueros, multicolores que lo son para enfrentarse mejor con el peligro de las nieblas que arrastra desde el Sur la corriente de Humboldt, de aguas frías llenas de peces y cetáceos, desde las grandes ballenas azules hasta las juguetonas toninas. Las tierras de Chiloé están cubiertas en buena parte por bosques que asombraron hasta al mismísimo Charles Darwin, impenetrables desde el tercer día mítico de la Creación, en cuya espesura canta ronco el mágico chucao. Y sus cielos, frecuentemente nublados, están surcados por aves innumerables, entre las que puede llegar a verse el albatros, incluso el cóndor.

Al fondo la punta Pirulil, en Cucao, abierta al océano Pacífico. Desde una cueva bajo esta punta dice la mitología chilota que caminan las almas de los muertos hasta el cielo.

He vuelto por tercera vez a Chiloé para ver al Pacífico, allí en el mismo borde occidental en que termina el viejo continente ancestral, el Gondwana, romper sobre la costa sus olas enormes, que llegan furiosas después de un largo viaje desde Nueva Zelanda y Tasmania, en la otra orilla del Gondwana, a través del gran océano vacío, ese Pacífico cuyas únicas posibilidades de vida terrestre las han ofrecido los muchos volcanes submarinos en sus laderas emergidas.

Hay dos Chiloés, el abierto al océano y el del mar interior, la costa rocosa e inmisericorde frente al Pacífico y un archipiélago de pequeñas y numerosas islas, separadas y surcadas por fiordos bellísimos. Son los dos polos entre los que gira sobre sí misma la vida chilota. Chiloé es como una Galicia que hubiera abierto sus rías hacia el Este y cerrado una larga Costa da Morte hacia el Oeste. No en balde la llamaron Nueva Galicia sus primeros españoles.

Aunque la cultura profunda es la misma en todo Chiloé, las islas del mar interior ponen más énfasis en lo agrícola, la costa abierta al Pacífico vive más del bosque, pero las dos trabajan intensamente, cada una a su manera, las riquezas de la mar. Subyace omnipresente una profunda religiosidad, que en parte es monoteísta y católica, apoyada en sus bellísimas iglesias, y en parte politeísta y pagana, sustentada en su riquísima y sorprendente mitología, que nace de todo lo antropomórfico que contienen el bosque y la mar, desde los troncos retorcidos que podrían convertirse en sátiros, como lo son los Traucos chilotes, hasta las algas aferradas a sus rocas que podrían trocarse en cabezas de bellísimas diosas, como lo hace la Pincoya chilota, que cuida de las aguas marinas.

Un ejemplo del Chiloé del Mar Interior, el de los fiordos y las aguas tranquilas:
San Juan, con su iglesia y su carpintería de ribera lado a lado.

Se necesitarían varios libros para explicar someramente lo que es Chiloé. Uno dedicado a su naturaleza: su fauna, flora, geología y clima. Otro a su cultura y su historia. Otro a su manera de vivir, su artesanía, su integración del bosque con la mar, su religiosidad. Otro, finalmente, a su condición humana en transición, su visión del futuro. Yo estoy incapacitado para hablar con profundidad suficiente de toda esta inmensidad, entre otras razones porque no he hecho sino asomarme al mundo chilote. Tengo que limitarme a recomendar a los que me lean que emprendan el viaje hasta allí, que prueben por sí mismos. Será incierto, como todos los buenos viajes. La incertidumbre principal le vendrá de la lluvia. Chiloé es muy lluvioso, esa es su naturaleza, también la muralla que lo protege de muchos invasores potenciales. Pero no siempre llueve, y cuando deja de hacerlo sus arcoiris son los más espectaculares que he visto en mi vida, y su sol más alegre y juguetón que muchos de los innumerables soles mediterráneos. Vale la pena proveerse de un buen capote y unas botas de goma, además de un bastón sólido si se es viejo, para recorrer sus playas y sus sendas, visitar sus aldeas y asomarse a sus bosques, en los que será difícil profundizar porque el sotobosque es muy denso. Pero nunca, si uno se siente llamado a ello, renunciar a un viaje que va a ser mucho más un privilegio que una aventura.

La gastronomía es excelente. Mariscos muy sabrosos a porrillo (locos, machas, almejas, choritos, cholgas, choros zapato, jaibas, centollos), pescados tan buenos como los nuestros del Cantábrico (congrio, merluza, corvina, pejerrey), carnes de cordero con el sabor especial que les dan unos pastos regados con los aerosoles salinos del océano, guisotes complejos y deliciosos como el rechupeante curanto, excelentes ensaladas de cochayuyo, un alga que comen con delicia las vacas, que por causa del cochayuyo prefieren buscar su comida más en las playas abiertas que en los jugosos pastizales. Todo ello acompañable por los inmensos vinos chilenos o las buenas cervezas de ese Sur de Chile que en muchos aspectos es tan alemán. De postre mucha naturaleza donde elegir, por ejemplo la murta, una suerte de frutilla del bosque que se come ahora que empieza el otoño austral en macedonia con trozos de membrillo fresco, todo bañado en almíbar. Y para digestivo final algo exótico como el Licor de Oro, de los pocos que hay en el mundo hechos a base de fermentar suero de leche.

Vacas de Cucao, las más marineras del mundo: prefieren comer cochayuyosen la playa abierta al Pacífico que pastar en verdes prados.

La gente de Chiloé es amable y educada. Hablan bajo, como suele ser el caso entre chilenos, en contraposición a nosotros los españoles, y raramente son pretenciosos. Conviven allí apaciblemente desde el euromorfo más rubio hasta el huilliche más indoamericano, desde el profesional másafuerino, como los chilotes genuinos los llaman, procedente de Santiago u otras ciudades de ese Chile de larguísimas latitudes, hasta el campesino más puramente indígena. La lengua huilliche hace años que se perdió, aunque algunos hacen esfuerzos por recuperarla sin rencores y todos estarían encantados de verla rebrotar. En fin, que aunque no falten problemas, en Chiloé se vive serenamente, que es uno de esos sitios privilegiados donde es posible aburrirse sin sentir angustia, desgranar el tiempo con las manos del recuerdo sin que espina alguna se te quede pinchada entre los dedos de tu memoria.

Cucao y su gente 

Los lagos Huillinco y Cucao forman juntos, hacia la mitad de la isla grande de Chiloé, como la boca sonriente de un viejo barbudo que está mirando hacia el Pacífico. Conectados en serie por un estrecho canal, el lago Cucao es el más occidental y en su desembocadura se alza la aldea del mismo nombre, perdida en la orilla del océano junto a una larguísima playa de arena muy fina y blanca. Todas estas singularidades dotan a la aldea de Cucao de una luz mágica, una claridad salada durante el día, tan luminosa o más que la de Cádiz, y unas puestas de sol sobrenaturales durante los crepúsculos sin nubes. Pero además, la gente de Cucao es especial, representa de alguna manera la quintaesencia de Chiloé.

Carlos González, un chilote de Cucao.
Los campesinos de Cucao viven todavía una cultura de supervivencia, que los obliga a desarrollar múltiples actividades: el hombre labra la tierra y siembra papas, que recolectan entre todos, la mujer cultiva la huerta, unos y otras cuidan el ganado, ovejas o vacas, usan los caballos para desplazarse, recolectan docenas de productos del bosque, el hombre corta la leña, con la que hace sus cabañas y se calientan en invierno, la mujer cuida la casa y los hijos, ambos marisquean, machas en la playa olocos en las rocas, recolectan el cochayuyo, pescan en los ríos con redes o en la mar con aparejos parecidos a nuestras jábegas o lanzando sedales con sus cañas. Finalmente, por sorprendente que parezca, buscan oro en las arenas de su playa interminable, que son auríferas. De manera que cada día es un afán distinto, cada mañana hay que empezarla contestándose la pregunta de cómo va a ganarse uno ese día la vida. No son en su inmensa mayoría peones de otros amos, tienen como mínimo un trocito de tierra y unos animales, además de una amplia familia, que se extiende hasta el 4º o 5º grado, resultando al final en la gran familia de Cucao. He tenido la oportunidad de conocer a uno de estos campesinos, Carlos González, hermano del presidente de la Comunidad Indígena de Rahue, un aledaño de Cucao hacia el Sur. Me enseñó una propiedad que yo quería visitar, abriéndonos paso entre la maleza y el sotobosque con su machete. En la foto se muestra como él es, confiado en su entorno, optimista y a la vez duro, orgulloso de pertenecer a aquel paisaje. Estuvimos un rato descansando en lo alto de una peña, desde la que tomé la foto del cerro Pirulil que acompaña a este texto. Durante unos minutos me habló desde allí de su tierra y de él mismo. Me habló explícitamente y antes que nada de la belleza de todo lo que estábamos viendo, lo que me sorprendió, acostumbrado como estoy a nuestras conversaciones aceleradas de gente de ciudad. Carlos es, como una mayoría de los chilotes, un hombre del Sur, pero de ese Sur absoluto y planetario que termina en el Antártico. Tiene su mirada puesta en el Sur, en la Patagonia profunda a la que se siente pertenecer, en Magallanes. Santiago de Chile no es para él sino una referencia simbólica, otras ciudades del Norte ni siquiera existen. Una vez que sintió la necesidad de salir de Cucao, se fue a trabajar a Punta Arenas, la lejana capital de la mayoría de los chilotes que emigran. Pero allí, para gran sorpresa mía, que sé que Punta Arenas no es gran cosa, se sintió abrumado por lo urbano, así que volvió a Cucao, o por mejor decir a Rahue, y tardará lo más posible en salir de allí. Sus hijos ya han crecido, trabajan fuera, él vive con su mujer entre el bosque y la mar, donde empieza la tierra de nadie en su sentido más literal, y allí quiere permanecer hasta que envejezcan.

Aún así, Cucao está cambiando, el turismo crece año tras año, es posible que pronto se instalen en las cercanías algunos campos eólicos, el progreso técnico puede que permita tratar industrialmente sus arenas auríferas, entonces hasta el paisaje cambiará. Lo hará para bien y para mal, pero así es y ha sido siempre la historia. Reconforta no obstante encontrar, aquí y ahora, gente fundida con su paisaje y razonablemente feliz de estarlo. Gente auténtica, más dueña de sí misma, en su pobreza, que la mayoría de nosotros con todas nuestras riquezas. No es que yo lo vea así, llevado por un rapto de romanticismo, sino que así es, algunas veces y en algunos sitios, aquí concretamente, en gente como Carlos. Eso es todo.

Una escuela rural

Muy pocos días antes de volver a España, recorría con un amigo chileno una región bastante aislada al Noroeste de Chiloé, cerca de Ancud. Nos paramos en un claro del bosque delante de una escuela de aspecto bastante vetusto, con sus paredes de tejuelas de madera muy envejecidas y una misteriosa antena supermoderna coronándola como un campanario hertziano. El maestro salió a saludarnos y a charlar un poco. Se trataba de una escuela rural con un solo profesor y cinco niños como únicos alumnos, que nos miraban tímidos desde la lejana penumbra de su clase. Él iba allí en su coche todos los días, desde Ancud. Nos dijo que se acercó a nosotros porque la gorra de mi amigo lucía el logotipo de una banda de jazz muy conocida. Él, además de ser maestro, toca en la banda de música de una compañía de bomberos de Ancud y ejerce, en sus ratos más libres, de trompetista de jazz. Esto último es lo que verdaderamente le fascina. Le preguntamos por la extraña antena y nos explicó que se trataba del sistema Wimax, que transmite Internet en banda ancha de microondas y es el último grito que va a desplazar muy pronto y en todo el mundo a los Wifis. El gobierno chileno tiene varios programas en marcha para Wimaxizar el mundo rural chileno, en concreto y en nuestro caso todas las escuelas rurales de Chiloé. Lo estaba haciendo allí Telmex, la compañía de Carlos Slim.

Al escuchar todo esto, además de sorprenderme, me llené de sentimientos encontrados. Muy pronto aquellos cinco niños perdidos en una región apartada podrían estar googleando como yo lo hago, podrían hasta chatear con mis nietos, hasta camconversar con ellos cara a cara. Comprendí que Internet está trayendo al mundo una revolución mucho más profunda que todas las revoluciones tecnológicas anteriores. Además se trata de una revolución soft, con solamente electrones, información y conocimiento en juego, físicamente limpia, no contaminante. Y me di cuenta de que con estas poderosas herramientas por delante, casi lo único que nos falta para llegar a vivir en un mundo tan sencillo y feliz como el de Carlos, campesino de Cucao, es altura moral, esfuerzo intelectual e imaginación, mucha imaginación. Nada más y nada menos.

Por lo demás, Chiloé se me ha quedado ahora en la distancia, tanto más próximo cuanto más lejano, como suele suceder con las orillas conocidas del mundo.

(Escrito por Olo)
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