Esta foto la tomé anteayer, 13 de
junio de 2013, desde la terraza de mi cabaña, justo encima de los barrancos de
la punta Tilduco, en Duhatao, Chiloé, Chile.
La traigo hoy aquí para que mi
despedida de Chiloé por un tiempo indeterminado esté a la altura de su inmensa
belleza. ¿Inmensa, no te parece que eres un poco exagerado? Inmensa, sí. Porque
a la gran belleza natural que Chiloé tiene se añade siempre, o casi siempre, un
componente mágico que sobredimensiona a la primera.
El Sol poniente se despide de mí
con un rayo de oro que me conmueve. El cielo está tormentoso, como suele en el
Chiloé invernal. La profunda tristeza plomiza que tiene siempre el mar en el
ocaso, no solo en Chiloé, en todas las latitudes, es rota aquí por la alegría
de ese rayo de oro, también por las espumas llevadas por las corrientes y que
nacieron del choque de las grandes olas de la omnipresente mar de fondo con las
rocas negras que siempre las esperan. Un choque que es un abrazo. Finalmente,
más cerca, las sombras de la noche ennegreciendo el matorral y los árboles casi
desnudos, trayendo con ellas el misterio que envolverá enseguida a todo lo
demás.
Un paisaje así te lleva, por más
que intentes evitarlo, a soñar. Te das cuenta de que la realidad derrama
fantasía, de que ésta y aquélla no son sino las dos caras de la misma cosa, el
mundo total. Comprendes que sin fantasía no podrías vivir, que además es la
naturaleza quien te la regala, como te regala el aire o el agua, no menos
necesarios.
Y cuando te vayas de aquí, que va
a ser ya, te irás con el descubrimiento de este secreto y a la vez con la
nostalgia de dejarlo atrás.
Mi despedida consiste en el
compromiso de mi recuerdo. No te olvidaré, Chiloé mágico, querido Chiloé.
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