martes, 12 de abril de 2011

Las olas son aguas hechas olas de agua

(Conviene cliquear  en la foto para verla en todo su tamaño)

La foto ilustra el Pacífico visto esta tarde desde la costa de Chiloé. Si asignamos los puntos cardinales a cada uno de sus lados, Norte arriba, Sur abajo, Oeste izquierdo y Este derecho, hay una mar de fondo que viene formada en olas grandes y regulares procedentes del NNW , y una mar de viento que hoy era  lo que los marinos llaman rizada, hecha de olas mucho más pequeñas, impulsadas por  brisas locales sin dirección fija.

La mar de fondo siempre se forma lejos de donde uno la observa como tal, viene hecha por vientos muy fuertes que están soplando en aguas lejanas, constantemente en la misma dirección. La mar de viento es la que el viento que nos está soplando a nosotros en la cara, levanta en olas en las mismas aguas en que la estamos observando. 
Una y otra pueden variar mucho en altura y peligrosidad. Las olas de la mar de fondo pueden ser majestuosamente altas o casi inapreciables. Las de la mar de viento, rizos como los de la foto cuando soplan brisas, u olas enormes, encrespadas y peligrosas cuando soplan temporales.

La situación no es la misma cerca de la costa que en mitad de un océano. En este último caso, las mares de fondo pueden llegar hasta donde estamos desde muchas direcciones distintas.  Los vientos que nos dan en la cara también pueden cambiar mucho de dirección y fuerza, de manera que las mares de viento varíen mucho en dirección y tamaño de las olas. El resultado final es que en mitad de un océano lo que uno suele ver no son trenes de olas que avanzan disciplinadamente en una dirección constante, sino olas individuales que suben y bajan, se hinchan y desaparecen, aquí y allá, con intensidades muy variables. Salvo que se entable un fuerte temporal de viento en una dirección determinada, lo que en general, solo sucede a veces.

Hace algunos años tuve la oportunidad de cruzar el Atlántico desde Europa hasta América y vuelta en un pequeño velero. Me harté de ver olas de todos los tamaños, empleando el verbo hartarse en el sentido de saciarse sin cansarse nunca. Al mismo tiempo iba leyendo un libro, "El Monje y el Filósofo", integrado por una serie de conversaciones entre un padre y su hijo. El padre y filósofo era Jean Francois Revel, un gran  humanista y periodista francés que ha muerto hace poco. El hijo y monje Matthieu Ricard, biólogo molecular que estando en la culminación de su éxito, trabajando con el Nobel francés Francois Jacob, lo abandonó todo y se hizo monje budista. Las conversaciones versaban sobre la comparación entre dos mundos, el Occidente librepensador de raíces cristianas y el Oriente budista y tibetano.

A lo largo de muchos días viviendo al ras de las olas oceánicas, tuve la oportunidad de integrar, sin darme cuenta, lo que leía en el libro con lo que veía en las aguas, hasta que un día la síntesis se me dibujó claramente en el pensamiento, sorprendiéndome. 

La vida individual y la historia de los humanos se asemejan a la superficie del mar. Todos los humanos y las colectividades que formamos, subimos y bajamos, en esperanzas y decepciones, éxitos y fracasos, amores y desamores, optimismos y miedos, paces y guerras, prosperidades y pobrezas. Pero tanto nuestras subidas como nuestras bajadas están limitadas en su magnitud. Subir puede verse como la primera parte de lo que terminará siendo una bajada, y bajar como la primera parte de lo que terminará en subida. Desde esta perspectiva, que sería la oriental o budista, lo importante en la vida no es subir o bajar, sino profundizar en el yo interior, buscar la paz en el conocimiento de los tesoros  que en uno mismo y  en los demás permanecen habitualmente ocultos. Sentirse en definitiva agua, intensamente agua, más que olas que suben y bajan, vienen y van. Sentir lo permanente en el seno de lo mudable.

Pero también sucede en la vida y en la historia que a veces soplan viento fuertes de dirección constante, que forman trenes de olas que avanzan mucho en una dirección fija. Desde esta perspectiva, que sería la occidental o cristiana, nuestro objetivo en la vida tiene que ser subirnos en la ola del progreso, o de la salvación, o de la caridad, o de la justicia, o de la libertad/igualdad/fraternidad, o la de un planeta que camina decidido a llegar a ser por fin solidario y sostenible. Sentirse en definitiva ola, intensamente ola que avanza, más que aguas que solamente suben y bajan. Sentir lo que progresa en el seno de lo que no cambia.

Creo que las dos perspectivas son válidas, complementarias y hasta integrables. Que lo esencial es aceptar que el camino de la vida y de la historia es a la vez horizontalmente lineal, como el de la trayectoria de una ola, y verticalmente circular, como el de las partículas de agua por sobre las cuales esa ola pasa. Que lo importante es mantener un equilibrio entre los dos movimientos.

Yo me he sentido a lo largo de mi vida mucho más ola que agua. Puede que ya sea tarde para arrepentirme, pero no para avisar a los más jóvenes, aunque no me hagan mucho caso. 

En cuanto a Chiloé, creo que es mucho más agua que ola. Quizá sea eso lo que he venido a buscar aquí.

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