sábado, 3 de septiembre de 2011

Buenas noches, Chiloé



De nuevo en Chiloé, tras un viaje fatigoso y accidentado. En el vuelo de Santiago a Puerto Montt, antes de despegar, el avión vuelve desde la cabecera de pista a su atraque, porque un pasajero ha dado muestras de agresividad por alguna insatisfacción con los asientos que nadie llega a explicarnos. Sube a bordo la seguridad del Aeropuerto, intentan convencer al pasajero en cuestión de que se baje pero éste se niega. El capitán de la aeronave da orden de que todos los pasajeros la abandonen, así se va haciendo hasta que sale el pasajero rebelde, cuando los de seguridad pueden hacerlo preso sin peligro para el resto del pasaje de recibir alguna bofetada suelta. En ese momento la orden se invierte, “todos (menos el colérico) para dentro”, así que yo no llego a salir. Los chilenos del avión se comportan con la tranquilidad y la buena educación propia de ellos, pero yo siento (quizá solo presiento, proyectando al mundo real mis apriorismos) como si el ambiente del país estuviese algo crispado, no es para menos, más de tres meses llevan los estudiantes de secundaria y universitarios en huelga, y mañana, ¡por fin!, los va a recibir el presidente Piñera.

En las trece horas de vuelo entre Madrid y Santiago he tenido por compañero de asiento a un marino chileno, que trabaja en un barco de apoyo a plataformas gigantescas de prospección de gas  frente a las costas de Israel, y vuelve ahora a casa para su permiso reglamentario. Nos reconocemos como amantes de la mar y congeniamos, hablamos de todo, la noche es larga, yo me tomo mi suave somnífero transoceánico, le ofrezco a él otra pildorita, se la toma pero no consigue que le haga mucho efecto. Yo sí duermo espléndidamente siete horas ininterrumpidas, pero aún nos quedan seis para charlar. Hablamos de bebida y comida, de nuestras respectivas vidas y trabajos, de Chile, España, Piñera, Bachelet, Pinochet, Franco. No es el primero que me lo dice, espera que Bachelet se presente a las próximas elecciones y las gane. Es un hombre sensato y bien informado, tiene ideas claras. Todo un ciudadano, en el mejor sentido de la polis griega, merecedor como muchos otros de un buen futuro.

Desde que salgo en mi camioneta del aeropuerto de Puerto Montt ya presiento a Chiloé. Cruzando el canal de Chacao la tarde está fría y solitaria, melancólica, con un viento que me corta el rostro, pues he salido a la cubierta para mirar las aguas inquietas y saludar a mi Chiloé en la distancia. La tristeza que lo empapa todo como una niebla y me llena a mí es soportable, me siento triste pero no solo, me parece que esa es una diferencia decisiva.

Lleno el depósito de combustible en Ancud y compro para varios días en el supermercado. La ciudad está semivacía, acaba de terminar el partido de fútbol entre las selecciones nacionales de Chile y España, casi todos deben estar todavía frente al televisor. Saludo a mi pescadero y le compro una tarrina de erizos y otra de jaiba. Después navego por el camino de Duhatao, embarrado y caótico porque están en el trance de empezar a convertirlo en carretera asfaltada. El sol se pone. El barro crepita bajo las ruedas de mi coche, ese barro que es una de las señas de identidad de Chiloé y al que uno llega a querer. Pienso en mis botas de goma, que me esperan en la cabaña. Voy reconociendo a mi Chiloé, ese país de gorros y chalecos de lana espesa, grandes botas de goma y humo blanco saliendo de las chimeneas de las casas, bosques misteriosos y prados dorados bajo el oblicuo sol invernal, silencio y viento.  
En mitad del camino me paran unos campesinos, un hombre y dos mujeres, para que los lleve hasta un "rezo" cerca de la escuela de Tehuaco. Murió hace ocho días una señora muy mayor, me dicen, y ahora le están terminando de rezar la novena. Les pregunto qué rezan. "Pues rezar", me contesta una de las señoras. Le pregunto si rezan el rosario y me dice que sí. Los dejo frente a una casa donde están ya aparcadas varias camionetas vacías, estampa de la solidaridad campesina chilota, de su religiosidad. Me gusta la integración tan natural de los chilotes con lo religioso, que forma una parte importante de sus vidas. Ni han conocido a Nietzche ni, para ellos, Dios ha muerto, creo que solo por eso ya pueden ser dichosos. Pero además tienen sus ganados, pampas, bosques, leñas. Sus playas y sus cielos, su lluvia y sus leyendas, sus vecinos. Y las estaciones del año, que en Chiloé se viven con intensidad y marcan el pasar del tiempo, el cual, para los chilotes, campesinos y gente de mar, no puede ser otra cosa sino el ciclo interminable de la vida y la muerte, sin dramatismos.

Abro por fin el último portón antes de mi casa de Duhatao. Tres ovejas aparentemente gordezuelas por su lana invernal corren escandalizadas delante de la camioneta sin osar salirse de la pista, con dos corderitos casi recién nacidos que, de vez en cuando, vuelven la cabeza como si los estuviera persiguiendo un dragón. Veo por fin, allá abajo, el mar invernal, el Pacífico gris, frío, plomizo, solo. Me reconozco como hermano suyo, no me disgusta que comparta su soledad conmigo, yo la mía con él. El cielo también está marchándose, hace cerca de una hora que se puso el sol y las nubes no dejarán que las estrellas me miren. Cuando entro en mi casa y enciendo la luz la encuentro bellísima, con sus maderas tan diversas, preciosas, todavía vivas, con esa vida en el recuerdo que la piedra, el cemento o el barro nunca tendrán.

Está fría mi casa, como yo, quizá por eso me siento cómodo. Me doy cuenta de que el calor y el color que le faltan solo podría dárselos el amor. Esto me trae el recuerdo de lo que he dejado atrás, que al calentarme el corazón me confirma que no he venido hasta aquí huyendo, ni muchísimo menos.

Buenas noches, Chiloé. 

2 comentarios:

Miroslav dijo...

Bienvenido

Anónimo dijo...

bienvenido a Chile olo , espero verlo en verano