jueves, 7 de marzo de 2013

Nueva York


Si alguna capital tiene el mundo, si hay alguna ciudad que merezca ese título por el que se la reconoce como el símbolo de las esperanzas que han puesto los humanos desde muy antiguo en la búsqueda de una vida mejor en una gran urbe, esa es Nueva York (NY).

Porque NY tiene pocas iglesias, ninguna fortaleza y muchas torres muy altas, los rascacielos, construidos a la medida exacta de las ambiciones humanas, siempre inagotables. Es una ciudad hecha desde sus subterráneos más hondos hasta sus techos más altos con el esfuerzo de oleadas de inmigrantes que han venido a habitarla desde todos los rincones del mundo, llegando sin otra cosa que sus ilusiones y su coraje, lo que no es poco.

Como capital del mundo, NY es una ciudad de extremos, despiadada en muchos aspectos pero en la que muchos millones de refugiados han podido encontrar su rincón donde vivir y un futuro para sus hijos. Aquí te encuentras lo mejor y lo peor de las tribus urbanas. Yo he visto en Nueva York cosas que difícilmente habría podido ver en otro sitio.

Me he cruzado en una calle de Brooklyn con una señora que llevaba marcados en su brazo, bien visibles en un día de verano caluroso, los números tatuados en azul muy oscuro de un campo de concentración nazi, mostrándome con su presencia la horrible realidad del Holocausto. En el Bowery me he tropezado con la miseria triunfante de unos viejos que han encontrado en el alcohol y la soledad su último consuelo y que, tú te das cuenta, morirán pronto con la dignidad del que ya no tiene ninguna esperanza. Y en un Harlem que afortunadamente dejó de existir llegué a ver unas calles machacadas por la pobreza y el abandono, cruzadas por unos afroamericanos abandonados a sí mismos que entonces daban miedo a los demás neoyorquinos.

Pero también he visto la belleza bucólica del Central Park, donde desde hace tiempo los niños juegan tranquilos y los novios se prometen fidelidad y se besan a la vista de un público amable. Y las calles de Manhattan llenas de vida, de tiendas maravillosas donde te ofrecen todos los tesoros a los que puedes acceder con el dinero. O las de Brooklyn con el intimismo urbano de una ciudad de provincias. Y la increible densidad de focos de alta cultura de una NY que vibra de inteligencia y ambición de saber: la NY Public Library, una de las bibliotecas más grandes del mundo; el Museo de Arte Moderno, el MOMA, una catedral del arte donde un español desgraciado como yo tuvo que venir entonces para ver el Guernica de Picasso, mi Guernica; el Museo Americano de Historia Natural, donde descubres una tradición museística norteamericana que no se parece en nada a la europea y que arde con la pasión de divulgar cultura entre la gente; el museo Guggenheim, un templo para entregarse a la contemplación del arte; tantos, tantos, tantos más templos del saber y la cultura.

El cosmopolitismo de esta ciudad supera al de cualquier otra. En la catedral católica, en plena Quinta Avenida, he visto altares dedicados a santos y decorados con la misma cálida ingenuidad que si estuvieran en la iglesia de una pequeña ciudad latinoamericana o española. Y una vez que por falta de dinero me hospedé en un hotel ruinoso de la Calle 42, inmenso y dedicado principalmente a albergar jubilados con pensiones escasas, me topé con los ratones de Nueva York, los más golfos y caraduras que he conocido; aquel día habíamos hecho algunas compras, que cuando llegamos al hotel dejamos metidas en sus bolsas de papel encima de la mesa central de nuestra destartalada pero enorme habitación; nada más apagar la luz oímos ruidos, y cuando inmediatamente la volvimos a encender seis o siete ratoncillos se ocupaban afanosos en curiosear nuestras bolsas. Sentado en la cama, les grité para espantarlos, pero lo único que hicieron fue volver una mirada entre curiosa y despreciativa hacia mí, e inmediatamente seguir en lo suyo. Tuve que levantarme, acercarme a la mesa y dar varias palmadas para que finalmente salieran corriendo hacia su madriguera, un agujero en la pared como los que yo había visto muchas veces en las películas de Tom y Jerry. Estoy seguro de que si alguno de aquellos ratoncillos se hubiera encontrado a la mañana siguiente conmigo en algún pasillo de aquel hotel, me habría saludado con un afectuoso good morning.

Hay algo que no debe faltar en una visita a NY: el peregrinaje a la Estatua de la Libertad. Los franceses demostraron su buen gusto haciéndole este maravilloso regalo a una ciudad que se lo había merecido con creces. No solo vale la pena ver la inmensa Estatua y culebrear por dentro de ella como una célula sanguínea hasta llegar a su corona, sino que la perspectiva de los rascacielos de Manhattan desde allí o en el ferry de vuelta es grandiosa. El espíritu de NY te entra por los ojos y se busca un lugar imborrable en tu memoria.

Para terminar: es posible que en NY puedas llegar a sentirte solo, pero nunca extranjero. Compendio de la humanidad, de sus grandezas y miserias, USA recibió y sigue recibiendo buena parte de sus jugos vitales a través de ella. Y para todos los que en el mundo han sido desplazados por el sectarismo, la tiranía, la sinrazón, la injusticia o simplemente la mala suerte, NY ha sido, es y seguirá siendo un refugio donde siempre será posible volver a empezar. 

Esa es, por encima de todo lo demás, su grandeza.

Manhattan desde la Estatua de la Libertad

Chávez


Ayer murió el presidente Chávez de Venezuela. Ejemplo de líder populista, con una fuerte personalidad, siempre me recordó a José Dolores, el esclavo que se levanta contra un régimen colonial en la película Queimada (1969) de Gillo Pontecorvo.

El drama de muchos populismos ha sido relativamente simple. En un país con grandes diferencias sociales, una minoría dominante muy rica frente a una mayoría pobre e ignorante y entre ellas una incipiente clase media, se rebela un líder carismático en nombre del pueblo para acabar con la injusticia. Pero por buenas que hayan sido sus intenciones iniciales, acaba actuando no en nombre del pueblo, que en términos democráticos equivale a la ciudadanía en su conjunto, sino de la parte más empobrecida del pueblo, y no en contra de la minoría antes dominante, que fácilmente se le escapa, sino de la incipiente clase media. Se establece así un régimen que ya no es revolucionario sino clientelar y populista, con una casta política o políticomilitar que se mantiene demagógicamente en el poder y fácilmente se corrompe, unas masas populares que reciben una parte ahora mayor de la riqueza del país pero como donaciones que no le permiten salir de su empobrecida ignorancia, y una clase media absolutamente machacada, incapaz de promover el desarrollo social y económico del país.   En definitiva, un círculo vicioso con muy difícil salida.

¿Ha sido este el caso de la Venezuela de Chávez? Yo no lo sé, no conozco suficientemente ese país. Si sé dos cosas: que muchos pequeños empresarios venezolanos, representantes de una clase media emergente, se han arruinado con el chavismo, y que la inseguridad ha aumentado mucho en las calles de Venezuela.

En cualquier caso, no me permito dudar de la buena voluntad que Chávez haya podido tener en su lucha por una revolución bolivariana. Lo malo es que en este mundo maldito casi nunca es suficiente con la buena voluntad, y la ley de Murphy suele tener una aplicación generalizada e implacable.

Por otra parte, el populismo está presente en muchos otros escenarios y circunstancias, siendo una amenaza importante para el desarrollo democrático. En casi todos los casos de populismo se dan las mismas circunstancias sociológicas, una masa social empobrecida que se presta a la demagogia, arrogándose la condición de “pueblo” cuando solo representa a una parte del pueblo. Pasó en México durante muchos años, ha sido (¿sigue siendo?) el caso en Argentina quizá como consecuencia del peso excesivo de Buenos Aires, lo es en las regiones más atrasadas de España, en fin, que el populismo está presente en el ancho mundo y ante la crisis profunda del capitalismo neoliberal, puede tener mucho futuro por delante. Eso sí, para mal de la democracia y el progreso. Porque el populismo, cuando las cosas se calientan, puede ser una puerta de entrada al fascismo.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Sobre la belleza

Botticelli (1483).- El nacimiento de Venus.
Toda la belleza de las simetrías.
El primer tratado que Plotino escribió (Enéadas I-6)  trata de la Belleza.  Lo leí  hace años, cuando yo estaba interesado en los místicos y buscaba en Plotino sus escritos  espirituales. 

La lectura de Plotino es difícil, hay que hacerla despacio, paladeando a conciencia los textos, como pasa con todos los buenos filósofos, que cuidan cómo escriben lo que piensan con la misma inspirada exactitud que  los buenos poetas.


En Plotino encontré dos tesoros que no han dejado de acompañarme. 

El primero, su antropología tricotómica, tan propia de un místico de verdad, según la cual la naturaleza humana contiene tres capas o niveles, espíritu, alma y cuerpo, los cuales para Plotino son un reflejo de las tres categorías de emanaciones que procedentes del Uno forman nuestro universo: el nous o espíritu, sede de las ideas, el anima, sede de las leyes y la lógica, y los cuatro elementos , aire, agua, tierra y fuego, sede  de la materia, la energía y el movimiento.

El segundo tesoro que Plotino me dio fue su visión de la Belleza, cuya consideración es el objetivo de esta entrada. Plotino trata en el libro sexto de la Enéada primera de lo bello en todo lo existente, es decir, considera tanto la belleza espiritual (que captamos a través de la contemplación), como la mental (que derivamos del razonamiento) y la material (que percibimos a través de nuestros sentidos). Pero yo me voy a limitar a exponer lo que Plotino me enseñó acerca de lo que es la belleza en un ser humano, sea éste infante, hombre, mujer o anciano.

Hay dos categorías bien distintas de belleza en un ser humano.

Una es  estrictamente  material y la percibimos a través de nuestros sentidos, principalmente el de la vista. Se trata por tanto de la belleza del cuerpo. Plotino dice que está hecha de armonías, de equilibrios, y se presenta en forma de simetrías. Esta es la belleza que cuando presente en un cuerpo de mujer puede dejarnos a los hombres helados de admiración o ardiendo de atracción, y a la recíproca en cuanto a géneros. También la que nos embelesa en un niño o nos admira en un anciano. No es necesariamente una belleza estática, puramente geométrica, tal y como puede estar patente en la foto de una mujer hermosa o en una pintura o escultura, sino que puede ser dinámica,  manifiestándose así en la danza o más en general en la forma de moverse y expresarse, traducible al lenguaje común como encanto, atractivo o sex appeal.

Pero hay otra categoría de belleza, superior a la descrita, que ya no puede ser estática, sino dinámica, pero no solo dinámica, sino dotada además de una dirección, y no de cualquier dirección, sino de la que conduce, en la terminología de Plotino hacia el Uno.  Es por lo tanto una belleza asimétrica, en flecha, dotada de orientación. Se trata, siempre siguiendo a Plotino, de lo que sobrepasando la estricta simetría de la belleza corporal surge como asimétricamente anímico en lo corporal y hasta como asimétricamente espiritual en lo anímico.

Saliendo ya de Plotino e intentando expresar su visión en mi propio lenguaje, esta segunda categoría lo es de una belleza que tú no captas ni mides con tus sentidos, sino con tu empatía, con tu capacidad de intuir y contemplar las cosas inefables que se desprenden de ese ser humano vivo que está a tu lado transmitiéndote toda esa belleza inmaterial y asimétrica, haciéndote que simpatices con él y quizá hasta cautivándote, incluso enamorándote. Puede tratarse de la ingenua esperanza que rebosa de los ojos de un niño enfermo o simplemente de tu hijo, o de la inocencia que exhibe en su forma de moverse una joven físicamente bella que también puede ser tu hija, el brillo de inteligencia y candor en los hermosos ojos de una mujer, la juventud que se ha conservado inalterada en las pupilas de una anciana, el valor, la esperanza, la determinación, la fe, la ternura, el desprendimiento, la inteligencia, el espíritu crítico, que uno puede llegar a captar en tantas miradas y no solo en los ojos, sino en las manos, los cuerpos, las formas de andar, mirar, reír, hablar, las reacciones al equivocarse, discutir, enfrentarse con una situación inesperada… todo eso, esa inmensidad de percepciones sensoriales que tu tienes de los demás y en las que puede ponerse de manifiesto una belleza interior que desborda el mundo de las simetrías porque es anímica o espiritual y está orientada hacia lo constructivo, en última instancia hacia lo que los filósofos llaman la plenitud del ser, esa en la que tenemos que caber todos.

Viéndolo así, uno llega enseguida a la conclusión de que el mundo y nuestra vida cotidiana están llenos de bellezas asimétricas que esperan a que las descubramos. Solamente tenemos que prepararnos lo mejor posible para hacerlo. Unos, naturalmente, tienen que prepararse más que otros. Particularmente ese es el caso de los que como yo son melancólicos e introvertidos, ¡Nos cuesta tanto apreciar lo mucho que no nos interesa ver! Peor todavía: en ocasiones los rostros y los cuerpos de los que tenemos cerca los convertimos en espejos donde nos contemplamos a nosotros mismos. Y así nos perdemos ¡tántas, tántas  bellezas!...

Para captar las bellezas asimétricas conviene abstraerse del conjunto de la figura y fijarse en los detalles. Por ejemplo en los ojos. ¡Cuántas cosas gritan y revelan dos ojos humanos! 
En este collage:
1.- Grace Kelly, mi "admiradísima" cuando yo era un adolescente.
2.- Stephen Hawking, premio Nóbel de Física.
3.- Niño anónimo hospitalizado.
4.- Madre Teresa de Calcuta.
5.- Indira Gandhi.
6.- Marilyn, mi otra "admiradísima".
7.- Niño anónimo en la intifada palestina.
8.- Mahatma Gandhi.

martes, 5 de marzo de 2013

Sufrimiento y compasión

En Irak

¿De qué trata, en qué consiste el sufrimiento? Con la palabra sufrimiento sucede algo parecido a lo que San Agustín decía de la palabra tiempo: todos sabemos lo que significa pero nos es muy difícil explicar este significado.
Intentándolo,  recurriré para ello primero a la gramática, luego a la etimología.

Tiene esta palabra el mismo sufijo, -imiento, que tienen otras muchas que nombran conceptos que se desarrollan en el tiempo: cumplimiento, el proceso temporal de cumplir con algo; padecimiento, el de padecer durante un tiempo; acontecimiento, un suceso que está teniendo lugar; sentimiento, un sentir que se tiene o se tuvo de forma continuada; etcétera. Desde esta perspectiva, el sufrimiento sería un sufrir a lo largo del tiempo, un sufrir del que sabemos que se va a prolongar hacia el futuro.

Busquemos ahora la etimología de sufrir. Viene del latín sufferre, compuesto a su vez del prefijo su- que significa debajo y del verbo –ferre, que significa llevar. El significado de sufrir sería soportar, estar debajo de lo que se porta, equivalente a sobrellevar, llevar o cargar algo encima. Es decir, cargar con un peso, con algo penoso o doloroso.

De acuerdo con este análisis, sufrimiento es soportar o sobrellevar en el presente y hacia el futuro un peso o una pena (una resistencia o un dolor, una ausencia o una pérdida) ajenos a lo esencial de uno mismo. El sufrimiento es una consecuencia inevitable de que uno no está solo en el mundo, que tiene fronteras en las que se producen a veces conflictos que lo hacen sufrir. Algunas de estas fronteras son aparentemente interiores, esas por las que entra la enfermedad.  

Esta es la perspectiva budista, para la que el sufrimiento  no es sino un componente fundamental de la condición humana. Y hay dos manifestaciones intemporales del sufrimiento, la física (dolor) y la mental (pena). Sufrimiento es dolor y/o pena soportados a lo largo del tiempo.

Una característica fundamental del sufrimiento es que lo soporto yo, que es enteramente mío, que solo existe para el individuo que lo está viviendo, dentro del cual reside. Pero hay en la naturaleza humana algo cuyo sentido es compensar, contrarrestar, neutralizar a ese sufrimiento interno… desde fuera. 

Ese algo es la compasión.

El dualismo sufrimiento/compasión es el elemento central de la concepción budista de la vida. Pero también lo es de la cristiana, en la que el sufrimiento es consustancial con nuestra naturaleza, vivimos en un valle de lágrimas donde, sin embargo, el amor a los demás, un amor concreto, encarnado en el prójimo es, como una variante del amor a Dios, lo único que puede aliviarnos del sufrir. De modo que sufrimiento y amor se hagan un todo compartido por todos. Esta es una visión que escandaliza a muchos, particularmente en un mundo como el nuestro, que pone mucho empeño en acabar tecnocientíficamente con el sufrimiento. Recuerdo haber leido hace años una crítica muy dura a la Madre Teresa de Calcuta y sus monjitas, que las hacía morbosamente culpables de buscar el sufrimiento, de engloriarse en él. Esto fue en los tiempos en que el mundo empezó a ser consciente de la existencia del SIDA como enfermedad. En Nueva York se había dispuesto una especie de lazareto donde se había agrupado a estos enfermos. Todo el mundo estaba aterrorizado ante el alcance desconocido de la nueva enfermedad, nadie quería ningún contacto con los infectados. Y fueron las monjitas de la Madre Teresa de Calcuta las que se hicieron cargo de este lazareto.

La compasión es la acción de compadecer, es decir, de padecer-con el que sufre. Pero ¿cómo se puede padecer con el que sufre? Compartiendo, si no su dolor, sí su pena y su angustia, y dándole al que sufre lo que el que no está sufriendo tiene en grandes cantidades: fuerza contra su debilidad, ternura contra su amargura y luz contra su desesperanza. En definitiva, acompañándolo en su largo y durísimo camino. Esto… ¡qué endiabladamente difícil es!...

Lo que está claro para mi, al menos lo está intelectualmente, ojalá lo estuviera también vitalmente… es que la única solución duradera contra el sufrimiento es la compasión. Que siendo la lucha continua contra el sufrimiento y sus causas la actividad más legítima en que los humanos podemos emplear nuestros esfuerzos, nuevas formas de sufrimiento aparecerán siempre que traerán consigo, afortunadamente, nuevas formas de compasión. Así es la condición humana.

lunes, 4 de marzo de 2013

Mi fuerza


Esta mañana me he visto reflejado en la gran pantalla TFT de mi ordenador de sobremesa, ha sido solo un instante, pero me ha bastado para sorprender a mi fuerza. Porque el reflejo había dejado atrás todo lo que no era esa visión.

Mi fuerza, sí, esa fuerza interior que hay en mí y que no tiene nada que ver con la inteligencia práctica. Esa que es pura energía, sin patria ni credo, siempre lista para ponerse al servicio de cualquier meta que mi cerebro le trace. Que no le tiene miedo a nada ni se rinde ante nadie, salvo cuando mi cerebro o mi corazón le dicen “basta ya”.

Esa fuerza es la esclava de los que viven en mi morada interior, ella está allí dentro para servirlos. Es muda pero no sorda. Se esconde en el músculo y el hueso, el tendón y el nervio que sostienen a mi voluntad, la cual gracias a su apoyo se convierte en propósito, aguantando los pulsos que le echa la vida. Vibra en los circuitos cerebrales que ayudan a mi inteligencia a reorganizarse como lucidez. Luce en el voltaje electroquímico que mantiene a todas mis memorias encendidas, listas para ser consultadas y alumbrar nuevos escenarios pasados o futuros. De estos modos es el fundamento de todo lo demás que termino siendo yo, aunque casi siempre, humilde servidora como es, me pasa desapercibida.

¿De dónde procede esta fuerza? Se trata de una pregunta sin respuesta, porque ella es el basamento de todo lo que soy, mi causa primera. Posiblemente está distribuida entre los millones de células que me constituyen, fabricándose continuamente en sus mitocondrias, convirtiendo todo lo que la naturaleza me da, el aire que respiro, el agua que bebo, el alimento que como, el abrigo y el calor que me protegen de lo de fuera, en energía vital. Pero también está distribuida, más específicamente, entre los millones de neuronas que integran mi cerebro, convirtiendo el afecto, el odio, el amor, la exigencia, la inspiración que recibo de todos aquellos a los que les importo en energía emocional. El caso es que esta total fuerza misteriosa no solo es la suma de millones de cuantos de energía vital y emocional, sino que además y sobre todo es en su totalidad muchísimo más que esa suma.

Esta fuerza es la vida, mi vida en toda su extensión e intensidad. Como lo es la tuya, la suya, la de todos y la de cada uno. Está ahí dentro para servirnos.

domingo, 3 de marzo de 2013

Contra la angustia


La angustia es el sentimiento del que se enfrenta con una amenaza cierta cuya naturaleza desconoce. No hay humano que pueda librarse, antes o después, de ella, aunque no sea más que porque a todos los nacidos nos espera un final de muerte cierta. De hecho la mayoría de tus pequeñas angustias cotidianas proceden de que algo querido, que puede llegar a ser parte integrante de tí mismo, está en peligro de muerte aunque no ha muerto todavía. Puede tratarse de una etapa entrañable de tu vida que se acaba, como cuando abandonas por fin la casa de tus padres, o de un amor que supuso mucho para ti y que ahora agoniza, o de una ilusión por la que has luchado hasta la extenuación y ahora empiezas a barruntar, aun sin creértelo todavía, que su realización es imposible, o de un ideal al que entregaste mucho de tu vida y que finalmente sospechas que era falaz. En ninguno de los cuatro ejemplos llegas a ser totalmente consciente de que la muerte de eso que tanto quisiste se acerca, pero ya barruntas que algo muy triste va a tener lugar, no sabes qué ni cuándo, por eso te angustias.

¿Qué puedes hacer para siquiera mitigar tus angustias? ¿Cómo luchar contra un enemigo que se esconde o se disfraza, sin darte nunca la cara? Yo propongo aquí acudir a una medicina que, como la aspirina, alivia los síntomas aunque no cure sus causas. ¿Qué intenta conseguir esta medicina? Ralentizar tu tiempo interior. ¿Cómo? Animándote a ver el mundo que te rodea con una mirada más mansa.

Pero ¿por qué ralentizar tu tiempo interior? Porque la angustia suele producir una aceleración del mismo. El temor que tu angustia te induce a eso misterioso que se acerca te pone en alerta, con lo que muchos acontecimientos que suceden a tu alrededor y que normalmente te pasarían desapercibidos ahora te alarman, los escrutas con sospecha, se te convierten en vivencias que son, en definitiva, golpes de péndulo de tu reloj interior, ese que marca tu verdadero tiempo de vida. Cuando la angustia hace que tu reloj interior empiece a adelantar, tu día físico se corresponde con un día interior mucho más largo, que además no trae consigo compensaciones especiales, lo que te  estresa y agota.

Así que cuando vayas por la calle, hazlo mirando al suelo y los semáforos, nada más, como hacen las novicias de las Hermanas de la Cruz cuando andan por Sevilla, buscando ellas, como si fuera un anillo perdido, su recogimiento interior. Cuando llegues a casa no enciendas la televisión y si lo haces, no se te ocurra zapear. Cuando comas y bebas hazlo despacio y poco, paladeando lo que tienes en la boca. Escucha más y habla menos de lo que es habitual en ti. Cuando te laves y vistas por la mañana hazlo con calma, cuidando los detalles, como si tuvieras todo el tiempo del mundo. Juega con tu perro, acaricia a tu gato, sílbale a tu canario por todas las veces que, malhumorado y apresurado, no lo has hecho. En fin, todo eso y mucho más, siempre en la línea de reducir el número de acontecimientos que atraen tu atención, llenándolos a la vez de contenido.

Lo peor cuando se está angustiado es frecuentemente la noche. Te desvelas, tu oscuridad se puebla de fantasmas, o te despiertas en mitad de la madrugada y ya no puedes recuperar el sueño. En circunstancias así hay medicinas más efectivas que el simple contar de ovejas. Intenta imaginarte ese zafiro que constituye tu yo interior y que está en el centro de tu pecho, junto a tu corazón. Es tan grande como el Koh-i-noor pero a la vez de un azul vivísimo y absolutamente transparente, exhala frescor. Imagínate acercándote a él, hasta que te zambulles en su belleza, imagínate viendo el mundo exterior desde dentro de él. Y si todo esto no te sirve porque eres más prosista que poeta, intenta resolver con sólo tus imágenes mentales un problema de geometría del espacio, desde ver la intersección de un plano inclinado con un cilindro vertical hasta la de una esfera con un cono en distintas posiciones relativas, progresivamente más y más complicadas. Disfruta de la belleza de esas figuras geométricas simples, que para Kant nos son innatas, pues no necesitamos de ninguna experiencia sensible para conocerlas.

Todo lo anterior no son sino ejemplos. Tú tienes infinitas posibilidades de convertir tu angustia en una apacible aventura, dependiendo de tu sensibilidad y tu imaginación, pero si lo haces bien, sin precipitarte, la paz interior o el sueño al que esperas te llegarán muy pronto, sorprendiéndote.

Y cuando la angustia pase porque por fin haya hecho acto de presencia la muerte que la provocaba, entonces podrás finalmente convertir todo lo que está muriendo en bellos recuerdos, porque tu vida también está hecha, no sabes hasta qué punto, de ellos.

sábado, 2 de marzo de 2013

Intuiciones


Te gusta razonar, intentas tener una mente ordenada y tomar decisiones que tengan una consistencia lógica. Sin embargo… con todo esto no te es suficiente para resolver los problemas con que te reta tu vida, necesitas algo más.

A ese algo más se le viene llamando desde hace mucho tiempo intuición, también inspiración y sexto sentido. Es muy posible que al intuir tu cerebro actúe siguiendo las mismas reglas que cuando piensa, solo que sus operaciones permanecen ocultas. Intuir es dejar que tu cerebro piense sin verse sometido a la crítica constante de tu yo consciente. Es poner tu cerebro, esa máquina inconcebible por formidable, en piloto automático. Le propones tu problema, que es como si al piloto automático le marcaras tu rumbo, y lo dejas funcionar de modo autónomo. Tu cerebro extrae de sus gigantescas memorias todas las vivencias y experiencias que estén relacionadas con el problema a resolver, las combina y recombina, sopesa conclusiones, reduce, simula, contrasta, imagina, critica, compara, enjuicia, sintetiza. Todo esto lo hace con una potencia de computación que no hay todavía una máquina en el mundo que sea capaz de aproximársele, y posiblemente nunca la habrá. Como resultado final tu cerebro te propone una solución, que puede ser un juicio, una evaluación o un impulso, al que tú sientes emerger de tí con enorme potencia, desde lo más hondo, como si estuviera saliendo de tus mismísimas tripas (gut feeling) y que se te impone enseguida como la solución, en cuya certeza confías con una fé inconmovible.

Intuir es como soñar despierto, de hecho las intuiciones y los sueños están muy próximos. Un sueño, que puede ser una pesadilla, no es una solución para un problema, como las que la intuición propone, pero sí es la representación de una escena que de alguna manera oscura o diáfana te conmueve, te emociona o asusta, porque si no fuera así no lo recordarías. La representación de algo que, escondido en tu subconsciente, es importante para ti.

Dicen que las mujeres son más intuitivas que los hombres. Puede que sea así. Desde un punto de vista biológico, el animal hombre, que busca activamente una hembra que fecundar, caza para alimentar a sus crías, lucha para proteger a su familia de sus enemigos, trabaja para construir un refugio en el que quepan todos, es un animal de acciones y reacciones, más mecánico y newtoniano que el animal mujer, que dejándose fecundar por el macho que ha elegido, engendrando y gestando durante largos meses a sus crías, cuidando de sus hijos pequeños, enseñándoles a vivir, amándolos y mimándolos, es más un animal de pasiones, más biológico y darwiniano que el animal hombre.

Es posible que el animal mujer utilice más que el animal hombre esa inmensa parte del cerebro que produce intuiciones, capaz de actuar por su cuenta, sin que un conductor tenga que estar frenando, acelerando y cambiando las marchas de esos tejidos cerebrales enormemente complejos. Yo lo creo así. Yo creo que el animal mujer es más como un navegante que ajusta suavemente la vela de su barquito y corrige su rumbo con mínimos requerimientos a la caña del timón, haciendo uso de la fuerza del viento para conseguir sus objetivos. Mientras que el animal hombre es más como el conductor de un elefante asiático en una cacería de tigres de Bengala, que además lleva al maharajá en el lomo del paquidermo que él dirige, que por lo tanto cada minuto que pasa se lo está jugando todo en el cómo maneja su larga vara de domador, además de que el maharajá no deja de darle órdenes y contraórdenes. Ese maharajá es, a veces, su propia mujer.

El animal mujer es más una esperanza permanente, mientras que el animal hombre es más un constante agobio. Eso dicho como una arriesgada generalización, porque siempre hay excepciones que, sin embargo, confirman la regla.

Algunas quizá digan que soy un machista por esto que pienso, pero a mí me parece bastante razonable. Por otra parte, así también lo intuyo.