sábado, 7 de mayo de 2011

Estrellas en la noche



Navegar de noche es la forma más difícil de hacerlo. Durante toda la mitad del tiempo en que no hay luna suficiente, la oscuridad te rodea. Si el viento es fuerte, o hay mucha mar formada, o alguna costa siempre traidora está cerca, esa oscuridad está llena de amenazas. El día con su luz es otra cosa; a los peligros los ves venir, puedes reaccionar contra ellos antes de que te envuelvan.

Por todo lo anterior es por lo que los marinos de verdad suelen dormir durante el día y velan de noche, de manera que la mayor parte de sus vidas conscientes transcurren casi a ciegas, pendientes solo de sus brújulas internas y del golpear de los vientos sobre sus rostros.
Pero en el cielo hay estrellas, que las ha puesto allí Dios para ayudar a los marinos a llegar a sus puertos. Por oscura que sea una noche, las estrellas siempre alumbran. Hay que haber vivido en la mar para darse cuenta de hasta qué punto la luz de las estrellas puede ser una guía segura para ojos que están acostumbrados a vivir en la oscuridad.

Aunque además de estrellas, en el cielo, mucho más cerca de nosotros, también hay nubes. En las noches negras, sin luna, cuando las nubes tapan a las estrellas, la oscuridad se hace absoluta y el marino llega a creerse que lo que está viendo es su yo más profundo. Teme entonces enloquecer y se esfuerza por pensar en los amores que le esperan en la tierra firme, entrando así en las horas maravillosas de las fantasías, que solo en estas soledades totales se le aparecen al marino como lo que realmente son, hadas en los fondos transparentes de las lagunas de los bosques, con luz propia que emana de su belleza.

A mí todo lo que cuento aquí me ha pasado. Hay una noche en que ves brillar en el cielo una estrella nueva y te alegras muchísimo de lo que no puede ser sino un milagro. La estrella te acompaña durante un número indeterminado de noches. Pero llega una, siempre llega esa noche fatal, en que una nube espesa y negra se interpone entre la estrella y tú. Ella desaparece radicalmente de tu vida y tú sientes como si todo el manto oscuro de la noche se te cayera encima y te arrastrara hasta el fondo de la mar inmensa. Intentas sobreponerte y lo consigues, esta capacidad de superar la separación es una de las cosas más duras que hay en la vida. Solo te queda el agradecimiento infinito por la compañía que esa estrella te dio y la esperanza en que al otro lado de la nube espesa, esa estrella, que ya es también tuya, siga brillando alegre en el centro del cielo infinito, rumbo a su patria. El agradecimiento y la esperanza, sí, eso es lo que te queda. Nada menos. Leña para alimentar el fuego que te ayuda a seguir navegando.

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