sábado, 9 de abril de 2011

Diabluras de la Fiura, mujer del Trauco

Las aguas que frecuenta la Fiura son difíciles de ver, porque corren por lo más hondo de los bosques, escondidas bajo el sotobosque. La foto muestra un lugar encantado, cercano a mi cabaña, donde confluyen varias vertientes. Uno puede oír el correr del agua, pero solo ve los helechos y los juncos bajo los que se esconde, a no ser que se acerque mucho. Este murmullo del agua que corre bien podría ser, a veces, el canto de la Fiura.




Esta historia me la ha contado también, como la del Caleuche en el río Pudelle, mi amigo Nelson Ampuero. Está relacionada con el Trauco en dos aspectos: transcurre en los bosques espesos y solitarios en los que viven criaturas sobrenaturales de las que es siempre difícil saber, cuando te encuentras con ellas, si sus intenciones son buenas o malas; y tiene por protagonista a la Fiura, personaje destacado de la mitología chilota de la que algunos dicen que es la mujer del Trauco, es decir, la hembra a la que el Trauco fecunda para asegurar su descendencia.

Esta interpretación de las relaciones de Fiura y Trauco, aunque es la, por así decirlo, oficial, no está generalizada. Mi amiga María, por poner un ejemplo de una chilota que se ha criado aislada en el campo, no conoce ni reconoce a la Fiura, y como contrapartida tiene una fe absoluta en la existencia del Trauco, al que como ya he contado en estas páginas, ella y muchos más llaman el Roende. Para María el Roende es una criatura espiritual, y quizá como consecuencia, inmortal. Uno no se pregunta cómo se reproduce el Roende, que emana de los bosques como una transustanciación de los mismos, eso es todo.

Pero la Fiura, por el simple hecho de su existencia, rebaja al Trauco de una categoría mitológica semejante a la de un dios griego, que es inmortal y por lo tanto libre de las angustias de reproducirse, a la de un héroe, siempre mortal salvo en el caso de Hércules, héroe pues mortal que tiene que buscar a la hembra para asegurarse esa   pseudoinmortalidad transmitida que a los padres nos dan nuestros hijos hijos. La Fiura está a la misma altura degradada del Trauco, es digna de él: pequeña, fea feísima, con un aliento maloliente y llena de pasiones perversas. Así como el Trauco es el señor indiscutible de los bosques más salvajes, la Fiura lo es de las aguas que corren por ellos, siempre escondidas bajo el manto de los árboles inmensos. Le gusta a la Fiura estar cerca del agua, de las lagunas misteriosas o de esas zonas bajas en las que confluyen varias vertientes; por esos sitios es donde se la puede encontrar. De acuerdo con el carácter de esta criatura mitológica, su genealogía está llena de desgracia y perdición, porque es hija de la que llaman la Condená, una mujer, cien por cien humana, que en su día fue una joven muy bella pero que se dejó perder por las malas pasiones y los vicios, terminando como un ser depravado, repudiado por todos los humanos, que vagaba solitario por los bosques. El Trauco fecundó a la Condená y de ella nació la Fiura, que a su vez fue y ha seguido siendo fecundada por el Trauco, estableciéndose así un linaje incestuoso, marcado por la desgracia.

Pues de un encuentro con la Fiura trata esta historia que me contó Nelson Ampuero. Es tan apasionante como la que también me contó del Caleuche, que he publicado en este blog algunas páginas más arriba. Su protagonista es otra vez el padre de Nelson, Ricardo Ampuero, que fue quien se la contó a él. Siendo Nelson el menor de 18 hermanos, su padre lo mimaba mucho. Había noches que el niño no se podía dormir y su padre se lo llevaba a su cama y le contaba historias como ésta. Supongo que a Nelson no le entraría sueño con ellas, sino que se desvelaría totalmente. Pero incrustadas en él se quedaron, las lleva con todo orgullo en su bagaje humano, sin olvidar el menor detalle, como tesoros de la milenaria mitología chilota que forman parte de su cultura personal.

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“Mi padre Ricardo Ampuero había entrado ya en la segunda de sus vidas. Había dejado las soledades de Puchilcan y vivía en Ancud. Su primera mujer había muerto y se había casado con la segunda, mi madre, de la que había empezado a tener hijos, aunque yo, Nelson, todavía no había nacido.
Aún viviendo en Ancud, Ricardo Ampuero seguía ganándose su vida en el campo, convertido ahora en un experto fabricante de tejuelas de canelo, lo que lo tenía casi siempre en los bosques. También hacía carbón vegetal. Esta segunda actividad solía practicarla en las propiedades del tío Pancho, que se extendían por los cerros que hay a unos 7 km al Sur de la playa de Lechagua, según se sube por el camino de Pauldeo, que todavía hoy existe. El tío Pancho ponía sus árboles y Ricardo Ampuero sus habilidades como leñador y carbonero, en un negocio en el que iban a medias.

Acompañaba en esta ocasión a mi padre mi hermano Lucho, que tenía catorce años. Estaban haciendo carbón, que consiste en quemar muy lentamente un montón de leña,  con muy poco acceso de aire, de modo que la combustión sea incompleta y los trozos de leña se conviertan así en carbón vegetal. Tenían el horno  a unos tres kilómetros de la cabaña del tío Pancho. La mayoría de las noches iban a dormir a ésta, pero a veces, cuando terminaban tarde la faena, se quedaban junto al horno, en una rancha hecha con unos cuantos  palos a modo de carpa, cubierta con junquillos para protegerse de la lluvia y con el suelo convertido en colchón mediante una capa de paja ratonera; tendría unos tres metros cuadrados, el tamaño justo para que padre e hijo pudieran deslizarse dentro a dormir.

Aquella noche habían decidido quedarse a dormir en la rancha porque ya era tarde. Lo que comían normalmente cuando estaban en el monte era un estofado de chelquican con papas. El chelquican es carne de vacuno cortada en tiras muy finas, salada y puesta a secar y ahumar colgando del techo, justo encima del fogón de una de aquellas cabañas antiguas. En el monte,  ponían agua a hervir en una olla sobre una candela y allí echaban las papas peladas y el chelquican, obteniendo así en poco tiempo y en condiciones muy precarias una comida bastante nutritiva. Pero aquella noche les faltaba agua para el guiso. Había un pozo a unos doscientos metros de distancia. Ya era oscuro, pero mi padre mandó a mi hermano Lucho a coger el agua mientras que él preparaba el fuego.

Lucho tardaba en volver y nuestro padre empezó a preocuparse. De pronto empezó a oír los gritos de Lucho, con voz desgarrada: ”Papá, papá, que me llevan”.

Mi padre Ricardo no lo pensó dos veces. Cogió su machete, el que había traído de Comodoro Rivadavia, en Argentina, el mismo con el que consiguió librarse del enorme perro negro que resultó ser el capitán del Caleuche, y echó a correr hacia el pozo. Lucho no dejaba de gritar desesperadamente. Cuando mi padre llegó al pozo Lucho ya no estaba allí, pero las voces de mi hermano le marcaron la dirección en la que se lo llevaban. Mi padre arrolló el monte corriendo, a la vez que gritaba a quién fuera el raptor que soltara a su niño o lo iba a degollar. Así hasta que tropezó en la oscuridad con Lucho, tendido en el suelo y llorando.

En brazos lo llevó mi padre hasta la candela, junto a la rancha. La luz brillante y cálida del fuego fue disipando poco a poco el terror de Lucho, hasta que por fin dejó de llorar y pudo hablar. Le contó a nuestro padre que estando él sacando el agua del pozo, alguien lo atrapó por detrás. Estaba muy asustado, pero se debatió e intentó liberarse. Quien lo había cogido tenía el pelo muy largo y cuerpo de niña. “Era mucho menos alta que yo”, le contó Lucho, “como mucho me llegaba al pecho”. También le explicó que era muy delgadita, pero tenía una fuerza tremenda, muchísima más fuerza que él. “Me arrastraba hacia el bosque y yo no podía evitarlo”.

Mi padre comprendió enseguida que se trataba de la Fiura, a la que también se podría llamar la Trauca, porque era la mujer del Trauco. Vive en lo más hondo de los bosques pero siempre cerca del agua. Le gusta raptar a hombres jóvenes para seducirlos. Luego los vuelve locos con un soplido de su aliento fétido y los deja vagando por el bosque, a su servicio, hasta que mueren.

Pero por supuesto mi padre no le contó entonces nada de esto a mi hermano Lucho. Le dijo que habría sido una alucinación suya, que a veces pasan estas cosas en el bosque. Solamente mucho más tarde, cuando ya estaban en Ancud, le explicó la verdad”. 

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Una vez que me la ha contado, Nelson y yo hemos discutido esta historia de la Fiura. Yo he argumentado cómo, si es tan fiera y tiene un aliento fétido tan poderoso, no se revolvió contra Ricardo Ampuero y lo neutralizó, pudiendo así llevarse a su hijo Lucho. Hemos llegado a la conclusión de que estos personajes mitológicos de los bosques chilotes no son, al igual que otras criaturas sobrenaturales, ni buenos ni malos en el sentido que los humanos le damos al Bien y al Mal. Sus reacciones a nuestra presencia o nuestra provocación son siempre imprevisibles. Por eso, más que porque sean absolutamente malignos, es por lo que no nos conviene encontrarnos con ellos.


A mí, que no soy experto en mitologías (de hecho no soy experto en casi nada; por definición, solo se puede ser experto en poquísimas cosas) los personajes mitológicos chilotes me recuerdan más y más, a medida que los voy conociendo, a los dioses griegos y su cohorte de semidioses, héroes, sátiros y ninfas de los arroyos. Representan a las grandes fuerzas del cosmos tal y como este Cosmos se hace presente en Chiloé. Son entes espirituales que no tienen el trasfondo moral e intelectual característico de los humanos. Quizá por eso resultan, desde nuestro punto de vista, caprichosos, imprevisibles, incomprensibles. Pero lo que son es, sencillamente, otro misterio bien distinto al nuestro. Las leyendas que montamos acerca de ellos constituyen nuestro esfuerzo por humanizarlos para así intentar comprenderlos.

Y solo pueden hacerse presentes allí donde se dan los campos de fuerzas que de alguna manera los constituyen. El Trauco o Roende, por poner un ejemplo, solo puede encontrarse en bosques como los chilotes. Sería absurdo buscarlo en Santiago o en Madrid, como sería absurdo que un santiaguino o un madrileño creyeran en su existencia. El Caleuche, por poner otro, solo puede hacerse presente en costas tan bravas y peligrosas como las chilotas que se abren al Pacífico. No porque represente a estas costas en lo que tienen de material, sino al sufrimiento y la desgracia que tantos marinos durante tantos siglos han padecido a lo largo de ellas.

Ya sé que todo este asunto es mucho más complicado de como yo lo estoy razonando. Solo pretendo aproximarme un poquito, casi nada, al inmenso problema de comprenderlo. Aunque lo más sensato quizá sea lo que hacen muchos chilotes: limitarse a sentirlo.

Esta cascada está  cerca del canal Moraleda, frente al archipiélago de los Chonos. Pero en Chiloé  también las hay así. El agua que corría escondida bajo el bosque se descubre totalmente cuando se precipita al mar. Está ya en los dominios de la Pincoya, bella y buena. Se ha librado de las sombras tenebrosas que antes ha compartido con la desgraciada Fiura, a la que deberíamos compadecer.

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