lunes, 26 de diciembre de 2011

Gente de la mar (9).- Contrabando de hombres (2004)

Slimane no es joven, tiene cincuenta y cinco años, tres hijos y dos hijas. También tuvo hasta hace poco una mujer, Aicha, a la que quiso siempre con toda su alma y que se le ha muerto. Azares de la vida, que Dios la tenga en su gloria, inchallah. Los tres hijos varones de Slimane trabajan y viven en Barcelona, donde han ido emigrando por la vía de los desembarcos clandestinos en la costa española del Estrecho. Uno de ellos ya ha conseguido papeles, los otros dos siguen todavía ilegales, pero saldrán adelante, de eso Slimane está seguro, porque son buenos muchachos. Una de las hijas vive en Madrid con su esposo, tiene todos los papeles en regla, y ya le ha dado dos nietos. La otra sigue con Slimane en Tetuán, y acaba de casarse con Saad, un buen hombre que trabaja con Slimane en la pequeña carnicería que éste tiene en la medina, que ha sido siempre el sostén de su familia. 

Desde que murió su Aicha, Slimane no deja de pensar que su vida no está ya en Marruecos, sino en España. Su hijo el mayor le ha escrito que en Badalona podrá trabajar en alguna de las varias carnicerías marroquíes que hay abiertas, y luego, cuando consiga los papeles, podrá abrir la suya propia, allí o en Mataró, donde viven muchos compatriotas suyos. A Slimane le gusta ir por la tarde a un café de la plaza de Mohamed V y tomarse un té con los amigos, charlando de la vida y sus cosas. Todos le animan a que cruce el Estrecho, excepto el tonto de Abdul, que siempre ha sido un pesimista. Pero ¿cómo hacerlo? No se ve ya con edad para desembarcar de noche en una costa desconocida, donde como ya le ha pasado a muchos, puede ahogarse o ser capturado por la policía española. Alguien le ha aconsejado que vaya a Alcázar Seguer, un pueblecito pesquero situado en la costa marroquí del Estrecho, justo frente a Tarifa, y hable con uno al que le dicen Abdelkader el Tuerto. Y eso ha hecho, apalabrando con éste todo lo necesario para su marcha a España.

Un día de septiembre se ha despedido por fin de su hija y de su yerno Saad, entre muchas lágrimas. “Será por poco tiempo”, le ha dicho a la que siempre fue su niña pequeña, tan bonita, la luz de sus ojos. Pero sabe que no es verdad, lo ha dicho solamente por consolarla. Saad se ha quedado con la carnicería, y Slimane está seguro de que se abrirá paso muy bien, porque es un buen carnicero y un hombre amable con sus clientes, a los que nunca ha robado. Nadie más entre sus conocidos sabe que Slimane se va, excepto un taxista amigo de Saad, que lo ha llevado hasta Alcázar Seguer y ha prometido guardar el secreto.

El puertecito pesquero no es sino un sueño de tal, reducido a un espigón antiguo y roído por las olas, que se proyecta hacia el noreste desde la misma Punta Alcázar, donde desemboca un pequeño río. Hacia levante se extiende una playa, con casitas de veraneantes, cada año algunas más, La flota pesquera no es sino un conjunto de pequeños botes fondeados en el río o varados en la playa, que a fines del verano intentan pescar alguno de los grandes atunes rojos que vuelven desde lo más hondo del Mediterráneo hacia el Atlántico. Si capturan alguno no tienen capacidad para llevarlo hasta la playa, de manera que se lo suelen vender a los barcos españoles, más grandes, que pescan también por allí, hacia la medianera del Estrecho, donde las aguas ya no son de nadie.

Abdelkader el Tuerto espera a Slimane, según lo convenido, en un kiosquillo mugriento de la playa. Tras saludarse, beben una cola bajo un sombrajillo de hojas de palmera. Slimane no lleva ni siquiera una bolsa de viaje, para que nadie perciba nada extraño. Tal y como le ha indicado el Tuerto, va vestido con una camisa de cuadritos pequeños rojos y blancos, un pantalón azul de mecánico, cinturón y botas recias de cuero negro, chaleco grueso al brazo y un gorrito de punto cubriéndole la cabeza. Nada más. Lo más doloroso para Slimane ha sido tener que afeitarse totalmente su barba y su bigote, que ha llevado desde que se casó. Ahora se siente desnudo, con cara de tonto, o de bobo, despojado en buena medida de su dignidad. Pero es igual, lo importante es lograr su objetivo, si Alá, el compasivo y el misericordioso, así lo quiere.

Un bote pintado de gris ha llegado navegando hasta el mismo rompeolas, y ha varado con elegancia en la arena mojada. Lo tripulan dos hombres. Uno de ellos se ha quedado en la popa, sujetando el cabo de un rezón que ha fondeado unos instantes antes, para que el bote se mantenga proa a la playa. El otro, que es casi un muchacho y tiene los pantalones remangados hasta la rodilla, los espera en la orilla para llevarlos a hombros hasta el bote, de modo que no se mojen los pies.
Ya en la misma orilla, Slimane se ha emocionado, ha mirado hacia atrás, hacia su Marruecos, la tierra de sus padres y sus abuelos. Ha querido musitar una despedida, pero ni siquiera ha podido llevar consigo su alfombrilla de oración. De manera que se ha arrodillado en la misma arena mojada, mirando hacia el este. “Alabado sea Alá, y Mahoma que es su profeta”, ha empezado a decir, pero no le ha dado tiempo a más, porque el Tuerto lo ha arrancado del suelo, a la vez que le ha dicho:
- ¿Estás loco? Disimula, nosotros no somos sino pescadores de Alcázar Seguer, y nunca rezamos en la playa.

Por fin se han embarcado en el bote, donde el Tuerto hace de timonel y patrón. Sentado junto a él en la popa, Slimane ha ido recibiendo sus instrucciones a medida que van navegando. Ha querido pagarle, tentándose la bolsa de cuero que cuelga del cuello bajo la camisa, en la que lleva todo lo que tiene, dinero y papeles, pero el Tuerto, gritando para superar el ruido del motor fueraborda, le ha dicho que le pague a los que lo recojan en Algeciras, que él es un hombre honrado y no cobra sino por el trabajo bien terminado.
Pronto han llegado a la zona donde se pescan los atunes y los bonitos, en el centro del Estrecho. Una turbamulta de pequeñas embarcaciones, españolas y moras, rodeadas de pájaros nerviosos y del espumerío producido por los delfines que intentan participar en aquella fiesta, se mueve alocadamente de un lado para otro. El bote del Tuerto  y un pequeño barco pesquero español, una vez que se han reconocido, han navegado media milla hacia el este, apartándose del grueso de los barcos. Entonces, en un movimiento rápido, el bote se ha abarloado al barquito, y Slimane ha saltado, o mejor, lo han hecho saltar, a la cubierta del español.
- ¡Que Alá te guarde! – le ha gritado el Tuerto.
- Barakalaufi – es decir, gracias, ha respondido Slimane.
Un marinero del barco español lo ha llevado agarrado de la mano hasta la escotilla de la bodega y le ha gritado a la vez que lo empuja:
-¡Entra, escóndete detrás de la red que tienes enfrente, y no te muevas de ahí aunque te parezca que el barco se hunde!
Ha tenido el tiempo justo para hacerlo, porque enseguida la escotilla se ha cerrado, y Slimane se ha quedado en la más absoluta oscuridad. La red que lo cubre huele a pescado seco, y a Slimane no le desagrada. “Será la voluntad de Alá” se ha dicho a sí mismo, y enseguida ha sacado del bolsillo del pantalón su rosario de oraciones y se ha puesto a recitar suras, que han sido para él como mantras que lo han llevado espiritualmente hasta la España donde lo esperan sus hijos.

Han ido pasando las horas. Slimane se ha adaptado a los ruidos que constituyen, junto con los olores, la única fuente de sensaciones en aquella oscuridad absoluta. Predomina el zumbido estridente del motor, pero también se oyen unos silbidos sordos que son el roce de las aguas contra el casco, a medida que el barco avanza.
Llegado un momento, las revoluciones del motor han disminuido mucho. Más tarde Slimane ha sentido un golpe seco, y luego el motor se ha parado totalmente. Ha sentido pisotones en la cubierta, por encima de él, pero eso ha sido todo.
Al cabo de un rato, la escotilla de la bodega se ha abierto, y Slimane se ha deslumbrado de tanta luz. Han bajado dos hombres, uno de ellos con una camisa a cuadritos blancos y rojos, unos pantalones azules como los de Slimane y un casco de motorista bajo el brazo.
- El Tuerto nos dijo que sabes conducir una moto – ha dicho el otro.
Slimane ha afirmado con la cabeza.
- Te pones el casco, y cuando te bajes del barco te montas en la Lambreta roja que está aparcada a pie de muelle – le ha dicho el hombre que va vestido como él, a la vez que le ha dado el casco -. La arrancas y sigues a un coche amarillo que está junto al surtidor y que se pondrá en marcha cuando te vea ir llegando. En el puesto de control de salida del puerto, donde está la guardia civil, no te pares, sigue adelante, siempre detrás del coche amarillo.
Así lo ha hecho. El hombre que le dio el casco se ha quedado dentro de la bodega, el otro, que por sus trazas es el patrón del barco, ha salido con Slimane a la cubierta, le ha dicho adiós con la mano, y Slimane ha arrancado la moto y se ha puesto en marcha.
De tan nervioso que está, no ha llegado en ningún momento a sentir miedo. Repite para sí mismo, una y otra vez: “Alá akhbar, Alá akhbar…Dios es grande”. Así han cruzado sin novedad el temido puesto de control, se han internado en el barrio marroquí de Algeciras, doblado varias callejas, y el coche amarillo se ha parado en la puerta de lo que parece ser un hotelucho, con algo escrito en árabe y en español sobre el dintel de la entrada que dice: Pensión Xauen.
Slimane ha entrado detrás de los dos hombres que se han bajado del coche amarillo. Los ha seguido hasta una habitación, con dos camas estrechas, casi dos catres, y sin ventanas. Los dos hombres son españoles. Uno de ellos le ha pedido el dinero que convino con el Tuerto, y Slimane se lo ha dado, además de las gracias.
- Esta noche dormirás aquí – le ha dicho ese hombre que parece ser el jefe – y esperarás en la habitación hasta que alguien venga a recogerte. Por lo demás, bienvenido a España. Enhorabuena.
Y los dos hombres le han estrechado la mano y lo han dejado solo.

Inmediatamente, Slimane se ha postrado en el suelo a rezar, para agradecerle a Alá su misericordia, su generosidad. Ni siquiera está emocionado. Se siente como si estuviera recién salido de un largo y negrísimo túnel, hasta le parece que los oídos le zumban.
Al cabo de un buen rato se ha incorporado, enjuagándose la cara y las manos en el lavabo mugriento dispuesto en la pared frente a la cama. Luego se ha acostado. Nada más hacerlo, ha sentido su estómago vacío, pero no le ha importado. Ahora lo que tiene que hacer es esperar.

Se ha quedado dormido. Lo han despertado unos golpes sordos. Está oscuro. ¿Qué hora será? Sin encender la luz, se ha precipitado hacia la puerta de la habitación, abriéndola. Allí delante, frente a él, está su hijo mayor, que ha venido a recogerlo para llevárselo en su coche hasta Barcelona. Los dos hombres no han sabido hacer otra cosa que abrazarse, muy fuertemente, durante mucho rato. Pero no han llorado, ni han dicho una sola palabra.

Alabado sea Alá, el Misericordioso, el Compasivo.

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