sábado, 17 de septiembre de 2011

EL VIENTO

El Gipsy Moth IV cruzando frente al cabo de Hornos, en foto tomada por la aviación chilena


Lo sientes en tu piel, como si te acariciaran unos dedos invisibles. Oyes sus gemidos algunas veces en la noche y te parecen los de un espíritu que pide socorro. Nunca lo ves, pero es el más real de los fantasmas: el viento.

Para convencerte de que es algo más que un sueño dispones de sus efectos sobre otras cosas bellas: las velas llenas de un barco blanco y airoso, las aspas girando alegres de los molinos quijotescos u holandeses, las nubes corriendo por el cielo, las olas que al romperse en la playa dejan atrás estelas voladoras de espuma blanca, el pelo suelto de una mujer a la que amas, en esa misma playa, movido y enredado por la brisa. También dispones de fenómenos estremecedores, por lo menos de sus fotos, como el temporal de viento y mar que arrastra al Gipsy Moth, en la foto que encabeza esta entrada.

A veces tienes la impresión de que el viento te está hablando. Eso te sucede en noches de tormenta. Tu casa cruje, te acuerdas de cuando eras todavía un niño, te arrebujas entre las sábanas, bajo las mantas. ¿Qué te está diciendo el viento?  No lo sabes. A veces te parece que se queja, otras solamente oyes sus murmullos, como si quisiera contarte un secreto. Pero te has equivocado ya tantas veces acerca de lo que el viento quería decirte… lo has engañado tú tantas veces, has oído con tanta reiteración solamente lo que querías oir, inventándolo…

 Vivir es navegar los vientos que te van llegando. Si esto te llena de dudas, si te sientes confuso o asustado o esperanzado, no puedes hacer otra cosa que seguir viviendo. ¿Quién sabe? 

martes, 13 de septiembre de 2011

Luna llena en Duhatao



A las 6:30 de la madrugada del martes 13 de septiembre de 2011, así lucía la Luna llena sobre el Pacífico, vista desde los barrancos de la punta Tilduco, en Duhatao.

Ajena a los afanes humanos, la misma Luna del Pleistoceno o de los tiempos grandes de los griegos, la misma que seguirá girando alrededor de nuestra Tierra dentro de cien o mil años, cuando todo lo que ahora nos conmueve no sea ya, quién lo sabe, ni siquiera historia.

Eso sí, esta madrugada había unos ojos humanos contemplándola, engloriados en su belleza. Y un dedo humano que oprimió con el mayor cuidado posible el botón del disparador de su cámara, trabajando en modo nocturno.

Esta madrugada, puedo atestiguarlo, la Luna no estaba sola.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Imperio de las Máquinas (4).- Esencia de la Técnica según Heidegger


Las ideas de Heidegger sobre la Técnica, cuya comprensión me parece una etapa esencial en el  camino a lo largo de esta serie, fueron expuestas en la conferencia que con el título “La pregunta por la Técnica”, pronunció en 1953. Durante días no he dejado de luchar contra este texto difícil, siempre a través de traducciones o comentarios en español o inglés. Hoy me atrevo a ofrecer una interpretación en la que he intentado pasar del duro lenguaje filosófico del autor  a otro más llano, accesible a todos. Ahí voy.

Heidegger es un filósofo obsesionado por la cuestión del Ser, quizá la más profunda y primaria de las que puede plantearse la filosofía.

Pero ¿qué es el Ser? Eso precisamente es lo que quiere investigar Heidegger. Sabe lo que no es el Ser, lo cual no deja de ser un punto de partida. Sabe que muchos grandes filósofos, a partir de Platón, se equivocaron en su búsqueda. Creyeron encontrar al Ser cuando solo habían encontrado a los entes, es decir, a los que son. Platón relegó el Ser al territorio vaporoso de las ideas, y con eso marcó un camino falso a todos los filósofos que lo siguieron. Para Heidegger, el Ser es la última realidad, la más básica, la esencia que poseen en común todos los que son. Por esto mismo, el Ser no tiene nada de metafísico. Heidegger acusa a los filósofos de haber encerrado al Ser en un sótano metafísico. De alguna manera, todo su trabajo va contra la Metafísica, que para él no es el reino de los filósofos, sino una imposible ficción.

El joven Heidegger es valiente. Para lanzarse a la búsqueda del Ser tiene que descubrir caminos nuevos, es decir, en términos filosóficos, inventar nuevas palabras o conceptos. Tiene que empezar de cero. Como no sabe lo que es el Ser, aunque sabe lo que no es, busca rastros del Ser por todas partes. Pistas, huellas que le dejen ir entendiéndolo, ir acercándose a Él. Esto es análogo a lo que hicieron muchos exploradores en el Himalaya cuando buscaban al yeti, el Abominable Hombre de las Nieves. Les hubiera bastado encontrar huellas de las patazas del yeti en la nieve para justificar sus esfuerzos. Pues eso hace Heidegger. Visita las realidades del mundo, el hombre, el arte, la técnica, con la esperanza de que el Ser haya dejado alguna huella en estos territorios, algo que lo ayude siquiera a empezar a entenderlo. Y después de toda una vida de exploración, Heidegger reconoce que ha fracasado, que no ha encontrado al Ser, sino solo algunos rastros que podrían ser de Él pero no ofrecen ninguna prueba concluyente de serlo.

Ahora bien, este hallazgo de algunos rastros del Ser justifica toda la vida que Heidegger ha dedicado a este esfuerzo. La pista del Ser más consistente que Heidegger encuentra es la palabra, hasta el punto que Heidegger dice que “el lenguaje (la palabra) es la casa del Ser”, queriendo quizá significar que el Ser ha pasado por el lenguaje, ha dejado sus pistas allí. Esto lleva a Heidegger a interesarse mucho por la poesía, en cuanto a que es en la poesía donde la palabra (el lenguaje) es más pura, está más despojada de concupiscencias externas: las palabras que hay en la poesía podremos no entenderlas, pero nunca nos van a engañar. Y si el lenguaje es la pista más contundente que tenemos del Ser, el hombre es precisamente nada menos que el portador del lenguaje, el hombre es “el guardián de la casa del Ser”. El Ser está oculto, o lo que es lo mismo, nos está oculto a nosotros los humanos, no podemos verlo. El Ser, para nosotros, es lo oculto, lo que se nos oculta. Todo lo que sea sacar algo de lo oculto es generar pistas del Ser, huellas del yeti sobre las nieves himaláyicas. Por eso Heidegger está muy interesado en las posibilidades que se le ofrecen de observar cómo se saca algo de lo oculto, como se generan pistas del Ser. La poesía es una fuente de pistas del Ser, porque a través de sus palabras inspiradas saca algo de lo oculto. Otra fuente de pistas del Ser es la Técnica. Por eso, aunque no solo por eso, Heidegger se ha interesado en pensar acerca de la Técnica y ha escrito "La pregunta por la Técnica"  que aquí nos está ocupando.



Al intentar el encuentro con Heidegger uno tiene que escalar las alturas más profundas. Pocos lo consiguen. Pero ahora, para hablar de cómo ha visto Heidegger a la Técnica, que es lo que me interesa tratar, puedo volver al suelo. Dejemos pues a Heidegger en sus Himalayas, pero sabiendo ya cuáles son las preocupaciones de este genio angustiado y por qué, con qué objetivos, ha puesto sus ojos en la Técnica.

Para Heidegger la Técnica es algo consustancial con lo humano, como lo son el lenguaje, el arte o la poesía. Desde una perspectiva histórica, distingue entre dos clases de Técnica:
-        .- La Técnica tradicional, o Artesanal, que es la que ha venido desarrollándose desde las primeras hachas de piedra tallada (hace 100.000-200.000 años) hasta la Revolución Industrial (en el siglo XIX).
-       .- La Técnica moderna, o Tecnociencia, que arranca con la Revolución Industrial, es una aplicación de las Ciencias y sigue desarrollándose en nuestros días.

A Heidegger le interesa y preocupa mucho más la segunda que la primera. Pero como filósofo que es, considera que por lo que debe preguntarse no es por la Técnica, sino por la Esencia de la Técnica. Es decir, no por las herramientas paleolíticas o las primeras máquinas de vapor o las centrales nucleares o la genómica humana, sino por lo que subyace en todas ellas.

Esta Esencia de la Técnica consiste en sacar algo de lo oculto, es decir, traer algo desde el Ser hasta nuestro mundo cotidiano. En esto consisten también el lenguaje (la poesía) o el arte. Todos ellos sacan algo de lo oculto,  trayendo a nuestro mundo, como por arte de magia, las pistas que nos deja el Ser, las cuales terminan siendo objetos de nuestro mundo, materiales o inmateriales, que podemos comprender, experimentar o sentir. En lo poético podría tratarse de una poesía de Hölderlin, el poeta preferido por Heidegger para buscar pistas del Ser. En lo técnico, Heidegger nos pone para que lo entendamos el ejemplo de una copa sacrificial de plata, un cáliz. El cáliz sale de lo oculto merced a la intervención de las cuatro causas que había definido Aristóteles: la causa material, que es la plata de la que está hecha; la causa formal, que es el diseño geométrico que la copa tiene; la causa final, que es el destino que se le da a esta copa, un destino sacrificial, por ejemplo contener el vino que en la misa católica se va a convertir en la sangre de Cristo; y finalmente, la causa eficiente, que es el hombre artesano que funde la plata y le da una nueva forma bajo la convicción de que lo que está haciendo es de alguna manera sagrado. Estas cuatro causas se coaligan, y en una suerte de misterioso arte de creación, ¡hale hop!, sacan de lo oculto una pista del ser, haciendo nacer en nuestro mundo una copa de plata, un objeto sagrado, un cáliz.

¿Cómo acontece ese “sacar de lo oculto” en el caso particular de la Tecnociencia? Esta es la pregunta más significativa que Heidegger se hace en lo que respecta a la Esencia de la Técnica. Consideremos el ejemplo de la energía nuclear, a la que vamos a ver como una pista del Ser, sacada de lo oculto por la coalición de sus cuatro causas eficientes: el Uranio radiactivo (causa material), los conocimientos científicos y tecnológicos que nos han permitido domeñar la fisión nuclear y diseñar una central nuclear (causa formal), la necesidad social de producir energía eléctrica (causa final) y los humanos (científicos e ingenieros) que controlan el funcionamiento de esta coalición (causa eficiente). Además de aquel milagroso salir de lo oculto que se daba en el cáliz de plata, aquí sucede algo más de enorme trascendencia: nuestra coalición no solo está sacando algo de lo oculto, sino que está provocando a ese algo, dándole la oportunidad de que genere, nada más nacer, sus propias coaliciones de causas, según sus propias leyes, y adquiera así vida propia. Porque en efecto, al poner en marcha el reactor nuclear de una central, se está generando una reacción en cadena que puede mantenerse controlada durante años, generando calor que se convertirá en electricidad, o puede escapar a nuestro control y dar lugar a accidentes tan terribles como los de Chernobyl o ahora Fukushima.

¿Cómo hemos llegado a desarrollar esta capacidad de provocar a lo que sale de lo oculto? Mediante la ciencia, es decir, la investigación y la acumulación del conocimiento científico. Para Heidegger, la Técnica Artesanal precedió históricamente a la Ciencia, que nació de ella (las redomas y hornos de los alquimistas, los telescopios primitivos de Galileo, el microscopio elemental de Leuwenhoek, etc), pero la Ciencia precede a su vez a la Tecnociencia, que se alimenta continuamente de ella, convirtiendo en provocación de lo que sale de lo oculto a lo que en la Ciencia es solo afán de conocimiento. Este es el problema.

O parte del problema. Porque la Tecnociencia dota al hombre de una capacidad de provocación de la Naturaleza que no conoce límites. Y como el hombre es, en definitiva, una parte de la Naturaleza, de autoprovocarse a sí mismo, lanzándose por caminos arriesgados que no sabe dónde lo van a llevar. Ejemplo de esta situación es el que nos dan hoy las capacidades que ya están haciéndose reales de manipular el genoma humano mediante las técnicas de ingeniería genética molecular. Trataré este tema en la próxima entrada, en relación con lo que postula el filósofo Sloterdijk. El hombre puede llegar a convertirse en un objeto para sí mismo, puede deshumanizarse o transhumanizarse en criaturas irreconocibles, posibilidad ésta que nunca había existido hasta ahora. Asunto, por tanto, lo suficientemente importante para que nos pre-ocupemos de él.

Resumiendo: la Técnica es peligrosa, la Tecnociencia lo es mucho más. Representa un peligro, un riesgo para la Naturaleza, pero también para el propio hombre, que puede llegar a convertirse, cayendo en la tentación faústica, en el demiurgo de sí mismo.

Lo que no significa que haya que rechazar la Tecnociencia, dejándose llevar por un primitivismo absurdo, sin salida. ¿Cómo podría el hombre renunciar a tantos beneficios como ha obtenido de ella? Basta con contemplar la capacidad de la medicina actual de prevenir la enfermedad, curarla y mitigar el sufrimiento. O lo que representa la electricidad para vivir con seguridad y confort. O las virtudes, que siguen siendo muchas, de la vida urbana. Tantos beneficios más como la Tecnociencia ha reportado al hombre.

Heidegger nos trae en su texto una poesía de Hölderlin, para hacernos ver la naturaleza del dilema con que nos enfrentamos:

<<Pero donde hay peligro, crece también lo que salva>>

Es decir, el propio peligro con el que se nos presenta la Tecnociencia trae consigo una esperanza de salvación. Pero ¿dónde radica, cómo es, dónde está, dicha esperanza?

En esto Heidegger no puede ser más claro. Empieza aportándonos otra estrofa de Hölderlin:

<<…poéticamente mora el hombre en esta tierra>>

Y termina diciéndonos:

“Como la Esencia de la Técnica no es nada técnica, la meditación esencial sobre la Técnica y la confrontación decisiva con ella tienen que acontecer en una región que, por una parte, esté emparentada con la Esencia de la Técnica y, por otra, sea fundamentalmente distinta a ella.
Esta región es el Arte”.

Lo que para mí significa, usando la terminología que he venido empleando en esta serie, que los peligros que se derivan del desarrollo extraordinario de la Técnica solo podrán ser conjurados desde el Humanismo y la Historia, los otros dos componentes de la cultura humana, que nuestro mundo hipermoderno se ha ido dejando atrás. No hay que tenerle más miedo a la Técnica que el que procede del extraordinario desfase que se ha producido entre su desarrollo y el del Humanismo y la Historia. La recuperación del sentido de la Historia nos dará una visión clara del futuro al que debemos y podemos aspirar. Y el relanzamiento del Humanismo hará que podamos poner buena parte de nuestras esperanzas de salvación en los artistas, los poetas y los pensadores.

Heidegger concluye su “Pregunta por la Técnica” con estas bellas palabras:

“Cuanto más nos acerquemos al peligro, con mayor claridad empezarán a lucir los caminos que llevan a lo que salva, y más intenso será nuestro preguntar. Porque el preguntar es la piedad del pensar”.

La belleza de una tarde soleada en Duhatao

Después de varios días de temporal, sale el sol y se produce un milagro. El reloj vital de Chiloé marca ahora el tiempo en que florecen el michay y el pello-pello, los primeros que lo hacen, anunciando con sus anaranjados y sus blancos la llegada de la primavera. He traído varias fotos solo para ofrecer algunas señales tímidas de lo que viene, pero me dejo atrás muchos otros detalles de cómo toda la naturaleza empieza a despedir al invierno.

Las rocas que cubren la desembocadura del río Duhatao. Días, noches, meses y años resistiendo el poder destructor de las grandes olas que les llegan desde el Pacífico. Ahí siguen, nuestras vidas son tan cortas que no percibimos sus cambios. El día que la primera de ellas desaparezca, el calcio de mis huesos, si es que muero aquí, estará ya incorporado en el esqueleto de algún animal marino que yacerá en el fondo del mar esperando su oportunidad de hacerse roca para convertirse en montaña.



Una de las grandes rocas que se alza entre Duhatao y Pumillahue. Fuera aparte de su belleza, ¿sirven para algo? Pues sí, ya están llegando a ellas las gaviotas que se aparearán y anidarán allí, librando así sus huevos de las apetencias de los humanos, que los consideran un alimento exquisito. (Cliqueando sobre la foto y ampliándola pueden verse algunos puntitos blancos que son gaviotas, de esas impacientes que no quieren llegar tarde y quedarse sin sitio).


Un machito pudu, con sus botones de piel de melocotón en la frente que protegen los cuernos incipientes, otra proclamación de la llegada de la primavera.
Me miraba con la belleza y la inocencia que estos animales muestran, como si  quisiera decirme, simplemente: "Aquí estoy yo. Tú, ¿?quién eres?"







Y el bosque de viejos olivillos al fondo, grises y endurecidos por los vientos del mar, cargados éstos de sal cuando hay temporal. Delante, canelos y pello-pellos jóvenes, entre los que suelen pastar los pudués.










Ah!, y para colmo, esta mañana, un picaflor revoloteaba como un abejorro grande, él que es tan pequeño, alrededor de un michay florecido que hay delante de mi ventana. Viejos amigos, viejos recuerdos. ¿Se puede pedir más?

domingo, 11 de septiembre de 2011

Crisis de fé

Angelitos en un cuadro de Murillo

Fui un niño precoz en muchos aspectos. La precocidad está casi siempre ligada a la ingenuidad, el niño precoz suele ser, a la vez, inocente, aunque a primera vista esta afirnación pueda parecer un contrasentido. Por ser precoz tuve mi primera crisis de fé a los cinco años. Esto es notable, porque una crisis de fé es siempre una experiencia metafísica, y se supone que eso se queda para las personas mayores.

Las cosas sucedieron así. Yo era un niño especialmente bueno y religioso, aunque no por ello dejaba de tener mis demonios dentro. A veces se me ocurría pensar que podía morirme en cualquier momento. Razonaba que si me moría, siendo yo como era, tendría forzosamente que irme al cielo. Ya me imaginaba allí. Como era un crío, mi sitio estaba junto a los angelitos que, en las pinturas que yo veía en las iglesias, rodeaban a Dios entre nubes. Hasta aquí estupendo, ¿acaso podía aspirarse a más? Pero entonces entraba en acción mi despiadada lógica infantil. Yo hacía una simulación temporal: el primer año, sublime; el segundo, fantástico; el tercero, ¿habría novedades?, el cuarto, el quinto...…  el estupor me invadía… enseguida me daba cuenta de que la posibilidad de estar como un angelito en el cielo, durante toda una eternidad, me resultaba insoportable. Esto me escandalizaba, rompía todos mis esquemas, no podia aceptarlo, algo de lo que me habían contado sobre el cielo tenía que estar equivocado… porque si no lo estaba… A partir de aquí la crisis de fé irrumpía en mi sensibilidad como un tropel de caballos locos.

No duraba mucho, al fin y al cabo yo era un niño, y los niños tienen demasiada vitalidad para aguantar mucho tiempo junto a lo inexplicable.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Borrascoso Heidegger


Hoy temporal del Noroeste en la costa de Chiloé. Mucho viento y lluvia, grandes olas que baten implacables sobre las rocas, la cabaña gimiendo en todas sus estructuras como si fuera un barco en la mar, pero resistiendo bien, mientras las gotas que a veces son de granizo crepitan con fuerza sobre el tejado de chapa. Salí temprano por leña y mantengo la estufa encendida a tope, como estaría la vieja caldera de vapor del mercante “Nan Shan”,  de Joseph Conrad, cuando un tifón lo estaba hundiendo frente a las costas de China. El viento llena de murmullos y gritos fantasmales  todos los rincones de la casa, a veces parece como si te hablara al oido, otras simplemente se queja.  Un tiempo este para imaginar aventuras y temer averías, en el que tienes que salir a descubierto para ver si el sombrerillo de la chimenea sigue en su sitio, y la lluvia te abofetea en horizontal y el viento quiere arrastrarte hacia un sotavento boscoso, donde quizá algún trauco intente protegerse bajo las quilas, maldiciendo al destino.

En días así se escribe y se lee mejor que nunca. Yo he hecho de todo un poco. De lo que más satisfecho estoy es de haberme enfrentado, una vez más, con "La Pregunta por la Técnica" , de Heidegger, un texto difícil, como todos los suyos, que en su traducción al español se vuelve casi imposible. Don Miguel de Unamuno aprendió danés solo para leer a Kierkegaard, pero yo no tengo tiempo ni altura para hazañas así. Hoy lo he entendido algo mejor que la última vez que lo intenté, pero todavía estoy lejísimos de una comprensión aceptable. Esos sustantivos que se inventan los filósofos alemanes y que son intraducibles lo impedirán por siempre. Aún así, voy llenando algunos de los muchos huecos que no comprendo, reconstruyendo, como un arqueólogo con pedazos sueltos de cerámica, mi propia versión del inextricable texto. Siempre que ésta tenga sentido para mí me daré por satisfecho, ¿qué otra cosa, si no, puedo hacer? 

viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Regresa Dios?

La situación de las sociedades de Occidente en lo que respecta a la idea de Dios podría describirse así: en un extremo están los que, con Nietzche y Dawkins, creen que Dios murió hace tiempo. En el otro están aquellos para los que Dios no ha dejado nunca de estar presente. En el centro hay una masa humana que incluye desde los creyentes en Dios pero no practicantes hasta los ateos de hecho aunque no militantes, pasando por un centro lleno de agnósticos que se sienten más o menos indiferentes ante lo religioso.

Dostoyevski fue el primero en alertarnos de las consecuencias que la muerte de Dios podría tener, cuando dejó escrito en los Hermanos Karamazov, casi a finales del siglo XIX: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

Heidegger
Como consecuencia de la terrible experiencia que vivió Occidente con el nazismo y los campos de exterminio, algunos filósofos, desde posiciones estrictamente imparciales,  han querido advertirnos de que Dios quizá siga  siendo necesario. El más insigne por sus méritos y claro por sus planteamientos  fue Heidegger, quien en una famosa entrevista que le hizo el semanario Der Spiegel en 1966, se expresó con inusitada claridad. Diez años antes de su muerte, el filósofo estaba a punto de retirarse como profesor en la Universidad de Friburgo y tenía  77 años.  La entrevista comienza dialogando con el periodista acerca de las connivencias que Heidegger pudo tener con el nazismo cuando fue rector de la Universidad de Friburgo, entre 1933 y 1934. Luego hablan de la Técnica. Heidegger está muy preocupado con la predominancia de la Técnica en las sociedades occidentales. El periodista, provocándolo, le dice con respecto al bienestar técnico de que disfrutamos:

Der Spiegel: “Todo funciona. Cada vez se construyen más centrales eléctricas. Cada vez se producirá con mayor destreza. En la parte del mundo altamente tecnificada, los humanos están bien atendidos. Vivimos en un estado de bienestar. ¿Qué falta en realidad?”

Y Heidegger le contesta con unas palabras que merecen ser citadas en su integridad:

Heidegger:  “Todo funciona. Esto es precisamente lo inhóspito, que todo funciona y que el funcionamiento lleva siempre a más funcionamiento y que la técnica arranca al hombre de la Tierra cada vez más y lo desarraiga. No sé si Vd. estaba espantado, pero yo desde luego lo estaba cuando vi las fotos tomadas de la Tierra desde la Luna. No necesitamos bombas atómicas, el desarraigo del hombre es un hecho. Sólo nos quedan puras relaciones técnicas. Donde el hombre vive ya no es la Tierra. Hace poco tuve en Provenza una larga conversación con René Char, el poeta y resistente, como Vd. sabe. En Provenza se han instalado ahora bases de cohetes y la región ha sido devastada de forma inimaginable. El poeta, que no es precisamente sospechoso de sentimentalismo y de glorificar el idilio, me decía que el desarraigo del hombre, que está sucediendo, es el final, a no ser que alguna vez el pensar y el poetizar logren alcanzar el poder sin violencia”.

Hacen luego unas disgresiones sobre este desarraigo (esta alienación) que la Técnica está produciendo en los humanos. Luego el periodista le pregunta si los humanos, quizá con la ayuda de la filosofía, pueden todavía salvarse ellos y salvar al Mundo. Y Heidegger contesta:

Heidegger: “Con esta pregunta volvemos al comienzo de nuestra conversación. Si se me permite contestar de manera breve y tal vez un poco tosca, pero tras una larga reflexión: la filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Sólo un dios puede aún salvarnos. La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso; dicho toscamente, que no «estiremos la pata», sino que, si desaparecemos, que desaparezcamos ante el rostro del dios ausente”.

El comienzo de la frase en clarísimo, el final un poco oscuro. Yo interpreto que lo que el gran filósofo quiere decir es que necesitamos un dios que nos acompañe en la vida o del que al menos tengamos la seguridad de que nos está esperando al otro lado de la muerte (el ocaso).

Sloterdijk
Más recientemente, el 27 de mayo de este año, el periódico francés  Le Monde pone a dialogar sobre la crisis actual del Occidente a dos filósofos en boga, el alemán Peter Sloterdijk y el esloveno Slavoj Zizek. Ambos están de acuerdo en que en lo hondo de la crisis que estamos viviendo hay una visión pesimista del futuro. Este se nos acaba, el mundo está abocado a una crisis ecológica sin precedentes y además los occidentales vivimos muy por encima de nuestras posibilidades, lo que nos precipita en una crisis económica y financiera que podrá durar muchos años. Para empeorar nuestra situación, la Humanidad, por efecto de las comunicaciones, es ya solo una, nos conocemos y reconocemos perfectamente unos a otros desde un extremo al otro de la Tierra. Las enormes desigualdades entre continentes serán cada vez menos soportables por sus víctimas, lo que generará desorden y conflicto.

En mi opinión, esta visión que los dos filósofos plantean es demasiado apocalíptica, aunque básicamente certera. Tiene la frivolidad del académico que juega a catastrofista desde su torre de marfil. Sin embargo me pareció interesante el planteamiento que se hacen los dos y que resumo a continuación:

Zizek
Se acabó el tiempo del crecimiento sin límites, los recursos se van a hacer pronto escasos y habrá que compartirlos entre todos. El capitalismo no podrá gestionar esa necesaria igualación en la pobreza. La única solución es el comunismo, pero no podrá ser un comunismo de raíz marxista, sino uno en el que el individuo humano sea protagonista. Y este comunismo necesario se parece mucho al que practicó el Cristianismo en sus tiempos primitivos. 

Los dos filósofos son ateos. Por eso propugnan la necesidad de un cristianismo ateo, un cristianismo sin Dios, o con un dios inventado. Donde todos los humanos sean iguales y participen por igual en la alegría de un mundo que ya no será pobre porque no habrá ricos. Interesante. Discrepo parcialmente de sus planteamientos, porque ese dios de los ateos que propugnan solo puede ser una criatura creada y promovida por la Tecnología, es decir, lo que terminan proponiendo estos filósofos es una solución tecnológica más, apoyada en un marketing de masas. Pero estoy de acuerdo en cuanto a que el mundo del futuro, ese que,en la segunda mitad del siglo XXI,  se habrá escapado del desastre por un pelo , solo podrá ser un mundo igualitario, no capitalista, sino comunista, pero con un comunismo que no estará  dirigido por el proletariado y el partido, sino interiorizado por la mayoría de los individuos. Algo que quizá se parezca más a un anarquismo noviolento y no utópico.

¿Cómo y por dónde se podrá llegar a eso? Ni idea. En situaciones  como ésta solo puede verse un final, entre otros posibles. Este final entrevisto podría ser un comunismo monoteísta, en el que sea Dios el que nos iguale a todos, pero desde el corazón. Quizá incluso un comunismo cristiano, probablemente aligerado de unas estructuras eclesiales pesadas y anticuadas, aunque conservando sus esencias más profundas.

Quién sabe lo que puede pasar. Pero lo que me parece interesante es que, después de la muerte de Dios hace más de dos siglos, vuelve a ponerse de manifiesto, aunque todavía de una forma larvada, la necesidad que los humanos tenemos de Él.

Aunque también cabe que todas estas aguas revueltas solo sean el resultado de una crisis pasajera. Pero uno se queda pensativo, con ganas de pararse por unos momentos en el borde del camino para poner en marcha la imaginación y la reflexión, juntas las dos, si ello es por fin posible.