sábado, 11 de enero de 2014

Cambio de aires

Costa NW de Chiloé.- Playa del Elefante un día de mar gruesa, cercana la puesta del Sol. Al fondo, la punta Almanao.

Pronto retornaré a Chiloé. Puesto que el tiempo que los humanos percibimos es el que transcurre dentro de nuestros cerebros, para mí está lejísimos el día que dejé por última vez esa isla tan querida. El Olo que vuelve ahora no es el que partió entonces, algunos acontecimientos decisivos me han llevado a otra página del libro de mi vida. Me siento aquí en España y sé que me sentiré allí en Duhatao como un extraño de mí mismo, explorador de territorios espirituales que me están siendo absolutamente desconocidos.

Así es la vida. Lo es para el niño que descubre su alma cada día cambiada, para el adulto que no deja de encontrarse con sorpresas y para el viejo que siente la extraña sensación de ir retrocediendo hacia un pasado del que solo le quedan recuerdos remotos. Esa vida que es como el caminar cauteloso de mi amigo pudú por los alrededores de mi cabaña, su suprema elegancia de movimientos cuando empieza a hacerse de noche. Él siempre temeroso de sorpresas y amenazas que sean o no reales están, desde que nació,  impresas en sus genes y de aquí en sus instintos.


Esa vida que es un don maravilloso. Se te da todos los días cuando te despiertas y se te guarda mientras duermes. Después, a la mañana siguiente,  ya se verá. De esta incertidumbre, de esta provisionalidad, extrae la vida una parte importante de su encanto otoñal.

martes, 7 de enero de 2014

Pasaron los Reyes Magos, empieza el 2014.

Los niños se han levantado muy temprano y han corrido hasta el salón.
¡Se encuentran los tesoros que les han dejado los Reyes Magos!



En la tradición evangélica, los pastores que acompañan a Jesús en el pesebre representan al pueblo humano, el buey y la mula a la naturaleza, los Reyes Magos a los sabios. El poder terrenal se queda muy lejos de todo esto, los romanos haciendo sus censos y Herodes matando niños indefensos. El siguiente capítulo de esta historia de Dios en el Mundo será la vida del niño Jesús en Nazaret, esa parte escondida de los Evangelios, lección de humildad que lo es de silencio y que el gran Charles de Foucauld quiso emular a lo largo de su vida.

La fiesta de los Reyes Magos, de tradición más española que latinoamericana, culmina las celebraciones de la Navidad y es la que da paso al nuevo año. Hoy 7 de enero es cuando para los españoles comienza el 2014. Ayer mis nietos, como todos los niños españoles, se encontraron muy temprano con los innumerables juguetes que los Reyes Magos les habían dejado misteriosamente durante la noche. Fue un día de imaginaciones y abundancias, de tesoros innumerables convertidos milagrosamente en realidad. Fue el gran día de los niños.

Me gustaría hacer tres reflexiones sobre los significados de este día:

1).- Desde hace ya algunos años se pone de manifiesto la medida en que nuestra sociedad nos introduce en la civilización/cultura consumista desde que somos muy pequeños. Ya desde finales de noviembre se inicia una intensa campaña de marketing y publicidad dirigida específicamente a los niños, reclamando su atención hacia éste o aquél o aquél otro juguete.

2).- Los niños aplican todo el tesoro de imaginación e inocencia que albergan, de manera que convierten el 6 de enero, rodeados como están de un montonazo de juguetes que no pueden atender en su totalidad, en un día maravilloso, en el que hasta los sueños más difíciles se hacen posibles. Un día de sorpresas y abundancias, breve porque enseguida empieza el colegio, pero por eso todavía más maravilloso.

3).- Los padres realizan un esfuerzo económico absolutamente heroico para satisfacer las fantasías de sus hijos, expresadas en las cartas que éstos han escrito a los Reyes Magos. Por humilde que sea una familia, raro será que le falten a sus niños los juguetes que están esperando. Este derroche, ¿es una manifestación de consumismo? Opino que no. Aunque el marketing lo haya provocado, me parece que es más bien una bofetada al consumismo en lo que tiene de utilitario, un poner la imaginación y el culto de lo efímero por encima de lo práctico y del valor de cambio del dinero. Un quemar este dinero en pólvora, en fuegos artificiales de un día tan corto como maravilloso.

Todo esto, ¿tiene sentido? No lo sé, pero sí creo que es profundamente humano. Quiero decir que es expresión de lo mejor de lo humano. Esa capacidad de poner los sueños por delante de las realidades, de la que nacen tantas cosas nobles: el amor basado en el altruismo, la fantasía que puede terminar en originalidad, hasta en genialidad, el idealismo que será ingrediente indispensable para construir un mundo mejor… Todo eso.

¡Qué locura!

lunes, 6 de enero de 2014

La foto de la infamia


España es un país con mala suerte donde abundan los cobardes. Esta foto de los miembros de  ETA, casi todos ellos asesinos a distancia o por la espalda de víctimas inocentes, nunca debería haberse producido. Por una razón muy simple: el respeto a sus numerosas víctimas, no solo los cerca de mil muertos, sino los muchos heridos y mutilados para siempre y los cónyuges, padres, hermanos e hijos de todos ellos.

Pero además a estos asesinos los han reunido para retratarlos los que siguen mandando sobre ellos, los responsables finales de todo el terror, la muerte y el dolor que las manos de los que están en la foto han producido. El acto que la foto recoge es sin lugar a dudas político, representa una violación de las leyes en cuanto a que de una manera directa enaltece al terrorismo. ¿Cómo es posible que se haya permitido?

La vergüenza de esta foto recae sobre todos los españoles, no solo sobre los que podían y debían haberla evitado. Por eso el día de hoy es triste y humillante para todos nosotros.

 La valentía más apremiante, esa que todos deberíamos exigirnos, es la de no olvidarlo.


 La cobardía más vergonzosa, esa que se produce en España con demasiada frecuencia, es la de volver la cara, cambiar de acera, disimular, olvidar, transigir. Nada de esto tiene relación con el perdón, el cual, por otra parte, jamás ha sido pedido por una ETA que tampoco se ha permitido todavía la grandeza de, tras haber sido desmantelada por nuestra policía,  entregar su chatarra y los restos de goma2 que sigue escondiendo.


domingo, 5 de enero de 2014

Del Nickjournal (1).-Chiloé, un paraíso perdido (1 abril 2009).


Introducción a la serie "Del Nickjournal"
En el año 2004 Arcadi Espada, periodista y profesor universitario español, empezó a publicar un blog que tenía la siguiente interesante estructura: Arcadi publicaba con frecuencia casi diaria una entrada  a la que una colección bastante numerosa de gente, entre la que yo, Olo, me encontraba, hacía comentarios. Dos normas regían su funcionamiento: 1).- jamás se censuraría un comentario, dijera lo que dijera y cómo lo hiciera; 2).- cuando los comentaristas se dirigieran a otro habitual del blog lo tratarían siempre de usted.

Aquello se convirtió muy pronto en una interesantísima tertulia. Lo eran las entradas de Arcadi y los comentarios referidos directamente a las mismas, pero además esta sección de comentarios adquirió enseguida vida propia, pues ya no se referían aquéllos a la entrada publicada por Arcadi, sino que eran entradas en sí mismas o discusiones cruzadas entre los comentaristas acerca de mil temas posibles que no tenían nada que ver con lo que Arcadi había dicho.

Algo más tardaron en aparecer los trolls, que así se llamaba en la jerga internaútica a gente borde que se divertía criticando ferozmente, insultando y vejando, a Arcadi o a alguno(s) de los comentaristas. Gente pervertida, neurótica o simplemente imbécil. Durante algún tiempo fue posible soportar a los trolls, lo que le dio una enorme grandeza liberal al blog y a Arcadi, que creyendo firmemente en la libertad de expresión aceptaba con resignación sus malas consecuencias.

Pero llegó un momento en que Arcadi se hartó y decidió acabar con el blog. Los comentaristas más próximos a él decidieron coninuarlo. Un grupo de cinco o seis se convirtió en el de los administradores, con la responsabilidad de seguir produciendo entradas y mantener el blog en funcionamiento. El blog pasó a llamarse Nickjournal. Como sus administradores eran pocos, les costaba producir todas las entradas que el blog demandaba y pidieron a otros próximos al blog que colaboraran en esta tarea. Entre estos estaba yo, que por eso publiqué entre el 2008 y el 2011 algunas entradas allí.

El Nickjournal sigue de cuerpo presente en Internet, donde pueden consultarse todas sus entradas y comentarios (http://nickjournalarcadiano.blogspot.com.). Pero ya no lo cuida nadie y cualquier día podría desaparecer. Es por eso que yo he decidido recoger en mi blog (http://olo-ololo.blogspot.com.) las entradas más interesantes y todavía actuales que publiqué allí.

Sigue ahora la primera de entre ellas: "Chiloé, un paraíso perdido".
Nota introductoria: 
Hacía ya más de un año que estaba yo buscando un rincón de Chiloé mirando al Pacífico para hacerme allí una cabaña. En mi primer viaje encontré un sitio maravilloso al Sur del río Chepu, sobre la playa de Guaibil, pocos kilómetros al norte de Ahuenco. Pero era demasiado salvaje. No había electricidad, para llegar había que cruzar en bote el anchísimo cauce del Chepu y los enseres necesarios tenían que desembarcarse en la playa. Así que no me quedó otro remedio que desistir. En un segundo viaje visité una propiedad en Rahué, al sur de Cucao, tan maravillosa como la de Chepu pero igualmente incomunicada. A mi vuelta a España escribí esta entrada sobre Chiloé en el blog de Arcadi. Entonces apenas conocía la isla, pero ya estaba enamorado de ella.
----------oOo----------

Isla de Chiloé. Bosques en tonos oscuros,
zonas deforestadas y cultivadas en tonos claros.
Situados en el Sur de Chile, la isla grande de Chiloé y el archipiélago de pequeñas islas que la ciñen por el Este, son una especie de paraíso perdido. Paraíso por lo mucho que tienen de naturaleza prístina, apenas transformada por ese homo faber al que el gran Arthur Koestler consideraba medio loco. Perdido por su lejanía patagónica, su insularidad, su sencillez. También porque, a consecuencia de todo ello, muchos de los europeos para los que viajar a Chiloé podría constituir una experiencia memorable, apenas conocen su existencia.

Chiloé queda no ya muy lejos, sino muy fuera de los circuitos del turismo de masas. Ni su clima ni su morfología litoral son compatibles con esos resorts donde el turista de hoy experimenta las tres S sagradas del sun, sea and sex. Todavía más inconcebibles son desde allí esas grandes metrópolis, como Nueva York, hacia donde los europeos peregrinamos para practicar las liturgias compulsivas de las compras.



Chiloé es muy diferente, sus encantos son sencillamente únicos. Insular en el sentido más estricto, sin puente ni aeropuerto, hay que llegar hasta allí mediante un ferry a bordo del cual te enfrentas por primera vez con la mar austral, sus retozones lobos marinos a los que podrías confundir con sirenas, sus cormoranes omnipresentes, sus pelícanos antediluvianos y pensativos, sus muchos barquitos pesqueros, multicolores que lo son para enfrentarse mejor con el peligro de las nieblas que arrastra desde el Sur la corriente de Humboldt, de aguas frías llenas de peces y cetáceos, desde las grandes ballenas azules hasta las juguetonas toninas. Las tierras de Chiloé están cubiertas en buena parte por bosques que asombraron hasta al mismísimo Charles Darwin, impenetrables desde el tercer día mítico de la Creación, en cuya espesura canta ronco el mágico chucao. Y sus cielos, frecuentemente nublados, están surcados por aves innumerables, entre las que puede llegar a verse el albatros, incluso el cóndor.

Al fondo la punta Pirulil, en Cucao, abierta al océano Pacífico. Desde una cueva bajo esta punta dice la mitología chilota que caminan las almas de los muertos hasta el cielo.

He vuelto por tercera vez a Chiloé para ver al Pacífico, allí en el mismo borde occidental en que termina el viejo continente ancestral, el Gondwana, romper sobre la costa sus olas enormes, que llegan furiosas después de un largo viaje desde Nueva Zelanda y Tasmania, en la otra orilla del Gondwana, a través del gran océano vacío, ese Pacífico cuyas únicas posibilidades de vida terrestre las han ofrecido los muchos volcanes submarinos en sus laderas emergidas.

Hay dos Chiloés, el abierto al océano y el del mar interior, la costa rocosa e inmisericorde frente al Pacífico y un archipiélago de pequeñas y numerosas islas, separadas y surcadas por fiordos bellísimos. Son los dos polos entre los que gira sobre sí misma la vida chilota. Chiloé es como una Galicia que hubiera abierto sus rías hacia el Este y cerrado una larga Costa da Morte hacia el Oeste. No en balde la llamaron Nueva Galicia sus primeros españoles.

Aunque la cultura profunda es la misma en todo Chiloé, las islas del mar interior ponen más énfasis en lo agrícola, la costa abierta al Pacífico vive más del bosque, pero las dos trabajan intensamente, cada una a su manera, las riquezas de la mar. Subyace omnipresente una profunda religiosidad, que en parte es monoteísta y católica, apoyada en sus bellísimas iglesias, y en parte politeísta y pagana, sustentada en su riquísima y sorprendente mitología, que nace de todo lo antropomórfico que contienen el bosque y la mar, desde los troncos retorcidos que podrían convertirse en sátiros, como lo son los Traucos chilotes, hasta las algas aferradas a sus rocas que podrían trocarse en cabezas de bellísimas diosas, como lo hace la Pincoya chilota, que cuida de las aguas marinas.

Un ejemplo del Chiloé del Mar Interior, el de los fiordos y las aguas tranquilas:
San Juan, con su iglesia y su carpintería de ribera lado a lado.

Se necesitarían varios libros para explicar someramente lo que es Chiloé. Uno dedicado a su naturaleza: su fauna, flora, geología y clima. Otro a su cultura y su historia. Otro a su manera de vivir, su artesanía, su integración del bosque con la mar, su religiosidad. Otro, finalmente, a su condición humana en transición, su visión del futuro. Yo estoy incapacitado para hablar con profundidad suficiente de toda esta inmensidad, entre otras razones porque no he hecho sino asomarme al mundo chilote. Tengo que limitarme a recomendar a los que me lean que emprendan el viaje hasta allí, que prueben por sí mismos. Será incierto, como todos los buenos viajes. La incertidumbre principal le vendrá de la lluvia. Chiloé es muy lluvioso, esa es su naturaleza, también la muralla que lo protege de muchos invasores potenciales. Pero no siempre llueve, y cuando deja de hacerlo sus arcoiris son los más espectaculares que he visto en mi vida, y su sol más alegre y juguetón que muchos de los innumerables soles mediterráneos. Vale la pena proveerse de un buen capote y unas botas de goma, además de un bastón sólido si se es viejo, para recorrer sus playas y sus sendas, visitar sus aldeas y asomarse a sus bosques, en los que será difícil profundizar porque el sotobosque es muy denso. Pero nunca, si uno se siente llamado a ello, renunciar a un viaje que va a ser mucho más un privilegio que una aventura.

La gastronomía es excelente. Mariscos muy sabrosos a porrillo (locos, machas, almejas, choritos, cholgas, choros zapato, jaibas, centollos), pescados tan buenos como los nuestros del Cantábrico (congrio, merluza, corvina, pejerrey), carnes de cordero con el sabor especial que les dan unos pastos regados con los aerosoles salinos del océano, guisotes complejos y deliciosos como el rechupeante curanto, excelentes ensaladas de cochayuyo, un alga que comen con delicia las vacas, que por causa del cochayuyo prefieren buscar su comida más en las playas abiertas que en los jugosos pastizales. Todo ello acompañable por los inmensos vinos chilenos o las buenas cervezas de ese Sur de Chile que en muchos aspectos es tan alemán. De postre mucha naturaleza donde elegir, por ejemplo la murta, una suerte de frutilla del bosque que se come ahora que empieza el otoño austral en macedonia con trozos de membrillo fresco, todo bañado en almíbar. Y para digestivo final algo exótico como el Licor de Oro, de los pocos que hay en el mundo hechos a base de fermentar suero de leche.

Vacas de Cucao, las más marineras del mundo: prefieren comer cochayuyosen la playa abierta al Pacífico que pastar en verdes prados.

La gente de Chiloé es amable y educada. Hablan bajo, como suele ser el caso entre chilenos, en contraposición a nosotros los españoles, y raramente son pretenciosos. Conviven allí apaciblemente desde el euromorfo más rubio hasta el huilliche más indoamericano, desde el profesional másafuerino, como los chilotes genuinos los llaman, procedente de Santiago u otras ciudades de ese Chile de larguísimas latitudes, hasta el campesino más puramente indígena. La lengua huilliche hace años que se perdió, aunque algunos hacen esfuerzos por recuperarla sin rencores y todos estarían encantados de verla rebrotar. En fin, que aunque no falten problemas, en Chiloé se vive serenamente, que es uno de esos sitios privilegiados donde es posible aburrirse sin sentir angustia, desgranar el tiempo con las manos del recuerdo sin que espina alguna se te quede pinchada entre los dedos de tu memoria.

Cucao y su gente 

Los lagos Huillinco y Cucao forman juntos, hacia la mitad de la isla grande de Chiloé, como la boca sonriente de un viejo barbudo que está mirando hacia el Pacífico. Conectados en serie por un estrecho canal, el lago Cucao es el más occidental y en su desembocadura se alza la aldea del mismo nombre, perdida en la orilla del océano junto a una larguísima playa de arena muy fina y blanca. Todas estas singularidades dotan a la aldea de Cucao de una luz mágica, una claridad salada durante el día, tan luminosa o más que la de Cádiz, y unas puestas de sol sobrenaturales durante los crepúsculos sin nubes. Pero además, la gente de Cucao es especial, representa de alguna manera la quintaesencia de Chiloé.

Carlos González, un chilote de Cucao.
Los campesinos de Cucao viven todavía una cultura de supervivencia, que los obliga a desarrollar múltiples actividades: el hombre labra la tierra y siembra papas, que recolectan entre todos, la mujer cultiva la huerta, unos y otras cuidan el ganado, ovejas o vacas, usan los caballos para desplazarse, recolectan docenas de productos del bosque, el hombre corta la leña, con la que hace sus cabañas y se calientan en invierno, la mujer cuida la casa y los hijos, ambos marisquean, machas en la playa olocos en las rocas, recolectan el cochayuyo, pescan en los ríos con redes o en la mar con aparejos parecidos a nuestras jábegas o lanzando sedales con sus cañas. Finalmente, por sorprendente que parezca, buscan oro en las arenas de su playa interminable, que son auríferas. De manera que cada día es un afán distinto, cada mañana hay que empezarla contestándose la pregunta de cómo va a ganarse uno ese día la vida. No son en su inmensa mayoría peones de otros amos, tienen como mínimo un trocito de tierra y unos animales, además de una amplia familia, que se extiende hasta el 4º o 5º grado, resultando al final en la gran familia de Cucao. He tenido la oportunidad de conocer a uno de estos campesinos, Carlos González, hermano del presidente de la Comunidad Indígena de Rahue, un aledaño de Cucao hacia el Sur. Me enseñó una propiedad que yo quería visitar, abriéndonos paso entre la maleza y el sotobosque con su machete. En la foto se muestra como él es, confiado en su entorno, optimista y a la vez duro, orgulloso de pertenecer a aquel paisaje. Estuvimos un rato descansando en lo alto de una peña, desde la que tomé la foto del cerro Pirulil que acompaña a este texto. Durante unos minutos me habló desde allí de su tierra y de él mismo. Me habló explícitamente y antes que nada de la belleza de todo lo que estábamos viendo, lo que me sorprendió, acostumbrado como estoy a nuestras conversaciones aceleradas de gente de ciudad. Carlos es, como una mayoría de los chilotes, un hombre del Sur, pero de ese Sur absoluto y planetario que termina en el Antártico. Tiene su mirada puesta en el Sur, en la Patagonia profunda a la que se siente pertenecer, en Magallanes. Santiago de Chile no es para él sino una referencia simbólica, otras ciudades del Norte ni siquiera existen. Una vez que sintió la necesidad de salir de Cucao, se fue a trabajar a Punta Arenas, la lejana capital de la mayoría de los chilotes que emigran. Pero allí, para gran sorpresa mía, que sé que Punta Arenas no es gran cosa, se sintió abrumado por lo urbano, así que volvió a Cucao, o por mejor decir a Rahue, y tardará lo más posible en salir de allí. Sus hijos ya han crecido, trabajan fuera, él vive con su mujer entre el bosque y la mar, donde empieza la tierra de nadie en su sentido más literal, y allí quiere permanecer hasta que envejezcan.

Aún así, Cucao está cambiando, el turismo crece año tras año, es posible que pronto se instalen en las cercanías algunos campos eólicos, el progreso técnico puede que permita tratar industrialmente sus arenas auríferas, entonces hasta el paisaje cambiará. Lo hará para bien y para mal, pero así es y ha sido siempre la historia. Reconforta no obstante encontrar, aquí y ahora, gente fundida con su paisaje y razonablemente feliz de estarlo. Gente auténtica, más dueña de sí misma, en su pobreza, que la mayoría de nosotros con todas nuestras riquezas. No es que yo lo vea así, llevado por un rapto de romanticismo, sino que así es, algunas veces y en algunos sitios, aquí concretamente, en gente como Carlos. Eso es todo.

Una escuela rural

Muy pocos días antes de volver a España, recorría con un amigo chileno una región bastante aislada al Noroeste de Chiloé, cerca de Ancud. Nos paramos en un claro del bosque delante de una escuela de aspecto bastante vetusto, con sus paredes de tejuelas de madera muy envejecidas y una misteriosa antena supermoderna coronándola como un campanario hertziano. El maestro salió a saludarnos y a charlar un poco. Se trataba de una escuela rural con un solo profesor y cinco niños como únicos alumnos, que nos miraban tímidos desde la lejana penumbra de su clase. Él iba allí en su coche todos los días, desde Ancud. Nos dijo que se acercó a nosotros porque la gorra de mi amigo lucía el logotipo de una banda de jazz muy conocida. Él, además de ser maestro, toca en la banda de música de una compañía de bomberos de Ancud y ejerce, en sus ratos más libres, de trompetista de jazz. Esto último es lo que verdaderamente le fascina. Le preguntamos por la extraña antena y nos explicó que se trataba del sistema Wimax, que transmite Internet en banda ancha de microondas y es el último grito que va a desplazar muy pronto y en todo el mundo a los Wifis. El gobierno chileno tiene varios programas en marcha para Wimaxizar el mundo rural chileno, en concreto y en nuestro caso todas las escuelas rurales de Chiloé. Lo estaba haciendo allí Telmex, la compañía de Carlos Slim.

Al escuchar todo esto, además de sorprenderme, me llené de sentimientos encontrados. Muy pronto aquellos cinco niños perdidos en una región apartada podrían estar googleando como yo lo hago, podrían hasta chatear con mis nietos, hasta camconversar con ellos cara a cara. Comprendí que Internet está trayendo al mundo una revolución mucho más profunda que todas las revoluciones tecnológicas anteriores. Además se trata de una revolución soft, con solamente electrones, información y conocimiento en juego, físicamente limpia, no contaminante. Y me di cuenta de que con estas poderosas herramientas por delante, casi lo único que nos falta para llegar a vivir en un mundo tan sencillo y feliz como el de Carlos, campesino de Cucao, es altura moral, esfuerzo intelectual e imaginación, mucha imaginación. Nada más y nada menos.

Por lo demás, Chiloé se me ha quedado ahora en la distancia, tanto más próximo cuanto más lejano, como suele suceder con las orillas conocidas del mundo.

(Escrito por Olo)
Etiquetas: 

[0] Editado por Bartleby a las 08:00:00 | Todos los comentarios // Año IV

martes, 31 de diciembre de 2013

Nochevieja 2013 / Añonuevo 2014

Alhambra.- Puerta de armas
El Añonuevo es la otra cara de la Nochevieja. Ésta es un final, aquél un comienzo, tan cercanos el uno al otro, tan contiguos, que se funden en una misma cosa. Todo final de algo viejo termina siendo el comienzo de algo nuevo, ese es nuestro sino. Nuestras vidas están delimitadas en el tiempo por numerosísimas parejas de estos opuestos. Hay gente que en estas inevitables transiciones solo ve lo que tienen de final, otra que solo aprecia  lo que de comienzo, los primeros tienden a ser pesimistas, los segundos optimistas. Todos se equivocan.

Lo equilibrado es no perder nunca de vista la doble perspectiva. Si todo final es un comienzo, cada final/comienzo no es sino una sola puerta que atravesamos en el camino de nuestras vidas. Para avanzar un paso nos hacen falta los dos pies, uno lo lanzamos hacia delante, pero si no mantuviéramos retrasado el otro, firmemente apoyado en el suelo, nos caeríamos. Así con nuestras vidas. Al atravesar cada una de nuestras puertas, esas cuyo conjunto terminará componiendo nuestra historia personal, podemos hacerlo porque ya éramos algo antes y porque seguiremos siendo algo después. Pero lo decisivo es la puerta en sí misma. Y es el conjunto de esta puertas innumerables el que le da forma, estructura, a lo que somos, el que compartimenta nuestras vidas.

Parecería en principio que cada una de estas puertas es etérea, puro presente, un instante, un pestañeo insustancial entre lo que éramos y lo que seremos. Pero no es así. Tienen todas ellas consistencia, dimensiones: altura, anchura y espesor. Gastamos un tiempo en atravesarlas y este tiempo de transición tiene algo de mágico, es una suerte de café con leche en el que se mezclan el pasado y el futuro.  En ese tiempo somos como un revuelto de lo que éramos y lo que seremos. Agudamente conscientes tanto de lo que hemos sido como de lo que empezamos a ser. A la vez nostálgicos  de lo que dejamos atrás e ilusionados respecto a lo que nos llega. O alegres por abandonar un infierno pero temerosos de lo que nos pueda venir. O una mezcla confusa de todo eso.

El caso es que cuando estamos atravesando una de estas puertas nos sentimos vivir con más intensidad que antes o después. Como si estuviéramos palpando con los dedos nuestro cuello, sintiendo el palpitar de las dos arterias carótidas. Ese latir de la vida en nosotros que ahora, en medio de la puerta del cambio de año, se aprecia tan agudamente.

El rey ha muerto. ¡Viva el rey!


Con mi deseo de un feliz 2014 para todos.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Hijos del Sol

Somos hijos del Sol, por eso los humanos más primitivos lo adoraban. Hermanos de los demás animales y plantas, engendrados por la misma estrella, de modo que toda la naturaleza viva comparte el tic-tac fundamental que es la sucesión del día y la noche.

Hay formas de resistencia que prolongan su sueño sin morir durante lo que puede ser muchísimo tiempo solar: las esporas en los microbios y las plantas inferiores, las semillas en las plantas superiores, los estados hibernantes en muchos animales de sangre fría y algunos de sangre caliente que viven en climas imposibles, como los osos en sus montañas heladas durante el invierno.

En cuanto a los humanos, nuestras formas de resistencia, nuestras excepciones al implacable tiempo solar, solo pueden ser culturales. Nos mantenemos vivos, aunque ocultos, en los buenos ánimos que gracias al amor hemos dejado en los demás. En el recuerdo concreto o difuso que de nosotros persiste en otros, ese que se alberga en lo más poderoso que un humano tiene, su memoria.


Este mecanismo de supervivencia es tan indirecto, tan sutil, que lleva inevitablemente a que lo más sólido y persistente de nuestra naturaleza humana tenga que ser espiritual. Así lo muestran la imagen que Narciso dejó reflejada para siempre en el estanque, el vaho húmedo y cálido que una joven soñadora exhaló en el espejo para dibujar sobre él un corazón, aquel beso, aquella promesa, aquel consuelo, aquella carta, aquel apoyo, aquella lealtad, todos aquellos recuerdos imborrables…

martes, 24 de diciembre de 2013

Navidad del 2013

La Sagrada Familia.- Anónimo, España S. XIX
¡Qué año tan terrible este 2013, al menos para mí! Pero como todos los años, ya sean buenos o malos, la Navidad llega puntual envolviéndolo todo de un polvillo mágico, invisible, del que solo puedes percibir el rastro inmaterial que deja.

Se repite el misterio inexplicable, escandaloso, imposible. Dios se hace Hombre encarnándose en el vientre de una mujer virgen. Así Dios acompaña al hombre y a través de él a la Tierra entera. Lo hace desde la humildad más extrema, la del recién nacido, absolutamente necesitado de los cuidados de su madre para sobrevivir. Y viene al mundo con un proyecto quizá todavía más escandaloso que su nacimiento: resucitar después de morir, trayéndonos así a todos la posibilidad de la vida eterna.

Este lenguaje comunicativo nos habla de cuestiones imposibles de comprender con el lenguaje instrumental que usamos para entender el mundo de los fenómenos y las cosas, de las dimensiones del espacio y el fluir del tiempo. Es un lenguaje religioso, que enlaza corazones, ese mismo con el que una madre besa a su hijo o un humano se arriesga por los demás en acciones dudosas porque le parece que es su deber hacerlo.

Respeto a los que no creen en el misterio de la Navidad. Es seguro que son más sensatos que yo. Pero quiero compartir con ellos, desde mi mediocridad, la alegría de estos tiempos que ya vienen.

Te propongo a ti que me estás leyendo, seas quien seas y como seas, el siguiente ejercicio para  estos días: haz un intento inocente de salirte siquiera por unos instantes del espaciotiempo. Hay mil maneras posibles. Contempla algo hermoso, un hijo, un nieto, un niño, un árbol, una nube, un ocaso, un amanecer. Deja que su belleza te inunde. Libérate así de ti mismo, sométete a lo que entra dentro de ti por tus sentidos, vaciándote de tus preocupaciones, tu pasado, tu futuro. Mantente en este intento durante unos minutos, no más de cinco.

Inmediatamente a continuación vuelve en ti. Y cuando lo hagas, repasa una lista que has escrito previamente con unas determinaciones parecidas a las sugerencias que para un día de Navidad hizo Teresa de Calcuta, pero nacidas de ti, de tu determinación y tu libertad. Tales como:

 .- Sonríe a un hermano (un padre, un hijo, un amigo, un vecino) y estrecha su mano o dale un abrazo.

.- Mantente en silencio y escucha con toda tu alma al otro que te habla.

.- Rechaza todo lo que en ti y tu entorno margina a los oprimidos y los destierra de la sociedad.

.- Comparte tu esperanza, esa que tú tienes, la tuya, con los que están desesperados por la pobreza física o espiritual. Pero hazlo concretamente, con hechos que vayan más allá de los buenos deseos. Aunque lo que puedas hacer sea muy poco, no te importe, porque lo grande puede estar en lo pequeño.

.- Reconoce con humildad tus limitaciones y miserias.

Por último, aunque tú lo veas con escepticismo y hasta no te lo creas, dale a Jesús una oportunidad de que nazca para que él pueda entregarse a los demás. Dale siquiera un voto en blanco, una abstención. Y alégrate de que todavía los humanos, pese a todos los pesares y avatares de la historia, sigamos celebrando misterios así.

Feliz Navidad.