miércoles, 16 de marzo de 2011

Buscadores de tesoros en Chiloé


Parte importante de la historia de una tierra es la que le cuentan los padres y los abuelos a sus niños. Esta es la historia todavía viva, vivida, en trance de convertirse en leyenda, capaz de alimentar las fantasías de los jóvenes. Yo intento descubrirla en mi pequeño Duhatao, aplicando a esta tarea si no el mismo cariño, porque eso es imposible, un cariño parecido al que don Serafín Gonzalez aplicó a su entrañable Quilo. Hay un matiz, yo no busco objetos, sino narraciones, memoria todavía viva que pueda dejarse escrita.

Hoy le toca a un aspecto muy importante que mi amiga y vecina me ha descubierto, el de los buscadores de tesoros. Es importante no solo para Duhatao, sino para todo Chiloé y en particular para su costa Oeste, abierta al océano Pacífico. Esta es una costa problemática por varias razones. el clima es duro, los vientos fuertes, las tormentas frecuentes; un barco de vela puede verse empujado por un temporal, que casi siempre se entabla desde el Noroeste, hacia la costa, con pocas posibilidades de salvación, porque buena parte de ella es brava y rocosa, y la que no lo es forma playas enormes y abiertas, como la de Cucao, donde tampoco hay ninguna posibilidad de refugio. Precisamente uno de los pocos puntos en esta costa que ofrece alguna esperanza de salvarse es la boca del río Duhatao, donde éste se abre en una suerte de caleta o ensenada protegida de las enormes olas de tormenta por una salida al océano muy estrecha. Claro que hay que saber y poder llegar hasta allí, porque por fuera de esta salida hay una confusión de rocas traicioneras, la misma que aparece en la foto que hace de puerta de entrada a este blog. Intentando salvarse naufragó hace años en estas aguas crueles un barco del Norte con veinte o treinta personas a bordo, que habían venido a hacerse un futuro durante la “fiebre del loco”. El último naufragio tuvo lugar hace menos de cinco años, cuando un bote se perdió intentando entrar en Duhatao con mal tiempo, y no se ha sabido nada más de él ni de los dos hombres que lo tripulaban.


Desde los siglos XVI al XIX, muchos barcos de vela que navegaban entre Magallanes y puertos más al Norte han surcado estas aguas, españoles de guerra o comercio, piratas holandeses, franceses o ingleses, balleneros o loberos yanquis, elegantes y rápidos clípers que venían desde Europa a Chile a cargar nitrato, fragatas y bergantines yanquis que llevaban emigrantes a California y buscadores de oro al Yukon. Tántas almas, tántas historias e ilusiones. Entre todos estos barcos, el destino de algunos fue naufragar a causa de un temporal en las costas de Chiloé. Y de estos que naufragaron, unos pocos llevaban tesoros a bordo, bien porque los habían robado o porque querían guardarlos en sitios más seguros. El caso es que en Chiloé, y particularmente en Duhatao, persiste la memoria de algunos de estos tesoros, que empieza ya a transfigurarse en leyendas que mi amiga me ha contado. Voy a dejar constancia de ellas aquí.

La primera se refiere a la laguna Tuerta, situada a poco más de dos kilómetros al Sur de donde vivo. Un riachuelo baja por allí hacia el mar y en una quiebra de los cerros que dificultan su paso se abre en una pequeña laguna, difícil  de descubrir porque el bosque es espeso. Sus aguas son negras, porque el fondo es de piedras negras y quizá también porque las aguas vienen cargadas de los jugos color café de las raíces del tepú. El caso es que dice la tradición que hace muchos años, no se sabe cuántos, unos hombres pasaron por allí con tres mulas cargadas de oro huyendo de otros que los perseguían para robarles. Seguían una huella que sube desde la playa de Chicallanca y pasa por la laguna. Debían ir desesperados, viéndose ya cogidos, quizá porque sus mulas no podían más, pues el oro pesa. Decidieron tirar su tesoro al fondo de la laguna para poder escapar más ligeros. Mi amiga no sabe explicarme más detalles. Piensa que podían ser indios huyendo de españoles codiciosos. A mí me extraña lo de las mulas, porque no las hay en Chiloé, aunque puede que las hubiera en los primeros tiempos de los españoles. Yo imagino que más bien pudo tratarse de navegantes que naufragaron con mucho oro y huían de campesinos curiosos. El caso es que esta noticia persistió durante muchos años, siempre con visos de ser real, hasta el punto de que hace relativamente poco tiempo, siendo mi amiga una niña, un caballero de Ancud trajo a la laguna Tuerta máquinas para encontrar de una vez ese tesoro. Se instalaron cañerías para desviar el curso del arroyo, eso mi amiga lo vio. Y se secó la laguna Tuerta con una bomba. El trabajo fue difícil, porque no dejaba de manar agua del fondo de la laguna, pero finalmente lo consiguieron. No encontraron nada, dicen que solamente una piedra negra que tenía incrustado algo de oro, pero yo sospecho que esto lo inventó el caballero de Ancud para no darse por totalmente fracasado. Quizá el tesoro se lo llevó mucho antes alguien que pasó por la laguna sin hacer ruido, que es como trabajan los mejores cazadores de tesoros.

La segunda historia se refiera a la playa de Diojan, dos kilometros hacia el Norte de donde vivo. Allí, no hace muchos años, menos de cien y más de cincuenta, un hombre empleaba su tiempo en buscar chupones bajo las matas de quiscales (Greigia sphacelata). Estos quiscales son plantas de un metro de diámetro con hojas afiladas dispuestas en rosetas muy espesas, bajo las cuales crecen sus frutos muy dulces, los llamados chupones, que hasta en su forma parecen caramelos. Estando en esto el hombre vio de lejos un cordero nuevo, que parecía perdido. Fue tras él entre las malezas y en el trance de cogerlo tropezó con una caja vieja y herrumbrosa. La abrió y encontró algo que nunca antes había visto, que por lo que se supo después pudieron ser lingotes de oro. Hay que decir que este hombre no estaba muy en sus cabales, es decir, que tenía cierta fama de loco entre sus vecinos. Con la caja se fue a Ancud, a la tienda de comestibles de la que se surtía. Eso en aquellos años había que hacerlo a caballo y se tardaba en ir y venir un día. Se la enseñó al tendero y éste se la cambió por harina  y otros abarrotes, diciéndole además que no volviera más por allí, que ya estaba harto de verlo y aguantarlo. El caso es que según cuentan, con el paso de los años este tendero, poco a poco, empezó a hacerse o mostrarse más y más rico, hasta que llegó a ser muy rico. Esto es todo lo que se sabe del asunto. Los padres u otros parientes de mi amiga conocieron a la señora del buscador de chupones, y ésta, aparte del correr de la voz popular, es la mejor prueba de que disponemos de la veracidad de esta historia.

La tercera y última historia atañe a la punta de Tilduco, situada entre la laguna Tuerta y la playa Diojan, más o menos dondevivo. La leyenda dice que perdida en las aguas bajo esta punta hay un ancla de oro. Yo eso lo dudo mucho, porque las anclas de los marinos son de hierro, rígido y resistente, y el oro es demasiado maleable . Pero con la figura sincrética del ancla de oro la leyenda puede haber querido sintetizar un barco cargado de oro. El caso es que algo debe haber de cierto en todo esto, porque no hace muchos años aparecieron por allí unos gringos que estuvieron varios días volando repetidamente con avioneta por las aguas próximas, y que finalmente le pidieron permiso al dueño de la propiedad de la que forma parte la punta de Tilduco para explorar la costa en busca de cosas antiguas. Permiso que dicho dueño les negó, quizá pensando que si allí había un tesoro el que tenía que encontrarlo era él. Los gringos se fueron para no volver más. Hay que decir que la punta de Tilduco es un enorme farallón que cae a pico sobre el mar, y que en su base se abre una gran cueva en la que algunos que se han atrevido a llegar hasta ella por tierra han encontrado conchales, que son restos antiguos de conchas de mariscos, indicadores de un poblamiento remoto. También tengo amigos de por allí que en los buenos tiempos del negocio de los locos escondían en la cueva los que habían cogido cuando eran más de la cuenta, para venderlos más tarde. Así está la cosa.

Me gustaría terminar esta memoria de hechos pasados con dos consideraciones.

Máscara funeraria en lámina de oro puro
Calima, Colombia, S. I-X A.C
Museo Etnológico de Berlin-Dahlem
Foto de Andreas Praefcke
La primera lo es con respecto al oro. Quizá no hay un mineral que haya estado ligado a los humanos desde tiempos más remotos. Resistente a todo tipo de corrosión, maleable, poco abundante, estuvo presente en el invento del dinero y ha sido desde entonces un poderoso excitante de la fantasía humana. Porque además el oro todavía puede encontrarse en la naturaleza, de ahí la figura del buscador de oro, ese de la fiebre de oro del Yukón que inmortalizó el gran novelista Jack London, el que puede encontrar la fortuna en un filón escondido o en las arenas de un río. Pues bien: en Chiloé todavía hay buscadores de oro, que yo los he visto. Solo persisten hoy en Cucao y sus alrededores, hasta Rahué por el Sur. Buscan el oro en las arenas de la 
playa, porque las vetas auríferas parece que afloran a la superficie en el fondo del mar. También se ha buscado oro hasta hace pocos años en Pumillahue, al lado de Duhatao. De hecho, Pumillahue en williche significa “lugar de mucho oro”.

La segunda, con respecto a la búsqueda de tesoros en las costas de Chiloé abiertas al Pacífico. No solo tengo estas tres referencias a través de mi amiga. Conozco otras personas de Pumillahue que han participado en una expedición (así hay que llamarla, por las grandes dificultades de acceso) a un lugar de la costa entre Duhatao y Chepu en busca de unos restos de naufragio antiguo que se veían desde el mar pero no eran accesibles por lo bravo de aquellas orillas. Tuvieron que atravesar una masa de vegetación casi impenetrable para llegar a la costa, y ya en ella trepar como chivos. Encontraron componentes de hierro de un velero antiguo, entre ellos un ancla enorme. Pero nada de oro.

En  cualquier caso: ciertas o no, en todo o en parte, estas tres historias son bonitas y encierran mensajes importantes sobre la cultura local:  que está abierta al mar, desde el que puede llegarle tanto la desgracia como la salvación, y abierta también a la esperanza fantástica de que el día menos pensado la pobreza puede convertirse en oro puro, de 24 kilates, como el de la máscara funeraria colombiana que he bajado de esa cueva de Alí Babá que es Internet.

1 comentario:

Jenny S. dijo...

Hola, encontré su blog como quien busca un tesoro, guiada por esas historias que también he escuchado desde niña, sobre tesoros escondidos y mulitas cargadas de oro, todo en esos paisajes maravillosos que son parte de mi propia historia, mi familia materna vive allí. Gracias por dedicarle tiempo y compartir estas historias locales que son también universales.